CAPÍTULO IV - El DUELO VICTORIANO

Ultimas visiones

JULIA murió una “hermosa mañana azul de primavera” y Virginia siempre recordaría la “última visión” que tuvo de ella: “… se estaba muriendo; fui a darle un beso y cuando salía silenciosamente del cuarto, me dijo: ‘Camina derecha, mi Cabrita’”.

Poco después George, el hijo mayor, les dio de beber leche con unas gotas de brandy a sus hermanos pequeños y los llevó envueltos en mantas a ver a su madre. Al llegar al dormitorio, Virginia se cruzó con Leslie, que salía tambaleándose: “Y yo —escribió ella— extendí los brazos para detenerlo, pero pasó de largo, gritando algo que no pude entender”. Estaba en estado de shock, pero igualmente percibió cierta teatralización en la actitud paterna y luego en la de las enfermeras:

 

«Recuerdo muy claramente cómo, incluso cuando me llevaban al lado de su cama, vi que una de las enfermeras lloraba, y me embargó el deseo de reír, y me dije, como siempre me he dicho desde entonces en momentos de crisis: “No siento absolutamente nada”.»

 

La incapacidad de expresar sus emociones, o la tendencia a negarlas, iba acompañada de una sensación de irrealidad. Y cuando Stella la llevó a besar a su madre por última vez, Virginia tuvo la impresión de besar hierro frío. Vio cómo su hermana acariciaba la mejilla de Julia, le desabrochaba un botón del camisón mientras decía: “Siempre le gustaba llevarlo así”. Luego Virginia volvió al cuarto de los niños. Más tarde, Stella le dijo: “Perdóname. Me di cuenta de que tenías miedo”. Solo entonces ella estalló en sollozos, y reconoció: “Cuando veo a mamá, veo a un hombre sentado a su lado”. En sus recuerdos Virginia llegó a preguntarse si lo que dijo fue verdad o solo lo hizo para llamar la atención. Estaba segura de que, cuando Stella le pidió perdón, ella tuvo ante sí la imagen de un hombre sentado en el borde de la cama, con el cuerpo inclinado. Impresionada, y un poco temerosa, Stella contestó: “Es bueno que no esté sola”.

Repasando esa época y atribuyendo la sensación ilusoria al clima “melodramático, histriónico e irreal” de los días que precedieron a los funerales, Virginia pensó “que cualquier alucinación era posible”. En ese estado, las impresiones visuales se hacían más pregnantes, y cuando fue a la estación de Paddington en compañía de George y Vanessa para buscar a Thoby, a quien habían hecho regresar del colegio, Virginia anduvo por el andén extasiada ante “el contraste entre aquel magnífico resplandor de luz y los recintos oscuros y cerrados con cortinajes de Hyde Park Gate”. Sucedía como si de pronto y sin que mediara ningún esfuerzo, ciertas percepciones se intensificaran. Eran momentos luminosos, como el que tuvo lugar días después en el parque de Kensington cuando, tendida en el césped junto a Vanessa, comenzó a leer un poema y “al instante y por primera vez” lo comprendió. Aquellas chispas de vida iluminaban lo gris del luto compartido, expresado en las salidas de la familia, cuyos integrantes, vestidos de negro, caminaban en procesión y de la mano, conscientes “de la impresión que debían de causar”. Todo era silencio alrededor, y mientras los nuevos roles que asumirían se iban gestando, Leslie se abandonaba a su desesperación y exigía consuelo permanente, pasando del silencio a las lamentaciones. Se estaba volviendo sordo, usaba una corneta para oír mejor, “y sus gemidos eran más fuertes de lo que creía”. El cambio en la vida de la familia fue drástico y el pasado, irrecuperable. Julia se había ido y con ella, la infancia:

 

«No más visiones centelleantes de vestidos blancos de verano y de cabriolés dirigiéndose veloces a exposiciones privadas y cenas […] Ya no hubo ni uno solo de aquellos momentos fugaces, tan divertidos y por alguna extraña razón tan tranquilizadores y sin embargo emocionantes, cuando bajaba corriendo la escalera del brazo de mi madre a cenar, o cuando elegía las joyas que mi madre llevaría puestas.»

 

Julia se llevó consigo la posibilidad de disfrutar de lo cotidiano, y ni Leslie ni ninguno de los otros miembros de la familia con edad suficiente como para transformarse en nuevos guías tuvieron la capacidad para revertir ese proceso. La realidad había sido transformada y nadie parecía poder hacer nada contra eso. Según Virginia, junto a Julia las personas exhibían “chispas de carácter que desde entonces nunca han mostrado ante nadie más”. Su presencia podía no mejorar a las personas, pero era evidente que las acercaba más a sí mismas, de modo que, como si se tratase de una sacerdotisa o emperatriz, la familia, los amigos y los que recurrían a ella para pedirle ayuda, gravitaban a su alrededor como lo hacen los personajes de Al faro en torno a Mrs. Ramsay. Podría aventurarse que los hijos de Julia la veían tal cual ven a su madre los niños de Al faro: “como si ella floreciera al modo de un frutal cargado de frutos rosados, lleno de hojas y ramas bailarinas, en el que el punzante pico de bronce, la árida cimitarra del padre, el egotista, se hundía y golpeaba, mientras exigía consuelo”.

Pero no se trataba solo de Leslie;

Virginia recordaba a su madre siempre preocupada por todos y obstinada en no ceder la carga que se había impuesto. El correo —que hasta hace poco llegaba a Londres dos veces al día— se acumulaba, y después de la muerte de Julia, Virginia encontró, en una cajón cerrado en St. Ives, un montón de cartas ordenadas que esperaban contestación. “Había una carta de una mujer cuya hija […] pedía ayuda, una carta de George, de la tía Mary, de una enfermera que se había quedado sin trabajo, unas cuantas facturas, cartas pidiendo dinero”, y también varias páginas en las que una chica que se había peleado con sus padres se sentía en la obligación “de poner su alma al descubierto con la mayor seriedad y prolijamente”. Lo que Julia consideraba su deber había minado su resistencia. Solo los sábados sonreía y respiraba aliviada: “¡Gracias a Dios esta noche no hay correo!”; mientras, Leslie “protestaba en vano: ‘ ¡Esto debe terminar, Julia!’”.

