18:35 horas
Llegaron a una casa llena de humedades y recuerdos que se derrumbaba con las primeras y se sostenía por los segundos. Cercana al lago, tal y como les había indicado el vecino de Porqueres.
El domicilio de Enrique Olivares Sánchez, teniente jubilado de la Guardia Civil, era de propiedad, como supieron luego, si es que alguien pudiera desear como propio semejante agujero. Enclavada en una sencilla urbanización, era una pequeña vivienda con un jardín minúsculo, más huerto que otra cosa, para complacer uno de los hobbies del oficial. La caza y el dominó completaban sus aficiones.
«Este es el pago del Estado a cuarenta años de abnegados servicios prestados», pensó Gomis afligido, aunque por otro lado conservaba todavía intacta la alegría de pensar que les esperaba una buena cena regada con un mejor vino.
Lo prometido es deuda y era la conditio sine qua non que había puesto el abogado para desplazarse hasta ese lugar, tras el rastro tenue y falto de apoyo fáctico, que hubiera desdeñado por absurdo el más excéntrico de los investigadores: «Viajaremos a Porqueres por tu jodida intuición, pero comeremos decentemente», recordó Gomis al llegar.
Ambos hombres se detuvieron ante la vivienda del ex guardia civil.
Llamaron al timbre.
Abrió la puerta un hombre alto, en mangas de camisa, de pelo cano, afeitado con pulcritud y peinado con esmero hacia atrás.
Iba con un perro, un hermoso setter laverack que ladraba sin cesar.
—Calla, Jaro, que no oigo lo que me dicen los señores —ordenó el anciano con caricias en la cabeza del animal, para tranquilizarle.
—¿El señor Olivares? —preguntó el policía—. Venimos de casa de Vicente Tormo. Nos ha dicho que le encontraríamos aquí. Soy el sargento Palau, de los Mossos d'Esquadra, y me acompaña el señor Gomis, abogado.
—Disculpen un momento —dijo el hombre para desaparecer hacia el interior de la vivienda con el perro cogido por el collar.
—Irá a encerrar al animal, supongo —comentó Palau ante la puerta.
Ambos aparecieron después, perro y amo. Ahora el hombre vestía chaqueta gris perla, camisa blanca y corbata negra. Impecable. El perro no se había cambiado, llevaba el mismo collar, pero ya no ladraba, sino que daba saltos en torno al hombre, alborozado por la novedad de los recién llegados.
—Soy el teniente Olivares. Por más que me hayan jubilado, nadie me ha retirado el grado. No me dedico a jugar al dominó en exclusiva como muchos de mis contemporáneos, aquellos que aún quedan vivos, no los muertos o los que están jubilados, que es un poco lo mismo —rio con acritud—. Pasen, por favor.
Tras la presentación, abrió la pequeña puerta de acceso al jardín. Mientras lo atravesaban cruzaron algunas palabras:
—Bonito perro —dijo Gomis con repetidos chasquidos de sus dedos corazón y pulgar para buscar un caso que el animal no le hacía.
—Es de lo poco que me queda... Y créanme si les digo que cuanta más gente conozco, más lo quiero.
—Es lo que hay —sentenció el abogado. Entonces reconoció al teniente, cuando solo era un sargento recién ascendido y comandante de puesto del cuartel de la Guardia Civil de Montcada i Reixac. Él, un joven penalista entusiasmado por la profesión. Hacía ya mucho de eso.
—Creo que nos conocemos, mi teniente —le dijo José Luis nada más transponer el umbral de la vivienda.
El abogado, que había servido como policía militar, siempre que se encontraba con militares, en activo o no, utilizaba el grado para referirse a ellos. «Cabo primero —recordaba orgulloso su servicio—, una rata más con una tirilla dorada entre los demás roedores». Pero igual que Olivares, estaba convencido que se lo merecían, que se lo habían ganado.
