CAPÍTULO XVI - 1913
Fracaso sexual, éxito intelectual
¿NO había sido el deseo de casarse lo que impulsó a Virginia al matrimonio, a pesar del rechazo físico que sentía por Leonard? Lo cierto es que ninguno de los dos reparó en las consecuencias de ese rechazo, hasta que en la luna de miel debieron enfrentar su fracaso sexual. La frialdad de ella y la incapacidad de ambos para abordar y compartir abiertamente sus emociones complicaron aún más las cosas. En el caso de Virginia, aparecieron síntomas de ansiedad y dificultades para adecuarse a su nueva realidad. Por su parte Leonard optó por evadirse del conflicto emocional y lejos de reflexionar si le cabía responsabilidad en el fracaso sexual de la pareja, se lo atribuyó al estado psíquico cada vez más preocupante de Virginia. En las memorias que escribió cincuenta años después, él insistió en declarar que, antes de casarse y después de la luna de miel, Virginia presentaba síntomas que lo preocuparon al punto de consultar con los médicos. Pero cabría preguntarse si no hay exageración en esos recuerdos, puesto que en enero Vanessa le escribía a Roger, señalando lo equilibrada que veía a Virginia:
«Virginia ha sido muy amable conmigo. Se dio cuenta de que me sentía deprimida ayer y fue magnífica y me animó muchísimo. ¿Te parece que a veces me río demasiado de ella? No creo que importe, pero a veces me siento realmente subyugada por sus cualidades. Cuando quiere, puede expresar extraordinarios puntos de vista de gran amplitud. Creo que, en realidad, tiene un valor y una cordura sorprendentes con respecto a la vida. La he visto tan poco en los últimos tiempos que eso me ha impactado.»
Esa no era la visión de Leonard, pues en ese mismo mes de enero Virginia volvía a tener dolores de cabeza, insomnio y dificultades para alimentarse. Así pues, él recurrió al consejo de los doctores, pero lo llamativo fue que no solo consultó a los médicos acerca de esos síntomas, sino que se aventuró más allá y puso sobre el tapete la cuestión de la maternidad. Aunque Leonard parecía compartir el deseo de Virginia de tener hijos, no bien aparecieron los síntomas de una nueva crisis nerviosa, se apresuró a buscar la opinión de los especialistas. No conforme con la del doctor Savage, que desestimó sus preocupaciones e incluso consideró positivo que Virginia fuera madre, creyó conveniente hacer otras consultas. Fue así como llegó, sin dilaciones, a Maurice Craig, el médico de Vanessa, quien señaló que la maternidad podía llegar a convertirse en una situación de riesgo; lo mismo pensó Jean Thomas. Por su parte, el doctor Maurice Wright, un médico que Virginia había consultado el año anterior, compartía la opinión de Savage. Otro especialista, el doctor T. B. Hyslop indicó suspender la decisión por año y medio. Como se puede ver, los criterios diferían, pero es posible que a Leonard solo lo tranquilizara un no como respuesta.
Luego de dos meses de noviazgo, de un matrimonio apresurado y solo tres meses después de la luna de miel, él consultaba con los médicos acerca de los efectos que podría tener la maternidad en Virginia. Pero de alguna manera buscaba una respuesta ya establecida, puesto que por entonces los “teóricos de la eugenesia” compartían la creencia generalizada “de que las personas que tuvieran un historial personal (o familiar) de enfermedad no debían tener hijos”. Conociendo las convicciones del período histórico concreto, especialmente las de T. B. Hyslop, resulta impensable que el médico hubiera dado otra opinión. El prestigioso neurólogo había publicado en el Journal of Mental Science[162] un trabajo en el que precisamente hablaba de la necesidad de evitar que las personas que tuvieran problemas mentales pudieran transmitirlos a sus hijos y con ello debilitar la energía vital de la nación. Además, sostenía que la labor intelectual podía convertir a las mujeres en seres neuróticos e ineptos sexualmente, y por ende, era perjudicial para su salud.
Sea como fuere, es evidente que Virginia deseaba tener hijos y, cuando en octubre del año anterior Violet Dickinson le envió una cuna de regalo, se entusiasmó pensando: “Mi bebé dormirá en esta cuna”. Además, refiriéndose a la casa de Clifford’s Inn resaltaba que tenía “un pequeño jardín para que jueguen allí mis mocosos”. Sin tener en cuenta sus deseos, una serie de intercambios de opiniones se sucedían a sus espaldas, y el 20 de enero Vanessa le escribía a Leonard:
«Creo que deberíamos preocuparnos por averiguar y tomar todas las precauciones de antemano. Me gustaría saber más de lo que dijo Craig. Supongo que piensa que el riesgo que ella corre es el de otro grave ataque de nervios, y no creo que ni siquiera un bebé lo valga.»
