CAPÍTULO II El país de la infancia
La casa familiar y el cuarto de los niños
LA familia formada por Julia y Leslie Stephen pertenecía a la clase media alta londinense, dato no menor en una sociedad, como la inglesa, altamente estratificada. Según señaló Quentin Bell, sobrino y biógrafo de Virginia:
«Los Stephen […] solo recientemente habían escapado de la pequeña burguesía. […] no tuvieron el dinero ni la influencia de los Prinsep, los Cameron o los Duckworth. Sus logros se basaban en el intelecto y la iniciativa, adquirieron sus títulos en los tribunales de justicia, y su orgullo familiar era el orgullo de la noblesse de robe […].
El señor y la señora Stephen pertenecían a lo que se podría llamar el nivel inferior de la alta burguesía. Tenían siete criadas, pero ningún criado. […] cuando viajaban en tren, lo hacían en tercera clase. Las damas se mandaban hacer los vestidos con una buena modista, pero de precios razonables. Leslie era miembro del Athenaeum y, por supuesto, del Alpine Club. A pesar de sus parientes importantes, no se aventuraron en lo que se llamaba la “alta sociedad”. De hecho, vivieron muy modestamente, aunque Julia tenía sus “domingos por la tarde”, en los que un visitante podía encontrar a parte de la sociedad intelectual de Londres.»
Cuando Leslie se casó, él y su hija Laura se mudaron a la casa que Julia ocupaba con sus tres hijos, George, Stella y Gerald, en el 22 de Hyde Park Gate, apenas a unos pasos de la que había sido su propio hogar. Se trataba de una residencia de cinco pisos a los que posteriormente se agregaron dos más, para satisfacer las necesidades de la familia a medida que se fueron sucediendo los nacimientos de los hijos que tuvieron en común.
El 22 de Hyde Park Gate se yergue aún hoy[36] en el cul de sac que nace en Kensington Road, entre Palace Gate y Queen’s Gate. El 30 de mayo de 1879 nació allí Vanessa, un año después se sumaría Thoby, el 8 de septiembre de 1880. Parecía que allí se detendría la familia ya numerosa cuando Julia quedó embarazada nuevamente; el 25 de enero de 1882 nació Virginia y poco después, el 27 de octubre de 1883, Adrian. De esta manera, con treinta y siete y cincuenta años, respectivamente, Julia y Leslie sumaban juntos ocho hijos.
Curiosamente, la casa que habitaban quedaba muy cerca de aquella en la que había nacido Leslie. Lo cierto es que en esa zona de Kensington también se había criado su primera mujer. Amigos y parientes vivían cerca unos de otros: “En Hyde Park Gate, todo el mundo conocía a todos, y sabía todo sobre cada uno”. Por eso, en los recuerdos infantiles de Virginia Woolf, a cada vecino le correspondía un retrato preciso. A través de las ventanas se podía ver, en la casa de enfrente — como ocurre en La señora Dalloway—, a la anciana Mrs. Redgrave. En el número 23 de Hyde Park Gate, vivía otra vecina, Mrs. Ashton Dilke, una mujer que siempre vestía a la moda y cuya simpatía hacia el movimiento sufragista era desaprobada por Julia. Aunque tenían casi la misma edad, Virginia solo se veía ocasionalmente con los pequeños Dilke. “Tal vez los Stephen desaprobaban sus pretensiones sociales, [y] se burlaban de su afectada manera de hablar y de su incapacidad para pronunciar la letra ‘erre’”.
Otros vecinos, los Maude, residían en el 16 de Hyde Park Gate. Tampoco se relacionaban mucho con los Stephen, dado que su reputación era dudosa y se comentaba que “no podían pagar las cuentas”. Cuando Virginia tenía nueve años, sufrió el ataque del temible perro de los Maude, por lo que debió testimoniar, acompañada de su madre y secundada por otros vecinos, en el Departamento de Policía.
La zona de Kensington albergaba diferentes tipos de familias; a fines del siglo XIX aún podían verse lacayos con medias de seda en las puertas de algunas casas y había quienes tenían sus propios carruajes. Solo ocasionalmente, si lo necesitaban, los Stephen arrendaban algún cabriolé o coche de cuatro ruedas en la caballeriza Hobbs:
«Mi padre y mi madre —escribe Virginia — tomaban el bus; para ellos un cabriolé de día era un lujo impensable. Mi madre hacía todos sus inmensos recorridos — compras, llamados, visitas a hospitales y asilos— en autobuses. Era una experta en líneas de ómnibus. Podía saltar a prisa del rojo al azul, del azul al amarillo, y de alguna manera lograr que se conectaran y la llevaran por todo Londres.»
Pero no era sencillo moverse en la ciudad, cada vez más populosa. Incluso en la corta distancia que mediaba entre su casa y los jardines de Kensington, Virginia debía atravesar una calle que ya en ese entonces tenía un tránsito incesante de buses, carruajes, ciclistas y caballos que podían colisionar en cualquier momento, posibilidad que, como atestiguan sus diarios de infancia, la aterrorizaba. En claro contraste con el bullicio de la ciudad, dentro del 22 de Hyde Park reinaba una suerte de microclima al que no llegaban los ruidos de la calle. Aún hoy es apenas audible la actividad de la cercana avenida, los estruendos del tránsito y las bocinas. Puertas adentro, se creaba un espacio de intimidad silenciosa que Virginia describió en la novela Los años. La escena transcurre durante la noche; la criada lleva unas lámparas con pantalla de seda y corre las cortinas:
«Se deslizaron con el familiar chasquido de los aros en la barra de latón, y las ventanas quedaron oscurecidas por los gruesos y esculpidos pliegues de terciopelo color burdeos. Cuando Crosby hubo corrido las cortinas de las dos estancias pareció que un profundo silencio descendiera en la sala de estar. El mundo exterior tras una separación densa y total.»
“La jaula”, como Virginia llamó a la casa de Hyde Park Gate, albergaba tres familias, que, a causa del matrimonio de Leslie y Julia, debieron convivir y a la vez mantener cierta independencia. Julia se encargaba de remodelarla según las necesidades que se iban planteando y de ese modo evitaba los gastos de arquitectos. En el lúgubre sótano destinado a los domésticos, reinaba Sophie Farrell,[37] la cocinera, quien junto con los criados pasaba la mayor parte del día en una oscura sala de estar, decorada con un desgastado retrato del matrimonio Pattle. En sus memorias, Virginia recuerda un efímero momento de rebelión:
«“Es como el Infierno”, le dijo [una de las criadas] en forma abrupta a mi madre, mientras nos sentábamos en el comedor para empezar las lecciones. Mi madre asumió de inmediato la dignidad austera de la matrona victoriana y dijo (tal vez): “Sal de la habitación”; y ella (la desafortunada muchacha) se desvaneció detrás de la cortina de felpa roja.»
Lo cierto es que Inglaterra sufría el impacto social causado por la Revolución Industrial, las clases trabajadoras reclamaban mejoras en las condiciones de vida, y estos reclamos se extendían a los criados que vivían hacinados y con ínfimas comodidades. Es poco probable que la pequeña Virginia tuviera conciencia de ello, al menos ese parece ser el caso de Eleanor, en Los años, quien reconoce el problema recién en la adultez cuando, encargada de vender la casa familiar, va al sótano a despedirse de la que había sido la cocinera de la familia durante cuarenta años, y por primera vez percibe lo “oscuro y profundo” del lugar en el que la mujer permanecía la mayor parte de la jornada. Ni el sótano ni las habitaciones del último piso de la casa de Hyde Park Gate esperaban visitas; eran sitios despojados, que no debían ver los extraños:
«Una vez, reventó un caño y un joven de visita —¿Peter Studd?— se ofreció a ayudar y se precipitó escaleras arriba con un balde. Entró en las habitaciones de los sirvientes, y mi madre, noté, parecía un poco “irritada”, quizás un poco avergonzada, de que él hubiera visto lo que seguramente eran esas habitaciones bastante desaliñadas.»
