CAPÍTULO XXXI - 1928

“ME GUSTA SER UN ASNO ATADO A LA PIEDRA DEL MOLINO”

A principios de año, Virginia comenzó un nuevo diario en su cuaderno número XVII. Allí constataba que se sentía apenada porque Nessa y Duncan viajaban a Cassis y que la entristecía que el vapuleado pero querido Clive se fuera a Alemania. A mediados de enero, la muerte de Hardy dio otra ocasión a los pensamientos tristes. Durante el funeral, con la sensación de que solo “a intervalos interrumpía alguna emoción”, Virginia dudó de la capacidad “del animal humano para mostrarse digno en las ceremonias”. Lo cierto es que además de tener la sensación de que el joven cura que secundaba al obispo era un farsante, se había distraído pensando en una conferencia que daría en Newnham College en mayo, y en una carta que había recibido de Max Beerbohm, donde el reconocido caricaturista, crítico y ensayista señalaba que El lector común era “superior a cualquier otro libro moderno de crítica”, pero también que en sus novelas ella era “demasiado dura con nosotros, los lectores comunes”.

El invierno era frío, y en medio delagotamiento surgieron otra vez los síntomas de una nueva crisis:

 

«Hardy y Meredith[335] juntos me hicieron caer en cama, aletargada y con jaqueca. Ya conozco la sensación, cuando no puedo hilvanar una frase y me quedo refunfuñando y dando vuelta; y nada pasa por mi mente, que es como una ventana vacía. Entonces cierro la puerta de mi estudio, me voy a la cama y me tapo los oídos con goma; y permanezco allí echada un día o dos. ¡Y viajo leguas en ese tiempo! Qué “sensaciones” recorren mi espina dorsal y mi cabeza en cuanto le doy la oportunidad; qué exagerado cansancio; qué angustias y desesperaciones; y qué celestial alivio y descanso; y luego otra vez desdicha. Nunca ha sido nadie tan zarandeado por su propio cuerpo como yo, creo».

 

Vita tampoco pasaba por un buen momento: su padre había muerto y las leyes inglesas impedían que heredara el castillo de Knole. Así pues, “la pasión de su vida” quedaba en manos de un tío varón y perdía la propiedad “para siempre”. Complicaba las cosas una difícil relación con su madre, cada vez más excéntrica, y Virginia comentaba: “Esa vieja desgraciada ha hecho su mejor esfuerzo por arruinarlo todo, ha insultado a Vita, huyó con el collar de diamantes de María Antonieta, no responderá las cartas de los abogados, y retiene el testamento”. Era vox populi que el comportamiento de lady Sackville podía ser tolerado “solo en una obra de teatro isabelina”

Sin embargo, no todas eran malas noticias. Virginia sentía la satisfacción de tener algo de dinero depositado en el banco, y por primera vez su propio talonario de cheques. En lo inmediato se inauguraba una época próspera: sus artículos se vendían en Inglaterra y Norteamérica, por lo que recibía dos veces el pago por la misma nota. Además, a fin de año, el éxito de Al faro y de Orlando redundó abundantemente en su cuenta bancaria. También era una buena época para Leonard, que, fanático del jardín, se preparaba para comprar el terreno lindero con Monk’s House.

Pero los primeros meses del año fueron de mucho trabajo. Virginia debía terminar las reseñas pendientes, pensaba en el libro de crítica y enfrentaba el final de Orlando: la corrección era ardua y no podía compararse con la de alegría y facilidad que había hecho el año anterior. Finalmente, el 17 de marzo, aunque todavía faltaban “tres meses de cuidadoso trabajo antes de poder imprimirlo”, dio los últimos toques al libro. Le preocupaba que la historia que había comenzado “como una broma” resultase “demasiado larga para ser una broma y demasiado frívola para una novela seria”. En todo caso, surgían nuevas ideas para libros nuevos y escribía en su diario refiriéndose a sus proyectos: “Dudo que vuelva a escribir una novela después de O. Inventaré un nuevo nombre para ellos”.

En ese contexto, quedaba poco tiempo para ocuparse de sus diarios; desde febrero había estado “un poco nublada por la jaqueca”, aquejada por una ligera gripe y con “toda la energía concentrada en obligar a [su] libro a avanzar”. La vida social también había sido tumultuosa: “Durante las últimas 6 semanas he sido más un cubo que una fuente; quieta esperando que dispare una persona tras otra. Un conejo que cruza una galería de tiro y los amigos hacen pum-pum” Como solía ocurrir en momentos parecidos, se proponía controlar ese “asunto del conejo”, y también escribir artículos que a razón de 25 libras por mes le permitieran vivir sin preocupaciones económicas, y dedicada a sus lecturas. “A los 46 años —escribía en su diario— hay que ser avaro; solo tenemos tiempo para las cosas esenciales”. Entre sus prioridades, también consideraba viajar a Cassis, donde se alojaría cerca de La Bergére, la casa que ocupaba Nessa, a quien le escribía extensas y entretenidas cartas informativas, para tenerla al tanto de los chismes de Bloomsbury. Entre otras cosas, le contaba, “realmente shockeada”, que el “pobre querido Tom Eliot”, que se había convertido en “anglocatólico, cree en Dios y en la inmortalidad”, con lo que podría considerarse “muerto para todos nosotros a partir de hoy”. Pero el principal protagonista de sus cartas seguía siendo Clive, quien decía que había descubierto que Mary Hutchinson era casi “una servil copia de él mismo”. A raíz de este comentario, Virginia bromeaba con su hermana: “¿No te parece extraño que no haya adivinado en trece años lo que nosotras pudimos ver en diez segundos?”.

Finalmente, poco antes de partir a Cassis, Virginia escribió las últimas líneas del Orlando, y con una sensación de triunfo y alivio se lo comunicó a Vita:

 

 

 

«¡¡¡orlando está terminado!!!

¿Sentiste un cierto tirón, como si tu cuello se rompiera el domingo pasado [17 de marzo] a la una menos cinco? Fue cuando él murió, o más bien dejó de hablar, con tres puntitos suspensivos… Ahora cada palabra deberá ser reescrita, y no veo posibilidad de terminarlo para septiembre. Está desorganizado, incoherente, intolerable, imposible, y me tiene harta. Ahora la pregunta es la siguiente: ¿cambiarán mis sentimientos por ti? He vivido en ti todos estos meses; ahora que he salido, ¿cómo eres realmente? ¿Existes? ¿Te he inventado?

—¿Realmente te conozco?»

 

Eran preguntas que deberían esperar, porque el 24 de marzo los Woolf partieron a Francia en su auto. Virginia, que no podía contener su ansiedad, le escribía a Nessa:

 

«Estoy muy entusiasmada, en parte ante el pensamiento de volver a verte. Soy como una anémona de mar que ha tenido que mantener todos sus tentáculos enroscados, y cuando es puesta en el agua (por ejemplo, con Delfín), salen y se ondulan y dan volteretas y son de una exquisita e increíble belleza: pero ¡Dios! Delfín muerde o lanza ácido: no se puede contar con Delfín por más de dos segundos. Delfín es una bruta sin corazón, pero eso es nada comparado con Duncan, cuyo corazón está hecho de la más pura esmeralda: dura, preciosa, hermosa, fría».

