CAPÍTULO XXII - 1919

Hacia un balance personal y LITERARIO

ANGELICA, la hija de Vanessa y Duncan que llevó el apellido de Clive y cuyo verdadero origen sería conocido por unos pocos y sospechado por otros, nació en Navidad. Poco después, su vida estuvo en riesgo a causa de la impericia del médico rural que la atendía. La beba sufría indigestiones, no subía de peso y enfermó gravemente. El doctor local le prescribió jugo de naranja y “ácido carbólico diluido”, pero la recién nacida empeoró hasta que, gracias a la intervención de una médica amiga de Bunny Garnett, le cambiaron la dieta y lograron que se recuperara. Para aplacar los fuertes prejuicios del doctor contra sus colegas femeninas, Vanessa debió decirle que conocía a la médica desde hacía mucho tiempo. Lo cierto es que esa rápida consulta impidió que sucediera lo peor.

En medio de la crisis, para ayudar a su hermana, Virginia recibió en su casa a sus hijos mayores, Julian y Quentin, pero los niños no estuvieron con la tía mucho tiempo, ya que ella necesitaba reposo, no a causa de sus hijos, le explicaba Virginia a Vanessa, sino porque le habían hecho una extracción dentaria que se complicó con un profuso sangrado y dolor de cabeza. Los médicos volvieron a aconsejarle descanso y los niños partieron. Virginia decía que debía tener “la discreción de un elefante” y le sugería a Vanessa que la imitase, pero reconocía: “Vivo como una sultana entre almohadas y aves domésticas, y tú eres una esclava del trabajo y madre de millones”.

En el mundillo de Bloomsbury, los chismes eran el pan de cada día, pero lo mismo sucedía en otros ámbitos, donde se sabía que Vanessa y Duncan vivían juntos y que ella estaba separada de su marido. Así, solo después de recibir una carta tranquilizadora de la anciana tía Anny —hija de Thackeray y hermana de la primera mujer de Leslie—, los parientes Fisher aceptaron que, pese a sus sospechas, la hija de Vanessa era “de hecho indudablemente hija de Clive”.

El 20 de enero, luego de quince días en cama, Virginia retomó su diario. Solo tenía autorización para escribir una hora cada día, de modo que releyendo el del año anterior quedó sorprendida “por el rápido galope al azar ante el cual se balancea, a veces de hecho dando unas sacudidas casi intolerables sobre el empedrado”. Más adelante, y reconociendo la importancia de ese ritmo, concluía: “De todas maneras, si no fuera escrito bastante más rápido que la máquina de escribir más rápida, si me detuviera y meditara, nunca llegaría a escribirlo”. La velocidad y fluidez de esa escritura alcanzaba sus mejores momentos en la inclusión de “temas errantes” que eliminaría si pensara en ellos y que consideraba, finalmente, como “los diamantes en la pila de polvo”. A menos de una semana de cumplir los treinta y siete años, Virginia sentía que escribiendo sus diarios le preparaba un muy buen material a la mujer que llegaría a ser:

 

«Si Virginia Woolf a la edad de cincuenta, cuando se siente a construir sus memorias sacadas de estos libros, es incapaz de hacer una frase como es debido, solo me queda expresarle mis condolencias y recordarle que existe la chimenea, donde tiene mi permiso para quemar esas páginas y reducirlas a láminas negras con agujeros rojos. ¡Pero cómo le envidio la tarea que estoy preparando para ella! No existe ninguna que me guste más».

Para cumplir con esa tarea, y tal vez impelida a hacer un balance debido a la nueva maternidad de Nessa, comenzó un informe sobre la situación actual de sus amistades que incluyó no solo el carácter de sus amigos, sino también una valoración de sus trabajos y un pronóstico sobre su obra futura. A la pregunta ¿cuántos amigos tengo?, Virginia contesta con una enumeración que reconoce parcial, y en la que destacan Lytton Strachey, Desmond MacCarthy y Saxon Sydney-Turner, como pertenecientes a la parte de su vida relacionada con Cambridge, “muy intelectual; desligada de Hyde Park Gate, conectada con Thoby”. La larga lista incluye a Ka Cox, Rupert Brooke y Duncan Grant, como pertenecientes a la época de Fitzroy Square, mientras que las Olivier[213] y compañía están marcadas por los días de Brunswick Square. A Clive, prosigue, lo deja “un poco aparte”; luego llegan los peloscortos: Alix, Barbara, Carrington, Nick y Bunny. Otro grupo corría paralelo a ese sin mezclarse, distinguiéndose por su carácter social y político; estaba encabezado por Margaret Llewelyn Davies e incluía intermitentemente a los Webb, también a Mrs. Hamilton, John Hobson, Goldie Dickinson y Louise Matthaei.[214] En ese punto Virginia se da cuenta de que no ha clasificado ni a Roger Fry ni a lady Ottoline Morrell, tampoco a Katherine y Murry, por no citar a otros personajes periféricos. Por lo pronto, y debido a los rumores que habían diseminado el año anterior, podría omitir al pintor Gertler y a Mary Hutchinson, pero agregaba a T. S. Eliot, al que solo había visto pocas veces, pero cuyos poemas iba a publicar la Hogarth Press.

En su diario, Virginia describe primero a Lytton, a Desmond y a Saxon, por los que sentía una “considerable amistad”, renovada cada vez que volvían a verse. El éxito de los últimos meses, después de la publicación de Victorianos eminentes, no parecía afectar a Lytton. Virginia pensaba que tal vez eso se debía a que, acostumbrado a la fama desde los seis meses, esta no le causaba sorpresa ni cambio. No había nada más natural e íntimo que una charla con él; le parecía que cuando era menos ingenioso se mostraba más humano, y que Carrington había contribuido al desarrollo de su “benignidad”. Pero también creía que los Strachey eran una raza prosaica, de escasa magnanimidad y sin ambiente. En su diario, Virginia despliega un análisis despiadado, y aunque reconoce la “gran variedad de cualidades intelectuales y de carácter, tales como la honestidad, lealtad, inteligencia para lo espiritual” de su amigo, también cree que adolece de una “falla de la vitalidad” y “falta de poder creativo” que lo condicionan a no derrochar sus dones y a desempeñarse con frugalidad. Además, les reprocha a los Strachey un carácter poco aventurero y falta de originalidad: “Al fondo común de nuestro grupo han aportado frases hechas, estándares y ocurrencias, pero nunca ninguna novedad; nunca un Omega, nunca un movimiento postimpresionista, ni una casa de campo, un Brunswick Square o una imprenta”.

Pensando en los Stephen y en Clive, creía que a diferencia de ellos, Lytton carecía de iniciativa para vencer el temor al ridículo o a las dificultades. Incluso la adquisición de Tidmarsh y su modo de vida menos convencional se debían al “deseo y firmeza de Carrington”.