Es probable que Virginia no intuyera aún que los médicos, Leonard y Vanessa estaban decidiendo el futuro de su maternidad, ya que en abril de ese año le escribía a Violet: “No vamos a tener un bebé, pero queremos tener uno, y dicen que primero serían necesarios unos seis meses en el campo”. Por lo que se ve a través de sus cartas, aunque Vanessa ponía reparos a las dudas de Leonard e insistía en que debía considerarse la opinión favorable de Savage, ya que conocía más a Virginia que Craig, también tenía sus temores. De todas maneras, confiada en que tomando recaudos Virginia podría ser madre, terminó por escribirle a su hermana: “No entiendo por qué Leonard se ha ido convenciendo gradualmente de que tener hijos es tan peligroso”.
Convendría detenerse en los motivos por los que Leonard temía tener hijos con su mujer. No solo podía preocuparlo que las tensiones derivadas del embarazo y del parto, y luego la atención del bebé, fueran demasiado para el equilibrio mental de Virginia; también cabe la posibilidad de que compartiera las teorías eugenésicas aceptadas en la época, o que simplemente no deseara tenerlos. De hecho, resulta difícil dilucidar si Leonard deseaba realmente ser padre. En sus memorias hay una deliberada intención de no abordar en profundidad cuestiones emocionales, y no es fácil inferir cuáles eran sus sentimientos al respecto. Además, teniendo en cuenta sus rasgos personales, el rigor y la responsabilidad que lo caracterizaban, pero también su tozudez e intolerancia, y la incapacidad de reconocer los propios errores,[163] no sería acertado basarse solamente en su testimonio. A fin de cuentas, pudo haber vivido la muerte de Virginia como un fracaso personal, ya que había dedicado su vida a mantener estable la de ella. Hay que señalar que, para Leonard, la decisión de Virginia fue terrible, pero además se podría creer que la vivió como una afrenta imperdonable, una herida a su amor propio a la luz de la cual escribió sus memorias.
Lo que sí parece evidente es que Virginia solo pudo responder al deseo de Leonard con frialdad y distanciamiento. La imposibilidad de expresar sus sentimientos, debida en parte a sus inhibiciones y en parte a la desconexión de Leonard con los suyos, los llevó a un callejón sin salida. A su vez, Leonard cargó el peso de la situación en los problemas nerviosos de ella y en el esfuerzo causado por su novela, y de esa manera escapó a evaluar la relación entre esta nueva crisis de Virginia y su matrimonio. Finalmente, se hizo de un rol de autoridad sobre su mujer y, sin cuestionarse a sí mismo, tomó decisiones que abrieron una brecha insalvable entre ellos y marcaron desde ese momento el tenor de su pareja.
No es creíble que Leonard fuera ingenuo o incauto a la hora de decidir su casamiento. Había hablado con Savage durante la crisis que tuvo Virginia durante su corto noviazgo y tenía indicios de la difícil situación que enfrentaba al casarse. Pero ni eso ni el rechazo físico que ella confesaba lo hicieron reconsiderar su posición. A principios de 1913, cuando Virginia apenas podía elaborar las tensiones que atravesaba, preocupado por lograr una posición laboral en Londres, él comenzó a dedicar mucho tiempo a temas sociales y políticos. Es así como, a pesar de considerar que su mujer no se encontraba en las mejores condiciones, sumó a Virginia a sus giras de reconocimiento de los sectores pobres de la ciudad. En marzo de 1913, ella lo acompañó en su recorrido exploratorio por el norte industrial de Inglaterra y Escocia, visitaron Liverpool, Manchester, Leeds, York, Carlisle y Leicester, “viendo todo tipo de horror y milagro”. Mientras Virginia constataba la capacidad de Leonard de moverse en aquel mundo, ambos trabajaban arduamente en su escritura —Leonard le contó a Lytton que solían escribir cerca de 750 palabras por la mañana y unas 500 palabras por la tarde—.Además, cada uno estaba al tanto del trabajo del otro, y cuando en noviembre del año anterior Virginia leyó The Village in the Jungle, la primera novela de Leonard, consideró que era sorprendentemente buena. Tal vez con ese incentivo, Virginia trabajó en su libro con una especie de “intensidad torturada”, a la que los médicos y Leonard no dudaron en adjudicar parte de la responsabilidad en la siguiente crisis. Para ese entonces llevaba escritos al menos cinco borradores, y entre 1909 y 1913 trabajó dos versiones en paralelo. Lo cierto es que no debió resultarle fácil que Leonard escribiera y publicara su primera novela tan rápido; tal vez por eso, entre diciembre de 1912 y marzo de 1913 Virginia mecanografió, corrigió y reescribió, y por fin el 9 de marzo, luego de leer la última versión de Fin de viaje, Leonard la envió a la editorial de Gerald Duckworth. Virginia esperó cerca de un mes con el temor a ser rechazada, pero después del informe positivo de Edward Garnett, lector de su editorial, Gerald aceptó publicarla.