—Sí, claro. Tan pronto le he visto, le he recordado, letrado, a pesar de que tenía usted más pelo y menos peso. Fue un día de San Esteban, en el puesto que manteníamos en Montcada, con una niebla espesa y pegajosa que subía desde el río. Lo recuerdo a la perfección: hacía un frío espantoso. Usted vino por la tarde cuando yo estaba solo. Ese día al resto de guardias les había dado permiso por ser festivo, para que pasaran la jornada con sus familias. Me acuerdo que usted llevaba la defensa de un detenido y estaba en la sala del cuartel con él, pero no recuerdo el incidente, si es que lo hubo...
—Yo sí: puse el grito en el cielo cuando entré y vi a mi defendido en la estancia que a la vez hacía de oficina. Un lamentable chorizo que se metía heroína en vena —rememoró Gomis—, sentado en una silla frente a usted, esposado en un archivador. Compartían un brasero. Enseguida mi propio cliente me aclaró que usted lo había sacado de la celda y se lo había llevado arriba porque hacía un frío inhumano en el calabozo. Me porté como un cretino.
—No —corrigió el teniente—, solo como un joven cretino.
Al poco rato pasteleamos la declaración y compartimos los tres el brasero. Qué jodida humedad hacía, ¿verdad?
—Memoria prodigiosa la suya —alabó el abogado.
—Es algo que me queda y de lo que somos dueños absolutos. Me refiero a los recuerdos. Pero no quiero entretenerles y es seguro que han venido por alguna razón —dijo mientras avanzaban por un pasillo corto.
Desembocaron en una pequeña sala de estar, habilitada como despacho. Pulcra y sobria, como el propio Olivares. Una vieja mesa de madera oscura, casi negra, ocupaba el centro de la estancia. Contrastaba con un ordenador portátil de última generación.
—El banco te los da con una imposición mínima —justificó sin ser necesario.
Sobre el escritorio, un montón de expedientes antiguos. A un lado, el retrato de dos mujeres, muy guapas ambas. Destacaba sobremanera la rubia, una auténtica belleza. Todo curvas, ojos verdes, nada hispana a pesar de los genes paternos.
«Conocer a esa mujer con cuerpo de infarto hubiera sido motivo suficiente para hacer el viaje», pensó Gomis al observar la fotografía.
—Son mis hijas —dijo un tanto adusto al ver las miradas de soslayo de los dos hombres—. Vienen a verme a menudo, sobre todo la rubia. Vive felizmente casada en Barcelona con un compañero suyo de profesión, Gomis.
Palau se sumergió en su silencio enigmático, mientras escrutaba todos los rincones y detalles que sus ojos abarcaban.
—Bien, señores, ¿en qué puedo ayudarles? —afirmó Olivares más que preguntó, mientras se sentaba junto a la mesa del despacho e invitaba con un gesto a los recién llegados a que lo hicieran frente a él.
—Investigamos unos asesinatos que parecen ligados entre sí. Especialmente brutales. No nos ha llevado aquí nada en concreto, ninguna pista clara más que la intuición —confesó un atribulado Palau.
—Por fin lo admite. Aún no sé qué hacemos aquí —manifestó Gomis.
—Usted es abogado, no investigador. No se moleste, Gomis, pero yo puedo entender al sargento. A pesar de la diferencia generacional, de métodos y posibilidades técnicas, ambos somos policías y, en ocasiones, hay que atender a la intuición... al olfato lo llamaría. —Hizo una breve pausa—. «Nosotros no solo oímos, sino que escuchamos lo que nos dice el canto del pájaro».
José Luis se encogió de hombros. El comentario del anciano serenó a Palau. Estaba con un compañero y se sentía cómodo y comprendido. Se arrellanó en el asiento para continuar con lo que había empezado:
—Como le decía, es en relación con varios asesinatos. Es posible incluso que haya habido más y que hubieran pasado desapercibidos, a pesar de ser un tanto inusuales. Los tres primeros comparten similar modus operandi. En otros dos que se han sucedido recientemente, no estaría tan claro.
