CAPÍTULO XXIV - 1921

Forma, ritmo y estilo

EN plena crisis de la edad madura, sin hijos y con una obra literaria que todavía no colmaba sus expectativas, Virginia comprobaba que el trabajo le daba felicidad y la melancolía desaparecía. El remedio consistía en no dejar nunca “un compartimento vacío” en su mente, inventar frases, ver avanzar su novela y participar, a la distancia, de la vida de los otros. Como si se tratara de una metáfora de la vida y de las relaciones humanas, observaba lo que sucedía en Gordon Square, la casa que sus hermanos compartían y que se parecía “a la casa de los leones en el zoológico. Uno va de jaula en jaula. Todos los animales son peligrosos, bastantes suspicaces el uno del otro, y llenos de fascinación y de misterio”.

Por su parte, lamentando que esa fecha no se correspondiera “con mi cumpleaños 25, sino con mi cumpleaños 39”, el 25 de enero Virginia comenzó un nuevo cuaderno de su diario. Si bien se sentía halagada porque Lytton quería dedicarle su nuevo libro, no pasaba por su mejor momento. Pero no había tiempo para quejas, la Hogarth Press demandaba atención y, por otra parte, “en crisis” con El cuarto de Jacob, deseaba escribir veinte mil palabras de un tirón y con frenesí. En cuanto a la vida social, las reuniones del Memoir Club podían traer revelaciones: por entonces Clive recordó a su antigua amante Mrs. Raven-Hill, brindando un dato que Virginia desconocía y de alguna manera le incumbía, ya que esas relaciones duraron hasta dos años después del matrimonio de él, es decir, coincidían con la época en que se confesaba atraído por ella. Pero el Memoir Club también evidenciaba que los primeros integrantes de Bloomsbury habían llegado a tener una forma más o menos definitiva. Era el momento de demostrar los avances logrados, y en una de las reuniones del grupo, Maynard Keynes —“la pieza sólida de la noche”—[237] realizó una exposición brillante, muy diferente de la achispada alocución de Clive.

A principios de año, sobrecargada de trabajo, Virginia casi abandona su decisión de aprender ruso para colaborar con las traducciones de Koteliansky, pero a mediados de febrero todavía insistía en su esfuerzo. Otra de las distracciones que jalonaban esta etapa eran las reuniones en la taberna Cock, un punto de reunión o suerte de club, asociado a lo literario, donde la comida era sencilla y la vestimenta informal. El ambiente era propenso a las confesiones; además, mientras escuchaba al distante, “pálido, marmóreo” T. S. Eliot que se quejaba de que los críticos lo considerasen “erudito y frío”, Virginia descubría que sus preocupaciones distaban de ser originales.

En una comida organizada en el 46 de Gordon Square, en ocasión de despedirlo porque viajaba a Menton, Francia, para encontrarse con Katherine Mansfield, que estaba allí sola y enferma, Middleton Murry le comentó a Virginia que la escritora neozelandesa lo esperaba pensando que todos la habían olvidado. Aunque Virginia tenía sus recelos —lo consideraba un representante cabal del “underworld” y no admiraba su trabajo como director del Atheneum—, se compadeció de él, y como solía hacer su madre con los jóvenes enamorados, lo escuchó desahogarse. Murry hablaba de Katherine con devoción, parecía desdichado, experimentaba sentimientos de culpa, y Virginia lo absolvió. Los dos permanecieron sentados cuando los demás ya se habían ido, y Murry, que había tenido una aventura con Elizabeth Bibesco, le dijo: “Siempre sostuve que uno era libre de hacer lo que le gustara. Pero ella estaba enferma, y eso era lo que importaba. […] Y yo adoro a Katherine —es la persona más fascinante del mundo—, estoy completamente enamorado de ella”. Lejos de dejarse convencer por sus palabras, Leonard se remitía a los hechos y pensaba que Murry había corrompido, pervertido y destruido a Katherine, “tanto a la persona como a la escritora”. Subrayaba además que el sentimentalismo de Murry había contrariado la naturaleza cínica y desprejuiciada de su escritura, provocando tensión entre ellos, cuestión que se hacía evidente en los comentarios amargos de Katherine sobre su marido.

La conversación con Murry llevó a Virginia a reconocer finalmente la gravedad del estado de salud de Katherine y, dejando de lado sus reservas, le escribió una carta íntima, chispeante e ingeniosa en la que le contó que Morgan Forster “había dicho que Preludio y Fin de viaje eran las mejores novelas de su tiempo, y yo me dije:

«¡Maldición, Katherine! Por qué no puedo ser yo la única mujer que sabe escribir”».

 

Por otra parte, recordando su difícil carácter, en su diario, Virginia reflexionaba, apenada:

 

«“De todos modos, si ella no fuese tan astuta no podría ser tan desagradable”».

 

La disposición de Murry a utilizar el talento de Katherine en provecho propio, e incluso el hecho de que la promocionara abiertamente en su revista, contrariaba a los Woolf. Murry representaba la contrafigura de Leonard, y era evidente que Katherine no contaba con el mismo apoyo que Virginia. Mientras el matrimonio de Katherine era el de dos escritores centrados obsesivamente en su trabajo, en su “arte”, el de Virginia se veía impregnado de las preocupaciones políticas y sociales de Leonard, lo que imponía otros criterios y realidades ajenas a la escritura. Había momentos en que la “torturada intensidad” con la que Virginia se dedicaba a su obra cedía ante una sensación de culpa por no ocuparse lo suficiente de la política. Es así como en su diario veía la importancia de “escribir una disquisición histórica sobre el retorno de la paz, ya que la vieja Virginia se avergonzará de pensar lo muy charlatana que era, siempre hablando acerca de la gente, nunca de política”. Aun así, tales propósitos eran pronto abandonados, y se decía a sí misma, no sin razón, que los diarios personales de mujeres como Mrs. Webb se ocuparían extensamente de esas cuestiones. El caso es que, lejos de perder el tiempo, a principios de marzo tenía listo Lunes o martes, un libro de relatos que incluía “Una novela no escrita”, “Kew Gardens”, “La mancha en la pared” y cinco narraciones nuevas acompañadas de grabados de Vanessa. También estaba próximo a salir un nuevo libro de Leonard, Stories of the East; en tanto, en el curso del año, la Hogarth Press publicaría The Note-Books, y Reminiscences, de Chejov, con traducciones de Leonard y Koteliansky, y un libro de poemas de Clive Bell.

