CAPÍTULO XXIX - 1926
Duelo epistolar: escribir EMOCIONES
VITA y Clive se encontraron en casa de una amiga en común, donde pasaron el primer día del año; momento que él consideró oportuno para preguntarle por el cariz de su relación con Virginia, cuyo carácter íntimo Vita negó; al mismo tiempo, se abstuvo de obtener informaciones que sabía que él podía darle, ya que prefería hacer sus propias “exploraciones”. En cuanto a Virginia, en cama y con rubéola, anticipaba la despedida: “Si en algún momento una mujer fue una vela encendida, un brillo, una iluminación que cruzará el desierto [hacia Persia] y me dejará… fue Vita”.
Cuando finalmente el 19 de enero Vita partió para reunirse con su marido en Teherán, Virginia se preguntó cuáles eran sus sentimientos. Tan pronto sentía que la quería “clara e inconfundiblemente”, como pensaba que no, “y así sucesivamente”. Lo cierto es que más que su inteligencia, valoraba que Vita fuera “abundante y fructífera; también sincera”. Su ausencia no la desesperaba, porque —según escribía en su diario— se mezclaba con “el hecho vigorizante de haber empezado de nuevo mi novela […] Todas estas fuentes juegan en mi ser y se entremezclan”.
Entre enero y mayo, mientras Vita estuvo en Persia, ambas se enviaron una serie de cartas que permiten reconstruir el decurso de una relación que al diario de Virginia se le escapa, ya que si bien es cierto que no era su costumbre exponer en sus diarios su sexualidad, en este caso debía ser reservada, además, porque Leonard podría leerlos. Durante la ausencia de Vita, ella y Virginia se esmeraron por lucirse en una correspondencia que da la posibilidad de deducir las repercusiones que tendría la intimidad que habían alcanzado. De hecho, inmersa en su novela, Virginia apenas sentía la ausencia de su amiga, en tanto que Vita viajaba con otra mujer —la poeta Dorothy Wellesley—[296]con la que sostenía un affaire. De todas maneras, en sus cartas, ambas competían por ver quién era más afectuosa. En esa justa, Vita se perfilaba como la más apasionada, y admitía: “Estoy reducida a una cosa que anhela a Virginia”. También subrayaba que Virginia sería insensible o en todo caso engalanaría las cosas con “una frase tan exquisita que perdería un poco de su realidad”. Al tiempo que declaraba su pasión, Vita establecía sus diferencias de carácter y continuaba:
«Mientras que conmigo es bastante crudo: te extraño más de lo que hubiera creído; y eso que estaba preparada para extrañarte muchísimo. Así que esta carta es en realidad simplemente un chillido de dolor. Es increíble cuán esencial te has vuelto para mí. Supongo que estás acostumbrada a que la gente te diga estas cosas. Maldita seas, criatura malcriada; no lograré que me ames más entregándome de esta manera. Pero oh, mi querida, no puedo ser astuta y distante contigo: te amo demasiado para ello. Demasiado sinceramente. No tienes idea de cuán distante puedo ser con las personas a las que no amo. Lo he convertido en un fino arte. Pero tú has roto mis defensas. Y realmente no lo lamento».
Como escritoras dispuestas a esgrimir palabras que expresaran sus sentimientos, ambas mujeres establecieron un diálogo que no excluía el desafío y que incluso se puede transcribir a manera de un duelo epistolar. Así pues, recogiendo el guante, Virginia contestaba: “¿Pero por qué piensas que yo no siento, o que hago frases? ‘Adorables frases’, que tú dices que roban cosas de realidad. Justo lo opuesto. Siempre, siempre, siempre intento decir lo que siento”. Con la intención de defenderse de la acusación de insensibilidad, Virginia también afirmó que desde la partida de Vita, nada importante había sucedido, y agregaba:
«De alguna manera todo me parece soso y húmedo. Yo he estado sosa; te he extrañado. Te extraño. Habré de extrañarte. Y si no lo crees, eres un búho de orejas largas y un burro. ¿Frases adorables? […] En cuanto a la gente que he visto, no me he enamorado de ninguna, pero ese no es exactamente mi estilo. ¿Lo adivinaste? No soy fría, ni una farsante, ni débil, ni sentimental. Lo que soy, quiero que tú me lo digas. Escribe, adoradísima Vita, las cartas que inventas en el tren. Responderé a todo».
Susceptible a la crítica de Vita, Virginia se preguntaba por la naturaleza de sus pasiones, reconocía cierta dependencia emocional y se refugiaba en el terreno de las palabras, donde evidentemente se sentía más segura:
«Me di cuenta de que una parte de mi sufrimiento es no tenerte. Sí, te extraño, te extraño. No me atrevo a explayarme, porque dirás que no soy veraz, y que no puedo sentir las cosas que siente la gente tonta. Tú sabes que es putrefacción bastante podrida, mi querida Vita. Después de todo, ¿qué es una frase adorable? Una que ha absorbido tanta Verdad como yo pudiera retener».
Aunque dependiente de las cartas de su amiga, Virginia pronto descubrió que la presencia de Vita era más estimulante que su correspondencia: “Vita escribe cartas insulsas, y la echo de menos. Echo de menos el resplandor y el halago y la fiesta. La echo de menos no muy íntimamente, supongo. No obstante, la echo de menos y desearía que ya fuese 10 de mayo; y luego no lo deseo, porque me sacio tan fácilmente que cuando veo a la gente a menudo me asquea verla”. Quedaba claro que este patrón de atracción y rechazo estaba cruzado por la escritura de Al faro, que imponía un alejamiento de la vida social y la necesidad de dedicarse de lleno a la escritura; no había allí fisuras por donde se colase la pasión, cosa que Vita percibió al punto de comparar la inviolabilidad de los sellos de correos con la castidad de Virginia.
“El estilo es un tema muy sencillo: es todo ritmo”
Lo cierto es que Virginia estaba sometida a otro tipo de pasión y el 23 de febrero, refiriéndose a lo que sucedía con Al faro, escribía en su diario: “Estoy escribiendo con la máxima rapidez y libertad con que he escrito en toda mi vida. […] Tiene gracia, ahora invento teorías para afirmar que la fertilidad y la fluidez es lo que cuenta”. Mientras esto sucedía, la Hogarth Press comenzaba la temporada de publicaciones, y ella se preguntaba si tanto esfuerzo y trabajo no la convertían, como su padre, en una “fanática entusiasta del trabajo”. Pero el ritmo lo dictaba la escritura de Al faro, a la que le dedicaba toda la mañana; solo gracias a “un trabajo endiablado” lograba desprenderse de la novela y no continuar por las tardes. El resultado era que vivía “enteramente sumergida” en su libro, sentía que solo salía “a la superficie bastante oscuramente”, y que le costaba un gran esfuerzo distanciarse del mundo que creaba y recreaba allí. La escritura de Al faro, su novela más autobiográfica, era propicia para reflexionar acerca de cómo se imbricaba lo emocional en su escritura; en ese sentido, se inserta su respuesta a Vita, quien había sugerido que más que cualquier escritor moderno vivo, ella era la poseedora de la mot juste (palabra justa).