En “Casas de grandes hombres”, Virginia afirmó la importancia del entorno en la vida del escritor y señaló que sus hogares pueden revelar más “de lo que jamás podemos llegar a saber mediante sus biografías”[38] En su caso particular, ella siempre tuvo en cuenta lo arduo que había sido mantener el orden doméstico en la época victoriana, y no es arriesgado decir que con la posesión de su primera cocina moderna y su heladera, sintió una suerte de liberación que en tiempos de su madre había sido impensable. De hecho, aunque “a comienzos del siglo XX” se instalaron algunas luces eléctricas, la mayor parte de las habitaciones del Hyde Park Gate se iluminaban con velas y con faroles. Refiriéndose a la casa de Carlyle —en la que extraían el agua de un pozo en la cocina por medio de una bomba manual—, Virginia describe una residencia victoriana de clase media que podría compararse con la de sus propios padres:
«Esa casa sin agua, alta y vieja, sin luz eléctrica, sin calefacción a gas, repleta de libros, llena de humo de carbón, con grandes camas y con aparadores de caoba, en la que vivieron dos de las personas más inquietas y exigentes de su tiempo, año tras año, durante décadas, era atendida por una sola y desdichada doméstica. Durante todo el período intermedio de la época victoriana, esa casa forzosamente tuvo que ser un campo de batalla en el que todos los días, verano e invierno, ama y criada lucharon contra el polvo y el frío, en busca de la limpieza y el calor. La escalera de madera tallada, ancha y digna, parece tener los peldaños desgastados por los pies de ajetreadas mujeres transportando baldes de agua. Las altas estancias con paneles de madera parecen vibrar con el eco del sonido de la bomba manual y el siseo del fregar. La voz de esta casa, y cada casa tiene su voz, es la voz de sacar agua del pozo, y la de refregar, toser y gemir.»
Después de la Primera Guerra Mundial, cuando el 22 de Hyde Park Gate se puso en venta, los clientes esperaban otro tipo de comodidades, situación que Virginia utilizó en Los años como recurso para marcar el cambio de época. En la novela el encargado de vender la casa “se volvió hacia ella cuando se disponían a bajar la escalera.
”—La verdad es que, en los tiempos que corren, nuestros clientes esperan encontrar más instalaciones higiénicas —dijo el señor Grice deteniéndose ante la puerta de un dormitorio.
”Por qué no dice ‘baños’ y termina de una vez, pensó Eleanor. […] se fijó en sus orejas rojas, que destacaban sobre el alto cuello de la camisa; y en el grueso cuello no demasiado bien lavado en alguna pila de Wandsworth. Eleanor estaba enojada, pues el joven, al inspeccionar la casa, olisqueando y mirando, había puesto en entredicho la pulcritud de su familia”.
En todo caso, la infancia de Virginia Woolf transcurrió en una casa que se adecuaba perfectamente a las costumbres victorianas, donde el comedor ofrecía un fuerte contraste con las dependencias de servicio. Por las mañanas Julia daba allí lecciones a sus hijos, y por las noches, como en Los años, relucían los candelabros y la platería que afanosamente cuidaban las criadas:
«Merece la pena sacarle brillo a la plata, pensó. Los cuchillos y los tenedores destellaban alrededor de la mesa. La estancia entera, con sus sillas de madera labrada, los cuadros al óleo, las dos dagas en la repisa de la chimenea y el hermoso aparador —todos los pesados objetos a los que Crosby quitaba el polvo y sacaba brillo todos los días— lucían más por la noche. Con olor a carne y cortinas de sarga durante el día, por la noche tenía un aspecto luminoso y semitransparente. Y, además, formaban una hermosa familia, pensó Crosby a medida que sus miembros iban entrando, las jóvenes señoritas con sus bonitos vestidos de muselina blanca y azul; los caballeros tan atildados con sus chaquetas de vestir.»
Otro espacio fundamental de la casa era el salón doble, presidido por un retrato de Leslie pintado por Watts; en esa habitación, se recibía a los invitados y Julia ofrecía su té de los domingos. Pero, para Vanessa, “las tardes más felices” las pasaban en una pequeña habitación vidriada que daba al jardín y brindaba un lugar de intimidad para las hermanas. Allí, mientras ella pintaba, Virginia leía en voz alta a los novelistas victorianos. En 1949, ocho años después de la muerte de Virginia, Vanessa confesaría recordando esos momentos: “Todavía puedo escuchar mucho de George Eliot y Thackeray con su voz”.
En el primer piso de la casa estaba la habitación matrimonial. Ese cuarto era el “centro sexual, el centro de nacimiento, el centro de muerte de la casa”. Allí nacieron los hijos y allí murieron Julia y Leslie. En esa planta también había un cuarto que solía ocupar la madre de Julia cuando los visitaba.
En el piso siguiente estaban las habitaciones de George, Gerald y Stella; en el de arriba, la sala y el cuarto en el que los cuatro pequeños hermanos Stephen dormían junto a las institutrices. Leslie tenía su estudio en el piso superior, donde también estaban las habitaciones de los criados.
«Había distintos olores en los diferentes descansos de esa casa alta y oscura. Un descanso olía siempre a sebo de vela, ya que en una gran alacena estaban todas las velas de las habitaciones. En otro medio descanso se encontraba el retrete, con todas las vasijas de agua caliente de bronce ubicadas al lado del lavatorio. En otro medio descanso se encontraba el solitario baño familiar. (Mi padre se bañó toda su vida en una bañera de hojalata amarilla con aletas chatas donde se ponía el jabón).»
Buena parte de la infancia victoriana transcurría en el cuarto de los niños, donde estos pasaban mucho tiempo en compañía de las niñeras —por lo general, chicas jóvenes con escasa preparación y un sueldo bajo— y solo veían a sus padres en horarios establecidos. Aunque, como sucedía con los Stephen, se tratara de padres cariñosos que disfrutaban de la compañía de sus hijos, durante el tiempo que les dedicaban los padres esperaban buena conducta de parte de su prole y respeto ante su indiscutida autoridad. En el caso de los Stephen, cada noche, durante una hora y media, Leslie hacía dibujos o leía en voz alta para entretener a sus hijos. Virginia siempre recordaría los treinta y dos volúmenes de las novelas llamadas Waverley, de sir Walter Scott, material de lectura por muchos años, ya que cuando terminaban el último tomo volvían a empezar por el primero. Después de leer, Leslie les pedía a sus hijos que dieran su opinión, les preguntaba qué personaje les gustaba más, y solía mostrarse indignado cuando alguno “prefería al héroe en vez del villano, mucho más verídico”.
Ese era el país de la infancia, y cuando Virginia llegó, allí la esperaban Vanessa, de dos años y medio, y Thoby, de uno y medio, hasta ese entonces amos y señores del universo infantil. No fue un tránsito fácil; Thoby —escribió Vanessa— era “el hermano que tanto Virginia como yo adorábamos… pero él y yo teníamos una amistad íntima antes de que ella entrara en escena”.
Como los demás hijos del matrimonio de Julia y Leslie, Virginia nació en Hyde Park Gate, en la habitación de sus padres; aunque su madre no la amamantó por mucho tiempo, aun así pronto alcanzó un buen peso: era “notablemente bonita” —la llamaron “Beauty”—, de “cara redonda y rellena,[39] con los párpados y la boca como los de una escultura budista, esculpidos a fondo, pero exquisitamente suaves y lisos”. Aunque le pusieron de primer nombre Adeline, en homenaje a la hermana de Julia recientemente fallecida, para evitar tristes asociaciones con la muerta, la llamaron por su segundo nombre, Virginia, y pronto, como era habitual en la familia, llegaron los apelativos cariñosos de Ginny o Gima.