Absorbida por el presente, Virginia apenas se sintió afectada al enterarse del casamiento de su hermanastro Gerald Duckworth. Por entonces volvió a ver a Violet Dickinson, a quien consideró “una reliquia” del siglo XIX, cuyo estilo de vida parecía haberse cristalizado en la última década del siglo anterior, como contando con una deidad protectora. Veinte años antes, las había unido una amistad apasionada, y en tanto Violet parecía no haber cambiado, Virginia no era la misma; sentía que, aunque nadie lo notase, y ni siquiera pudiera “darle un nombre”, podía rastrear en su diario el cambio que se reflejaba en un estilo que se resistía a permanecer fijo y que fluctuaba permanentemente. Los cambios y fluctuaciones también caracterizaban su ánimo y ella admitía que se sentía regida por una suerte de “escala automática de valores interna”, que decidía, en cada momento, “qué podría estar haciendo mejor con mi tiempo”. También reconocía un ritmo propio, una especie de marea interior que sería responsable del uso del tiempo, determinando no solo cuándo y qué leer, cuándo estudiar ruso o cuándo escribir, sino que indicaba cuestiones en apariencia triviales:

 

«“Ahora sería mejor que remendara mis medias marrones”. Dispuesta a analizar esos ciclos anímicos y mentales, se preguntaba de dónde provenía esa “escala de valores”. ¿Era un legado de sus “abuelos puritanos”?»

 

Fuera propia o heredada, esa escala de valores asociada al trabajo reunía de manera compleja el placer y el deber, y aunque podía disfrutar reseñando libros y encontraba “placer en dejarse llevar por la lectura”, también la guiaba la necesidad de “ganar dinero” con el periodismo. De todas maneras, dado que conspiraban con los exigentes “esquemas de trabajo” que pautaba para sus novelas, las colaboraciones periodísticas disminuyeron durante esos años. La vida social también interfería con sus propósitos, y en esas ocasiones Virginia anotaba en su diario cómo había desperdiciado una mañana de trabajo: “La crema de mi cerebro en el teléfono”. También las visitas la interrumpían y luego se culpaba a sí misma: “Me maldigo a mí misma por ser semejante esnob, incapaz de conciliarme con El cuarto de Jacob”. En esos casos, su diario adquiría la forma de un superyó tiránico, a través del que se reprendía a sí misma. En sus memorias, Leonard describió cuáles eran las exigencias que formaban parte del proceso creativo cuando Virginia escribía sus novelas:

 

«Nunca he conocido a nadie que trabajara con mayor intensidad, que tuviera una concentración más infatigable que Virginia. Este era el caso cuando se encontraba escribiendo una novela. La novela se convertía en parte de ella y ella misma era absorbida por la novela. Escribía solo por la mañana de diez a una, y por lo general tipiaba por la tarde lo que había escrito por la mañana, pero durante todo el día, cuando andaba caminando por las calles de Londres o en las colinas de Sussex o por las praderas inundadas o a lo largo del río Ouse, el libro se estaba moviendo de modo subconsciente en su mente o ella misma se encontraba moviéndose como en un estado de ensoñación a través del libro. Era esa intensa absorción que hacía a su escritura tan exhaustiva mentalmente para ella, y todo a lo largo de su vida intentó mantener dos tipos de escritura simultáneamente, ficción y crítica».

 

Para Leonard, “la parte de la mente que utilizaba para la crítica, incluso la biografía, era distinta de la que utilizaba para sus novelas”. Él estaba convencido de que pasar de la escritura de las novelas a la de las críticas y reseñas descomprimía una tensión que de otra manera se tornaba obsesiva.

Acompañar a Leonard en sus giras políticas podía ser otra manera de descomprimir la tensión que le generaba el trabajo. En marzo, Virginia fue con él a la ciudad de Manchester, donde debía presentarse como candidato a representante de las universidades en el Parlamento; y paseó por las calles todas iguales, “llenas de vías de tranvía”, de esa ciudad industrial muy diferente de Londres. Según pudo apreciar durante una comida en la rectoría, el tipo universitario también era distinto del que conocía. No había “brillantez en la superficie, ni una migaja de romance”; el conjunto de los académicos asemejaba una “pequeña sociedad familiar profesional, tratando de mantener un buen nivel”. Si bien reconocía que guiaba su juicio cierto esnobismo, Virginia creía que debía ser “más difícil decir cosas inteligentes y escribir libros inteligentes en Manchester que en Cambridge”. Un par de profesores “se sentaron pacientemente mirando el mantel sin decir nada, como dos caballos viejos que hubieran estado trabajando todo el día en el campo”. Las mujeres de los profesores también le resultaron peculiares y cuando le preguntaron de qué manera colaboraba con su marido, debió confesarles que su labor política se limitaba a escuchar. En un gesto de desaprobación, una de las mujeres movió la cabeza. Podían considerar a Leonard un espécimen político, ¿pero qué pasaba con su esposa? Virginia misma se lo preguntaba: “¿Por qué estaba yo ahí entonces? Ah, por lo divertido de gastar diez libras en Manchester y ver el zoológico. ¡Dios! ¡Qué cabeza de chorlito que soy! Pero ninguno de ellos había leído mis libros. Así que fuimos al zoológico; y diría que puedo escribir cosas interesantes al respecto”.

Celos literarios: Leonard, Lytton y Virginia

Mucho más afín a su historia y gustos personales fue el viaje que días después llevó al matrimonio a Cornwall. Cuando se trataba del lugar que le recordaba su infancia, Virginia se reconocía “incurablemente romántica” y sentía que volvía allí “cargando mis fardos… bien, Leonard y casi cuarenta años de vida, todo construido sobre eso, impregnado de eso: tanto como nunca podría explicarlo”. Alojada cerca de la casa de su amiga Ka Cox —que se había casado con William Arnold-Forster— y embelesada con la vista del mar, contemplaba el vivaz bebé de su amiga y sumida en la nostalgia pensaba: “Qué de ilusiones […] tendríamos si viviéramos en Cornwall y tuviéramos once meses de edad”. Ella misma había sido “una linda pequeñita aquí, y corría por la parte de arriba de las paredes de piedra, y le contaba a Mr. Gibbs después del té que estaba llena hasta hartarme”. Lo cierto es que le costó mucho abandonar esos parajes que le recordaban a la niña que alguna vez había sido. Por otra parte, el regreso a Londres disipó cualquier resto de encanto, ya que volvieron las preocupaciones. Incapaz de no comparar las repercusiones de Reina Victoria, el libro de Lytton, con las de Lunes o martes, Virginia se confesaba:

 

«“Soy un fracaso como escritora. Estoy fuera de moda; vieja; no voy a mejorar, no tengo cabeza, la primavera está en todos lados, mi libro salió (prematuramente) y recortado, fuegos artificiales deslucidos”».