En cuanto a la mot juste, estás bastante equivocada. El estilo es un tema muy sencillo; es todo ritmo. Una vez que tienes eso, no puedes usar las palabras equivocadas. Pero por otro lado, heme aquí sentada tras media mañana, abarrotada de ideas, y visiones, y demás, y no puedo desalojarlas, por falta del ritmo correcto. Ahora esto es muy profundo, lo que el ritmo es, y va mucho más profundo que las palabras. Una visión, una emoción, crea la ola en la mente, mucho antes de hacer palabras donde encajarla; y en la escritura (tal es mi creencia actual) uno tiene que recapitular esto, y asentar este funcionamiento (que no tiene aparentemente nada que ver con las palabras) y luego, mientras rompe y tropieza en la mente, crea palabras para encajarla. Pero sin duda pensaré de manera muy distinta el año próximo.
Las ideas y visiones de Al faro convocaban emociones asociadas al recuerdo de sus padres y de su propia infancia, y evocaban los veranos en St. Ives y toda la fuerza de esa realidad perdida. Mientras escribía, Virginia llamaba al pasado y lo fijaba en palabras; se trataba de un pasado capaz de despertar ecos en los lectores que lo habían compartido, o que habían conocido a sus protagonistas. No es de extrañar, entonces, que durante el tiempo en que Virginia escribió esta novela cualquier encuentro familiar o profesional disparara reflexiones en torno a su familia y al pasado, aunque también se extendieran o proyectaran al presente. Este clima de nostalgia e introspección quedó en evidencia en febrero cuando, en plena efervescencia de su escritura, recibió a cenar a la celebrada escritora Rose Macaulay y a viejos conocidos de la familia Stephen, como Gwen Raverat —nieta de Darwin y viuda de Jacques Raverat— y Francis Birrell, y gran parte de la conversación giró en torno al pasado.[297] Si bien otro de los temas fue la escritura, y también posibles definiciones acerca de lo que Bloomsbury significaba, fundamentalmente se habló de los padres de Virginia. Francis Birrell reconoció la influencia de Leslie,[298] en tanto Rose Macaulay, a quien Virginia solo veía en raras ocasiones, “comentó que sus padres le llamaban siempre ‘el pobre Leslie Stephen’ porque había perdido la fe. También decían que era muy dulce y encantador”. Por su parte, Gwen Raverat “dijo que su padre y sus tíos sentían un gran respeto por él” y que “tenían un sentimiento muy romántico” hacia la madre de Virginia, quien anotó en su diario: “Porque era muy bella, dije yo, orgullosa de que R. M. lo supiera; y me sentí extraña al pensar en cuánto de todo esto hay en Al faro, y que todas estas personas lo leerán y reconocerán al pobre Leslie Stephen y a la bella señora Stephen”.
Por un instante, la conversación convocó tanto a los personajes de su novela como a posibles lectores, amigos y escritores contemporáneos; en momentos como ese, el pasado y la escritura reclamaban una suerte de participación mística con el tiempo presente, y Virginia reconocía que le resultaba extremadamente difícil combinar la realidad cotidiana y “mantener a (su) gente imaginaria andando”. De todas maneras, lejos de perder de vista que se trataba de caracteres ficcionales, agregaba:
«No es que sean gente: lo que uno imagina, en una novela, es un mundo. Entonces, cuando uno ha imaginado este mundo, de pronto la gente entra, pero no sé por qué uno lo hace, o por qué debería aliviar el sufrimiento de la vida, y sin embargo no lo hace a uno exactamente feliz, ya que el esfuerzo es demasiado grande. Oh, el haberlo hecho, y ser libre».
Es indudable que lo desmesurado del esfuerzo tenía que ver con que esa gente imaginaria remitía a seres reales, que Virginia había conocido y de los que esperaba transmitir no solo su propia y subjetiva visión, sino un carácter específico, con la dificultad adicional que significaba traducir todo ese mundo emocional en palabras. De ahí que, aunque feliz por el ritmo y fluidez sin precedentes que lograba en Al faro, le escribiera a Vita:
«Soy tan metódica ¿verdad? Desearía que pudieras vivir en mi cerebro por una semana. Está lavado por las más violentas olas de emoción. ¿Sobre qué? No lo sé. Comienza al despertar; y nunca sé cuál. ¿Seré feliz? ¿Seré desdichada? Reconozco que mantengo alguna actividad mecánica con mis manos, poniendo tipos [de la imprenta]; pidiendo la cena. Sin esto, rumiaría incesantemente. Y tú lo crees todo arreglado y acomodado. ¿Entonces no conocemos a nadie?… solo nuestras propias visiones de ellos, las cuales, quizá, quizá no, son emanaciones de nosotros mismos».
¿Se puede vivir sin escribir?
A principios de marzo, cuando los Woolf visitaron a un hermano de Leonard y a su mujer, Virginia se desconectó parcialmente de su escritura y se sintió atraída por la visión de Herbert y Freda Woolf al punto de desear ser, como ellos, “corredores de bolsa”, y no haber oído siquiera nombrar a los integrantes de Bloomsbury o leído un libro. “Oh, esto es vida, me decía a mí misma; y qué es Bloomsbury o Long Barn, salvo una contorsión, un nudo temporal”. Virginia llegaba a imaginar que el resto de la humanidad vivía una vida sencilla y sana, sin ambiciones literarias, y en ese sentido Freda la impresionó favorablemente: “Sí, eso es lo que me ha enamorado:[299] ser una corredora de bolsa”. En contraste con la aparente sencillez y falta de conflicto que veía representada en su cuñada, ella atravesaba una etapa de inquietud, obsesionada por la necesidad de llegar a una visión totalizadora de la realidad:
«¿Por qué no hay un descubrimiento en la vida? Algo que uno pueda coger entre las manos y decir ‘Esto es”. Mi depresión es un sentimiento atormentado; pero no es eso, no es eso. ¿Qué es? ¿Me moriré antes de encontrarlo? Luego (cuando iba andando por Russell Square anoche) veo las montañas en el cielo: las grandes nubes; y la luna que ha salido sobre Persia; y tengo una asombrosa sensación de algo allí, que sí es “eso”. No es exactamente la belleza, a lo que me refiero. Es que la cosa en sí misma es suficiente: satisfactoria; lograda. Una sensación de mi propia extrañeza andando sobre la tierra está presente también: de la infinita rareza de la posición humana; trotando por Russell Square, con la luna allí en alto y esas nubes montañosas. Quién soy yo, qué soy, etc.: estas preguntas están siempre flotando dentro de mí; y luego tropiezo contra algún hecho exacto: una carta, una persona, y vuelvo a ellas con una gran sensación de frescura. Y así sigue la cosa. Pero esto demuestra que es verdad, creo, que encuentro con bastante frecuencia el “eso”; y entonces me siento en paz».
