9:30 horas

 

Varios agentes de distintos departamentos se hallaban sentados alrededor de una mesa ovalada. Entre ellos, Evelyn Rivali, en calidad de agente de la policía científica. A su lado tomó asiento Abadía, el joven biotecnólogo. Se miraron con complicidad.

Ella elevó las cejas en gesto interrogativo. Él la entendió de inmediato.

—Es pronto aún. Los análisis de ADN llevan su tiempo... Trabajamos intensamente. Disponemos de restos biológicos en una copa de la que bebió el presunto asesino del Zonga. Además, se ha encontrado parte de una huella dactilar que podría resultar muy interesante...

—¿Parte? —inquirió ella.

—Solo cuenta con siete puntos de los doce requeridos para que tenga valor probatorio, pero algo es algo. Para la investigación resultaría suficiente.

—¿Y qué sabéis de ella?

—Es distinta a todas las que se han hallado en los anteriores episodios. Serviría solamente para descartar, para sostener con solidez que tal vez no sea el mismo asesino. Puedo afirmar que no coincide con ninguna de las que sacamos en la zapatería o en el meublé.

Evelyn pensó en la posibilidad de la duda razonable que se abría.

—¿Otro asesino? —preguntó casi en un susurro.

Él la tomó por el brazo.

—Es pronto aún, necesito un par de días, pero en el departamento no lo vemos tan claro como él —señaló con discreción hacia el comisario Castro, que entraba en la sala.

De inmediato tomó asiento en la silla de un extremo de la mesa. Resopló con aire cansado y reflexionó durante unos segundos antes de tomar la palabra mientras hojeaba unas anotaciones. Abrió un ordenador portátil y pulsó una tecla. La pizarra electrónica cobró vida y en ella se proyectaron diversas imágenes del escenario donde se habían producido los hechos de la noche anterior, con la consecuente detención de su presunto autor.

—Lo hemos cazado —comenzó orgulloso—. Sí, ya es nuestro. Como sobradamente sabéis, esta madrugada hemos dado con él. Lamentablemente no llegamos a tiempo para evitar una nueva muerte, tan espantosa como las anteriores. Pero ya lo tenemos. Se encuentra en nuestros calabozos a la espera de que pase a disposición judicial. Ante el cúmulo de pruebas contra él, no me cabe duda de que el juez dictará un auto de prisión incondicional. —Consultó las notas de su libreta—. Nada más ser detenido se ha encerrado en el más absoluto de los mutismos. Ha proclamado su inocencia, ha solicitado la presencia de un abogado y su deseo de ser visitado por un médico forense.

—¿Un médico? ¿Hay alguna sospecha de malos tratos? —quiso saber unos de los agentes.

—No, que yo sepa —respondió el comisario—, pero es uno de sus derechos.

Buscó los ojos de Rivali.

—Evelyn, no es muy ortodoxo lo que voy a pedirte, pero como licenciada en Medicina, pásate por el calabozo de modo informal y mira cómo está el detenido. No quiero problemas respecto a su salud. En poco más de una hora nos esperan los medios. —Dirigió ahora la mirada a la portavoz de la policía—. Va a ser un comunicado, no una rueda de prensa. El detenido aún no ha sido puesto a disposición judicial, así que de momento nosotros no vamos a dar demasiadas explicaciones. ¿De acuerdo? —Al unísono, todos los presentes dieron su conformidad. Tras otro clic del ratón apareció en la pantalla el primer plano del presunto asesino, imágenes policiales tomadas de frente y de ambos perfiles. También se repartió entre los presentes una hoja informativa—. Aquí tenéis sus datos. Un tipo al que teníamos fichado y que suele moverse por círculos de prostitución masculina. El viernes por la tarde se había citado con la víctima en el Zonga. Si no hay ninguna pregunta por vuestra parte, damos por concluida la sesión.

Palmeó sobre el cristal de la mesa e hizo ademán de levantarse.

—Disculpa —irrumpió la voz de Evelyn—, ¿entiendo que el detenido tiene antecedentes policiales, penales en su caso?

—Sí, pero nada determinante. Un tema de alcoholemia hace unos meses. Además, años atrás cumplió una condena por estafa.

—Ningún precedente de agresiones del calibre que nos ocupa.

Castro cabeceó negativamente.

—Resulta extraño. Pasar de beber en exceso a la imputación de una cadena de asesinatos tan brutales.

El comisario se aclaró la garganta hastiado.

—Evelyn —respondió con firmeza—, es él.

—¿Qué edad tiene? —preguntó de nuevo.

Castro consultó la documentación.

—No sé a qué viene la pregunta, pero... treinta y nueve años. ¿Adónde quieres llegar?

—Este tipo de criminales suelen contar con antecedentes de cierta gravedad. No llegan a crímenes tan horribles sin haber pasado antes por una secuencia de episodios de violencia creciente.

—Evelyn, todo apunta a que es él y solo él. Se le ha pillado in fraganti. Las huellas dactilares del cuchillo con el que se ha perpetrado el crimen coinciden con las del detenido. Y aunque sé mejor que tú que no constituyen una prueba, otros indicativos como las huellas labiales de las copas señalan que con anterioridad al crimen, bebieron y comieron idénticos alimentos. Es él y, por favor, no nos metamos en camisas de once varas que pueda aprovechar el abogado defensor.

—Está bien —replicó ella—, aceptemos que lo de esta noche es obra del detenido. ¿Con qué certezas contamos para sostener que se trata del mismo que cometió los anteriores crímenes?

El comisario finalizó tenso:

—Evelyn, los indicios nos dicen que hablamos del mismo autor, ¡coño! Las investigaciones continúan y se están recopilando pruebas. Quiero pensar que no puede haber más de un desequilibrado que trocee a sus víctimas. Tema zanjado. Es él.