 

Quedó aún más abatida cuando en la fiesta organizada en el 41 de Gordon Square en su homenaje, Lytton ni siquiera hizo alusión a sus relatos. Pudo haber tenido que ver con ello que la impresión del libro corriera por cuenta de F. T. McDermott, un impresor de Richmond que, según Leonard, hizo “uno de los peores libros impresos de todos los tiempos, sin duda el peor de todos los publicados por la Hogarth Press”. En efecto, el libro no vendió mucho y, sin “humor para leer entre líneas”, Virginia no encontró ningún aliciente en la crítica de Harold Child, que se preguntaba “si era posible lograr efectos de arte no representativo en la literatura, pero (que) también encontraba toques de belleza, humor e ingenio”.

Comparar las malas ventas de Lunes o martes con el éxito de los libros de Leonard y Lytton despertaba sus celos y buena parte de sus preocupaciones comenzaron a girar en torno a un sentimiento de fracaso inevitable. Era consciente de que los celos eran una enfermedad descorazonadora que no discriminaba, ya que no estaba solo pendiente del libro de Lytton, sino también de lo que sucediera con Stories of the East de Leonard. Ávida de reconocimiento, que Lytton apreciara el relato “El cuarteto de cuerdas” pudo rescatarla momentáneamente de una melancolía que incluso paralizaba la escritura de Jacob. Pero fue la “completa ausencia de celos” lo que marcó el fin de la enfermedad, y recién entonces sintió que podía alegrarse de que Leonard recibiera una crítica elogiosa, y también entusiasmarlo con un nuevo proyecto, asegurando: “Un gran libro y sólido como el de Leonard es esencial”. Sus celos parecían obedecer a la falta de confianza y eran “síntomas de la vieja enfermedad” que podía volver en cualquier momento. Demostrarse a sí misma y a los demás que podría producir algo realmente bueno y novedoso era una carrera en la que competía con unos pocos escritores, pero cualquiera que se interpusiera en su camino, incluso Leonard, era considerado un rival peligroso. Así pues, cuando el Daily Mail publicó una reseña en la que decía que una de las historias incluidas en el libro de su marido podía considerarse entre los mejores cuentos cortos del mundo, Virginia admitió que la invadían una oleada de celos y el acuciante e inmediato sentimiento de sentirse un fracaso. No contribuía a su felicidad que en el Daily News apareciera una nota reseñando Lunes o martes, que, bajo el título de “Limbo”, se refería a los relatos diciendo que mostraban un “desolado mundo de sensación inconsecuente […] una habitación para aquellas solitarias, desaliñadas almas conducidas por un gran viento que vuela a través del Limbo”. Este tipo de crítica opacaba reseñas más favorables como la de The Times, que, a tono con las intenciones experimentales que habían guiado la escritura de los relatos, señalaba que eran ejemplos de los recursos “del arte ‘no representativo’ que se deslizan desde la pintura para ver qué puede hacerse con las palabras”.

Que el editor norteamericano rechazara publicar Lunes o martes desencadenó el tipo de reflexiones sobre la popularidad y la fama que aparecen una y otra vez en sus diarios; allí Virginia se refiere y describe emociones cambiantes: “El primer día una se siente muy desdichada, al segundo, feliz”, y así analiza los altos y bajos de su autoestima. Finalmente luego de una favorable reseña de Desmond MacCarthy, reconocía el alivio de “sentirse importante (y bajo cualquier circunstancia eso es lo que una quiere)”. La situación se hacía más dolorosa por cuanto detestaba sentirse poseída por sentimientos tan bajos como los celos o, peor aún, por el deseo de ver fracasar a sus contrincantes en la carrera literaria. La sinceridad la llevaba a reconocer abochornada que podía alegrarse ante la posibilidad de que otra escritora le “robase” un premio a Katherine Mansfield, y escribía en su diario:

 

«“Escribo esto adrede, para expulsar la vergüenza fuera de mí”».

 

A mediados de abril, el clima político se enardecía. Ante la amenaza de una huelga general, que podría llegar a paralizar a Inglaterra, Virginia intuyó lo que sucedería: que la coalición entre los mineros y los trabajadores del transporte se quebraría, y escribió en su diario: “Al parecer los mineros van a rendirse, y podré obtener mi baño caliente y hornear pan casero otra vez; aunque parece una pena de alguna manera… si se ven forzados a volver y los dueños de las minas triunfan. Creo que este es mi sentimiento genuino, aunque no muy profundo. Es bastante obvio que la clase trabajadora está lo bastante satisfecha como para preferir seguir trabajando”.

Como puede apreciarse, más que por los hechos políticos en sí, Virginia se sentía atraída por las personas o grupos que los protagonizaban, y aunque solo ocasionalmente veía a su primo Herbert Fisher, acostumbraba registrar esos encuentros con un “ministro del Gabinete”. Cuando los Woolf almorzaron con él en abril, su primo se quejó de la vida política, pero Virginia coligió que, aunque aseguraba que odiaba el Parlamento por los discursos aburridos y el despilfarro de tiempo, “fue cuidadoso al explicar que el público se encuentra ridículamente en la oscuridad acerca de todo”. Y agregaba:

 

«Solo el Gabinete conoce el verdadero manantial y fuente de las cosas, dijo. Ese es el único consuelo del trabajo. Una marea alta de negocios fluye incesantemente de todos los cuarteles del mundo a través de Downing Street; y hay algunos hombres despreciables que tratan desesperadamente de lidiar con ello. Deben tomar tremendas decisiones sin detenerse a pensar. Luego se incorporó y dijo, solemnemente, que se irá a Génova a iniciar la paz… el desarme. “Usted es la gran autoridad al respecto, tengo entendido”, le dijo a Leonard».

Escasamente impresionada por su primo, “cuyo cerebro ha sido arrastrado en arenosas líneas, como su cabello”, y comparándolo con Leonard, Virginia tomaba conciencia de las distancias de sus respectivos mundos. En materia artística, los gustos de su pariente en pintura eran tan apócrifos como sus lecturas, y nunca había oído el nombre de Joyce. “¿Qué era el poder al lado de eso? —se preguntaba—: ‘Watts ha descendido en el mundo’, le dije, sintiéndome asombrosamente joven e ingeniosa a su lado”.