Con la sensibilidad aguzada por la escritura de Al faro, y apremiada por la necesidad de atrapar un sentido que se le escapaba, Virginia oscilaba entre admirar a la sencilla humanidad que representaban sus cuñados y sentirse contrariada cuando enfrentaba a críticos o detractores. En un encuentro en el que estuvieron presentes Clive y Raymond Mortimer, ella esbozó la idea de que “lo único que hay que hacer para escribir es sacar a flote el contenido de la mente”. Pero Clive y Raymond se rieron y la acusaron de que deseara que a eso se redujera todo. Muy irritada porque le imputaban ser una escritora eminentemente intelectual, que desarrollaba poco las emociones de sus personajes, o los argumentos de sus libros, ella rechazaba esa crítica: “Hay mucho trabajo de dar forma y componer en mis libros. Sin embargo… la principal idea que tienen de ellos es esa; y no me agrada”. Le molestaba que sus amigos, como si se tratara de espejos deformantes, le devolvieran una imagen segmentada e incompleta de sí misma, que dejaba de lado todo componente emocional para reducir su escritura a un logro mental, cuando ella pensaba, como narradora, que el carácter era “la única cosa necesaria en la crítica, y en la escritura de cualquier clase, […] porque equivocarnos nos equivocamos todos. Pero el carácter es lo importante”.
Es probable que debido las necesidades implícitas en la escritura de Al faro, Virginia abrevara en sus diarios, cartas o escritos de juventud, y que esto la llevara a considerar las posibilidades literarias de sus diarios personales: “Pero qué será de todos estos diarios. […] Si yo muriera, ¿qué haría Leo con ellos? Estaría poco dispuesto a quemarlos; no podría publicarlos. Bueno, debería hacer un libro con ellos, creo yo; y luego quemar el cuerpo”.
En tanto escribía su novela más autobiográfica, Virginia se reconocía como una escritora lo suficientemente interesante como para contar con un público lector de sus diarios, incluso como una personalidad sugestiva. Además, tomaba conciencia de que eran importantes y creía que podría vivir un “librito en ellos, si se pusiera un poco de orden en los fragmentos y los apuntes”. De ser necesario, Leonard podría convertirse en el alquimista capaz de transmutar una sustancia en otra.[300] Es llamativo constatar que Virginia se pensaba como escritora más allá de su propia vida e incluso organizaba la publicación de sus diarios post mortem, como si para ella no solo no fuera posible vivir sin escribir —a pesar de la momentánea envidia que le provocaban quienes no escribían—, sino que tampoco se pudiera morir sin dejar algo más para publicar.
Por su parte, sobrecargado de trabajo, Leonard había decidido abandonar su puesto en The Nation. Virginia sintió alivio al pensar que se librarían de los “jefes” y concluyó que “cambiarlo todo cada 3 o 4 años” era su idea de “una vida feliz”. Frase interesante, ya que aunque ella la refiere al trabajo de Leonard, tres o cuatro años es lo que le llevaba pasar de un libro a otro. Entusiasmada en esa visión de libertad, llegó a preguntarse si la Hogarth Press también terminaría su ciclo. Ese no parecía ser el caso ya que, como rechazaba “tener cualquier cargo o autoridad […] estar a sueldo de alguien”, la Hogarth representaba un refugio, aun cuando se contradecía con un espíritu anárquico que le advertía “que la libertad se convierte en un fetiche como cualquier otro”.
Escritores de segunda y vida familiar
A finales de marzo, Virginia volvió a encontrarse con Rose Macaulay y otros escritores. Esta vez, el punto de reunión fue un restaurante donde ella y Leonard coincidieron con “10 escritores de segunda fila con trajes de vestir de segunda fila”, entre los que ni siquiera “por un espasmo de hipócrita humanidad” quiso incluirse, ya que si bien podía hablar durante horas de literatura con Duncan o Leonard, sentía que “cuando se trata de picotear granos con estas activas y correosas aves de corral, se me revuelve el estómago”. Lo cierto es que la cena estuvo condimentada con un par de incidentes; los ruidos interrumpían la conversación y Virginia escuchó las palabras “Espíritu Santo”, cuando uno de los presentes decía en realidad “toda la costa” (confusión entre las frases Holy Ghost y whole coast en inglés), y preguntó: “¿Dónde está el Espíritu Santo?”. A lo que el aludido contestó: “Donde sea que esté el mar”. El diálogo de sordos continuó: “‘Estoy loca, pensé, ¿o esto es ingenio?’. ‘¿El Espíritu Santo?’, repetí. ‘Toda la costa’, gritó él, y así seguimos, en una atmósfera tan repelente que se tornó, como el olor del queso malo, repulsivamente fascinante”. La comida tuvo otro remate inesperado cuando Leonard, pensando que se trataba de la servilleta de una de las asistentes, levantó del suelo una “toalla higiénica”. Después de semejante reunión, volver a Bloomsbury y a su grupo podía resultar reparador. Pero al día siguiente, un encuentro de viejos bloomsburianos entre los que se contaban Nessa y Duncan tampoco dejó contenta a Virginia, que volvió a su casa “con un espasmo de vanidad ultrajada”.
A pesar de los incidentes, a comienzos de abril los Lobos salieron otra vez de su madriguera y abandonaron por un instante Bloomsbury para tomar el té en Sussex Place con los Leaf, parientes lejanos de Virginia cuya cabeza de familia era especialista en Homero, presidente de un banco y de la Cámara Internacional de Comercio, y que todavía parecía encuadrar en los viejos esquemas de Hyde Park Gate. El caso es que mientras escribía Al faro, las peripecias de la vida cotidiana adquirían nueva dimensión, y entrecruzándose con las remembranzas del pasado, podían dar como resultado visiones idealizadas, como la que Virginia registró en su diario luego de esa visita.[301] Se trata de una escena que bien podría haber transcurrido muchos años atrás en casa de sir Leslie Stephen, y que tenía la capacidad de conmoverla al punto de cuestionar sus propias elecciones:
«Solo yo estoy exilada de esta profunda felicidad natural. Eso es lo que siempre siento; o siento a menudo ahora, que la felicidad natural es la que me falta, en profusión. Tengo felicidad intensa; pero no esa. Es, por tanto, lo que más envidio; la afabilidad, el amor familiar y seguir los carriles de la vida humana. Realmente, exageraciones aparte, es una forma de existencia muy satisfactoria. Y existe para miles de personas continuamente. ¿Por qué ninguno de nosotros la tenemos, en esa medida?»
Como espectadora, Virginia creyó, sin poner reparos, en la escena familiar que representaban los Leaf, y aunque pensaba que la visión podía desmoronarse si los viera más seguido, tendía a idealizar esas vidas; sentía hundirse en la melancolía, pensaba que la compadecían, y que nada de lo que había hecho junto a Leonard —incluidos sus libros y la imprenta— significaba nada para ellos. Un par de días después y todavía bajo el hechizo de esas escenas, se preguntaba acerca de los “repentinos e intensos cambios de opinión” que, de sentirse una persona integrada y feliz, la conducían a una completa desilusión. Escribir e imaginar eran, para ella, actividades “excepcionalmente conscientes” y vitales, pero ansiaba una conexión con otro tipo de realidad, que de alguna manera remitía a su infancia —lo que llamaba “felicidad natural”—, y que veía reflejado en los Leaf. Entrar en ese “mundo completo y distinto” era desconcertante ya que coexistía “al margen” de su propia existencia. Finalmente apuntaba en su diario: “Aunque son violentas, estas impresiones desaparecen rápidamente, dejando un sedimento de ideas que comentaré con L. […] Sobre la felicidad natural: cómo la destruye nuestro estilo de vida”. Por su parte, siempre atento, y sin estar dispuesto a entrar en ese territorio que indudablemente conducía a la depresión, Leonard señaló enfáticamente que su visión de los Leaf era sentimental, alejada de la realidad e idealizada.