Mientras esperaba la publicación, Virginia se esmeraba en llevar una vida saludable y descansada, y conservaba las esperanzas de que, luego de unos meses en el campo, podría aventurarse en la maternidad. También seguía atentamente las ventas de la novela de Leonard; y durante mayo y junio, puso a prueba sus nervios durante la penosa tarea de corregir las galeras de Fin de viaje.[164]
Distintos frentes de batalla
Mientras Virginia desmejoraba, Leonard había adquirido compromisos y debía cumplir con visitas, lecturas y conferencias para el Movimiento Cooperativo. Había renunciado a su puesto en las colonias porque no deseaba “ser gobernante de los gobernados” y, según escribió en sus memorias, después de las visitas en West End se había visto “confrontado por una vasta, peligrosa falla en la estructura social, una destructiva enfermedad en el organismo social, que ni el paternalismo, la caridad o la buena obra podían subsanar. Nada salvo una revolución social, una cirugía mayor, podría lidiar con ello. Renuncié al Care Committee (Comité del Cuidado) y a la COS (Sociedad de Organización de la Caridad)”. Fue así como Leonard pasó “de liberal a socialista”, poniendo en su trabajo en los barrios pobres de Londres el mismo empeño que había puesto cuando gobernaba en la jungla.
Su relación con Margaret Llewelyn Davies,[165] secretaria general de la Women’s Cooperative Guild (división femenina del Movimiento Cooperativo), se hizo muy estrecha, al punto de generar tanto celos como admiración por parte de Virginia. Davies alentaba a las mujeres a que se dieran cuenta del poder que tenían, ya que, al hacerse cargo de la economía doméstica, eran el primer eslabón en la cadena capitalista, las primeras consumidoras en la sociedad, y por lo tanto podían influir en cómo y dónde se gastaba el dinero. Además, alentaba a las mujeres a organizarse por sí mismas (por ejemplo, formando grupos de presión), de modo de utilizar esa influencia. Las sociedades cooperativas apuntaban a la autoayuda, y Davies tenía la teoría de que se debía urgir a las mujeres a que reconocieran que tenían el poder de cambiar las cosas que afectaban negativamente su vida. El caso es que creía que la presión que pudieran ejercer debía aprovecharse pacíficamente sin recurrir a ningún tipo de violencia. Cuando el gremio tomaba parte de las marchas, estas solían ser silenciosas, con las mujeres sosteniendo pancartas para transmitir sus mensajes; la organización se especializó en los panfletos y fue pionera en temas de la mujer.
Las influencias de Virginia y de Margaret Davies hicieron de Leonard otro hombre; apenas unos años antes le importaba “un comino” que las mujeres obtuvieran el voto, odiaba “las pancartas y las marchas” de las sufragistas, creía que la mayoría de los hombres eran de por sí tontos, y que las mujeres eran “más tontas que los hombres”, y no veía que pudiera ganarse nada con su voto. Pero lo que no pudieron sus hermanas —Flora Woolf le escribió: “Tus sentimientos sufragistas son horribles”—, lo lograron su mujer y su nueva compañera cooperativista.
Con estas influencias feministas, y convertido al socialismo, Leonard se sintió impresionado por la potencialidad de las mujeres trabajadoras. A través de sus escritos para el gremio cooperativo, entró en contacto con Sidney y Beatrice Webb, fundadores del movimiento socialista fabiano —Fabian Society— y dueños del New Statesman, periódico para el que comenzó a colaborar.
La relación de Virginia con el entorno político de Leonard fue singular; si bien admiraba su trabajo, sospechaba que bajo el manto de las buenas intenciones esgrimidas por los políticos se ocultara el deseo de “controlar a las masas”. Por otra parte, respecto de las mujeres trabajadoras, con quienes se había relacionado en principio a través de sus clases en el Morley College, el trabajo de Leonard la introdujo al aspecto político de sus reclamos, y viéndolas en Manchester le había escrito a lady Cecil: “No puedo imaginarme por qué los pobres no toman cuchillos y nos echan de nuestra casa”, y agregaba: “Trabajan parados durante 8 horas atando 6 gruesas[166] de potes de mermelada”.