Un motivo adicional de alegría era recorrer el trayecto en automóvil, ya que mejoraba las expectativas del viaje. Los Woolf podían conducir todo el día, dedicar un par de horas al almuerzo y alojarse en hoteles de paso, todo según las necesidades del momento y sin atenerse a los obligados horarios de los medios de transporte. Si bien durante sus vacaciones Virginia no llevó su diario personal, a mediados de abril escribió a manera de pequeña reseña:

 

«De vuelta en casa, como estaba previsto, anoche, y para que el polvo se pose en mi mente escribo aquí. Hemos cruzado Francia en las dos direcciones, cada pulgada de ese campo fértil atravesado por el admirable Singer. Y ahora las escenas de ciudades y agujas se alzan en mi mente mientras el resto se hunde. Vi Chartres en especial, el caracol, con la cabeza levantada, cruzando las tierras llanas, la más distinguida de las iglesias. El rosetón es como una joya sobre terciopelo negro. El exterior es muy intrincado pero simple; alargado; preservado de algún modo de lo fantástico y adornado. Un tiempo gris sobre todo esto; y recuerdo volver de noche bajo la lluvia a menudo y oír la lluvia en los hoteles. Con frecuencia yo estaba tambaleándome gracias a mis dos vasos de vin dupays».

También recordaba algunas de las escenas cotidianas que tanto le gustaban, como cuando pincharon un neumático y entraron en casa de una familia que vivía en un pueblo de montaña. Había disfrutado los paisajes, la buena comida, la compañía de Nessa, Duncan y Clive, aunque este le dio “una palmada en el trasero, en público, maldito sea, pequeño advenedizo insolente”. Sin que mediaran otros contratiempos, el viaje resultó un éxito y las consabidas peleas con su cuñado no llegaron a opacarlo. Además, siempre se reconciliaban tras sus rencillas: Clive le pedía que tuviera en consideración lo infeliz que había sido a causa de sus pasiones, y ella le exigía que recordara que había “estado loca”.

Al margen de los conflictos familiares, hacer turismo en Francia era atractivo y la posibilidad de los recorridos en auto aumentaba el disfrute. Las hermanas competían acerca de cuál de los dos autos —el Singer de Virginia o el Renault de Vanessa— se adaptaba mejor a los caminos. Virginia bromeaba con su sobrino Julian y disfrutaba de sus vacaciones, que incluyeron una visita al asilo de Saint-Rémy, donde Van Gogh había estado internado, y que ella juzgó lo suficientemente atractivo como para sugerir ser internada allí “la próxima vez que estuviera loca”.

A estas alturas, el grupo de Bloomsbury constituía una especie de familia en la que se daba por sentado que sus miembros no debían ofenderse fácilmente. Todos estaban al tanto de la vida de los demás y las habladurías alimentaban las relaciones, pero además, en el caso de Virginia, los chismes le permitían bajar al mundo de los “hechos”, a la dimensión de las cosas concretas. Si bien sentía que “la única vida excitante es la imaginaria”, nunca despreciaba la acumulación de material anecdótico que podría utilizar en sus escenas. Tal vez por eso, durante algún tiempo, el conflicto entre Vita y su madre ocupó bastante espacio en su diario y correspondencia:

 

«De chismes, el principal es que Vita ha tenido una terrible culminante y final escena con lady Sackville en una oficina de abogado, con testigos para tomar nota de todos los insultos. La mujer parece absolutamente loca; la llamó mentirosa, ladrona y prostituta; cortó su collar de perlas a la mitad y se metió las doce mejores piedras en el bolsillo, y luego anunció que desde ese momento la consideraba muerta y que retendrá cada penique de su asignación. Vita jura que va a ganarse la vida con su pluma».

 

Este tipo de chismorreo, que a veces superaba la barrera de lo correcto, era también un arma para alejar el tedio, poner una nota de alegría y efervescencia en la vida cotidiana, y evitar pensamientos tristes. Pero el mayor remedio, como dejó claro a poco de regresar de sus vacaciones, tras registrar con dolor la muerte de Jane Harrison, seguía siendo “trabajar y trabajar, lo más que pueda”. Antídoto contra la tristeza, el trabajo también ahuyentaba el fantasma del paso de los años: “A los 46 años no soy insensible, sufro considerablemente, tomo buenas resoluciones, me siento aún tan experimental y al borde de alcanzar la verdad como siempre”.

Con el fin de publicar Orlando en septiembre, Virginia armaba cronogramas, planeaba revisar su libro a razón de diez páginas diarias, y aunque el esfuerzo sería importante, admitía: “Bueno, me gusta ser un asno atado a la piedra del molino”. Pero además, Orlando todavía representaba diversión ya que los Woolf partieron a Long Barn para tomar fotos de Vita, a fin de ilustrarlo.

“Mi tierra está regada de nuevo”

A principios de mayo Virginia recibió el premio Femina Vie Heureuse[336] de manos de Hugh Walpole. Al “horror de haber estado fea, vestida con ropa barata negra”, y a la conciencia del complejo que implicaba dicha afirmación, se le sumaba su percepción de que incluso la fama se convertía en algo “vulgar y fastidioso” que no significaba nada y que además le quitaba tiempo. La ceremonia la confirmó en su idea de que debía rehuir ese tipo de ocasiones. Aun así, se alegró cuando se acercó a ella la actriz Elizabeth Robins, que había sido amiga de sus padres y que le dijo que Julia, “la más bella de las Madonnas y al mismo tiempo la mujer más completa del mundo”, nunca hacía confidencias, pero “de repente decía algo tan inesperado, que proviniendo de aquella cara de Madonna, a uno le parecía cruel”. La sensación de descubrir nuevos atributos de la distante imagen materna era atractiva y añadía misterio y encanto a su figura. Virginia había estado obsesionada por ella, y después de su estadía en Francia, con la impresión de que dependía de la misma manera de su hermana, reconocía “una especie de sequía producida por la falta de Nessa”.

Pero la relación volvería a dar una vuelta de tuerca. Virginia halagaba a Nessa cuando decía que la necesitaba, pero en otros aspectos era poco sutil. Comparaba a Julian con su padre, y señalaba que se tomaba “demasiado en serio” sus poemas. Y aunque a Nessa no la ofendía que se hablara de la vanidad de Clive, lo más probable es que se resintiera con las alusiones que involucraban a sus hijos. Julian y Quentin representaban la nueva generación de Bloomsbury; mientras que el mayor escribía, el menor deseaba dedicarse a la pintura, y si bien Virginia creía percibir en ellos una suerte de reflejo, los medía con la misma vara de exigencia que usaba consigo misma. Es así como una tarde, luego de una visita de Quentin, registró en su diario: “Se ha vuelto elegante e inseguro, le gusta usar palabras francesas; muy sofisticado, ahora muestra en cada movimiento la sombra de nuestros defectos como grupo; inquieto, sin duda; rápido, sensible, pero le falta algo de la fuerza y la sencillez de Julian”.

La descripción de Quentin parece remitir a la de un joven Clive y de alguna manera denota condescendencia. El cariño que sentía por su sobrino no le impedía señalar que se había transformado en una especie de bon vivant sofisticado y culto. Pero eso no era suficiente. Por experiencia propia, Virginia sabía que la rusticidad o la vulgaridad de los salones solían desencantarla, y que salía de esas reuniones incapaz de “rociar el aire… de polvo dorado”:

 

«Qué adorable que sería […] poder abrir una de estas puertas, que aún abro con tanto espíritu de aventura, y encontrar a una persona auténtica, interesante, viva, una Nessa, un Duncan, un Roger. Alguien nuevo cuya mente comenzase a vibrar. Bastos y corrientes y aburridos, estos Cunards y Colefaxes… a pesar de su asombrosa eficacia en el comercio de la vida».