Reclamos obreros
De hecho, pronto se impuso otro aspecto de la realidad que Virginia sintetizó en pocas palabras: “El horror: Nelly”. Como ya lo había hecho muchas veces antes, Nelly, su empleada, había presentado su renuncia; esta vez, mostrándose “firme aunque desolada”. Virginia aceptó el hecho dispuesta a buscar reemplazante, pero días después Nelly se disculpó de improviso, en el rellano de la escalera, asegurándoles: “Les tengo demasiado cariño como para ser feliz con nadie más”. En consecuencia, aunque Nelly no se fue, Virginia se juró a sí misma que, en adelante y pasara lo que pasase, no volvería a creer en sus despedidas.
Con cierta paz doméstica reconquistada, Virginia terminó la primera parte de Al faro y comenzó la segunda. Pero la huelga general que se declaró el 2 de mayo complicó la vida cotidiana de toda Inglaterra y conmocionó los ánimos al punto que ella misma, poco propensa a describir este tipo de cuestiones, se esmeró por relatar el curso de los acontecimientos en su diario. No era para menos. En sus memorias, Leonard asignó a esta huelga general una importancia crucial, señaló que se trató del hecho político interno más doloroso que le tocó vivir y que el gobierno dio un trato deshonesto a los mineros, subrayando, además, que si alguna vez una huelga general fue justificada, esa fue la del año 1926.
Pero el conflicto minero se remontaba a 1921, cuando el gobierno, que había tenido durante la Primera Guerra Mundial el control de las minas, se las devolvió a los propietarios, quienes pretendieron regresar a las condiciones laborales previas, bajar salarios y aumentar la jornada de trabajo. Bajo el gobierno tory que en 1925 encabezaba el primer ministro Stanley Baldwin, los propietarios propusieron más recortes. En respuesta, los mineros se rebelaron y, ante lo inevitable de la huelga, el gobierno creó una comisión para tratar la cuestión, diluyendo por un tiempo el conflicto. Finalmente, descontentos con la propuesta gubernamental, los trabajadores iniciaron la huelga a fines de abril, y en mayo los empleados de transporte se solidarizaron con ellos. También lo hicieron los obreros de los puertos, de las fábricas, los impresores y el resto de los gremios. El caos fue general; a falta de autobuses, aumentaron las bicicletas en las calles, no había periódicos, y una voz oficial daba escuetas informaciones por la radio: “Londres ofrecía un espectáculo sin precedentes”. Voluntarios sin preparación se ofrecieron para conducir trenes y autobuses. Las aguas de la sociedad se dividieron; el dentista de Virginia le aseguraba: “Es la bandera roja contra la bandera del Reino Unido, señora Woolf’.
En un intento de no dejarse invadir por los acontecimientos, ella pensó en comprar unos vestidos —tarea que tenía pendiente realizar con los auspicios de Todd, la directora de Vogue—, pero no había escapatoria posible a la arrolladora huelga general y sus efectos. En tiempos como esos todo pasaba a un segundo plano y “tomar una taza de té”[302] quería decir “una hora y media de charla sobre la huelga”.
No solo hubo censura en la BBC, el gobierno también editó un periódico en contra de la huelga, dirigido por el reconocido antifeminista y antisindicalista Winston Churchill, que por entonces pregonaba que el sistema democrático estaba amenazado; sin duda una exageración, dado lo breve del conflicto que se extendió solo por nueve días.
Atento a los acontecimientos, Leonard aseguraba —no sin cierta ironía— que, si ganaba el Estado y aplastaba a los sindicatos, dedicaría “su vida al laborismo” y que, si triunfaba el arzobispo,[303] se bautizaría. Pero Virginia había descubierto aspectos de él que no aprobaba: “Me desagrada el orador demagogo que hay en él; a él, la cristiana irracional que hay en mí”. En esas condiciones le quedaba un estrecho margen para dedicarse a su escritura: su casa estaba invadida por voluntarios, que llegaban en bicicleta luego de recolectar firmas entre personalidades relevantes en apoyo a los huelguistas, actividad que Leonard promocionaba sin demasiada confianza en el resultado. Además, debido a la huelga de impresores, cabía la posibilidad de que la Hogarth imprimiera The Nation, aunque finalmente no lo hicieron. En lo personal, este hecho corroboró su desconfianza hacia los políticos; al escuchar por radio al primer ministro Baldwin, solo pudo imaginarse a un “pobre hombre oprimido soportando el mundo sobre sus hombros” y, lejos de cualquier empatía, escribió en su diario: “De repente su presunción se vuelve un poco ridícula. Se vuelve megalómano”. “No —aseguraba Virginia—, no confío en él; no confío en ningún ser humano, por muy alto que grite y por mucho que arrastre las erres”. Encontraba más emocionante escribir su novela, ya que pensaba “que [era] falsa psicología creer que en años futuros estos detalles serán interesantes” en tanto que “escribir sirve para liberar la mente de las impaciencias e inquietudes de estos innumerables detalles”.
Si bien la huelga oficialmente terminó el 12 de mayo, el proceso se complicó por unos días más: los ferroviarios resistían. “El deseo de venganza se ha apoderado ahora de nuestros amos”, escribió Virginia, y al percibir que el conflicto no había traído soluciones, concluía: “En suma, acabada la tensión, todos nos dividimos, reñimos y murmuramos. Así es la naturaleza humana, y en realidad no me gusta la naturaleza humana a menos que esté azucarada por el arte”. El caso es que no se equivocaba, los mineros fueron abandonados a su suerte y luego de unos meses de cierre patronal de las minas, aceptaron las condiciones impuestas.
Virginia se solidarizaba con los mineros, no solo porque rechazaba las condiciones inhumanas de trabajo a las que estaban sometidos, sino porque repudiaba el régimen vigente y aborrecía toda imposición de autoridad, que asociaba a los mecanismos del sistema patriarcal. Pero ese compromiso con las clases populares no excluía desencantos que, aun siendo meramente estéticos, remitían a su condición de escritora burguesa, inmersa en sus propias contradicciones de clase:
«Acabo de recorrer Kensington High Street, la cual casi me hizo vomitar de odio a la raza humana. Innumerables mujeres de increíble mediocridad, de lo más aburridas, lavadas vueltas a lavar como papeles sucios contra Barkers y Derry and Toms. Una de hecho estaba con náuseas o desmayándose en el medio de la calle. Todo nuestro pasado —George Gerald Marny y Emma— se elevó a mi alrededor como los vahos de repollo. Y me tuve que sentar junto a un hombre en el subterráneo que se picaba la oreja con un gran alfiler, luego volvió a meterlo en su saco».
