CAPÍTULO XXXIV - 1931

“Si no fuese tan desdichada, no podría estar feliz”

A principios de enero, el frío era tal que Virginia se “congelaba como un gorrión”, y aún convaleciente después de sufrir una de sus recurrentes gripes invernales, anotaba en su diario planes para los tres meses siguientes. Se prometía no asistir a reuniones; centrar su exigencia en hacer un buen trabajo con Las olas; y evitar preocuparse por cuestiones de dinero o domésticas, pero “la resolución principal [era] la más importante: no tomar resoluciones”. De todas maneras, todo debía remitir a la marea propia de la escritura:

 

«Ahora esto es verdad: Las olas está escrita a tan alta presión que no puedo agarrarla y leerla entre el té y la cena; solo puedo escribirla durante una hora, de 10 a 11.30. Y mecanografiarla es quizá la parte más difícil del trabajo. ¡Dios me salve si todos mis libritos de 80.000 palabras van a costarme, en el futuro, dos años!»

 

La escritura de la novela no era su única ocupación; también escribía artículos para periódicos ingleses y norteamericanos y leía los manuscritos que llegaban a la Hogarth. La suma de trabajo que demandaba la imprenta era abrumadora, y los Woolf confiaban en que su nuevo aprendiz, John Lehmann, podría ayudarlos y tal vez convertirse en socio. Lehmann era un joven prometedor, un poeta egresado de Cambridge, además de amigo de Julian y hermano de Rosamond Lehmann, la autora de A Note in Music, que Virginia había leído.[371]

Entre las obligaciones que Virginia asumió por entonces, destacaba su compromiso con Pippa Strachey, una de las hermanas de Lytton y secretaria de la Sociedad Nacional para el Servicio de las Mujeres en Londres, a quien había prometido una conferencia. Ese día, Virginia compartió el estrado con Ethel Smyth y habló del “Ángel de la Casa”, el ideal de mujer victoriana expuesto en el poema de Coventry Patmore.[372] Mientras tomaba un baño, antes de asistir a la conferencia, tuvo la idea de escribir un libro que reuniera las ideas que iba a exponer, y que podría entenderse como una continuación de Un cuarto propio. Incluso se imaginaba el título: se llamaría Professions for Women[373] y trataría “acerca de la vida sexual de las mujeres”. No es extraño que con tales pensamientos en mente, días después, en la fiesta de disfraces en celebración del cumpleaños de Angelica, apareciera vestida de Safo: “Una dama muy voluptuosa levantando sus ojos al cielo”.

El 7 de febrero el diario de Virginia da cuenta del final de Las olas; quince minutos antes, decía, había escrito las palabras finales, “Oh Muerte”, imbuida en estas sensaciones: “Habiendo tambaleado durante las últimas diez páginas, con algunos momentos de tal intensidad e intoxicación que parecía solo tropezar con mi propia voz, o casi, tras algún tipo de orador (como cuando estaba loca). Estaba casi asustada, recordando las voces que solían volar adelante”. A esa vivencia, le siguieron quince minutos en estado de gloria, también una profunda calma. Después de verter algunas lágrimas asociadas al recuerdo de Thoby, analizaba:

 

«Lo que me interesaba en esta última etapa era la libertad e intrepidez con la cual mi imaginación escogía, usaba y tiraba hacia los costados todas las imágenes y los símbolos que había preparado. Estoy segura de que esta es la manera correcta de usarlas: no como estrategias, como había intentado al principio, coherentemente, sino simplemente como imágenes; nunca logrando hacerlas funcionar; solo sugerir. Así espero haber mantenido el sonido del mar y los pájaros, amanecer y jardín subconscientemente presentes, haciendo su labor subterránea».

Como solía suceder cuando terminaba un libro, Virginia sentía que la asaltaban

dudas y temores y no lograba mantener un humor estable. “Si no fuese tan desdichada, no podría estar feliz”, confesaba en su diario, después de sufrir otro de sus altibajos. Sucede que después de una visita de Janet Case, su antigua profesora de griego, reflexionó acerca del patético momento en que los maestros se transforman en aprendices de sus discípulos. Se le antojaba que Janet había tenido una vida dura, sin lujos ni grandes realizaciones, y se sentía afortunada al medir su vida y logros con los de ella. Pero había otras personas como Aldous Huxley y su mujer, que desplegaban una actividad desbordante y ponían en cuestión su tendencia a permanecer dentro de los límites de lo conocido, incluso cuando viajaba. En ocasión de comer con ellos —que venían de la India, se dirigían a Moscú y contaban su proyecto de viajar a Norteamérica—, Virginia concluía que poco era, en comparación, lo que había visto, vivido y sentido. También volvía a compararse con Nessa, lamentando que su hermana no la necesitara. De hecho, es posible que por entonces Nessa fomentara cierta distancia; y aunque siempre se había quejado de la tendencia de Virginia a convertirla en personaje y de juzgar a sus sobrinos, llegado el momento, ella tampoco se privaba de caracterizar a su hermana delante de sus hijos. El retrato resultante no era demasiado halagador. Así pues, en la correspondencia de Julian y Quentin puede rastrearse la inclinación de ambos a recelar de la discreción y confiabilidad de su tía. En tanto Quentin llegaba a establecer paralelismos entre el genio de Virginia y el de Van Gogh, ambos víctimas de desórdenes nerviosos; temeroso de sus indiscreciones, Julian le pedía a Vanessa que no le contara acerca del affaire homosexual que sostenía con un compañero de Cambridge. Además, ambos sobrinos solían referirse a la “malicia” y a la “locura” de su “pobre tía”. La relación de competitividad y camaradería que Virginia había fomentado facilitaba la confianza que aparejaban este tipo de comentarios. De todas maneras, ningún integrante de la familia ponía en duda su genio, tampoco su fragilidad. “Al terminar un libro — escribía Virginia— el cerebro flota como un corcho en el mar. Odio ese sentimiento y había olvidado el horror”. Era en esos momentos cuando más necesitaba de contención afectiva. Terminar la novela la había dejado en un estado de sobreexcitación y sensibilidad. No era el momento para prodigarse, pero el 24 de febrero Virginia asistió al estreno de la ópera de Ethel, The Prison, en el Queen’s Hall, y después acompañó a su amiga a una fiesta organizada por lady Rosebery en su honor. Virginia salió de la reunión desilusionada, exhausta y con la “sensación de futilidad de todo eso”.

Lo cierto es que tampoco había apreciado la ópera compuesta por su amiga. The Prison, una obra para coro y orquesta, está basada en el poema de Henry Brewster, un antiguo amor de Ethel, cuyas cartas Virginia conocía. A pesar de cualquier ilusión que podría haberse hecho, llegó a la conclusión de que era un “irremediable fárrago”. Pero lo que más la atormentó fue la fiesta organizada por lady Rosebery, disparadora de uno de esos estados que Leonard definió diciendo que Virginia se “iba de una fiesta aburrida… como si fuera la última escena del Gotterdammerung de Wagner con Hogarth Press y el universo incendiado cayendo en ruinas”. En esta reunión en particular, ella recordó el tipo de fiesta a la que la llevaban sus hermanastros; sintió que se trataba de una “horrible exhibición de falsedad y estupidez”. Que Ethel disfrutara de ese tipo de reuniones la desilusionó; se sintió traicionada y percibió líneas de fractura en su relación. Por eso, poco después, dispuesta a dejar en claro lo que había soportado, le escribía a su amiga: “Vblví a casa más turbada y fuera de contacto con la realidad de lo que había estado en años. No podía dormir. Tomé cloral. Pasé el día siguiente en un estado de horror y desilusión”.

Virginia intentaba lo imposible, que Ethel tomara conciencia de su fragilidad. Por eso le confesaba: “Mi inexplicable susceptibilidad a ciertas impresiones […] me aproxima a la locura. […] Pero esto es lo que soy, y tú no puedes conocerme y limitarte a desecharlo considerándolo un arranque de mal humor”. Cada vez era más evidente que Ethel, “esa bandida valiente, agresiva”, podía dejarla exhausta. A eso se sumaban el fin de Las olas y la cantidad de manuscritos de la Hogarth que, “cayendo gota a gota, [habían] extinguido [su] amor por las palabras completamente”.

Una posible justificación del suicidio

En ese estado de ánimo, Virginia acompañó a Leonard a Liphook para visitar al matrimonio Webb, los socialistas fabianos con los que había colaborado años atrás. Ese mismo día registró con tristeza en su diario la muerte del escritor Arnold Bennett, un ser genuino que había llegado a estimar, una persona que mantenía un “contacto directo con la vida”, un hombre sensato aunque a su entender tuviera la visión “de los libros que tendría un almacenero”.

Durante su visita, la señora Webb percibió la susceptibilidad de su invitada; mientras conversaban surgió la cuestión del suicidio, y hablaron íntimamente. Días después, Virginia le escribía conmovida:

 

«Quería decirte, pero fui demasiado tímida, cuán complacida estuve por tus puntos de vista acerca de la posible justificación del suicidio. Habiendo hecho el intento yo misma [en 1913], por el mejor de los motivos como yo pensaba — no ser un peso para mi esposo—, la convencional acusación de cobardía y pecado siempre me han perturbado bastante. Así que me alegró lo que dijiste».

 

El caso es que después de la fiesta de Ethel, Virginia sintió que Leonard era la roca a la que aferrarse: “Tanto es lo que sufro —le dijo— que si no estuvieras aquí, debería matarme”. Poco después, al cumplirse diecinueve años de su matrimonio, y a modo de reconocimiento, escribía escuetamente en su diario:

 

«Cuán conmovedor es encontrar esta calidez, curiosidad, apego al estar a solas con L. Si me atreviera, investigaría mis propias sensaciones respecto de él; pero además de pereza, humildad, orgullo, no sé qué reticencia me inhibe. A mí, que no soy reticente».

 

A mediados de abril, los Woolf viajaron a Francia. Virginia estaba agotada, se sentía “asediada” por una serie de artículos sobre Londres “pura descripción brillante […] y ni un pensamiento por miedo a nublar la brillantez”. Además, esmerándose como un obrero que conoce su tarea, después de “lijarlos todos, hacerlos encajar, suavizarlos, imprimirlos, enroscarlos y enviarlos”, también había escrito artículos sobre Browning, Lockhart y Gosse. En ese contexto, un viaje era ideal para descansar y alejarse de sus preocupaciones, de su melancolía e incluso de la escritura. Viajar permitía una suerte de limpieza de la mente; se dejaba llevar por la contemplación de los paisajes y gozaba de la despreocupada actitud del turista culto. Dos lugares la impactaron en especial: la torre del castillo donde nació, vivió y escribió Montaigne, y el castillo donde Juana de Arco reconoció al rey Carlos VII. Leonard admiraba a Montaigne, y a Virginia le dio gusto conocer el lugar donde había vivido el escritor: “Ayer fue lo mejor de todo. […] la Torre todavía está en pie; y la mismísima puerta, habitación, escaleras, y ventanas en las cuales […] escribió sus ensayos: también su silla de montar; y la vista, precisamente la que él veía”.