 

Pero nadie, ni siquiera escritores como Rose Macaulay, Rebecca West o André Maurois poseían el encanto incomparable que atribuía a Nessa, para quien Virginia no escatimaba elogios. Pensaba escribir un himno de alabanza a su pintura Three Women y decía que se sentía tentada de componer unas “Variaciones sobre un cuadro de Vanessa Bell”. Finalmente, cuando Nessa volvió a Londres, Virginia escribió: “Mi tierra está regada de nuevo”. Pero era duro para ella constatar que mientras su hermana ocupaba un lugar central en su vida, su posición en la de Nessa era periférica. Estos sentimientos coincidían con un cierto distanciamiento en la relación con Vita. Luego de pasar un día en Long Barn, Virginia soñó con Katherine Mansfield, y tuvo “la sensación de ella, de ella como si estuviera viva de nuevo, más que de día”.

Su sueño remitía a la añoranza de un tipo de amistad distinto del que Vita ofrecía. Poco quedaba de “excitante” o “efervescente” en su relación, y Virginia se interesaba en “roer en los diferentes estratos de la amistad; cómo se pasa inconscientemente a otros términos, se toman las cosas con más tranquilidad”. Lejos de sus aspectos más pasionales, su amistad con Vita se estaba convirtiendo en algo “más sensato, quizá más profundo”. Lo cierto es que Virginia la había sermoneado “por sus torpes costumbres con los Campbell […] A la

Sra C. le pega su marido, todo porque [Vita] ha entrado triunfante, con su plata, sus coronas de marqués y sus lacayos, en la vida de una cocinera de arenques”.36 Virginia se sentía desplazada por las otras mujeres que interesaban a su amiga, y tanto en sus sueños como en la relación con su hermana, volvía a los viejos afectos.

En agosto y ya instalada en Rodmell, seguía reflexionando acerca de las relaciones humanas, y luego de una visita de Eddy Sackville se preguntaba: “¿Por qué no me quedo sosteniendo en la mano una pequeña sustancia redonda, digamos del tamaño de un guisante, algo que pueda meter en una caja y mirar?”. Concluía que aunque las personas y las relaciones que uno tiene con ellas son únicas e irrepetibles, su desaparición no nos afecta demasiado. Es oportuno preguntarse si estos pensamientos no tenían también que ver con la distancia en su relación con Vita. Inundada por la melancolía, pero siempre dispuesta a seguir ese pensamiento hasta el final, se lamentaba de cuán “poco importan nuestras relaciones, y sin embargo, son tan importantes”. Por otra parte, tenía conciencia de que su propia subjetividad, fundamental para sí misma, era, para los otros, apenas una “sombra que pasa sobre las colinas”. Pensaba que era engañoso creerse valiosa para los otros y concluía: “Eso constituye parte de mi extrema intensidad para mí misma: de hecho, no importo; y así parte de mi intensidad es irreal, me da una sensación de ser una ilusión”. Sola en Monk’s House, recreaba una visión más cercana que la que había logrado en presencia del primo de Vita: “Y lo que queda de Eddy es ahora tan vívido, aunque más transparente, todo él componiéndose en mi mente, todo lo que pude obtener de él, y haciéndose un paisaje apropiado, convirtiéndose en una obra de arte para sí”.

Al frenesí del Orlando le sucedía una etapa melancólica y reflexiva. Retomaba preocupaciones íntimas, relacionadas con la percepción de la propia subjetividad y su relación con el mundo de los otros y la realidad. Como declarada atea, Virginia no tenía los consuelos de la religión, pero contemplando a un grupo de jóvenes del Ejército de Salvación “haciéndole alegre el cristianismo a la gente”, pensaba: “A decir verdad, cuando los observo nunca me río ni los critico, solo pienso: qué extraño e interesante es esto; me pregunto qué quieren decir con ‘Ven al Señor’”. Este tipo de reflexiones y comentarios da cuenta de que estaba deprimida, y si bien a fines de mayo Leonard le dijo que el Orlando era una sátira original e interesante, ella afirmaba que nunca escribiría otra novela. Pensaba “mantener las escotillas cerradas, no dejar entrar demasiados proyectos”; apuntaba a lograr “algo abstracto, poético, la próxima vez”. Corregir pruebas durante 5, 6 o 7 horas diarias era una tarea agotadora sin consuelo ni voluptuosidad posible, durante la cual el placer de le escritura se desvanecía. Se avecinaba una crisis que conocía tan bien, que anticipaba en su diario: “Me tienta el suicidio. No parece quedar nada que hacer. Todo parece insípido y carente de valor. Ahora me observaré y veré cómo resucito”.

De alguna manera, todas estas inquietudes no hacían más que enmarcar el origen de Las olas, cuyo nombre provisorio fue Las falenas. Se trataría de un libro definido por la necesidad de un ritmo y temática profundas, relacionadas con el discurrir de su mente: “Mis ideas me poseen hasta tal punto, y detesto cada vez más las interrupciones, y la lenta pesadez de la vida física, y casi me desagradan los cuerpos de la gente, creo, a medida que envejezco; y siempre deseo cortar eso y obtener lo máximo del tuétano, de la esencia”. En ese contexto, sentir los gritos de los niños de Rodmell, “con sus condenadas voces chillonas”, los convertía en una ingrata presencia y admitía otra vez que ya no deseaba tener hijos propios.

Lo más importante pasaba a ser la historia de Las falenas, que iba tomando forma y sentía que flotaba “en alguna parte de [su] cerebro”. Virginia analizaba las fases del proceso creativo, con la sensación de estar “cumpliendo órdenes, siempre cubriendo una etapa definida con cada libro, aunque sea una que me fijo yo misma”. Vivir en sus pensamientos despojaba al cuerpo de su pesadez física, y aunque muy social y “vivido casi demasiado en público”, el verano dejaba espacio para disfrutar “de ese atenuarse y elevarse de la luz que tanto me entusiasma en los downs”. Pero el paso del tiempo también se reflejaba en una nueva percepción de sus amigos que confluiría, consciente o inconscientemente, en Las olas:

 

«Me parece advertir en varios de mis amigos una atractiva y enternecedora cordialidad: un placer en la intimidad; como si el sol se estuviera poniendo. Me viene a menudo esa imagen con cierta sensación de que mi estado físico es más frío ahora, de que el sol se aparta de una; el viejo disco del propio ser se está enfriando, pero es solo el principio: nos volveremos fríos y plateados como la luna».