El regreso de Vita
Mientras ese mes de mayo se caracterizó por un revulsivo clima social pleno de expectativas y seguido de una profunda decepción, en el terreno personal, Virginia sentía inquietud ante el regreso de Vita. Como recordaba que su amiga decía que iba muy mal vestida, decidió ir a una modista que le había recomendado la directora de Vogue. Pese a sus temores, elegir atuendo resultó “algo sumamente tranquilo, cordial y hasta placentero” y disfrutó de “una gran sensualidad para las telas y las formas bonitas, que no había satisfecho desde que murió Sally Young”, su afamada modista de juventud. Pero hacer compras no era su fuerte. Virginia se sentía insegura, y estar frente a frente con las vendedoras de las tiendas era un verdadero tormento, tanto para ella como para quienes la atendían. En cuanto a la adquisición de ropa, lo traumático de la situación remitía a otros problemas. Desde muy joven había escuchado que era bella, pero su propio ideal de belleza estaba orientado a la casi mítica Julia, su madre, y a la rama materna de su familia. Es llamativo constatar que ni Vanessa ni Virginia, mujeres indudablemente admiradas por su aspecto, se sentían seguras en ese terreno. De hecho, a sus 44 años, Virginia escribía en su diario: “Mi propia falta de belleza me deprime hoy. Pero ¿hasta dónde resiste un examen atento la vieja convención acerca de la ‘belleza’? Pienso en las personas que he conocido. ¿Son bellas? Dejo este problema por resolver”. Como contrapartida y tal vez porque siendo niña pensó que la belleza era patrimonio de otras —Julia, Stella, Vanessa—, y que destacaría por su inteligencia, se consolaba pensando: “Sin embargo, que yo sepa, como escritora solo ahora escribo lo que pienso”.
Estas reflexiones y angustias en torno a la belleza y la apariencia personal no estaban fuera de contexto, se daban en el marco del reencuentro con Vita, un momento que auguraba que implicaría “una gran diversión y placer”:
«Me divierten mis relaciones con ella, que quedaron tan ardientes en enero; ¿y ahora qué? También me gustan su presencia y su belleza. ¿Estoy enamorada de ella? Pero ¿qué es el amor? El hecho de que ella esté “enamorada” (debo escribirlo así, entre comillas) de mí, me excita, me halaga; y me interesa. ¿Qué es este “amor”? Oh, y además ella satisface mi eterna curiosidad: a quién ha visto, qué ha hecho».
Como suele suceder con las relaciones idealizadas, cuando finalmente se encontraron, la realidad pareció no dar con la medida de las expectativas de ninguna de las dos:
«Vita vino: y sufrió el shock del encuentro después de la ausencia; qué tímida se siente una; qué desilusionada por el cuerpo real; qué sensible a nuevos matices en el tono, algo más “matronil” que detecté, más maduro; e iba más descuidada, pues había venido directamente con su ropa de viaje; y no tan bella como otras veces, quizás; así que nos sentamos en el sofá junto a la ventana, ella bastante silenciosa, yo charlando, en parte para distraer su atención de mí; para impedirle pensar: “¿Y esto es todo?”, como tenía que ocurrirle, después de haberse declarado tan abiertamente por escrito. Así que las dos sufrimos cierta desilusión; y tal vez también adquirimos unos granos de solidez añadida. Es muy posible que esto sea más duradero que la primera rapsodia».
Los meses de alejamiento afectaron la intimidad alcanzada en los primeros encuentros y tampoco fue fácil para Virginia dar con el tono, la fluidez y confiada despreocupación que lograba en sus cartas.
A principios de junio, una gripe que Leonard diagnosticó como “jaqueca por agotamiento nervioso” no impidió que Virginia partiera a Rodmell, donde pasó un par de días a solas con Vita. Gracias al éxito económico de La señora Dalloway y de El lector común, habían realizado mejoras edilicias en Monk’s House. Además de derribar una pared entre la sala y el comedor, habían colocado un retrete y realizado otras modificaciones. Virginia consideraba las mejoras “un triunfo perfecto”, pero es probable que no sorprendieran a Vita, más acostumbrada al lujo y a las comodidades. De todas maneras, ambas disfrutaron del gran salón comedor de cinco ventanas y comprobaron que el baño se calentaba rápidamente —hasta entonces los Woolf solo contaban con un retrete exterior y se bañaban en la cocina en unas tinajas que les llegaban a la altura de las caderas— y que los “inodoros borbotean y tragan (aunque no suficientemente)”.
Esta vez el encuentro fue propicio, las dos se sintieron a gusto, y Virginia concluyó que parte del atractivo de Vita residía en lo que llamaba sus “[zonas] absolutamente oscuras”. Durmieron juntas —así se lo hizo saber Vita a Harold Nicolson— y al día siguiente, Vita condujo a Virginia, sana y salva, hasta Londres, donde la esperaba Leonard. Luego de esos pocos días de retiro campestre, Virginia vivió una época muy social; comenzaba a escribir la tercera parte de su novela, asistía a fiestas, reuniones, conciertos y frecuentaba nuevas personas. En una cena en casa de la poeta Edith Sitwell, y amparando su timidez en su vestido nuevo, conoció a Gertrude Stein; también estuvo en Garsington, donde se encontró con Aldous Huxley, que acababa de dar la vuelta al mundo.[304]
Llama la atención que, pese al éxito que había alcanzado como escritora, incluso pese a que la relación con Vita resultaba halagadora, Virginia no sintiera confianza en sí misma y siguiera dependiendo en exceso de la mirada de los otros. Incluso podía sentirse humillada si percibía que alguno de sus amigos se reía de ella, como sucedió tras la compra de un sombrero nuevo: “Hoy es el último día de junio y me encuentro sumida en negra desesperación porque Clive se rio de mi sombrero nuevo. Vita me compadeció y yo me hundí en las profundidades de la tristeza”. La escena de la humillación[305] tuvo lugar tras una reunión en casa de los Sitwell, a la que Virginia había concurrido con Vita. Después, cerca de las 10.30, decidieron visitar a Clive y antes pasaron por Gordon Square; “allí estaba Nessa, andando airosamente en la oscuridad, con su discreto sombrero negro”; finalmente llegó Duncan y todos fueron a casa de Clive. Hasta entonces todo había funcionado armónicamente:
«Bueno, cuando estábamos todos sentados hablando Clive dijo de pronto, o más bien vociferó: “¡Qué sombrero tan asombroso llevas!”. Luego me preguntó dónde lo había comprado. Fingí que era un misterio, traté de cambiar de conversación, pero no me lo permitieron y me dieron caza entre todos, como a una liebre; nunca me había sentido más humillada. Clive dijo: “¿Lo eligió Mary?”. “No. Todd”, dijo Vita. “¿Y el vestido?”. “Todd, por supuesto”. Después de eso me vi obligada a continuar como si no hubiera ocurrido nada terrible; pero me resultaba muy forzado y extraño y humillante. Así que hablé y reí demasiado. Duncan, remilgado y ácido como siempre, me dijo que era completamente imposible hacer nada con un sombrero como ese. Y yo bromeé acerca de la fiesta de los Squire. Y Leonard se quedó callado, y yo salí profundamente mortificada, tan desdichada como en los peores momentos de estos diez años; y le di vueltas y vueltas en sueños toda la noche; y el día de hoy está estropeado».
Leonard siempre procuraba evitar las ocasiones sociales que pudieran desencadenar este tipo de situaciones, pero si esto sucedía, oficiaba como fiel de la balanza y lograba equilibrar las emociones de Virginia. Por su parte, con clara conciencia de que nadie podría reemplazarlo, ella anotaba en su diario: “¡Qué veleta de sensibilidad soy! Cómo disfruto, o por lo menos (porque me sentí intensamente desdichada y humillada) cómo me interesan estos giros, consciente como soy de que hay un fuerte perno que los controla: Leonard, en suma”.