En 1907 Virginia describió con patetismo el ocaso de su madre: “A medida que se extinguían sus fuerzas, menos eran sus momentos de descanso; se hundía, al igual que un nadador agotado, más y más en el agua”. Virginia afrontó el sacrificio de Julia como una expresión del sinsentido; pero en “Apuntes del pasado” aseguró:

 

«Lo más trágico de la muerte de mi madre no fue que de vez en cuando nos hiciera terriblemente desdichados. Sino que la convirtió en un ser irreal,[69] y a nosotros en seres solemnes y cohibidos. Nos vimos obligados a desempeñar roles que no sentíamos como propios; a buscar a tientas palabras que no conocíamos.»

 

Lo cierto es que el duelo, y sus expresiones sociales, no escapaban a las convenciones que estructuraban la vida victoriana; y un grupo constituido fundamentalmente por mujeres tomó por asalto la casa. Las imponentes figuras de Mary Fisher, hermana de Julia; Mia, una de sus primas; su cuñada Minna Duckworth —los chicos Stephen la llamaban tía—, entraban y salían del Hyde Park Gate intentando controlar y dirigir a los hijos de la muerta. También la familia de Leslie se hacía presente y, aunque no eran tan dominantes, las visitas de su hermana Caroline Emelia, de lady Stephen, de la viuda de Fitzjames y de sus hijos resultaron inevitables. Otros parientes, como los primos Vaughan, hijos de Adeline, eran más del gusto de las hermanas Stephen, pero ni siquiera las personas más afines podían hacer nada por borrar o hacer desaparecer los mecanismos del duelo victoriano. No existía ninguna posibilidad de liberarse: ciertos ritos debían cumplirse aunque no se creyera en ellos; tampoco se podía expresar o experimentar el dolor si no era de la manera prescripta.

En Los años, Delia siente que el entierro de su madre termina resultando “una recatada y modosa reunión matutina entre tumbas”. Las palabras del responso consiguen rebelarla:

 

«¡Qué mentira!, gritó Delia en su fuero interno. ¡Qué condenada mentira! Le habían quitado el único sentimiento sincero, le habían destrozado su único momento de comprensión […] En cuanto a su padre, estaba tan serio y rígido que le inspiró un convulsivo deseo de reír.»

 

Refiriéndose a la muerte de su madre, dijo Virginia: “[el duelo] nos hundía en la oscuridad, nos embotaba. Nos transformaba en seres hipócritas, inmersos en los convencionalismos del dolor. Cobraron vida muchas ideas tontas y sentimentales”. Como ocurre en Al faro, ella percibió que “la tragedia” no fueron “los crespones, el polvo y el sudario, [sino] la coerción sobre los niños […] la sumisión de sus espíritus”.

La psicoanalista Maud Mannoni señala las dificultades que se presentan para poder elaborar el duelo de un ser querido, cuando se le reprocha su desaparición y surge, en el deudo, el sentimiento de que con su partida el muerto se llevó parte de uno mismo. Para Mannoni, Virginia Woolf supera la obsesión de la falta de madrea través de la escritura. Trasciende el “desvalimiento impensable”, el “temor al hundimiento” relacionado con “la noción de angustia impensable ligada a la pérdida de la relación arcaica del niño con la madre”. Si eso sucede, el individuo tiene la posibilidad de protegerse “elaborando defensas que pueden conducirlo a auténticos éxitos profesionales y sociales”. En otras palabras, puede convertirse en escritor, en artista, o al menos intentarlo. Ese es el caso de Lily Briscoe, a la que en Al faro le faltó una madre solo para ella y que, abrazada a Mrs. Ramsay, ansía, más que nada, recomponer una unidad o simbiosis perdida.

 

«Se imaginaba cómo en las cámaras de la mente y del corazón de esta mujer que físicamente estaba en contacto con ella había, como en los tesoros de los reyes, tablillas con inscripciones sagradas, que si una pudiera leerlas le enseñarían todo […] ¿Cuál era el resorte que te permitía convertirte, como el agua vertida en la jarra, en una sola cosa inextricablemente unida a la persona amada? […] ¿Podría el amor, como lo llamaba la gente, convertirlas en una a ella y a Mrs. Ramsay?»

 

Lejos de sucumbir bajo el peso de la muerte, o de dejarse arrastrar por “las convenciones” del dolor, Virginia encontró fuerzas en unión con sus hermanos. Superó “ideas locas y sentimentales”, y en sus memorias recordó: “No tardamos en revivir, y surgió el conflicto entre lo que debiéramos ser y lo que éramos”. La búsqueda de la identidad, y la necesidad de afirmarse en sí mismos tras la muerte de un ser querido, es característica de muchos de los personajes de sus novelas, donde la muerte suele irrumpir bruscamente trastornando un orden, pero permitiendo a la vez, que surja uno nuevo. Mientras que en Fin de viaje, la madre de Rachel muere cuando ella todavía es una niña, y con ello se explican muchas de las características del personaje, en Noche y día se hace referencia a distintas maneras de superar un duelo difícil. En tanto su madre queda atrapada en el mundo de su abuelo muerto, un prócer literario, Katherine intenta iniciar un camino propio, alejado de la tradición literaria familiar, y a escondidas estudia matemáticas.

También en Al faro, aunque sumida en el dolor por la pérdida del ser amado, Lily Briscoe se siente aliviada tras haber escapado a la “manía […] esta de que todos se casaran” que entusiasmaba a Mrs. Ramsay, cuya muerte la había salvado de milagro de caer en las redes de esa mujer y permitido “desatender sus deseos, mejorar sus limitadas ideas, pasadas de moda”. Por su parte, en Los años, la vivencia de la larga agonía de la madre hace que Delia ansíe su muerte, ya que mientras ella esté viva representa “un obstáculo, un impedimento, una barrera, a cuanto fuera vida”. En el libro, Eleanor se siente feliz después de la muerte del padre —a quien sin embargo amaba—, porque al fin puede liberarse de la tiranía y de las obligaciones cotidianas, simbolizadas por la vieja casa que pone en venta.

“Pero basta con la muerte… es la vida lo que importa”, escribió Virginia en su diario, y al cumplirse cuarenta y dos años de la muerte de su madre todavía era capaz de recordar las impresiones de ese día.