Rencillas literarias

Por entonces, la relación entre la joven Carrington, Ralph Partridge y Lytton llegaba a niveles de tirantez que exigían una resolución inmediata. La devoción de Carrington hacia Lytton, la atracción que este sentía por Ralph Partridge, a su vez enamorado de Carrington, conformaba un triángulo complicado en el que cada uno de los integrantes tenía algo que decir. Abrumado por las negativas de Carrington, Ralph Partridge se volcó en Virginia, buscando su simpatía. Y Virginia intentó influir en la relación de la pareja aunque pensaba:

 

«“Él esbastante ogro y tirano. Quiere más control del que yo le daría. Por control me refiero al cuerpo, la mente, el tiempo y los pensamientos de su amada”. De todas maneras, como creía que Carrington ya no podía postergar el desenlace de la situación, escribía en su diario: “En estos momentos, creo que Carrington ya se habrá decidido por uno o por otro lado. Debe de estar pasando un domingo detestable. Pero de todas maneras tiene que decidirse”».

 

Finalmente, Carrington arribó a una solución:

 

«Decidió convertirse en Partridge, o eso es precisamente lo que ha decidido no hacer; y firmará agresivamente Carrington para siempre”. Dado que no se hacía ilusiones acerca de los motivos que llevaban a Carrington a aceptar casarse, e incluso podía sentirse “un poco responsable de hacerle la cabeza a Ralph”, Virginia estaba dispuesta a afirmar: “No estoy segura de que este matrimonio no sea más riesgoso que la mayoría”. Sin embargo, no pasaría mucho tiempo sin que se sintiera “levemente responsable por aquel matrimonio”».

 

La cercanía de hechos trágicos opacaron aún más el controvertido casamiento de Carrington: un joven de Oxford, de veintiún años, sufrió un accidente y murió ahogado, y Virginia se sintió particularmente afectada:

 

«La vida hace este tipo de cosas con demasiada frecuencia… comienzo a sentirme aburrida, como un pasajero arrojado de un lado a otro en un barco. No describo lo que siento: algo de enojo ante la irracionalidad de todo ello; y algo de… no indiferencia, no… sino como si uno supiera a estas alturas cómo son las cosas: primero estos casamientos, a la vez muertes».

 

Convencida de que analizar y detenerse en los problemas el tiempo suficiente debía de dar algún fruto, se sentía preocupada porque después de unos días en Rodmell la depresión no cedía: “Meramente humores. ¿Tienen las otras personas tantos como yo? Eso nunca lo sabré. Y a veces supongo que incluso aunque llegara al fin de mi incesante búsqueda dentro de lo que la gente es y siente, todavía no sabría nada”. Aun cuando detenerse morosamente en esas cuestiones podía afectar su salud, Virginia tenía razones para creer que debía analizar sus estados de ánimo. Le costaba seguir con Jacob, pero intuía otra línea de trabajo, basada en haber leído “literatura en grandes cantidades por tanto tiempo”, y sintiendo, como solía, que el trabajo era reparador, comenzó a elaborar la idea de organizar sus lecturas críticas y transformarlas en un libro que años después se convertiría en El lector común.

De hecho, creía firmemente que, de existir un peculiar talento, desplegarlo era condición sine qua non para el desarrollo pleno de la personalidad y para dotar de sentido a la vida. Tal vez por esto, en mayo y antes de abandonar de una vez y para siempre las esperanzas respecto a Desmond MacCarthy y su escritura, los Woolf hicieron un experimento. Como era evidente que Desmond no podía sentarse frente a la página en blanco y volcar allí lo exquisito de su conversación, decidieron convocar a la secretaria de Leonard en el Contemporary Review. Su misión era tomar nota taquigráfica de la charla de Desmond, mientras conversaba; y aunque él habló cerca de dos horas, la tentativa no tuvo éxito ya que, según Virginia, lo brillante de su conversación no resistió transcripción alguna. Por su parte, ella seguía obsesionada con los efectos del reconocimiento y el éxito profesional. Así pues, resuelta a no abandonar el tema hasta agotarlo, habló con Maynard Keynes, quien confesó que le gustaba que lo elogiaran: “Lo necesito para las cosas sobre las que tengo dudas”. Pero aunque respetaba a su amigo, un intelectual y economista exitoso, el resultado de la conversación terminó siendo desolador, ya que luego de referirse a Noche y día, Maynard le dijo que consideraba que lo mejor que había escrito eran sus recuerdos sobre George leídos para el Memoir Club.

Cada vez más inmersa en un medio intelectual sumamente competitivo, a principios de junio Virginia recibió la visita de su antigua amiga Madge Vaughan, que le pareció “curiosamente cambiada” (sintió que se había “vuelto ordinaria”). Además, notando el desesperado aburrimiento de Leonard y Roger, que se encontraban presentes, comprobó que esa mujer rica, exitosa, feliz, cuyas quejas “fácilmente se deslizan hacia el chisme y la repetición”, era incapaz de sostener una charla sobre poesía, “cocina, amor, arte, o niños por más de un minuto”, y lo asentó en su diario: “¡Y esta era la mujer a la cual yo adoraba! Me veo ahora a mí misma en el cuarto de niños nocturno en Hyde Park Gate, lavándome las manos, y diciéndome a mí misma: ‘En este instante ella se encuentra bajo este mismo techo’”.

Por entonces, Virginia debía lidiar con las repercusiones y críticas a sus libros y a la Hogarth Press, por lo que cuando Middleton Murry criticó un libro de Chejov publicado por su editorial, no pudo detenerse demasiado en la nostálgica rememoración de su infancia. Por su parte, el traductor, Koteliansky, estaba tan furioso que su tono y vocabulario resultaban propios “de una taberna” y acusaba a Murry de estafador. Los peores presentimientos acerca de la personalidad de Murry parecían plasmarse y Virginia se preguntaba:

 

«“Supongamos que admiráramos lo que Murry está escribiendo, ¿cambiaría él su tono?”. Si bien iba “contra” su “psicología” pensar que él pudiera ser un canalla, se inclinaba a considerar que se estaba comportando como “un maldito estafador […] solo que un estafador tan verosímil que se convertirá en profesor de Literatura inglesa en la Universidad de Oxford”. Las voces que se alzaban contra Murry eran muchas, y durante una visita de Eliot, Leonard aseguró que “nunca había conocido a un hombre peor que Murry”, mientras que Virginia creía que los males provenían de su vanidad y de la necesidad de que su poesía fuera reconocida, cosa que ni los Woolf ni Lytton podían asegurarle. Eliot tampoco se quedaba atrás y confesaba su antagonismo respecto de Murry, a la vez que denunciaba la “admiración histérica por los grandes hombres que tienen lo que a él le falta”».

