Martes, 22 de marzo de 2011, 10:50 horas
Barcelona, comisaría de Les Corts.
Un estremecimiento se apoderó del sargento Ramón Palau al analizar las imágenes de la víctima mutilada.
El hombre siempre prevalecía sobre el policía. Dejó vagar la mirada. Sangre, demasiada sangre, que lo llevó otra vez y sin remedio alguno a rememorar lo acaecido en Uganda, donde apenas unos días antes había vivido su más amarga experiencia.
Hay rincones de la memoria cuyos recuerdos deberíamos prohibirnos.
—¿Te encuentras bien, Ramón? —le preguntó el comisario Castro, con quien, junto a la sargento Páramos, llevaban casi una hora reunidos para ponerle ambos al corriente de las investigaciones que hasta la fecha se habían practicado.
El aludido asintió con un cabeceo seco y se reclinó en la silla. La aureola de buen policía, capaz y valiente, caminaba de la mano con la pesada fama de ejercer el trabajo bajo una cierta heterodoxia, en relación con sus métodos de investigación, así como por alejarse un tanto de los protocolos establecidos. No obstante, nada de ello era óbice para que en ocasiones se solicitara su apoyo desde la Ciudad Condal, a pesar de ejercer como policía en El Pont de Suert. Esa reputación se la ganó con la resolución del Caso Boí, en el que puso de manifiesto su compromiso con el trabajo, su fidelidad al Cuerpo, y unas extraordinarias habilidades como investigador.
Ahora atendía la llamada del comisario para llevar las pesquisas iniciadas por los hechos del meublé.
—Buen trabajo Sonia —alabó con sinceridad Palau a la vista de la labor desarrollada por su compañera—. Espléndido trabajo de campo.
—Viniendo de ti, es todo un halago —contestó la mujer sin poder evitar sonrojarse.
Ahora fue él quien se ruborizó.
—Castro, debo pedirte algo.
—Si está en mi mano, concedido.
—Que la sargento Páramos continúe en el caso y no se aparte de la investigación. Conoce mejor que nadie a los miembros del grupo y yo acabo de aterrizar en esta cacería.
—No hay problema —contestó. Y al ver la sonrisa que de inmediato apareció en el rostro de la joven, añadió—: Tampoco creo que haya inconveniente por parte de ella.
—Además —solicitó Palau—, con tu permiso, quisiera hacer equipo con Gomis.
José Luis Gomis, el abogado. Ambos habían cultivado una estrecha amistad a lo largo de anteriores investigaciones en las que Palau había sido instructor jefe de las pesquisas y que habían llevado exitosamente en equipo. Todo empezó cuando José Luis ejercía de letrado del difunto Arnau Miró, alguien que, paradojas de la vida, pasó de sospechoso de un asesinato a víctima, tras demostrarse su inocencia.
Desde entonces quedaban para dedicarse periódicas alegrías gastronómicas, aparte de coincidir en el ámbito profesional en algún que otro caso.
Castro accedió complaciente y dejó una de las truculentas fotografías sobre la mesa.
—De acuerdo. Sé que no será fácil —lamentó el comisario en voz baja.
—Me gustan los retos. Si hoy afrontas lo difícil, mañana podrás hacer lo imposible. Aunque es cierto que todo esto resulta muy extraño... —titubeó Palau y se sumergió en un momento de introspección.
—Ahora puedo pensar que ya te conozco, Palau —sonrió su superior—. ¿Qué te preocupa?
—Es confuso...
Frunció el ceño y con una mano se masajeó las sienes en un característico gesto suyo, mientras con la otra tomaba una hoja con una relación de nombres.
—Es la lista de clientes que se encontraban en el hotel cuando llegamos. Los identificamos uno a uno —dijo Páramos— y en principio están todos limpios, los treinta y uno.
—¿Treinta y uno? —repitió sorprendido por la cifra de clientes del hotel de citas.
—Sí, catorce parejas y unos que habían montado un trío —respondió ella—. Por eso sale la cuenta impar.
Castro rio divertido y el sargento carraspeó incómodo.
—¿Y qué sabemos del taxista? —preguntó Palau que obvió su ingenuidad en algunas materias—. Puede ser determinante para la identificación del asesino.