Una de las grandes críticas contra Bloomsbury en general, y contra Virginia en particular, consiste en señalar la falta de reserva, la actitud chismosa y hasta fisgona con la que se inmiscuía en la vida de los demás, todo eso acompañado de un marcado esnobismo. En su defensa se puede señalar que diseca sus propias sensaciones, pensamientos y carácter con la misma precisión con la que se refiere a sus conocidos. Así, luego de las observaciones sobre Lytton y de preguntarse si él no es mejor que sus libros, se cuestiona a sí misma: “¿Soy demasiado cautelosa en elogios cuando se trata de sus libros? ¿Estoy celosa? ¿Es que comparo las seis ediciones de Victorianos eminentes con la única edición de Fin de viaje?”.

Su deseo de ser escritora tenía correlato con una capacidad sorprendente de trabajo heredada de sus padres y potenciada por su unión con Leonard, en quien encontró un compañero por lo menos tan obsesivo como ella. Muy distinto era el caso de Desmond MacCarthy, el próximo en caer bajo las garras de su descripción. Consideraba que como amigo era irreprochable, pero de una indolencia que podía deberse “a la conciencia […] de que las cosas en general no tienen importancia”. Con el tiempo, la personalidad de Desmond inspiraría el personaje de Bernard de Las olas:

 

«¿Quién es más tolerante, más apreciativo, más comprensivo de la naturaleza humana? Lo digo sin querer afirmar que sea un personaje heroico. Encuentra el placer demasiado placentero, los almohadones demasiado blandos, la diversión demasiado seductora y, además, como creo últimamente, ha dejado de ser ambicioso. Su “obra maestra” (puede que vaya a ser filosofía o biografía ahora, y ciertamente será comenzada, tras una serie de largas caminatas, esta mismísima primavera) solo “toma forma”, aparece, creo, a esa hora entre el té y la cena, en que tantas cosas parecen no solo meramente posibles sino logradas».

Cuando le toca el turno a Saxon Sydney-Turner, Virginia demuestra que puede ser verdaderamente cruel. Dice que su fidelidad es la de “un viejo collie senil o la de un asno debilitado”, con poco que ofrecer, salvo los recuerdos del pasado: “Aguanieve, y fango y frío, y nada crece; sin calor ni brillo, ni siquiera un modesto resplandor doméstico”. Aun así, agrega: “Pero es posible darse cuenta, incluso tras dos horas de silencio cordial, de que es enteramente sincero, genuino, puro”.

La amistad con Katherine Mansfield era más difícil de definir, y como no se habían visto en todo el invierno, Virginia concluía: “Es extremadamente dudoso que tenga derecho a clasificarla entre mis amigos”. Su relación “casi enteramente fundada sobre arenas movedizas” no era fácil de encuadrar, y aunque Katherine le había escrito diciendo lo importante que era su amistad, no tenía noticias de ella desde diciembre. Lo cierto es que la rivalidad que sentían no estaba restringida a lo literario. Katherine reconocía que envidiaba la tranquilidad y seguridad que emanaba de Virginia, rodeada de libros, en su casa y con la contención que le proporcionaba Leonard. Sus constantes problemas de dinero, las diferencias de clase social entre las dos, la enfermedad irreversible e incluso un marido muy diferente no hacían fácil la amistad. Además, aunque a los dos les gustaba Katherine, los Woolf no se sentían a gusto con Murry, y Leonard siempre creyó firmemente “que de alguna oscura manera Murry corrompió y pervirtió a Katherine como persona tanto como escritora”. Aun así, Katherine y Virginia se vieron con bastante frecuencia durante 1918 y 1919, compararon sus impresiones acerca de sus contemporáneos y, fundamentalmente, discutieron acerca de lo que consideraban que debía ser la narrativa moderna. Es así que, cuando se encontraron, en marzo, sin que mediaran explicaciones acerca del alejamiento de los últimos tiempos, se refirieron a la relevancia del caso Dorothy Richardson, la primera en usar lo que se llamó “flujo de conciencia”[215] En su reseña de The Tunnel (El túnel), el cuarto tomo de los doce que constituirían Pilgrimage (Peregrinación),[216] Virginia señaló que el lector no estaba provisto de una historia, sino que era invitado a embeberse en la conciencia de la protagonista: el método de la autora solo triunfaría —resaltaba — si lograba instalarnos en “el centro de otra mente”. De todas maneras, le parecía que Richardson fallaba al ofrecer una realidad que no pasaba de ser superficial, ya que las impresiones, ideas y emociones no emitían la luz esperada sobre las “profundidades ocultas”. Finalmente, consideraba que El túnel era mejor en sus errores que muchos libros en sus logros. Años después, Virginia reconocía que Richardson había inventado, o si no la había inventado, sí “desarrollado y aplicado a sus propios usos, una frase que podemos llamar la frase psicológica del género femenino”. Como dice Julia Briggs, tanto Katherine Mansfield como Virginia Woolf pensaban que Peregrinación estaba “demasiado próximo al monólogo” y ellas, “en su obra, buscaban más voces y más diferenciadas”.

TEORÍA Y PRÁCTICA PARA UNA ESCRITURA MODERNA

En tanto escribía Noche y día, novela acorde con los criterios tradicionales y ambientada en la época victoriana, Virginia constataba: “Como las respuestas actuales no bastan, debemos tantear nuevas; y el proceso de descartar las viejas, cuando no tenemos ninguna idea en absoluto de qué poner en su lugar, es muy triste”. Sus narraciones cortas “La mancha en la pared” y “Kew Gardens” dan testimonio de que no era tan así; las respuestas estaban al alcance de su mano, ya que practicaba una escritura experimental y también preparaba “Modern Novels”, un artículo publicado en TLS, que con ligeras modificaciones convirtió en “La narrativa moderna”,[217] tal vez su ensayo más conocido, considerado un manifiesto literario del modernismo y sobre el que sienta las bases de sus futuras novelas. Allí compara a los escritores de su generación, a los que llama “georgianos”, y entre los que incluye a Joyce —“el más notable”—, con los de la generación anterior — Bennett, Galsworthy y Wells—, a los que llama “eduardianos”, señalando que se trata de escritores “materialistas” que se ocupan “no del espíritu sino del cuerpo”. En oposición a ellos, para la generación en la que Virginia se incluye, “el centro de interés se encuentra muy probablemente en los oscuros territorios de la psicología”. Los libros de Bennett, señala, están bien construidos y tienen una “sólida artesanía”, pero la estructura narrativa, los argumentos y la caracterización convencional de los personajes plantean la paradoja: “¿Y si la vida se niega a vivir ahí dentro?”. Luego, Virginia Woolf propone: “Examinemos una mente normal en un día normal. La mente recibe infinitas impresiones, triviales, fantásticas, evanescentes o grabadas con la fuerza del acero”, y finalmente concluye expresando lo que podríamos llamar su credo narrativo:

 

«Las inmensas posibilidades del arte nos recuerdan que sus horizontes carecen de límites y que nada —“método” o experimentos, por locos que sean— está prohibido, salvo la falsedad y los fingimientos. La “materia propia de la novela” no existe, todo es materia propia de la novela, todo sentimiento, todo pensamiento. Todas las cualidades de la mente y del espíritu contribuyen a la novela; ni una sola percepción es ajena a ella. Y si pudiéramos imaginar a la novela personificada, viva y entre nosotros, no cabe duda de que nos invitaría a que la atacásemos y la maltratásemos, al mismo tiempo que a honrarla y amarla, ya que así es como se renueva su juventud y se garantiza su soberanía».