Si bien no comenzó a hablar hasta los dos años, Virginia tenía suficiente carácter como para hacerse notar; y como los “niños son pequeñas celosas criaturas”, sus hermanos descubrieron que las palabras podían ser un “arma letal para usar contra ella”. Con el nacimiento de sus hermanos menores, Vanessa adoptó el rol de primogénita, y si bien en ocasiones cuidaba de los más pequeños, otras veces, niña al fin, peleaba con ellos. Lo cierto es que Virginia admiró toda su vida ciertos rasgos de su hermana mayor, a quien llegó a idolatrar. Así lo refleja en una anécdota de infancia en la que las hermanas se encuentran jugando bajo la gran mesa del cuarto de los niños. “¿Tienen cola los gatos negros?”, preguntó Vanessa. “No”, contestó Virginia. Y más adelante agrega: “Me sentía muy orgullosa porque Nessa me había hecho una pregunta”.
Como ocurre muchas veces con las hermanas mayores, Vanessa era responsable y estaba al corriente de las necesidades de los demás. Se había autoimpuesto, actitud que era de esperar en las mujeres de la época, “ayudar, hacer algo… y no manifestar tímidos deseos, irrelevantes y probablemente caros”. En sus escritos, Virginia recuerda con ternura los esfuerzos de Nessa por ser “lo que la gente llama una persona práctica, a pesar de su gran talento para perder paraguas y olvidar recados que revelaba una naturaleza que a veces se complacía en reírse de esas pretensiones”. En la familia todos admiraban la honestidad mental de Vanessa, creían que poseía un sentido común que hacía que “quizá no lo viera todo, pero nunca veía lo que no estaba allí”. Como consideraban que estaba aferrada con demasiado empeño a la verdad, sus hermanos comenzaron a apodarla “Santa”, cosa que la enojaba muchísimo, y según sus palabras, la “[reducía] a las desdichas del sarcasmo” —ya que viniendo de una familia agnóstica, el apodo connotaba la acusación de rigidez y estrechez mental—. De todos modos, siempre primaba la admiración, y para Virginia, el mejor testimonio de la apariencia de Vanessa “es una fotografía y, en este caso, la cara también revela gran parte de su carácter”. “Ves la expresión suave, soñadora y casi melancólica de los ojos —escribió más tarde—; y no sería extraño descubrir en ellos también una especie de indagación y rechazo, como si ya entonces, considerara la cosa que estuviera mirando, y no siempre encontrase en ella lo que necesitaba”.
Pero la admiración o el deseo de que sus hermanos la tuvieran en cuenta no impedía que Virginia, como registró Leslie, se mostrara belicosa: “Miss Virginia, de dos años y medio, araña a su hermano, de cuatro años. Insisto, y al fin consigo una disculpa o un beso. Se muestra muy pensativa durante un rato y luego me pregunta: ‘¿Para qué tenemos uñas, papá?’”.
Lo cierto es que cuando Virginia creció, ella y Vanessa comenzaron a rivalizar por la compañía de Thoby, ya que Adrian, tímido y retraído, no significaba mucha competencia para él. La escena recrea un cuadro victoriano: la belleza y la generosidad de Vanessa se proyectan hacia el hermano varón, que a pesar de su carácter autoritario tiene rasgos encantadores. A su vez, cuando Virginia entra en escena, se dedica con fervor a conquistar a sus hermanos mayores. Todos ellos intentarán perfilar sus respectivas personalidades en un juego constante con los demás, cada uno explotará al máximo sus atributos y se pondrá otra vez en escena el tema de la belleza. En ese sentido, y dada su vocación plástica, Vanessa percibe, además de la inteligencia y el genio de su hermana menor, su belleza, que le recordaba siempre “un guisante de un particular color ígneo”.
Al tiempo que se adoraban, los hermanos competían y llegaban a sacarse de quicio mutuamente. No debe de haber sido muy difícil para Vanessa y Thoby lograr que el rostro de Virginia se pusiera “púrpura de rabia” hasta adquirir “el más vivo rojo flameante”. Pero estos cambios de humor, recordaría Vanessa, podían ser abrumadores:
«Ella tenía la facultad de crear repentinamente una atmósfera de tormentosa tristeza. Creo que siempre la tuvo —quizás era una característica de los Stephen— pero yo no era consciente de eso hasta que ella las producía. De repente, el cielo se nublaba, y yo me desesperaba. Eso podía durar eternamente, al menos para una niña; y luego se iba.»
Si bien ninguno de los pequeños Stephen fue bautizado, tenían “una especie de padrinos”, pero solamente el de Virginia, James Russell Lowell, a quien Leslie había conocido en los Estados Unidos y que había sido embajador en la corte, parecía tomar su rol con seriedad. Le obsequiaba más dinero que a sus hermanos, e incluso “un pájaro de verdad, en una jaula” lo que provocaba sus celos.[40] Cuando Virginia nació, Lowell le regaló un posset dish[41] y le escribió un poema. Admirador declarado de Julia, Lowell fue destinatario de la primera carta de Virginia que se conserva.[42]
A pesar de la competencia o de los celos que pudieran existir entre las hermanas, Vanessa no dejaba de responder al llamado de Virginia cuando la asaltaban terrores nocturnos. En las noches de invierno, Virginia solía entrar “con gran ansiedad” en el cuarto de los niños, para comprobar cómo se extinguía el fuego de la chimenea. Le daba miedo que siguiera ardiendo mientras dormían, sentía temor ante “aquella llamita en las paredes” y para sentirse acompañada, aun cuando estuviera dormida, le preguntaba a su hermana: “¿Qué has dicho, Nessa?”.
La relación presentaba facetas menos armoniosas cuando Leslie incentivaba la rivalidad entre sus hijos, a los que escribía: “Quiero que su madre me diga con toda franqueza y honestamente cuál es su favorito… ¿Acaso no le encanta Ginia? Por supuesto que todo el mundo tiene que amar a Nessa y que To [Thoby] tiene bastantes admiradores.
De todas maneras, en el vínculo de Vanessa y Virginia siempre primó un fuerte lazo afectivo: desde pequeñas definieron sus dones y sus afectos, y con ello lograron superar la competencia y los celos. Cuando no lo hicieron así, cuando rivalizaron, debieron asumir el dolor y las cicatrices indelebles en una relación que siempre reposó sobre una base de cariño.
Una anécdota de la infancia ilustra la imperiosa necesidad que experimentaban, tanto Vanessa como Virginia, de buscar cada una su propia y diferenciada identidad:
Vanessa tenía nueve años cuando, en forma sorpresiva, mientras estaban en el baño, Virginia le preguntó a cuál de sus padres quería más. Consternada por la crudeza de la pregunta, pero con su habitual sinceridad, Vanessa contestó que prefería a su madre. Acto seguido, Virginia explicó que prefería a su padre, y en esa suerte de reparto más o menos equitativo, pareció que ambas dieron por zanjada la cuestión, es decir, repartieron sus territorios y, como hacen los países, delimitaron sus fronteras. Aunque a Vanessa le pareció que la preferencia de Virginia no era tan segura como la de ella, entendió que “parecía comenzar una época de conversaciones más libres entre nosotras. Si uno podía criticar a uno de sus padres, qué o a quién no podía criticar”.
Por su parte, Leslie correspondía y alentaba el afecto de su pequeña hija. Cuando Virginia tenía tan solo dos años, le comentó a Julia:
«La pequeña Ginia es ya una consumada coqueta. Cuando hoy he dicho que me iba a trabajar, se ha recostado a mi lado en el sofá, se ha apretado fuertemente contra mí, y después, mirándome con sus ojos luminosos a través de los cabellos, me ha dicho: “¡No te vayas papá!”. Me miraba con un aire lleno de malicia. Nunca vi semejante pequeña bribona.»
En cuanto a la educación que recibieron, si bien los pequeños tuvieron institutrices extranjeras, sus aportes fueron casi nulos: ellas aprendieron inglés de los niños, pero no dejaron en ellos conocimientos de sus respectivas lenguas. Con limitada paciencia, y no pocos errores, Julia se esmeró en enseñarles francés, historia y latín a sus hijos, mientras que Leslie lo intentaba sin mejores resultados con las matemáticas.[43] El resultado fue que Virginia lamentó muchas veces la falta de educación formal y vivió esa carencia con resentimiento, pero también como una debilidad que se esmeró en superar. De todas maneras, es evidente que a pesar de esa falta, o tal vez gracias a ella, pudo desarrollar su obra creativa de manera rica y personal.