LOS OTROS Y NOSOTROS. PRIMERA CRISIS

La desaparición de Julia complicó la convivencia entre los Duckworth y los Stephen, o entre “los otros” y nosotros, como diría Virginia. Cuando su madre murió, George tenía veintisiete años, Stella veintiséis, y Gerald uno menos. Por el lado de los Stephen, a fines de ese mes de mayo Vanessa cumplió dieciséis, Thoby tenía catorce, Virginia, trece y Adrian once años. Si Leslie caía en la nostalgia y en la desesperación, ¿quién guiaría el barco a buen puerto?

En Stella, que había vivido a la sombra de su deslumbrante madre, cayó la responsabilidad de asumir el rol de ama de casa y, como lo había hecho Julia, se ocupó de controlar las cuentas y de la economía doméstica. También se convirtió en el paño de lágrimas de Leslie, a quien le parecía natural apoyarse en su hijastra. Por largos períodos de tiempo, él permanecía callado, y si los hijos conseguían que hablara, “y eso era parte de nuestro deber”, escribió Virginia, solo se refería a los buenos viejos tiempos. Además, acostumbraba pasearse por la casa gritando que nunca le había dicho a Julia cuánto la amaba. En esos momentos aparecía Stella, que “lo abrazaba y protestaba”. Acto seguido, Leslie se dirigía a sus hijos diciéndoles que ellos eran su esperanza y consuelo, y Virginia recordaría cómo “allí, arrodillados en el suelo, intentábamos serlo… quizá solo para llorar”.

Por fortuna, Leslie encontró otro tipo de consuelo en la escritura de una extensa carta autobiográfica, Mausoleum Book (El libro del mausoleo), dedicado a los hijos de Julia; ese texto, que redactó hasta su muerte, refleja mucho de su personalidad y del espíritu de su época. También se refiere a su trabajo y analiza el carácter de algunos de sus eminentes contemporáneos. Tras la muerte de Julia, él decidió que debía reemplazarla en las clases que ella daba a sus hijas, pero no era un buen profesor, y su estado de ánimo terminó agobiándolas aún más.

Tanto en los primeros diarios personales que Virginia escribió en 1897, como en el Hyde Park Gate News, se percibe que, aún entonces, la familia seguía un patrón de comportamiento acorde con los parámetros victorianos y de clase que tanto Julia como Leslie sostenían. En ese modelo, como señaló la tía Caroline Emelia, la estructura familiar perduraba y reposaba sobre la base del sacrificio de las hijas mujeres solteras[70] y su trabajo agotador y no remunerado. Fue así como Stella, cada día más pálida y agotada, se sentaba a contestar las cartas de condolencia, en un papel que “tenía un ribete negro” tan ancho que apenas quedaba espacio para escribir. Frente a ella había una foto de Julia, “y a veces lloraba mientras escribía”.

De pronto la persona de Stella comenzó a adquirir importancia. Durante su niñez, signada por la melancolía de la temprana viudez de Julia, había visto a su madre yacer sobre la tumba de su padre en la casa Orchardleigh. Sus primeros recuerdos estaban asociados a una madre viuda y desolada, que en esos tiempos pensaba que la muerte era la mayor bendición que podía concedérsele. En cuanto a la relación con sus hijos, Julia sentía devoción hacia George, del que decía que “era igual a su padre” y dedicaba especiales atenciones a Gerald, “hijo nacido después de la muerte del padre y muy delicado”. Sin embargo, podía ser dura con Stella. Durante su noviazgo, Leslie lo había percibido y se lo señaló, pero Julia respondió que consideraba a Stella parte de sí misma y por eso la trataba de ese modo. No solo ella consideraba a su hija como una suerte de prolongación suya; Virginia escribió: “Eran la una para la otra, como el sol y la luna; mi madre la positiva y terminante; Stella, el satélite que refleja la luz”. Sin ambiciones personales, “o siquiera carácter propio”, aun cuando Stella, “muy dulce y muy franca”, tenía un gran encanto, y una “generosidad pura, simple y modesta”, cargaba con el poco halagador apodo de “vieja vaca”, con el que la llamaba su madre.

Cuando creció, la belleza de las mujeres de la familia se reflejó en ella, lo que provocó el orgullo de Julia y generó entre madre e hija “un sentimiento de singular profundidad e intimidad”. Lo cierto es que la vida social de Stella, sus éxitos y pretendientes estimularon “en su madre muchos instintos que habían estado latentes durante largo tiempo”. Dependiente de Julia y preocupada por ella, Stella también disfrutaba de esas ocasiones, pero insistía en volver pronto de las fiestas y reuniones, por temor a que su madre se fatigase. Su preocupación se acentuó en los últimos tiempos, y Virginia no dudó en creer que Stella albergaba rencor hacia su enceguecido y demandante padrastro, para quien Julia debía de ser una fuente inagotable de apoyo y contención. Lo cierto es que Virginia terminó haciéndose eco de ese encono y escribió: “[Mi padre]… causó un daño imperdonable al sustituir la imagen de una madre verdadera y sumamente vívida por algo que no era más que un desagradable fantasma”.

En sus recuerdos, Virginia señala que Stella no tenía una inteligencia brillante y que muy rara vez leía un libro, pero también dice que derrochaba un gran encanto, que era alegre, muy femenina y dulce. La joven Duckworth se había sentido siempre un apéndice de su madre, y después de su muerte solo encontró sentido a su vida ofreciendo, casi sin pensarlo y de manera automática, sus cuidados a quienes la rodeaban. Así conquistó a sus hermanas Stephen, quienes la diferenciaban de los otros Duckworth, ya que su “falta total de afectación y de esnobismo […] su autenticidad […] no era común en una hermana de George y de Gerald, tan poco brillantes y convencionales, quienes además exhibían una devoción tan innata por los convencionalismos y las respetabilidades”. En contrapartida, la inocencia de Stella siempre evocaría en Virginia “a esas grandes flores blancas, como la flor del saúco o la flor del perejil, que se ven en los campos en el mes de junio […] También a una pálida luna en un cielo azul. O a esas grandes rosas blancas, que tienen muchos pétalos y son casi transparentes”.