 

A pesar de que los afectos estaban exaltados, Virginia sacó en conclusión que le gustaría hablar de su trabajo con Eliot, quien durante su conversación le anticipó que apreciaba algunas de las historias de su libro, especialmente el final de “El cuarteto de cuerdas”. Por esa época, la relación con Eliot adquiría forma definitiva; y si bien nunca tendrían una intimidad sin reservas, un par de meses antes, en ocasión de asistir con él al teatro, como perdieron el tren, tomaron juntos un taxi y durante el viaje ambos expusieron sus expectativas más íntimas:

«—Perder trenes es algo horrible —dije.

—Sí. Pero la humillación es lo peor en

la vida —respondió él.

—¿Estás tú tan lleno de vicios como yo? —pregunté.

—Lleno. Plagado de ellos.

—No somos tan buenos como Keats — respondí yo.

—Sí, lo somos —contestó.

—No, no escribimos los clásicos de un tirón como lo hace la gente magnánima.

—Estamos intentando hacer algo más difícil —comentó él.

—De todos modos nuestro trabajo está veteado de mala calidad —dije yo—. Comparado con el de ellos, el mío es fútil. Insignificante. Solo seguimos adelante llevados por una ilusión.

Me dijo que yo había hablado así, sin decirlo en serio. Sí que lo dije en serio».

 

Aunque admiraba su “credo poético”, en septiembre, cuando Eliot los visitó en Rodmell, Virginia anotó lacónicamente: “Me decepciona darme cuenta de que ya no le temo”. Tal vez la mayor intimidad se debía a que había prescindido de algunos formalismos.[238] Aun así seguiría intrigada, como señala Julia Briggs, “por su mezcla de inseguridades y certezas, y alarmada por su dogmatismo”.

Con exigencias altísimas —todo lo que estuviera por debajo de lo prodigioso era insuficiente—, y sin poder evitar compararse con otros, la tensión psíquica por la que Virginia atravesaba hizo eclosión el 10 de junio, cuando llegó a su casa después de un concierto y no pudo conciliar el sueño. Al día siguiente amaneció con un terrible dolor de cabeza que la obligó a permanecer en cama. Durante los dos meses siguientes, Leonard se ocupó de anotar las fluctuaciones de su ánimo. Desde el 17 de junio al 1° de julio, Virginia permaneció en Rodmell. De regreso en Londres, comenzó a recibir visitas, aunque todavía pasaba gran parte del tiempo en cama. El 18 de julio, en Monk’s House, y por primera vez en mucho tiempo, durmió sin necesidad de pastillas.

“Dos MESES ENTEROS BORRADOS”

Mientras duró la crisis, Virginia suspendió la escritura de su diario, que retomó recién el 8 de agosto, luego de “dos meses enteros borrados”. Los síntomas ya eran viejos conocidos: jaquecas, pulso alterado, dolores de espalda, estado de nervios y molestias difusas, imposibilidad de dormir sin somníferos y sedantes, por lo que los médicos le administraban digitálicos. En ese estado, hasta un pequeño paseo podía agotarla: “Todos los horrores de la oscura alacena una vez más desplegados para mi diversión”. Aunque se había prometido a sí misma que eso “nunca, nunca va a pasar otra vez”, también reconocía que encontraba en esos estados “algunas compensaciones”. El oscuro submundo de la enfermedad tenía “sus fascinaciones al igual que sus terrores” y, como escritora, sentía que podía sacar provecho de ellos. Pero además había otros alicientes, y en plena recuperación Virginia comprobaba el afecto de amigos como Lytton, que se acercaban a visitarla. Es probable que Leonard le hubiera contado a su amigo acerca de la actual melancolía de su esposa; sea como fuere, ella notó que Lytton se mostraba más afectuoso que nunca. “Uno debe serlo, creo, si uno es famoso — escribió en su diario—. Uno debe decirle a sus amigos: ‘Toda mi celebridad es nada, nada, comparada con esto’, y eso fue lo que él [Lytton] dijo también”.

 

Mientras atravesaba esos “días odiosos”, las visitas de Lytton resultaron de gran consuelo. Juntos podían abordar trivialidades, pero el tema más importante eran sus libros. “Salgo al encuentro de mi Waterloo”, le aseguró Lytton, refiriéndose a un trabajo de ficción, todo un desafío creativo que, de fracasar —aseguraba—, lo sumergiría, para siempre, en los trabajos históricos. ¿Podía ella darse cuenta de que la celebridad no era suficiente? Lytton cifraba sus expectativas en una obra que no alcanzaba a escribir y ambos coincidieron en que “escribir es una agonía. […] Sin embargo vivimos junto a ella. Nos apegamos a la bocanada de vida a través de nuestras plumas”. Además, los amigos hablaron de cuestiones personales; las confesiones de Lytton seguían siendo una suerte de educación sentimental a la manera de Bloomsbury y Virginia anotó en su diario: “Lytton, por cierto, habló de la s- a;[239] y estuvo de acuerdo con que los m’s[240] son todos unos insípidos sentimentalistas. Lo es él mismo, dijo. Para ser un m. uno debe ser des-viril, no posesivo, muy agradable por cierto, pero tendiendo a ser sentimentalista. Y luego sus gustos se degradan tanto”.

 

En agosto, la tensión que atravesaba llevó a que Virginia pensara por primera vez en hacer su testamento. Cuando sus fuerzas flaqueaban, aparecían temores y escribía en su diario: “A veces me parece que nunca lograré escribir todos los libros que tengo en mi cabeza, debido a la tensión”. Consideraba que “lo diabólico de escribir es que reclama a todos los nervios para mantenerse a sí mismo tirante”. También creía que no pasaba lo mismo con otras actividades que evidentemente le parecían menos exigentes: “Ahora, si fuera a pintar o garabatear música o hacer colchas de parches o un pastel de barro, no importaría”. Atravesada por uno de esos negros momentos que la dejaban agitada y nerviosa, dejaba registradas sus emociones:

 

«Estoy encadenada a mi roca: forzada a no hacer nada; condenada a dejar que cada preocupación, despecho, irritación y obsesión desgarre, clave y vuelva nuevamente. Quiero decir que no me permiten caminar ni trabajar.