Cabe señalar que la primera ley nacional inglesa de educación es del año 1870, y que la educación pública masiva no se hizo efectiva hasta alrededor de 1899, cuando adquirió rango ministerial. En tanto la educación superior estaba reservada mayoritariamente a los varones de clase alta, y aunque desde 1848 existían el Queen’s College — colegio al que asistió la escritora Katherine Mansfield— y el Ladies College, los padres de Virginia no consideraron necesario enviarla a ninguna institución educativa. Esta decisión tenía que ver más con pautas culturales que con consideraciones de falta de mérito, ya que Leslie reconocía la inteligencia de su hija: “Ayer estuve hablando de Jorge II con Gima. Lo asimila todo y, con el tiempo, será escritora”.
En aquella época, lo que la sociedad victoriana esperaba de una niña de su clase era que tuviera buenos modales, un comportamiento adecuado en la sociedad, que recibiera nociones de danza y de música y no mucho más. Virginia recuerda: “Tanto Vanessa como yo éramos marimachos, como se decía entonces; es decir, jugábamos al cricket, nos subíamos a las rocas, trepábamos a los árboles, y se decía que no mostrábamos interés por los vestidos, etcétera”. Además, las hermanas compartían una pasión que incluso continuaron de adultas: la caza de falenas y de mariposas. Para compensar esas tendencias y encauzarlas hacia el modelo burgués de niña victoriana, ambas recibieron lecciones de danza de una profesora vestida de satén negro, con un ojo de vidrio, que “graznaba como un cuervo, y hacía que todas las pequeñas saltaran arriba y abajo como enajenadas”, de quien se escondían en el cuarto de baño en cuanto podían. También tomaban lecciones de piano que les resultaban aborrecibles. Cierto día, las lecciones de canto derivaron en una escena incómoda. La profesora de canto y solfeo era una mujer muy religiosa, y se quedó de una pieza cuando no supieron contestarle qué significaba el Viernes Santo y Virginia comenzó a reírse; hasta que finalmente “se retiró, apresuradamente chillando de risa”. Los hijos habían heredado el agnosticismo de sus padres, y en el caso de Virginia, su convicción se convirtió en una suerte de militancia.[44]
Lejos de cualquier creencia religiosa, tanto Vanessa como Virginia respondieron desde pequeñas a otro tipo de llamado, y eligieron actividades y áreas de acción diferentes. Mientras Vanessa disfrutaba de sus clases de dibujo y se esmeraba haciendo los ejercicios que Ruskin estableció en su obra Los elementos del dibujo, Virginia declaraba que sería escritora. Sin embargo, los mandatos relacionados con lo que se esperaba de las mujeres y con el pudor, mantenían ocultos estos deseos. Cierta vez Virginia oyó que Vanessa decía, mientras dibujaba con tiza blanca sobre una puerta: “Cuando sea una famosa pintora…”, pero de inmediato la invadió la timidez y borró el dibujo. En otra oportunidad, después de ganar un premio en la escuela de arte, le comunicó entrecortadamente a Virginia: “Me han dado una cosa… No sé por qué”. “¿Qué cosa?”. “Bueno, dicen que la he ganado… el libro… el premio, ya sabes”.
Virginia supo, desde pequeña, lo que significaba el juicio de los otros, pues a los nueve años fundó con Thoby un periódico semanal llamado Hyde Park Gate News. Vanessa era la editora, y la mayoría de los ejemplares estaban escritos con su caligrafía. A veces, el periódico incluía ilustraciones y como la mayoría de las notas no estaban firmadas, no siempre es fácil reconocer su autoría.[45] Como Thoby estaba casi todo el tiempo en la Preparatoria Evelyns, Virginia terminó haciéndose cargo del periódico. Vanessa recordaba que solía dejarlo estratégicamente en la mesa, al lado del sofá de su madre, cuando sus padres cenaban; los niños aguardaban expectantes sus comentarios; y mientras Julia lo leía, Virginia “temblaba de excitación”. Finalmente, después de decir “bastante ingenioso, creo […] dejaba el periódico sin aparente excitación. Pero eso era suficiente para hacer estremecer a su hija; ella había sido aprobada y habían dicho que era inteligente”; esas palabras transportaban en un rapto de felicidad a la pequeña autora.
HYDE PARK GATE NEWS O EL PRIMER ENSAYO DE ESCRITURA
El primer número del Hyde Park Gate News que se conserva es el noveno, fechado el 6 de abril de 1891, en tanto el último es del 8 de abril de 1895. Son muchas las lecturas que pueden hacerse de ese periódico familiar, que sirve tanto como documento de la vida de una familia victoriana de clase media alta, como para rastrear los inicios de Virginia Woolf escritora. Inspirado en las revistas que leían los niños de la época —entre las que destacaba Tit Bits—, [46] el periódico de los Stephen incluye adivinanzas, bromas, una imaginaria correspondencia de lectores, y las actividades diarias de la familia, tanto en Londres como en la casa de la playa. A través de sus páginas podemos imaginar de qué manera transcurrían los días de la familia Stephen e incluso entrever la personalidad de sus miembros. El tono es satírico, y los autores se valen de la parodia y del humor, ya que su objetivo es divertir a los lectores y lograr su aprobación. Tal vez por eso, aunque se deja constancia de las enfermedades leves, el periódico familiar se puede leer como una crónica de “antes de las tragedias”, en la que se pone especial cuidado en no tocar temas preocupantes o tristes. Por ejemplo, si bien se dice que la madre de Julia está enferma, no se hace referencia a su muerte, en el número fechado dos días después.[47]
En su periódico, Virginia se permite ser irónica y mordaz y no evita criticar a las visitas aburridas o poco interesantes. Queda claro cuáles son sus afectos y necesidades. Desea complacer a sus padres, pero no se priva de parodiar la nostalgia de los mayores por la inocencia perdida: “Debe de ser muy duro para una Madre ver crecer a sus hijos cada vez más, y así dejar atrás el dulce mundo de la niñez, para entrar en el gran mundo de la vida adulta”.
En el Hyde Park Gate News, la aparente objetividad del cronista, que se sirve de un lenguaje pretencioso y elaborado, siempre apunta a lograr la sonrisa del lector. Lo que se busca recrear es una atmósfera alegre y sugestiva; y son los noviazgos y lo que se denomina “mercado del matrimonio”, temas propicios para la humorada. Refiriéndose a la visita de dos jóvenes casaderas, el cronista dice: “Pero estamos bastante seguros de que Miss Stella Duckworth saldrá airosa, y se llevará un buen botín del ‘mercado del matrimonio’”.
Las cartas de amor entre supuestos pretendientes y la correspondencia entre padres e hijos reciben un trato similar. Pero además de estas notas de ingenio, Virginia comienza a escribir historias que continúan de un número a otro, a la manera del folletín, como la de un granjero cockney[48] o la historia de un paterfamilias.
Con el tiempo, y en los números finales correspondientes a 1895, se nota un cambio de estilo y es evidente la mayor pericia de la redactora, que se ocupa, por ejemplo, de seguir las alternativas de la posible compra de la casa que había pertenecido a Carlyle, y así rescatarla “de las garras del tiempo”. Otra de las historias publicadas en el Hyde Park Gate News permite inferir que el espíritu del periódico familiar estaba lejos de alentar el feminismo. Su protagonista comienza pensando que “los hombres eran brutos y lo único que las mujeres podían hacer era luchar contra ellos”, pero opta finalmente por el matrimonio. La preocupación de Virginia Woolf acerca del destino de las mujeres y de cómo debían entenderse las relaciones entre ambos sexos surge en parte de los condicionamientos de la época. La niñez y la adolescencia de los pequeños Stephen coincidieron con el final de una era en la cual los destinos de hombres y de mujeres diferían por completo. Que ellas tuvieran que optar entre seguir los modelos establecidos o desobedecerlos implicaba un alto costo personal y social que podía tener consecuencias incluso en la relación entre hermanos. No bien ingresaban en el colegio y salían de la esfera hogareña, los varones tomaban caminos que a las mujeres les estaban vedados.