Se trata de una imagen angelical, diametralmente opuesta al retrato de pesadilla que Virginia hizo de sus hermanastros:

 

«Una vez, cuando yo era muy pequeña, Gerald Duckworth me puso encima de [una repisa que se reflejaba en un espejo], y mientras estaba sentada allí comenzó a explorar mi cuerpo. Puedo recordar la sensación de su mano bajo mis ropas; descendiendo con firmeza y con seguridad más y más abajo. Recuerdo cuánto esperaba que se detuviera, y como me puse tensa y empecé a retorcerme cuando su mano se aproximaba a mis partes íntimas. Pero no se detuvo. Su mano exploró también mis partes privadas. Recuerdo mi resentimiento, mi desagrado. ¿Cuál es la palabra para expresar aquel sentimiento mudo y complejo?»

 

Situaciones como esta suelen generar sentimientos de ira, culpa y vergüenza en la víctima del abuso; tal vez por eso Virginia no se refirió a esa “escena” en sus primeros escritos autobiográficos, esbozados en ocasión del nacimiento de su primer sobrino. Sí pudo relatarla en 1939, en “Apuntes del pasado”.

Impulsada por Vanessa, que le dijo que si no empezaba a escribir sus memorias “pronto sería demasiado vieja” para hacerlo, Virginia se refirió no solo a los bellos recuerdos de infancia, sino a los abusivos tanteos exploratorios de Gerald.

Su relación con Stella, exenta de cualquier tipo de reproche o mácula, fue completamente diferente y sus recuerdos de ella son siempre cariñosos. Stella se sentía consustanciada con el trabajo que Julia hacía en los barrios pobres, con su arduo trajín en favor de los enfermos; y al tanto de las visitas de su madre al Hospital de Enfermos cancerosos de Brompton Road, insistió en que, en su lápida, figurase una inscripción que explicitara su dedicación a “hacer el bien”. Su devoción “casi canina en su conmovedora adoración” fue una de las razones que la impulsaron a dedicarse, ella también, al servicio del prójimo. Con ese objetivo se unió al grupo liderado por Octavia Hill,[71] filántropa y reformadora social que propiciaba la construcción de viviendas para los pobres. Es sabido que Virginia acompañó a Stella a una de las reuniones del grupo, y permaneció sentada frente al fuego “contemplando las piernas de Miss Hill” mientras ellas conversaban acerca de sus proyectos. Otra vez, la acompañó en su recorrido por los barrios pobres: “Cuando nos enteramos de los tugurios que tendríamos que atravesar para llegar a ese sitio, S. dijo que era imposible, así que dimos media vuelta y volvimos derecho a casa”.

Es posible que los sentimientos ambivalentes de Virginia hacia las mujeres que se dedicaban a la filantropía nacieran en esos años. A la admiración por la entrega apasionada y convencida de aquellas que sentían que su deber era trabajar para el bien de los demás, oponía la convicción de que en ocasiones la filantropía no era más que una “malévola comedia”, que encubría deseos de poder o de dominio. También rechazaba las actividades caritativas porque alejaban a las mujeres de trabajos remunerados y, por ende, de alcanzar su independencia.

En Al faro, se sugiere que “todos [los] deseos de dar, de ayudar” que caracterizan a Mrs. Ramsay podrían originarse en su vanidad: “Era por amor propio por lo que tan ansiosamente se empeñaba en dar, en ayudar”. Por su parte, “desdeñada y contrariada”, Mrs. Ramsay lamenta la actitud de otro de los personajes, que le hace “sentir la mezquindad de una parte de ella, y de las relaciones humanas”.

En sus ensayos y novelas, Virginia Woolf vuelve constantemente al tema de la filantropía. En Los años, tal como lo hacía Stella, el personaje de Eleanor se dedica a actividades caritativas y a la construcción de casas para los pobres en Peter Street. Pero Eleanor percibe que debe sumar contenidos a la acción. Para ella, es necesario hacerse de “una opinión, una opinión muy concreta”. De lo que se trata es de ser algo más que un peón en el engranaje filantrópico; en cuyo caso, la formación de la opinión propia puede entenderse como un paso previo a la toma de conciencia política. Por otra parte, tanto Un cuarto propio como Tres guineas pueden leerse como la respuesta personal de Virginia Woolf a esa problemática: solo a través de la educación las mujeres podrían superar y dar cauce a una forma más benévola de amor al prójimo. Aun a riesgo de idealizar la tarea del escritor, en su diario de 1919 subrayó: “Cada vez tengo más claro que las únicas personas honestas son los artistas, y que todos esos reformadores sociales o filántropos son tan incontrolables y ocultan deseos tan poco honorables bajo el disfraz del amor hacia el prójimo, que habría mucho más que decir de ellos que de nosotros”.

Es probable, sin embargo, que la filantropía fuera para algunas mujeres la manera de escapar de la tiranía del hogar. Stella fue un buen ejemplo de lo que Virginia llamó “hijas de los hombres con educación”, cuya instrucción siempre era postergada en favor de la de sus hermanos varones. Aun cuando tocaba el piano lo suficientemente bien como para integrar una orquesta femenina, no podía evitar los sentimientos de inferioridad; “había un obstáculo en su mente, una plácida indiferencia con respecto a los libros y a la enseñanza”. De pequeña había tenido fiebre reumática y estaba convencida de que la enfermedad la había “tocado”. Como muchas jóvenes de su época, Stella, Vanessa y Virginia eran conscientes de lo escaso de su formación intelectual y recelaban de sí mismas. Y, si bien Stella no experimentaba los llamados de una fuerte vocación, como les sucedía a sus hermanas, tenía carácter y capacidad resolutiva, sentía un gran amor por la música, se interesaba por la fotografía, jugaba billar, tenis y croquet. Otra característica que la diferenciaba de Vanessa y Virginia era su conformismo y su escaso deseo de novedades, cualidades que tuvieron que ver con que, a los veinticuatro años, definiera Casa de muñecas, de Ibsen, como una obra “loca de atar”.