Días después, al escuchar las campanas de iglesia que tañían desde el siglo XIII y que había escuchado Juana de Arco, se interesó en la personalidad de la santa: “¿Qué pensaba? ¿Estaba loca? Una visionaria en el momento oportuno”. Lejos de detenerse en cuestiones como la locura y la santidad, Virginia disfrutó su viaje a Francia, la cultura francesa y la posibilidad de degustar una comida excelente. Puestos a comparar, ella siempre estaba “a favor de Francia; Leonard, de Inglaterra”. Como solía suceder al alejarse de Londres, sentía que sacaba provecho de los efectos benéficos de la soledad; se prometía remodelar su vida, alterar la secuencia de “ver y ser vista”; tomar distancia de “cientos de personas que zumban incluso ahora: y oscurecen mi azúcar”. Además de hacer planes, el viaje fue revelador, ya que Virginia descubrió que podía leer a Lawrence con placer, y así se lo hizo saber a Vita y a Ethel: “[J. M.] Murry, ese buitre de cogote pelado, chorreante de sangre”, la había predispuesto en contra de Lawrence “con sus obscenas reprimendas”:

 

«Ahora me doy cuenta con pena qué hombre de genio escribió en mi época y yo nunca lo leí. Sí, pero un genio oscurecido y distorsionado, pienso: lo que sucede con los contemporáneos (escribo rudimentariamente) es que están haciendo lo mismo en otro carril: una teme que la distraigan, al pasar velozmente, en dirección equivocada… algo por el estilo: por timidez, en parte, una mantiene los ojos en su propio camino».

 

Los viajes le permitían tomar distancia de su trabajo, pero también relativizar la competencia y celos que sentía hacia sus contemporáneos, y Virginia disfrutó de sus vacaciones francesas, la comida, la tranquilidad e incluso una boda de lugareños en Inn. Si bien su francés era voluble, “mitad Madame de Sévigné; mitad colegiala inglesa”, no resistía la tentación de ejercitarlo; esa era otra manera de gozar de su estadía allí y una vez más se preguntaba si Francia no sería la mejor opción para vivir, pensamiento que por supuesto se desvanecía cuando llegaba a Inglaterra.

De regreso en Tavistock Square, Virginia sopesó el material que componía sus diarios íntimos; consideró que podría convertirlos en un libro, o leerlos cuando estuviera con dolor de cabeza. Pero también jugaba con otras posibilidades: “Después de todo, Percy podría quemarlos todos en una hoguera. Podría quemarlos al final del campo donde creemos que yaceremos enterrados”. La idea de la muerte y las conversaciones sobre el suicidio no se alejaban de su mente; tal vez porque estaban presentes en Las olas, un libro que mecanografiaba a razón de 7 u 8 hojas diarias. Pero también se permitía distracciones. Una de ellas fue asistir a la venta de muebles y objetos de Mrs. Hunter, la hermana de Ethel, que había dilapidado una cuantiosa fortuna en hospitalidad y mecenazgo de artistas y músicos y que ahora se veía obligada a liquidar sus posesiones.

“La línea divisoria entre amistad y perversión”

El remate “fue una escena sórdida, parodiable, excitante, deprimente. […] Judíos, fumando pipas. Mucho intercambio de guiños y cabeceos. Las pobres chucherías de Mrs. Hunter eran escudriñadas y arrebatadas; todos parecían encontrarles fallas, y ofrecían el menor dinero posible”. Lo más desconcertante fue la presencia de la imperturbable Mrs. Hunter, una mujer que podría ser su madre, “tan fresca” y actuando como si estuviera en una reunión social, y no vendiendo sus posesiones por unas pocas monedas. Además, a Virginia no le gustaron las caras de sus amigas ricas: “Nada es tan tosco, cruel, insignificante, y sensual como el rostro de una mujer elegante, de alrededor de 50: y que no ha hecho nada excepto hurgar por Londres en automóviles; comiendo y bebiendo; casándose; codiciando; cuchicheando”.

Cuánto la fastidiaran las multitudes, o los desconocidos, era un parámetro que permitía medir, en cada momento de su vida, su grado de susceptibilidad. La contrariedad frente a las caras de esas mujeres era un índice de que Virginia no estaba en condiciones de afrontar las exigencias de Ethel, que a diferencia de Vita, siempre atenta a su delicado temperamento, era víctima de un abismal egocentrismo que le impedía percibir su fragilidad o agotamiento. Capaz de monólogos asfixiantes, Ethel reclamaba atención y relataba sus batallas por el reconocimiento. “Por tres horas —le escribió Virginia a Vanessa—, me clavó a mi silla mientras ella ensayaba la historia del inicuo tratamiento que le dio Adrian Boult”, que se había negado a dirigir The Prison para la BBC.

 

«Ella prosiguió, con la minuciosidad e ingenuidad de una maníaca, con toda la historia de su persecución durante los últimos 50 años; sacó viejas cartas y documentos y los leyó en voz alta, golpeó mi silla con los puños; me hizo escuchar, y responder, y coincidir a cada momento; y finalmente tuve que gritar que tenía tal jaqueca que a menos que cesara de hablar yo ardería en llamas y me calcinaría. Una es perfectamente impotente. Ella delira y vocifera, pero tiene una sagacidad demoníaca, de modo que no hay escapatoria. ‘Tienes que escucharme, tienes que escuchar”, seguía diciendo […] y ahora se ha lanzado en una campaña que significa matonear a cada director y preocupar a cada editor, y hombre o mujer rico, al igual que a sus desdichados amigos, hasta que consiga que se toque ese irremediable fárrago de aves y suene el toque de queda y se imprima toda esa basura de HB nuevamente. No creo poder volver a enfrentarla a menos que dos guardianes estén presentes con dos atizadores al rojo vivo… A su vez, considerando su edad, creo que ella es una maravilla; veo sus méritos como escritora, pero indudablemente el sexo y el egotismo han conjurado una amarga locura».

 

Al tanto de la situación, Leonard consideraba que Ethel era un peligro para el equilibrio de su mujer. Él, que siempre había sido amable con Vita, trataba a Ethel con frialdad, y Virginia no se lo ocultaba: “‘Dios’, le dije a Leonard, después de que te fuiste. ‘Lo que me queda en claro es que Ethel, con toda su perspicacia, nunca, nunca me comprenderá’. ‘Pero yo soy la única persona que lo hace’, dijo L. ‘Tú y Shakespeare’, dije yo”.

De todas maneras Ethel seguía siendo una personalidad interesante, que confirmaba uno de los temas frecuentes de su literatura: “La imposibilidad de que una persona entienda a otra”. Virginia la admiraba “como a un gato blanco, sin cola, que tuvimos y que olvidamos castrar. Este espléndido animal pasaba las noches peleando, y al final tenía tantas heridas, que un veterinario debió sacrificarlo”. Pero también desaprobaba los métodos de Ethel, que, convencida de que no la dejaban ejecutar su música por ser mujer, envió una carta con quejas al New Statesman. Finalmente, tal vez porque Virginia llegó a compararla con un “cerdo sin castrar”, Ethel se enojó y no paró de insistir hasta conseguir que la recibiera. Después del encuentro, Virginia registró en su diario: “[Ethel] insultó la celebrada sensibilidad de mi sistema nervioso”. Era evidente que la pasión de Ethel debía ser neutralizada; allí entraba Leonard y ella reconocía: “Si no fuera por la divina bondad de L. cuántas veces estaría pensando en la muerte”. Habría que destacar que, otra vez, como había sucedido durante su relación con Vita, en el momento en que Virginia perdía las ilusiones con respecto a esa amistad, volvía a soñar con Katherine Mansfield.[374]

Durante el verano, la calma de Rodmell brindó el beneficio adicional de poner un límite a Ethel. Virginia llegó a la conclusión de que su amiga le recordaba a su padre y al tipo de escenas que los habían distanciado, por lo que comenzó llevar su relación a un terreno más formal y menos espontáneo. Anticipándose a lo inevitable, Virginia le escribía diciendo que allí estaba el germen de una posible separación. Como sucedía en tiempos de Leslie, sentía que podía pasar un examen acerca de lo que se había dicho y escrito sobre Ethel desde su más tierna infancia. Pero no estaba dispuesta a continuar una relación sobre esas bases y subrayaba: “No me importan las amistades vanas”. Días después, Ethel visitó a Virginia: “defendió y explicó su punto de vista en un discurso que duró 20 minutos a reloj” para luego retirarse “amansada, como Pinka. […] Nos besamos, ella apasionadamente, en el hall”. Pero los conflictos persistieron. Ethel, que pertenecía a la Iglesia de Inglaterra, creía que Virginia debía abandonar su agnosticismo y abrazar la religión. De hecho no podía haber elegido un punto más conflictivo, porque, firme en su escepticismo, Virginia respondía:

 

«No, la jaqueca no es por el período. Cómo amas los períodos, los retretes, los excrementos de todo tipo; es interesante, voy a examinar eso en mi biografía sobre ti. No el período sino Dios. Fui golpeada por una brillante idea; escribí y escribí; pero él estalló, me dio un puñetazo en la cabeza. Señor, dije, voy a escribir. Entonces él me quitó completamente el poder de unir una palabra con otra. Entonces me fui a la cama. Una cabeza como madera, en vez de una como fuego… ese es tu Dios. Lo que le gusta es arrebatar, destrozar, dar dolor por placer; L. dice que si permanezco en cama hasta el lunes, Dios me dejará sola por otros seis meses».

Pero ¿lograría que Ethel la dejara sola? ¿Virginia lo deseaba realmente? ¿No corría el riesgo de perder una relación interesante? Con ella podía abordar temas relacionados con la salud, la sexualidad, o con “la línea divisoria entre amistad y perversión”. Cuestiones que, según parece, no había tratado tan abiertamente con ninguna otra mujer. Con Ethel podía recordar el pasado, volvía a referirse a su “seductor medio hermano” y repasaba las fases que había atravesado en su vida como escritora.[375]

La crisis llega a Inglaterra

El 17 de julio, Virginia terminó de revisar Las olas y le dio el libro a Leonard. Estaba nerviosa y es probable que tuviera taquicardia, “un pequeño impulso bastante desagradable en mi corazón”. Leonard leyó la novela durante el fin de semana en Rodmell, y el domingo 19 de julio por la mañana fue al pabellón del jardín y le dijo: “Es una obra maestra […] Y el mejor de tus libros”. Pero también señaló que se trataba de un texto difícil y dudaba de que el lector común pudiera pasar de las primeras cien páginas. De todas maneras, los elogios hicieron que Virginia se sintiera “tan aliviada como una muchacha con un anillo de compromiso”. Por entonces, Virginia posó para una escultura que realizó Stephen Tomlin, ocasión que Nessa aprovechó para hacer unos bocetos y que dio lugar a conversaciones entre las hermanas.[376] Después, se dirigió a Rodmell a pasar sus vacaciones. Con una nueva cámara fotográfica, un bote de goma, más “todas las comodidades que confortaban su alma”, y con Las olas terminada, comenzó a escribir Flush: A Biography, libro que consideraba un divertimento después de tanta tensión.