Resulta curioso constatar que mientras elaboraba sus concepciones teóricas acerca de lo que debía ser la narrativa moderna y ensayaba el método en sus narraciones cortas, como señalamos, Virginia escribía Noche y día, una novela de estructura convencional que, sin embargo, brindaba el terreno adecuado para otro tipo de experimentaciones, como recordó muchos años después en una de sus cartas:

 

«Nunca olvidaré el día en que escribí “La marca en la pared” —todo de un tirón, como volando, tras haber sido mantenida cautiva picando piedra durante meses. “Una novela no escrita” fue el gran descubrimiento, sin embargo. Eso — nuevamente en un segundo— me demostró cómo podía encarnar todo mi bagaje de experiencia en una forma que le encajaba, no que alguna vez haya alcanzado ese fin. Pero de todos modos vi, abriéndose de un túnel que yo misma hice, cuando descubrí ese método de aproximación, El cuarto de Jacob, La señora Dalloway, etc».

 

Entre tanto, la lectura de Richardson, Joyce, Eliot y los novelistas rusos se inscribía en una búsqueda que compartía con Katherine Mansfield. Todos parecían pendientes de Joyce, el escritor irlandés de su misma edad que ya tenía importantes admiradores y que, como recordaría Virginia en su diario cuando él murió, provocaba el tipo de reacciones que tuvo Katherine cuando ella le alcanzó unas páginas del Ulises: “Comenzó a leerlo, ridiculizándolo, y de pronto dijo: ‘Pero hay algo en esto: una escena que supongo podría figurar en la historia de la literatura’”.

Lo cierto es que ambas escritoras se sabían inscriptas en el debate modernista y veían con recelo a los que consideraban sus rivales. El temor al que Virginia aludía refiriéndose a Richardson, “si ella es buena entonces yo no lo soy”, se hacía extensivo a otros autores, y todos estaban en condiciones de considerarse competidores de una justa donde estaba en juego la creación de una escritura nueva y revolucionaria. En ese contexto, con sus evasivas, encuentros y desencuentros, Katherine Mansfield fue una de las pocas personas que Virginia calificó de inasibles, a la que nunca estuvo segura de seducir o impresionar, y aunque la “inescrutable” mujer siguió siéndolo, tiempo después afirmó: “Siento con Katherine lo que no siento nunca con las otras mujeres inteligentes: una sensación de tranquilidad, de estar a gusto y de interés”, que atribuía a una auténtica preocupación por la literatura.

Cuando ambas se vieron en Hamstead en Pascua, a pesar de la interferencia causada por la presencia del hermano de Murry y de Ida Baker, Virginia sintió: “Cubrimos más terreno en mucho menos tiempo”. Y el 12 de julio, después de lo que sería su última visita ese año, escribió en su diario: “Ella me gusta más y más, y creo que hemos logrado cierto tipo de fundación durable”. Se trataba de una relación ambigua e incierta asentada en arenas movedizas, una relación sin códigos establecidos, que iba creándose en el camino y que planteaba un tipo de sociabilidad muy diferente del de las viejas costumbres de South Kensington, regidas por el principio “de mantenerse del lado seguro y haciéndolo con elegancia”.

A pesar de que la guerra había terminado, muchos ingleses se sentían perplejos. Virginia tuvo oportunidad de comprobarlo cuando asistió a un concierto en casa del editor de The Times, Samuel Bruce, donde presagiaban y temían una revolución. Uno de los aristócratas presentes, inquieto en un mundo muy diferente del anterior a la guerra, aseguraba que temía la conspiración de los “judíos rusos” y los “irracionales” pedidos de sueldos más altos de las clases trabajadoras. “Casi me autoproclamo una judía rusa —escribió Virginia en una carta a Nessa—, pero me guardaré esto para el próximo concierto”. En realidad, ese círculo era ideológicamente antagónico, pero representaba también una especie de recreo; le recordaba el pasado, un entorno que no la estimulaba a decir cosas más interesantes que “gracias y por favor, no se moleste”. La amabilidad seguía siendo lo principal en South Kensington, y aunque la burguesía tenía la virtud de velar todo lo “que es tan prominente y desagradable en los intelectuales”, la fascinación pronto se desvanecía y la ganaba una sensación de inadecuación y los deseos de escapar a una dimensión en la que el pensamiento y las palabras fluyeran libremente y sin atavismos. Entre esa gente se sentía “como un conejo, que en realidad es una liebre, en una tierra con otros conejos, que en realidad son conejos”.

La revolución que temían los aristócratas no le preocupaba, pero Virginia se sintió conmocionada cuando el administrador de Asheham House reclamó la propiedad, y Leonard señaló lo fácil que era “hacer de una casa un fetiche”.

Recién en marzo Virginia se dirigió a Charleston a conocer a su sobrina; la vio durmiendo en su cuna, y a Nessa y a Duncan sentados frente al fuego y rodeados de mamaderas, baberos y tazas. Vanessa solo contaba con la ayuda de Jenny, “la cocinera lista que parece judía”, pero ese día Jenny había sufrido un colapso, estaba en cama, y solo el método extremo y el altruismo por parte de Nessa y Duncan permitían que la casa funcionara en armonía. Impresionada por la escena, Virginia escribió en su diario:

 

«El ambiente parece lleno de catástrofes que no preocupan a nadie; el ambiente rebosa de buen humor, animado, como tiende a ser tras tres meses de desastre doméstico. En estas circunstancias, tengo que admitir que no he tenido más que treinta minutos seguidos de charla con Nessa».