Dedicada “a servir el té”, su actitud complaciente hacia el modelo victoriano y sus gustos sencillos la hacían una buena candidata para el matrimonio. El perturbado primo Jim no fue su único pretendiente. En el verano de 1893 tuvo, por lo menos, otros dos. Rechazó las propuestas sentimentales de Walter Headlam, y en cuanto a los galanteos de Dick Norton, escribió en su diario: “Me temo que le gusto más de lo que él me gusta a mí, y eso es mucho decir”. Jack Hills también aspiraba a casarse con ella. Julia vivía todavía cuando, atenta a los progresos del romance, Virginia oyó una noche, en la casa de St. Ives, a través del tabique del ático, los sollozos de Stella, que acababa de rechazarlo: “En aquellos tiempos, el rechazo era catastrófico. Significaba una ruptura total de relaciones”.

Las familias trataban estos asuntos en un lenguaje cifrado, “un código religioso, que llegaba de una u otra manera a los hijos”. Por otra parte, la comunicación entre jóvenes del sexo opuesto era por demás intrincada, cuando no imposible. Las primeras novelas de Virginia Woolf dan cuenta de ese diálogo babélico. Las relaciones entre los pretendientes “se llevaban a cabo tal como ahora las relaciones entre naciones, con embajadores y tratados. Las partes interesadas se reunían en la gran ocasión de la petición de mano. Si la petición era rechazada, se declaraba el estado de guerra”. Era por eso que Stella lloraba, mientras Jack partía de inmediato a Noruega para dedicarse, despechado, a la pesca. En esa ocasión, a través de Julia, “se mantuvieron vagas negociaciones, pues hacía falta un intérprete”. Todos estos procedimientos, subrayó Virginia, “daba(n) solemnidad al amor” y “los sentimientos se acumulaban; se interponía silencio”. La carga emotiva signaba la atmósfera familiar. Lo privado se hacía público a través de un lenguaje críptico y misterioso que los pequeños, intrigados, trataban de adivinar.

La muerte de Julia dejó a Stella y a Jack sin mediador. Él se había hecho presente la noche anterior a su deceso. La familia estaba reunida en “la sala de estar, y allí —escribió Virginia— teníamos la bandeja con el té, pues teníamos la curiosa costumbre de tomar el té cerca de las nueve de la noche”. La tetera de plata, un objeto querido que Virginia atesoró aun desvencijado, tenía un asa que se recalentaba. La hermana mayor de Julia intentó servir el té y tuvo que soltar la tetera: “Y Jack Hills dijo, con una triste y extraña sonrisita, adecuada a su pequeña broma: ‘” Solo la señora Stephen y Stella pueden hacer eso’”.

Virginia contemplaba interesada esas escenas, le “resultaba estimulante mirar por encima de nuestro mundo inmaduro e imaginar que el verdadero conflicto propio de seres humanos reconocidos como tales ya había comenzado para nosotros”. Ese interés se trasladó a su escritura. De hecho, Stella es evocada en las jóvenes victorianas que Virginia retrató en sus novelas; su recuerdo está “en el corazón de Fin de viaje”, y de manera más o menos directa sobrevuela gran parte de su obra. Como si se tratase de un pálido y enlutado fantasma, Stella se dedicaba a atender a los miembros de la familia. La situación era confusa. Leslie, su padrastro, “era el pupilo que su madre le había legado”. Él consideraba “natural” la entrega de Stella en la que se había operado “un cambio que parecía terriblemente simbólico. Jamás se vio un ser tan pálido”.

Durante el duelo, la familia se trasladó a Freshwater. La belleza del paisaje y la ausencia de visitas enlutadas y llorosas les dejaron entrever otras posibilidades, y fue Leslie quien, de alguna manera, permitió un accionar más libre, y dio —recordó Virginia— “el primer impulso encaminado a darnos libertad”:

 

«Quizás, durante un paseo, de pronto él dejaba de lado todas nuestras curiosamente convencionales relaciones y nos mostraba durante un minuto una inspiradora visión de vida libre, bañada en una luz impersonal. Había muchas cosas que aprender, libros que leer y se podían alcanzar los éxitos y la felicidad sin cometer deslealtades.»

 

Como padre, Leslie podía mostrarse distante, incluso demandante, caprichoso y antojadizo, pero también magnánimo y generoso. Después de la muerte de Julia, su comportamiento se tornó cada vez más exigente. Solo veía sus necesidades, no tenía atisbos de las de los demás, y esto fue muy doloroso para Virginia, que lo amaba. De todos modos, como le sucede a Mr. Ramsay en Al faro, Leslie podía recuperar su mejor faceta:

 

«Era hermoso en esos momentos, sencillo y ávido como un niño; y exquisitamente sensible a todos los afectos; exquisitamente tierno. Entonces lo hubiéramos ayudado, si hubiéramos podido, le habríamos dado todo cuanto teníamos, y sentíamos que aquello era muy poca cosa al lado de su necesidad, pero el momento pasaba.»

 

Como buen victoriano, si bien Leslie estaba de acuerdo con que las mujeres tuvieran derecho a la misma educación que los varones, nunca se le ocurrió que esto era válido para sus hijas. De todas maneras permitió que Vanessa tuviera primero lecciones particulares de pintura y que luego acudiese a la Academia, y que Virginia tomara lecciones de griego. Aunque desconocía casi todo lo relacionado con la música y la pintura —y esto fue doloroso para Vanessa—,[72]estimuló siempre la inclinación literaria de Virginia.

Por su parte, sin el consuelo de una vocación, Stella se acercó a Vanessa porque le recordaba a su madre y era “la única persona que no necesitaba que se hicieran sacrificios por ella”. Lo cierto es que Stella solía sentirse desconcertada ante las reacciones de su padrastro. Cierta vez Virginia oyó que Leslie le preguntaba: “No fui tan malo como Carlyle, ¿verdad?”. Stella, que no había leído mucho y tal vez desconocía el maltrato de Carlyle hacia su mujer, “lo consoló una y otra vez, cansada pero tenaz”. En realidad Leslie no sentía “escrúpulo alguno en revelarle sus sufrimientos y en exigirle una atención constante y cuanto consuelo pudiera ella darle”; y se escudaba en el hecho por todos sabido de que era “propio de su naturaleza y costumbres hallar consuelo en la manifestación de sus sentimientos”. Aun así, en Mausoleum Book, él reconoció que si lo hubieran atormentado los remordimientos que torturaron al “pobre Carlyle”, hubiera pensado en el suicidio.