Entre tanto, la sociedad inglesa atravesaba un período difícil, sufría las consecuencias de una crisis económica y política. La Gran Depresión, iniciada tras el colapso de la Bolsa de Wall Street en 1929, generó una crisis financiera que también afectó a Inglaterra, donde en febrero de 1931 había dos millones setecientos mil desempleados, un veinte por ciento de la fuerza de trabajo. Además, en mayo de ese año comenzó una devaluación de la libra que casi hizo colapsar el sistema bancario y puso en problemas al gobierno laborista de Ramsay MacDonald. Si bien Virginia no participaba activamente en política, estaba al tanto de lo que ocurría; la información que recibía no era de segunda mano, sino de Maynard Keynes o del propio Leonard, cuyo análisis de la situación distaba de ser ingenuo. Leonard conocía a MacDonald por haber coincidido con él en comités del Partido Laborista y consideraba que su don de orador, combinado con su tendencia al disimulo y el “instinto para la traición”, lo convertían en un personaje de cuidado. Si bien pertenecía a la clase trabajadora, al ascender socialmente se había distanciado de los parlamentarios de su partido; y como Virginia había apreciado el año anterior en la fiesta de lady Londonderry, sentía fascinación por la aristocracia. En agosto, después de visitar “Downing Street [Maynard Keynes dispersaba] rumores sensacionalistas” En lo más álgido de la crisis, con un tesoro casi sin fondos y ante la negativa de los banqueros de dar préstamos a menos que se tomaran medidas, el Estado se vio forzado a economizar. MacDonald propuso una rebaja en el seguro de desempleo, medida a la que se opusieron nueve de los ministros, ya que significaba un duro golpe a la clase trabajadora. Parecía que no había alternativa a la renuncia del gabinete, pero de manera sorpresiva MacDonald aceptó una sugerencia del Rey, y el 24 de agosto formó un gobierno de coalición con liberales y conservadores. En consecuencia, recibió el aliento de los conservadores, pero los laboristas lo consideraron un traidor y lo expulsaron del partido. En esta situación, ante la inminencia de una convocatoria a elecciones generales y con las pruebas de Las olas en la imprenta, los Woolf se preguntaban por la conveniencia de publicar el libro en octubre o esperar. Cuando el 21 de septiembre Inglaterra salió del patrón oro, tema sobre el que Maynard Keynes había escrito años antes, Virginia reflexionaba: “Si todos hubiesen pasado su tiempo escribiendo sobre Donne, no nos habríamos salido del patrón oro; esa es mi versión sobre la mayor crisis etc. etc. etc. blablablá hacen los gansos que no pueden poner huevos de oro”.

Finalmente, MacDonald convocó a elecciones generales para finales de octubre. Los Woolf y su entorno consideraban la situación sumamente preocupante y detectaban una peligrosa tendencia al fascismo. Entre tanto, la vida cotidiana seguía su curso y Virginia recibía a Winifred Holtby, quien estaba escribiendo un libro sobre ella y quería entrevistarla, lo mismo que a sus amigos.

Ese verano la política terminó convirtiéndolo todo en algo “completamente tonto, fútil, mezquino, personal y vano”. Como sucede en el Orlando, Virginia sentía que no entendía “el verdadero sentido de los acontecimientos” y optó por retirarse a su habitación a leer poesía. También consideró oportuno comenzar la Carta a un joven poeta, la número ocho entre otras que publicaría la Hogarth en 1933, un texto dirigido a Lehmann, donde aborda cuestiones referidas a la poesía moderna e insta a los poetas jóvenes a olvidarse de la fama y a experimentar.

En medio de la crisis política, la lectura de poesía y las caminatas por los downs le permitían no dejarse invadir por las circunstancias. Pero si bien rechazaba toda actitud militante, percibía la crisis social y económica. De todas maneras, tampoco se hacía ilusiones respecto de conocer en profundidad la realidad, ya que, como había escrito en Las olas, consideraba que “En modo alguno se puede decir que estemos conscientes en todo momento” [de lo que pasa en el mundo].

En ese estado de situación apareció publicado After the Deluge[377] libro en el que Leonard había trabajado durante los últimos diez años. Virginia sintió alivio cuando supo que los primeros comentarios eran alentadores. Pero la recepción periodística no fue la esperada, solo apareció una reseña de apenas media columna en The Times, por lo que Leonard señaló que ese era el fin del libro que había escrito, no para especialistas, sino para el gran público. Conociendo el mercado editorial de entonces, basaba su juicio en que los libreros recomendaban los libros de acuerdo con la extensión de la crítica recibida, y llegaba a la conclusión de que había echado a perder diez años de trabajo. De hecho, solo los expertos alababan el libro, lo que repercutiría escasamente en las ventas. Después de hablar y discutir el tema durante horas, poco dispuesta a aceptar ser ella quien consolara a su marido, y sin establecer analogías evidentes con sus propias reacciones cuando las críticas no eran las que esperaba, Virginia describía en su diario una “ilustración de [la] psicología” de Leonard:

 

«Es su curioso y pesimista temperamento: algo más profundo que la razón, sofocante, muy enrevesado, con lo cual una no puede lidiar. La gripe tiene exactamente el mismo efecto, liberando el irracional abatimiento que veo en todos los Woolf, y conecta con siglos de opresión. El mundo contra nosotros, etcétera. ¿Cómo puede uno reírse de la media columna entonces? Y cuando digo descuidadamente esta mañana, “Estoy siendo criticada en el M[ancheste]r Guardian”, L. dice “¿Es una crítica larga?”. Y yo digo, sintiéndome la madre de un herido y desdichado niñito, “Sí; ¡Dios, lo que son los seres humanos!”».

Las olas

Virginia no comprendía la reacción de Leonard, y tampoco la relacionaba con sus propios temores, evidentes a mediados de septiembre, antes de la publicación de Las olas:

 

«He llegado hasta aquí arriba, temblando bajo la sensación del completo fracaso… me refiero a Las olas; quiero decir que a Hugh Walpole no le gusta. Quiero decir que John L. está a punto de escribir para decir que la considera mala; quiero decir que L. me acusa de sensibilidad al borde de la locura; quiero decir que estoy agudamente deprimida y ya sintiendo elevarse el duro y calloso lomo de mi viejo amigo Lucha lucha».

 

Al día siguiente, su humor cambió drásticamente después de recibir una carta del asistente de la Hogarth, el poeta John Lehmann. A él le había gustado el libro, y estaba impresionado por su “nuevo método” de escritura; también señalaba que solo una “delgada pared mediaba entre semejante novela y la poesía”. Virginia estaba encantada, se sentía “como la abeja en la flor de hiedra” y “por primera vez inspirada para escribir Carta a un joven poeta”.

Finalmente, cuando La olas apareció publicado, el 8 de octubre, a los elogios de Lehmann se le sumaron las buenas críticas de Harold Nicolson en el Action, y las de TLS: “Como un antiguo vidriero veneciano, Mrs. Woolf hila coloridas hebras, y con exquisita, intuitiva sensibilidad confecciona fragilidades etéreas de perdurable calidad”.

Tras las reseñas favorables, las ventas fueron sorprendentes: a una primera impresión de alrededor de 7000 ejemplares, le siguió otra de 5000 el mes siguiente. Pero Virginia sabía que se trataba de un libro difícil; como Leonard había adelantado, un “lector común” avanzaría arduamente, y ese fue el caso de Vita, que a duras penas pudo leer unas cien páginas. El libro no le gustó mucho y lo consideró demasiado profundo e intelectual. Virginia siempre señaló que no había escritora menos vanidosa que Vita; en las antípodas de esa modestia y despreocupación, la opinión de Ethel fue que Las olas era un libro evanescente. A mediados de octubre, después de asistir a la reposición de su primera ópera The Wreckers, las tres mujeres comieron en un restaurante de moda. Aliviada por las repercusiones de su libro, Virginia se dispuso a disfrutar de la música, que le pareció vigorosa[378] incluso atractiva.

La cuestión es que muchos críticos coincidían en que sin ser un libro popular, Las olas era su mejor trabajo: “Estoy en peligro, en efecto —reconocía Virginia con orgullo—, de convertirme en nuestra destacada novelista, y no solo entre los intelectuales”. De hecho, Vanessa, que no podía considerarse una intelectual, estaba conmovida y decía que la experiencia de leerlo era tan real “como tener un bebé”; además de conmoverse por asociaciones de tipo personal, porque el personaje de Percival le recordaba a Thoby; creía que la cualidad artística del libro era lo más destacable y concluía: “Si no me consideraras tonta diría que has encontrado la ‘canción de cuna capaz de hacerlo descansar’”. Para Virginia, la opinión de Vanessa seguía siendo decisiva y le contestaba: “Nadie, excepto Leonard, me importa como tú me importas, y nada jamás compensaría si a ti no te gustara lo que yo hiciera. Así que es un increíble alivio; siempre siento que estoy escribiendo más para ti que para nadie”. A pesar de sus diferencias, las hermanas vibraban en una misma sintonía, y Vanessa confesaba que los últimos dos años venía trabajando en “una absurda y grandiosa pintura” en la que esperaba obtener un “significado análogo” al que Virginia había logrado en Las olas[379].

Desde un punto de vista autobiográfico, Virginia explicó Las olas como un intento de “plasmar esa visión” o estado mental que experimentó cuando terminaba Al faro, sintiéndose “desdichada, desdichada”; experimentando el “horror físicamente como una dolorosa ola que se hincha sobre el corazón”, y la sensación de “fracaso, fracaso. (La ola se alza)”. También había deseado expresar ciertas visiones: el “lado místico de la soledad; que no es uno mismo sino algo en el universo lo que nos queda al final”. “Es eso lo que resulta aterrador y excitante en medio de mi profunda melancolía — escribía— […] uno ve pasar una aleta muy lejos”.

Las olas también era un libro de madurez, donde había recreado ciertas experiencias, “esos momentos de vida” que tanto la habían conmovido de niña; como la vez que no pudo saltar un “charco en el sendero”, porque “todo de repente fue irreal […] el mundo entero se volvió irreal”. Se trataba de curiosos estados mentales difíciles de definir, pero que expresaban que “la vida es, dicho con sobriedad y precisión, lo más extraño; contiene en sí la esencia de la realidad”. Ese libro había nacido en momentos en que luchaba con la sensación de irrealidad, cuando todo se vaciaba de significado: “No hay nada; nada para ninguno de nosotros”. Pero también había deseado expresar “la idea de una corriente continua, no solo de pensamiento humano”74 con la conciencia de que se trataría de “la Infancia pero no será mi[380] infancia”.