Es lo que sucedió en 1891, cuando Thoby comenzó a asistir a la Preparatoria Evelyns, paso intermedio para ingresar en Eton. Sus calificaciones eran oscilantes, pero se esperaba mucho de él y la familia vivía sus logros como acontecimientos relevantes que generaban la expectativa y la ansiedad paternas y a veces desencadenaban conflictos matrimoniales. Al menos, eso es lo que se deduce de la lectura del Hyde Park Gate News del 19 de diciembre de 1892, donde se dice que, mirando a su marido como si “hubiera estado discutiendo con él”, Julia lucía triunfante tras enterarse de que Thoby regresaba premiado a casa.
Sociable y admirado por sus compañeros,[49] pero a la vez introvertido y melancólico, Thoby tenía un lado oscuro que quizá sus hermanas ignoraban, pero que preocupaba a Leslie; en sus memorias, este recuerda la vez en que su hijo “permitió que un juguetón compañero de colegio le clavara un cuchillo en la arteria femoral, y cuando retomó el sonambulismo de manera alarmante tras un ataque de gripe”. Como no aprobó el examen de ingreso a Eton, Thoby fue enviado al Clifton College, cerca de Bristol, en 1894. En la nueva institución “comenzó a mostrar aptitudes para el latín y las matemáticas, y durante tres años consecutivos ganó becas otorgadas por la escuela”.
Pero Thoby también era temperamental y, cierta vez, después de padecer una gripe muy fuerte y tras un estado de delirio, se estrelló contra una ventana. Lo cierto es que Virginia no escribió sobre esos episodios en sus memorias; tampoco se refirió a ellos en sus diarios o cartas. Cabe la posibilidad de que, siendo pequeña, no estuviera al tanto de lo ocurrido, y además, ese mismo año 1894, Leslie escribió que tanto Vanessa como Virginia no pasaban por un buen momento y “estaban seriamente deprimidas”.
Para Virginia, Thoby era una figura dominante que imponía su voluntad a los hermanos, y no podía recordarlo luciendo un aire infantil; era “un muchachito torpe y muy gordo, que apenas cabía en su chaqueta de Norfolk […] incluso a los adultos les resultaba más bien imponente”. Finalmente, Thoby se transformó en fuente de inspiración de los idealizados muchachos de Al faro, El cuarto de Jacob y Las olas, novela en la que Virginia supo recrear, en el personaje de Percival, su conmovedor y melancólico retrato.
A diferencia de su hermano mayor, Adrian, el menor de los Stephen y benjamín de la familia, preferido y mimado por Julia, que lo llamaba su “alegría”, nunca supo ganarse la admiración de sus hermanas. Es probable que los celos de infancia influyeran en la relación de Virginia con su hermano menor, que incluso, a diferencia de ella —que había sido destetada cerca de la décima semana de vida porque Julia estaba agotada tras una crisis de Laura—,fue amamantado durante al menos seis meses.
A los nueve años, y tal vez porque no lo invitaron a formar parte del Hyde Park Gate News, Adrian tuvo la peregrina idea de escribir su propio periódico, pero no cumplió con la fecha que había establecido para su lanzamiento, cuestión que quedó registrada en el periódico familiar. Uno de sus hermanos mayores —quizá Virginia— señaló: “Lamentamos que no fuera el feliz poseedor del espíritu de la puntualidad, que podría ser considerado la piedra angular de un periódico, como también el comienzo de la vida de un hombre de negocios”. El artículo continuaba diciendo, en tono condescendiente, que Leslie había dado a entender a Adrian que debía sumarse al “respetable periódico” existente, antes que iniciar uno nuevo, y que si bien Hyde Park Gate News no buscaba nuevos escritores, deseaba, en cambio, darle aquella oportunidad en su joven vida de aspirante literario.
Sus hermanos trataban a Adrian como a un bebé, lo llamaban “enano”, lo mandoneaban y excluían de sus juegos. Además, solían compararlo con el favorecido Thoby. Tampoco la relación con su padre era la mejor. En 1894, Adrian fue enviado a la Preparatoria Evelyns, de ahí pasó como alumno de día al Westminster School; y debido a que sus “progresos escolares eran insatisfactorios”, Leslie decidió ponerlo como pupilo.
Con sus dos hermanos en el colegio, Vanessa y Virginia se relacionaron todavía más estrechamente, y a través de los juegos de la niñez, o dibujando y escribiendo un inocente periódico familiar, comenzaron a forjarse en sus respectivas vocaciones. Lo hicieron subrepticiamente, intentando profundizar, cada una en el campo que le interesaba, a partir de las clases superficiales que recibían. Sin duda, hay un rasgo de seriedad y determinación en esas niñas, que a simple vista concuerda con el prototipo de la jovencita victoriana. A las mujeres de su clase se las educaba para el matrimonio, pero Vanessa y Virginia respondían, no obstante, al secreto llamado de sus sueños. El deseo de ser escritora y la conciencia de lo deficiente de su formación escolar hicieron que Virginia no fuera solo una niña alegre y juguetona, sino que se distinguiera como fina observadora; sus preguntas demostraban que su intelecto y su sensibilidad estaban lejos de quedarse en la superficie de las cosas. Ya que el mundo de las apariencias nunca le interesó y siempre prefirió centrarse en su propia percepción de la realidad, desde pequeña comprendió que para ser el tipo de escritora que deseaba, debía capturar en palabras las sensaciones y las visiones que el mundo le ofrecía.
Como surge de sus diarios, es evidente que su búsqueda encontraba paralelo en la de su hermana, y que ambas se apoyaban mutuamente. A los quince años, Virginia escribió: “Nessa sostiene que nuestros destinos residen dentro de nosotros mismos”.
La casa de la playa
Un año antes del nacimiento de Virginia, durante una de sus caminatas, Leslie descubrió y alquiló en St. Ives — ciudad costera de Cornwall, al sudoeste del país—, “en la mismísima uña del dedo gordo del pie” de Inglaterra, una casa llamada Talland House. Ese sería, desde 1882 hasta 1894, el idílico paisaje de las vacaciones familiares. Pero en el imaginario de Virginia Woolf, St. Ives y Talland House son mucho más que eso, ya que cuando menciona “el más importante” de todos sus recuerdos de infancia, se refiere a una escena primordial originada en las sensaciones que experimentó durante sus vacaciones allí:
«Si la vida tiene un fundamento sobre el que se apoya, si es un tazón que llenamos, llenamos y llenamos, entonces mi tazón, sin la menor duda, se apoya en este recuerdo. Es el recuerdo de yacer medio dormida, medio despierta, en la cama del cuarto de niños en St. Ives. Es el recuerdo de oír las olas rompiendo, una, dos, una, dos, y llenando la playa con salpicaduras de agua; y luego volviendo a romper, una, dos, una, dos, detrás de una persiana amarilla. Es el recuerdo de oír la persiana arrastrando por el suelo la pequeña bolita de madera del cordón cuando el viento la empujaba hacia afuera. Es el recuerdo de yacer y oír las salpicaduras de agua y ver esa luz, y sentir, es casi imposible que yo esté aquí; de experimentar el más puro éxtasis que me es posible concebir.»