—Estamos en ello —contestó Páramos—. He apretado las tuercas a Esbértoli y a Sangriá, pero no les he sacado nada en claro en ese sentido. Dicen que no era un habitual del local y por eso estamos cribando todas las empresas de taxis y también particulares del área metropolitana. Si no damos con él, volveré a la carga con el encargado y el camarero, que para mí no dejan de ser sospechosos.
—Tal como va la investigación, no puede tardar en aparecer el conductor.
—Eso puede ser importante, pero la clave está en el móvil que pueda tener alguien para perpetrar un acto tan espeluznante —sostuvo la mujer.
—Debemos partir de que fue hacerse con el paquete de ese pobre desgraciado —conjeturó el comisario—. Y a pesar de ello, no creo en la motivación sexual. No se hallaron restos de semen.
—Eso es mucho suponer —intervino Palau—. Podríamos estar ante un psicópata sexual, incapaz de consumar relaciones con penetración.
—Explícate.
—Andréi Chikatilo, por ejemplo, el famoso Carnicero de Rostov. Estaba casado, era impotente y agredía sexualmente a niños. En uno de sus ataques y por casualidad, hizo una herida a la niña a la que asaltó. Eso le excitó tanto que empezó a apuñalarla en el estómago, hasta que eyaculó —concluyó Palau—. Tampoco en este caso se encontró semen en el cuerpo de la víctima y el móvil fue indiscutiblemente de naturaleza sexual.
—Palau —dijo pálido de repente Castro—, ¿no estarás sugiriendo que podemos tener un loco así suelto?
—En el caso de Chikatilo, un pusilánime profesor de Matemáticas y además hombre dominado por su mujer, hubo un desencadenante: la relación directa entre sangre y sexo. Se convirtió en un ser más terrible aún que cuando se limitaba a violar a niños y niñas.
—Un monstruo —afirmó el comisario.
—Una anomalía de la naturaleza que costó la vida a cincuenta y dos seres humanos —matizó Palau—. Por suerte, muy inusual, pero no extraordinario.
—¿Y el patrón se mantuvo? —quiso saber Páramos.
—No —contestó—. En su siguiente crimen, su conducta fue distinta. Contrató una prostituta de diecisiete años que al no poder penetrarla se rio de él. Por eso la estranguló, le cortó los pechos, se comió sus pezones y eyaculó sobre el cuerpo. En esta ocasión, por el contrario, sí hubo semen.
—Así que no podemos saber nunca a qué atenernos.
—No —declaró tajante Palau.
Castro ladeó la cabeza con gesto de preocupación. No había calibrado tal abanico de posibilidades. Quiso aportar la memoria de otro brutal caso:
—A pesar de ese de Rostov, aquí ostentamos el dudoso honor de tener el cuasirrécord de personas muertas a manos de un asesino sistemático: El Arropiero. Un tipo bien curioso ese Chikatilo ibérico —explicó Castro—. Cuando la Guardia Civil lo conducía detenido, en la radio del coche patrulla el locutor dio la noticia de que había un asesino mexicano que lo superaba en número de víctimas. Nada más oírlo el tipo dijo que si lo dejaban libre un par de días más, pulverizaría el récord de su colega extranjero.
—Sí, conozco la historia —apuntó Páramos—. Se libró del garrote vil gracias a la habilidad del abogado que lo defendió y a un dictamen psiquiátrico del profesor López Ibor.
—Jodidos abogados y psiquiatras —soltó Castro que se empecinó otra vez—: Y si quería el paquete, ¿por qué le arrancó un ojo? Más aún, ¿a qué juego obedece sustituirlo por una piedra?
—Son impredecibles, Castro —insistió Palau—. Debemos asumirlo como premisa en la investigación.
El comisario tragó saliva al escuchar aquellas palabras. Ramón se levantó y se dirigió hacia una pizarra que había en un extremo del despacho. Tomó el rotulador y escribió un nombre junto a otros que ya había garrapateados: ESBÉRTOLI. Lo subrayó con un trazo grueso.
—Tenemos dudas razonables sobre él —explicó Páramos—. Es un viejo conocido. Hace años estuvo involucrado en un caso de corrupción policial relacionada con unos burdeles. Él se encargaba de reclutar a prostitutas. Tenía predilección por inmigrantes ilegales a las que extorsionaba a cambio de papeles que jamás les llegaban.
