Viernes, 28 de septiembre de 1962

 

Intentó abrir los ojos, pero no pudo.

Se sentía incapaz de identificar las voces que resonaban como ecos a su alrededor, en un lenguaje que apenas comprendía. Una nebulosa densa le ofuscaba el pensamiento.

Poco a poco comenzó a vislumbrar conceptos en su mente hasta que por fin entendió una frase:

—Doctor, doctor, está despertando.

Tras varias tentativas para ver e interpretar lo que ocurría, con titánico esfuerzo pudo levantar los párpados. Se le presentó borrosa la imagen de un hombre y de una mujer que lo observaban atentamente.

Ambos vestían de blanco. La nitidez de la imagen aumentó. El hombre lo cogió por el brazo y le tomó el pulso.

—Gracias a Dios —suspiró ella.

Una cofia le cubría la cabeza y en su pecho destacaba un crucifijo austero, elaborado en madera, que colgaba de un collar plateado.

—Soy el doctor Pociello, ¿entiende lo que le digo?

Esa frase resonó con fuerza en su cerebro.

Apartó la mirada de la cruz y con lentitud la dirigió hacia quien le había hecho la pregunta. Intentó articular palabras, sin éxito.

—No se preocupe. Todo saldrá bien. Ahora descanse —aconsejó el médico.

Volvió a caer en una profunda oscuridad. Todo se le mezclaba en el pensamiento: barro, gritos, golpes y agua, mucha agua. De súbito, la visión recurrente de la laguna. La imagen del sacrificio, de la humillación. Su mirada felina, la misión.

Despertó a las pocas horas, aunque a él le pareció que había transcurrido un solo segundo. Esta vez pudo mirar en derredor. Creyó encontrarse solo, hasta que oyó un quejido cercano. Ladeó ligeramente la cabeza y comprendió que se hallaba en un sanatorio, rodeado de camas y enfermos que se alineaban uno al lado del otro. Intuyó que él también estaba aquejado de algo que aún desconocía.

Su garganta emitió un extraño ronroneo y, de pronto, la misma mujer de antes se le acercó sonriente.

—¿Cómo se encuentra hoy?

No respondió a esa pregunta. Balbuceó para lanzar otra:

—¿Qué... sucede?

—Descanse.

—¿Dónde estoy?

—Está usted en buenas manos. Dele gracias a Dios, ha tenido mucha suerte —le dijo mientras estiraba la sábana y le arropaba—. Ahora descanse...

—¿Qué es todo esto? ¿Quiénes son ustedes? —quiso saber cada vez más angustiado.

La hermana se santiguó, luego le hizo la señal de la cruz en el pecho y dejó descansar su mano sobre el corazón, con el fin de tranquilizarlo.

—Está usted en el hospital de la Vall d'Hebron. Soy sor Carmen. Relájese, pronto volverá el médico —dijo en tono maternal mientras pulsaba un botón de la pared.

—¿Qué me ha ocurrido? ¿Qué hago aquí? —inquirió tras lo cual tosió varias veces con muestras de dolor.

Los gritos desconsolados de una mujer inundaron la sala.

—¡¿Dónde está mi hija?! ¡¿Dónde está mi hija?!

La hermana se dirigió hacia ella de inmediato y la abrazó. Ella no cesó:

—¿Dónde está Paquita? —Y, derrotada, estalló en un llanto.

—Tranquilo, yo sentí la misma desorientación al principio —le dijo al poco rato a modo de saludo el hombre que se encontraba en la cama contigua.

Lo observó sin entender nada. Intentó incorporarse, pero le fallaron los brazos. Sintió una intensa flaqueza.

—Dígame, ¿usted sabe qué hago aquí?

El vecino, con vendas que le cubrían media cabeza, jadeó y dijo en tono grave:

—Supongo que como todos. Por la inundación. —El hombre sí pudo retreparse en la cama, aunque con un gesto de malestar—. Usted lleva un par de días aquí, dormido. A mí... —cabeceó desolado—, a mí me envían a casa hoy mismo. ¡A casa! —gimoteó—. Ya no tengo casa, ni familia, ni nada... ¡Lo he perdido todo!

Su mirada se fugó en la blancura del techo, mientras pugnaba por no llorar.

Una palabra golpeó su mente: «inundación».

Rememoró imágenes inconexas, sensaciones de humedad y de dolor agudo, estruendos y crujidos ensordecedores, fango y desolación.

Comenzó a recordar:

«La lluvia. Salimos del pueblo en un día gris, para un viaje largo que nos llevó varias horas hasta llegar...». Rastreó el dato en su memoria.

—Terrassa —murmuró.