En su ensayo “Poetry, Fiction and the Future” Virginia plantea que el autor de una obra de esa característica necesitaría de todo su coraje; pero también reclama lo mismo del lector. Su idea era alcanzar ese “algo real que se encuentra detrás de las apariencias”. En ese sentido, los soliloquios de los personajes, su vida mental, son el punto focal de la obra.[381] Pero los límites entre unos y otros tienden a desdibujarse, cuestión que la autora aclara en su respuesta a una carta de Goldie Dickinson, representante de la elite de Cambridge: “Se suponía que los seis personajes fueran uno. […] Quería suscitar una sensación de continuidad. […] No puedo adivinar por qué es importante, pero existe allí una importancia que siento que me abruma”. Si bien Virginia decía que no poseía una “filosofía de vida”, tenía interiorizada “lo que bien pudiera llamarse una filosofía […] una idea constante en mí […] de que el mundo entero es una obra de arte, de que somos parte de una obra de arte”.

Este entramado da cuenta de la complejidad de Las olas y explica las dificultades de una escritura que pronto la sumía en la desesperación o en la incertidumbre, pero donde podía retomar sus experiencias de crisis: “Una inmersión en aguas profundas, un poco alarmante”, que avivaba el deseo de “nadar en las profundidades oscuras y verdosas”.

Las olas comienza con el primero de los nueve “interludios” que describen los estadios del sol desde el amanecer —“como si el brazo de una mujer recostada bajo el horizonte hubiera alzado una lámpara”— hasta el anochecer, y que preceden las nueve partes en que está dividido el libro. En un principio, en polifonía,[382] alternan los soliloquios de seis niños, compañeros de estudios que interactúan durante un recreo, en el jardín. Los seis personajes conservarán su amistad a lo largo de sus vidas. En consonancia con el ciclo solar de los “interludios”, los episodios van desde el amanecer-infancia, pasan por el cenit-madurez, hasta la declinación- puesta del sol. La voz de Bernard, asociada con la de la narradora, o alter ego de la autora, es la primera y la última voz del libro; actúa como una suerte de factor aglutinante que expresa: “Nos fundimos el uno en el otro gracias a las frases”. La suya es una mente andrógina: “junto a una sensibilidad de una mujer”, está dotada del “rigor lógico masculino”. De alguna manera, Bernard representa al artista andrógino propuesto en Un cuarto propio. Pero también es una presencia empática, que consuela a Susan cuando corre a esconder su angustia en el bosque, porque ha visto que Jinny besaba a Louis. Los niños de Las olas aman y odian, sienten celos, como los de Virginia, en su infancia, frente a la intimidad de Thoby y Vanessa. Pero hay otras reverberaciones. Los críticos han señalado que Susan, arrasada por “la bestial y hermosa pasión de la maternidad”, es una de las mil caras de Vanessa. También señalaron que, en tanto Louis podría estar basado en el poeta Thomas Eliot —encontrando ecos de su poesía en esta novela—, se pueden establecer analogías entre ese personaje y Leonard Woolf.

Como el norteamericano Eliot o el judío Woolf, Louis, que es australiano, se siente perseguido por sentimientos de inferioridad respecto de sus amigos ingleses y de niño reniega de su acento. Y aunque no supera su complejo, logra convertirse en un exitoso hombre de negocios.

En tanto, si bien la fragilidad física, las dotes intelectuales y la homosexualidad e ingenio mordaz de Neville recuerdan a Lytton, algunos críticos relacionaron este personaje con Maynard Keynes. Por otra parte, y siguiendo con las comparaciones, las visiones de Rhoda, sus difusas tendencias homosexuales evocan las de la propia Virginia: “Llegué al borde del charco. No podía cruzarlo. La identidad me falló. Nada somos, me dije, y caí”.85

Pero debido a la complejidad de la obra, las identificaciones tienden a desvanecerse; Rhoda no tiene capacidad de “crear frases”, la especialidad de Bernard, quien a su vez recuerda a Desmond MacCarthy, experto en contar historias, pero incapaz de escribirlas. Y en tanto Jinny comparte el apodo de infancia de Virginia, su amor por Londres y sus crisis de la mediana edad —“ya no soy joven. He dejado de formar parte de la procesión”—, se disocia de ella en otros aspectos: no es una intelectual y se define en su deseo de gustar a los hombres y en su frivolidad. Finalmente, el cuadro se completa con Percival, el héroe silencioso, el único personaje que nunca habla. Neville está enamorado de él, pero se sugiere que al atlético y bello héroe le gustan las mujeres y es probable que haya tenido una relación con Susan. Los seis personajes se reúnen en un restaurante de Londres para despedirse de él cuando parte a la India, y quedan devastados tiempo después, cuando se enteran de que falleció a causa de un accidente que podría haberse evitado.

En Las olas, la voz narradora tiende a borrarse, habilitando los soliloquios de los personajes. A través de sus monólogos interiores, ellos expresan sus pensamientos, sus sensaciones e incluso se anticipan a lo que va a suceder. Así pues, se hace referencia a cuestiones de género, políticas o de clase, que son planteadas sin estar reguladas por un narrador omnisciente.

Para los críticos, el personaje de Percival representa el segundo intento de Virginia de escribir una elegía a su hermano Thoby. Como a él, sus amigos lo llaman el “Dios”. Su nombre asociado con la leyenda del grial —en su juventud Virginia vio dos veces la ópera de Wagner en una semana— recuerda al caballero mítico, pero también, irónicamente, representa un exponente tardío del sistema patriarcal e imperialista. Definido por los soliloquios de los demás personajes, Percival es el más misterioso de todos ellos, y a pesar de su muerte nunca lo olvidan. Leyendo Las olas, uno tiene la impresión de que Percival evoca no solo a Thoby, sino a un fantasma imposible y conjetural; una proyección masculina y frustrada, una posible respuesta a la pregunta que puede hacerse toda mujer: ¿cómo habría sido yo si hubiera nacido hombre? Si todos los personajes conforman una sola conciencia, el de Percival encarna un fantasma, posible proyección de la autora y de los demás personajes. No es extraño, entonces, que en el párrafo final del libro, Bernard lo recuerde cuando lucha contra “la muerte. La muerte es el enemigo”: “Es la muerte contra lo que cabalgo, lanza en ristre y melena al viento, como un hombre joven, como Percival cuando galopaba en la India. Pico espuelas. ¡Contra ti me lanzaré, entero e invicto, oh Muerte!”.

En el caso de Virginia, la escritura seguía siendo el arma para luchar contra la decadencia, la fosilización asociada con la edad, o contra la sensación de vacío; por eso la entusiasmó que Morgan Forster alabara su libro en Cambridge, y dijera que al leerlo “había tenido la impresión de toparse con un clásico”.

 

«Oh sí, entre los 50 y los 60 creo que escribiré algunos libros muy singulares, si vivo. Quiero decir que creo que estoy a punto de corporizar, finalmente, las exactas formas que mi cerebro alberga. ¡Qué larga marcha para alcanzar este comienzo… si Las olas es mi primera obra en mi propio estilo!»

 

Atenta a las repercusiones de su novela, Virginia también pensaba en la situación política. A finales de octubre los Woolf partieron en su automóvil a Cambridge, con la intención de recoger votantes que podían participar de las elecciones generales y acercarlos a sus lugares de votación, pero una intensa niebla los obligó a volver y debieron conformarse con escuchar por radio los resultados de la elección esa noche.

Mientras Las olas ganaba el aplauso de intelectuales, escritores y público, a Leonard no le iba tan bien. Sin embargo, a pesar de la fría recepción de After the Deluge, decidió seguir trabajando en esa línea e incluso llegó a publicar una continuación del libro que tan pocas satisfacciones le trajo. Por lo pronto, ese mes de octubre, brindó una serie de charlas políticas en la BBC. Poco solidaria con la desilusión de su marido, Virginia no se daba descanso, seguía trabajando e imaginando futuros libros; comenzó Flush y también la segunda serie de El lector común; intuía que escribiría un libro con reflexiones, y pensaba en la secuela de Un cuarto propio. Los últimos días de noviembre, presa de los dolores de cabeza que la inhabilitaban para escribir, obedeció la prescripción de reposo de Leonard. Por un mes siguió una “rutina semi inválida”. Tampoco el panorama político era alentador, y los Woolf creían que el resultado de las elecciones no mejoraría las cosas. Pero fue otra cuestión la que afectó a Virginia profundamente.

El 10 de diciembre y después de cuatro años sin escribir a Lytton, sin saber que estaba enfermo, Virginia le envió una carta contándole que había soñado con él. En su sueño ambos eran jóvenes y reían después de haber visto una obra de teatro. No era necesaria contestación a su carta, decía Virginia, a menos que supiera de qué obra se trataba: ¿no eran esos sueños más reales que la vida? Pocos días después recibió una misiva en la que Carrington le informaba que Lytton estaba enfermo y por eso no había podido escribirle.

Los médicos daban diferentes diagnósticos y barajaban hipótesis que iban desde la fiebre tifoidea al colon ulcerado. Hasta finales de año, Virginia vivió la agonía de no saber qué pasaría con su amigo. Pedía el teléfono de su vecina en Rodmell, para llamar a la posada, cercana a la casa de Lytton, donde se alojaba su familia, también a la espera de noticias. Tan pronto le comunicaban que no había esperanzas, como que parecía que “la resistente constitución Strachey” había triunfado. El 29 de diciembre Virginia anotó en su diario que Lytton estaba mejor. A pesar de verlo poco, sufría ante la idea de perderlo y reconocía lo mucho que deseaba reír con él, y retomar sus siempre entretenidas conversaciones.

CAPÍTULO XXXV - 1932

Lytton, Carrington y la mirada de los otros

A Virginia le costaba, dada la enfermedad de Lytton, pulir la Carta a un joven poeta, y aunque ponía sus esperanzas en la resistencia de la estirpe angloindia de su amigo, también la preocupaba que Carrington, cuyo matrimonio con Ralph no impedía que dependiera emocionalmente de Lytton, pudiera suicidarse. Por otra parte, sentía que “después de [su] judío” nadie le importaba más que Lytton. La posibilidad de su muerte la enfrentaba tanto a su “propia ilimitada capacidad de sentir”, como a sus temores asociados “a la fuerza desconocida que acecha justo debajo del suelo”, y se proponía “pisar muy levemente sobre la cima de ese volcán”. Además, desconfiaba de la exteriorización de sentimientos, a veces ficticios, producto de las escenas emotivas. De hecho, le había escrito a Ethel —a quien definía como “una de esas charlatanas”— contándole que “se había entrenado en el silencio”, inducida por el “terror” que sentía ante su propia sensibilidad; y agregaba: “Todos aquellos a quienes honro son silenciosos: Nessa, Lytton, Leonard, Maynard”.

