CAPÍTULO III - Educación sentimental
Momentos perturbadores
DE pequeña, Virginia divertía a los adultos con sus ocurrencias, pero también entretenía a los niños; como la vez en que perdió las bragas, se escondió detrás de un arbusto y, para distraer la atención del público, cantó lo más alto posible “La última rosa del verano”. Tales actitudes le valieron un apodo familiar, y así como Vanessa era —muy a su pesar— la “Santa”, Virginia recibió el mote de la “Cabra”. En la correspondencia con sus familiares y amigos más íntimos, ese apodo aparece una y otra vez, y es imposible no asociarlo con una personalidad extrovertida o por lo menos extravagante.
Además de perspicaz y divertida, la Cabra era también una buena narradora de cuentos. En tiempos en que Thoby estaba en la escuela, cuando las niñas se acostaban, Virginia solía contar historias. Las hermanas tenían un ritual que comenzaba con las palabras de Nessa, dichas con parsimonia:
«“Clémont, hija querida, dijo la señora Dilke” —en alusión a los vecinos de la familia—, y continuaba con los “locos relatos” de los Dilke y su institutriz, que después de encontrar bolsas de oro bajo el suelo, celebraban espléndidas fiestas en las que comían los platos favoritos de los pequeños Stephen: huevos fritos “con mucha panceta crujiente”. Virginia contaba sus cuentos en uno de los dos cuartos de niños de la casa; en el que dormían los pequeños junto con sus institutrices. Ella tenía seis años cuando, en esas habitaciones, los cuatro hermanos enfermaron de tos ferina y perdieron mucho peso.[53] Para que se recuperaran, su abuela Maria los llevó a Bath. Virginia nunca recobró la redondez de la infancia, y a esa temprana edad adquirió los rasgos esbeltos y finos que conservaría toda su vida.»
Entre las fotos de su adolescencia, hay una tomada en 1896, en la que está junto a Vanessa y Stella. A la languidez que tal vez buscaban las modelos y el fotógrafo, se suma la expresión de melancolía. No hay frivolidad en las poses; hay miradas perturbadoras, misteriosas e inquietantes. Lo mismo ocurre en la fotografía en la que Julia está apoyada en un árbol, delgada en extremo, con los ojos hundidos y muy abiertos, fijos en un más allá en el que descreía. En la foto de las hermanas, se puede observar de izquierda a derecha a Vanessa, a Stella y a Virginia; debajo del torso de cada una, figuran sus respectivos nombres y apellidos escritos con tinta. Vanessa Stephen mira al espectador, toda ella ojos y determinación, como si estuviera eligiendo un modelo para un dibujo y todavía no supiera si vale la pena o no pintarlo. A su lado Stella Duckworth, la mayor, ya una mujer, de perfil y con la cabeza inclinada, mira hacia abajo. De apreciable belleza, esconde la mirada con timidez. Finalmente, está Virginia Stephen. Delgada, es la única con los labios apenas entreabiertos y la vista perdida a lo lejos; podría estar cavilando en cómo expresar, con palabras, la sensación que tuvo al contemplar cierta flor. Hay algo de pasión contenida en esos rostros. Vistos superficialmente, los Stephen representan la típica familia victoriana de clase alta, en la que los hijos varones aspiran a educarse en excelentes colegios y a conseguir después puestos destacados en la sociedad, mientras que las mujeres toman unas pocas clases en el hogar, se dedican al cuidado y a la atención de los demás y, si el destino les es propicio, esperan un buen matrimonio. Sin embargo, es posible advertir, observando los rostros en esa foto, una predeterminación del destino de las hermanas. Mientras Stella parece aceptar con humildad su rol de joven victoriana, en Vanessa y Virginia se pueden adivinar los gérmenes de secretas aspiraciones. Con o sin conciencia de ello, las hermanas establecieron una alianza que duró toda su vida. Conocedora de la inteligencia y el don para las palabras de Virginia, y debido a su propia timidez, Vanessa dejaba que su hermana menor fuera su portavoz. Por su parte, Virginia, seducida por la apariencia de su hermana, su sólida y hasta monumental belleza que le recordaba la de una diosa, valoraba especialmente el vínculo establecido entre ambas.
En aquella foto hay una ausencia. Sabemos que fue tomada en 1896, momento en que Laura, la hija de Leslie, ya no vivía con la familia, pero cabría preguntarse si de estar presente hubiera sido incluida en la foto grupal. En el año en que Virginia vino al mundo, Laura cumplió los doce años. Había sido una beba prematura, que nació tres meses antes de la fecha prevista y a la que debieron tratar con infinitos cuidados, envolviéndola en paños durante varios meses para mantenerla a una temperatura adecuada. Mientras Minny vivió, su hija recibió las mayores atenciones y cuidados. Como Laura rechazaba algunas comidas, lejos de forzarla, su madre la alimentaba con una dieta que toleraba, a base de leche de cabra y frutas. La mayor preocupación de Minny fue la lentitud con la que Laura se desarrollaba,[54] pero ni ella ni Leslie vincularon ese rasgo con algún tipo de trastorno. Cuando Minny murió, Anne Thackeray cuidó y dio cariño a su sobrina; también se ocupó de ella Caroline Emelia, la hermana de Leslie, que intentó vivir con ellos, pero que a causa de la tensa relación con el hermano y su propio agotamiento, se desmoralizó al cabo de tres semanas. Mientras tanto, Leslie comprobaba que Laura no evolucionaba de modo normal. Uno de sus intentos por encarrilar la situación fue ceder el mando a una institutriz alemana, pero su influencia no sirvió de mucho, además de que la decisión le creó problemas con Anne, que sintió su poder menoscabado. Las cartas de Leslie a su por entonces amiga Julia dan testimonio de sus dudas y ansiedades respecto de su hija. Estaba a punto de contratar a una gobernanta cuando Julia aceptó casarse con él, y al hacerlo tomó a Laura a su cargo.
