CAPÍTULO IX - 1906
Reflexiones acerca de la cuestión AMOROSA
VIRGINIA desplegaba sus alas tímidamente, y recibía “con alegría los dones de la hora presente”[116] La desdicha había dado paso a una libertad mayor de la que hubiera imaginado. La vida le ofrecía perspectivas llenas de esperanza, de las que, a su modo de entender, quedaba descartada la posibilidad de contraer matrimonio. Muchos años después, haciendo una “confesión seria”, recordaría que por entonces consideraba “confidencialmente, que el matrimonio era un asunto vulgar y de poca importancia, pero que si se llevaba a cabo […] era con muchachos que habían participado en el Eton Eleven y que se vestían de etiqueta para cenar”. De seguirse estos parámetros, los amigos de Thoby quedaban descartados, ya que si bien llamaban la atención por su inteligencia, su aspecto espantaba a los viejos conocidos. En efecto, mientras que al famoso escritor y amigo de sus padres, Henry James, le parecía deplorable que las muchachas Stephen se relacionaran con esos jóvenes, después de conocerlos Kitty Maxse aseguraba: “No tengo la menor duda de que son simpáticos, pero […] qué aspecto horroroso tienen”. Para Virginia “esa falta de esplendor físico, ese desaliño” estaba en relación con la superioridad intelectual de sus nuevos amigos y se sentía tranquila, pensaba que con ellos solo se discutirían temas abstractos: “parecía increíble —escribió— que cualquiera de esos muchachos sintiera deseos de casarse con una de nosotras, o cualquiera de nosotras con alguno de ellos”. Equivocada con respecto a las intenciones de sus amigos, Virginia también estaba lejos de prever las conclusiones a las que llegaba su hermana:
«Vanessa nos dijo a Adrian y a mí, mientras la veía estirar los brazos por encima de la cabeza, en un movimiento que expresaba cierto desgano y concesión al mismo tiempo, ante el gran espejo: “Por supuesto, todos nos casaremos. Sucederá inevitablemente”, y mientras me lo decía tuve la impresión de que la fatalidad se ensañaría con nosotras, y el destino nos separaría con violencia en el preciso momento en que hubiésemos alcanzado la libertad y la felicidad.»
Como Thoby había señalado después de la declaración de Clive Bell, aquel tipo de situaciones eran “¡lo peor de las Veladas de los Jueves!”. Pero después de disuadir a su enamorado, a principios de 1906 Vanessa seguía dedicándose a su pintura y a las discusiones de las noches de los viernes y organizaba una exhibición de arte; todo parecía continuar como antes. En ese sentido, Virginia se sentía tranquila; leía Virgilio, Shakespeare y comentaba, después de ganar cinco libras por sus artículos: “Me siento virtuosa, no que escribo por dinero”.
Aunque todavía asistía a fiestas, su comportamiento no era el esperado en esas ocasiones. Libre de chaperonas, se ubicaba en un rincón oscuro y leía In Memoriam de lord Tennyson, mientras Nessa bailaba hasta las dos y media de la madrugada. La tendencia a aislarse y a no responder a las viejas expectativas tenía que ver con su firme intención de seguir formándose y ejercitando su escritura. Tal vez por eso Virginia decidió pasar unos días en soledad. En abril, con la compañía de su perro Gurth, se alojó en Giggleswick, cerca de la casa de Madge Vaughan. La idealización de antaño había desaparecido y pensaba que su amiga estaba “llena de teorías y emociones e innumerables preguntas, como un niño de dos años”. Las lecturas acumuladas y sus arduos ejercicios de escritura ponían a Virginia en otra posición; ya no admiraba a Madge, cuya carrera de escritora había sucumbido ante su realidad de esposa y madre. Ahora era ella quien estaba en la mira de todos, y no era extraño que se hablara una y otra vez de su “genio”.
Su estadía en Giggleswick le permitió disfrutar de una soledad “exquisita” y de largos paseos con Gurth, y fue propicia para sus lecturas y para la escritura de su diario, donde llevó una crónica de esos días. Como escritora creía que debía limitarse a escribir sobre las cosas que veía; sentía que todavía su punto de vista era “estrecho” y “más bien carente de espíritu”; pero tenía esperanzas: “Puede que mejore con la edad y la experiencia. Creo que George Eliot tenía alrededor de cuarenta años cuando escribió su primera novela”. Durante su permanencia en Giggleswick, Virginia conversó con Madge acerca de literatura y también le mostró alguno de sus trabajos. Las críticas de su amiga confirmaron su convicción de que, aunque los demás no la comprendieran, tenía que seguir su propio camino; después de reflexionar agradecía sus comentarios, pero insistía en que los trabajos que le había mostrado solo eran ejercicios literarios y agregaba:
«Pero lo que siento ahora es que este mundo impreciso y de ensueño, sin amor, o sentimientos, o pasión, o sexo, es el mundo que de veras me importa y que encuentro interesante. Porque, a pesar de que son sueños para ti, y yo no puedo expresarlos en forma adecuada, esas son cosas completamente reales para mí.»