—Explíquese, por favor —dijo el anciano con sincero interés.
—En los tres iniciales, los cuerpos de las víctimas aparecen atados y amordazados y, excepto en uno, narcotizados con cloroformo. El asesino emplea la anestesia una vez, al inicio, para poder amarrarlos —carraspeó—, y tras esto los mutila de manera espantosa, aún en estado de consciencia, a lo sumo semiinconsciencia. Luego se lleva trozos del cuerpo o de su indumentaria. En estos crímenes hay un denominador común desconcertante: el asesino siempre extrae los ojos de sus víctimas. Hay un cuarto crimen en el que esto no ocurre y en que el autor también ata a la víctima, pero no se lleva parte alguna de esta. Luego ha sucedido un quinto, en el que no sabemos a qué atenernos: suicidio o asesinato.
—Creo que sé de qué me habla. Lo he visto en las noticias y es evidente que tienen ustedes un problema y serio. Usted sabe que esta conducta no tiene nada de particular en un asesino en serie. Se hacen con trofeos de las víctimas, fetiches con los que luego recrean y reviven las fantasías que les impelen a matar. Lo raro es que lo haga a veces, y en otras ocasiones no.
Calló y, tras una pausa, quiso saber:
—Perdonen, pero no veo en qué puede ayudarles ahora un viejo policía como yo, en una investigación de tal envergadura.
Palau retomó la conversación:
—Tenemos testigos presenciales que relacionan a un hombre con una de las víctimas, un individuo que ejercía la prostitución en círculos homosexuales de Barcelona y al que el asesino le arrancó los genitales y parte de la cubierta del abdomen. Otro testigo al parecer lo vio salir de un club con el chapero, que luego, esa misma noche, apareció muerto. Todos ellos coinciden en que se trata de un varón de mediana edad, de complexión robusta, tirando a grueso. Estatura normal, ni alto ni bajo. Se cubre el rostro con un sombrero de ala ancha y las solapas levantadas de un abrigo. Al ir embozado, el retrato robot no nos ha llevado a nada concluyente, más que a la coincidencia con alguna grabación que quedó registrada en la cámara de un cajero automático. Es organizado y ha seguido un patrón, al menos en los tres primeros crímenes con los que hemos logrado relacionarlo. No así con los otros tres.
—¿Seis en total? —preguntó el teniente.
—Sí; el primero de ellos, de hace algunos meses, se trata de un cadáver aparecido en la sierra de Collserola. En ese asesinato, a la víctima le arrancaron una oreja y parte del rostro. Aunque la implicación de nuestro hombre en él es aún una mera conjetura, hay nexos en común. Mantiene connotaciones similares con el segundo, cuya víctima apareció mutilada en un hotel de citas.
—¿Y el tercero? —siguió sonsacando de nuevo Olivares.
—La tercera víctima en el tiempo es una mujer, Manuela Ponts —respondió contumaz el sargento—, a la que el asesino le arrancó media espalda para luego desecharla. En esa ocasión el trofeo fue un zapato. Aunque desconcierta que no usara cloroformo, cuenta con claras similitudes con los otros crímenes: de nuevo aparece atada y los nudos son idénticos a los que se emplearon en el anterior asesinato, entre los cuales solo transcurrieron días.
—Espeluznante —afirmó el teniente mientras le vino a la memoria algo similar que había ocurrido años atrás en la zona.
—Tenemos la fundada sospecha de que el cuarto de los asesinatos no tiene la misma autoría, a pesar de que las pesquisas lo señalan oficialmente como al autor de toda la cadena de crímenes. También fue en un meublé, pero con significativas diferencias, por lo que creemos que se trata de otra trama delictiva aún por dilucidar. El quinto —resopló— ha sido el detenido por el anterior crimen, que luego ha aparecido muerto en su celda en lo que se presume un suicidio con sorprendentes indicativos. Da que pensar... Como las dudas en que se sumerge el sexto de los casos: un asesinato con tintes ejemplarizantes propio de la peor de las mafias.