Cuando Leslie y Julia se casaron, Laura tenía ocho años; el hijo mayor de Julia, George, diez; Stella estaba cerca de cumplir nueve y Gerald tenía siete años. La convivencia de los niños no fue sencilla. En mayo del año siguiente nació Vanessa; su parto no fue fácil y Julia tardó unos meses en recuperar las fuerzas. Aun así, entre noviembre y diciembre, corrió a socorrer a su madre, aquejada de fiebre reumática en Eastnor Castle, cerca de Ledbury. El casamiento no coartó su decisión de estar junto al lecho de enfermo de cuantos la necesitaran —incluso, ya comprometida con Leslie, asistió a su tío Thoby Prinsep en los momentos finales—,[55]y seis meses después del nacimiento de su segundo hijo, al que llamó Thoby en su homenaje, se dirigió a Upton Castle, donde acompañó y cuidó a su hermana Adeline, que murió el 14 de abril de 1881.
Nueve meses después, el 25 de enero de 1882, nació Virginia. Según Leslie, ese fue el año en el que su preocupación por Laura alcanzó un punto culminante. Por su parte, Julia agotada por las demandas que le suponían enfermos y moribundos,[56] solo amamantó a Virginia durante diez semanas y dejó que las niñeras se ocuparan de los niños. Aunque Leslie sufría el abandono de su mujer, se admiraba de los esfuerzos de los que era capaz. Entre tanto, Laura seguía apartada en su mundo privado e inaccesible. Era una niña bonita, “que hubiera sido una belleza de no haber sido por su mirada en blanco, pero su imaginación era un mundo cerrado cuya clave nunca nadie pudo encontrar”. Podría decirse que ni Julia ni Leslie supieron o pudieron hacer algo por ella. A fines de la década de 1880, Laura vivía separada de los demás, aunque en la misma casa. Atender a la numerosa familia era extenuante; además, en 1887, Julia estuvo junto a su padre cuando murió y seguía ocupándose de su demandante y enfermiza madre. Fue al año siguiente cuando los niños enfermaron de tos ferina.
Por entonces Leslie continuaba con su labor periodística y con su intenso trabajo en el Dictionary of National Biography,[57] brindaba veinte conferencias sobre literatura inglesa en el Trinity College, Cambridge —tarea que consideró una “metida de pata”—, y escribía la biografía de su amigo Henry Fawcett. Corría el año 1888, cuando agotado, finalmente sufrió un colapso; un “serio ataque”, y uno de menor envergadura al año siguiente. En sus memorias cuenta que, durante varios años, tuvo el sueño muy ligero y necesitó de la ayuda de narcóticos. Su estado de excitación lo llevó a estar muchas horas despierto y a merced del “ataque de ‘los horrores’”. Esto afectó el descanso de Julia que, esmerada en la cabecera de la cama de su marido, era la única capaz de tranquilizarlo y ponerlo “a dormir como a un bebé”. Esa crisis fue un punto de inflexión para Leslie[58] Obligado a hacer un reposo laboral, es probable que las circunstancias vinculadas a su enfermedad decidieran el destino de Laura. Ella había sido una fuente de irritación e inquietud durante muchos años, y los métodos de educación propios de la era victoriana, que Leslie y Julia practicaban, no habían dado buenos resultados. Laura hablaba con dificultad, tenía tics nerviosos y podía reaccionar con violencia. No aprendía a escribir, hablaba casi sin parar, y podía chillar o escupir la comida.
Es imposible, a la distancia y con los documentos con los que se cuenta, definir cuál era el problema que la aquejaba. En principio, tanto Leslie como Julia pensaron que, con el adecuado rigor y disciplina, lograrían encauzarla. Cuando Virginia nació, todavía intentaban que aprendiera a leer correctamente. Según parece, creían que podían inducirla a comportarse siguiendo un método de recompensas y castigos, pero la crisis consecuente fue abrumadora y con el tiempo terminaron medicándola y sedándola.[59] No es difícil imaginar que la pobre Laura haya dejado de recibir el afecto y atenciones necesarias desde la muerte de su madre. Noel Aman, el biógrafo de Leslie, relata que al recibir una visita de su tía Anne Thackeray, en Hyde Park Gate, “la niña corrió hacia ella riéndose y radiante al abrazar al único adulto que podía recordar, le había demostrado amor”.
En esa época se esperaba que los niños fueran virtuosos y obedientes, y Leslie veía en el comportamiento de Laura una “perversidad” que lo azoraba. Lejos de advertir —como se alentaba en los niños— que los castigos que recibía eran por su bien, Laura reaccionaba con violencia y terquedad. La relación padre-hija fue una tortura para ambos. Leslie veía que la niña no se comportaba como él esperaba, y tampoco recibía el reconocimiento ni las atenciones a los que estaba acostumbrado como padre. Por su parte, Laura era una criatura incomprendida, a la que se le exigía que se convirtiera en la clase de persona que su padre esperaba que fuera. A fines de 1886, cuando Laura contaba con dieciséis años, vivió por un tiempo en el campo, al cuidado de una mujer. Para que se reuniera con su familia, y como por entonces no la consideraban “totalmente incapaz”, la pusieron en el tren con destino Cornwall, donde Leslie debía esperarla. “Fue un viaje largo y complicado, y cuando Leslie encontró el tren en el empalme, descubrió las maletas, pero no a Laura, a quien llevaron por error a Penzance. [Ella] Tuvo que pasar la noche allí, le preguntó al mozo de cuerda qué podía hacer y el jefe de estación la mandó a una residencia”. Que Laura haya podido comunicarse y viajar sola da a entender que la familia consideraba que podía manejarse con cierta independencia.