No hacía mucho, una compañía de cemento había comenzado una enorme construcción que obstruía su vista a las colinas, perturbando las vacaciones navideñas de los Woolf; de todas maneras, la tranquilidad de Monk’s House y las largas caminatas por Rodmell y alrededores fueron recursos eficaces para ahuyentar la melancolía. A mediados de enero, y otra vez en Londres, a pocos días de cumplir los cincuenta años, Virginia se sentía “en una de esas lasitudes y bajamares de la vida” y se preguntaba si todavía podía contar con veinte años más. Lo cierto es que la enfermedad de Lytton ponía en el tapete la siempre obsesionante cuestión de la edad y la muerte. Temiendo la proximidad de un desenlace fatal, los Woolf se dirigieron a Ham Spray para verlo. En los alrededores de la casa una pequeña multitud de parientes y amigos esperaban noticias de su salud, pero él estaba muy débil para recibir visitas, y debieron conformarse con que les informaran que se alegraba de que estuvieran allí. Virginia comprobaba que el cariño había perdurado; una y otra vez lamentaba el tiempo que habían dejado pasar sin verse, y recordaba que durante sus reencuentros con Lytton siempre recuperaban el encanto de la vieja amistad. Que los Woolf no disfrutaran del ambiente de “sodomía”[383] que había a su alrededor[384] había contribuido al distanciamiento; pero cuando Lytton publicó Portraits in Miniature and other Essays, Virginia reconoció su “gusto, inteligencia, orden e infinita destreza”.

En el transcurso de los primeros días del año los Woolf recibieron una carta en la que Carrington decía que Lytton mejoraba; también partes diarios que les enviaban desde la cabecera del enfermo y que alternaban entre los que daban alguna esperanza y los que hablaban de recaídas. Finalmente, víctima de un cáncer de estómago que había sido mal diagnosticado, Lytton murió. Virginia se enteró de la noticia durante la fiesta de disfraces que acostumbraban hacer para festejar el cumpleaños de Angelica; para no perturbar a los demás, ella, Duncan y Nessa hicieron un aparte, compartiendo un dolor que apenas podían expresar con palabras.

El hecho de que Carrington hubiera intentado suicidarse el día anterior a la muerte de Lytton conmovía a Virginia, y aunque en el pasado había oscilado entre considerarla una buena y una mala influencia para él, sentía que en esos momentos debía ocuparse de ella, y le escribía mostrándose compasiva y solidaria:

 

«Odio tanto la sensación de que las cosas comienzan nuevamente sin él aquí en Londres. Me doy cuenta de que no puedo escribir sin pensar de repente Oh pero Lytton no leerá esto, y le quita todo sentido. Siempre reservo cosas en mi cabeza para decírselas a Lytton. Y lo que ha de ser para ti… Deseo poder verte en algún momento y contarte acerca de la época, tras la muerte de Thoby [Stephen], antes de que lo conocieras, cuando solía verlo. Pero yo nunca hubiera podido darle lo que tú le diste. Solía reírme de él por haberse tornado tan dulce y de buen humor (sabes cuánto amaba reírme de él) y él decía “Oh pero tú sabes, es bastante maravilloso —Ham Spray y todo eso— y es todo obra de Carrington”. Esto no es ayuda para ti ahora, pero lo es para nosotros. Antes de conocerte, estaba tan deprimido e inquieto… y todo eso cambió cuando tuvieron Tidmarsh».

 

A los pocos días, llegó la respuesta de Carrington: “Hay pocas cartas que sirvan de algo. La tuya más que todas; porque comprendes”. El caso es que todos temían por el futuro de Carrington; por eso, en un intento de estimularla, Virginia le pidió que ilustrara libros para la Hogarth y la visitó en Ham Spray. También le escribía cartas en las que subrayaba lo importante que ella había sido para Lytton, y la instaba a vivir, diciéndole que esa era una manera de perpetuarlo. Sin abusar de frases hechas y sin mostrarse voluntarista, en sus cartas Virginia elaboraba su propio duelo, también respetaba el dolor de Carrington, y le otorgaba un lugar de relevancia en la vida de Lytton:

 

«Tengo un sueño tras otro con él y la más extraña sensación de verlo venir por la calle. Pero, oh, Carrington, tenemos que vivir y ser nosotros mismos… y siento que tú lo debes vivir más que nadie; porque él te amaba tanto, y amaba tus rarezas y la forma que tienes de ser tú misma. No puedo explicarlo; pero me parece que mientras tú sigas estando allí, algo que amábamos de Lytton, algo de la mejor parte de su vida sigue estando. Pero Dios sabe que, ciega como soy, sé a cada momento del día, sea lo que fuere que esté haciendo, lo que estás sufriendo. Y nadie puede ayudarte».

En febrero y después del impasse obligado por la enfermedad y la muerte de Lytton, la vida social de los Woolf retomó su curso. Si bien Virginia seguía pensando y hablando de él con sus amigos, su recuerdo no la paralizaba; volvía a escribir y leía a Donne para incluirlo en un ensayo de The Second Common Reader. Además, pensaba en una nueva novela y se dejaba distraer por otras cuestiones, como el caso Potocki:[385] un conde de origen neozelandés que había escrito y publicado unos poemas obscenos, dedicados a “John Pene en el Monte de Venus” y en cuya defensa trabajaba Leonard. Divertida, Virginia le informaba a Clive: “¿Alguna vez oíste acerca un tal conde Potocki? […] Escribió un poema acerca del Pene en el monte de Venus; y Oh qué suerte sentarse y follar: y Acabar y Cazar en el Coño de Pegg: por lo cual le dieron 6 meses de prisión, y tuvimos que contratar a Jack Hutchinson para sacarlo”.

En cuanto a su propio libro, Las olas resultaba un inesperado éxito que batía su propio récord de ventas. Otro motivo de sorpresa fue la carta de la Universidad de Cambridge, que la invitaba —y ella era la primera mujer en recibir ese “gran honor”— a dar seis conferencias de literatura. Era un hecho significativo ya que se trataba de las “Conferencias Clark”, inauguradas por Leslie en 1883; y aunque era gratificante pensar que la niña sin educación que leía en su cuarto de Hyde Park Gate tuviera esa posibilidad, Virginia creyó que, si aceptaba, perjudicaría su libertad y que además entrañaba el peligro de “inclinarse” ante la Universidad. Así pues, obtuvo gran placer al negarse e incluso disfrutó pensando que Leslie se hubiera sentido orgulloso de su “pobre pequeña Ginny”.

Pero poco podían los halagos con la tristeza de esos días, y el 10 de marzo los Woolf volvieron a Ham Spray para encontrarse con Carrington, que insistía en quedarse allí sin compañía. Como si de esa manera pudiera preservar viva la imagen de Lytton, ella se dedicaba a cuidar la casa y al jardín. Si bien su marido, Ralph Partridge,[386] no creía que eso fuera bueno, aceptó dejarla sola y regresó a Londres el mismo día en que llegaban los Woolf. Carrington, que había preparado el almuerzo, según recordaría Virginia en su diario, los recibió como una chiquilla asustada: “Pensé que no vendrían […] Envié un telegrama, pero hago todo mal. Pensé que no lo habían recibido”. Los tres comieron en el comedor helado mientras Virginia se preguntaba si Carrington deseaba que estuvieran allí, o los veía como espías que habían ido a controlarla. Lo cierto es que, aunque se esforzaron por entretenerla, solo lograron que sonriera un par de veces. Después del almuerzo, el frío se hizo notar aún más. Virginia y Carrington subieron tomadas del brazo al estudio de Lytton, donde en contraste con el resto de la casa, ardía un gran fuego. Virginia registró en su diario la conversación que sostuvieron allí; ambas expresaron un sentimiento de vacío y sinsentido que Carrington no pudo superar:

 

«Quiero mantener las habitaciones de Lytton como él las tenía. Pero los Strachey dicen que esto es morboso. ¿Les parece que soy romántica al respecto? Oh no, yo también soy romántica, dije. Y volvimos a la sala de estar de L. Rompió en lágrimas, y la tomé en mis brazos. Ella sollozó y dijo que siempre había sido una fracasada. “No me queda nada más por hacer. Hice todo por Lytton. Pero he fallado en todo lo demás. La gente decía que él era muy egoísta conmigo. Pero él me dio todo. Yo era devota a mi padre. Odiaba a mi madre. Lytton era como un padre para mí. Me enseñó todo lo que sé. Me leía poesía y francés”. No quería mentirle; yo no podía pretender que no hubiera verdad en lo que decía. Dije que la vida me parecía a veces irremediable, inútil, cuando me levantaba en medio de la noche y pensaba en la muerte de Lytton. Sostuve sus manos. Sus muñecas parecían muy pequeñas. Parecía indefensa, desamparada, como un animalito abandonado. Ella fue muy gentil; a veces reía; me besaba; decía que Lytton había amado a sus viejos amigos más que a nadie».

 

Tal vez con temor a los efectos que este tipo de conversación podría tener sobre Virginia, Leonard las interrumpió y sugirió dar un paseo, pero Carrington volvió rápidamente a la casa; y después del té, no mostró ningún deseo de que los Woolf se quedaran a pasar la noche con ella, por lo que partieron de regreso a su casa. Antes de despedirse, Carrington le regaló a Virginia una cajita: “‘Le di esto a Lytton. Tómala. James dice que no debo de regalar las cosas de Lytton. Pero esto está bien. Yo se la di”. Virginia la tomó, y luego recordaría “cuán asustada parecía de estar haciendo algo mal, como un niño que ha sido reprendido”. Después, Carrington se quedó sola. Tal vez ya tenía pensado lo que iba a hacer; días antes había acondicionado un lugar en el jardín donde esperaba que se enterraran las cenizas de Lytton. También le había pedido a un vecino una escopeta, arguyendo que la necesitaba para liberarse de una invasión de conejos. Obsesionada por no trastocar nada en esa casa que, desde la muerte de Lytton, parecía querer conservar como un museo, cambió una alfombra, y al día siguiente de la visita de los Woolf desayunó temprano y leyó unas cartas. A las 8.30 el jardinero escuchó un disparo. Carrington había disparado la escopeta y una bala le había atravesado el muslo; cuando corrieron a asistirla, ella insistió en que había sido un accidente. Vivió cerca de tres horas más y alcanzó a ver a Ralph, a quien había dejado una carta en la que decía que esperaba que volviera a casarse, y donde pedía que enterraran sus cenizas junto a las de Lytton, bajo el roble del jardín.

Después del suicidio de Carrington, Virginia le escribió a Ottoline, confesando que, mientras estaban sentadas en el cuarto de Lytton, había sentido “que ella no podría seguir adelante por mucho más tiempo”. Su muerte la sumía en la tristeza y en la impotencia; también en todo tipo de reflexiones, incluso se preguntaba si hubiera podido hacer más por ella. Asimismo sentía que su suicidio afectaba la imagen de Lytton: “Él la absorbió, hizo que ella se matase”.