 

A ojos de Virginia, la maternidad no humanizaba a Nessa, y si de pequeña la había apodado “la Santa”, y más tarde la había comparado con una vestal, en estos momentos escribía:

 

«“Su maternidad es de estilo tigresa, espléndida, devoradora, sin escrúpulos”. Por otra parte, fascinada con su sobrina, Virginia estaba dispuesta a que la considerase “algo más que una tía, quizá no tanto un padre, pero con una mano (para ponerlo delicadamente) en su nacimiento”. También sugirió nombres para la niña. Le gustaba Sidonia, porque tenía “la apariencia de una ola verde transparente” y algo de “distinguido esmeralda”. Había — agregaba en una carta— un “salpicar del mar en Vanessa y un candelabro o lustre en Miriam, con todos sus ojos. Por cierto, Leonard quiere que la llames Fuchsia; ese es su nombre favorito, y hace tiempo había decidido llamar así a su hija”. Lo cierto es que, a casi tres meses de nacida, la niña todavía no estaba anotada en el Registro Civil y dudaban acerca del nombre que llevaría[218] Por fin, Vanessa decidió que su hija se llamaría Helen Vanessa y así fue anotada. Días después agregó el nombre de Angelica, y Virginia festejó la elección por su “liquidez y música, con un toque de verde, y recuerdos de nadie excepto de [Angelica] Kauffmann, que fue sin duda un personaje encantador”».

 

Con casi cuarenta años, Vanessa había decidido ser madre una vez más, pero también se dedicaba a la pintura y a brindar un ambiente acogedor al hombre del que estaba enamorada. Cumplir con su vocación implicaba lograr una suerte de equilibrio entre todos los aspectos involucrados y las personas que la necesitaban y dependían de ella. Para Virginia las cosas fueron diferentes; la vida no le requería una participación encarnada, ni prodigarse como lo hacía Vanessa en el intento de retener amante, hijos, amigo y ex esposo a su alrededor, sino que le permitía situarse en el lugar de espectadora y narradora. Su vocación de escritora, sin embargo, tenía una fuerza similar, era como una corriente sumergida y potente que debía ser canalizada. En ese sentido, incluso la pintura —por entonces admiraba a Sickert— le brindaba recursos e imágenes propias de los pintores. Aun así, el estímulo principal seguía siendo la lectura, y la mayoría de sus numerosas reseñas y artículos —entre 1918 y 1919 escribió cerca de noventa— pueden leerse como reflexiones relacionadas con su propia literatura. Abrevar en lo literario era válido tanto cuando se trataba de expresar antagonismos y de denunciar lo que le parecían imposturas, como cuando escribía sobre escritores que admiraba y sentía conocer más que nadie, entre ellos George Eliot, George Meredith, Anne Thackeray Ritchie, Dickens, Herman Melville, Walpole, Daniel Defoe, Coleridge, Walt Whitman, Conrad, Henry James y los novelistas rusos.

A fines de marzo y habiendo finalizado Noche y día, Virginia esperaba la opinión de Leonard. El veredicto fue positivo y la colmó de placer. Su propia opinión era que se trataba de un libro “más maduro y satisfactorio” que Fin de viaje, y si bien no le anticipaba “ni siquiera dos ediciones”, pensaba que “siendo lo que es la ficción inglesa” podía incluirse “en originalidad y sinceridad con la mayoría de los modernos”.

A diferencia de Leonard que creía que la filosofía del libro era muy melancólica, Virginia estaba segura de que las respuestas corrientes ya no servían y su intención había sido denunciarlo. Por otra parte, la escritura de Noche y día la había agotado menos que la de Fin de viaje, incluso se había divertido escribiendo la segunda parte del libro. Como por entonces la Hogarth Press no podía afrontar la publicación de una novela de esa extensión, los Woolf recurrieron otra vez a Gerald Duckworth. El encuentro dejó un saldo positivo en cuanto a las posibilidades de edición, pero a Virginia no le satisfacía “la opinión sobre literatura del hombre de Club” y sintió cómo crecía en ella un violento deseo de alabarse y alardear frente a su hermanastro, resaltando cuánto dinero ganaban Nessa, Clive y Leonard. La necesidad de obtener reconocimiento amenazaba con convertirse en un punto débil y sensible en extremo, y así quedó en claro una noche, cuando Virginia cenó en un restaurante y charló con Duncan y Clive, quien aseguró que T. S. Eliot la detestaba, lo que provocó que ella reconociera: “Odio no ser amada”.

Más complejo de lo que puede aparecer a simple vista, este rasgo implicaba que no solo buscara la aceptación personal, sino el reconocimiento de que como mujer y escritora moderna estaba dando nuevas respuestas a una sociedad y un mundo cambiantes. ¿Conseguiría, como Daniel Defoe, imponerse después de doscientos años? Mientras se hacía estas preguntas, comprobaba que la escritura de su diario era una buena práctica:

 

«Ablanda los ligamentos. No tienen importancia los errores ni los tropiezos. Yendo al paso que voy, debo hacer los disparos más súbitos y directos a mi objetivo, y por lo tanto debo echar mano a las palabras, elegirlas y lanzarlas sin mayor pausa de la que es necesaria para mojar mi pluma en la tinta. Creo que a lo largo del año pasado puedo trazar cierto incremento de facilidad en mis escritos profesionales que atribuyo a mis medias horas después del té. Por si ello fuera poco, amenaza delante de mí la sombra de cierto tipo de forma a la que un diario podría aspirar. Puede que con el correr del tiempo aprenda qué es lo que se puede hacer con este material libre y deambulatorio de vida; encontrándole algún otro uso además del que le doy, tanto más consciente y escrupulosamente, en mi ficción. ¿Qué clase de diario me gustaría que fuera el mío? Algo armado con soltura, pero no desaliñado, tan elástico que abarcase todo lo que se me pasara por la cabeza, solemne, leve o hermoso. Me gustaría que se pareciera a un escritorio viejo y profundo o a un baúl espacioso, al que arrojamos un montón de chucherías sin siquiera echarles un vistazo. Me gustaría volver, después de uno o dos años, para descubrir que la colección se ha ordenado y refinado a sí misma y aleado, como depósitos similares lo hacen misteriosamente, en un molde tan transparente como para reflejar la luz de nuestra vida, y sin embargo constante, tranquilo, compuesto con la distancia de una obra de arte. […] Pero la holganza rápidamente se convierte en desaliño».

 

Virginia se reconocía feliz, y aunque no podía analizar todas las fuentes de su alegría, intuía: “Felicidad… ¿qué, me pregunto, constituye la felicidad? Me atrevería a decir que el elemento más importante es el trabajo, y que rara vez nos falla a ninguno de los dos”. De hecho, en tanto la Hogarth Press tenía tres proyectos en marcha, uno de los cuales era el relato de Virginia “Kew Gardens”, Leonard trabajaba en el Partido Laborista, en la Liga de las Naciones y en la edición de la International Review. Pero la felicidad duraba instantes, la seguridad era una utopía y el lado invulnerable de las cosas, una orilla que el barco de la vida rozaba por momentos. Cuando en mayo la Hogarth Press publicó Poems de T. S. Eliot, The Critic in Judgement, de Murry, y su “Kew Gardens”, Virginia comprobó con dolor que pedían los otros libros más que el suyo. Estar “en manos del público” la inquietaba, se había expuesto una vez más, y al principio el resultado no le fue favorable. La rodeaba una sensación de fracaso, y es probable que al verla, envidiara a lady Ottoline Morrell, “rayada de verde y azul, como el mar de Cornualles, y magníficamente erguida y entera; su sangre azul dándole ese aire de confianza y dignidad que es tan raro entre los intelectuales”. Pero incluso para describir a su amiga Virginia utiliza imágenes visuales y pictóricas que exploró literariamente en “Kew Gardens”, cuya revisión el año anterior coincidió con sus visitas a la Galería Nacional, donde había contemplado las sombrillas de Renoir.