Una gran expectativa se generaba en vísperas del viaje desde Londres hasta la playa. Así que la desgraciada noticia de que “la instructora de los Stephen en el arte de la música” concurriría dos veces por semana —como dice el Hyde Park Gate News del 6 de mayo de 1892 — era irrelevante pues ese año viajarían antes de lo usual, lo que constituía “una perspectiva celestial para las mentes de los jóvenes que adoran St. Ives y se deleitan con sus numerosos placeres”.64
A fines del siglo XIX no era sencillo recorrer los quinientos kilómetros que separan Londres de St. Ives, y los Stephen encaraban el trayecto como si se tratara de una especie de aventura o “éxodo familiar”:
«El señor y la señora Stephen, las muchachas, Adrian (Thoby tal vez venga más tarde de la escuela), Stella y quizá sus hermanos, Sophy, la cocinera, Ellen, la mucama, una institutriz suiza y todo su equipaje en no menos de dos coches, sin duda; los niños, llenos de entusiasmo, mientras iban a la estación de Paddington, a tomar, digamos, el tren de las 10.15 (el de las 9 era insoportablemente malo, porque paraba en todas las pequeñas estaciones imaginables). Y luego el largo viaje, que empezaba con gran animación, mientras el Cornish Express recorría a toda velocidad la distancia entre Paddington y Bristol, y llegaba a Temple Meads a las 12.45; aquí podían comprar una canasta con la merienda del almuerzo, a menos, por supuesto, que ya tuvieran sus propios sándwiches. Seguía el viaje, largo, caluroso, húmedo y cada vez con más peleas, hacían sus necesidades en escupideras, y los periódicos, los libros y l a Strand Magazine se arrugaban y se dejaban en los asientos en una interminable tarde calurosa. Cerca de las cuatro, el tren entraba en Plymouth, y de ahí en adelante el viaje se volvía pausado y lento. Iban vía Turo, y llegaban a St. Erth a las siete menos cuarto. Y entonces a los pasajeros solo les quedaban seis minutos para salir y acomodar sus pertenencias en el pequeño tren del ramal secundario hasta St. Ives. A esas alturas, sin embargo, el entusiasmo ya empezaba a reemplazar al cansancio; los niños habían visto el océano en Hayle, y a partir de allí el tren viajaba por la costa, bordeando la bahía de Carbis, hasta que llegaba al final de su recorrido en St. Ives, poco después de la siete.»
El viaje oficiaba como ritual de pasaje entre los meses transcurridos en Londres —“la sensación de yacer dentro de una uva y de ver a través de una película amarilla semitransparente”— y el pleno contacto con la naturaleza en St. Ives. Como si pintara un cuadro, Virginia recuerda el amarillo pálido de las persianas, el verde del mar y el plateado de las pasionarias:“Todo sería grande y difuso; y todo aquello que se viera, se oiría al mismo tiempo; los sonidos llegarían a través de ese pétalo o de esa hoja… y serían sonidos que no se podrían distinguir de la imagen”.
La realidad era sinestésica, ya que “la naturaleza del aire sobre Talland House parecía suspender el sonido, para dejarlo caer muy despacio, como si estuviera atrapado en un velo azul gomoso”.
A través de esas experiencias percibidas en una edad temprana, Virginia experimentó la sensualidad que, a manera de rapto, le provocaba la vinculación entre los diferentes sentidos. Percibió lo visual en conjunción con lo sonoro, y como escritora se dedicó a transmutar esas sensaciones en palabras; es así como el mar, la playa y los niños que disfrutan de esos paisajes viven plenamente en sus novelas Al faro, El cuarto de Jacob y Las olas.
En 1939, dos años antes de su muerte, Virginia continuaba rememorando con claridad la fuerza de esas primeras impresiones que la transportaban en su infancia:
«Aún me hace sentir la calidez, como si todo fuera maduro, zumbante, soleado; oliendo a muchos aromas al mismo tiempo, y formando una totalidad que hasta hoy me obliga a detenerme… tal como me detuve entonces cuando iba a la playa; me detuve en lo alto para mirar hacia abajo, hacia los huertos. Estaban hundidos bajo el camino. Las manzanas se encontraban a la altura de mi cabeza. De los huertos brotaba el murmullo de las abejas; las manzanas eran rojas y doradas; también había flores en tonos rosados, y hojas grises y plateadas. El zumbido, el arrullo de las palomas, el olor, todo parecía apretarse en forma voluptuosa contra una membrana, pero no para romperla, sino para susurrar a nuestro alrededor, hasta transportarnos en un rapto, tan absoluto, que me detuve, olí, miré.»
Y como el místico que cree que no puede transmitir la magnitud de su experiencia, concluye: “Pero, una vez más, no puedo describir aquel rapto. Fue rapto antes que éxtasis”.
Talland House era una casa de mediados del siglo XIX que inauguró una costumbre que Vanessa y Virginia conservaron toda la vida. Enamoradas de sus recuerdos y de la naturaleza, ambas buscaron siempre refugios fuera de la ciudad. Pero Talland House quedó asociada a la idea de la felicidad, motivo más que suficiente para que Virginia llamara Little Talland House a la primera propiedad que alquiló en Sussex.
Al recordar las vacaciones de su infancia, Virginia elidió toda idea de estatismo, evitó presentar el recuerdo como una imagen fija; sentía que de una u otra manera debía “incorporar también a este recuerdo la sensación de movimiento y cambio”, ya que en la infancia “nada se mantenía estable durante mucho tiempo”.
El lugar fue tan fecundo y sus vivencias allí tan intensas que durante el resto de su vida, cuando evocaba St. Ives, tenía la sensación de estar allí nuevamente. Pero también era consciente de las mil cosas que olvidaba. Una vez leyó una autobiografía en la que la autora decía que había visto a Virginia y a Vanessa “corriendo desnudas por la playa. O siendo remolcadas hacia el mar [entre las piernas de Leslie]”; pero no recordaba nada de eso.
A pesar de los olvidos, conservaba la posibilidad de regresar a su infancia y a St. Ives cuando lo deseaba, y de representar sus recuerdos a la manera de escenas. Incluso le parecía que lograba una especie de visión más real que la de su presente, y se preguntaba:
«¿No será posible —a menudo me lo pregunto— que todas las cosas que hemos sentido con gran intensidad lleguen a tener vida propia, fuera de nuestra mente? ¿Que de hecho aún existen? […] Lo veo —el pasado— como una gran avenida que se prolonga hacia atrás; una larga serie de escenas, emociones. Y allá, al final de la avenida, todavía están el huerto y el cuarto de los niños.»
Como si esa avenida se abriera a varios cuartos posibles, recorría y penetraba cada recoveco hasta agotar la experiencia, buscando allí las intensidades, sensaciones y visiones que quería conservar, para volcarlas luego en cada una de sus novelas. En “Apuntes del pasado”, Virginia, admiradora de Proust, se cuestiona por qué algunos hechos se recuerdan y otros no, y agrega que las cosas que no se recuerdan pueden ser tanto o más importantes que las otras.
«Cuando era niña —escribe—, mis días transcurrían, al igual que ahora, entre algodones, en este no-ser. En St. Ives pasaban las semanas, una tras otra, sin que nada hiciera mella en mí. Hasta que, sin motivo aparente, hubo una conmoción repentina y violenta; algo ocurrió con tanta violencia que lo he recordado toda mi vida.»
A continuación, describe tres ejemplos de esas irrupciones. En el primero recuerda una pelea con Thoby. Ella levantó el puño para pegarle a su hermano, pero interrumpió el movimiento mientras se preguntaba: “¿Por qué causar daño a otra persona”. Y recuerda: “Bajé la mano de inmediato, me quedé quieta y dejé que me golpeara. Recuerdo la sensación. Era una sensación desoladora”.
La segunda irrupción también ocurrió en el jardín de St. Ives. Virginia miraba unas flores delante de la puerta de entrada. De repente le pareció “con toda claridad que la flor era parte de la tierra; que un círculo rodeaba lo que era la flor, y eso era la flor real: parte tierra, parte flor”. Y decidió que no debía olvidar “ese pensamiento porque seguramente [le] iba a ser muy útil más adelante”[50] El momento indicado para utilizar esa visión-sensación coincidió con la escritura de sus novelas. Es así como mientras escribía Las olas, su convicción era que debía escribir como si fuera un niño, sobre “la infancia”, aunque no precisamente sobre su infancia.
