Viernes, 26 de marzo, 1:01 horas
La humedad de la noche se introduce en los ojos de Palau.
Reposa frente a la puerta del hotel, apoyado en la fachada. Cabizbajo, con una mano se masajea la frente, como a menudo suele hacer.
Un lugar: para unos el cielo, para otros, el infierno. Lujuria y sumisión. Olor a sexo. Amor de metacrilato y mercadeo del cuerpo. Sensación de culpa y pecado, a veces. Otras no.
El pasado le sacude con amargos recuerdos anclados en su memoria y que desearía olvidar para siempre.
La sangre ya no le estremece como antes. Parece haber perdido la sensación que tuvo la primera vez que mató. No hace tanto tiempo de ello. Haber acabado con otra vida se le hace ahora más llevadero. Y le inquieta comprobar que apenas le queda misericordia. Quizá se ha diluido entre los últimos acontecimientos. Se pregunta si le queda esperanza. Claroscuros del alma.
Gomis le adivina el pensamiento:
—No puede haber piedad con alguien así. Mejor muerta que viva.
Frente al club, la policía desaloja todas y cada una de las habitaciones del hotel de citas. La oscuridad esconde a los que abandonan el local a hurtadillas, ante el control de los agentes de policía.
Olivares se despide antes de entrar en un coche policial que le han ofrecido para acompañarle.
—Es que tengo que darle de comer a Jaro —se excusa al abrazar a Palau y a Gomis para volver a ser un anciano jubilado—. Subid a verme a Banyoles, os haré la mejor paella que hayáis comido nunca, con socarrat, que soy valenciano. Sé lo que me digo.
No ha querido quedarse en casa de ninguno de los dos, a pesar de lo avanzado de la hora. Lamenta no haber disparado él y haber cargado con una muerte que sabe que al sargento le pesa. Su edad le ha restado reflejos. Pero se va satisfecho. Tras el desenlace, considera que su misión, aplazada durante tantos años, ha terminado con éxito.
El abogado aspira con deleite el aire frío de la noche, teñida de añil por el destello de los coches de policía qué rodean el establecimiento.
Un agente que ha presenciado la escena se coloca un cigarrillo entre los labios y le ofrece otro a un abatido Palau, que lo acepta, a pesar de que dejó el tabaco años atrás. Pero aquí y ahora lo necesita, en esta noche de terciopelo granate, de sangre oscura y densa. El sargento advierte en su compañero que el temblor en la mano le impide acertar con la llama del encendedor en el pitillo.
—Déjame a mí —le dice Palau para darle fuego.
El otro se lo agradece.
Palau se mira las manos y se sorprende a sí mismo al comprobar que a él no le tiemblan.
A cierta distancia, el desalojo continúa.
—Buenas noches señoría —saluda Gomis con una sonrisita a alguien que se mete los faldones de la camisa por detrás del pantalón. Es un juez de instrucción con el que no se lleva bien y que, entre dos hileras de policías, abandona el lugar del brazo de un travesti brasileño.
—Bu-bu-buenas noches, letrado —tartamudea azorado el insigne jurista para soltarse raudo del acaramelado abrazo del carioca, que con determinación encomiable trata de introducirle la lengua en la parte más íntima de su oreja y que, por su empaque, podría haber jugado de defensa con la selección nacional de su país.
—Buenas noches también a su señora —vuelve a saludar sarcástico el abogado. Luego, remacha jocoso y con exagerada reverencia, casi palaciega—: Es extranjera, ¿no?
No obtiene contestación. El juez acelera el paso seguido por el musculoso travesti, que da saltitos con dificultad sobre sus tacones de aguja.
—Felicidades, Ramón —se oye en la penumbra.
Palau alza la mirada y observa, frente a los focos, las siluetas recortadas de Castro y de Sonia Páramos. Ella se dirige a la puerta del hotel a fin de asegurar la zona mientras, sonriente, levanta el pulgar en señal de victoria hacia Palau.
—Nos hemos equivocado contigo —le estrecha la mano el comisario—. Te debo una disculpa. Nos has liberado de una bestia. Eso es lo que has hecho. ¡Has vuelto a triunfar!
El sargento niega con la cabeza y responde punzante con otra pregunta:
—¿Qué pasa con el que murió en los calabozos?
La incomodidad se apodera de Castro.
—Entre el triunfo y la derrota —continúa Palau alicaído—, hay una línea muy sutil. Debo gestionar este éxito considerando el fracaso que suponen las víctimas que han caído.
—Eres demasiado humilde. ¡Eres un hombre brillante!
—No digas tonterías —dice. Lanza el cigarro al suelo y lo aplasta con el tacón del zapato—. No deseo brillar, eso me consumiría antes —sonríe forzado.
—Ramón —indaga el comisario—, quiero que te trasladen definitivamente a Barcelona. Quiero que trabajes conmigo.