Palau otra vez se frotaba la frente.
—¿Insinúas que podría seguir en el negocio y haber extorsionado al Portu? —quiso saber Castro.
—No exactamente —intervino ella—, ya que como ciudadano portugués es súbdito comunitario. —Castro se encogió de hombros—. Pero no podemos descartar ninguna posibilidad. Al portugués también lo teníamos fichado. Además de chapero, había traficado. Nada importante, un narco de pacotilla, pero tengo una sospecha que cada vez se acerca más a la certeza: Esbértoli no es de fiar. En las primeras declaraciones reveló un lenguaje gestual dudoso.
—Sí —confirmó Palau—, a menudo los gestos dicen más que las palabras.
—Además, hubo preguntas que no respondió, y esos silencios se tornan reveladores. Veremos... —gruñó la sargento—. Esta tarde Pere tiene previsto hacerles una nueva visita, para ampliar su declaración y tratar de reconstruir lo sucedido.
—Me gustaría estar presente —solicitó Ramón.
—Por supuesto, te lo iba a pedir.
Alguien llamó a la puerta.
—Con permiso —dijo el agente que la entreabrió e hizo ademán de entrar.
Castro lo autorizó con el acostumbrado mohín.
—El informe de la Guardia Urbana —mostró el policía un dossier— indica que el meubléestaba en regla. Solo hay algunas quejas vecinales sin importancia por el uso real que se les da a las habitaciones. Sin embargo, El Demonia se halla a fecha de hoy apercibido de cierre por superar reiteradamente el aforo permitido y por un posible tema de contaminación ambiental y acústica.
Entregó el expediente a Castro. El comisario arrugó el entrecejo en muda pregunta.
—Supera con creces el volumen de decibelios permitidos, no solo por la música del interior, sino también por unas anacrónicas y ruidosas máquinas de aire acondicionado que tiene instaladas en el tejado. No es poca cosa —dijo elocuente el policía recién llegado—. Las posibles condenas llevarían a penas de obligado cumplimiento.
—¿Ves, Palau? Cada vez nos llegan mejor preparados. Sé de algunos que serían capaces de destrozar altavoces y aires acondicionados si no les permitieran descansar —sostuvo el comisario.
Palau lo miró confundido.
—Además, se han producido con frecuencia diversas trifulcas en la calle, frente a la discoteca —siguió informando el agente para atajar la situación—. Parece ser que el portero, Paco López, al que también conocen como el Boxeador, sale de una y se mete en otra. Le gustan los rifirrafes.
—Habrá que hacerles también una visita —intervino Ramón Palau, que se dejó caer en la silla mientras el agente abandonaba el despacho.
—Sigo sin vislumbrar un móvil para una barbaridad como esta. —Páramos señaló la imagen de la víctima—. Este suceso no es un mero asesinato, no se trata de un ajuste de cuentas.
—Y me atrevo a decir que tampoco encaja con un crimen ritual como los que lamentamos en el valle de Boí —aportó Palau.
Cruzaron sus miradas con intensidad.
—Tampoco cabe pensar en un móvil pasional: se hallaron restos de cloroformo. —Castro quiso explicarse—. La venganza o los celos desatarían en el asesino el deseo de que la víctima sufriera lo máximo posible. En este caso, el autor narcotizó ligeramente a su víctima, lo cual redujo el dolor ante tan espantosa agresión.
—O quizá buscaba el placer de prolongar su sufrimiento, no podemos desdeñar ninguna posibilidad.
—Tienes razón —concedió el comisario.
—Sea como sea, según consta en el informe —y el sargento Palau golpeó una de las carpetas que había sobre el escritorio—, el Portu sufrió lo que no está escrito.
—Y a pesar de ello, el asesino pretendió anestesiarle con cloroformo. Aunque desconcertante, eso es un hecho. ¿Por qué no matarlo previamente y luego mutilarlo? ¿Por qué intentar dormirlo con cloroformo, si al final la consecuencia iba a ser la muerte?
—Cabe otra posibilidad —dijo Palau y de nuevo se mantuvo callado.