Thomas Hardy, un gran VICTORIANO
El 22 de julio, Virginia recapacitaba acerca de ese agitado verano, en el que solía despertarse con “un estremecimiento” por las noches, pensando en lo que consideraba sus propias atrocidades. La vida social cobraba su precio: “Traigo a casa minúsculos pinchazos que se agrandan en mitad de la noche hasta convertirse en heridas abiertas”. Después de las salidas nocturnas no era fácil recuperarse, pero cabía reflexionar: “Esta es la vida humana: esta es la sustancia infinitamente preciosa que se nos da en una estrecha pieza y luego se nos retira para siempre; y la gastamos así. Los días sin una sensación definida son lo peor de todo”. En ese estado de inquietud, esperaba con ansiedad instalarse en Rodmell, donde podría luchar “a brazo partido con la última parte de esa pitón” que era su libro: “¿qué otra cosa podría hacer una con sus pensamientos?”.
Pero el viaje a Rodmell debió esperar unos días. Antes los Woolf partieron a Dorchester a conocer a Thomas Hardy, que distaba de ser el “campesino sencillo y sutil” que Wells le había descripto. Hardy tenía por entonces más de ochenta años; había conocido a Leslie, el padre de Virginia, y les contó que él lo había apoyado con su novela Lejos del mundanal ruido y que juntos se habían enfrentado “hombro con hombro al público británico respecto a ciertas cuestiones que se trataban en esa novela”. Hardy también les contó que Leslie había violado las reglas del Cornhill, periódico que él editaba, cuando al enterarse que se había perdido un manuscrito que Hardy les había enviado desde Francia, le pidió que le enviara su historia por entregas, sin ver el libro —como lo pedían las reglas— y confiando en que llegaría a tiempo cada mes. El caso es que Virginia conoció a Hardy, a quien llamó un “muy gran victoriano”, en el preciso momento en que recreaba esa época en Al faro, novela experimental en cuanto a estilo y propuesta narrativa, pero en la que podría caber un personaje como él:
«Parecía perfectamente al tanto de todo; sin dudas ni vacilaciones; había tomado su decisión; había hecho ya todo su trabajo; así que tampoco tenía dudas a ese respecto. No le interesaban mucho sus novelas, ni las de nadie; se lo tomaba todo con tranquilidad y naturalidad».
Como escritor, Hardy representaba su opuesto: era posible “figurárselo arrastrado naturalmente a imaginar y crear sin pensar por un momento en que sea difícil o notable; obsesionándose y viviendo en la imaginación”. De hecho, Hardy le dijo: “Ahora lo han cambiado todo: antes pensábamos que había un principio, un desarrollo y un final. Creíamos en la teoría aristotélica. Ahora uno de esos relatos[306] acaba con una mujer saliendo de una habitación”. La visita a Hardy parecía cerrar una etapa —en su juventud Virginia había leído y comentado su obra— y le daba la oportunidad de volver al pasado que estaba recreando en Al faro. Por otra parte, esta entrevista le permitió conocer un tipo de escritor que aparentaba una actitud despreocupada respecto de su propia obra, cuestión que tenía que ver con otro tema fundamental para ella, ya que por entonces se preguntaba qué diferenciaba a un buen libro de “un gran libro”. Leer uno de Maurice Baring actualizó la pregunta. En un punto, le parecía que ese tipo de libros no añadía “nada a la visión de la vida que uno tiene”. El autor, diplomático y hombre de letras, no podía dejar de ser “un inglés encantador, limpio, modesto y sensible”, cuya obra “no llega muy lejos ni ilumina mucho, todo como debe ser: ligero, seguro, proporcionado, conmovedor incluso, contado de una forma tan educada que nada es exagerado, todo relacionado, proporcionado”. Ese libro, como tantos otros —señalaba— “no existirá en el año 2026; pero ahora tiene cierta existencia”.
A diferencia de lo que intuía que pasaba con Baring, o de la bonhomía de Hardy, Virginia sentía que ella ponía todo en juego: alma, cuerpo e inteligencia, en el proceso de escritura. Por eso, aun cuando hubiera momentos placenteros, la tarea resultaba agotadora. El escritor H. G. Wells, que conocía desde hacía tiempo a Leonard, lo percibió claramente e incluso llegó a afirmar que Virginia “era demasiado inteligente, una mala cosa”. Esa “mala cosa” tuvo cauce de expresión a fines de julio, cuando comenzó a notar que caía presa de “una crisis nerviosa en miniatura”. Por unos días solo pudo obedecer al deseo de descansar, acompañado de la sensación de tener la mente en blanco, sin ganas de escribir y muy pocas de leer. Finalmente, la “recuperación de la salud” estuvo asociada a la escritura y a “la capacidad de crear imágenes”. “El poder de sugerencia de cada visión y cada palabra —precisaba— ha aumentado enormemente, Shakespeare debía de tenerlo hasta un punto que hace que mi estado normal sea el estado de una persona ciega, sorda, muda, pétrea y de sangre fría”.
Un ROMÁNTICO FIN DE SEMANA: entre Leonard y Vita
Antes de la pequeña crisis, Virginia había cursado una invitación a Vita:
«Cenemos juntas en un nuevo lugar donde tengan una gran variedad de comidas y bebidas; y te den rosas, y haya espejos que reflejen las más asombrosas escenas triviales —una gorda engullendo— de tal manera que una sienta que está bamboleándose entre pulpos en el fondo del mar, pispeando dentro de cavernas, y pellizcando perlas de a montones de adentro de las rocas».
Juntas pasaron la noche del 26 de julio en Long Barn, momento en que Vita les regaló a los Woolf una cachorrita spaniel a la que bautizaron Pinker (o Pinka). Al relatar esa noche en una carta a Harold, Vita señaló que Virginia podía ser divertida y graciosa, pero también tenía en cuenta las advertencias de su marido acerca de lo peligroso que era fumar cerca de un tanque de petróleo, e intentaba tranquilizarlo:
«Amo a Virginia, ¿quién no? Pero realmente, mi dulce, el amor de uno por Virginia es algo muy diferente: una cosa mental; una cosa espiritual; si lo prefieres, una cosa intelectual, y ella inspira una sensación de ternura, la cual, supongo, se debe a su graciosa mezcla entre dureza y suavidad: la dureza de su mente, y su terror de volverse loca nuevamente. Me hace sentir protectora. También ella me ama, lo cual me halaga y complace… Estoy asustada a muerte de generar sentimientos físicos en ella, por su locura. Desconozco qué efecto tendría, verás: es un fuego con el cual no quiero jugar. Tengo demasiado afecto real y respeto por ella… Además, Virginia no es el tipo de persona que uno piensa de esa manera. Hay algo incongruente y casi indecente en la idea. Me he acostado con ella (dos veces), pero eso es todo. Ahora sabes todo al respecto, y espero no haberte chocado».
Vita no estaba equivocada al pensar que el contacto físico podía desencadenar situaciones difíciles de manejar. De hecho, después de ese fin de semana, Virginia no se sintió bien y tuvo lo que llamó “crisis nerviosa en miniatura”. Y si bien no le atribuyó la culpa al encuentro con Vita, pocos días después reflexionaba acerca de la estabilidad emocional que le brindaba su matrimonio con Leonard.