Es así como, aun antes de publicar su obra de ficción, Virginia planteaba los lineamientos de su escritura y los procesos mentales que le interesaban. También queda claro que prefiere dejar en suspenso cuestiones relacionadas con el amor o con la sexualidad. Mucho se ha especulado acerca de que los abusos de George Duckworth tuvieron consecuencias que se prolongaron en el tiempo y se reflejaron en su escritura. Y es cierto que al escribir sus recuerdos, ya cerca de los sesenta años, Virginia todavía tenía presente los sentimientos de desagrado, recordaba la ofensa y evocaba la rigidez que se había apoderado de su cuerpo en esos momentos. El abuso, físico y/o emocional, había afectado sus percepciones y probablemente influido en su sexualidad, pero también es cierto que esas cuestiones le dieron un sesgo particular a su escritura. ¿Era necesario experimentar el contacto físico o el matrimonio para convertirse en una buena escritora? Aunque tenía sus dudas, Virginia estaba dispuesta a considerar esa posibilidad, y así se lo hacía saber a Violet Dickinson: “Madge me dice que no tengo corazón, al menos en mi escritura: realmente, empiezo a preocuparme. Si el matrimonio es necesario para el estilo, voy a tener que considerarlo. En parte es verdad, ¿o no?
Pero no es toda la verdad”. La advertencia de Madge acerca de que sus escritos no abordaban las emociones ni los sentimientos la ponía a la defensiva, pero dispuesta a devolver el golpe señalaba:
«Me parece mejor escribir sobre lo que siento, que sobre cosas que francamente no entiendo en absoluto. Ese es el tipo de error garrafal —en la literatura— que me parece horrible e imperdonable: es decir, gente que se revuelca en emociones sin entenderlas para nada.»
Escribir desde la propia experiencia planteaba una incógnita que resultaría una constante en su obra: ¿cómo expresar los sentimientos y las emociones en forma apropiada? En sus novelas, Virginia Woolf se enfrentó con las dificultades del lenguaje y con la inadecuación de las palabras en el momento de expresar las emociones experimentadas o reprimidas. Percibía agudamente que tanto los sentimientos propios como los ajenos están rodeados de un halo de misterio que los torna inaprensibles. Tal vez por eso, cuando vio reaparecer a Clive Bell, que no se daba por vencido y seguía rondando a Vanessa, tuvo que admitir: “¡Los asuntos del corazón son tan desconcertantes! Nunca entenderé los de Bell, a menos que los tenga escritos en rojo en la pechera de la camisa”.
Virginia y Vanessa, Phyllis y ROSAMOND
De todas maneras, para alivio de Virginia, Nessa tampoco parecía considerar que la vida matrimonial fuera un estímulo imprescindible para su pintura, y se la veía más interesada en su trabajo que en la posibilidad de casarse. La resistencia al matrimonio, tema que Virginia desarrolló en sus novelas, estaba relacionada con la evidencia de la poca libertad y autonomía con que contaban las mujeres sujetas al vínculo matrimonial tradicional, tal cual lo habían experimentado sus padres. Pero Virginia también consideraba que la soledad o la soltería podían impedir un desarrollo integral de la personalidad o influir negativamente en su literatura. A los veinticuatro años, sabía que tarde o temprano tendría que tomar una decisión al respecto, y durante una visita a su tía Nun se detuvo a observarla y realizó un retrato interesante por sus connotaciones proyectivas:
«Conversamos cerca de nueve horas; ella habló efusivamente sobre todas sus experiencias espirituales, y luego bajó a la tierra y se convirtió en una anciana muy sensata y astuta. Nunca conocí a nadie con tantas anécdotas, y todas contienen un giro imprevisto, natural o sobrenatural. Se ha pasado toda la vida escuchando sus voces internas y hablando con los espíritus, y es como esas personas que dicen que ven fantasmas, o más bien almas incorpóreas, en vez de cuerpos. Ahora está sentada en su jardín, rodeada de rosas, envuelta en enormes chales y túnicas, y derrocha sabiduría sobre todos los temas. Los jóvenes cuáqueros van siempre a verla, y ella es, para ellos, una especie de profetisa moderna.»