«Un viaje hasta Terrassa, para comprar...».

—Sí —se dijo.

—¿Decía algo? —preguntó el otro, que no obtuvo respuesta.

«Un tractor y un arado —rememoró abstraído hasta que de repente sus recuerdos se desgranaron en cascada—: Mientras negociábamos el precio, a media tarde, llovió con mayor intensidad de lo que lo había hecho durante todo el día. Discutíamos... por temas de trabajo, alejados de la causa...». La imagen de su particular dios otra vez se abrió paso en su cerebro.

Intentó de nuevo levantarse mientras buscaba sin encontrarla otra pieza del rompecabezas mental. Sintió molestias en su cuerpo entumecido, pero ahora sí pudo sentarse. Se reclinó en el cabezal, con la mirada vacía, perdida en el pasado.

«Estaba con otros, sí... Éramos el vendedor, un hombre con su mujer y yo mismo... No recuerdo sus nombres. Probábamos el vehículo y regateábamos el importe... Llegamos a un acuerdo. Le dimos una paga y señal. Luego nos fuimos...».

Se masajeó los ojos. Tosió repetidas veces y esputó un denso flujo negruzco.

«Sí, cruzamos un puente. El hombre con quien iba preguntó a un transeúnte por el barrio de los italianos. Este le indicó por dónde ir. No estaba lejos, junto al río. Anduvimos entre casonas humildes hasta que llegamos a una con la fachada de color verde. Era pequeña, pero confortable. Nos abrió la puerta una mujer joven y hermosa, Montserrat, la esposa del dueño, quien con sus propias manos había construido esa vivienda de una sola planta. Él, Carlos, vino a recibirnos también. Recuerdo su talante afable y franco. Llegábamos de parte de su mejor amigo...».

Hizo otro esfuerzo.

—Miquelet —susurró asombrado por haber conseguido recordarlo.

 

«Miquelet, el albañil del pueblo, fue quien nos ofreció la casa de su hermano, en Terrassa. Por eso estábamos allí», rememoró dolorido.

«La cena que nos habían preparado fue deliciosa. Luego nos sobrevino el agotamiento de un día muy caluroso, y nos acostamos pronto. La lluvia arreciaba. Me costó conciliar el sueño por el sonido de las gotas al tamborilear sobre el techo. Se sucedían los truenos. Primero lejanos, luego cada vez más próximos hasta hacer temblar suelo y paredes. Los precedían rayos cuya claridad se filtraba por el marco de la ventana. A medianoche noté una sacudida en el hombro. Me despertó Montserrat, alterada. "Levántese, la casa se inunda". Había casi dos palmos de agua en la habitación. Abrí los postigos y comprobé que el margen del río era un espeso y ancho barrizal, iluminado con intermitencias por el relampagueo incesante y por una lejana farola medio hundida en lo que antes era orilla. Por el cauce descendían pinos enteros, faroles y todo tipo de trastos. "Rápido, rápido —nos instó Carlos, al tiempo que intentaba forzar la puerta de la vivienda, sin éxito—, debemos salir". La presión del agua, cuyo nivel crecía a cada instante, le impedía abrirla. "Por la ventana —dijo el hombre que me acompañaba en el viaje—, salgamos por la ventana". Su mujer, aterrorizada, señaló hacia un punto en el río donde una persona luchaba contra la corriente, pero estaba a merced de los remolinos. No nos atrevimos a hacer nada y en pocos segundos vimos cómo la avenida lo engullía. El sonido de las aguas cenagosas quedaba superado por los chasquidos y el crujir de piedras y rocas, que eran arrastradas. De pronto, se apagaron las pocas farolas que hasta entonces habían permanecido iluminadas. Se hizo la oscuridad absoluta. El nivel del agua ascendía peligrosamente y ya entraba por la ventana.

»Gkawama vino a mi mente. Su ira había tomado la forma de alas líquidas y malévolas, deseosas de abrazar nuestras almas desesperadas.

»Tomamos la única salida posible. Nos encaramamos a la azotea, una isla en medio de la tempestad, y rezamos a la espera de un rescate.

La riada traidora nos había sorprendido durante el sueño».

Las lágrimas comenzaron a recorrer las mejillas del hombre, mientras las evocaciones se abrían paso a chorro en su pensamiento con la misma intensidad que la avenida mortífera que los había anegado dos noches atrás.

«Gritamos. Desde la azotea pedimos socorro. La única respuesta fue un violento ruido. Todos miramos hacía el lugar del origen del sonido. Era el puente, que se desplomaba ante nuestras miradas impotentes. Sus restos se hundieron en las aguas levantiscas que se aproximaban sin remedio hacia nosotros y también arrastraban casas enteras para engullirlas a su paso. Nos abrazamos y nos miramos desesperados, tal vez por última vez. Noté un fuerte golpe en la cabeza. Creí morir».