Los libros que leo me burbujean en la mente como parte de un artículo que quiero escribir. Nadie en todo Sussex es tan desgraciada como yo; o tan consciente de una infinita capacidad de diversión amotinada dentro de mí, si pudiera utilizarla. El sol fluye (no: nunca fluye, más bien inunda) abajo, sobre todos los campos amarillos y los cobertizos largos y bajos, y qué no daría por cruzar los bosques de Firle, polvorienta y acalorada, con la cara vuelta hacia mi hogar, los músculos exhaustos, y el cerebro cubierto de dulce lavanda, tan sana, fresca y madura para las tareas de mañana. Cómo observaría todo… con la frase en la punta de la lengua, calzando como un guante; y luego en el camino polvoriento, mientras pedaleo con fuerza, así mi historia comenzaría a contarse por sí misma; y luego el sol se pondría, y el hogar, y algún arrebato de poesía tras la cena, medio leída, medio vivida, como si la carne se disolviera y a través de ella las flores estallaran rojas y blancas».

 

Aunque creía que al escribir lo que sentía digería “la mitad” de su irritación, contemplar a Leonard trabajando en el jardín era motivo suficiente para que la embargaran sentimientos de culpabilidad que se sumaban a otras confusas emociones, y escribía en su diario:

 

«Oigo al pobre Leonard empujando la máquina de cortar el pasto de arriba hacia abajo, de abajo hacia arriba, ya que una esposa como yo debería tener un cartel en su jaula: ¡Ella muerde! Y se pasó todo el día de ayer a la mañana corriendo en Londres por mí. De todas maneras, si uno es Prometeo, si la roca es dura y los tábanos incisivos, la gratitud, el afecto, ninguno de los sentimientos más nobles influye en nada. Y así este agosto se ha echado a perder».

 

Lo que no perdía era el interés por sus amigos, y en ese sentido, sus diarios personales y las cartas que los miembros de Bloomsbury se enviaban con frecuencia dan cuenta tanto de las actividades de cada uno, como de los sentimientos que se inspiraban entre sí. El resultado es una abultada documentación acerca de gustos, opiniones, afectos, y por qué no decirlo, de chismes. Morgan Forster podía no estar en Inglaterra, pero sí al tanto de las novedades y escribirle a Virginia que el Reina Victoria de Lytton era pobre comparado con Macaulay. Por su parte y desde Saint-Tropez, Roger Fry estaba furioso con Murry a causa de su artículo “Mr. Fry among the Architects”. Definitivamente, Murry iba recolectando enemigos entre los bloomsburianos más influyentes y Roger no dudaba en afirmar: “Debemos continuar haciendo lo que nos gusta en el desierto […] y dejar que Murry escale hasta las alturas, como ciertamente lo hará”. Como testigo y crítica de la obra de sus contemporáneos, no faltaban ocasiones en las que Virginia temía que pudiera volverse contra ella el juicio mordaz que disparaba hacia los otros; junto con esto, la compleja trama de cartas y chismes se transformaba en un mecanismo persecutorio. De todas maneras, siempre consideraría que el juicio literario debía seguir siendo sincero, por lo que respecto a unos poemas que Murry publicó ese año, le escribía a Roger: “Ha publicado un pequeño libro de aquellos poemas fríos como la arcilla, castrados, constipados y comatosos que tiene la impertinencia de dedicar a Hardy en términos que sugieren que Hardy lo ha adoptado como hijo espiritual”.

En su caso, lejos de buscar un referente o guía, Virginia se esforzaba por trazar nuevos caminos. Y a mediados de septiembre, instalada en Rodmell, una escena captó su atención. Una impresionante tormenta había derribado un ciruelo y otros árboles. “Hay una mujer de genio entre las vacas —escribió en su diario—. Decidió dejar la manada y comer las ramas del árbol caído. Tiene ahora una discípula. Las otras la condenan del todo”. Su mente trazó una rápida analogía entre la actitud audaz de la vaca, propia de las que abren nuevos caminos, y concluyó, con complacencia: “Ella es una Roger Fry”. Resulta interesante señalar que la necesidad de abrir nuevas sendas, su propia obsesión por entonces, la influenciaba incluso cuando contemplaba las vacas pastando en el campo. De hecho, a través de lo que puede leerse en sus cartas y diarios, parece evidente que la crisis nerviosa que sufría estaba íntimamente relacionada con la necesidad de reconocimiento. El nivel de exigencia era alto, porque Virginia no se conformaba con publicar libros más o menos aceptables: deseaba revolucionar el modelo literario. Por eso, también leía atentamente a sus contemporáneos, con quienes establecía batallas reales o imaginarias. Así pues, después de leer Mujeres enamoradas escribió: “No puedo evitar pensar que hay algo que anda mal en Lawrence, que lo hace volverse loco con el sexo, pero está intentando decir algo, y es honesto, y por lo tanto es cien veces mejor que la mayoría de nosotros”.

VIDA COTIDIANA Y LITERATURA

Amigo de Katherine Mansfield y de Murry, Lawrence era uno de los escritores cercanos a lady Ottoline, a quien retrató sin concesiones en el personaje de Hermione Roddice, en Mujeres enamoradas, un libro que despertó la curiosidad de Virginia, aunque al final concluyó: “El agua es todo semen […] y resuelvo los acertijos con facilidad”. Pese a que se sentía liberada de prejuicios y aspectos de su educación victoriana, sus propias represiones en materia sexual complotaban a la hora de leer a autores como Joyce y Lawrence. En consecuencia, sus críticas pueden resultar pacatas, del tipo de las que le molestaban cuando se dirigían a ella misma o se centraban en la vida de Vanessa. Por entonces, su prima Dorothea Stephen, cabal representante de la antigua generación, que enseñaba religión en la India, forzó un encuentro luego de hacerse eco de las habladurías sobre la vida marital poco convencional de Vanessa. Virginia, para quien su prima era una especie de “monstruo pululante”, le respondía por carta y de manera categórica:

 

«Tu parecer acerca de que no se puede invitar a la casa a un amigo que ha puesto de lado las reconocidas convenciones del matrimonio, en consideración a los forasteros y sirvientes, me parece incomprensible. Tú, por ejemplo, aceptas una religión que yo y mis criadas, que son ambas agnósticas, consideramos equivocada y de hecho perniciosa. ¿Se supone entonces que debo prohibirte venir aquí por el bien de mis criadas? Más aún: estoy segura de que estarás de acuerdo conmigo con respecto a que las creencias religiosas son, con mucho, más importantes que las convenciones sociales».