Mientras creyó que podría encauzar a su hija, Leslie no quiso institucionalizarla, pero en 1891 Laura fue internada en un asilo y, salvo un par de veranos en los que se reunió con la familia en St. Ives, no volvió a vivir con ellos. En una de las ocasiones en las que se reunió con sus hermanos, el Hyde Park Gate News señala que Her Ladyship of the lake [alusión a La dama del lago] había llegado a pasar las vacaciones con la familia, asociando así a Laura con el lago, con el agua, con lo sumergido e impenetrable, con los misterios del inconsciente. Como La dama del lago,[60] personaje de las leyendas del rey Arturo que rapta a Lancelot para llevarlo a vivir con ella en su palacio de las profundidades, Laura vivía en un mundo propio. Aunque su presencia fue ineludible durante los primeros años de la niñez de sus hermanos,[61] Virginia se desvinculó emocionalmente de ella, y en su vida adulta apenas la menciona. También es significativo señalar que nunca se refirió a ella llamándola hermana, como lo hacía con Stella, sino más bien como la “nieta de Thackeray”. Por su parte, Quentin Bell, hijo de Vanessa, escribió:
«En la medida en que puedo entenderlo, sus hermanastras la consideraban una diversión [sic]. Le escribían cartas, la trataban, supongo, más o menos como a una igual; pero Laura podía hacer cosas desconcertantes: arrojar con calma un par de tijeras al fuego. Y debió de haber, a medida que crecían, algo inquietante a su alrededor.»
Por un tiempo, todos intentaron que Laura se comportara como sus hermanos: Leslie le daba algunas lecciones, sus hermanos le escribían cartas; incluso intentaba leer Robinson Crusoe o Alicia en el país de las maravillas. Pero en sus memorias, escritas después de perder las esperanzas de que pudiera ser como sus otros hijos, Leslie se refiere a ella utilizando términos como “mentalmente deficiente”, reconoce que requería “un tratamiento especial”, y deja en claro cuánto le molestaban sus “maneras inarticuladas de pensar y hablar”. En The Flight of Mind [El vuelo de la mente], Thomas C. Caramagno sostiene:
«Los médicos del siglo XIX solían diagnosticar mal los desórdenes afectivos, consideraban que la esquizofrenia y el autismo infantil implicaban algún retardo, ya que los desórdenes de humor, metabolismo y pensamiento interfieren con la atención, la performance cognoscitiva y la memoria; de hecho los psicólogos victorianos consideraban el retraso “una característica fundamental del humor depresivo”. Además, los victorianos preferían pensar en niños anormales como retardados más que como locos, como aniñados más que como psicóticos, y Leslie aparentemente compartía esta creencia popular.»
En sus memorias Leslie se pregunta si Laura podría haber heredado sus problemas de su abuela materna, pero él mismo le quita fundamento a su razonamiento. Aunque es sabido que la madre de Minny sufrió una “psicosis posparto”, no hay referencias de que tuviera, antes de ese episodio, algún comportamiento llamativo o especial. Por lo demás, en vida de su primera mujer, Leslie nunca tuvo ningún indicio de que Minny padeciera algún tipo de trastorno o afección nerviosa. No deja de resultar llamativo que, a pesar de que en su propia familia había casos de desequilibrio y hasta de locura —basta pensar en su padre, en su hermano Fitzjames o en su sobrino Jim—, a Leslie no se le ocurrió escribir que Laura pudiera haber heredado esas características de su propia familia. Incluso él mismo había sido un niño difícil y nervioso, cuyas peculiaridades habían preocupado a su madre al punto de hacer una consulta médica.[62]
Para la historia oficial de la familia, Laura terminó siendo la idiota, un ser sumergido, inexplicable, incoherente. A diferencia de las crisis nerviosas acotadas temporalmente que sufrieron James Fitzjames, Leslie y Virginia Wolf, e incluso a diferencia del trágico destino de Jim Stephen, Laura vivió en un mundo ajeno a la comunicación intelectual que su familia practicaba, y pocos pudieron relacionarse con ella a través del afecto. Aún hoy la locura, la enfermedad mental y los graves trastornos psíquicos suelen ser negados y silenciados como si se tratara de enfermedades vergonzosas. Y respecto de Virginia, es probable que se mostrara intolerante con un tipo de seres a los que tal vez temía como solo se teme aquello a lo que uno se siente expuesto. Incluso al final de su vida, al escribir sus recuerdos, demostró escasa sensibilidad respecto de Laura y se refirió a ella diciendo que “su idiotez se hacía cada día más obvia […] y como si fuera poco, se sentaba a la mesa con nosotros”. No es arriesgado concluir que Laura recibió más presiones que comprensión. En todo caso, apenas podía esperarse otra cosa de Virginia, quien, en 1915, mientras daba un paseo, vio a un grupo de personas con trastornos mentales y escribió en su diario:
«Una fila de imbéciles. El primero era un joven muy alto, tan extraño como para mirarlo dos veces, pero no más; el segundo arrastraba los pies y miraba a un costado; y luego nos dábamos cuenta de que cada uno en esa larga fila era una criatura idiota, inútil y desgraciada, que andaba arrastrando los pies, sin frente, ni mentón, y con una sonrisa imbécil, o una mirada loca y recelosa. Fue realmente horrible. Por cierto deberían matarlos a todos.»
Cuando en 1921 Katherine Stephen visitó a Laura en el lugar en el que estaba internada —tenía por entonces cincuenta y un años—, dijo que seguía “igual que siempre, nunca dejaba de hablar, y a veces decía ‘le dije que se fuera’ o ‘bájalo, entonces’, con bastante sensatez; pero el resto era ininteligible”.[63]
Durante su institucionalización, Stella solía visitarla. En 1897 Leslie admitió, apenado, que Laura apenas lo reconocía y que su aspecto y comportamiento se habían deteriorado. A su muerte, Leslie designó como tutores de su hija a Jack Hills y a George Duckworth, pero quienes más se ocuparon de ella fueron su sobrina Katherine Stephen y Anne Thackeray Ritchie,[64] quien solía visitarla e incluso la llevaba a su casa. Por su parte, la nieta de Anne recordaba haber visto a Laura:
«Estaba muy bien, realmente. Contaba, por supuesto, con una acompañante que se ocupaba de ella. Tenía facciones marcadas, con la nariz Stephen, como la de Leslie. Era alta y delgada, y vestía de encaje negro. Fue muy amable con nosotros. Era agradable con nosotros. Cuando rompimos algo una vez, recuerdo que nos ayudó a recoger los pedazos de una porcelana que tiramos. Se rió, se portó de manera afectuosa, y no nos reprendió.»