En ese contexto familiar, en el verano de 1895, Virginia cayó víctima de una crisis nerviosa acompañada de síntomas físicos. A una excitación extrema asociada con un pulso acelerado, le seguía un período de depresión y el rechazo a ver gente. El doctor Seton, médico de la familia, dijo que la sintomatología se correspondía con una depresión nerviosa a consecuencia de la muerte de su madre y ordenó que suspendiera las clases y demás actividades. También le recomendó que llevara una vida tranquila, que hiciera mucho ejercicio, e indicó que debía pasar cerca de cuatro horas diarias al aire libre. Stella acompañaba a Virginia al médico, la llevaba a pasear o a viajar en el piso alto de los autobuses. Salvo en lo que respecta a los síntomas físicos, no se sabe mucho acerca de esa primera crisis, pero sí que la convalecencia fue lenta y sus efectos duraron mucho tiempo. Recién en 1897 los médicos consideraron que Virginia estaba curada.

El diario personal que llevó en 1896 no se conserva, y en el de 1897 Virginia no menciona ningún síntoma específico.[73] De todas maneras, leyendo sus escritos de la época, es posible percibir cierto nerviosismo, sobre todo en las ocasiones en las que se sentía contrariada y llevada a seguir la voluntad de los demás en contra de sus propios deseos. En ese estado, deprimida y hastiada de ver gente, sentía que las visitas eran una imposición desagradable, y toda la familia estaba preocupada por su salud. Aun así, ni en los diarios de Stella ni en las cartas de Leslie, ni en ningún otro documento, se dice que en ese entonces hubiese sufrido de alucinaciones, como sí sucedió en crisis posteriores.[74]

En tanto atendía la crisis de Virginia, Stella comenzó a preparar a Vanessa para su “entrada en sociedad”: la acompañaba a la modista y le enseñaba a bailar el vals. La familia deseaba colaborar con la formación de las pequeñas huérfanas y en noviembre de 1896, junto con George y con su tía Minina Duckworth, Vanessa viajó al norte de Francia. Pero la mayor de las responsabilidades recayó sobre Stella, que se ocupaba de la casa, al tiempo que hacía de madre de sus hermanas menores; incluso anotaba, como quedó registrado en su diario de 1896, las fechas de los períodos menstruales de las tres. Es probable que Virginia haya tenido su menarquia en esa época, y es evidente que en su caso la pubertad quedó asociada al duelo por la pérdida de su madre.

Tanto Vanessa como Virginia vivían a la vista de la familia los días de su período menstrual. Ambas acostumbraban a quedarse en cama al menos durante el primer día de su menstruación, lo que no solo relacionaba ese momento del ciclo hormonal con la debilidad y la invalidez, sino que todos los que estaban en la casa quedaban al corriente de lo que sucedía. Aun así, Virginia contó que ella misma se hacía los paños de algodón para no tener que ir a una tienda y comprárselos, ni pedírselos a una empleada y confesar: “Yo también soy mujer”.

Sin Julia, el paraíso de la infancia que fue la casa de St. Ives dejó de tener sentido; nadie quería volver allí, y Gerald se encargó de ir a Cornwall para deshacerse del lugar. El verano de 1895 la familia fue de vacaciones a Freshwater, en la isla de Wight, y en 1896 alquilaron una casa en Hindhead. Por entonces, Jack Hills, el candidato más constante de Stella, era una compañía habitual para la familia, y llegó a “convertirse en una parte natural, aunque secundaria, de Stella”. El insistente pretendiente fue su apoyo y “refugio de todas las preocupaciones de la familia, y también alivio” frente a la tiranía y los reclamos de su padrastro. Amante de la naturaleza, Jack también ocupó un lugar en el corazón de los hermanos Stephen, en quienes estimuló uno de sus pasatiempos favoritos: la caza de mariposas nocturnas. Además, les enseñó a poner azúcar en los árboles para cazar insectos y les regaló libros de entomología. Al describirlo, Virginia es tan pronto sarcástica como cariñosa. Dice que Jack era un hombre honrado, que representaba el tipo de caballero rural inglés, agrega que era “escrupuloso”, pero a su vez señala que, evidentemente, en lo que respecta a Stella había trazado un plan de acción.

A pesar de que lo había rechazado dos veces, durante las vacaciones Stella reconsideró su propuesta matrimonial. Como sucede en La señora Dalloway, donde Richard suele ir en bicicleta a visitar a Clarissa, en agosto Jack llegó pedaleando con cualquier excusa, como lo había hecho durante todo ese verano, con la idea de ver a Stella. Finalmente, ese día ella aceptó casarse con él.

Una boda, un funeral

Agrupada alrededor de Stella, la familia vivió su compromiso con ambivalencia. En principio todos dijeron compartir su felicidad, pero temían perderla, y se sucedieron escenas de celos y tensión. Al enterarse, Adrian comenzó a llorar y Leslie lo reprendió. Pero como le costaba imaginar qué sería de él sin el sostén de Stella, terminó por convertirse en el más irritado de todos y vivió los meses anteriores a la boda como una tortura. El solo hecho de oír el nombre de Jack le resultaba “como el chasquido del látigo”. Sin embargo, Leslie no era tonto y admitía que su comportamiento —como Julia le había señalado en ocasión del casamiento de Anne Thackeray— se debía a los celos que le provocaba ocupar un lugar secundario en el afecto y en la vida de la novia.

Con sus actitudes, Leslie seguía un patrón conocido, pero también repudiado, y que Virginia se encargó de señalar en Tres guineas, tomando los casos de autoritarismo empleado por los padres de las escritoras Elizabeth Barnet y Charlotte Bronte, quienes no podían soportar la idea de que sus hijas contrajeran matrimonio. Ambos padres se excusaban en las emociones que los embargaban, y decían que sus sentimientos les impedían pensar críticamente. A través de ellos, Virginia se permite bromear acerca de lo que Freud llama “fijación infantil” sugiriendo que, en este caso, eran los padres quienes tenían una fijación hacia sus hijas, y señalando el patético caso de Charlotte Bronte cuya “vida de casada, que sería breve, quedó mayormente acortada por el deseo de su padre”.