Si el entorno social era complicado, no podía decirse menos del familiar. Según parece, Adrian y Leonard no se llevaban bien, y a principios de su matrimonio Virginia tomó partido por su marido, a la vez que Vanessa se inclinaba por su hermano. Por su parte, Clive tampoco se entendía con Leonard. Tenían personalidades opuestas y contradictorias. Clive representaba al diletante mundano y socialmente acomodado que Leonard despreciaba por vanidoso y superficial. Sin duda, además, debería estar enterado de sus comentarios antisemitas. A la vez que percibía su desdén, Clive consideraba a Leonard puritano, demasiado austero y con poco roce social. Ambos estaban convencidos de que el otro no solo no merecía a su respectiva mujer, sino que ejercía sobre ella una influencia negativa. Clive aborrecía que Leonard llevara a Virginia en sus recorridos por fábricas y barrios, mientras que para Leonard las reuniones de Gordon Square representaban el colmo de la frivolidad.
Aun cuando Virginia siempre se mostró dependiente del afecto de su hermana y leal a los afectos familiares, desde el principio de su matrimonio constituyó una sociedad excluyente con Leonard, quien encontró su lugar en Bloomsbury a través de una trama de conflictos y nuevas alianzas. No pasó mucho tiempo antes de que quedara demostrado que él no era una persona que se acomodara fácilmente a situaciones con las que no concordaba.
Si se piensa que a pesar de los comentarios contra los judíos que abundan en las cartas de juventud de Virginia, ella se casó con uno, y se considera la inadecuación que Leonard sentía con respecto a la clase social a la que ella pertenecía, es evidente que ambos tuvieron que adaptarse a un matrimonio que presentaba más de un tipo de dificultades.
Como la Asheham House les brindaba una vida apacible y oficiaba como un oasis en esas condiciones, los Woolf fijaron allí su residencia. Pero en mayo volvieron a Londres y asistieron a la representación de El oro del Rin. En el estado en que se encontraba, la densidad emotiva de la ópera ejerció en Virginia un efecto paradójico, que registró comparando sus sensaciones con lo que había sentido en otra época “Mis ojos están magullados, mis oídos embotados, mi cerebro es un simple budín de pulpa —ah, el ruido y el calor, y los berreos de sentimentalismo, que solían emocionarme tanto y que ahora me dejan absolutamente insensible”.
A mediados de año, el estado de salud de Virginia se volvió alarmante. Aun así, los Woolf recibieron amigos en Asheham, y a principios de julio regresaron a Londres. La ciudad —con sus teatros, restaurantes y reuniones— representaba la contrapartida de la tranquila vida de campo, y el ir y venir entre uno y otro sitio parecía apuntar a la búsqueda de un equilibrio inalcanzable. De regreso en Asheham, Leonard estaba cada vez más preocupado pues los síntomas de otras veces se repetían: Virginia sufría jaquecas, depresión, insomnio, rechazaba la comida y reaparecía un difuso sentimiento de culpabilidad. Aunque todo parecía estar fuera de control, Virginia se esforzaba por tranquilizar a su marido, y lo acompañó a la reunión anual de la Fabian Society, el 22 de julio en Keswick, pero al llegar al hotel su estado distaba de ser bueno y permaneció en cama la mayor parte del tiempo. De regreso en Londres, Leonard consideró urgente consultar con el médico.
Además de recurrir al doctor Savage, los Woolf pusieron a Vanessa al tanto de la situación. Angustiada, ella le escribió a Roger:
«Parece que ha encontrado a Virginia bastante mal. Dijo que era exactamente lo mismo de siempre y que se pondría bien, pero que debía descansar. En consecuencia, se fue a lo de Jean [Thomas] en Twickenham ayer por la tarde. Me temo que es demasiada mala suerte… Por favor, ten mucho cuidado en no decir una palabra a nadie sobre su preocupación por lo que la gente pueda pensar de su novela, que parece que es la causa real de su depresión. […] Dios mío, no puedo dejar de preocuparme pensando que yo podría haber hecho más, a fin de cuentas, pero, por otra parte, mucho no se puede hacer con gente casada.»
También Jean Thomas se inclinaba por responsabilizar de la crisis a la novela, confiando su opinión a Violet:
«Es la novela lo que la ha destrozado. La acabó y le mandaron las pruebas de imprenta para que las corrigiera… no podía dormir y creía que todo el mundo iba a burlarse de ella. Después hicieron lo que no debían y empezaron a tomarle el pelo sobre esto y ella comenzó a desesperarse… y llegó aquí con los nervios destrozados. Todo era patético… Le van a echar la culpa a sir George [Savage], probablemente, pero nunca llegaron a hacer lo que les aconsejó, excepto casarse. Y el matrimonio le hizo más bien que cualquier otra cosa, hasta que tuvo el colapso debido al libro, y los médicos dicen: “Tenía que sucederle a una mente tan privilegiada, después de semejante esfuerzo a pesar de todo el cuidado y la prudencia que hayan ejercido”.»