De investigarse la muerte de Carrington, como habían sido los últimos en conversar con ella, los Woolf corrían el riesgo de ser citados a declarar, pero Ralph y la familia de Lytton lograron que prevaleciera la versión del accidente. De todas maneras, como señaló Leonard, las “charlas de mausoleo” comenzaron otra vez. Durante una visita, Mary Hutchinson les dijo que interpretaba la vida y muerte de Carrington como un bello gesto; pero Leonard —tal vez recordando lo cerca que había estado Virginia del suicidio— desestimó de plano ese tipo de conversaciones y subrayó que se trataba de un sinsentido, algo histriónico que no opacaba el hecho real de que nunca volverían a ver a Lytton. También Virginia sentía el peso de las morbosas charlas y se preguntaba hasta cuándo se hablaría sobre ello. Finalmente, un hermoso día de primavera en Rodmell, sintió que estaba “contenta de estar viva” con “pena por los muertos” y que no podía entender “por qué Carrington se mató y puso un fin a todo esto”. Al recobrar el entusiasmo y las ganas de vivir, incluso podía imaginarse que la construcción de la compañía cementera, que impedía la vista de las colinas, era una suerte de templo griego. También disfrutaba de las caminatas solitarias que le permitían “llegar a un acuerdo con mi propia cabeza”. Y pensaba en el futuro: ¿escribiría otro libro? ¿Cuál sería? Virginia se complacía en la sensación de libertad y se proponía que solo se dedicaría a escribir si lo deseaba, y sin “malgastar un momento en repetición”.

Por entonces, sus libros se publicaban y vendían en Inglaterra y Norteamérica; también se traducían al alemán y al francés. Los universitarios escribían ensayos sobre ella, buscaban entrevistarla y publicaban libros sobre su obra. En marzo llegó a sus manos Le roman psychologique de Virginia Woolf, escrito por Floris Delattre, mientras que en Alemania publicaban Die Sprache Virginia Woolfs. Más que sentirse halagada, veía en esos libros una “señal de peligro” porque la ponían en riesgo de convertirse en “una figura”. Por eso se resistía a leerlos y rechazaba verse “como una momia en un museo: incluso un muy respetable museo”. La mirada de los otros siempre la había obsesionado, por lo que no es extraño que sintiera rechazo por la imagen que proyectaban esos trabajos académicos o de crítica; no podía leerlos, decía, “porque odio mi propia cara en el espejo”. Otro indicio de la fama y el reconocimiento alcanzados era que desde Norteamérica le ofrecían comprar el manuscrito de Orlando. Como se lo había regalado a Vita, consideró oportuno escribirle, sugiriendo que considerara la posibilidad de venderlo.[387] Pero Vita prefirió quedarse con el manuscrito, y cuando ella falleció, sus hijos lo entregaron al National Trust.

Fantasma juvenil

La cantidad de gente que pugnaba por hacerse recibir, y las invitaciones que muchas veces Virginia se sentía en la obligación de aceptar, eran otros de los síntomas de la celebridad y, a finales de marzo, los Woolf se ilusionaban pensando en un viaje a Grecia con Roger Fry y su hermana Margery que les permitiría escapar de sus compromisos y tomar distancia de la tristeza de los últimos meses. Además, después de la muerte de Lytton, Virginia sentía “el deseo de estar con amigos”.

El 15 de abril los cuatro viajeros partieron de Victoria Station. Habían planeado viajar en avión, pero como no había un vuelo directo, optaron por el tren. Una vez en Venecia, tomaron un barco que llegó a Grecia bordeando la costa yugoslava. Durante la travesía, Virginia percibió cierto antagonismo en Margery, quien parecía tratarla como si ella fuera “uno de esos seres superiores […] que existen por virtud de sus blancos pétalos”. Así pues, a principios del viaje le escribió a Vanessa: “Creo que ella sospecha que soy una esnob intelectual y moral y social; así que hago mi mayor esfuerzo por bajarme de mi percha y rodar por el suelo; y a veces le gusto; y es temerosamente humilde”. Lo cierto es que Margery no pertenecía al núcleo de Bloomsbury y, conociendo la fama crítica del grupo, podía tener justificadas reservas. Por su parte, Roger no tomaba a bien perder al ajedrez ante Leonard; los viajeros se tanteaban y medían en aras de una convivencia que el viaje de alguna manera iba a forzar. Pero pronto se dieron cuenta de que, a pesar de los pruritos iniciales, podían disfrutar de estar juntos. El 20 de abril y ya en Atenas, visitaron el Partenón. Allí Virginia sintió que se reencontraba con su propio fantasma, “la muchacha de 23, con toda su vida por delante”. Pero la comparación favorecía el presente: a los cincuenta años, se sentía optimista, compadecía a su juvenil fantasma y compenetrada con la vida, disfrutaba de un nuevo florecimiento “en la cara de la muerte”.

En conjunto, los Fry y el paisaje griego combinaban armoniosamente; Virginia apreciaba la erudición y bonhomía de los hermanos, e incluso escuchó las confesiones de Margery. Su padre había alejado al hombre de quien se había enamorado y su madre nunca le había permitido “reír ante ninguna historia que un hombre contara por miedo de que la consideraran ligera”. Margery también habló de lo soso de una juventud rodeada de hermanas que vivían “peor que en un convento”. Cuando a los 97 años, lady Fry comprendió que había cometido un error, “ya era demasiado tarde”. Sin marido ni hijos, Margery había acopiado “infinitos honores universitarios” que parecían no colmarla. Virginia podía ver en ella al prototipo de mujer criada en un hogar victoriano, que había luchado contra el estereotipo del “Ángel de la casa” triunfando solo a medias y que tal vez albergaba el deseo de “comenzar su vida de nuevo”. Sin caer en el patetismo, y con un giro hacia el humor, le escribía a Nessa: “Sería mejor si ella se casara con Roger como tú sugieres”. Bromas aparte, la sorprendían el nivel de erudición de los hermanos y el entusiasmo que siempre los hacía estar alertas; ni siquiera el sufrimiento podía con ellos. Y Roger, que padecía hemorroides y no podía caminar ni estar demasiado tiempo sentado, disertaba atinadamente ante cualquier referencia histórica, botánica o artística que surgiera en el camino.

Pero Virginia no era la única que observaba y tomaba notas acerca de la personalidad de sus compañeros de viaje; y después de sorprenderla riendo sola, Margery le aseguró que ningún Fry había jamás “hecho eso”. Roger agregó: “No […] no tenemos ningún poder de disociación”. Al analizar la situación, Virginia creyó que en ese punto residía el motivo por el cual eran “tan malos pintores”. Aun así, reconocía los atributos de Margery, quien podía no tener charme pero era “tan dulce como la leche y patética”. Mientras estudiaba a Margery, y su “reprimida actitud hacia al mundo, mitad cuáquera, mitad virgen”, Virginia leía a Lawrence y obtenía de sus experiencias con los Fry materiales para su nuevo libro. Contagiada por el entusiasmo de Roger por el arte bizantino y por los “oscuros mosaicos” a los que ella no había prestado atención en su anterior viaje, descubría que su viejo amigo no era solo un “baño de erudición”, sino el mejor admirador de la vida y el arte con el que hubiera viajado. En sus cartas y en su diario de entonces, Virginia transmite el gran disfrute de esas vacaciones “las mejores [en] muchos años”. Grecia no solo era “el más lindo país en todo el mundo”; sentía que podría “amar Grecia, de vieja, como creo que amé Cornwall, de niña”. También, como le confesaba por carta a Nessa, la conquistaban unas sugestivas visiones pastorales: “Si alguna vez tuve una inclinación al safismo, podría revivirla a la vista de carros de jóvenes paisanas con pañuelos color limón, rojos y azules, y los burros y los niños y la fecundidad general y desnudez; y el mar; y los cipreses” El viaje incluyó excursiones en auto por caminos angostos, en los que siempre parecía que una de las ruedas quedaba “balanceándose sobre un precipicio”. En esas condiciones, toparse con otro vehículo o con un rebaño de ovejas implicaba tener que retroceder “con las ruedas traseras cepillando las copas de los pinos”. Pero las vistas desde lo alto de las colinas valían el esfuerzo; las rocas estaban cubiertas de flores, el mar se divisaba por todas partes, y además se trataba del mismo mar que acariciaba las costas cuando Perséfone[388] “se bañaba allí”. De hecho, Virginia tuvo la sensación de que en Grecia el tiempo obedecía a otras reglas; dejaba lugar a la fantasía y a la sorpresa; en cada rincón había una flor diferente y el paso de los siglos no parecía haber dejado huellas: “No hay siglo XVIII, XVI, XV todo en capas como en Inglaterra; nada entre ellos y el 300 d. C.” Aunque la pastoral se veía alterada por una pléyade de turistas alemanes de clase media[389] y también por la percepción de la pobreza que asolaba a la población, que todavía sufría las consecuencias de la Primera Guerra Mundial y de la Guerra de los Balcanes, para Virginia Grecia tenía el encanto de ser “el país de la luna” iluminado por “un sol muerto”. Durante el regreso, en el Expreso de Oriente, los viajeros comprobaron una vez más los “curiosos contrastes” entre los restos de la antigua civilización y la pobreza en la que vivían los griegos y que habían percibido durante todo el viaje.

Los Lobos y su criatura: ECLOSIONES

Al llegar a Londres, el humor de Virginia cambió radicalmente. La civilización presentaba una de las caras que más le desagradaba. Muriel Bradbrook, una representante de la nueva generación de Cambridge, a la que catalogó como una joven ardiente, la había llamado “mala escritora” en el Scrutiny[390] En tanto se preguntaba cómo debía tomar ese tipo de críticas, pensaba que su reputación declinaría, que sería objeto de burlas, pero trataba de consolarse y no pensar demasiado en sí misma. La cuestión es que si bien había alcanzado renombre, una nueva generación apuntaba sus dardos hacia Bloomsbury. Otro motivo de preocupación eran las demandas de John Lehmann, que, como amigo de Julian, recibía el apoyo de Nessa “en contra del irascible Leonard”. De hecho, Lehmann no solo reclamaba por el duro trabajo y la baja paga, también decía que Leonard se obsesionaba por los detalles al extremo de perseguirlos como un perro persigue a una rata, hasta el punto que a veces él parecía la rata y el detalle el perro. Lehmann era un joven ambicioso, que se destacaba como poeta y era un buen nexo con los escritores de la nueva generación, pero su deseo de tener más injerencia en los asuntos directivos de la Hogarth chocaba contra la férrea voluntad de Leonard. El asunto se complicaba y desgastaba a Virginia, que intervenía para apaciguar los ánimos. Pero tampoco ella estaba muy a gusto con Lehmann, quien parecía molesto cuando la veía trabajar en el cuarto que servía de depósito de la imprenta. De alguna manera, Lehmann ponía en cuestión un lugar que le era propio y que le exigía tiempo y esfuerzo, ya que Virginia leía los manuscritos y ayudaba en lo que hiciera falta: desde las correcciones y la elección de la tipografía hasta el embalaje de los libros; también acompañaba a Leonard en sus excursiones para promoverlos en librerías de provincia. A fin de cuentas ninguno de los Lobos aceptaba que otros tomaran control sobre su criatura. Cuando la situación se hizo insostenible, los Woolf recibieron una carta de John Lehmann, que, según creyó Virginia, no se atenía a su último acuerdo y renunciaba a la imprenta. En tanto que Leonard se sintió herido y no quiso enviar una respuesta a la carta, ella lamentó la pérdida de tiempo que habían significado todas las conversaciones y negociaciones llevadas adelante, y concluyó: “Ese egoísta jovencito con todos sus celos, vanidades y ambiciones, su debilidad y cambios drásticos no es una pérdida”. Se sentía liberada de una carga y pensaba que ese alejamiento le permitiría pasearse imperturbable y a sus anchas por la imprenta, sin ser molestada.