Kew Gardens y Monk’s House

Este relato de corte experimental, comienza con la descripción de un cantero de flores, que “desplegaban en la punta pétalos rojos, azules o amarillo”, y la de los efectos de la luz en los jardines, y luego da paso al diálogo que sostienen cuatro parejas de caminantes de edades y condiciones sociales distintas, que alterna con la descripción de un caracol que avanza entre las piedras y las hojas. Miríadas de sonidos, de voces y de colores dan vida a la bulliciosa realidad de la ciudad y a las figuras de hombres, mujeres y niños, que lo mismo que los colores salpican el ambiente y se esfuman. Las imágenes se asemejan a una pintura impresionista,[219] las parejas pasan “junto al arriate, y todas quedaban envueltas, capa tras capa, en una bruma verdeazulada en la que al principio los cuerpos tenían sustancia y un toque de color, pero luego sustancia y color se desvanecían en la atmósfera verdeazulada […] [mientras] el techo de vidrio del invernadero resplandecía como si todo un mercado repleto de brillantes sombrillas verdes se hubiera abierto bajo el sol”.

Consciente de su necesidad de ser reconocida y alabada, Virginia se preocupó por la pobre recepción de “Kew Gardens y si bien contó con el elogio del experto en arte Roger Fry, los libros se vendían lentamente. Por su parte, Lytton, que estaba dispuesto a recibir sus consejos, reconocía sus propios estereotipos y su precisión extrema, pero le aseguraba, no sin malicia, que le sorprendían su dedicación y su capacidad, y pensaba que ella era “la mejor crítica literaria viva, y la inventora de un nuevo estilo de prosa, y la creadora de un nuevo tipo de frases”.

En junio, todavía sin encontrar una casa que reemplazara Asheham y susceptible por la escasa repercusión de “Kew Gardens”, Virginia visitó Charleston. Si esperaba alegrarse con esa visita, no lo consiguió, ya que allí se encontró con el enojo de su hermana, disgustada por la calidad de impresión del grabado que había hecho para la tapa de “Kew Gardens” Vanessa dijo que en esas condiciones ya no colaboraría con la imprenta e incluso llegó a dudar de la utilidad de la Hogarth Press. El año anterior Leonard y ella habían discutido por algo similar, y dado que no se pusieron de acuerdo en los detalles de la impresión de unos grabados suyos, finalmente los editó Omega Workshop. Herida y “petrificada”, “bastante hundida”, Virginia se dirigió a Lewes, donde debió esperar cerca de tres horas la llegada del tren que la conduciría a su casa; en ese tiempo vio que anunciaban la venta de la Round House, una casa en la colina de Lewes que había sido un molino, y sin pensarlo demasiado[220] la compró por trescientas libras, atribuyendo luego su impulsividad al maltrato recibido de Vanessa.

El panorama se presentaba gris y destemplado, pero al día siguiente, al regresar de Charleston, todo cambió inesperadamente. “Kew Gardens” había tenido una reseña muy favorable en el TLS y los Woolf encontraron la mesa del vestíbulo y el sofá cubiertos con cerca de 150 pedidos. Las críticas recibidas en Charleston y la sorpresa que los esperaba en la casa desembocaron en una discusión matrimonial que extinguió el placer que implicaban esos pedidos, pero los Woolf no tuvieron demasiado tiempo para pelear, debieron cortar las tapas, imprimir etiquetas, pegar los lomos y, al fin, despachar los ejemplares. Además, encargaron una segunda edición de “Kew Gardens”, que corrió por cuenta de Richard Madley, imprentero profesional que había realizado trabajos para Omega Workshop. La siguiente “ráfaga de éxito” provino de Nueva York, donde ya habían publicado Fin de viaje y desde donde le solicitaban Noche y día. Lejos de vivir el momento con euforia, Virginia reconocía: “El nervio del placer se entumece con facilidad. Me gustan los pequeños sorbos, pero la psicología de la fama es digna de ser considerada con tranquilidad”.

Días después de comprar impulsivamente la Round House, Virginia y Leonard comprobaron que no era lo que necesitaban; la casa estaba en el centro del pueblo, no tenía una vista interesante y era demasiado estrecha. Por entonces, mientras paseaban por Rodmell, un pueblo pequeño a dos millas al sur de Lewes, vieron anunciada la venta de Monk’s House, residencia más acorde con sus necesidades y Leonard se lamentó: “Esto es exactamente lo que nos hubiera convenido”. Como solo conocían el exterior de la casa y apenas habían observado los jardines durante sus paseos, al día siguiente, a pesar del frío y del fuerte viento en contra, Virginia fue en bicicleta a inspeccionar Monk’s House. Los prudentes reparos acerca del tamaño de las habitaciones, la falta de agua caliente, que no tuviera baño y las malas condiciones y humedad de la cocina no minaron el encanto del huerto, los frutales y el “profundo placer por el tamaño y forma, y fertilidad y lo agreste del jardín”. De inmediato, los Woolf decidieron que venderían la Round House y participarían de la subasta por Monk’s House. Cuando llegó el día de la venta, disimulados en la multitud, ambos siguieron con gran expectativa los pasos de su agente que tenía un límite de ochocientas libras para la compra. Virginia anotó en su diario cuánto la emocionó esa alternativa:

 

«La venta fue el martes. No creo que muchos lapsos de cinco minutos en el curso de mi vida hayan estado tan llenos de emoción. […] La sala del White Hart estaba atestada de gente. Yo miraba cada cara, y en particular cada abrigo y cada falda, buscando signos de opulencia, y me alegró no descubrir ninguno. Pero luego, pensé, incluyendo a L. en ese grupo, ¿aparenta él tener £800 en el bolsillo? Algunos de los acaudalados granjeros bien podrían tener sus rollos de billetes metidos dentro de los calcetines. Empezó la subasta. Alguien ofreció £300. Eso no es una oferta —dijo el subastador, que inmediatamente se nos opuso como un sonriente y cortés antagonista—, sino un comienzo”. La siguiente oferta fue de £400. Luego subió a de a cincuenta.