Durante el par de semanas que Virginia pasó en Twickenham, al cuidado de Jean Thomas, le escribió a Leonard lastimeras cartas:
«Creo que todo será mejor cuando estemos juntos. Aquí todo es tan irreal. […] Te quiero, Mangosta, y verdaderamente te amo, bestiezuela, si tan solo yo no fuese un mandril tan estúpido. ¿Puedes amarme, realmente? Sí, lo creo, y tendremos una vida feliz. Eres tan adorable. Cuéntame exactamente cómo estás.»
Al día siguiente agregaba:
«Nada de lo que hayas hecho alguna vez desde que te conocí ha sido de alguna manera desagradable, ¿cómo podría serlo? Siempre te comportaste de manera perfecta conmigo. Toda la culpa es mía. Pero cuando estemos juntos —y lo sigo pensando— todo deberá estar bien. Y lo estaremos el jueves. ¿Cómo estás? No me lo dices. Pienso en ti y pienso en todo lo que hemos tenido juntos. De cualquier modo, me has dado las mejores cosas de mi vida […]. Creo absolutamente en ti y no pienso ni por un segundo que me hayas dicho una mentira.»
La vida continuaba y con Leonard a cargo del cuidado de Virginia, Vanessa sintió que quedaba libre para ocuparse de sus proyectos. Junto con Roger y Duncan Grant, crearon el Omega Workshop, un local que abrió sus puertas el 8 de julio, en el 33 de Fitzroy Square, donde se podían conseguir desde pinturas hasta muebles, pasando por toda la gama posible de objetos de decoración y vestimenta. Roger había pensado que esa era una buena vía para que jóvenes artistas pudieran vivir de su arte, entre ellos el propio Duncan, que en ocasiones no tenía dinero ni para pagar el boleto del tren. La inauguración de Omega debió de requerir toda la energía y la concentración de la ya abrumada Vanessa. Ella misma se encargó de diseñar telas, tejidos, alfombras, y también pintó biombos, hizo alfarería y hasta un mural para una guardería. Con toda esa actividad y con la excusa de que “nada se puede hacer con la gente casada”, Vanessa cedió a Leonard la responsabilidad del cuidado de Virginia. Debió de ser un período difícil para ella, pero finalmente, aunque dudara de que fueran las más acertadas, aceptó que el ex gobernador de Ceilán impusiera sus reglas con las mejores intenciones.
El 11 de agosto, los Woolf volvieron a Asheham En el diario íntimo de Leonard figuran anotaciones sobre el estado de salud de su mujer, y a partir del día 20 comienza a incorporar un lenguaje cifrado en el que usa caracteres del cingalés y del tamil. El 22 de agosto Leonard dejó a Virginia en casa de Nessa y fue a ver a Savage, quien había prometido que después de la internación ella podría ir de vacaciones con su marido a Somerset. Leonard temía que el viaje resultara desastroso, pero Savage insistió en que debían hacerlo. Preocupados, Vanessa y Roger Fry recomendaron la opinión del doctor Henry Head,[167] neurólogo que había tratado a la esposa de Roger. Si bien Head no compartía la opinión de Savage, creía, como él, que contradecir a Virginia podía resultar perjudicial, de modo que los Woolf se dirigieron al lugar donde había comenzado su luna de miel.
Dado que fue allí donde Virginia descubrió lo incompetentes que eran en materia sexual, es probable que Somerset no haya sido la mejor elección; de hecho, después de una semana, las cosas empeoraron al punto que Leonard telegrafió a Ka Cox, que el año anterior había acompañado a Virginia en su crisis, para que se reuniera con ellos.
En su autobiografía, Leonard sostuvo que esas semanas fueron una pesadilla. Virginia insistía en que se encontraba perfectamente bien, pero sufría de insomnio y no podían persuadirla de comer. Pensaba que la gente se reía de ella y día a día se deprimía más. La presencia de Ka no mejoró su estado y, finalmente, unos días después Leonard decidió que debían regresar a Londres. Le dijo a Virginia que compartía el parecer de sus médicos de que estaba enferma y que debía descansar y comer adecuadamente para restablecerse. Pero ella insistía en que no estaba enferma y aseguraba que su estado se debía a sus “propias faltas”.