“¡Dios cuánto sufro!”, exclamaba Virginia a finales de mayo. Desde su regreso de Grecia, se sentía “acurrucada como una bola” sin ningún optimismo o vitalidad, vieja. También se preguntaba de dónde obtendría valor para seguir viviendo. ¿Qué había detrás de las caras que veía desfilar en las calles? “Todo es duro como superficie; yo, tan solo un órgano que toma bocanadas, una tras otra”. Unida a esta sensación la albergaba la “de seguir, y seguir, y seguir; sin motivo”, sentimiento que asociaba a las muertes de Lytton y Carrington, y al “anhelo de hablar con él”. De todas maneras, y a pesar de su depresión, escribía el penúltimo capítulo de Flush, un libro que había pensado como una broma para compartir con Lytton y que ahora parecía no tener sentido.

En ese marco, sentía que “la bondad y firmeza” de Leonard eran su anclaje. En otro orden de cosas, había comenzado a leer libros de autores como Wells, Heard y Jeans, sobre teorías evolutivas y física,[391] pero lamentaba su propia “falta de poder intelectual”, y sufría terrores nocturnos que relacionaba con lo que “andaba mal en el universo”. La noche en que Carrington se mató, Leonard le había dicho: “Las cosas han salido mal de alguna manera”. Ahora, esa frase volvía a su mente, así como la sensación de ver “toda la violencia y el sinsentido cruzando en el aire”. Como gran intuitiva, Virginia comenzaba a percibir que había algo “aterrorizante: sin sentido”, “toda Inglaterra [estaba] echada a perder”, y advertía el germen de una situación de crisis y caos mundial que pronto estallaría. A esto se sumaban algunas complicaciones con sus amigos. Salió mal parada después de intentar, en una de las numerosas reuniones a las que asistía, conciliar posiciones entre Eddy Sackville-West[392] y Duncan Grant. Al día siguiente recibió una carta en la que Eddy le adjudicaba comentarios baratos “acerca de ‘comportarse como un caballero’”; a los que ella contestó: “El urgir tanto a ti como a Duncan a comportarse como caballeros es demasiado tonto incluso para mí”. Las agotadoras y a la vez estimulantes fiestas eran caldo de cultivo ideal para ese tipo de situaciones. “Recojo demasiadas espinas, por un lado o por el otro”, se quejaba Virginia después de una de esas reuniones. Además estaban los problemas de la Hogarth, “trastornada y en proceso de muerte o nacimiento, solo Dios sabe cuál”. Las intuiciones que no la abandonaban y un estado de ánimo particular propiciaban que pensara, una y otra vez, en los fantasmas de Lytton y de Carrington.

Sus percepciones acerca de la crisis que se avecinaba fueron confirmadas en dos fiestas: la brindada por lord David Cecil, la noche del Derby, y días después, en una comida en casa de Maynard Keynes. El clima social y político era delicado. Con su proverbial vitalidad y egolatría, Bernard Shaw exponía sus puntos de vista, pero Virginia prestó más atención a Maynard Keynes que, “como un médico que dice que un hombre esta muriendo en la habitación vecina, y que no quiere que todos los presentes lo escuchen”, diagnosticó y advirtió que “estamos casi tan mal como se puede estar. Nunca estuvimos tan mal. Puede que estemos sobre el límite, pero como nunca ha sido así, nadie sabe”. A Virginia le costaba conciliar esos análisis de la crisis que atravesaba el país con la aparente indiferencia que percibía en el común de las personas. Al día siguiente de escuchar a Keynes, paseó por Hyde Park, contempló a la gente, vio muchos Rolls Royce y autos caros, hombres y mujeres exhibiendo su lujo y niñeras paseando a niños en sus cochecitos; ninguno parecía registrar que estaban “al borde de un precipicio”.

Además, se sorprendía de que ella misma, a pesar de la sensación de desasosiego que no la abandonaba, pudiera seguir con sus rutinas. A finales de junio los Woolf recibieron la visita de Dimitri Mirsky, un príncipe ruso, historiador literario y comunista, que les refirió que después de doce años de residir en Inglaterra, cansado de vivir en pensiones y de su puesto como conferencista universitario, pensaba regresar a su país. Su rostro “muy marcado” por la desesperación y el sufrimiento impresionó a Virginia que anotó en su diario: “Pensé, mientras miraba sus ojos brillar y apagarse, pronto una bala atravesará tu cabeza”. Tal como intuyó, años después, Mirsky moría en Siberia. Pero él también había tomado nota de su visita, y en su libro Intelligentsia of Great Britain, publicado en 1935, definió a Virginia Woolf como una gran artista, creadora de un método propio, pero señalaba que sus preocupaciones burguesas sobre el sufrimiento individual no le permitían ir más allá de un universo estético, alejado de la realidad social. Lo cierto es que la conciencia de sus propias inseguridades, sentir que desconocía los resortes ocultos de su alma, su certeza de que apenas podemos conocernos a nosotros mismos y en ningún caso generalizar y hacer extensivo nuestros juicio a los otros, son algunas de las razones que la mantuvieron lejos de cualquier intento de abordar lo social a la manera que reclamaban algunos de sus críticos. Limitada a su propia experiencia, Virginia no era el tipo de escritora que podría colmar las expectativas de Mirsky. Aun así, él era uno más entre toda la “plaga de gente” que insistía en verla.

La sensación de sentirse observada, juzgada y perseguida aumentó cuando apareció publicado el libro que le había dedicado Winifred Holtby. Para colmo de males, en lugar de una fotografía profesional de Lenare, que hubiera preferido, los editores eligieron publicarlo con una instantánea casera, obtenida por Leonard. Virginia odiaba que invadieran su privacidad, también que la presentaran ante el mundo “como una chata y desaliñada vieja”. Presa de esa visión, no podía sacarse el tema de la cabeza; la foto de Leonard mostraba sus largas piernas, pero también ponía en evidencia sus propios terrores a la exposición: “El complejo es: privacidad invadida, fealdad revelada”.

Pero no solo le preocupaba la foto de tapa, también se mostraba reticente con el contenido del libro y con su autora. Cuando Ethel se la presentó, en 1931, Winifred Holtby[393] tenía unos treinta y dos años, era una convencida socialista y feminista que quería escribir sobre ella; y aunque Virginia se mostró amable, también mantuvo su distancia. Se refirió a Holtby como a una joven un tanto torpe y fue condescendiente con esta “hija de un granjero de Yorkshire”. Finalmente, aunque accedió a hablar con ella, al día siguiente le escribió a Vanessa contándole que solo el cielo sabía “qué clase de mentiras” había dicho. Tampoco Vanessa fue de ayuda, ya que se negó a ser entrevistada para hablar de su hermana. Nada de esto impidió que Virginia se sintiera halagada cuando Holtby le dijo que Las olas era “un poema” con el que había llegado, más que nunca, y profundamente, al “corazón humano”. Respecto al libro de Holtby, Virginia intentó no tomar a pecho lo que allí se decía, y en cartas a sus amigos afirmaba que no lo había leído; o que se trataba de mentiras, y que tan solo una ojeada al contenido, la hacía reír a carcajadas.

Un desmayo “entre las rosas”

Una noche de julio, mientras comía con Clive y amigos en el Ivy, Virginia se desmayó. Cuando recobró el conocimiento, vio a una mujer que sostenía sales en la mano. A eso le siguió “la absoluta delicia de la oscuridad y la cama”[394] Al tanto de lo que había sucedido, y seguramente molesta porque la evitaba, pero veía a otras personas, Ethel sugirió que debía “rechazar a los aspirantes a entrevistas”. La respuesta de Virginia fue firme —podría decirse que su amistad con Ethel fue un ejercicio de firmeza—, le dijo que no veía ni a “aspirantes a entrevistas” ni a admiradores de sus libros; todos ellos recibían una excusa de su parte, de la que se ocupaba una empleada de la Hogarth. Aclaraba que lo que no podía resolver era la cuestión de los amigos íntimos, y de los amigos de estos, ante quienes no podía negarse: “Por qué crees que soy tonta y ridícula al cenar en el Ivy en una noche calurosa con gente que conozco hace veinte años, y que no es tonto, sino sabio y adorable cenar contigo en Coign y encontrarme a los Baring y a los Storr, a quienes he conocido hace diez minutos y me importan un pepino, no puedo imaginarlo”.

Se tratara de desconocidos o de amigos íntimos, la vida social siempre cobraba su precio; y no mucho después, al referirse a Clive, Virginia se preguntaba qué era lo que le había robado, veinte años antes, “para que nunca sintiera la deuda pagada”. No hay que descartar que la fusión de genio e ironía, ligereza y seriedad, descolocaran al diletante Clive. El estilo de trabajo que caracterizaba a Virginia implicaba una dedicación que él no lograba en su propio trabajo. Por entonces, cuando el director de New Statesman le pidió una columna sobre libros, ella rechazó el ofrecimiento aduciendo que no era “una experta periodista” y que le tomaban “tres o cuatro mañanas escribir un artículo que la mayoría de la gente hace en una”. Pero lo cierto es que estaba muy ocupada. En junio, mientras se publicaba Carta a un joven poeta en Yale Review, trabajaba en Flush y se sentía asediada por la gente que deseaba verla; también, por sus propios fantasmas. En momentos como esos reclamaba para sí una existencia aparte, una suerte de “inmunidad” en la que preservarse, demanda que llevaba explícita la necesidad de anonimato y la convicción de que no debería preocuparse por las críticas. También, eco de las lecturas de las cartas de Joseph Wright[395] a su esposa, sentía que debía complacerse más a sí misma, y despreocuparse del juicio y la opinión de los demás.

A pesar de su deseo de soledad, una sucesión de visitas, que incluyeron a su hermano Adrian y “su cara de suicida”, le provocaron pesadillas y dolores de cabeza. Antes de ir a Rodmell, Virginia se encontró con Ethel, que parecía hallar “lujuria [en] la emoción”, y cuyas escenas, como las peleas con Nelly, la dejaban envuelta en un sentimiento de humillación y degradación. Aunque luego Ethel dijo que su relación con ella era “la cosa más preciada” de su vida, Virginia se burlaba de ella y sugería que tal vez obtenía “un orgasmo continuo” al escribir las largas cartas que le dirigía. Y como temía que se produjeran escenas similares, le escribió: “Si tenemos que controlarnos a nosotras mismas y controlarnos tanto más de lo que necesitamos con otros amigos, ¿acaso no estamos disminuyendo nuestra peculiar luz? […] Puedo aceptar lo que me dices, que te controlarás y no habrá más escenas, pero me quedo pensando ¿acaso no se empequeñece y limita la amistad si una tiene que estar esforzándose por comportarse bien?”.