Wycherley, junto a nosotros, en silencio e inmóvil, sumó su oferta. Se llegó a 600 demasiado pronto para mí. Algunas vacilaciones se interponían entre ellas, pero cayeron bastante rápido. El subastador nos animaba. Diría que había seis voces hablando, aunque después de llegar a £600, cuatro se retiraron, y dejaron solo a un tal Mr. Tattersall compitiendo con Mr. Wycherley. Se nos permitió pujar de a veinte libras; luego de a diez; luego de a cinco, y todavía faltaban £700, de modo que nuestra eventual victoria parecía inminente. Se llegó a las setecientas, hubo una pausa; el subastador levantó el martillo, con gran calma, lo mantuvo en el aire un tiempo considerable, urgió y exhortó todo el tiempo mientras lentamente se sumergía en la mesa. “Ahora, Mr. Tattersall, otra oferta suya —no más ofertas no bien golpee la mesa—, ¿diez libras? ¿Cinco libras? ¿Nada más? Por última vez entonces, ¡pum! —y cayó sobre la mesa, para nuestro agradecimiento y las mejillas enrojecidas, y L. temblando como una hoja al viento—, vendida a Mr. Wycherley”. No nos quedamos más tiempo. Salimos a la High Street, y estuvimos a punto de pelearnos por la dirección de la casa de Roger.

 

Finalmente, en julio, el asunto de las casas concluyó de manera satisfactoria, ya que lograron vender la Round House en veinte libras más de lo que habían pagado al comprarla. Se decía que Monk’s House había sido construida en “el siglo XV o XVI” y que debía su nombre al monje al que había pertenecido en el siglo XV[221] Aunque era más pequeña y estaba en peores condiciones que la casa de Asheham, Virginia intuyó que Leonard se convertiría en un “fanático enamorado de ese jardín”.

Entre artistas y reformadores SOCIALES

El entusiasmo por la nueva adquisición contrasta con la reacción de los Woolf durante las festividades del Día de la Paz. Virginia no podía dejar de observar: “Hay algo calculado y político e insincero respecto a estos regocijos de paz. De hecho, son llevados a cabo sin belleza, y con poca espontaneidad”.Los discursos en el 17 Club tampoco le parecían creíbles:

 

«Me parece cada vez más claro que la única gente honesta son los artistas, y que estos reformistas sociales y filántropos se van tanto de las manos y albergan tantos deseos deshonrosos bajo la simulación de amar al prójimo, que al final encontramos más fallas en ellos que en nosotros. Pero ¿y si yo fuera uno de ellos?»

 

Por otra parte, lejos de idealizarlos, Virginia denunciaba a los artistas que terminaban sirviendo a determinadas ideologías, apoyando nacionalismos y censuras, y recalcaba en sus escritos: “El patriotismo en la literatura es un veneno insidioso”. Como grupo, los integrantes de Bloomsbury apuntaban a lograr una amalgama entre lo artístico y las decisiones éticas, en un marco en el que la conducta individual y comunitaria estuvieran estrechamente ligadas. Así lo demuestran los numerosos encuentros y lo sostenido de una vida social que, a mediados de julio, reunió en Asheham y en Charleston a los Woolf, a Clive, a Vanessa, a Duncan y a Maynard Keynes, que había dejado su puesto político para dedicarse a la enseñanza en Cambridge.

Asimismo, a fines de agosto y después de recibir la visita de Pernel Strachey y E. M. Forster, los Woolf se despidieron de su casa de Asheham en una reunión en la que estuvieron presentes, entre otros, Clive, Vanessa, Duncan, Roger Fry, Mary Hutchinson y Maynard Keynes. De hecho, Bloomsbury siguió siendo, después de la guerra, un grupo eminentemente artístico e intelectual, enriquecido por la visión de algunos de sus miembros comprometidos en política, y al que se sumó una nueva faceta representada por los adeptos al psicoanálisis. Virginia veía con recelo esos últimos aportes, cuestión que quedó clara cuando su hermano Adrian y Karin,[222] su mujer, anunciaron que estudiarían Medicina en el University College Hospital para luego hacer su formación en psicoanálisis. La relación con su hermano y su cuñada nunca sería fácil y cubría todos los aspectos posibles entre el cariño y la irritación. Virginia sentía que vivían “bastante separados de nuestro mundo; de todos los mundos”. La sordera de Karin, su “apetito de colegiala”, su vestimenta llamativa y su “energía” y “vitalidad” desbordantes despertaban su crítica: “¿Por qué Adrian se casó con ella?”.

En septiembre, ya instalada en Monk’s House, Virginia retomó la escritura de su diario. A Leonard le cupo organizar la mudanza y empaquetar los libros; y finalmente tres camiones trasladaron todas sus pertenencias de Asheham a la nueva casa. Aunque su marido llevó la mayor carga, Virginia se sentía algo desorientada y le costaba trabajar; reconocía que con Monk’s House ganaban en variedad de paseos y que el jardín tenía “infinito interés”, pero todavía añoraba le “belleza perfecta” de Asheham El caso es que una nueva depresión amenazaba con vencerla; las causas eran varias y afines: por una parte, no llegaba carta de la editorial de los Estados Unidos; por otra, se acercaba la publicación de Noche y día. Y si era un fracaso, ¿debería de seguir escribiendo novelas?

Por fin, si bien la editorial norteamericana consideró que Noche y día no atraería a un público amplio y decidió no publicarla, pidió entre quinientos y mil ejemplares de cada novela. Una de las posibles causas de su melancolía se diluía, pero ella se preguntaba:

 

«¿Envidio a Nessa por su desbordante hogar? Quizá de a ratos; allí todo es humano y floreciente, quizá no pueda evitar comparaciones que nunca se me ocurren cuando estoy sumergida de lleno en el trabajo. Hice comparaciones ayer, cuando comía allí y pasé la tarde, y volví a casa en bicicleta. […] Quería decir algo acerca de esos extraños estados espirituales. Me interesan, incluso cuando yo soy el tema. Y siempre recuerdo el refrán que dice que cuanto más baja es la marea, más claras se ven las cosas. Pienso que quizá nueve de cada diez personas no experimente un solo día al año una felicidad semejante a la que yo disfruto casi constantemente; ahora me toca compartir su suerte».

Virginia tomaba nota de las mareas del cambio de su ánimo y consideraba que, si normalmente y sin razón aparente sostenía “cierto tipo de vibración”, esta podía desaparecer también sin motivo aparente, dejando lugar a “una claridad de vista que viene en semejantes temporadas que nos llevan a la depresión. Pero, cuando podemos analizarlo, se está ya casi de vuelta. Siento el sinsentido tintineando con lentitud en mis venas. ¡Si pudiese tener una mañana de buen trabajo!”.

Las expectativas generadas por la publicación de Noche y día aguzaban el problema. En tanto Lytton se mostraba seguro de sí mismo y encantador, como si el éxito produjera “un tipo de modestia”, Virginia reflexionaba acerca de la “fama” y se preguntaba: “¿De qué me serviría ganar los elogios de todo el mundo si pierdo esa voz única?”.