Estremecido, se mantuvo meditabundo hasta que se acordó de la última imagen que conservaba su memoria: la faz de pavor del hombre y la mujer con quienes viajaba, cuando se abrazaron en la azotea, a la espera de la fatalidad.

Del fondo de su corazón quebrado arrancó un lastimero chillido que alertó a una enfermera próxima.

—¡No! —aulló entre llantos al recordar que esas dos personas eran su hijo y su nuera. Perdió el conocimiento.

Despertó cuando sor Carmen le servía un vaso de leche. Junto a ella, estaba una joven.

Él se incorporó de súbito, tomó el brazo de la religiosa y la leche se derramó.

—¡Hermana! Mi hijo, mi nuera, ¿dónde están?

Ambas mujeres bajaron la mirada al suelo. Sin responder a la pregunta, la religiosa presentó a su acompañante:

—Ella es Lola, Lola Pont —dijo sor Carmen—. Gracias a su labor, disponemos de un censo de las personas que son atendidas en diversos hospitales.

Los labios de Lola dibujaron una sonrisa austera. En sus brazos sostenía ropa y un par de zapatos, que dejó cuidadosamente junto a la cama.

—Son para usted —dijo amable—, para el día en que pueda marcharse. Dígame por favor su nombre completo, el de su hijo y el de su nuera.

Así lo hizo, y la mujer consultó una lista que llevaba consigo. Fueron unos momentos silenciosos que se hicieron eternos, hasta que la hermana comenzó a explicarle lo ocurrido:

—Fue terrible. No he conocido nada igual. —Le acarició la frente—. Rescatábamos heridos y cadáveres casi a oscuras, en un silencio sepulcral, con la pobre luz que emitían los faros del único coche que había por la zona, entre escombros y lodo. La luz de los rayos nos iba mostrando el escenario de manera intermitente. Todo había quedado arrasado: casas, calles, puentes... Hemos contado centenares de muertos, otros tantos desaparecidos... A usted lo rescataron en Terrassa, ¿es usted de allí?

Negó con la cabeza.

—No, fuimos a comprar material agrícola. Nos acogió un amigo del pueblo en su casa... —contestó mientras Lola hojeaba páginas.

—Señor —indicó Lola—, lo lamento pero no hallo a nadie con esos nombres hospitalizado.

La monja le tomó la mano.

—Debe ser fuerte. No hallaremos razones más allá de que ha sido el deseo del Señor y sus designios son inescrutables.

—¡¿De qué Dios me está hablando, hermana?! —soltó airado e intentó alzarse—. ¿Del suyo? ¡Tal vez he perdido a mis hijos y usted me habla de los designios del Señor!

—Cálmese —le conminó Lola.

—¿Que me calme? ¿Dónde estaba su Dios cuando ocurrió todo? —Se alzó tambaleante—. La muerte vino del cielo, hermana. —Le clavó sus ojos llenos de rabia y lágrimas—. No hay Dios. Ustedes están solos. Como huérfanos.

Un hombre que se hallaba de visita y no pudo evitar escuchar el comentario gritó:

—¡Blasfemo! Un poco de respeto. Le han salvado la vida.

—¡Aquí no hay credos! —dijo con determinación sor Carmen.

Todos callaron. Él dejó de llorar de súbito. Su rostro se tornó pétreo. Se derrumbó y se dejó caer sobre la cama. Se deslizó debajo de las sábanas. La hermana lo arropó mientras sus pensamientos se liberaban de nuevo:

«Sé que es obra tuya, oh, Gkawama —oró para sí—. Ellos nunca quisieron saber nada de tu legado y, lejos de entender, alejaron a la niña de ti. La pegaron y la maltrataron. Esta ha sido tu venganza y el allanamiento de mi camino. No me mataron las aguas porque el destino no me reserva final. No te fallaré y conseguiré la inmortalidad prometida. —Se alzó y observó la palma de sus manos—. Soy libre. Sin ellos será mucho más fácil. Instruiré a mi apóstol».

El llanto de un bebé resonó en la estancia. Con lentitud giró la cabeza hacia la criatura.

«Esa es tu señal. Te daré un bebé, oh, Gkawama, para ofrecértelo en sacrificio».

Cerró los ojos. Otra visión de la laguna se abrió paso en sus pensamientos, lejos en el tiempo y en el espacio, consciente de que nada era en vano.

Tal vez la hermana tuviera razón, y todo, incluso la muerte, cobrara sentido para un final superior.