 

Luego de resaltar que simpatizaba con las opiniones y conductas de Nessa — poniendo “en riesgo no solo mi moral sino también la de mi cocinera”—, Virginia aceptó encontrarse con su prima. En esa ocasión, Dorothea apareció acompañada de su hermana mayor, Katherine, “una anciana borrosa y desvencijada” que solía visitar a Laura Stephen y que le comentó a Virginia que su hermanastra apenas paraba de hablar, que decía cosas ininteligibles[241] y que estaba sumida en su propio mundo.

 

Aunque solo efímeramente, “la dama del lago” volvía a reclamar cierta atención: sus fideicomisarios se dirigieron a Virginia para advertir que los gastos del asilo de Laura excedían sus ingresos. Pero más que cualquier otra cosa, el encuentro entre Virginia y su prima Dorothea Stephen actualizó una escena antigua y obsoleta, una suerte de reedición de la ceremonia del té en la que vio cómo sus primas se atosigaban de torta y comían con devoción. Asociando la gula con lo que llamaba “depravación moral”, Virginia solo logró encontrar equilibrio cuando hablaron de Ceilán y sintió que quedaba en claro la superioridad de los conocimientos de Leonard. También le resultaron repugnantes los comentarios de Dorothea acerca de que el libro de Lytton sobre la reina Victoria sería mal interpretado por los brahmanes o los americanos. Dorothea había dicho:

 

«“Verás, podemos reírnos en los lugares adecuados, porque comprendemos; ellos se reirían en los equivocados, porque no comprenden. No me gustaría eso”».

 

Después del encuentro, Virginia le escribía a Nessa:

 

«“¿Eso te hace recordarla? Su odiosa autocomplacencia, su extrema brutalidad… sentí como si ella tuviera un palo grueso, al igual que una pierna gruesa; y si hiciera cualquier cosa indecorosa, ella patearía y golpearía”».

 

Para rematar el entuerto, Dorothea se sintió ofendida porque Virginia no había hecho referencias a su libro Indian Thought, y se retiró murmurando “unas galimatías que dijo que eran la forma oriental de decirle adiós a un amigo querido por cierto tiempo”.

La visita de su prima, que trajo consigo todos los fantasmas victorianos, no fue la única molestia; el invierno se cernía sobre Inglaterra y el frío era demoledor. Por otra parte, el muy moderno y liberal Ralph Partridge, el nuevo empleado de la Hogarth Press, discutía con Leonard incesantemente y ambos recurrían a su arbitrio. Sin embargo, no todas eran malas noticias, y ese noviembre, los Woolf recibieron su segunda imprenta.[242] Pero terminar El cuarto de Jacob fue el mayor de los consuelos: “Ayer escribí las últimas palabras de Jacob —el viernes 4 de noviembre, para ser exacta—, habiéndolo comenzado el 16 de abril de 1920, y permitiendo un intervalo de seis meses a causa de Lunes o martes y la enfermedad; esto suma alrededor de un año”.

 

Terminar el libro tuvo un efecto positivo sobre su ánimo, pero había situaciones que podían afligirla. Ver a Margaret Davies y a su compañera Lilian Harris infinitamente melancólicas, retirándose del Women’s Cooperative Guild después de treinta años de trabajo, era motivo para reflexiones amargas y tristemente anticipatorias: “Veo lo que ha ocurrido. Cuando abandonamos un trabajo de toda la vida a los 60, morimos. La muerte, al menos, debe parecer estar ahí, visible, expectante. Una debería trabajar — nunca sacar los ojos de su trabajo; y luego si la muerte viene a interrumpir, bien, significa tan solo que hay que levantarse y abandonar el tejido—, no es cuestión de gastar pensamientos en la muerte”.

Para Virginia, un trabajo que demandara tanto y que luego exigiera una jubilación era una tarea cruel, y el caso de Margaret —que no tenía el consuelo de esposo o hijos— le parecía aún más doloroso. Recordando que otra de sus más viejas amigas, Janet Case, se había retirado a New Forest, concluía que la edad solo parecía traer renuncias, y se lamentaba: “No puedo decir que ese grupo anciano se haya encontrado el destino que se merece”. Estas reflexiones coincidían con los cuarenta y un años de Leonard, quien decidió dejar su trabajo en la Contemporary Review y que estaba muy comprometido con su incursión en la política. En diciembre, y mientras él estaba de viaje, Virginia se encontró en una cena con Bertrand Russell, el famoso matemático y filósofo que había tenido un affaire con lady Ottoline Morrell. Russell —como G. E. Moore— fue una gran influencia para los jóvenes estudiantes de Cambridge de principios del siglo, cuestión que se acentuó durante la Gran Guerra, cuando, tras declararse pacifista, perdió su puesto en esa universidad. Divorciado de su primera mujer, en septiembre de ese año se había casado con Dora Black, con la que tenía un hijo nacido en noviembre. Virginia y Russell no eran desconocidos, sino dos personas que estaban más o menos al tanto de la vida de la otra. A ella le impresionaba su “mente sobre resortes” y aunque lo consideraba un “fervoroso egoísta”, le pareció interesante la conversación que sostuvieron y que registró en su diario:

 

«—Dios hace matemática. Esa es mi sensación. Es la más exaltada forma de arte.

—¿Arte? —dije yo.

—Bueno, hay estilo en la matemática como lo hay en la escritura —respondió».

 

De alguna manera, el estilo, la forma —lo que alguna vez llamó textura—, era lo que Virginia perseguía cada vez con más convicción en sus novelas. Por eso, aprender “los mecanismos” de su propia mente era necesario para dar con el resultado de una ecuación donde primara un estilo propio y singular. En ese sentido, El cuarto de Jacob puede leerse como punto de partida de una nueva ficción.