Pero la relación no recobraba esplendor, y poco después Ethel volvía a equivocar su estrategia de acercamiento al atribuirle un artículo anónimo sobre las cartas de Jane Austen, diciendo, además, que le parecía lo mejor que había escrito.[396] Aunque reconoció que alguien había intentado sus “trucos en The Times”, Virginia se sintió ofendida por la confusión. De todas maneras, eran precisamente sus diferencias lo que le atraían de Ethel: “Tú resistes; tú refutas; tú insistes, yo yazgo en el viento y me entrego… iba a decir a las olas”.

A comienzos de agosto, otra muerte inesperada impactó su delicado equilibrio emocional. Goldie Lowes Dickinson, el reconocido Apóstol que había elogiado Las olas, falleció repentinamente. Virginia sentía que había alcanzado una suerte de intimidad y lo consideraba el más encantador y espiritual de los hombres. Los Woolf se sentían particularmente afectados por la desaparición de amigos que conocían desde hacía veinte años: “Así que la gente seguirá muriéndose hasta que muramos, dijo Leonard. Lytton, Carrington, Goldie”.

El refugio en Rodmell era ideal para retomar rituales y costumbres queridos; además, la soledad y los ciclos de la naturaleza daban una sensación de permanencia que tranquilizaba el ánimo, y Virginia disfrutaba sus paseos por las colinas; placeres sencillos como poner un pastel en el horno, o degustar de un helado —habían comprado un refrigerador— y escuchar Bach en el megáfono. Siempre que no se inmiscuyeran mucho con su vida, podía idealizar a los habitantes de Rodmell y sus costumbres, al punto de pensar que todo el conjunto expresaba una vida rural que remitía a siglos de una historia que respetaba y la atraía. En ese sentido, ver una carrera de caballos en Lewes disparaba su vena lírica y creaba una pastoral a su medida, supeditada a un pasado salvaje y remoto, de tierras sin cultivar. En ese imaginario, los caballos —“qué sensación de músculo duro y estirado”— representaban la fuerza y la pulsión vital. Días después, la imagen de los caballos galopando adquirió otras implicaciones. Mientras observaba, junto a Leonard, las colinas que se cubrían de oscuridad “después de haber ardido como sólida esmeralda todo el día”, sintió que “galopantes caballos” enloquecían en su cabeza:

«Luego mi corazón saltó; y paró; y volvióa saltar; y saboreé esa extraña amargura en el fondo de mi garganta; y el pulso saltó a mi cabeza y latió y latió, más salvajemente, más velozmente. Voy a desmayarme dije y me deslicé de mi silla y me acosté en el pasto. Oh no, no estaba inconsciente. Estaba viva; pero poseída con este luchador equipo en mi cabeza: galopando, resoplando. Pensé que algo explotaría en mi cerebro si eso seguía. Lentamente se apaciguó. Me incorporé, y tambaleé, con qué infinita dificultad y alarma, ahora en verdad desvaneciéndome y viendo el jardín dolorosamente alargado y distorsionado, atrás, atrás, atrás, cuán largo parecía; ¿podría arrastrarme?… a la casa; y llegué a mi habitación y caí sobre mi cama. Luego dolor, como de parto; y luego eso también se desvaneció muy lentamente; y yací presidiendo, como una luz intermitente, como la madre más solícita, sobre los destrozados astillados fragmentos de mi cuerpo. Una muy aguda y desagradable experiencia».

 

Después de ese desmayo “entre las rosas”, apenas pudo sostener un termómetro entre sus labios. Buscando posibles causas, Virginia concluyó que el hecho no parecía tener relación con una visita de su suegra, que había estado cautivadora y la emocionó regalándole sus aros de perlas, sino más bien con el calor que había hecho ese día. En coincidencia con ella, sus médicos diagnosticaron una posible insolación, le recomendaron reposo y que evitara exponerse al sol. Pero como también podía tratarse de agotamiento, custodiada por Leonard que la seguía “como un perro”, equilibró su rutina de ver gente, leer y escribir. De todas maneras, entre las visitas reaparecieron Tom Eliot y su mujer Vivienne, “salvaje como Ophelia” La locura de Vivienne era difícil de soportar y, lejos de identificarse con el sufrimiento y las crisis nerviosas que padecía, Virginia sentía conmiseración por el “pobre” Tom.

Los Pargiters o el triunfo de la ESCRITURA

Al margen de los altibajos, gracias a su innata vocación de lucha y supervivencia, Virginia concluía que se había tratado de un muy buen verano; había disfrutado de los campos que amaba, constantemente amenazados por expansiones inmobiliarias de dudoso gusto, y se había aferrado a cada bello día “como la abeja se aferra a un girasol”. Siempre encontraba estimulante contemplar el paisaje que lograba encandecer su mente “como hierro caliente”. Además, la “completa y sagrada” pero también “habitual vieja belleza de Inglaterra” despertaba visiones y sensaciones, asociadas a un sentimiento de eternidad, del que opinaba: “Continuará después de mi muerte”. Estas ideas y percepciones, referidas a la continuidad y permanencia, lo mismo que el contacto con los pobladores, remiten a los temas históricos centrales que abordaría en sus últimas novelas: Los años y Entre actos. Podría aventurarse que sus experiencias de pérdida[397] y la sensación de entrar en la última etapa de su vida la impulsaron a recrear sagas históricas.

A pesar de todo, a los cincuenta años se sentía optimista, aceptaba los “cambios del alma” y pensaba que, mientras se mantuviera flexible y con proyectos, no corría riesgos de envejecer. Después de un viaje a Leicester para asistir junto con Leonard a la Conferencia Anual del Partido Laborista, se entusiasmaba con la idea de volver a los downs. Por entonces leía las cartas de Lawrence, aunque criticaba su lenguaje reducido —“el inglés tiene un millón de palabras: ¿por qué confinarse a 6?”— y lo encontraba sentencioso y sistematizador. Para ella el arte implicaba “estar libre de todo predicamento: las cosas por sí mismas: la sentencia en sí hermosa: mares multitudinarios; narcisos que salen antes de que las golondrinas se atrevan’[398] En octubre, poco después de que saliera a la venta The Second Common Reader[399] y el libro de Vita Family History, Virginia ya estaba sumergida en una nueva historia a la que llamaba The Pargiters, basada en la conferencia que había brindado en la National Society for Women’s Service. Dada su inclinación a un tipo de libros que le permitieran experimentar con nuevas formas, apenas dedicaba “un pensamiento” a la recepción de El lector común. Tampoco le preocupaba su trabajo como periodista, que para ella significaba más una posibilidad de obtener recursos económicos que un desafío; y aunque trataba de no dedicar mucho tiempo a ese tipo de trabajo, a principios de noviembre escribió un artículo que le había pedido The Times con motivo de cumplirse los cien años del nacimiento de su padre.

Ese fin de año se presentaba auspicioso. Virginia escribía con entusiasmo The Pargiters —obra que finalmente tituló Los años—, un proyecto ambicioso que diagramaba en su diario: “Será una Novela-Ensayo, llamada The Pargiters, y tratará acerca de todo, sexo, educación, vida, etc; y viene dando los más poderosos y ágiles brincos, como un gamo saltando los precipicios de 188° hasta aquí y ahora”. Otra vez se encontraba en una suerte de “bruma, sueño e intoxicación, declamando frases, viendo escenas, […] desde el 1° de octubre todo está fluyendo por propia voluntad hacia el arroyo, como con Orlando”.

Proyectaba su nuevo libro como una novela de “hechos”, del tipo del que se venía “absteniendo” desde 1919 cuando escribió Noche y día, y aunque de vez en cuando sentía “el tirón de la visión”, la resistía, convencida de que esa era la “verdadera línea, estoy segura, tras Las olas —The Pargiters—”.

Pero la excitación y lo que llamó “incandescencia” hicieron eclosión una noche, cuando sintió “caballos galopantes” en su corazón. Después de “un esfuerzo terrorífico” por “aferrar las riendas”, despertó a Leonard pidiendo un poco de hielo. Como su médica le aseguró que no había nada malo en su corazón, salvo la tensión a la que se había sometido, a pesar del susto Virginia siguió escribiendo su nuevo libro con rapidez. Sentía que estaba haciendo algo que le importaba profundamente, y el 10 de noviembre anotaba en su diario: “Creo que nunca hemos sido tan felices, con una cosa y la otra. Y tan íntimos, y tan completamente enteros, quiero decir Leonard y yo. Si tan solo pudiera permanecer así por otros 50 años… la vida así es enteramente satisfactoria para mí”.

Era indudable que ese equilibrio y esa satisfacción tenían que ver con otros afectos sostenidos en el tiempo. Los miembros de Bloomsbury tendían a agruparse como una manera de defenderse de sus críticos; y por entonces, uno de ellos, Logan Pearsall Smith, hizo un intento de acercamiento. Así pues, un representante de los llamados escritores de Bloomsbury se encontraba con un representante de los de Chelsea; cita que Virginia aceptó con humor: “Ven y ríete de mí y de mi trabajo y de mis amigos en mis narices, y haré lo mismo contigo. Sin duda ambos sacaremos provecho”. Cuando finalmente se vieron, Logan P. Smith reconoció que se había burlado de ellos, e incluso que quizás había inventado un par de anécdotas en contra de Bloomsbury. Por su parte, Virginia aseguró que su pasatiempo favorito era burlarse de Chelsea. De todas maneras y a pesar de los esfuerzos de ambos por ser amables, el encuentro fue decepcionante. Logan nunca intentó volver a verla, aduciendo que la diferencia de edad, gustos y amigos era insoslayable, y Virginia concluyó que él no le gustaba, que era grosero y que “si fuese un pez, hedería”.

Lo cierto es que, intoxicada con su novela, no le asignó a la entrevista mayor importancia. A mediados de diciembre había escrito “60.320” palabras de The Pargiters, con lo que superaba en velocidad a todos sus otros libros. De todas maneras, consideraba que debía “sudarlo y secarlo hasta 30 o 40 mil”. La excusa de su “corazón cansado” le permitía “imponer” sus propios términos: “Nunca viví carrera semejante, semejante sueño, semejante violenta impulsión y compulsión… apenas viendo otra cosa que los Pargiters”. El paso de los años también tenía aspectos positivos; sentía que había sedimentado una colección de riquezas en las que podría zambullirse, aunque manteniendo “el correcto grado de libertad y reserva”.

Como solían hacer, el 20 de diciembre los Woolf partieron a Rodmell para pasar la Navidad. Allí Virginia se ocupó de revisar Flush, libro que en principio la decepcionó como si se hubiera tratado de una lamentable pérdida de tiempo; además, temía que no le gustara a Leonard, y que sería “un derroche de dinero”. Esas nubes no tiñeron un panorama festivo y optimista, y el último día del año escribió en su diario acerca de las cartas que estaba recibiendo y de la adquisición de un auto nuevo. También se sentía halagada porque aparecía citada en el último libro de Hugh Walpole, The Apple Trees, como la autora de Las olas, un “hermoso y misterioso libro”. Pero lo más significativo fue que, después de atravesar pérdidas y duelos, se sentía entregada al fluir de la vida y podía decirle “a este preciso instante, quédate, eres tan bello, ¿qué ganaría una si muriera?”.