Aunque no hay registros de que una vez institucionalizada los hermanos Stephen siguieran en contacto con Laura, en 1906, cuando hipotecaron el 22 de Hyde Park, dispusieron de 489 libras para sus gastos. Con el tiempo, todos parecieron olvidarla y cuando murió, en 1945, los administradores del hospital donde se encontraba no estaban al tanto de la existencia de parientes.
Difícil convivencia
A pesar de todo, la familia vivía en un clima de armonía. Aunque las pequeñas Stephen sabían que su madre había sido realmente feliz en el pasado, y que bajo el rostro sufrido y escéptico de Julia se escondía para siempre la princesa de leyenda que había sido, tanto Vanessa como Virginia intuían que habían perdido a esa Julia antes de conocerla. Tal vez esa era una de las razones por las que la niñez de los Stephen, aunque divertida y alborotada, reposaba sobre una base de melancolía. Además, Virginia sentía hostilidad hacia sus hermanastros. Ellos eran “los otros”, y uno de sus primeros dolores fue entender que Vanessa no sentía lo mismo que ella.
«“Los otros” —escribió Virginia, refiriéndose a los Duckworth— no eran hermanos y hermana, sino seres en posesión de cuchillos, o de envidiables dotes para correr y cortar [y Vanessa], debido en parte a que no parecía compartir estas opiniones en forma tan completa como nosotros, fue la primera que perturbó mi alegría.»
La independencia de criterios que le permitía sostener sus opiniones, aun a despecho de Virginia, concordaba con el carácter de Vanessa. Gracias a su ejemplo, con el tiempo, Virginia pudo apreciar el afecto sincero de Stella, la hermanastra mayor, que llegó a convertirse en un sustituto materno para los hermanos Stephen. Pero lo cierto es que, criados sin padre, los afectos de George, Stella y Gerald se centraron en la figura materna, y no debió de ser fácil para ellos aceptar el nuevo orden que imponía el segundo matrimonio de Julia. De hecho, al principio de su relación, Leslie percibió que los hijos mayores de Julia albergaban el temor de que él pudiera interponerse entre ellos y su madre. Por su parte, quizá Leslie no consideró pertinente acercarse demasiado a los Duckworth, o tal vez no lo logró; en sus memorias reconoció que, aunque eran niños pequeños cuando él y Julia se casaron, su “instinto de genuina paternidad no se desarrolló del todo”. Así pues, cuando tenía alguna sugerencia para ellos, Leslie se dirigía a Julia y no a sus hijos en forma directa, y aunque con el tiempo dijo quererlos como un padre y aceptarlos tal cual eran, no podía sentirse identificado con ellos. Era indudable que George y Gerald respondían al modelo de caballero inglés de su padre biológico, y mientras ambos se esmeraron en sobresalir en el terreno social, no creyeron que era importante, no quisieron o no pudieron, destacarse en el ámbito intelectual.[65]
George estudió en Eton y en el Trinity College de Cambridge; no aprobó los exámenes requeridos para ingresar en la carrera diplomática, pero logró convertirse en el secretario privado de Charles Booth en 1892 y de Austen Chamberlain en 1902. Al principio — luego las cosas cambiaron—, Virginia sentía gran estima por su hermano mayor, apreciaba sus regalos, las salidas y los paseos que realizaban. El Hyde Park Gate News incluye a menudo noticias acerca de él y de cómo la familia festejaba los cumpleaños de “Georgie” —a quien por entonces veían como un Adonis o príncipe de cuento de hadas— o sus regresos al hogar.
En cuanto a Gerald, cuando los hijos de Julia y Leslie nacieron, el menor de los Duckworth dejó de ser el benjamín consentido de su madre. Su nacimiento, seis semanas después de la muerte de su padre, su naturaleza “delicada”, siempre habían preocupado a Julia, y como dice el redactor de Hyde Park Gate News, su regreso al hogar podía ser muy emotivo: “Nuestro autor se sintió muy conmovido al ver lágrimas en los ojos maternos”. Puede decirse que a pesar de ciertos perturbadores recuerdos asociados con él, Virginia lo apreciaba más que a George. Educado en Eton y en el Clare College de Cambridge, Gerald tampoco mostró inclinaciones intelectuales. Sabemos por el HPGN: “Apenas puede pasarse sin las diversiones ya mencionadas [‘bailes, fiestas y otros entretenimientos’], y no se destaca por su dedicación a los estudios”. Gerald, solía contar “chistes indecentes” para divertir a la familia, y su preferencia por la buena mesa fue siempre su punto débil.[66]Sus bromas — como decirle a Adrian en su noveno cumpleaños que, mentalmente, parecía de cinco— recibían como contrapartida comentarios acerca de su gusto por las comidas caras y sobre lo inútiles que le resultaban los tratamientos para adelgazar. De todas maneras, el Hyde Park Gate News lo menciona frecuentemente y con gran alegría en ocasión de su arribo a St. Ives con un irish terrier que llamaron Shag y que hizo las delicias de Virginia.
Stella era diferente de sus hermanos; Virginia logró quererla y desarrolló hacia ella un afecto profundo y verdadero. El amor que Stella sentía por su madre la llevaba a cumplir con todas las expectativas puestas en las niñas de su época, y es posible que, para complacerla, comenzara a ocuparse de sus hermanos pequeños. Cuando después del difícil parto de Vanessa, Stella se dedicó a cuidar a Julia, le escribió a su abuela: “Por favor, ya no te preocupes por ella, abuelita. Soy muy cuidadosa cuando le doy los medicamentos […] a excepción de manos, cara y pies, ella misma se lava”.