La soledad era propicia para este tipo de reflexiones, pero no era fácil sostener un “retiro religioso”. “Tanto miedo tiene uno a la soledad: a ver el fondo del recipiente”, reconocía Virginia. Ese temor —común a otros agostos— la llevaba a una “conciencia de lo que llamo realidad: una cosa que veo ante mí, algo abstracto, pero que reside en los downs o en el cielo, comparado con la cual nada importa, y en la cual descansaré y continuaré existiendo”. Como si se tratara de una experiencia mística, agregaba: “A veces creo que esto es lo más necesario para mí: lo que busco”. Pero luego, tentada por la pluma, advertía: “Qué difícil no ir convirtiendo esto y aquello en ‘la realidad’, cuando es una sola cosa. Puede que este sea mi don, puede que sea esto lo que me distingue de otras personas, creo que tal vez sea raro tener una sensación tan aguda de algo así, pero, una vez más: ¿quién sabe? Me gustaría expresarlo también”. Es evidente que los pensamientos de su diario reflejan el clima exacto para Las falenas que sería “un libro ciego, místico, abstracto: una obra teatral- poema” Un libro donde apuntaría a ciertas profundidades, sabiendo, desde un principio, que podría no ser bien recibido por todos los lectores. De todas maneras, estaba decidida a correr el peligro de “ser demasiado mística, demasiado abstracta”, porque interpretaba que Nessa, Roger, Duncan y Ethel Sands admiraban eso, su lado “inflexible”, y se decía a sí misma: “Más vale que me gane su aprobación”.Con clara conciencia de lo que se estaba proponiendo, y analizando detenidamente lo que sería su obra a partir de ese momento, concluía:

 

«Más bien creo que el resultado serán libros que den paso a otros libros: una variedad de estilos y temas; porque, después de todo, ese es mi temperamento; creo estar muy poco convencida de la verdad de nada —lo que digo yo, lo que dicen otros—, seguir siempre, ciegamente, instintivamente, con la sensación de saltar un precipicio, la llamada de… la llamada de… Ahora, si escribo Las falenas, tendré que llegar a un acuerdo con esos sentimientos místicos».

La escritura contra el poder destructor del pasado

Esas visiones y la necesidad de analizar la propia subjetividad requerían un entorno propicio para tomar forma, pero una visita de la madre de Leonard podía trastocarlo todo. La vieja señora Woolf representaba una fuerza antagónica, arcaica, anclada en una suerte de prejuicios que, había que reconocerlo, le habían permitido remontar su temprana viudez a cargo de sus nueve hijos. Pero cuando se encontraba con ella, Virginia temía al aburrimiento y más aún a la imposibilidad de expresar sus pensamientos libremente. Así definía en su diario lo que significaba estar con su suegra:

 

«Es como hablar con una niña, una niña que además tiene “sentimientos”; una niña con “derechos” y un sentido del decoro y la respetabilidad y de lo que se debe decir y hacer. Al haber instituido todos estos principios está, lo están todos, secretamente insatisfechos; porque, naturalmente, no le sacan ningún placer a la vida; están envueltos en una gruesa lana que los protege de cualquier contacto directo, y por lo tanto esta gente —una inmensa clase— está siempre incómoda a menos que esté comiendo, recibiendo halagos, o realizando alguna tarea natural, como cuidar a un niño. Y luego, si el niño es Leonard, crece y le aburres horriblemente».

 

Se puede suponer que Virginia se portó bien con su suegra, ya que después de su visita Leonard le regaló sin aparente motivo, a ella, que adoraba los vidrios coloreados, una jarra de cristal azul. Pero la charla la había agotado. También volvían a su memoria los rasgos demandantes de las relaciones familiares cuando son impuestas. Su suegra mostraba aspectos de lo materno que estaban lejos de aquellos que había idealizado, lo que, sumado a sus prejuicios antijudíos, echan un cono de sombra sobre su diario, ya que muestran a una Virginia intolerante y juzgadora:

 

«Es una emoción que no se tiene en ninguna otra relación humana. Ella tenía derecho a exigírmelo; sentía placer y dolor irracionalmente, y de alguna forma me clavaba sus garras. Estos sentimientos son tan violentos como cualquier otro. Y también estaba el discurso sentimental, pero vanidoso y casi demencialmente egoísta, acerca de su amor por los hijos; que todos son —esos judíos y judías pesados, vulgares y prácticos— hombres y mujeres espléndidos; al oír esto me dieron arcadas. Qué extrañamente lo transforma todo en algo corriente, feo, burgués, a pesar de cierto encanto: ese algo fresco y vital que tienen las ancianas, no, creo, los ancianos. Pero estar atada a ella como hija sería un destino tan cruel que no se me ocurre nada peor; y miles de mujeres pueden estar muriendo de ese mal en Inglaterra hoy: esta tiranía de la madre sobre la hija, o del padre; su derecho a lo que se les debe es tan fuerte como cualquier otro en el mundo. Y luego preguntan por qué las mujeres no escriben poesía. Aparte de matar a la Sra. Woolf, no se puede hacer nada. Día tras día la propia vida quedaría arrugada como un billete de 10 pen[iques]. No se ha dicho nada sobre esto».

 

La que sí había dicho muchas cosas era su suegra, y lo hacía de una manera torrencial, como si no se detuviera a procesar lo que pensaba, avasallada por una suerte de horror al vacío o al silencio. La visita de la madre de Leonard coincidió con la aparición de The Well of Loneliness, la novela sobre relaciones lésbicas escrita por Radclyffe Hall. Mientras que Leonard y Morgan Forster iniciaron una protesta y la recolección de firmas para evitar la censura y que el libro fuera retirado de la venta, Virginia y Forster enviaron una carta de apoyo que fue publicada en N&A el 8 de septiembre de 1928. Enterada del asunto, la madre de Leonard no eludió el tema. Para Virginia su suegra era un típico ejemplar de la burguesía moralista y poco creativa, pero muy segura de sí misma; un ejemplar que la fascinaba al mismo tiempo que le producía rechazo, tal vez por eso registraba las opiniones de la victoriana señora, que le había dicho, en presencia de Leonard:

«“¿Has leído el libro de Radclyffe Hall?

Lo he comprado en Harrods. Ella era amiga de Bella. Fueron a la escuela de Mrs. Cole juntas y solía venir a nuestra casa a veces, una chica común de sociedad. […] Y ahora ha escrito este libro. Desde luego no puedo decir todo lo que yo querría decir si estuviéramos juntas a solas. Puede que sea tonta, pero no puedo hablarles a ti y a Len como si Len no estuviera allí. Pero me encantaría hablar contigo a solas acerca del libro”. (Tras algo de estímulo, sin embargo, ella continuó). “Creo que es una terrible pena que semejante libro haya sido publicado. No me refiero a los motivos comunes. Me refiero a que hay muchas mujeres solteras viviendo solas. Y ahora es muy duro para ellas que semejante libro haya sido escrito. Eso es lo que pienso. Y podrás considerarme muy tonta —tengo setenta y seis—,[337]pero hasta que leí este libro no sabía en absoluto que semejantes cosas sucedían. No creo que lo hagan. Nunca he oído de semejantes cosas. Cuando iba a la escuela no había nada de eso. Fui a una escuela internado por dos años y nunca oí nada semejante. Una vez echaron a una chica, pero nunca supe por qué. Pudo haber sido por algo desagradable; pero no hubiera sido por nada por el estilo. Y cuando me casé con mi primer esposo — era un hombre tan encantador, un holandés—, te aseguro que no sabía más del matrimonio de lo que sabe el bebé de Flo. Eso prueba que no hacíamos semejantes cosas en mi internado. Leonard: Lo hacíamos en mi internado. Fue el lugar más corrupto en el que he estado. Y me dejaste ir ahí cuando tenía doce sin saber nada. Mrs. W: Pero yo te había dado buenos principios, Len. Len: No me habías dado principio alguno. Mrs. W: ¡Oh, Len, cómo puedes decir eso, cuando sabes [qué] espléndido hombre era tu padre! Y cuando tu padre murió me dije a mí misma que aunque yo no podría ser para a ti lo que él era, haría lo mejor que pudiera para criarlos buenos hombres y mujeres; y a veces, sabes, Virginia, llevaba una gran cesta de sus medias a la cama conmigo para comenzar a zurcirlas directamente al levantarme en la mañana».