El cuarto de Jacob es una novela de posguerra que, a través de la biografía imaginaria de un joven, denuncia la maquinaria de matar que aniquiló a más de un millón de soldados del lado británico. La guerra apenas se menciona, pero el lector iniciado puede darse cuenta de detalles que preanuncian el destino trágico de Jacob; de hecho, su apellido, Flanders, remite al popular poema de guerra “In Flanders Fields”, en tanto que la ciudad de su infancia, Scarborough, donde vive la madre de Jacob, fue la primera en sufrir los bombardeos alemanes de 1914. Dado que “nadie ve al prójimo tal como realmente es”, la biografía imaginaria de Jacob es fragmentaria, y su biógrafa alude a la imposibilidad de atribuirle “todo género de cualidades de las que carece”. La voz narradora advierte que, en realidad, más que tratar con datos precisos, todo termina siendo “cuestión de conjeturas”. Solo algunos detalles, entre ellos la enumeración de los objetos de la habitación de Jacob en Cambridge, pueden dar indicios y, en ese caso en particular, marcar la pertenencia social y los privilegios del biografiado. Lo cierto es que Jacob comparte algunas de sus características y evoca a Thoby, el hermano perdido y misterioso. Como podría decir Virginia de Thoby, la narradora señala que es imposible, aun para quienes lo aman —“tales son las condiciones de nuestro amor”—, asirlo en su totalidad. En sus cuadernos, Virginia escribió un proyecto para la lápida de Thoby “utilizando la elegía de Catulo para su hermano, que murió cerca de Troya”.

 

Julian Thoby Stephen (1881-1906)[243]

atque in perpetuum frater ave atque vale.

 

“La vida es una procesión de sombras, y solo Dios sabe por qué las abrazamos con tanto entusiasmo, y por qué las vemos partir con tanta angustia siendo sombras”, exclama la biógrafa-narradora que se identifica como una mujer diez años mayor que el protagonista, y anticipa, con esas palabras, la pérdida del objeto amoroso al que le ha sido imposible conocer. El caso es que los caracteres femeninos comparten la opacidad de Jacob y tras todos ellos se percibe una forma significante: así la “feminista” Julia Hedge representa a la joven que envidia los privilegios masculinos, en tanto la madre de Jacob simboliza la madre arquetípica que genera una vida —carne de cañón—, que le será arrebatada por un sistema patriarcal que oprime a las mujeres, signa las relaciones entre los sexos y determina el destino de los hombres. Cabe señalar que, en 1920, al mismo tiempo que construía un antihéroe moderno que no tiene conciencia de su destino, Virginia Woolf se preguntaba si, en esos momentos, Joyce no lo estaba haciendo mejor que ella. Uno de sus desafíos había sido tratar la cuestión sexual, pero, como señala Julia Briggs, imperaba la “necesidad de autocensura”. Virginia conocía las estrictas leyes de publicación británicas, que vedaban un tratamiento abierto del tema, cuestión que enfrentaron James Joyce y D. H. Lawrence, y que su condición de mujer complicaba aún más. Es decir, incluso le estaba vedada “la limitada licencia” de la que gozaban los escritores varones. Entonces, elípticamente, la narradora advierte: “Tengamos en consideración los efectos del sexo, que entre hombre y mujer media trémulo y denso, de manera que aquí hay un valle y allá una cumbre, cuando en realidad, quizá, todo es llano como la palma de la mano”.

Algo vibrante “en la boca de la caverna del misterio” que apenas se nombra sostiene la relación de Jacob y su amante Florinda —a la que él considera poco inteligente—; el mismo misterio lo enamora de Sandra, una mujer casada, o lo lleva a relacionarse con Laurette, una prostituta. Pero también es misteriosa la contención que impide que Jacob se acerque a Clara Durrant, la joven que lo atrae pero que es esclava de su virginidad y de las convenciones sociales:

 

«“Aquella existencia oprimida y esterilizada dentro de un zapato de satín blanco”. Poco es lo que se conoce de Jacob: sabemos que es “buenmozo”, y aunque cabe la sospecha de que se trate de “un simple patán”, también podría ser uno de los “seis jóvenes” de quienes dependiera el futuro de la nación. Luego de su viaje a Grecia, Jacob pasea por Londres; esa es la última noticia que tenemos de él. En las páginas finales es su amigo Bonamy, “que era incapaz de amar a una mujer y que jamás leía libros frívolos”, quien, junto con la madre de Jacob, entran en su cuarto, y comprobando que “no arregló nada”, se pregunta: “¿Creyó que iba a volver?”, y exclama: “¡Jacob! ¡Jacob!”, dando lugar a las últimas líneas, que corresponden a la madre y a la narradora y que son, en última instancia, preguntas sin respuesta: “¿Qué hago con esto, señor Bonamy? Betty Flanders sostenía un viejo par de zapatos de Jacob”».

Al cuidado de la casa

El año concluía con sus dos empleadas, Nelly y Lottie, enfermas; y los roles domésticos se invirtieron. Leonard y Virginia debieron ocuparse de la casa y cuidaron de ellas. A pesar del trabajo adicional, se conservaba la armonía hogareña; Virginia compró regalos de Navidad, dio los últimos toques a su artículo sobre Henry James y comenzó uno sobre Hardy. También pudo hacer vida social sin culparse por desperdiciar el tiempo que podría dedicar al trabajo. En esos momentos de optimismo, cuestiones conflictivas como la edad y la madurez podían mostrar sus aspectos positivos, y conversando con Roger Fry, redescubrió los encantos de esa amistad: “Roger siempre ve obras maestras en el futuro y yo veo grandes novelas. Nosotros tenemos nuestra atmósfera de ilusión, sin la cual la vida sería mucho más aburrida de lo que ya es”.

Laboralmente, el fin de año también presentaba buenas señales: “Con suerte podríamos conseguir £400 en lugar de £250; y podríamos comprar un automóvil; y podríamos comprar la pradera; y puede que construyamos otra casilla, y que adquiramos una nueva franja de jardín, etcétera, etcétera”.

Los Woolf disfrutaban de la independencia que significaba tener una imprenta propia, sobre todo en ocasiones como aquella, cuando Bruce Richmond hizo objeciones sobre su artículo dedicado a Henry James y la llamó por teléfono. Al editor de The Times le parecía que el término “lascivo” que ella había utilizado no era correcto: “Por supuesto —le dijo—, no pretendo que lo cambie, pero sin lugar a dudas, se trata de una expresión demasiado fuerte para aplicarla a lo que haya escrito Henry James”. Luego de intercambiar opiniones sobre el significado de la palabra y de lamentarse por “el pobre querido y viejo Henry James”, Richmond dejó las cosas lo bastante claras como para que Virginia supiese que no toleraba esa palabra. Esas situaciones la ponían ante la disyuntiva entre “romper, con una excusa, o alcahuetear, o seguir escribiendo contra la corriente”. Esto último parecía ser lo correcto, pero “la conciencia de hacerlo” conllevaba una traba, pues lo escrito resultaría rígido y sin espontaneidad. Por esta vez, Virginia se propuso no contradecir a su editor, pero cabía plantearse qué haría en el futuro.