Con el tiempo, Stella se dedicó a los pequeños Stephen, paseaba con ellos, los atendía y supervisaba las lecciones de música que sus hermanas hacían todo lo posible por evitar. Ella fue quien le dio a Vanessa su primera clase de música y quien le enseñó a escribir cartas. También solía llevar a sus hermanos a la ciudad a comprar ropa y a tomar helados o el té en la confitería ABC. Desde siempre, Stella fue una compañía cariñosa “muy popular con los niños”, y cuando volvía de sus viajes a Roma o a Bayreuth —donde había escuchado, con George, “cierta ópera alemana”—, sus hermanos pequeños, a quienes colmaba de obsequios, la recibían con gran alegría.
A pesar de las dificultades de una convivencia forzada, la niñez de los pequeños Stephen no dejaba de ser un tiempo para atesorar. Con añoranza, Virginia describe su infancia como una escena completa en sí misma:
«Muchos colores vivos, muchos sonidos diáfanos, algunos seres humanos, caricaturas, cómicos, varios momentos violentos de ser, que siempre incluían un círculo que recortaba la escena y todo rodeado de un espacio inmenso: esta es, a grandes rasgos, la descripción visual de la infancia. Así es como le doy forma y cómo me veo de niña, vagando de un lado a otro, en ese espacio de tiempo que transcurrió desde 1882 hasta 1895.»
Lo que ella llama “momentos violentos de ser” no son solo aquellos instantes en los que percibió cierta flor y pensó que las sensaciones asociadas le servirían alguna vez. Hubo otros momentos, el “duro golpe del mazo”[67] de la locura, el desamor o la tragedia — la viudez de Julia, los problemas mentales de Laura o la locura del primo Jim—; y todos ellos pueden leerse como motivaciones secretas, claves que permiten dilucidar lo que siente “la mente común”, tanto en ocasiones excepcionales, como en los días corrientes.
A su vez, la insistencia con la que Virginia retorna a la infancia y a la primera juventud pone en evidencia que la fuerza de las impresiones recibidas en esos tiempos signó la escritura de toda su obra. Como dice en Al faro: “No, […] los niños no olvidan”. Los niños crecen, y algunos tienen el genio de convertir en arte los “golpes del mazo”.
Madre torrente
En la Inglaterra del siglo XIX, “el deber, el trabajo, la moralidad y la vida familiar triunfaban”. La reina Victoria encarnaba esos valores, especialmente para las clases medias a las que “les gustaba contemplar un matrimonio por amor, les gustaba un hogar que combinaba las ventajas de la realeza y la virtud y en el que parecían ver reflejada, como en un espejo, la imagen ideal de la vida que cada uno llevaba”. La devoción incondicional de la reina hacia su esposo era un modelo para seguir, pero se puede decir que, en su caso, Julia representaba más que el prototipo de la abnegada mujer del hogar que la reina propiciaba. Y si bien es posible que esto haya pasado inadvertido a su primer marido, tanto Leslie como sus hijos llegaron a conocer facetas singulares que hicieron de ella un ser tan fascinante como esquivo.
“Cincuenta pares de ojos no bastaban para completar el retrato de esa mujer”, piensa Lily Briscoe, el alter ego de Virginia cuando recuerda a Mrs. Ramsay en Al faro. Lo cierto es que, como le sucede a Mrs. Ramsay, se esperaba mucho de Julia. Cuando Leslie le declaró su amor, había perdido el “consuelo” de la fe y la ponía en una situación difícil al asegurarle: “Ya ves que no tengo santos y por eso no debes enojarte si te pongo en el lugar donde deberían estar mis santos”. En realidad, también ansiaba que ella le suministrara permanente alivio y consuelo, cuestión que dejaba atónitos a muchos, entre los que estaba Henry James, quien exclamaba: “Dios, Dios […] ¡Cuánto la adora ese hombre!”.
Según Quentin Bell, es muy probable que la felicidad de la familia Stephen se debiera al hecho de que “los hijos sabían que sus padres se amaban profundamente y eran felices. Este era, sin duda, el fuego generoso del que todos extraían su bienestar. Pero también era el medio por el que todo el edificio podía quedar reducido a cenizas”. De hecho, Virginia veía a su madre como “el centro de aquel gran espacio catedralicio que era la infancia”, y todavía en 1940 sentía: “Aún perdura su voz débilmente en mis oídos, decidida, rápida, y en particular, las pequeñas cadencias con que terminaba su risa: tres ahs decrecientes… ‘Ah-ah-ah.’… Aveces, yo también termino la risa de esa manera”.
Inmersa en la corriente materna que la arrastra en su recorrido, esta hija-escritora, dependiente de los mandatos y mitos familiares, logra encauzar el rumbo, y aunque reconoce que, hasta sus cuarenta y cuatro años, la imagen de su madre la obsesionó, un día, mientras paseaba por Tavistock Square, consiguió desprenderse de ese recuerdo insistente:
«Concebí Al faro, tal como a veces concibo mis libros: en forma de un torrente impetuoso y aparentemente involuntario […] y cuando terminé de escribirlo, dejé de estar obsesionada por mi madre. Ya no oigo su voz; ya no la veo.
Supongo que hice por mí misma lo que los psicoanalistas hacen por sus pacientes.»
Su confesión es una prueba más que relevante a la hora de afirmar que Virginia Woolf recreó, en Al faro, su visión de lo que era el matrimonio de sus padres. Las fuentes fueron sus propios recuerdos, pero también los escritos de Leslie, quien reconocía que su carácter poco sociable, su egotismo e hiperirritabilidad eran una carga para Julia. Como Mrs. Ramsay en Al faro, ella debía mediatizar constantemente la relación de su marido con los demás y con los asuntos prácticos del mundo. “Se acercaban a ella, todo el día, incesantemente, porque era mujer: que si esto, que si aquello […] a veces se sentía como si no fuera nada más que una esponja empapada de emociones humanas”.