 

Convencional, arcaica o meramente arquetípica, su suegra representaba una faceta del mundo victoriano que subsistía en plena modernidad; cuando estaba con ella, Virginia sentía “el horror de la vida familiar y la terrible amenaza a mi libertad que solía sentir con papá”. No es extraño, entonces, que poco después, el 28 de noviembre, recordando el cumpleaños de su padre, Virginia volviera sobre esas vidas que consideraba que habrían intimidado su escritura:

 

«[Leslie tendría] 96 años hoy; y podría haber llegado a los 96, como otras personas que uno ha conocido, pero afortunadamente no fue así. Su vida habría acabado por completo con la mía. ¿Qué habría sucedido? Nada de escribir, ningún libro; inconcebible. Solía pensar en él y en mamá todos los días, pero escribir Al faro los exorcizó en mi mente. Ahora él vuelve a veces, pero de un modo diferente. (Creo que esto es cierto, que estaba obsesionada con ellos, de forma malsana, y escribir acerca de ellos fue un acto necesario). Ahora vuelve más como un coetáneo. Debo leerle algún día».

Un viaje con Vita y el turning point de una escritora

Pero esas lecturas debían esperar. En septiembre, Virginia estaba más preocupada por las fantasías que desencadenaba un viaje que había programado con Vita, que por los fantasmas del pasado. Esta era la primera y única vez que viajaban solas, y tenía miedo de desilusionarla o desilusionarse. Además, hasta último momento rechazaba la idea de dejar a Leonard, y días antes de partir le confesaba a Vita: “No puedo confrontar la idea de imaginarme despidiéndome de él; pero luego visualizo una roca en un valle, y a Vita en una posada: tengo que ir”. Finalmente, el 24 de septiembre las amigas partieron a Francia con destino a Borgoña. Los Woolf apenas se habían separado desde su matrimonio, el viaje de Virginia generaba tensión y esa mañana tuvieron una pelea. Con Orlando próximo a la publicación, lo mismo que sus reseñas periodísticas, Virginia dejaba en suspenso Las falenas sin demasiada culpa. Pero ese mismo día, al llegar a París, le escribía a Leonard desde el Café Lutetia, y otra vez al día siguiente:

 

«Ahora me siento melancólica por ti, y estoy pensando que tal vez las colinas son más hermosas que Borgoña. […] ¡Dios!

¡Realmente espero que seas cuidadoso conduciendo esta noche! Y que comas y duermas y no entregues todo tu afecto a los chuchos. Pobre Mandril, adora cada cabello de tu cuerpecito y por lo tanto demanda una hora de besos de antílope cuando ella regrese. […] Esta es una horrible, tonta desaliñada rasposa carta, pero todas las cartas de afectos reales son aburridas. ¿Crees que somos extremadamente íntimos? Yo sí; porque ¿de qué otra manera una dandy como yo escribiría tan sin cuidado?»

Aunque Virginia le decía a su marido que no podría estar más de una semana separada de él y aseguraba que tenía cosas que contarle que no podría confiarle a Vita; a pesar incluso de sus temores iniciales, el viaje resultó placentero para ambas. Vita, que hablaba un buen francés, se encargó de tomar las decisiones prácticas. También sintió que debía cuidar de Virginia, por lo que una noche de tormenta se pasó a su cuarto, pensando que podía estar asustada, y hablaron por una hora, hasta que la tormenta cesó y se retiró para dejarla dormir. En sus cartas a Harold, ella describía a su compañera de viaje:

 

«Virginia es muy dulce, y me siento extraordinariamente protectora hacia ella. La combinación de ese brillante cerebro y frágil cuerpo es muy adorable. Tiene una dulce e infantil naturaleza, de la cual su intelecto está completamente separado. Nunca he conocido a nadie que fuera tan profundamente sensible, y que restara menos importancia a esa sensibilidad».

 

Lejos de la pasión, el viaje transcurrió en términos de una sensata y cuidadosa amistad. De hecho, Virginia llegó a preocuparse porque, a diferencia de Vita, que los primeros días del viaje había recibido dos cartas de Harold, ella no recibía ninguna de Leonard. Las amigas conversaban de literatura, también vivían momentos de mayor intimidad, como cuando Virginia leyó su texto autobiográfico “Viejo Bloomsbury”, y cuando días después, en ocasión de visitar a Nessa y Duncan en Dieppe,[338] se repitió la lectura. Comidas deliciosas, paseos y una botella de borgoña que Vita le hizo beber fueron algunos de los hitos de un viaje placentero que culminó el 1° de octubre, cuando ambas volvieron a Inglaterra. Todo había salido bien, pero Virginia escribía en su diario: “Me alegró volver a ver a Leonard”.

Instalada en Londres, esperaba la recepción de Orlando, que apareció el 11 de ese mes. También tenía que cumplir con otros compromisos, y el 20 de octubre Leonard la llevó en auto, junto con Vanessa y Angelica a Cambridge, donde brindó una conferencia. En compañía de su hermana y su sobrina, Virginia pasó la noche con Pernel Strachey, directora del Newnham, y al día siguiente comieron con George Rylands en sus habitaciones del King’s. La semana siguiente volvió a Cambridge para otra conferencia —esta vez fue en tren y con Vita—. Estas dos conferencias sobre las mujeres y la literatura dieron forma a su libro Un cuarto propio, publicado al año siguiente. Si bien le parecía penoso tener que enfrentar auditorios repletos de oyentes, las jóvenes la habían impresionado porque “son hambrientas pero valerosas. […] Inteligentes, interesadas, pobres y destinadas a convertirse en maestras de escuelas por docenas”. Además de sugerirles “suavemente que bebieran vino y tuvieran una habitación propia”, Virginia se preguntaba: “¿Por qué todo el esplendor y el lujo de la vida ha de ser derrochado en los Julian y los Francis y nada en las Phare y las Thomas?”.

Pero todo ese periplo de viajes y conferencias la habían alejado de lo que consideraba vital y a lo que se aferraba casi obsesivamente: no había podido concentrarse en sus pensamientos ni escribir, tampoco leer; al menos, esa era la sensación que la acompañaba desde su partida a Francia. A finales de octubre, dispuesta a recuperar el tiempo perdido, comprobaba que podía estar tranquila con las ventas del Orlando, que superaban su propio récord.