—Pero, disculpen... —dijo el teniente que entrelazó los dedos de las manos para acodarse sobre la mesa—. Sigo sin ver la ayuda que yo les puedo brindar.
Palau y Gomis se miraron.
Antes de que respondieran, Olivares se levantó para pasear por la habitación y dijo:
—Lo que resulta extraño es lo de la mujer.
—¿A qué se refiere? —terció Gomis en la conversación.
—Primero: no es normal que mate hombres y luego asesine a una mujer. El sexo forma parte de su pulsión al asesinar, y ese repentino cambio en sus apetencias no tiene lógica. En segundo lugar, aún resulta más insólito que abandonara el sangriento botín y lo sustituyera por un zapato. Solo puede obedecer a que en esta ocasión matara por otro motivo. Distinto móvil. Cualquier otro que nada tuviera que ver con su obsesión.
—Es curioso que lo apunte usted, Olivares. Ese es en cierta manera el vínculo que nos trae aquí. La víctima, Manuela Ponts, había presentado una denuncia por maltrato en el ámbito familiar contra el único sospechoso.
—¿Su marido?, ¿su novio quizá? —aventuró Olivares.
—No. Formalizó la denuncia contra el marido de una amiga. Observó marcas en el rostro de la mujer y pensó que ella no lo pondría en conocimiento de la autoridad por temor al esposo agresor, a quien describió a los compañeros que la atendieron como un verdadero animal. Tanto el maltratador como su esposa son naturales de Porqueres, y en la visita domiciliaria que hoy hemos realizado me ha surgido la descabellada idea de venir a este bonito pueblo para saber más. —Olivares asintió—. El sospechoso ha desaparecido y pensé que quizá podría hallarse por estos pagos. Unos vecinos de Porqueres nos han indicado que usted podría aportar más datos, por ser buen conocedor de la zona y de sus gentes.
—Entiendo. Sí, nuestro destacamento cubría Porqueres, Serinyà, Banyoles y otras poblaciones cercanas. Teníamos una unidad de tráfico y un modesto grupo que actuaba como policía judicial para el sector, hasta el despliegue de ustedes, es decir, de la policía autónoma. Yo mismo estuve destinado muchos años aquí, estaba a gusto, conocía a todo el mundo..., hasta que me trasladaron a Montcada, no precisamente por mi voluntad. Me hice incómodo por un asunto. Lo disfrazaron como un ascenso. Eran otros tiempos.
Gomis le dio un disimulado codazo a Palau y le susurró:
—Díselo.
Palau se aclaró la garganta y luego dijo:
—Hay un dato que hemos hurtado a la prensa —le confesó—. Ya sabe usted, para evitar que lunáticos se autoinculpen y entorpezcan la investigación.
—¿Qué dato? —quiso saber el anciano.
—No sé si debo...
—El dato, sargento —ordenó sin querer Olivares.
—Antes lo he mencionado de pasada: el asesino extrae los ojos de las víctimas y los sustituye por dos piedras pulidas.
—Pero, díganme —dijo visiblemente alterado el guardia civil jubilado—, ¿de quién se trata? ¿Quién es el sospechoso?
—Es José Campos Brufull, casado con una mujer gruesa, con ojos oscuros, mustios e inexpresivos. Estatura media, pero alta para la época en que nació. —Buscó en las anotaciones de su bloc mientras el guardia civil bajaba la mirada—. Ah, sí, como seña distintiva tiene una gran mancha en forma de fresa debajo del mentón. Su nombre es...
—Lucía —dijo pálido Olivares con voz monocorde—. Se llama Lucía Plantada.