Mientras tanto, la paz había llegado, pero, a fines de septiembre, los ferrocarriles ingleses estaban en huelga y nuevos conflictos se vislumbraban en el horizonte. Por entonces, los Woolf fueron a Asheham, nostálgicos, robaron champiñones de la hondonada y después entraron en la casa por la ventana. La estaban pintando, y por primera vez Virginia pudo sentirla lejana, a la par que Monk’s House mejoraba “al estilo de un perro mestizo que se gana tu corazón”. Pero como la huelga proseguía y los trabajadores y el gobierno endurecían sus posiciones, ella tuvo que reconocer que, después de todo, las “dóciles hordas” a las que se había referido el día del armisticio no estaban tan engañadas. Los ferroviarios llevaban inmovilizando el país cerca de once días y, a pesar de ello, como había sucedido durante la guerra, su vida cotidiana casi no se veía afectada. Como Leonard señaló en su autobiografía, Virginia podía ser el animal menos político que hubiera vivido desde que Aristóteles inventara esa definición, pero “no era en absoluto la Virginia Woolf que aparece en muchos libros escritos por críticos literarios o biógrafos que no la conocían, una frágil e inválida dama viviendo en una torre de marfil en Bloomsbury y adorada por una pequeña camarilla de estetas”. Y agregaba:

 

«Virginia estaba muy interesada por cosas, personas y eventos, y como lo demuestran sus libros, era altamente sensible al ambiente que la rodeaba, ya fuese personal, social o histórico. Era, por lo tanto, la última persona que podría ignorar las amenazas políticas bajo las cuales todos vivíamos».

El impacto de las críticas

Finalmente, cuando en octubre se publicó Noche y día, Virginia se lo envió a cinco de sus más íntimos: Vanessa, Lytton, Clive, Violet Dickinson y al escritor Morgan Forster. Se encontraba “más excitada y complacida que nerviosa”, tenía “una especie de confianza” en que la gente cuyo juicio le interesaba iba a pensar bien del libro. En efecto, la novela recibió elogios de Clive, de Nessa y de Lytton. También Violet Dickinson le escribió una frase laudatoria. Pero una sola línea de Morgan Forster diciendo que le gustaba menos que Fin de viaje le resultó más significativa que todos los cumplidos, y Virginia apuntó en su diario: “Alrededor de las tres de la tarde me sentía más feliz a razón de su crítica que de los elogios de los otros, como si volviera a estar en la atmósfera humana, tras un dichoso paseo entre elásticas nubes y mullidas colinas”. Respetaba la opinión de Morgan a quien consideraba “el mejor de los críticos” caracterizado por decir “las cosas sencillas que las personas inteligentes no dicen”, y tener la capacidad de “expresar cosas evidentes que una ha pasado por alto”. Luego de reunirse con él, escribió: “Entiendo por qué le gusta menos que V.O. y, al entenderlo, veo que no es una crítica para desalentar. Quizá la crítica inteligente nunca lo es”.

Como el libro también recibía reseñas favorables y The Cambridge Magazine resaltaba que estaba “a la vanguardia de la literatura contemporánea”, su ánimo mejoró.

Por entonces, de visita en Tidmarsh, la casa que Lytton y Carrington compartían, pudo comprobar una vez más que el encanto de Lytton seguía intacto. Pero también se sorprendió pensando que si se hubiera casado con él, lo habría encontrado quejoso, le hubiera puesto demasiadas ataduras y se hubiera resentido si hubiese intentado liberarse. La preocupación y los cuidados que la salud de Lytton requerían, “preparar tantas comodidades alrededor de ese único objeto”, le parecían deprimentes. Además, se sintió impresionada por los libros de su amigo “ordenados tan rígidamente y cuidadosamente tendidos como la porcelana china de una vieja solterona”. Y es probable que cuando Lytton admitió que no podía inventar nada, que no poseía el mismo poder creativo que ella y que sin sus referentes se detendría “por completo”, Virginia sintiera que era ella la ganadora de una pelea que siempre había estado implícita en la relación entre ambos. El reconocimiento que Lytton no le negaba era más esquivo en los labios de la inefable Margaret L. Davies; tanto ella como su antigua profesora Janet Case criticaron la falta de emoción en la novela, cosa que la sacó de sus cabales. Contraatacando, Virginia sugirió que Margaret predicaba una humanidad que excluía “más de la mitad del corazón humano”. Lo cierto es que es posible que ambas mujeres estuvieran resentidas por las sarcásticas descripciones de las feministas y sufragistas de la novela.

A pesar de no tener a todos de su lado, era evidente que Virginia se estaba convirtiendo en una celebridad. Escribía reseñas periodísticas a un ritmo inusitado, le llovían invitaciones, y los Woolf entraron en la vorágine de las fiestas. Además de recibir a Angelica y a su niñera como huéspedes, dieron tres cenas y dos tés. Como consecuencia, Nelly, su empleada doméstica, presentó su renuncia y eso trajo aparejados algunos problemas que la afectaron menos que una mala crítica a Noche y día escrita por Katherine Mansfield, que pensaba: “Esta novela es la antítesis sedada de la primera novela de Woolf, Fin de viaje”. Aunque creía que Katherine podía criticarla por despecho, la irritó verse retratada como una “decorosa vieja estúpida”, una especie de “Jane Austen puesta al día”, y como no alcanzó que Leonard le asegurase que el deseo de ver fracasar a su rival había imperado sobre el buen juicio de la Mansfield, concluyó:

 

«“Lo que yo percibo en todo esto es que los elogios apenas animan; los reproches aguijonean mucho más osadamente”».

 

De hecho, el impacto de esta crítica fue tal que Virginia llegó a rechazar hacer una reseña sobre el quinto tomo de Pilgrimage de Dorothy Richardson: “Hoy, pensando en Katherine Mansfield, me negué a hacer la crítica a Dorothy Richardson para el TLS. La verdad es que cuando lo revisé, me vi buscando fallas y deseándolas. Y hubieran torcido mi pluma, lo sé. Debe de haber algún tipo de instinto de conservación en el trabajo. Si ella es buena, entonces yo no”.

La opinión de Katherine Mansfield era contundente, detestó Noche y día, dejando en claro que se trataba de “una mentira en el alma… la novela no puede dejar fuera la guerra… siento en lo más profundo que nada puede volver a ser lo mismo y que, como artistas, somos traidores si sentimos de otra manera”. Katherine, que había perdido un hermano en la confrontación, sintió que Noche y día era una novela malograda, larga y aburrida, que olía a esnobismo intelectual, planteaba una problemática perimida y parecía estar escrita como si la Primera Guerra Mundial no hubiera ocurrido. Además, subrayó el contraste entre la escritura más convencional de Noche y día con las ideas que surgían de sus conversaciones con Virginia, con Fin de viaje y con sus narraciones cortas e incluso el artículo “La narrativa moderna” publicado meses antes.

