No tardó demasiado en volver a casa, empapada y con la ropa chorreando. Rogó al cielo para que él aún no hubiera llegado.

Le costó meter la llave en el orificio de la cerradura por el temblor que atenazaba todo su cuerpo. No sabía si fruto del frío o de la ansiedad que le afloraba tras el encuentro con Manuela. Dudaba de su capacidad para contenerse.

Respiró profundamente en un intento por relajarse. Por fin abrió, entró y cerró con delicadeza la puerta.

Pero Dios tampoco atendió esa nueva plegaria.

Un escalofrío la recorrió de arriba abajo al percibir la presencia de Pepe a su espalda. Por no soportar su mirada desafiante, bajó la cabeza sumisa mientras una sacudida de terror la invadía.

—Perdona, me he retrasado más de la cuenta, por culpa del chaparrón... —intentó justificarse mientras andaba presurosa hacia el vestidor para cambiarse de atuendo.

Una vez allí, en la intimidad, se llevó las manos a la cara para contener el llanto.

Le pareció oír cómo se aproximaban los pasos decididos de su marido. El pavor le impidió darse la vuelta. Contrajo los labios bajo el temor de que la mano de Pepe la agarrara con rudeza de la nuca, como solía hacer. Cerró los ojos y apretó los puños para ahuyentar la angustia.

Como un susurro al oído, las palabras del demonio con el que convivía penetraron en su pensamiento como el fuego:

¿A quién quieres engañar? Te he visto con la puta zapatera. Sé qué planeáis.

No pudo reprimir las lágrimas.

—Lo siento, lo siento... Yo no he roto el secreto, lo juro, no le he dicho nada en absoluto. —Abrió los ojos y se topó con la imagen de los de Pepe que la retaban enrojecidos—. Lo ha intuido ella al verme el moratón. ¡Perdóname! No debí salir pero...

No pudo finalizar la frase.

Se lanzó a sus pies.

—Déjalo, olvídalo... —y quedó acurrucada entre gemidos en un rincón de la estancia, con la mirada apagada en busca de una oscuridad que le sirviera de refugio, debatiéndose en soledad.

Al poco rato sintió el temblor del estruendo de un portazo. Ahora temía por la suerte de Manuela.