Cuando Julia aceptó como marido a Leslie, repitió una suerte de esquema: una mujer salía de su vida —su primera esposa— y otra entraba. Con la muerte de Julia, fue Stella quien se hizo cargo de él, pero su compromiso con Jack amenazaba destruir el delicado equilibrio familiar. Las cosas tampoco fueron fáciles para Virginia, que aceptaba con toda naturalidad la dedicación que Stella le brindaba y temía la injerencia de Jack; pero como Vanessa estaba decididamente a favor del matrimonio, terminó apoyando a Stella, se alegró de su alegría y, esperanzada con el nuevo ciclo, se sintió compenetrada con el devenir del idilio:

 

«Y fue gracias a ese noviazgo que tuve mi primera visión —tan intensa, tan excitante, y tan arrebatadora fue, que bien merece el nombre de visión—, mi primera visión del amor entre un hombre y una mujer. Fue para mí como un rubí, el amor que capté aquel invierno en su noviazgo, radiante, rojo, claro, intenso. Me dio un concepto del amor; una medida del amor; la sensación de que no hay nada en el mundo tan lírico, tan musical, como un joven y una joven en su primer amor compartido. Lo relaciono con los noviazgos respetables; el amor no oficial nunca me produce la misma sensación. ‘Mi amor es como una rosa roja, roja, que acaba de brotar en junio”. Esa era la sensación que provocaban, la sensación que siempre retorna a mí cuando oigo hablar de un “noviazgo”; nunca cuando oigo hablar de un affaire. Y proviene de Stella y Jack. Surge del éxtasis que sentí, en mi escondite, detrás de las puertas plegables de la sala de Hyde Park Gate. Me quedaba allí, oculta, medio enloquecida por la timidez y el nerviosismo mientras leía el diario de Fanny Burney, y me sentía invadida a ratos por oleadas de profunda emoción —a veces de furia, ¡cuánto me enfurecía mi padre en ese entonces!— y también de amor o del reflejo del amor. Era incorpóreo, una luz; un éxtasis.»

 

El noviazgo se prolongó varios meses, y a pesar de los esfuerzos de Virginia por mostrarse gentil y alegre, en febrero de 1897 sintió que era insoportable tener que acompañar a Stella y a Jack a Bognor. Ni la presencia de Leslie, Vanessa y Adrian mejoró la situación y, luego de su estadía, escribió en el diario íntimo que había comenzado a principios de año “Otra semana de llovizna en ese Bognor nublado, fangoso, chato y absolutamente estúpido (el nombre le sienta bien) me hubiera empujado al borde del muelle y dentro del mar amarillo y mugriento”.

Felizmente, a mediados de febrero, Virginia pudo regresar a Londres y, con consentimiento médico, retomó sus ejercicios de griego; por su parte, Vanessa asistía a la escuela de arte de Arthur Cope.[75] Aunque los profesores eran excelentes, muchas jovencitas concurrían a clase al solo efecto de ocupar su tiempo hasta el matrimonio; pero el sueño de Vanessa era diferente: quería prepararse para ingresar en la prestigiosa Royal Academy of Arts (Real Academia de las Artes).

Entre las rutinas familiares que se iniciaron en 1897, por las noches Leslie leía a sus hijos o recitaba poesía. Mientras tanto, Virginia estudiaba historia, alemán, practicaba griego y leía mucho. Consciente de sus progresos, Leslie consideró oportuno darle acceso libre a su biblioteca y pronto comprobó que su hija estaba “devorando libros” más rápido de lo que él hubiese querido. Lo cierto es que Virginia disfrutó e hizo pleno uso de su nueva libertad, sin por eso desatender los consejos que pudieran ofrecerle y respetando las recomendaciones de su padre en materia de lectura.

El Hyde Park Gate News había llegado a su fin y con él aquella parte de sus escritos que mostraba a sus padres. Es posible que ni siquiera Leslie conociera los intentos narrativos en los que en esos momentos se ejercitaba. De hecho parecía que la autoridad paternal estaba en proceso de revisión, cuestión que quedó en claro con el noviazgo de Stella. Al anunciar su compromiso, y aceptando el deseo de Leslie, dijo que seguiría viviendo con la familia; pero pronto cambió de opinión y tuvo que afrontar la consecuente “explosión” del tiránico Leslie. Finalmente, la pareja alquiló una casa al final de la calle, a pocos pasos de la de la familia, en el 24 de Hyde Park Gate.

Aunque el temperamento de Leslie obstaculizaba y complicaba el noviazgo, él creía que su conducta estaba totalmente justificada. Virginia, que se hacía eco de la tensión que se vivía en la casa, llegó agotada a las vísperas del casamiento. Además, consecuente con su agnosticismo, no tenía costumbre de asistir a la iglesia y la perturbaba tener que enfrentar la ceremonia del matrimonio de Stella. En ese estado, el 28 de marzo, luego de “rebuscar” por toda la casa los libros de plegarias e himnos, Virginia presenció la lectura de las amonestaciones por la boda de Jack y Stella, que se leyeron en St. Mary Abbots, y anotó en su diario: “En ciertas partes nos quedamos de pie, luego nos sentamos, y finalmente nos arrodillamos… lo cual me negué a hacer”.

Sin ninguna inclinación religiosa, había asistido a la iglesia como un deber previo a la boda, casi adivinando los salmos, que no conocía, pero disfrutando de los himnos que “fueron espléndidos”. Pero además de concurrir a la iglesia, había otras mil cosas que hacer. Aparte de someterse a las pruebas de su vestido de dama de honor —anotó en su diario que fue “forzada” a usar “cierta ropa interior”, un corpiño por primera vez—,debía escribir las invitaciones para la boda y pensaba que todo el asunto se hacía cada día más engorroso.

La casa rebosaba de regalos que había que acomodar —cerca de ciento setenta— y las visitas llegaban a raudales. Aunque Virginia y Vanessa habían resuelto permanecer “calmas” como si el casamiento de Stella no “las tocara”, ansiaban que todo terminara, y el día anterior a la boda Virginia confesó exhausta: “Demasiadas cosas que hacer como para deprimirse, pese a que la última noche amenazó con terminar mal”. Todos estaban alterados, pero se superaron los obstáculos y Stella contrajo enlace el 10 de abril de 1897.