¿Le preguntó Leonard a qué faltas se refería? Lo cierto es que en su autobiografía él no explica qué quería decir Virginia cuando afirmaba que tenía sus “escrúpulos”[168] Si bien insistía en que debía comer y descansar, Leonard apenas tenía acceso a las emociones y los sentimientos que su mujer no podía expresar. La crisis nerviosa servía de pantalla a cuestiones que ninguno de los dos estaba en condiciones de abordar. El fracaso sexual de Virginia, como el de Mrs. Dalloway, las deja siempre vírgenes e inaccesibles. En la novela, la protagonista lo vive como un estigma imposible de disociar de la culpa: “Esa era su parte diabólica, esa frialdad, esa dureza, algo muy profundo en ella”.
Al mismo tiempo que la crisis se agravaba, la obsesión por su apariencia y la sensación de que la gente se reía de ella aumentaban. En sus memorias, Leonard afirmó que había algo de cierto en esa percepción, que de otra manera podría parecer paranoica. Allí, él mismo subraya que Virginia era la única persona que conocía que poseía “la cualidad llamada genio”, pero también advierte que tenía “un aura” que la hacía destacarse entre la gente común: “Era una mujer muy hermosa para todos los gustos […] Sin embargo, la multitud, en la calle, percibía que había algo en su apariencia que les resultaba extraño y risible”. Leonard incluso agrega que, tanto en el extranjero como en su país, las personas “se detenían para mirarla”, también que se codeaban unas a otras diciendo “mírala”. Para Leonard había “algo extraño e inquietante, y por lo tanto ridículo para muchas personas, en su apariencia, en su manera de andar: con frecuencia parecía estar ‘pensando en otra cosa’, caminaba por las calles arrastrando un poco los pies, en medio de un sueño. Las viejas y arpías, y las jovencitas, no podían contener la carcajada o las risitas”. A la luz de estos comentarios, es explicable que en plena crisis y en extremo susceptible, Virginia detestara presentarse en público y que se sintiera expuesta a las miradas de los otros huéspedes del hotel.
Las cosas fueron empeorando en forma gradual —escribió Leonard—, y resultó imposible lograr que Virginia comiera o intentara descansar, lo único que podía haberle hecho bien. Después de unos días, tanto Ka como yo decidimos que no era seguro seguir en Holford y que yo debía, de un modo u otro, convencer a Virginia de ir a Londres a ver a un médico.
Incapaz de persuadirla de que estaba enferma, Leonard propuso que una vez en Londres consultaran con quien ella quisiera y quedó asombrado cuando oyó el nombre de Head. Como le parecía que Savage era más un hombre de mundo que un doctor confiable, Leonard se sorprendió gratamente con la sugerencia de Virginia. El 8 de septiembre, después de telegrafiar a Head, volvieron a Londres. La situación era tan desesperante que tanto Leonard como Ka Cox temieron que Virginia saltara del tren. Sin embargo, llegaron sanos y salvos, y luego de pasar la noche en Brunswick Square, visitaron primero al doctor Maurice Wright y por la tarde al doctor Head.
La amenaza del suicidio
En la entrevista con Head, Leonard y Virginia dieron sus respectivas versiones acerca de la salud de ella y, luego de presentar sus alegatos, se sometieron al arbitrio del médico. Se trataba de una lucha de poderes y, al asegurarle a Virginia que estaba seriamente enferma y que debía tratar su neurastenia, el médico inclinó la balanza hacia Leonard.
Cuando en La señora Dalloway el médico indica que Septimus debe ser internado en una clínica de reposo —lo mismo le estaban sugiriendo a Virginia—, los pensamientos del paciente se hacen eco de lo que podría haber sentido ella misma: “Una vez que caes, repetía Septimus para sus adentros, la naturaleza humana se ceba en ti. […] Te aplican el tormento del potro y las empulgueras. La naturaleza humana es implacable”.
En la novela, para no claudicar ante el poder de los doctores y evitar que lo internen, Septimus se suicida. Esa tarde, después de visitar a los médicos y tomar el té con Vanessa, Virginia se acostó a descansar en Brunswick Square; en tanto, por pedido de Head, Leonard se dirigió a ver a Savage para explicarle los motivos por los que habían consultado a otro médico y para pedirle que ambos se reunieran al día siguiente. Estaban con Savage cuando Ka Cox los llamó por teléfono para decirles que había encontrado a Virginia inconsciente en su cuarto. Leonard volvió apresuradamente a la casa y comprobó que Virginia había tomado “100 gránulos de veronal, una dosis que podía resultar mortal”. De inmediato llamaron al doctor Head, pero no hizo falta esperarlo, ya que en el último piso se encontraba un hermano de Maynard Keynes, que era médico en el St. Bartholomew’s Hospital. Cuando vio lo apremiante de la situación, Geoffrey Keynes tomó la iniciativa. Él y Leonard se subieron a un coche y atravesaron las calles gritando: “¡Urgente! ¡Médico!”. Llegaron al hospital, consiguieron una sonda estomacal y regresaron para atender a Virginia. Finalmente, Head, Geoffrey Keynes y una enfermera le sacaron el veronal del estómago. Cerca de la una de la madrugada, Leonard se durmió agotado. Un rato después, Virginia estuvo al borde de la muerte, pero a la mañana siguiente Vanessa despertó a Leonard diciéndole que se encontraba mejor, y el doctor Head pudo constatar que ya estaba fuera de peligro.