—Pero ¿cómo puede recordar...?
—Al contrario, Palau, ¿cómo podría olvidarla? Su marido, José Campos, esa marca en el cuello que también la tenía su abuelo, y toda la historia que vivieron ambos en la comarca...
—¿Conoce al marido? ¿El marido de esa pobre maltratada? ¿Se le ha visto por aquí? —torpedeó a preguntas un agitado Palau.
—¿Lucía Plantada una pobre maltratada? Su marido sí debe de ser un infeliz. Cuando la conocí se podían decir muchas cosas de ella, pero jamás «pobre». Tal vez sí «maltratada». A nadie en su sano juicio se le ocurría enfrentarse a esa mujer. Era el vivo retrato de su abuelo paterno. La misma mirada insensible, gélida. Tenían al vecindario atemorizado. Ambos eran iguales e inseparables: incapaces de sentir —narró Olivares mientras se mesaba los cabellos cada vez más inquieto.
Palau extravió la mirada y pensó horrorizado:
«¡Ella!».
Mientras, Olivares continuaba:
—Sí, torturaban animales, algunos de los cuales luego disecaban. Cuando los padres de Lucía faltaron, fueron a más, e intentaron abusar de niños. Allí los pillamos. Canallas... Aún guardo copia del expediente —dijo el teniente mientras se dirigía a una pequeña habitación adyacente—. Lo escamoteé en su día, antes de que me trasladaran. Pensé que jamás llegaría a utilizarlo.
Olivares desapareció del cuarto.
Palau seguía abstraído, masajeándose la frente con ambas manos.
«Ella», se repetía para sí en un arrebato de locura.
Gomis se alzó y lo rodeó con el brazo.
—Tranquilízate Ramón.
Se oía ruido de papeles hasta que la voz de Olivares estalló:
—¡Aquí está!
Volvió con una carpeta color crema, a la que golpeaba con el dorso de la mano para eliminar el polvo que el tiempo había depositado en su superficie.
—Todo se tapó. A mí, el primero. Me cosieron la boca y me destinaron a Montcada, pero Lucía no abandonó sus diabólicos juegos —contó mientras sacaba unas antiguas instantáneas que seleccionó del portafolio.
—¡Es ella! —exclamó Palau, que interrumpió al guardia civil.
—Ella, por supuesto —confirmó Olivares al mirar de hito en hito a los dos hombres, mientras situaba en el centro de la mesa varias fotografías de márgenes dentados y tonos amarillentos por el paso del tiempo.
Lo que reflejaban esas imágenes era una aberración. El cadáver del abuelo desnudo con amplias costuras, que no cicatrices, surcando verticales por el tronco y las extremidades, apenas podían contener la paja que hacía de relleno del cuerpo. A pesar de que las instantáneas eran en blanco y negro, se apreciaba el tono de la piel, oscura y tensa, con la textura matizada del cuero viejo. Como el parche de un macabro tambor. En uno de sus ojos había incrustada una piedra que brillaba malévola.
El guardia civil retirado señaló con el índice el detalle. De la enmarañada mata gris de su pubis, partía un pene artificialmente erecto. Un espantoso y enorme muñeco diabólico. El juguete de un monstruo, el que estaba a su lado en las imágenes de archivo, una niña sonriente, con mirada fría de escualo: Lucía Plantada.
—¡Nos vamos! —gritó Palau con brusquedad—, hay que detenerla de inmediato.
—Les acompaño —decidió más que preguntó un resuelto Olivares.
—No es posible.
—No saben a lo que se enfrentan. Debo ir —insistió.
—Lo siento, no es posible —repitió el sargento sin apenas convicción.
—Debo ir. En su día no estuve a la altura y ha muerto gente. Me lo debes Palau —exigió, tuteando por vez primera al sargento.
—Vamos se oyó decir al mosso para su sorpresa.
A la carrera, los tres hombres subieron al coche.