Vestidas de gris, Vanessa y Virginia fueron las damas de honor y Leslie decidió que sería él y no George quien acompañaría a la novia hasta el altar. Esa mañana transcurrió en medio de la confusión, y recordándola, Virginia escribió que la atmósfera era “como un sueño, o una pesadilla… Stella casi estaba soñando, pero creo que el suyo era un sueño feliz”. Sin embargo, su imagen de Stella “caminando en sueños, la mirada fija hacia adelante, muy blanca y bella”, más que la de una novia extasiada, parece ser la de una víctima ofrecida en sacrificio.

Días después de la boda y durante las vacaciones que en abril la familia tomó en Brighton, Virginia estuvo muy irritable. Le molestaba que el lugar estuviera lleno de “actrices de tercera disfrazadas con ropas espectaculares; tremendos sombreros, polvos y lápiz labial, y horribles jóvenes para escoltarlas”, y deseaba volver a su casa y arrellanarse en su amado sillón de lectura.

A fines de abril, cuando los Stephen regresaron a Londres, se encontraron con la triste noticia de que Stella, que había regresado de su luna de miel de dos semanas por Italia, estaba en cama con gastroenteritis. Poco después, debido a los fuertes dolores que padecía, los médicos sospecharon que se trataba de peritonitis. Muy turbada y angustiada, Virginia —que luego de la boda de Stella tenía una habitación para ella sola— debió dormir con Nessa. Al día siguiente los síntomas desaparecieron y todo hizo suponer que Stella mejoraba. Durante ese tiempo Virginia registró en su diario, día a día, el estado de salud de su hermana, pero a pesar de su buena evolución, la invadía la sensación de que el mundo era un lugar peligroso e inquietante. Además, desde que había visto cómo una mujer, que iba tranquilamente en bicicleta y que seguía el mismo horario y trayecto que hacía Vanessa para volver de sus clases, fue atropellada por un coche, la asaltaban funestos presentimientos. Preocupada por ella, Vanessa le escribió a Thoby:

 

«Ginia lo vio todo… Nuestra pobre Cabra se encontraba en un estado terrible, como podrás imaginarte, y ahora quiere que yo deje de andar en bicicleta, lo que no voy a hacer, por supuesto. Qué mala suerte que siempre sea la Cabra la que ve los accidentes.»

 

Mientras Stella parecía recuperarse, la salud de Virginia se deterioraba, y enojada escribía en su diario: “Esa vieja vaca se encuentra de lo más bien y muy animada”. Era evidente que Virginia estaba muy alterada, por lo que el doctor Seton volvió a prohibirle que tomara clases. Cuando Stella le sugirió que ambas podrían dejar Londres para recuperarse, contestó irritada que era “imposible”, y se negó con vehemencia.

El 30 de mayo Stella y Vanessa festejaron sus respectivos cumpleaños con un almuerzo en casa de la primera y una cena en la de la segunda. Se trató de un acontecimiento notable, ya que Vanessa cumplía dieciocho años: “la edad en la que una jovencita de pronto se transformaba en una dama: las faldas caían hasta el suelo, el cabello se llevaba recogido firmemente en lo alto de la cabeza”. Era la ocasión de asistir a los primeros bailes y de lucir los primeros vestidos de noche realizados por la reputada modista Mrs. Young.

Sus hermanas florecían, se anunciaba públicamente que Stella estaba embarazada, pero Virginia no pasaba por su mejor momento. De todas maneras, no dejaba de participar de la vida social y familiar, y provista de tickets preferenciales, asistió junto con Nessa, Thoby y un amigo de Leslie al desfile de la Reina Victoria, que cumplía sesenta años de reinado y “sonreía y asentía con su pobre cabeza cansada” ante una multitud que la aclamaba con vítores el día de su jubileo.

Más que de cualquier otra cosa, Virginia seguía pendiente del estado de salud de su hermana y le escribía a Thoby, comunicándole los esperanzadores reportes del Dr. Seton. Pero solo eran espejismos. El 13 de julio, mientras visitaba a Stella, Virginia tuvo fiebre y se decidió que debía quedarse a dormir allí. Esa noche, Stella volvió a sentir fuertes dolores. El 15 de julio, salió de su habitación en salto de cama, para ver cómo se encontraba Virginia.[76]

El 17 de julio, George fue a buscar a Virginia. Stella empeoraba y, como ella tampoco estaba bien, intentaban ocultarle la verdad. Cuando camino a su casa Virginia pasó por la puerta de su habitación, alcanzó a oír que su hermana le decía “¡Adiós!”. Esa fue la última vez que se vieron. Operaron a Stella de urgencia[77] pero murió en la madrugada del 19 de julio. George y Nessa fueron los encargados de comunicárselo a Virginia.

Si bien retomó esa época en sus “Recuerdos” de 1908, e incluso en “Hyde Park Gate 22”, texto para ser leído a un grupo de amigos en 1920, y en los “Apuntes del pasado” de 1939-1940, había algo tan oscuro en esos años que Virginia señaló que rehuía “los años 1897-1904, los siete años de infelicidad”. Tampoco Vanessa soportaba el recuerdo de lo que llamó “una época de horrible suspenso, confusión, mal manejo, y luchas desesperadas contra la estupidez de aquellos en el poder”. Los malos diagnósticos y los tratamientos errados habían acabado con la vida de Stella, y destruidas por la pérdida, ni Vanessa ni Virginia asistieron a la ceremonia religiosa ni al entierro de su hermana, en el cementerio de Highgate, al lado de su madre. Pocos días después, acompañaron a Jack a poner flores en su tumba.

En Al faro, la historia de Prue, una de las hijas de Mrs. Ramsay, recuerda o refleja la de Stella. Más allá de que adora a su madre, poco se dice de su personalidad, y de pronto el lector se entera: “Prue Ramsay murió durante el verano de alguna enfermedad relacionada con el parto, lo cual, en verdad, fue una tragedia, dijeron. Decían que nadie merecía más la felicidad”.

Para Vanessa la muerte de Stella fue “la más aterradora de las dos tragedias que habían destrozado nuestra vida de familia, normalmente alegre”. Por su parte, Virginia sintió que perdía toda protección, y sopesó con temor la fuerza que tendría en los días y en los años venideros: “Y otro y otro y otro aún por llegar”. En momentos como esos, la vida, “de ser una cosa compuesta de muchos incidentes separados que se vivían uno tras otro, se recogía y se hacía una, como si fuera una ola que la arrastrara a una con ella, y la arrojara, de golpe, sobre la playa”.