A diferencia de Arnold Bennett, que sostenía que “el horror del matrimonio está en su cotidianidad” ya que debido a ella “toda agudeza de la relación queda borrada”, ella opinaba:
«La verdad es más bien esta. La vida — digamos 4 días de cada 7— se vuelve automática; pero el 5° día se forma una gota de sensación (entre marido y mujer), que es aún más plena y sensible debido a los días automáticos, rutinarios e inconscientes que hay a ambos lados. Es decir, el año está marcado por momentos de gran intensidad. Los “momentos de visión” de Hardy. ¿Cómo puede una relación durar el tiempo que sea si no es en estas condiciones?»
Para Virginia, la presencia de Leonard era vital a la hora de enfrentar la melancolía; sentía que él brindaba un “espacio para expandir [su] mente”, podía decirle abiertamente lo que pensaba, era su refugio, podía contar con él y además sabía que se esmeraba en protegerla y cuidarla. Pero ese cuidado pasaba también por fiscalizar la relación con Vita e incluso recelar de la intimidad que las dos mujeres habían alcanzado.[307] De todas maneras, Leonard debía saber que su matrimonio no estaba amenazado. Como ya señalamos, Suzanne Raitt afirma que en la década del veinte, el lesbianismo no era considerado una identidad, sino más bien una orientación emocional o sexual que podía “florecer felizmente en los intersticios de una existencia heterosexual”. Pero aunque Leonard no parecía demasiado preocupado por su relación,[308] también había momentos de fricción y a finales de septiembre, tras una visita de Vita, estalló un conflicto después de que Virginia le reprochara cierta acritud:
«Se calló y estuvo cáustico. Esto lo negó, pero reconoció que mi costumbre de describirle, a él y a otros, tenía a menudo este efecto. Me vi a mí misma, mi brillantez, mi genio, mi encanto, mi belleza (etc., etc., todos los acompañantes que me han mantenido a flote a lo largo de los años) disminuir y desaparecer. La verdad es que soy una mujer madura, poco elegante, nerviosa, fea e incompetente; vanidosa, charlatana e inútil. Lo vi claramente, de un modo impresionante. Luego L. dijo que nuestras relaciones no habían sido muy buenas últimamente».
Es interesante destacar que, aunque Virginia reconocía que “había estado irritada” con él, no pensó que su relación con Vita tuviera algo que ver con la actitud de su marido, y finalmente atribuyó la discusión a que Leonard prestaba demasiada atención a los perros y a que estaba molesto por su desacuerdo respecto de reformar el jardín de Monk’s House. La cuestión era que ella no creía que pudieran permitirse “la carga de tener un jardinero a jornada completa, construirle o comprarle una casita y comprar el terraplén para convertirlo en un jardín”. Preocupada por que Monk’s House no pasase a ser “el centro del mundo”, en el calor de la pelea matrimonial Virginia destacó que no deseaba gastar en el jardín, aunque sí deseaba amueblar mejor la casa, y a pesar de que se dio cuenta de que Leonard se sentía dolido, defendió su posición “no con enojo, sino en aras de la libertad. Demasiadas mujeres ceden en este punto y secretamente lamentan su falta de egoísmo en silencio: un mal ambiente”. Se podría pensar si esa libertad que defendía no tendría otros alcances. Lo cierto es que finalmente el ambiente “se despejó claramente”. De pronto Virginia sintió que emergía de las aguas de la melancolía, disfrutaba de su trabajo, “interesada y totalmente incapaz de dejar clara ante mis propios ojos la razón de mi temporada de profundo abatimiento”.
¿Por qué atribuyó a causas más o menos banales, o a la tensión de la escritura, el motivo de la depresión que sufrió entre agosto y septiembre, y en ningún momento pensó que podría ser una consecuencia de su relación con Vita? Cabe preguntarse si no estaba censurando este tipo de reflexiones, como de hecho lo hacía en las páginas de sus diarios o en sus cartas. De todas maneras, hizo un intento de reflexionar acerca de su depresión:
«Estas 9 semanas proporcionan una inmersión en aguas profundas, un poco alarmante pero llena de interés. Todo el resto del año está en una (diría que con razón) refrenando y controlando esta extraña e inconmensurable alma. Cuando se expande, aunque una se asusta, se aburre y se entristece, es, como yo me digo, tremendamente singular. Tiene un filo cortante que me parece de gran importancia, una vez de cuando en cuando. Una baja al pozo y nada la protege del asalto de la verdad. Allí abajo no puedo escribir ni leer; existo, sin embargo, soy. Luego me pregunto qué soy, y obtengo una respuesta más aproximada aunque menos halagadora de la que obtendría en la superficie, donde, a decir verdad, recibo más alabanzas de las que merezco».
En esos momentos, con la intuición de que llegaría un día en el que no podría salir indemne de esas experiencias, escribía: “Pero las alabanzas se acabarán; me quedaré sola con este ser singular en la vejez”. Otra vez, el matrimonio con Leonard era su arma estratégica para sortear y vencer la melancolía:
«“También puedo,esforzándome bastante, ser mucho más considerada con los sentimientos de L.; y así mantenernos más regularmente en nuestro habitual nivel de intimidad y facilidad: un nivel que, creo yo, ninguna otra pareja casada hace tanto tiempo alcanza y mantiene tan constante”».
Poco después, Virginia reconoció que su relación con Vita era un “fastidio para Leonard, pero no lo suficiente como para preocuparle”. También anticipaba que la relación con Vita tenía un límite: “Pero no ves, burro West, que te cansarás de mí uno de estos días (soy tanto más vieja), así que debo tomar mis pequeñas precauciones. Es por eso que pongo el énfasis en ‘registrar’ más que en sentir. Pero la burra West sabe que ha derribado más murallas que nadie. ¿Y acaso no hay algo oscuro en ti? Hay algo que no vibra en ti. Puede ser a propósito, tú no lo permites; pero veo que es con otra gente tanto como conmigo: algo reservado, enmudecido, Dios sabe qué”[309]
Los hijos de Nessa, los alumbramientos de Virginia
Ese verano, a pesar de la depresión, Virginia visitó a los Keynes cerca de Charleston y asistió a la fiesta de cumpleaños de su sobrino Quentin; también pudo disfrutar de la compañía de Vita y seguir con Al faro: “Hacía años que no me tocaba un agosto así — escribió—: paseos en bicicleta, no mucho trabajo, aprovecho el aire para ir al río o por los downs”. Escribía “con calor y facilidad hasta las 12.30”, y así lograba sus “dos páginas” diarias para Al faro, que le parecía un libro más sutil y humano que El cuarto de Jacob o La señora Dalloway. Y aunque la animaba su “propia abundancia”, lamentablemente, todo podía desmoronarse tras ver a Nessa:
«Me derribaron de mi posición por un momento: Nessa y sus hijos; Maynard y sus alfombras. Mis propios dones y bienes parecían tan modestos en comparación; culpa mía, además: un poco más de autocontrol por mi parte y podríamos tener un chico de 12 y una chica de 10. Esto siempre me atormenta a primeras horas de la mañana».