En sus memorias, Leonard subrayó que este libro fue un turning point (punto de giro) en su vida de escritora, y significó un gran éxito de la Hogarth Press. De hecho, casi todo eran alabanzas, y solo de tanto en tanto Orlando recibía alguna crítica poco halagadora: en el Squire decían que se trataba de una bagatela. Ese tipo de opiniones eran compensadas enseguida por los elogios de Hugh Walpole y de Rebecca West, que aseguraba que se trataba de una obra poética de primera categoría. Sintiendo que podía considerarse “entre los escritores famosos”, Virginia se felicitaba a sí misma: “He crecido 5 pulgadas y media a los ojos del público”. También Vita, que hasta entonces no había leído el libro, estaba fascinada:

 

«No puedo decir nada excepto que me encuentro completamente encandilada, fascinada, encantada, bajo un hechizo. Me parece el más adorable, sabio, rico libro que jamás haya leído, excediendo incluso tu propio [Al] Faro. […] Recibirás cartas, muy razonadas y iluminadoras, de mucha gente; no puedo escribirte ese tipo de carta ahora, solo puedo decirte que estoy verdaderamente movilizada, lo cual puede parecerte inútil y tonto, pero que significa realmente un tributo mayor que páginas de calmada apreciación… y es que después de todo me toca tan personalmente, y no sé tampoco qué decir a ese respecto, solo que me siento como una de esas figuras de cera en la vitrina de una tienda, sobre la cual has colgado una bata cosida con joyas. […] Querida, no sé y ni siquiera me gusta describir, tan avasallada estoy, cómo has podido colgar tan espléndido atuendo sobre una pobre insignificancia».

La familia de Vita[339] también consideró que debía opinar. Harold, su marido, envió un telegrama desde Berlín: “Orlando me ha llenado con asombrosa excitación. Me siento profundamente agradecido a ti, Virginia, por haber escrito algo tan adorable y fuerte” En contrapartida, la madre de Vita le recriminó: “Has escrito unas hermosas frases en Orlando, pero probablemente no te des cuenta de lo cruel que has sido. Y la persona que ha inspirado el libro, ha sido aún más cruel”. La cuestión es que lady Sackville estaba furiosa y sobre una foto de Virginia, en su copia del Orlando, anotó: “La horrible cara de una loca cuyo loco deseo, realizado, es separar a la gente que se quiere. Aborrezco a esta mujer por haber cambiado a mi Vita y haberla alejado de mí”

También hubo una reacción de parte del nuevo lord Sackville, el tío de Vita. Mientras tanto, su primo Eddy se quejó de que podría ser tomado por “‘Mr. S. W.’ en Orlando” Antes de esto, Virginia debió asegurarle que no tenía relación alguna con el personaje de su libro, y como al nuevo dueño de Knole le molestaba que se hubieran usado imágenes del castillo sin su permiso, para zanjar la cuestión, le escribió “una humilde carta de disculpas al tío de Vita”, y le envió una copia de la edición de lujo.

A estas alturas, Virginia sabía que Orlando era un libro rápido y brillante, pero también consideraba que tenía sus limitaciones: “Orlando me enseñó a escribir una frase directa; me enseñó continuidad y narración, y a mantener las realidades a raya. Pero intencionadamente evité, por supuesto, cualquier otra dificultad. Nunca llegué a mis profundidades ni hice que las formas se ajustaran, como hice en Al faro” La cuestión era que no había intentado “explorar” y a la pregunta: “¿Y debo explorar siempre?”, contestaba: “Sí, sigo pensando que sí”.

A partir de esta experiencia, Virginia definió dos líneas de trabajo. Por una parte se propuso no dejar de lado lo lúdico y vital del Orlando, la posibilidad de darle a las cosas “su valor de caricatura”, pero, por otra, se impuso no descuidar su necesidad de explorar sus métodos experimentales y preocupaciones más profundas. Con esas premisas, ideó escribir un libro sobre el movimiento feminista o una historia del Newnham; y si bien se preguntaba si esa vena profunda, chispeante, no estaba demasiado estimulada por el aplauso, concluía: “Mi idea es que hay funciones que el talento debe desempeñar para el alivio del genio: eso quiere decir que uno tiene la faceta del juego; el don cuando es un simple don, un don no aplicado, y el don cuando es serio, práctico. Y uno sustituye al otro”.

Orlando

Pero Orlando es más que un ejercicio brillante y liberador. Gracias a ese libro Virginia logró eterno ascendiente sobre Vita: la había halagado como solo ella era capaz de hacerlo e incluso había conseguido superar los celos que le provocaban sus relaciones con otras mujeres. Gracias al Orlando, además de invertir los papeles en una relación en la que Vita asumía el rol dominante, pudo expresar de manera literaria la culminación de un proceso signado por la liberalidad sexual que caracterizaba a los integrantes de Bloomsbury, y que la ambigüedad sexual de Vita coronaba. Ya en marzo de 1927 Virginia había pensado escribir un libro, The Jessamy Brides (Las novias de Jessamy), en el que sugeriría “el lesbianismo” Pero por entonces también se proponía “conseguir manuscritos históricos y escribir Lives of the Obscure (Vidas oscuras)”, donde ficción y biografía se entrelazarían a la manera de sus narraciones “El diario de Joan Martyn” y “Memorias de una novelista”. De lo que se trataba era de subvertir y parodiar las convenciones del género biográfico, tan afín a los escritores de la familia: su abuelo, autor de los dos volúmenes de Essays in Ecclesiastical Biography (1849), y su padre, autor de gran parte de los sesenta y ocho volúmenes del Dictionary of National Biography. Tanto la biografía como la historia habían sido facetas que Leslie y amigas como Janet Case o Violet Dickinson intentaron que cultivara; y ella misma, cada vez que dudaba del valor de sus novelas, las consideraba alternativas menos comprometidas. Sin embargo, lejos de conformarse con las convenciones del género, en su ensayo “La nueva biografía”, publicado en octubre de 1927, hacía referencia a lo interesante que podría resultar un tipo de escritura[340] que “no es biografía, ya que participa de la libertad, del arte de la ficción”, en la que “la verdad de los hechos y la verdad de la ficción son incompatibles, a pesar de lo cual la urgencia de combinarlas es ahora mayor que nunca. Diríase que la vida que nos resulta cada vez más real es la vida ficticia. Es una vida que habita en la personalidad más que en los actos de la persona”. Podría decirse que esas premisas dieron marco al Orlando, donde se articula una biografía ficcional de Vita, y se complejiza el rol del autor, reconociendo la imposibilidad de “poner nombre al biógrafo cuyo arte posea la sutileza y la osadía necesaria para presentar esa extraña amalgama de sueño y realidad, ese perpetuo maridaje del granito con el arco iris”. De esta manera, Orlando es a la vez una biografía imaginaria y un libro que juega con las nociones convencionales del tiempo, de la sexualidad y que incluso hace guiños a la Teoría de la Relatividad de Einstein, ya del dominio público.