Es cierto que Noche y día puede leerse como una novela de pautas clásicas en la que Virginia retoma, aunque con un estilo tradicional, parte de la temática de Fin de viaje. Los componentes autobiográficos siguen presentes, lo mismo que la intensidad poética y emocional y, en una formulación más clásica que su primera novela, vuelve a tratar las relaciones y la manera en que las convenciones afectaban a los jóvenes de su clase a principios del siglo XX. De alguna manera, Virginia llegó a considerar que allí recreó el “infierno particular” de las hermanas Stephen en Hyde Park Gate. Tal vez por eso dedicó la novela a Vanessa,[223] quien había sido su fuente de inspiración: “Pero, buscando una frase adecuada, no encontré ninguna que estampar debajo de su nombre”. Pero si bien el estímulo de Vanessa es evidente, hay que señalar que la protagonista, Katharine Hilbery, tiene mucho que ver con Virginia.[224]

Noche y día

Es probable que Virginia comenzara su segunda novela poco después de terminar Sin de viaje, aunque debió interrrumpirla dado que durante la prolongada crisis nerviosa que sufrió en esa época no le permitieron escribir o leer. Todavía en julio de 1916 ella le escribía a Lytton acerca de las dificultades de terminar su libro: “Escribo una oración —suena el reloj— aparece Leonard con un vaso de leche”.

La novela comienza con Katharine sirviendo el té en casa de sus padres, donde se encuentra Mr. Fortescue, un “eminente novelista” en quien se ha visto el apenas disimulado retrato de Henry James. También está presente Ralph Denham, un joven universitario comisionado por Mr. Hilbery para escribir en la revista de la que es director. Inspirados en Anny Thackeray

Ritchie y en su marido, lo mismo que en Leslie y Julia, los personajes de Mrs. y Mr. Hilbery responden al perfil victoriano, y Ralph se siente descolocado en un ambiente que le parece esnob, pero que admira. Katharine presiente que a él no le agrada su familia, pero por iniciativa de su madre debe mostrarle al joven las “reliquias” familiares pertenecientes a su abuelo, el famoso poeta Richard Alardyce, oportunidad en que ambos jóvenes hablan de sus orígenes. Ralph asegura que “el culto a la grandeza en el siglo XIX parece la única causa de la indignidad de la generación”, y de alguna manera acusa a Katharine de pertenecer a una de las más distinguidas familias inglesas. Él proviene de una numerosa familia judía que, luego de la pérdida del padre, enfrenta una gran estrechez económica que impide que su joven hermano Charles ingrese en la universidad. Un tío le ofrece un trabajo relacionado con el comercio. Por su parte, si bien Katharine admira el pasado glorioso de sus antepasados, se deprime pensando en lo deslucido del tiempo actual. Ha crecido en un ámbito en el que se hablaba de Shakespeare, Milton, Shelley o Wordsworth como amigos de la familia, pero su ocupación consiste en ayudar a su madre a escribir una biografía de su abuelo que nunca podrán terminar, entre otras cosas porque no saben cómo resolver el hecho de que el poeta se hubiera separado de su mujer.[225] Para distanciarse de un personaje con el que sería fácilmente identificada, Virginia convierte a Katharine en una apasionada por las ciencias exactas, que rechaza la literatura y estudia matemáticas a escondidas. Atraída por “el carácter poco femenino de la ciencia”, adora la exactitud algebraica “frente a la confusión, la agitación y la vaguedad de la más fina prosa”. Como le había sucedido a Virginia, Katharine ama a sus padres, pero desea huir de su mundo reglado y sofocante.

En el cuarto capítulo aparecen dos nuevos personajes. Mary Datchet es una joven sufragista de veinticinco años, resuelta y firme, que aparenta más edad, debido a que “se ganaba o pretendía ganarse la vida” y en la que se veía que “sus instintos femeninos de agradar, complacer y encantar estaban subordinados a otros que no pertenecían específicamente a su sexo”. Aunque se satiriza a los compañeros de la oficina sufragista, el trabajo de Mary Datchet y sus convicciones están simbolizados positivamente, como es evidente al final de la novela, cuando Katharine y Ralph se detienen a contemplar, con admiración, la luz de su ventana. Por otra parte, la relación casi apasionada de Katharine y Mary es más fluida que la que ambas tienen con los varones. Inspirada en Margaret Llewelyn Davies, la amiga y compañera política de Leonard, Mary Datchet está enamorada de Ralph, cuestión que junto con el retrato más bien rígido de la sufragista y activista, probablemente tuviera que ver con las críticas que tanto Margaret L. Davies como Janet Case hicieron a la novela.

El otro personaje que aparece en el cuarto capítulo es William Rodney, aspirante a escritor y pretendiente de Katharine. La relación entre los jóvenes es fragmentaria, ninguno parece conectarse claramente con las propias emociones y sentimientos. Frente a él Katharine se cuestiona: “Estaba segura de que se casaría con Rodney. ¿Cómo podría evitarlo? ¿Cómo podría encontrar un motivo para no hacerlo?”. Finalmente rompe su compromiso y decide unirse al más apasionado Ralph Denham. Junto a él, Katharine siente que “el problema estaba resuelto; había conseguido sostener entre las manos el mundo en que vivimos, sacarlo de la terrible confusión del caos”. La unión de Ralph y Katharine y su amor correspondido que termina en matrimonio puede leerse como una reacción contestataria pero optimista al problema de diferencias de clase y raza que Leonard había trabajado en Las vírgenes sabias.

En su novela Virginia hace un retrato menos frío y distante del personaje femenino, y si bien la familia judía de Ralph no es tratada con delicadeza, el protagonista sale airoso. Con el tiempo, Virginia terminó desdeñando esta novela que había escrito con el temor de verse sometida a tensiones extremas que pudieran afectar su salud. Pero es cierto que al retomar la era victoriana, desde la perspectiva claustrofóbica de la protagonista, que logra vislumbrar en la unión con Ralph nuevos horizontes, supo recrear positivamente su propia elección y darle un final feliz a la historia: esta es la única de sus novelas que termina en casamiento. Por otra parte, como le escribió a Ethel Smyth en 1930, Noche y día le enseñó “ciertos elementos de composición que no habría tenido la paciencia de aprender si hubiera estado siempre rebosante de salud”.

Aunque pronto continuaría con sus descubrimientos, en diciembre, cuando por razones económicas The International Review, la revista que dirigía Leonard, dejó de existir, ambos cayeron en cama, él afectado por la malaria y ella por una gripe de “modalidad benigna pero prolongada, y que afecta la cabeza como siempre”. Las enfermedades no perjudicaron el ritmo de lecturas y reseñas, y con el próximo libro de Leonard pronto a aparecer, Virginia llegó a fines del año exhausta, pero afirmando: “Todavía me atrevo a decir que somos la pareja más feliz de Inglaterra”.