Aunque Mrs. Ramsay detesta parecer superior a su marido, él depende de ella, en especial porque es un hombre que necesita “en primer lugar, que le aseguraran que era un genio, y, a continuación, que lo introdujeran en la esfera de la vida, que lo acogieran y calmaran” Apaciguar a ese “egotista, [que] se hundía y golpeaba, mientras exigía consuelo” la dejaba tan agotada como sucedía con la misma Julia: “Como si en esta deliciosa fecundidad, en este surtidor y fuente de la vida, se hundiera la funesta esterilidad masculina, punzante pico de bronce, estéril y desnudo. Quería consuelos. Era un fracasado”.
Se ha dicho una y otra vez que también Mr. Ramsay recuerda a Leslie. Ambos son intelectuales destacados, les falta poder creativo y parecen siempre al borde de sufrir un colapso. De hecho, y como señalamos, exhausto por su trabajo en el DNB, Leslie terminó por sufrir una crisis de gran magnitud. Cabe destacar que Virginia tendría experiencias similares, pues al igual que él no podía trabajar sino a “alta presión”. El día en que Leslie se desmoronó —en sus memorias dice que sufrió un “ataque serio”—, Julia lo encontró inconsciente, preso de un colapso nervioso, al que siguió un período de insomnio durante el cual ella lo cuidó a expensas de su propio agotamiento. Altos y bajos hicieron que Leslie terminara por abandonar parte del DNB en 1890, y lo dejara por completo en 1891.
El caso es que las virtudes morales de Julia se veían realzadas por una belleza que todos alababan. Estando embarazada de Vanessa, Edward Burne- Jones la tomó como modelo para la Virgen María en su Anunciación, en tanto James Russell Lowell —el padrino norteamericano de Virginia— le escribía cartas de amor platónico. Modelo favorita de su tía Cameron, quien la fotografió a lo largo de diez años, la imagen de Julia nunca dejó de influir en sus hijas: sus retratos colgaban en el vestíbulo de Hyde Park Gate y las acompañaron siempre. Virginia y sus hermanas se sentían identificadas con su belleza: “La femineidad era muy fuerte en nuestra familia. Éramos famosas por nuestra belleza: la belleza de mi madre y la belleza de Stella me daban, desde que tengo memoria, orgullo y placer”.
Las manos, las joyas que lucía su madre, el tintinear de sus pulseras, todo quedaría grabado en la mente de Virginia, y finalmente hallaría eco en el personaje de Mrs. Ramsay. Al igual que ella, Julia era la que propiciaba, por la noche, el sueño tranquilo en los pequeños, invitándolos a que pensaran “en todas las cosas bonitas que pudiera[n] imaginar. Arco iris y campanas”. Pero Julia también podía tornarse distante, misteriosa, poseedora de un saber intransferible, casi una visión como la que impresionó a Virginia siendo pequeña:
«Mientras subía por el camino quecruzaba el césped en St. Ives, ligera, hermosa… iba muy erguida. Yo estaba jugando. Dejé de jugar, para hablar con ella. Pero se alejó un poco de nosotros y bajó la vista. A través de ese gesto indescriptiblemente triste supe que Philips, el hombre que cayó aplastado en la fábrica y a quien mi madre visitaba, había muerto. Se acabó, parecía decir. Me di cuenta y quedé abrumada ante la idea de la muerte. Pero, al mismo tiempo, sentí que su gesto, como un todo, era hermoso.»
Lo cierto es que Virginia veía a su madre como a un ser complejo. Julia, que en ocasiones era “muy rápida, muy directa, práctica y divertida…”, también podía “ser cortante, y le desagradaban los amaneramientos […], grave, con un trasfondo de conocimientos que la entristecían”. Sus hijos intuían —como sucede a los de Mrs. Ramsay— que “tenía su propia pena, siempre acechándola, para sumergirse en ella en privado”.
Vivir inmersa en la atmósfera de la madre entrañaba el peligro de que Virginia jamás se “alejara de ella lo suficiente” como “para verla como persona”. Con el tiempo llegó a comprender “por qué fue que para ella era imposible dejar en un hijo una impresión muy íntima y particular. […] Ella vivía en una superficie tan extendida que no tenía tiempo, ni fuerzas, para concentrarse excepto por un instante, si uno enfermaba, o en alguna crisis infantil —en mí o en otro cualquiera—, a menos que fuera Adrian. A él lo quería de manera diferente: lo llamaba ‘Mi Alegría’”.
Es el “benjamín, […] su adorado”, lo mismo que en Al faro, el que conmueve más profundamente a su madre, que se pregunta: “¿Por qué tenían que crecer, y perder todo eso?”. Como le ocurre a Mrs. Ramsay, Julia abrigaba la esperanza de convertirse en lo que “más admiraba: en una investigadora, en alguien que se ocupara de resolver en serio los problemas sociales”. Pero también experimentaba, como la protagonista de la novela, momentos de alegría, o se mostraba creativa y pícara: “…siempre [estaba] dispuesta a hacer algo una vez más, fuera lo que fuese […] todo esto lo enderezaba al momento; o lo torcía maliciosamente”. Así reflexiona Virginia cuando recuerda a Julia:
«Debió de haber sido una presencia general en vez de una persona individual para una niña de siete u ocho años. ¿Puedo recordar haber estado a solas con ella alguna vez poco más que unos minutos? Alguien siempre nos interrumpía. Cuando pienso en ella en forma espontánea, siempre se encuentra en una habitación llena de gente. Stella, George y Gerald están allí; mi padre, sentado, lee, con una pierna enrollada en la otra, retorciéndose un mechón de pelo. “Anda y quítale la migaja de la barbilla”, me decía mi madre, y allá iba yo corriendo. Hay muchas visitas, jóvenes como Jack Hills, que está enamorado de Stella; muchos jóvenes amigos de Cambridge, de George y Gerald; y hombres mayores sentados alrededor de la mesa de té, conversando, amigos de mi padre.»