El tercer ejemplo de lo que Virginia llamó violentas impresiones sucedió cuando oyó comentar a uno de sus padres, en la cocina de St. Ives, que un conocido de la familia se había suicidado. En un “trance de horror, sentí que me arrastraban, sin poder evitarlo, al fondo de un pozo de absoluta desesperanza del que no podía escapar”.
Analizando los ejemplos, Virginia descubrió que en dos de ellos la desesperación se convirtió en impotencia. “Pero en el caso de la flor —dice—, encontré un motivo, y así pude enfrentarme con la sensación”. La capacidad de explicar las sensaciones era su manera de canalizarlas en forma positiva, y esa explicación “amortigua[ba] la fuerza del golpe del mazo”.
Con los años y gracias a su genio, Virginia logró sublimar, a través de la escritura, la fuerza de esas y otras impresiones. Y cuando ya había escrito la mayor parte de su obra, señaló: “A pesar de que tengo la particularidad de recibir estos golpes bruscos, ahora son siempre bienvenidos; después de la primera sorpresa, siempre siento al instante que son especialmente valiosos”; el golpe siempre va seguido de la necesidad de explicarlo. “Es mi capacidad de recibir golpes lo que me hace escritora”, supone Virginia.
Mientras que cuando era niña tenía la sensación de que un enemigo oculto propinaba esos golpes “detrás del confort de la vida cotidiana”, como escritora consagrada, considera que esos momentos se transforman en revelaciones y en “la demostración de la existencia de algo real que se encuentra detrás de las apariencias”. Una vez expresadas en palabras, esas visiones adquieren “el carácter de algo íntegro”, y así pierden la capacidad de causar daño.
Lejos de una remembranza edulcorada de la infancia, Virginia expone, tanto en sus novelas como en sus escritos autobiográficos, cuánta fragilidad tiene la niñez, cuánta impotencia, cuánta incapacidad de procesar y de comunicarse. El recuerdo de la suya se actualiza en el diálogo que sostienen dos mujeres adultas en Los años:
«—Qué vida tan espantosa llevan los niños, ¿verdad, Rose? —dijo Martin haciéndole un gesto con la mano mientras cruzaba la sala.
—Sí —respondió Rose—. Y no pueden contárselo a nadie —añadió.»
A pesar de la violencia de algunas impresiones y de los sinsabores de la infancia, Virginia consideró que la suya había sido feliz. Sobre todo en lo referente a St. Ives, un enclave todavía agreste y que conservaba su singularidad, ya que la línea de trenes que llegaba a St. Erth se había inaugurado recién en 1870, y la ciudad no pasaba de ser un poblado de pescadores, ventosa, ruidosa, sin ninguna arquitectura ni arreglo particular, salvo una iglesia de granito, el Malakoff —monumento construido después de la Guerra de Crimea— y la visión del faro de Godvrey, erigido en 1859. Durante el verano, una banda tocaba música mientras se realizaba la acostumbrada regata. Además había competencias de natación y cada cinco años se solía bailar alrededor del Knills Monument, uno de los lugares favoritos de Julia, y la pareja que danzaba por más tiempo ganaba un simbólico shilling o chelín. Los encantos pueblerinos y la facilidad de acceso que significó el arribo del tren concitaron la llegada de pintores que, como Whistler y su ayudante Walter Sickert, encontraban inspiradores sus parajes. Este último le contó a Vanessa, muchos años después, cuánto le impresionaba divisar las siluetas de Julia y Leslie cuando paseaban por los alrededores.
Pero la llegada de los pintores y la apertura de la primera galería artística, en 1887, contribuyeron al cambio de la fisonomía del lugar; en 1893, cuando comenzó a construirse un hotel que tapaba la vista de la bahía, los Stephen pensaron en abandonar lo que consideraban hasta ese momento su paraíso. Tampoco se sentían muy a gusto ante la invasión de los pintores, cuestión que Julia, la madre de Virginia, puso en evidencia con cierta mofa en “The Wandering Pigs” (Los chanchitos vagabundos), uno de los cuentos que escribió para niños. Los protagonistas del relato son tres chanchitos que viven en los acantilados. Uno de ellos, Curly, ve un “mono pintando”:
«Curly, que nunca fue tímido, subió a ver qué sucedía. Se sorprendió bastante cuando vio, sobre el pedacito de tabla delante del mono, los botes de velas marrones y el cielo azul avanzando a toda velocidad hacia el pequeño puerto.
—Válgame Dios, es usted muy listo — exclamó Curly.
—Y usted es muy educado —respondió el mono, echando una mirada alrededor—. ¿Es usted crítico de arte?»
Para los hermanos Stephen las vacaciones fueron sinónimo de libertad, de largas caminatas, de cricket —sus hermanos llamaban a Virginia el “demonio lanzador”— también navegaban, nadaban, sacaban fotos, recolectaban plantas. La casa era grande, lo suficiente como para albergar a la numerosa familia, los criados y los huéspedes, aunque algunos, como el escritor Henry James, se alojaban en un hotel cercano. El jardín era el lugar propicio para el encuentro de adultos y niños, pero es probable que no existiera demasiada privacidad. Así lo refleja Virginia Woolf en Al faro, en el momento en que Lily Briscoe se sobresalta, sintiéndose observada mientras pinta “a Mrs. Ramsay, sentada en la ventana con James”.
Pero el jardín, como piensa Louis en Las olas mientras los demás desayunan, es también el lugar para quedarse al fin solo y dejarse invadir por las sensaciones:
«Es muy temprano, antes de las clases. Flor tras flor puntean la profundidad verde. Los pétalos son arlequines. Los tallos surgen de los negros hoyos. Las flores nadan como peces de luz en la superficie de las oscuras aguas verdes. Sostengo un tallo en la mano. Soy el tallo. Mis raíces descienden hasta las profundidades del mundo, a través de tierras secas, de roca, a través de húmedas tierras, de vetas de plomo y de plata. Soy todo fibra. Todos los temblores me estremecen, y el peso de la tierra oprime mis costillares. Aquí, mis ojos son hojas verdes que no ven [las olas].»
Tal comunión con la naturaleza inspira reverencia, un sentimiento místico; pero para los niños Stephen la vida silvestre también estaba asociada con la diversión. Cada verano, todos en St. Ives anhelaban que aparecieran los bancos de sardinas. Un vigía con telescopio vigilaba el mar a la espera de su aparición, pero para Virginia y sus hermanos ese momento nunca llegaba[51] y debieron esperar hasta 1905, tras la muerte de Leslie, para oír el cuerno del vigía, presenciar la agitación de las barcas saliendo tras los millares de sardinas y experimentar el suspenso que precedió el momento en que lograron atraparlas.
Otro de los posibles placeres era realizar una excursión en bote al faro. Un sábado por la mañana, el clima se presentaba perfecto, y Leslie invitó a Thoby y a Virginia a navegar hasta allí, pero, como ella anotó en su diario, “Adrian Stephen estaba muy decepcionado porque no lo dejaron ir”.
La frustración de Adrian reaparece en la del pequeño protagonista de Al faro, quien no logra, hasta la adolescencia, participar de la ansiada excursión. Según escribió Virginia en su diario, ese no fue el caso de Adrian, que consiguió ir a navegar y pasarlo muy bien, pero en la novela, la frustración del niño es uno de los momentos más patéticos y remite a la idea de que no todo es placer en la infancia y la primera juventud. En el libro, años después de la excursión frustrada, dominándolos “de nuevo con su malhumor y su autoridad”, Mr. Ramsay obliga a sus hijos a acompañarlo en bote hacia el faro, en tanto Cam y James se juran “en silencio, mientras caminaban codo con codo, ayudarse y mantener esta gran alianza: enfrentarse con la tiranía hasta morir”. La escena sirve para expresar la enorme tensión entre padre e hijo, y el conflicto de la hija, dividida en sus afectos, expuesta “a correr este riesgo, a esta intensidad y división de sentimientos, a esta tentación extraordinaria” de caer bajo el dominio afectivo del padre:
«Sí, pensaba James implacable, viendo el perfil de la cabeza de su hermana contra la vela, ahora cederá. Se quedaría solo para luchar contra el tirano. Quedaría él solo para continuar la lucha, para hacer honor al pacto. Cam no será capaz de enfrentarse con la tiranía hasta morir, pensaba sombrío, observando la cara, triste, hosca, débil.»
