20:02 horas

 

No sabía con exactitud lo que había pasado. Solo dolor, oleadas de dolor que iban y venían martilleando su cabeza.

Lo último que recordaba era el momento en que abrió el cajón y se hizo con las llaves para cerrar la zapatería.

Ahora estaba atada con las manos a la espalda y las piernas juntas. Empezó a tironear sin éxito las cuerdas que se hundían con crueldad en su carne. No las podía ver porque estaba boca abajo, detrás del mostrador. De eso no había duda: conocía las baldosas ajedrezadas. Ella misma las escogió hace mucho tiempo, cuando reformaron la tienda. Lo único nuevo eran aquellas manchas carmesíes debajo de su barbilla. Descubrió que era sangre y luego, entre vahídos, que se trataba de la suya.

Trató de recordar más: era la hora de cierre y poco antes Teresa, la dependienta, se había despedido de ella. A pesar de la crisis, las ventas del día no habían sido malas.

Canturreaba de espaldas a la caja registradora cuando notó el golpe por la espalda. Fuerte, muy fuerte, en la cabeza. Le siguieron otros. Su primer pensamiento fue el robo. Más tarde, aquello en su boca, aquel olor, no era desagradable... un dulce sopor. Eso era todo.

Un sonido de pasos pesados sobre el terrazo le devolvió al presente. No estaba sola. La sangre se le heló en las venas.

Hacía ruido deliberadamente. No trataba de disimular su presencia, no le importaba que ella lo supiera. Una llave giró en la cerradura. Dos vueltas y un chasquido final que se resistió para al fin ceder. Sonidos familiares. Alguien acababa de cerrar la puerta interior del establecimiento que comunicaba la tienda con la escalera contigua para los vecinos.

Las pisadas se acercaron por detrás. Se detuvieron a su espalda y notó cómo se agachaba frente a ella con un crujido de ropa. Por el rabillo del ojo, borroso por las lágrimas, podía ver un pantalón gris de franela y unos lustrados zapatos pasados de moda, de color negro y con cordones. Entre los muchos olores que inundaban sus fosas nasales, percibió el de la naftalina y el betún.

—Deberías meterte en tus asuntos —dijo una voz ronca a su oído.

Era el mal. El maligno en persona. Lo podía percibir.

Notó una respiración agitada. Una mano le levantó el jersey, tirante contra su abdomen. De repente la tensión de la prenda empezó a ceder con un leve crepitar. Sintió la frialdad del acero cerca de su piel y oyó el siseo del tejido al ser rasgado. Después, con un golpe seco, sesgó la parte de atrás del sujetador. La espalda de la mujer aparecía desnuda, vulnerable. Se sentó a horcajadas sobre su cadera para inmovilizarla con el peso. La corpulencia sobre su cuerpo provocó que su respiración fuera más trabajosa.

Trató de gritar, pero la mordaza se lo impedía. Sin embargo, ese sería el más liviano de sus problemas.

La primera de las cuchilladas penetró en la inserción del músculo trapecio con la columna, debajo de las vértebras cervicales. Un aullido animal fue creciendo en la garganta de la mujer, que por efecto del bozal se transformó en un sordo mugido. Para ella era el paroxismo del pánico pero solo el inicio del verdadero dolor. El que a continuación la llevaría a desear morir y jamás haber nacido.

Con movimientos rítmicos abrió una línea perpendicular a la columna hasta el deltoides. Luego, sin apresurarse, con amplios cortes, giró la muñeca y desbridó la carne del dorsal hasta casi llegar a la parte superior de la pelvis. El esfuerzo físico era considerable. Las gotas de sudor resbalaban por la frente para caer y mezclarse con la sangre de su víctima.

Se tomó un descanso.

«Hasta Gkawama necesitó su tiempo», pensó mientras recuperaba el aliento y examinaba con ojo crítico las espantosas heridas, mientras sentía el poder y la victoria en su interior. Sensaciones propias de un ser superior. Tomaba una vida, otra existencia insignificante que necesitaba para culminar su obra.

La mujer se debatía con los ojos desorbitados por el terror. Las incisiones aún no habían alcanzado ningún vaso sanguíneo de importancia vital, por lo que la efusión de sangre no era suficiente como para hacerle perder el sentido.

Notó cómo el acero frío volvía al punto de partida. Justo donde se había iniciado la macabra tarea. Sintió cómo se hundía con renovada violencia un pesado cuchillo que resiguió el borde de la columna vertebral con la misma aplicación que la de un colegial al diseccionar una rana. Había disminuido la cadencia de las cuchilladas, pero aumentado su intensidad. Solo la vana protección que ofrecían las costillas impedía que la virulencia del ataque afectara los órganos internos de Manuela, que para su desgracia seguía consciente.

Llegó hasta la base de la columna. Dejó el cuchillo, ahora no lo iba a precisar y sí en cambio las manos, fuertes y varoniles.

Se incorporó para colocar su pie derecho contra la espalda de la mujer. Se flexionó como si tratara de tocarse la punta del zapato, pero, en vez de eso, metió los enguantados dedos de ambas manos en los bordes superiores de la terrible lesión que había infligido y tiró con todas sus fuerzas mientras se incorporaba. Pero los movimientos convulsos de la víctima, a la que estaba desollando viva, provocaron que tan amplia extensión de carne, piel y grasa se le escurriera entre las manos.

Tras un gesto de dolor se miró el dedo pulgar. Se había cortado con una astilla de hueso adherida al músculo. Lo presionó con la otra mano para cortar la hemorragia y maldijo a la mujer que yacía en el suelo.

—Perra, mira que me has hecho.

Esa fue la única razón por la que le abrió la garganta de oreja a oreja: para que dejara de moverse.

Con la ayuda del cuchillo acabó la tarea.

Silbaba.

Sostuvo la pieza entre las manos. Examinó su blancura, la ausencia de vello, moteada en rojo; aún estaba caliente, pero sin vida. Sus manos se crisparon sobre el sangriento trofeo para estrellarlo con furia contra el escaparate.

—No me sirves. Tú no me sirves, mala puta —masculló con ira.

Miró uno de los zapatos que calzaba el cuerpo inerte y ensangrentado. Lo extrajo del pie de Manuela y se lo llevó.

La tenue y efímera consciencia que le quedaba le permitió oír el sonido póstumo de su existencia que había oído mil veces, tal vez un millón. Un telón tan anodino como absurdo de su paso por la tierra: el deslizamiento de la puerta metálica por las guías y el chasquido del cierre.