—¿Y bien? —quisieron saber inquietos los otros dos ante el mutismo del sargento.
—Tal vez el cloroformo fuera la mejor manera de extraer los órganos en vivo, con la garantía de que la víctima no lucharía por evitarlo. Podría extraerlos frescos, vivos, palpitantes... De esa manera, el asesino dispuso del tiempo necesario para extirpar el paquete abdominal, que según reza del primer análisis forense, quedó diseccionado a la perfección. A continuación, podría haberlo depositado en un recipiente con hielo o formol para llevárselo y mantener su esencia original. —Dibujó en su cara una mueca de amargura—. No creo que se lo llevara para hacer un trasplante. En ese caso se hubiera llevado otros órganos más comerciales, como riñones, hígado o corazón. No, no estamos ante un caso de tráfico de órganos. Es algo más oscuro, más terrible.
Un temblor recorrió el espinazo de Castro, acodó un brazo en la mesa y apoyó su barbilla en la palma de la mano.
—No creo que con el cloroformo quisiera atenuarle el sufrimiento —prosiguió el sargento—. Una mente capaz de hacer algo así no tiene espacio para la piedad. Todo lo contrario. Creo que esperó a que despertara, ya sin genitales, para gozar con su muerte. —Cabeceó—. ¿Quién sabe? Ahora todo son conjeturas. Lo único cierto es que estamos ante un enfermo.
—Un hijo de la gran puta —gritó el comisario—. No me jodas.
El comisario se mostró abatido, se levantó y se dirigió con deje cansado hacia la ventana.
—Hay algo más que aún no sabes, Ramón. —Este se dio la vuelta y prestó atención—. Ayer unos ciclistas hallaron un cadáver en una cuneta, entre la maleza, cerca de Sabadell. —Le tendió una carpeta con la información—. El cuerpo desnudo de un varón adulto, de alrededor de veinticinco años, estatura media y de complexión fuerte.
—Estoy en contacto con los compañeros de la comisaría de la zona. Hidratarán las huellas para proceder a su identificación —intervino la sargento Páramos.
Palau abrió los ojos desconcertado. Ella se explicó:
—Según el médico forense, llevaría alrededor de un par de meses muerto. Se encontraba en muy avanzado estado de descomposición.
—Si me lo decís ahora —intervino Palau—, será porque creéis que guarda alguna relación con lo que nos ocupa, ¿es así?
—A unos centenares de metros del lugar donde hallaron el cuerpo hay un famoso macroprostíbulo de carretera. El Ósmosis, preparado para satisfacer cualquier apetito sexual. Ese es el primer posible vínculo.
—¿Hay más?
—Lamentablemente, hay cinco —anunció Páramos—. El segundo: es uno de los burdeles donde tiempo atrás trabajó Esbértoli en sus negocios clandestinos. Estuvo clausurado administrativamente durante un tiempo y hace poco volvió a iniciar su actividad. Intachable desde el punto de vista legal: un hotel que tiene un bar de copas y alquila habitaciones.
—En definitiva, una casa de putas y punto, como Dios manda —apostilló Castro que conocía el paño.
Ella dejó de hablar mientras el sargento ojeaba el informe. Solo al constatar que lo atendía, siguió con la exposición:
—Tercera coincidencia: los gerentes del local nos han indicado que a mediados de enero un camarero búlgaro desapareció sin despedirse ni dejar ningún tipo de nota. Bueno, ellos le llaman camarero, pero en realidad ejercía la prostitución: Sándor Yankelevich. Tienes ahí su fotografía, facilitada desde inmigración. Sus empleadores nos lo describieron como un joven guapo, ni demasiado alto ni tampoco bajo.
—¿Así? ¿Nada más?
—Los hemos citado para tomarles declaración. En ese momento no le dieron mayor importancia. Ese lugar es de paso para muchos que trabajan en este oficio. Cuarta coincidencia: el cadáver estaba mutilado. Le faltaba la mano y parte del antebrazo izquierdo.
Ramón arrugó la nariz y ladeó la cabeza. La sargento se tomó unos segundos antes de finalizar:
—Y la quinta, que me he ocupado de que no trascienda a la prensa: le habían arrancado los ojos, y en cada cuenca había una piedra.