“En aquellos días, si alguien se hallaba en el estado mental de Virginia, peligrosamente suicida, era costumbre certificarlo”. Un magistrado expedía una orden de internación en un sanatorio o asilo. “Los médicos —recordaba Leonard— no estaban dispuestos, como es natural, a asumir el riesgo de dejar a un paciente suicida sin certificado en un hogar particular”. Pero el encierro implicaba la pérdida de los derechos civiles, y los Woolf intentaron evitarlo. Luego de visitar dos o tres sanatorios, Leonard les dijo a los médicos que estaba dispuesto a “hacer cualquier cosa” con tal de que no hicieran el certificado denunciando el intento de suicidio y logró que le permitieran cuidar a Virginia con la ayuda de cuatro enfermeras.
Al tanto de la situación, George Duckworth les ofreció su casa, la Dalingridge House en Sussex. El 20 de septiembre llegaron allí primero Ka Cox, una enfermera y luego Leonard, Virginia y otra enfermera. ¿Estaba al tanto Leonard de los abusos de George? Aunque Virginia había hablado de ello con algunas personas, no hay registro de que por entonces haya tratado el tema con su marido. Pero llama la atención que en su autobiografía, que —como se ha dicho— Leonard escribió cerca de cincuenta años después, cuando Virginia ya había muerto y había pasado mucho desde que había expuesto el tema por escrito, él todavía insiste en describir a George Duckworth[169] como un hombre extremadamente amable que corrió en su auxilio. El caso es que en ningún punto de sus memorias, Leonard da cuenta de la violencia que George había ejercido sobre Virginia y, por lo tanto, tampoco registra lo difícil que debió de ser para ella alojarse en su magnífica casa de campo en East Grinstead, en el condado de Sussex. Esta omisión es muy significativa, ya que Leonard se afirma en su tendencia de no buscar en los aspectos emocionales las posibles causas del estado mental de su mujer. Y si en 1913 tal vez nada supiera de los avances agresivos e incestuosos del hermanastro, resulta evidente la negación autoimpuesta que lo lleva a no mencionarlos en su autobiografía, donde sí subraya la obstinada actitud de Virginia de negarse a comer e insiste en que su deseo de abandonar la casa de su hermanastro era completamente irracional.
Las anotaciones que Leonard registró por entonces en su diario solo se refieren a los síntomas, y no hace ninguna referencia a las cuestiones que preocupaban o angustiaban a Virginia. Con el aparente desapego que podría utilizar en un parte oficial o en una historia clínica, anota sus observaciones:
«Set. 10: V inconsciente todo el día. Set. 11: Vi a V mañana. Me habló. Vi a V contenta. Set. 12: V totalmente consciente. V incluso algo contenta. Set. 13: V bastante animada. Set. 14: V bastante tranquila y animada. V 6-7.30. Muy preocupada al principio. Set. 15: V mañana. Hablé con V al mediodía. Permanecí contemplando a V después de una cena animada. Set. 16: Eventualmente bastante animada. No demasiada buena noche. Set. 17: V después del té muy preocupada. V ha pasado mala noche. Set. 18: Té bien V Paseé bien con V. por la plaza. V. deprimida y muy preocupada. V durmió muy mal. Set. 19: V bien mañana V muy preocupada mala noche. Set. 20: Vuelta en coche bien con la enfermera y V a Dalingridge. V. muy mala noche. Set. 21: V muy excitada y preocupada. Gran perturbación comió bien mala noche. Set. 22: V muy deprimida, constante desasosiego bien comida muy mala noche. Set. 23: V muy deprimida gran desasosiego bien todas las comidas, cinco horas de sueño con paraldehído. Set. 24: V. bastante buen día difícil almuerzo, gran dificultad en la cena, cinco horas sueño bien con paraldehído. Set. 25: V muy excitada todo el día, dos horas para cada comida. No durmió bien. Set. 26: Un desayuno bien con dificultades. Nada bien la leche de las 11.30. Partió Ka a las 11.47 con el tren V muy extraña durante el paseo, apenas podía caminar un momento y luego saltarina. Se acostó. La enfermera consiguió que comiera casi dos platos enteros en el almuerzo, yo descansé sin dificultad. Paseamos bien por la tarde, mucho más tranquila. Tomó un buen té. La enfermera logró que comiera la cena, dos horas y media de sueño Adalin. Set. 27: Dificultades para el desayuno. Ninguna con la leche de las 11.30. Marg [Llewelyn] D[avies] llegó para el almuerzo. V muy excitada. La enfermera consiguió que almorzara bien la mitad de la comida, yo descansé bien hasta la cena. V. violenta con las enfermeras en ocasiones, cinco horas y media de sueño con aspirina.»