Orlando comienza en la era isabelina, el protagonista tiene 16 años y seduce a fuerza de belleza e inocencia a la reina Isabel. La voz narradora advierte que se trata de tiempos en los que “las mujeres eran apenas menos atrevidas en su discurso y menos libres en sus maneras que los pájaros”. Orlando seduce y es seducido, provoca los celos de la reina, lo que determina su alejamiento de la corte, experiencia que enfrenta con curiosidad, frecuentando ambientes bohemios. El joven regresa a la corte justo antes de la coronación del rey Jaime, momento que coincidió con la gran helada de 1607-1608. El río Támesis se ha convertido en una pista de patinaje natural y ahí conoce a Sasha, “la princesa rusa” de la que se enamora, a pesar de que está comprometido con una inglesa noble y rica como él. Ahora es el turno de Orlando de sentir celos; ve a Sasha en las rodillas de un fornido y tosco marinero, siente ser uno con Otelo, obra que conoce poco después: “El frenesí del moro era su propio frenesí, y cuando el moro estranguló a la mujer, la mujer estrangulada era Sasha”

Los atributos de Orlando, su belleza, sus espléndidas piernas, remiten a los encantos que Virginia celebraba en Vita, en tanto ella misma había experimentado el tipo de celos que una y otra vez aparecen en la historia, y que desesperan a Orlando cuando Sasha huye de él, al tiempo que el Támesis se descongela y recobra su libertad. Desengañado, Orlando contempla que “todo era caos y confusión. El río estaba sembrado de témpanos”. De pronto, el perplejo narrador-biógrafo-personaje “tropieza con una dificultad que más vale afrontar que soslayar”: no cuenta con documentación para rastrear los “siete días y siete noches” que Orlando permanece dormido, y que como si se tratara de “minúsculas dosis de muerte”, “necesarias para ejercer el oficio de vivir”, le permiten transitar su desilusión, su gran padecimiento y despertar para entregarse a una “vida de soledad total”. Como Virginia y como Vita, Orlando es “un hidalgo que padecía el amor a la literatura. […] El miserable se dedica a escribir”. Despierta de su letargo convertido en un caballero melancólico, que visita la cripta de sus ancestros y retoma su poema de juventud La encina, que remite al poema de Vita The Land. Por entonces Orlando comienza a frecuentar a Nick Greene, un poeta que se ríe sardónicamente de sus contemporáneos: Shakespeare, Marlowe, Ben Jonson, Browne, sus autores preferidos. La devoción que el joven siente por los escritores a quienes idealiza recuerda los sentimientos de juventud de la propia Virginia, o la admiración que Vita le profesaba. Pero Orlando termina finalmente decepcionado por la feria de vanidades de los literatos, más aún cuando Greene se burla de él en una “sátira animadísima” en la que intercala “pasajes apenas disfrazados” de la escritura del propio Orlando. Es así como llega a los 30 años, habiendo experimentado que “la ambición y el amor, los poetas y la literatura eran igualmente vanos”.

Como Vita cuando se sentía desilusionada del mundo, Orlando se refugia en sus posesiones, en sus perros, en la naturaleza; mientras tanto, su biógrafo se encuentra otra vez en aprietos para describir una época en la que las acciones del protagonista disminuyen, a la par que se hace más reflexivo. Además del sugestivo manejo del tiempo, que permite que los siglos pasen y que Orlando los atraviese siempre joven, la propia categoría temporal se problematiza. El narrador-biógrafo hace referencia al “desacuerdo del tiempo del reloj con el tiempo del alma”, y a cómo esto afecta la percepción de la vida humana, “pues en cuanto decimos que dura siglos, nos recuerdan que dura menos que la caída del pétalo de una rosa”. Además del particular manejo temporal, las digresiones del biógrafo abordan otro tipo de paradojas: confiesa que la vida mental de su sujeto es un misterio inaccesible, que siempre hay algo de él que se le escapa. Otra de las paradojas inexplicables es el cambio de sexo de Orlando, que, como embajador de Turquía del rey Carlos, cae en un nuevo letargo de siete días con sus noches, que culminan cuando despierta convertido en mujer; cuestión trascendente, turning point de la novela, donde otra vez el biógrafo confiesa sus dificultades: “we have no choice left but to confess —he was a womah” (“no tenemos otra opción más que confesar: él era una mujer”).[341] En este caso el problema es la censura, representada por la aparición de tres hermanas: Nuestra Señora de la Pureza, Nuestra Señora de la Castidad y Nuestra Señora de la Modestia, que intentan detener infructuosamente a “la Verdad, la Franqueza y la Honradez, austeras diosas que hacen guardia junto al tintero del biógrafo […] gritan ‘la Verdad’”. Puede decirse que en Orlando Virginia recrea aspectos de su propia experiencia como escritora y se permite bromas e irreverencias sirviéndose de Vita como pantalla. Aborda problemáticas de género y explica que, en el caso de Orlando, “el cambio de sexo modificaba su porvenir, no su identidad”. De hecho, aunque no podría decirse que durante su existencia como varón Orlando respondiera al tipo patriarcal, sino más bien a un alma andrógina, una vez convertido en mujer aumenta su empatía con las mujeres, con las que comienza a identificarse. La cuestión de la confusión de los sexos, dice el biógrafo, preocupa a “los filósofos” y plantea un dilema: “No hay ser humano que no oscile de un sexo a otro, y a menudo solo los trajes siguen siendo de varones y mujeres, mientras que el sexo oculto es lo contrario del que está a la vista”. Como mujer, y después de convivir con gitanos en las colinas de Turquía, Orlando regresa a la corte de la reina Ana, “tenía amantes de sobra, pero la vida, que al fin y al cabo no carece de toda importancia, se le escapaba”. El éxito cortesano de Orlando remite a las experiencias sociales de Virginia. En los salones de lady R., que “tenía la fama de ser la antecámara del santuario del genio”, concluye: “Los huéspedes creían ser felices, creían ser ingeniosos, creían ser profundos, y como lo creían, otras personas lo creían aún más”. Gracias a su posición social y riqueza, deslumbrada por Mr. Pope, Mr. Addison y Mr. Swift, Orlando agasaja a estos escritores como a reyes, pero descubre finalmente que “una mujer sabe bien que por más que un escritor […] elogie su criterio, solicite su opinión y beba su té, eso no quiere decir en absoluto que respete sus juicios, admire su entendimiento, o dejará, aunque le esté negado el acero, de traspasarla con su pluma”. Harta de la misoginia de los escritores, de los salones y de un archiduque que en sus tiempos de varón lo había asediado presentándose como archiduquesa, y que en esta nueva etapa la pretende en matrimonio, Orlando se pone ropas de hombre y comienza a frecuentar a mujeres que se dedican a la prostitución: “(porque Nell trajo a Prue, y Prue a Kitty, y Kitty a Rose) tenían su propio círculo, al que la admitieron ahora. Cada una refería las aventuras que la habían conducido a esa profesión”. Con ellas, “Orlando nunca sintió correr las horas más rápidas y alegres”. Aun así, el lector no está invitado a compartir esas historias que suceden “cuando las mujeres se juntan —pero, chis— cierran muy bien las puertas para que no llegue a la imprenta ni una sola palabra de lo que dicen”. En cuanto a lo que ellas desean, a la vez que el biógrafo hace referencia tangencial a la prostitución que ejercían las nuevas amigas de Orlando, aventura: “Estábamos por decir lo que desean cuando un caballero nos sacó las palabras de la boca: las mujeres carecen de deseos, dice. […] Sin deseos (ya lo ha servido Nell y se ha ido) su conversación no puede interesar a nadie”.

Las alusiones a la bisexualidad de Orlando no se explicitan, aunque se hace referencia a que “cambiaba de género con una frecuencia increíble” y a que “gozaba por igual del amor de ambos sexos”. Incluso se sugiere una supuesta fuga, como la de Vita, “con cierta dama y […] la persecución del esposo”.