Los años no ayudaban a la hora de lidiar con la frustración que acompañaba la ausencia de hijos y, comentando con Nessa los éxitos de su última exposición, le escribía: “De hecho, estoy asombrada, un poco alarmada (ya que tú tienes hijos, la fama por derecho me pertenece a mí)”. Melancólica, Virginia reclamaba el afecto de su hermana, aunque para ello debiera incitar sus celos o su piedad: “Vita está llegando ahora para pasar dos noches a solas conmigo. L. está volviendo. No digo más; ya que estás aburrida de Vita, aburrida del amor, aburrida de mí, y de todo lo que tenga que ver conmigo, excepto Quentin y Angelica; pero ese siempre ha sido mi destino, es mejor enfrentarlo con los ojos abiertos”.
De hecho Vanessa no estaba en condiciones de prestarle demasiada atención, apenas si podía con sus propios asuntos sentimentales; además, temía las indiscreciones de Virginia y mantenía una actitud reservada. Por otra parte, advertía que su hermana siempre terminaba convirtiéndola en una suerte de personaje y le escribía: “Envía mis humildes respetos a Vita, quien me trata como un caballo árabe que mira de reojo a una mula de orejas largas; pero ¿qué se puede esperar si tú te esfuerzas por sembrar celos entre nosotras?”. Las palabras de Vanessa denotan resignación, pero no abandono. Hasta el final de su vida, el apoyo de ella y de Leonard seguiría siendo fundamental para Virginia que, al concluir Al faro, actualizaba su dependencia emocional en un clima de gran excitación. Terminaba un ciclo y comenzaba otro.[310] Y el 15 de septiembre, bajo el título “Un estado mental”, consignó sus emociones, y de alguna manera anunció el ritmo y el título de una futura novela:
«Desperté a eso de las 3. Oh, empieza, viene, el horror, físicamente como una dolorosa ola que se hincha sobre el corazón, lanzándome hacia arriba. ¡Me siento desdichada, desdichada! Abajo… Dios, quisiera estar muerta. Pausa. Pero ¿por qué siento esto? Voy a observar cómo se alza la ola. Observo. Vanessa. Hijos. Fracaso. Sí; detecto eso. Fracaso, fracaso. (La ola se alza). ¡Oh, se rieron de mi gusto por la pintura verde! La ola rompe. ¡Desearía estar muerta! Solo me quedan unos pocos años de vida, espero. No puedo soportar más este horror (esta es la ola extendiéndose sobre mí).
Esto continúa; varias veces, con variedades de horror. Luego, en la crisis, en lugar de que el dolor siga siendo intenso, se vuelve bastante difuso. Me adormezco. Me despierto con un sobresalto. ¡La ola otra vez! El dolor irracional: la sensación de fracaso; generalmente, se une a ella algún incidente específico, como, por ejemplo, mi gusto por la pintura verde, o comprar un vestido nuevo, o invitar a Dadie para el fin de semana.
Al fin me digo, observando lo más desapasionadamente que puedo: Ahora domínate. Ya basta. Razono. Hago un censo de personas felices y desgraciadas. Me preparo para empujar, lanzar, derribar. Empiezo a marchar ciegamente hacia adelante. Noto que caen los obstáculos. Digo no importa. Nada importa. Me quedo rígida, recta, y me duermo otra vez, y me despierto a medias y siento que la ola comienza y observo la luz que va blanqueando y me pregunto cómo, esta vez, el desayuno y la luz del día la vencerán; y luego oigo a L. en el pasillo y simulo, por mí misma tanto como por él, gran animación; y en general estoy animada para cuando termina el desayuno. ¿Pasa todo el mundo por este estado? ¿Por qué tengo tan poco control? No es loable ni atractivo. Es la causa de mucho desperdicio y dolor en mi vida».
A pesar de lo doloroso de esas vivencias, a finales de septiembre Virginia tuvo la certeza de que la experiencia había sido fundamental y la certeza de que “nunca había tropezado con esto antes”, lo que le hacía suponer que quizá fuera “el impulso de un nuevo libro”.
“Todo marcha muy a prisa”
Los Woolf volvieron a Londres en octubre, y Virginia retomó su vida social: lady Colefax, Morgan Forster, Wells y Arnold Bennett fueron algunas de las personas que la requerían y a las que no podía negarse. También correspondía retomar el trabajo de la Hogarth y hacer una pequeña escapada a Cambridge para escuchar una conferencia de Vita en la Real Sociedad de Literatura sobre “algunas tendencias de la poesía inglesa moderna”. Pero Virginia no estaba dispuesta a dejarse impresionar por “toda la jerarquía de la literatura tan claramente expuesta”; estaban allí sir Edmund Gosse[311] y filas de “viejas y gruesas viudas, cuyos maridos habían sido catedráticos, especialistas en escarabajos, sin duda”. Para Virginia, Vita, “demasiado inocente para verlo”, no podía, como ella, reparar en lo que ocultaban “las cortinas de la respetabilidad” del renombrado edificio.
Finalmente, volvió a Al faro, trabajó en un artículo sobre Quincey y también en la preparación del libro Famous Men and Fair Women, una publicación de la Hogarth Press en la que figuraba su tía fotógrafa, Julia Cameron. Además, entre el 6 y el 9 de noviembre Virginia se hizo tiempo para una escapada a Long Barn, con Vita. También vio a mucha gente: los Woolf cenaron con H. G. Wells, Bernard Shaw y Arnold Bennett, quien lamentó no poder charlar con ella a solas y escribió en su diario que los Woolf lucían “melancólicos los dos… Pero me agradan a pesar de lo mal que me tratan en la prensa”. El hecho es que Virginia pensaba superar su evidente depresión en una desesperada huida hacia adelante:
«Todo marcha muy a prisa. La fama aumenta. Las posibilidades de conocer a tal persona, de hacer tal cosa, se acumulan. La vida es, como he dicho desde que tenía 10 años, terriblemente interesante —en todo caso, más rápida, más intensa a los 44 que a los 24— también más desesperada, supongo, a medida que el río se precipita hacia Niágara: mi nueva visión de la muerte; activa, positiva, como todo lo demás, emocionante; y de gran importancia, como experiencia».
Esa visión de la muerte correspondía con una etapa maníaca contrapuesta a la melancolía que la había precedido, y Virginia le decía a Vita, como al descuido, que [la muerte es] “la única experiencia que nunca describiré”. No era extraño que reflexiones acerca de la vida y de la muerte acompañaran la finalización de la escritura de Al faro;[312] incluso la relación con Vita estaba teñida por una melancolía que esta detectaba, al punto de escribirle a Harold expresando sus temores de que Virginia muriera joven.
Pero antes se impondrían otros proyectos, algunos muy jubilosos. Mientras reescribía seis páginas de Al faro por día; Virginia comenzó a sentir que “de vez en cuando” la perseguía “una vida de mujer muy profunda, medio mística, que será narrada en alguna ocasión; y el paso del tiempo quedará totalmente eliminado; el futuro surgirá de alguna forma del pasado”. El encuentro con Vita, su misterio, sus ancestros y todo su atractivo tomarían pronto, aunque no fuera plenamente consciente de ello, forma literaria. Se estaba gestando el Orlando.