Cabe señalar que ni siquiera estando sana Virginia comía mucho, y aunque disfrutaba de la buena cocina, difícilmente repetía los platos. Durante sus crisis, el rechazo a la comida hacía que rápidamente perdiera peso y, según Leonard, si la hubiera dejado seguir su voluntad, habría corrido el riesgo de morir de hambre. Sea como fuere, Virginia debía de sentir que se confabulaban contra ella y que sus opiniones no eran escuchadas. Leonard hacía oídos sordos a su deseo de abandonar la casa de George y la atiborraba de comida diciendo que esa era la manera que tenía de curarse de una enfermedad que ella no creía padecer. Lo cierto es que Virginia llegó a la casa de George, en East Grinstead, con un peso muy bajo para su altura — cincuenta y cuatro kilos— y permaneció en la casa entre septiembre y noviembre. Se sabe que en enero del año siguiente ya había recuperado cerca de seis kilos y medio, alcanzando casi su peso normal.
Si bien con el tiempo ella misma llegó a convencerse de la importancia de mantener un peso saludable,[170] hubo momentos en que Virginia estuvo muy violenta con las enfermeras, que apenas podían con ella. Intentar que comiera podía tomar una hora o dos y requería una dosis de paciencia desquiciante y tal vez una fuerte coerción. Leonard estaba agotado. Pero era conveniente que ella aumentara unos kilos, y la cura de reposo que le prescribieron y el programa de alimentación que siguió durante todo el año siguiente lograron que subiera un cincuenta por ciento de su peso, lo que resultó demasiado, y es probable que solo haya sido posible gracias a una gran presión y violencia.
Luego de un mes en Dalingridge House, Virginia comenzó a mejorar, y a mediados de noviembre pudo trasladarse a Asheham con dos enfermeras. Solo allí recuperó la regularidad de sus períodos menstruales que llamativamente habían cesado en el mes de agosto, mientras estaba en el lugar donde había pasado su luna de miel, y que no reaparecieron durante el tiempo que permaneció en casa de George.[171] Es sabido que las tensiones y ansiedades suelen influir en los ciclos menstruales, también que la anorexia nerviosa produce este tipo de alteraciones. En su caso, Virginia no estaba lejos de intuir que sus problemas con la comida y su insomnio tenían una relevancia parcial y actuaban como satélite de otro tipo de causas que ella llamaba, en una referencia clara a su condición de mujer y a su respuesta sexual, “sus propias faltas”. De ahí su tendencia a cargar con una culpa que creía tener y de proyectar en Leonard un sinfín de características positivas, a sentirse en deuda con él y con las atenciones y cariño que sin duda le dispensaba.
El terrible 1913 fue un año de ajustes. Bien puede decirse que Virginia superó los aspectos frustrantes de su matrimonio a costa de una gran violencia sobre sí misma y de pasar por un período que incluyó un intento de suicidio y caídas en la locura. Finalmente, delegando en Leonard responsabilidades y poder, alcanzó un nuevo equilibrio. Es así como en diciembre, mientras Leonard estaba en Londres mudando sus pertenencias del departamento que apenas habían ocupado en Clifford’s Inn, a través del cariñoso lenguaje que habían inventado, Virginia logra expresar sus sentimientos, hace evidente la mutua dependencia; y traspone a otro plano, el del lenguaje amoroso, el frustrado encuentro emotivo y corporal de la pareja:
«Immundus Mongoosius Felicissimus, podría escribir esta carta en hermoso y elocuente latín, pero entonces el pequeño y vil montoncito de piel polvorienta no podría leerlo. ¿Te llenarías de vanidad si te digo que te amo más que nunca desde que te tomé en servicio, y que te encuentro hermoso e indispensable? Me temo que es la verdad.
Adiós, Mangosta, y sé un animal devoto, y nunca abandones a la gran jaspeada criatura. Ella desea que te informe con delicadeza que sus alas y rabadilla se encuentran ahora con su mejor plumaje, y te invita a una exhibición. Besos en tu querida cabecita. Querida Mangosta.»