El sargento niega repetidamente con la cabeza.
—Cabalgar por Barcelona me transformaría solo en jinete. —Se arremanga un brazo y muestra el tatuaje en su piel. Una rara cruz de ocho puntas: la Cruz de Saraís—. Hacerlo en el valle de Boí me convierte en caballero. Lo siento. La vida carece de sentido sin un objetivo, y el mío está allí.
Todos saben a qué se refiere.
Ahora la vuelve a extrañar. Añora a la mujer que jamás ha podido tener entre sus brazos. La que su arma siempre defenderá. Siente como una caricia su calidez, sus ojos negros de profunda mirada. Se abren nítidas en su memoria las palabras exactas que ella le dedicó al despedirse:
«Mientras permanezca en tu memoria, no me sentiré sola».
Solo la protección del Legado del Valle le empuja a respirar de nuevo, a seguir vivo. Volver a verla, sentirla cerca.
Necesita huir de la ciudad y regresar al valle de Boí para recomponerse entre huellas milenarias que dan significado a su existencia, para estar cerca de ella. La quiere hasta el punto de ser capaz de morir y matar. Carola.
Repiqueteo de talones sobre el asfalto. Una mujer alta y morena, enfundada en un abrigo negro, se acerca a la sargento Páramos.
—Buenas noches, Sonia.
—Señora fiscal... —saluda con la mano extendida a la visera de charol de la gorra.
—Con Ana es suficiente —le recuerda con simpatía—. No me ha dado tiempo de acusar en un jurado como te prometí, pero, qué duda cabe, ¡buen trabajo! Dile a Palau que no se preocupe por el disparo, ha hecho lo que debía. No debe inquietarse por la reacción de la Fiscalía, yo me ocupo de todo.
Se despide y empieza a desandar el camino por donde había venido.
—¡Ah! —De repente se da la vuelta al recordar algo y añade—: En unos días os llamaré —dice ahora dirigiéndose a Palau y Gomis—. Hay algo que, aunque de momento se trata solo de un rumor, resulta inquietante, y querré comentarlo con vosotros.
Sin despedirse, se da la vuelta y la noche de donde había llegado la engulle.
Ambos asienten con un cabeceo. Saben a lo que se refiere.
Otra dotación policial se aproxima con rapidez y se detiene frente al lugar. Se apea una mujer uniformada. Palau la reconoce: Evelyn se acerca dubitativa hacia él. Nota una mirada distinta en el sargento. Se abrazan.
—He vuelto a quitar una vida —le susurra al oído en un sollozo contenido.
Gomis no ha podido evitar oírlo.
—Lo que yo he visto no era un ser humano. Era un monstruo. No se ha perdido nada. Al contrario —intenta consolarle el abogado—. Era una vida que no merecía ser vivida. Una aberración, un fallo de la naturaleza —añade para rodearle con el brazo sobre el hombro.
—Cuidado —lo mira con seriedad Palau—, eso ya se dijo en el año treinta y tres en Alemania. Luego pasó a ser ley y justificó el mayor genocidio de la historia contemporánea y el asesinato por parte del Estado de enfermos incurables.
—De nuevo, has hecho lo que debías —pronuncia Evelyn con dulzura.
—Joder, Ramón, ¡deberías sentirte orgulloso de cada uno de tus disparos! —profiere Castro.
—Lucía Plantada no debería haber existido nunca —interviene otra vez el abogado—. Eso habría evitado muertes y haberla eliminado salvará vidas futuras. Esa es mi única certeza.
—Toda vida es digna de respeto, por insignificante que sea —insiste Palau al reproducir uno de los dogmas de la hermandad a la que se debe mientras se acaricia la marca de su antebrazo.
—Caso cerrado, ahora sí —finaliza Castro.
—¿Qué consideras tú por cerrado? —lanza un órdago Palau con ironía furiosa e insiste—. ¿Esto cierra la detención equivocada de un inocente?
—Podría haber más de un...
El sargento, exasperado, no le deja acabar:
—¿Esto cierra una muerte no explicada en los calabozos?
—Se trata de un suicidio.
—¡O tal vez de un asesinato! —vocifera cada vez más tenso.
Evelyn le toma por el brazo en un intento de apaciguarlo.
—¡¿Qué insinúas?!
—Vamos a relajarnos —tercia Gomis—. Castro, ¿conoces cómo el doctor Fleming descubrió la penicilina? —El aludido niega con la cabeza sorprendido por la inesperada pregunta del letrado—. Fue por casualidad. Tal vez el mayor descubrimiento farmacológico de todos los tiempos, que ha salvado millones de vidas, fruto del azar. ¿Te imaginas? Sí, trabajaba en cultivos bacterianos cuando observó que uno de ellos tenía una mancha causada por un hongo, alrededor de la cual las bacterias habían desaparecido. A ese hongo se le conocía como Penicillium.