Después de esa visita y siguiendo la costumbre de alejarse del caluroso agosto londinense, Virginia y Vanessa alquilaron por cuatro semanas Blo’ Norton, una casa isabelina en Norfolk. Sumergida en la historia y en el espíritu de esa tierra, disfrutaba caminar diez millas “sin encontrar a nadie, donde senderos de hierba suave y blanda atraviesan la región, donde los caminos son muchos y solitarios, y las iglesias innumerables y desiertas”. En ese entorno y a lo largo de cuarenta páginas, escribió una historia que, desarrollada más tarde, se convirtió en su primera novela.
Dado que Thoby y Adrian solo estuvieron con sus hermanas unos días y luego partieron al continente, Virginia y Vanessa vivieron “una especie de luna de miel, interrumpida, es verdad, por horribles invitados”. La presencia de George Duckworth y Emma Vaughan imponía ecos de un pasado demasiado cercano que retornaría una y otra vez, situación que Virginia resolvió en una ecuación literaria donde el pasado confrontaba con el presente. Es así como en “Phyllis y Rosamond”, relato que escribió ese año, planteó un encuentro virtual entre su yo actual y su yo del pasado. Las protagonistas, cuyos nombres dan título al relato, son el tipo de jóvenes “hacinadas en la sombra”, hijas de padres ricos, reconocidos y respetables, “frívolas, hogareñas, de temperamento más dócil y sensible”, y están “condenadas a ser […] niñas de su casa”. Sus modales y vestimenta las dotan de “la apariencia de belleza, aunque sin su sustancia” y “el salón parece ser su medio natural”. Pero el salón —así lo habían sentido Vanessa y Virginia— representaba para ellas “trabajo y no diversión”. Una noche, Phyllis sale de Belgravia y South Kensington para dirigirse a Bloomsbury. Va a buscar a su hermana, que está de visita en la casa de una familia de apellido Tristram, donde participa de una reunión en la que se conversa apasionadamente. La casa de los Tristram es ajena a la etiqueta y en la conversación no hay espacio para los lugares comunes, además, se habla del amor con una libertad y franqueza que sorprende a las hermanas:
«El amor era para ellas algo inducido por ciertas acciones calculadas y surgía en los salones de baile, en los conservatorios perfumados, al abrigo de miradas furtivas, golpes de abanico y tonos de voz entrecortados y sugestivos. El amor allí era algo intenso e ingenuo que despuntaba a plena luz del día, desnudo y sólido, para ser explotado y analizado como cada cual mejor juzgase.»
Desconcertada y con la sensación de que la “esencia de aquella extraña velada quedaba fuera de su alcance”, Phyllis trata de entablar conversación, aferrándose “a esa sólida partícula de yo puro que ella suponía oculta en alguna parte”. Así como Phyllis y Rosamond reflejan su versión de antaño, cuando vivían al abrigo de Hyde Park Gate, las hermanas Tristram, una pintora y la otra escritora, son un espejo de Vanessa y Virginia en Bloomsbury. El relato culmina con un diálogo entre Sylvia Tristram —la joven escritora— y Phyllis. La nueva y la antigua Virginia confrontan; Phyllis siente que su vida pierde mérito en comparación con la de Sylvia, a quien sin embargo conoce solo superficialmente. Para Sylvia, Phyllis representa a una entre muchas muchachas que ha visto concurrir en procesión, en sus carruajes, a teatros y a fiestas; conoce sus trajes de noche, pero nunca las ha oído hablar. Aunque ni una ni otra fueron a la universidad, Phyllis subraya la libertad de que gozan las Tristram y que a ella y a su hermana les está vedada. “Para empezar —dice Phyllis y con ello plantea un tema que Virginia tratará en Un cuarto propio—, no disponemos de una habitación y, además, jamás nos lo permitirían. Somos hijas, hasta que seamos mujeres casadas”. En el final, Sylvia le propone una rebelión que Phyllis considera imposible; más tarde, a solas en su cuarto, reconoce estar lejos de tomar una decisión ya que su postura no pasa de “criticar ambos mundos y sentir que ninguno de los dos le ofrecía lo que ella necesitaba”.
En el relato se da a entender que Phyllis no tiene la fuerza necesaria para tomar una decisión que podría cambiar su vida; en el caso de Virginia Woolf, fue el destino, a través de una serie de duelos y fatalidades, el que abrió un camino distinto del de los mandatos paternos y maternos, que probablemente no se hubiera animado a contravenir. La muerte de los padres, sobre todo la de Leslie, resultó liberadora. Y aunque una culpa difusa opacó los primeros momentos de libertad, hacia 1906 Virginia había superado la peor parte de la crisis. La independencia adquirida también le permitía viajar y desplazarse a voluntad. Solo con ponerse de acuerdo, los hermanos Stephen podían recorrer el país o dirigirse al exterior, y conocer el mundo era una tentación difícil de resistir. Con ese incentivo, Thoby vendió en mil libras unos manuscritos de Thackeray, que Leslie le dejó en herencia, con lo que pagó sus estudios y un viaje a Grecia que los hermanos emprendieron ese otoño.