El siglo XIX y la era victoriana alteran a Orlando, que siente que incluso “el clima de Inglaterra parecía otro”, y percibe que “los sexos se distanciaron más y más. Por ambas partes se practicaron la simulación y el rodeo”. En la era victoriana, Orlando retoma su cuaderno de poesía, fechado en 1586. “¡Casi trescientos años que estaba trabajándolo!”. Pero finalmente se siente tentado de “ceder y someterse al Espíritu de la Época y contraer matrimonio”. Para entonces, es una “mujer hecha y derecha” de 32 años, para quien el espíritu del siglo XIX “era muy antipático”, pero que aun así descubre a un hombre especial, un caballero que ostenta un “nombre de oscuro plumaje”. Esta es una clara alusión a los reparos que puso la familia de Vita cuando quiso casarse con Harold, y que da lugar a otra referencia poco velada acerca de la homosexualidad de ambos. Orlando y su enamorado se miran y se asombran: “‘Shel, eres una mujer’, dijo ella./ ‘Orlando, eres un hombre’, dijo él”. Los paralelismos irónicos no se detienen allí y se hacen alusiones a los hijos ilegítimos de Orlando con “Pepita, bailarina española” y a problemas sucesorios que debe enfrentar en su condición de mujer, incapacitada entonces de heredar el castillo de sus ancestros. Finalmente, después de otro pasaje temporal, el rey Eduardo sucede a Victoria, y Orlando tiene “su primer hijo”. Es el final; para entonces, la protagonista “no representaba un día más” que los 36 que había cumplido: “Era el once de octubre de 1928. Era el momento actual”.[342]

Hipnotizada como un niño por una esfera plateada

Entre los halagos y las críticas del Orlando, Virginia se veía a sí misma como una espina “en el costado de los Squires y los Bennetts” Después de asistir, el 9 de noviembre, al juicio que se llevaba a cabo contra la novela de Radclyffe Hall, registró algunos pormenores en su diario. Le impresionó la entrada del magistrado, que simbolizaba la entrada de la ley en un recinto abarrotado:

 

«La ley, su astucia, su formalismo. Con ella hemos desarrollado una notable barrera entre nosotros y la barbarie; algo generalmente reconocido, mitad farsa, mitad ceremonia, por lo tanto; cuando sacaron libros encuadernados en tafilete y leyeron viejas frases en ellos, lo pensé; y las reverencias también me hicieron pensarlo; pero entre estas riberas corre un río muy vivo. ¿Qué es obscenidad? ¿Qué es literatura? ¿Cuál es la diferencia entre el tema y el tratamiento? ¿En qué casos es aceptable un testimonio? Esto último, para alivio mío, se decidió en contra nuestra: no podían llamarnos como expertos en obscenidad, solo en arte».

 

Una semana después se decretaba que el libro debía ser destruido y desestimada la apelación; se lo consideró obsceno y perjudicial para la moral de la sociedad. Luego del proceso, los Woolf se dirigieron a Rodmell. Leonard celebraba su cumpleaños cuarenta y ocho recorriendo el nuevo terreno que habían adquirido, lindero a su casa. Por su parte, Virginia leyó el nuevo libro de Lytton, Elizabeth and Essex, y con un “¡Dios me perdone!”, concluyó que el resultado era pobre: “Y aunque uno de mis viles vicios son los celos de la fama de otros escritores”, hubiera preferido que “hubiese sido una obra maestra”.

Estas reflexiones coincidían con las que surgieron después de una visita de Desmond MacCarthy, y constelaban con otras experiencias: lo que había presenciado en la corte a raíz del juicio de censura, sus visitas al Newnham College. Todas cuestiones que desarrollaría en Un cuarto propio:

 

«El egoísmo de los hombres me sorprende y escandaliza incluso ahora. ¿Alguna mujer de las que conozco podría sentarse en mi sillón desde las 3 hasta las 6.30 sin la sombra de sospecha de que yo pudiera estar ocupada, o cansada o aburrida; y allí sentada, hablar, gruñir y lamentarse de sus dificultades y preocupaciones; luego comer bombones, leer un libro y al fin marcharse, aparentemente complacida, envuelta en una especie de neblina de autosatisfacción? No las chicas de Newnham o Girton. Son demasiado ágiles, demasiado disciplinadas para eso».

Asistir a fiestas, a reuniones semanales en casa de Nessa, ser requerida socialmente y cada vez más famosa no desviaba a Virginia de su centro, de lo que ella llamaba sus exploraciones, y concentrándose en un punto que no alcanzaba a definir, reflexionaba:

 

«Así pasan los días, y me pregunto a veces si no está uno hipnotizado, como un niño por una esfera plateada, por la vida; y si esto es vivir. Es muy rápido, brillante, excitante. Pero superficial, quizá. Me gustaría coger la esfera con las manos y tocarla tranquilamente, redonda, suave, pesada. Y sostenerla de este modo día tras día. Leeré a Proust, creo. Iré hacia atrás y hacia delante».

 

Lo cierto es que cada vez con más precisión, y mientras seguía con su libro de crítica, perfilaba sus nuevos desafíos; y a principios de diciembre estaba en condiciones de establecer lo que parece un plan de escritura para su nuevo libro:

 

«Respecto a mi próximo libro, voy a contenerme de escribirlo hasta que sea algo inminente dentro de mí: hasta que pese en mi mente como una pera madura, colgante, grávida, pidiendo que la corten o se caerá. Las falenas aún me rondan, vienen, como siempre hacen, sin ser invitadas, entre el té y la cena, mientras L. escucha el gramófono. Le doy forma a una página o dos; y me obligo a parar. Lo cierto es que tropiezo con algunas dificultades. La fama, para empezar. Orlando ha ido muy bien. Ahora podría continuar escribiendo de esa forma, tengo el tirón y el empujón para hacerlo. La gente dice que es tan espontáneo, tan natural. Y me gustaría conservar esas cualidades, si pudiera, sin perder las otras. Pero esas cualidades eran en gran medida consecuencia de olvidar las otras. Venían de escribir exteriormente; si cavo, ¿no las perderé? ¿Y cuál es mi propia postura respecto a lo interno y lo externo? Creo que una especie de facilidad y rapidez son buenas; sí, creo que incluso la exterioridad es buena; alguna combinación de estos elementos debería ser posible. Se me ha ocurrido la idea de que lo que quiero hacer ahora es saturar cada átomo. Quiero decir, eliminar todo desperdicio, lo muerto, lo superfluo: dar el momento entero; incluya lo que incluyere. Digamos que el momento es una combinación de pensamientos; sensación, la voz del mar. El desperdicio, lo muerto, viene de la inclusión de cosas que no pertenecen a ese momento; este espantoso asunto narrativo de los realistas: ir de la comida a la cena: es falso, irreal, puramente convencional. ¿Por qué admitir la entrada en la literatura de algo que no sea poesía, que es lo que entiendo por saturado? ¿Acaso no es esa mi queja contra los novelistas, que no seleccionan nada? Los poetas lo logran por simplificación: omiten prácticamente todo. Yo quiero incluir prácticamente todo; y sin embargo saturar. Eso es lo que quiero hacer en Las falenas. Debe incluir sinsentidos, hechos, sordidez: pero convertidos en transparentes. Creo que debo leer a Ibsen, Shakespeare y Racine. Y escribiré algo sobre ellos; porque ese es el mejor estímulo, siendo mi mente como es; entonces leo con furia y precisión, de lo contrario resbalo y salto: soy una lectora perezosa. Pero no: me sorprende y me inquieta un poco la implacable severidad de mi mente: que nunca cesa de leer y de escribir; me obliga a escribir sobre Geraldine Jewsbury, sobre Hardy, sobre las mujeres; es demasiado profesional, demasiado poco ya una aficionada soñadora».