Las largas ausencias de Julia, las visitas en las que se prodigaba, continuaban con las tareas que la ocupaban en su casa. Allí sentada frente a su escritorio, con “los candelabros de plata, la silla de alto respaldo, de madera tallada, con las patas en forma de garras y el asiento en tono rosa, y el tintero de tres ángulos de latón”, pasaba horas contestando y escribiendo cartas ante la mirada de la pequeña Virginia, que se recuerda a sí misma “ansiosa, vigilando en forma subrepticia, detrás de la persiana, en espera de verla caminando por la calle, cuando ha estado fuera hasta muy tarde y los faroles ya están encendidos, y estoy segura de que la han atropellado”. Pero nada impedía que Julia, experta en horarios y conexiones de autobuses, recorriera la ciudad auxiliando a pobres y enfermos, labor que extendía a sus vacaciones, y que determinó la fundación The Julia Prinsep Stephen Nursing Association of St. Ives. Además, y considerando que podía hacer una contribución en ese aspecto, escribió sus Notes from Sick Rooms [Notas de los cuartos de enfermos], libro publicado en 1883, el año siguiente al nacimiento de Virginia. También escribió acerca de cuestiones referidas al servicio doméstico: las condiciones de explotación e insalubridad eran un tema de discusión, tanto como los reclamos de los criados. Conservadora y defensora del sistema patriarcal, Julia sostenía que el ama de casa debía proteger y cuidar a sus empleados, ya que pensaba que podía ofrecerles una mejor vida que la que tendrían en las fábricas.
Aunque Julia compartía con Leslie el gusto por la lectura —disfrutaba de las novelas de Scott y siempre tenía cerca Confesiones de un inglés fumador de opio, de De Quincey—,en sus escritos no pretendía hacer literatura, sino transmitir sus muy formadas opiniones. En ese sentido se sintió compelida a responder por carta una nota aparecida en el periódico Nineteenth Century[68] acerca de las consecuencias de la pérdida de la fe en la vida de las mujeres. Como mujer agnóstica, Julia defendía su idea de que bastaba el incentivo moral y ético para llevar a cabo tanto las tareas domésticas como la enseñanza o cuidado de enfermos. Además, colaboró con el Diccionario de biografías nacionales de Leslie, donde incluyó una entrada sobre su tía Julia Cameron. Pero lo que resultó más interesante para sus hijos fue una serie de historias para niños, que si bien tienden a un final moralizante, son divertidas y están protagonizadas por una serie de animalitos y de pequeños traviesos. Sugestivamente, en “Cat’s Meat” [Comida de gato], unos niños deciden abandonar su confortable hogar y vivir en la pobreza, para lograr que su madre, dedicada a la filantropía, les preste atención. Las coincidencias entre los niños Stephen y los protagonistas de la historia saltan a la vista, pero lejos de dejarse invadir por la culpa, Julia deja claro lo agradecidos que deben de sentirse sus protagonistas en comparación con los pobres que la madre asiste. Leslie y Julia trataron infructuosamente de publicar sus cuentos infantiles; incluso él hizo los dibujos de “animalitos y animales, un arte que practicaba casi inconscientemente mientras leía, de modo que las guardas de sus libros estaban llenas de lechuzas y de burros como para ilustrar los ‘ ¡Ah, qué burro!’ o ‘Estúpido vanidoso’, que solía garabatear con impaciencia en el margen”. Leslie también dibujaba animales para divertir a sus hijos, y su destreza era tal que, con un pedazo de papel y unas tijeras, podía hacer “un elefante, un ciervo, o un mono con trompa, cornamenta y cola, modelados con delicadeza y precisión”.
Más que la escritura, y tal vez pareja a su vocación de enfermera, otra de las pasiones de Julia fue —como sucede con Mrs. Ramsay— la de intervenir en la vida sentimental de los otros: tanto podía aconsejar en cuestiones de mudanza al poeta Henry Newbolt y a su esposa, como oficiar de celestina o aconsejar “al anciano Watts que no perdiera tiempo casándose con la joven Mary Fraser Tytler”.
Al faro recrea una de las facetas de Julia en Mrs. Ramsay: “Alardeando de su capacidad para amparar y proteger, apenas había un fragmento de ella misma que le sirviera para conocerse; todo lo gastaba con generosidad”. Sin embargo, hay más: para Virginia —y lo mismo les sucede a los hijos de Mrs. Ramsay en la novela—, la madre reúne todas las cualidades del arquetipo materno. Por una parte, concentra los aspectos protectores, de apoyo y bondad, que facilitan el desarrollo, estimulantes y nutricios, y ostenta la autoridad mágica y la sabiduría que propician la transformación y el renacimiento. Pero, además, dentro de sí pervive lo oculto y lo secreto, lo devorador y lo terrible. Y si bien Julia era el “Ángel Bueno” que socorría a los pobres y necesitados en Londres y en St. Ives y que sus hijos reverenciaban, para Virginia también representaba un tipo de mujer que debía ser superado: “El ángel de la casa”.
“El ángel de la casa” era el nombre de un poema que conocía bien. El autor, Coventry Partmore, amigo de su abuela Maria, exaltaba lo que los victorianos consideraban virtudes femeninas: benevolencia, simpatía, belleza y generosidad. Sin duda, mientras fueron pequeñas, ese fue el modelo femenino para Virginia y sus hermanas. Un modelo asfixiante y perseguidor. En “Professions for Women” [Profesiones para mujeres], la conferencia que dio origen a Tres guineas —libro pensado como continuación de Un cuarto propio—, Virginia identificó a su perseguidor:
«Y el fantasma era una mujer, y cuando la conocí mejor la llamé como la heroína de un famoso poema “El ángel de la casa”. Era ella la que se interponía entre la hoja de papel y yo cuando escribía reseñas. Era ella la que me molestaba y me hacía perder el tiempo, y tanto llegó a atormentarme que al final la maté.»