—¿Por qué me das la vara con esto ahora?
—Es una alegoría de lo que nos ocurre: resulta evidente que a partir del crimen del meubléha emergido, para nuestra sorpresa, la punta de un colosal iceberg de dimensiones aún desconocidas. —Castro lo atraviesa con la mirada—. Hemos descubierto unos hilos, y ahora queremos saber lo que tejen. Amigo mío, la secuencia de los acontecimientos nos invita a intuir la existencia de una trama de perfil alto, desde actividades ilícitas hasta crímenes espeluznantes, en la que podría estar involucrada gente del Cuerpo, incluso políticos. Solo eso explicaría el asesinato de Sangriá, de claros tintes mafiosos, así como la muerte del detenido en los calabozos, que a nuestro entender, ha sido asesinado. —Castro se queda pensativo—. Ante esto, entenderás que no podemos mantenernos impasibles. Pero eso será otra historia.
Pere traga saliva y mira al cielo. Gomis sonríe al decir:
—Es lo que hay.
—Entonces... —Castro busca los ojos del sargento—. Debes quedarte. Te necesitamos, Palau.
Este otra vez niega con la cabeza.
—Ramón —insiste—, te necesito.
—Tienes un montón de hombres y mujeres a tu disposición. Cualquiera puede hacerlo mejor que yo.
—Te equivocas. Tú tienes una clara ventaja sobre el resto: olfato y valentía. Cuando asoma el miedo, sabes tomar aire y mantenerte tenaz hasta conseguir el éxito. Te necesitamos.
—No, lo siento —articula emocionado—. Este no es mi lugar, ni tampoco esta es mi causa.
Al oír eso la pesadumbre se apodera de Evelyn, que de súbito se lleva a Ramón de la mano.
Se detienen a unos metros para quedar a solas.
—La lejanía ceba el olvido —pronuncia ella con ojos enrojecidos y expresión triste.
Él, cabizbajo, cambia de tema deliberadamente:
—Tenías razón, Evelyn. Estabas en lo cierto con tus hipótesis. Algo trasciende más allá de...
—¿Es por ella? —le interrumpe.
—La muerte de Lucía ya es pasado. He acabado con su vida y sí, me siento muy afectado. Supongo que con el tiempo...
—No me has entendido —le corta de nuevo—. ¿Es por Carola?
Él deja que su mirada caiga al suelo, sin responder.
—Un silencio revelador el tuyo, que interpreto como despedida.
—Jamás podré olvidarte, pero te mereces alguien mejor que yo, Evelyn. Y no te resultará difícil encontrarlo.
—No digas bobadas. Eres un encanto.
—Esperas algo de mí que jamás podré darte, y no soportaría que eso nos hiciera daño. —Le acaricia el cabello—. Continuar solo enturbiaría el recuerdo precioso de nuestro maravilloso encuentro.
Ambos callan por unos instantes. Él le toma la mano.
—Evelyn, el objetivo de mi vida está lejos de aquí. Mi vida se ha convertido en una búsqueda constante de algo que a veces se me desdibuja. Tal vez una carrera hacia una meta inalcanzable.
Ella pronuncia con timbre dulce:
—Es Carola... —afirma, que no pregunta—. Hubiera cruzado océanos contigo, pero tu destino se aleja del mío.
Él asiente con el alma rota y se mantiene en un silencio obstinado.
—¿Nada más que decir? —pregunta Evelyn.
—Sabía que llegaría este momento. Busqué y ensayé las palabras que quería decirte, pero ahora me he quedado sin ellas. Solo puedo afirmar que haberte conocido ha sido un precioso regalo que la vida me ha hecho. Nadie podrá robarnos la magia que vivimos.
—Demasiado fugaz —manifiesta afligida.
Vuelven a paso lento hacia el grupo, pero antes de llegar ella sentencia en un susurro:
—Serás y seré, pero no seremos.
La noche cala en sus corazones entre reflejos azulados que con intermitencias los iluminan.
—Castro —anuncia Evelyn—, abandona toda esperanza. Ahora es el corazón quien gobierna su vida. Y, ya sabes, «el corazón tiene razones que la razón no entiende».
Todos callan. Se ven atrapados en una situación embarazosa y, a todas luces, imprevista.
La incomodidad del ambiente la rompe la voz alborozada del abogado:
—La vida es maravillosa —ensancha la sonrisa y comenta de repente ilusionado—. ¡Hoy es viernes! ¿Os dais cuenta? ¡Viernes!
—Alguien afirmó que es imposible vivir la muerte con objetividad y además cantar una canción —dice Evelyn, ahora con una sonrisa en los labios—. Quien lo dijo estaba en un error, no conocía a José Luis.
La brisa ulula a lo lejos y refresca sus rostros cansados. Como aire nuevo.
Un grito surca la noche:
—¡Viernes! ¡Es lo que hay!