En la primera parte de Al faro los niños son más felices “que nunca”, pero también saben —tanto su madre como su padre se encargan de transmitírselo— que existen “problemas eternos: el sufrimiento, la muerte, los pobres”. Son niños hipersensibilizados, llamados a “saber desde la infancia que la vida es difícil, que con la realidad no se puede jugar, que para el viaje hacia esa tierra de fábula en la que se extinguen nuestras más ardientes esperanzas, donde naufragan nuestras frágiles barquillas en medio de las tinieblas […] lo que hace falta es, sobre todo, valor, sinceridad, fuerza para conllevar los padecimientos”.
El juicio de los padres, el respeto que inspiran y la necesidad de agradarles producen una gran tensión en los niños. Virginia sabía muy bien que el deseo de agradar podía llevarlos a todos, en especial a las mujeres, a aceptar cualquier sacrificio. Algo así sucedió en su infancia, cuando descubrió que le gustaba pescar, pero después de oír a Leslie decir “no me gusta ver cómo se pesca un pez, pero tú puedes ir si quieres”, sintió que las palabras de su padre extinguían poco a poco su pasión: “cesó mi deseo de pescar”.
A fin de cuentas, jugar con su perro Shag[52] o cazar mariposas nocturnas eran alternativas que tanto Leslie como Julia festejaban. La técnica consistía en empapar un trapo con ron y miel, lo que atraía a un sinfín de insectos y a las esperadas mariposas nocturnas. Había que quedarse despierto hasta tarde y acercarse sigilosamente para atraparlas y agregarlas a la colección. En El cuarto de Jacob los niños coleccionan insectos, cazan mariposas nocturnas y las clasifican con rigor científico:
«Las alas superiores de la mariposa que Jacob sostenía entre los dedos ostentaban, sin la menor duda, manchas en forma de riñón, de un color amarillo rojizo. Pero en las alas inferiores no había en modo alguno las formas de media luna […] El Morris la llamaba “insecto extremadamente local que se encuentra en tierras pantanosas o húmedas”. Pero el Morris a veces erraba. Y a veces Jacob cogía una pluma de plumilla muy fina y anotaba una corrección al margen.»
En sus novelas, Virginia escribió muchas anécdotas de la niñez. Como sucedía en Talland House, en Al faro hay una escena en la que la cocinera envía al cuarto de los niños comida en una canasta atada a una cuerda. En sus recuerdos, Virginia retomó el hecho: “Puedo recordar la sensación del pesado cesto, y de la cuerda liviana”. De todas maneras, referirse a la infancia o retomar el hilo de los recuerdos no implicaba sentimentalismo y en ese sentido, mientras escribía La olas, insistía: “Esto será la Infancia, pero no será miq infancia”.
Los jardines de Kensington
El regreso a Londres implicaba un gran cambio. Lejos quedaban la libertad y las distancias abiertas, y los cuatro hermanos Stephen debían conformarse con los Jardines de Kensington, un paseo obligado que, si bien deslucía al lado de las magníficas excursiones a la casa de la playa, tenía sus peculiaridades. Apenas unos minutos de caminata separa la casa de la familia Stephen, en el 22 de Hyde Park Gate, de los Jardines de Kensington; Virginia podía entrar allí por la Gloucester Road o por la Queens’s Gate. Junto a cada entrada se sentaba una vieja. La vieja de Queen’s Gate, flaca, alta, “demacrada, con cara de chivo, amarilla y picada de viruelas”, vendía nueces y cordones de zapatos, mientras que la otra anciana, bajita y rechoncha —“pobrecitas, es la bebida la que las pone así”, decía Kitty Maxse, la amiga de Vanessa—,ofrecía globos. El aburrimiento que los niños sentían ante la monotonía de los dos obligados paseos diarios cesaba cuando ponían sus barquitos a navegar en el estanque, comenzaban a contarse largas historias o cuando, mientras comían chocolate, leían Tit Bits, su revista favorita.
Aunque el Broad Walk no se comparaba con las caminatas en St. Ives, podía deparar sorpresas, como una vez en que Vanessa y Thoby hallaron el esqueleto de un perro cerca del Flower Walk. También estaba el Round Pond, en el que lanzaban sus pequeños botes y donde Virginia vio hundirse el suyo. Meses después, tuvo la suerte de llegar al lugar justo en el momento en que unos hombres, que dragaban el lago, lo recuperaron, y logró que se lo devolvieran.
Como dejó registrado en su diario, también solía pasear con Leslie hasta el Serpentine:“…perezosamente nos sentamos en dos butacas; y nos recostamos allí por hora y media, mirando el río”. Pero, sin duda, uno de los mejores momentos era cuando los chicos podían patinar sobre el hielo en febrero, mes en que las aguas se congelaban en el Round Pond.
La zona de Kensington, aunque desprovista del romanticismo de St. Ives, aparece una y otra vez en los libros de Virginia Woolf, quien rinde así su enamorado homenaje a la ciudad. Las visitas al Albert Memorial, el South Kensington Museum —ahora Victoria and Albert Museum—, el Science Museum y el Natural History Museum, formaban parte de la vida cotidiana de los hermanos Stephen. Pero la ciudad también dejaba traslucir escenas de sordidez, y Virginia grababa en la mente esas experiencias. En una ocasión, se le cayó el reloj mientras patinaba. Un hombre lo encontró y, al devolvérselo, le pidió dinero, por lo que una amable señora le ofreció unas monedas de cobre. “[Pero] el hombre dijo que solamente aceptaba monedas de plata; y la señora hizo un gesto negativo con la cabeza y desapareció”.
A través de ese tipo de circunstancias Virginia descubrió que el sinsentido, lo siniestro o lo grotesco podían irrumpir en los momentos cotidianos. Algo así sucedió aquella vez en la que cuenta: “El muchacho idiota saltó con la mano extendida, maullando. Tenía los ojos rasgados y rojos, y yo, sin decir palabra, con una muda sensación de horror, le volqué en la mano una bolsa de toffee ruso”. La impresión no terminó allí; por la noche, mientras se bañaba con Vanessa, volvió a sentir un horror mudo y otra vez la embargó una tristeza desesperada. Sujeta, como estaba, “a toda una avalancha de significado”, no pudo explicar lo que le sucedía y no le dijo nada a su hermana.
En otra oportunidad, Vanessa y Virginia vieron a un exhibicionista que merodeaba por Hyde Park Gate, escena que Virginia trasladó a Los años. Allí, Rose, la pequeña protagonista criada en Kensington, sufre un patético encuentro después de escapar de su casa, impulsada por el deseo de “cumplir una misión” en una tienda vecina; mientras se dirige allí, la niña imagina que es una heroína que lucha contra sus enemigos:
«Al pasar junto al buzón, la figura de un hombre apareció bruscamente bajo la luz de la farola de gas.
“¡El enemigo! ¡El enemigo! ¡Bang!”, gritó Rose para sus adentros. Oprimió el gatillo de la pistola y miró al hombre a la cara cuando se cruzó con él. Era una cara horrible: blanca, pelada y picada de viruela; dirigió una sonrisa repulsiva a Rose. Alargó el brazo como si quisiera detenerla. Rose pasó veloz ante él. Y el juego terminó.
Rose volvía a ser ella, una niña de corta edad que había desobedecido a su hermana y que, calzada con los zapatos de estar en casa, buscaba la seguridad en la tienda de Lamley.»
Al regresar de la tienda, cuando la niña vuelve a su casa, se encuentra otra vez con el hombre:
«Apoyaba la espalda en la farola, y la luz de gas vacilaba sobre su cara. Cuando Rose pasó, el hombre se lamió los labios. Emitió una especie de maullido. Pero no alargó las manos hacia Rose; estaba desabrochando su ropa.»