“El ángel de la casa” se sacrifica todos los días: “Nunca tuvo un pensamiento o un deseo propio, sino que prefería solidarizarse siempre con las ideas y los deseos de los demás”; y la sombra de sus alas cae sobre las páginas que Virginia Woolf escribe, dejándola sin alternativa:
«Me di vuelta hacia ella y la tomé de la garganta. Hice mi mayor esfuerzo por matarla. Mi excusa, si tuviera que comparecer ante un tribunal, sería que actué en defensa propia. Si no la hubiera matado, ella me habría matado a mí. Ella habría arrancado el corazón de mi escritura. Pues, como descubrí, en cuanto empuñé la pluma, uno no puede ni reseñar una novela sin ideas propias, sin expresar lo que considera la verdad acerca de las relaciones humanas, la moralidad, el sexo.»
Podría afirmarse que si en Al faro, a través de Mrs. Ramsay, nuestra escritora logró exorcizar el fantasma de su madre, y puede leerse allí el retrato más acabado de Julia, es en obras como Un cuarto propio y Tres guineas donde Virginia retoma el argumento desde su peculiar militancia feminista. Porque aunque idealizaba a su madre, también reconocía que no compartía su modelo de mujer: Julia estaba en contra del voto femenino; además, convencida de que había carreras destinadas exclusivamente a los hombres, creía que las mujeres debían ser educadas hasta cierto punto. De hecho no faltaban quienes, como George Meredith, le reprochaban su convencionalismo con respecto al estatuto de las mujeres. En 1889 Julia firmó un manifiesto contra el sufragio femenino que apareció en el periódico Nineteenth Century; y tanto ella como Leslie recibieron las críticas de Meredith, quien les advertía que la suya era una posición que perdía el tren de la historia. Pero como Julia estaba convencida de que “las mujeres ya tienen bastante que hacer en su propia casa, sin voto”, nada le hizo cambiar de opinión.
Como le ocurre a Lily Briscoe y a las hijas de Mrs. Ramsay en Al faro, a pesar de los aspectos conflictivos entre madre e hija, a Virginia no le era fácil salir de la esfera de influencia de la suya. Al igual que las hijas de Mrs. Ramsay, se puede decir que Vanessa y Virginia tenían “ideas heréticas, de las que eran responsables exclusivas, acerca de una vida enteramente diferente de la de ella; quizás en París; una vida más animada; no ocupándose siempre del hombre que fuera”. Y aunque desde el comienzo de su adolescencia, Virginia se fue separando del prototipo que su madre representaba, de todas maneras, al final de su vida, todavía parecía prendada de una imagen idealizada y estática de sus padres:
«Qué bellos eran, aquellas personas mayores —me refiero a mi padre y mi madre—, qué sencillos, transparentes y tranquilos. He estado toda la tarde hojeando cartas viejas y memorias de mi padre. Él la amaba —ah, y era tan franco, razonable y transparente— y tenía una mente delicada y minuciosa, culta y transparente. Qué serena e incluso alegre me parecía su vida: sin fango, sin torbellinos. Y tan humana, con los hijos y con el pequeño murmullo y canto del cuarto de los niños. Pero si lo miro como contemporánea perderé mi visión de niña, así que debo detenerme. Nada turbulento, nada complicado, sin introspección.»
Sin embargo, las fotos de los últimos años de Julia ponen en evidencia su cansancio y sufrimiento. Lejos de la belleza plena y rozagante de las de su juventud, se ve a una mujer demacrada, delgada en extremo, pálida y de expresión deprimida. Sus allegados no parecían percibirlo, pero así la vio William Rothenstein en 1890, cuando ella tenía apenas cuarenta y cuatro años, y elaboró un dibujo de Julia que generó controversia:
«Cuando el dibujo estuvo terminado ella lo miró, y luego se lo alcanzó en silencio a su hija. Los otros vinieron y lo miraron por encima de su hombro; finalmente llegó a Leslie Stephen. La consternación fue general. Enseguida me miraron con recelo, pues en esos días, Whistler — sabían que yo era su discípulo— era anatema en los círculos de Burne-Jones y Watts. La alarma debe de haberse propagado arriba, ya que llegó un mensaje de la vieja Mrs. Jackson… y subieron el dibujo para que lo viera. Mrs. Jackson, inválida crónica, no había bajado de su cuarto desde hacía mucho tiempo, pero al ver el dibujo pidió un bastón, como el barón cuando pide las botas, y se preparó para decirme cuatro verdades. Todavía puedo oír el golpe del bastón mientras bajaba con lentitud por las escaleras, y la reprimenda fue contundente. Me fui muy confundido, y bien castigado por mi imprudencia.»
Muchos años después —en 1929— y aun sabiendo que en tiempos del retrato su madre lucía exhausta, Virginia insistía ante Rothenstein: “Reconozco que creo, tal vez con la parcialidad de una hija, que mi madre era más hermosa de lo que usted la muestra”. Lo cierto es que tanta actividad y desgaste habían cobrado su precio. Según Henry James, en marzo de 1895, Julia lucía “intensamente bella” mientras convalecía de una seria gripe que había atacado a la familia. A mediados de marzo pareció repuesta y sus hijos mayores partieron de vacaciones al continente. Antes de que transcurriera un mes, Stella decidió regresar junto a su madre, porque detectó, en las cartas que recibía, que le ocultaban información acerca de su salud. El 5 de mayo, después de varios brotes de influenza, Julia murió de fiebre reumática. Tenía cuarenta y nueve años. El misterioso aunque estable universo de la infancia se trastornó imprevistamente; hubo una irrupción en la calidad algodonosa y protegida de la vida cotidiana y Virginia escribió:
«Qué inmensa debe de ser la fuerza de la vida que transforma a un bebé que apenas puede distinguir una gran mancha azul y morada sobre un fondo negro, en aquella niña que trece años después es capaz de sentir todo lo que yo sentí el día 5 de mayo de 1895 […] cuando mi madre murió.»