23:05 horas

 

Evelyn, acompañada por un compañero, se dirigía a los calabozos de la comisaría en cumplimiento de la indicación recibida.

Se detuvieron frente a un portón de acero presidido por un letrero: ZONA DE CUSTODIA. En el centro, una ventanilla blindada con un círculo acristalado, a través del que vieron a un agente rodeado de monitores de vigilancia que les saludó afable desde el interior.

Sonó el zumbido de apertura y entraron.

Avanzaron por un pasillo flanqueado por celdas cuyas puertas correderas se hallaban pintadas en el azul corporativo del Cuerpo.

—Es aquí —dijo el agente encargado de la vigilancia del lugar, mientras abría la cerradura.

El leve rechinar de la puerta al correr sobre las guías quedó enmudecido por un chillido que resonó con fuerza. Todos se sobresaltaron.

Evelyn no había podido ahogar el grito.

El cuerpo moribundo del detenido aún convulsionaba rodeado de un amplio charco de sangre que aumentaba su diámetro a cada instante.

Los dos policías, boquiabiertos y paralizados, se mantuvieron en el quicio de la puerta.

Ella se quitó el cinturón, tomó el brazo del reo e intentó improvisar un torniquete para evitar mayor sangrado de las venas que presumiblemente acababa de cortarse.

—¡Avisad a una ambulancia e informad ahora mismo a Castro! —ordenó mientras comprobaba lo poco que podía hacer por salvar otra vida que se desvanecía entre sus manos.

El detenido abrió los ojos desorbitados en un intento agónico de comunicarse. Un rumor emergió de sus labios. Evelyn se acuclilló y acercó su oído a la boca del hombre que se sentía morir.

—Ah... Yo... yo... no he sido yo... Ah... e-e-ello...

Calló con el consecuente aliento último, largo y profundo. Ella se separó lentamente y vio cómo las pupilas del presunto asesino se matizaban y su mirada se fundía con la nada.

Le cerró los párpados, para siempre.