Un dramático fin de viaje
A principios del siglo XX, viajar a Grecia era una especie de odisea. Requería una preparación especial que incluía llevar vestimenta apropiada, una buena cantidad de medicamentos y, en el caso de Vanessa, sus materiales para pintar. Además, como la excursión entrañaba cierto peligro, Thoby y Adrian decidieron escribir cada uno su testamento. Los varones partieron antes porque tenían planeado realizar un recorrido a caballo por la costa dálmata; mientras tanto, las hermanas permanecieron en Norfolk, lugar que a Virginia le costó abandonar: “Me irrita un poco tener que irme. Este es un hermoso país, y camino muchas millas todas las tardes, salto zanjas y vadeo ríos. Aun así, será muy divertido visitar Europa y subir a la Acrópolis”.
Entre tanto, Vanessa, que había rechazado la segunda propuesta matrimonial de Clive Bell, estudiaba escultura griega y hacía los preparativos necesarios para la travesía. Finalmente, a mediados de septiembre, Virginia, Vanessa y Violet Dickinson iniciaron su viaje. “Debido a la previsión y organización de Vanessa, se vistieron con sombreros de fieltro gris, trajes de lino blanco y botas blancas y llevaban parasoles blancos a rayas verdes”. El grupo viajó en tren desde Italia a Brindisi, luego pasaron en barco a Patras, de allí tomaron un tren para encontrarse con Thoby y Adrian en Olimpia, y cruzando el Peloponeso se dirigieron a Corintio. Como Vanessa comenzó a sentirse mal, debió permanecer en Atenas dos semanas. Mientras Thoby y Adrian partieron a Delphi, Virginia permaneció con ella, pero como la enfermedad no parecía seria, decidió dejar a su hermana al cuidado de Violet y se encontró con los varones en Eubea. A su regreso, como Vanessa no mejoraba decidieron consultar a una serie de médicos. Los últimos años habían sido una fuente de estrés y ansiedad para ella, que estaba física y psíquicamente exhausta. El diagnóstico de los doctores no fue preciso, unos hablaban de apendicitis, otros aseguraban que sufría una suerte de depresión. Otra vez las cuentas de los médicos comenzaban a apilarse. Curiosamente, el remedio que mejor parecía sentarle a Nessa era el champán. En esos momentos la presencia de Violet resultaba fundamental, ya que no solo auxiliaba a Vanessa, presa en su habitación de hotel convertida en “cuarto de enferma”, sino que también atendía a sus hermanos. Virginia pasaba las horas leyendo Cartas a una desconocida de Mérimée, y los varones, que no eran de mucha ayuda, discutían en el salón del hotel acerca de si la carretera de Portsmouth[117] estaba asfaltada más allá de Hindhead o no.
La enfermedad de Vanessa no fue lo único que empañó el ansiado viaje a Grecia. El contraste entre el pasado glorioso al que la había predispuesto la literatura y un presente deslucido perturbaba a Virginia. Por una parte, sentía que no había ningún lugar más poderoso y vital que “esa plataforma de antiguas piedras inanimadas” que era la Acrópolis, pero, por otra, aborrecía la suciedad, entre otros aspectos de la Grecia contemporánea:
«En Grecia tienes la sensación, a menudo, de que hace rato que ha pasado la procesión, que has llegado demasiado tarde, y que importa muy poco lo que piensas o sientes. La Grecia moderna es tan endeble y frágil, que se cae a pedazos en cuanto la comparas con el fragmento más tosco de la antigua.»
El estado de Vanessa pudo influir en sus percepciones; en el relato de la enfermedad de Rachel, en Al faro, quedan rastros de lo desesperante que debió haber sido acompañar su convalecencia en un país con una cultura tan distinta y, por entonces, con deficiencias evidentes en cuestiones asistenciales, con médicos que generaban más desconfianza que tranquilidad. Como miembro de una clase educada en los textos griegos, Virginia comprobaba que la Grecia moderna le era ajena, y los escritos inspiradores de Platón, Sófocles o Eurípides solo iluminaban escasos y preciosos momentos del viaje, como un encuentro con un monje griego al que se refiere en sus diarios y que retoma más tarde en “Diálogo en el Monte Pentélico”, uno de sus primeros relatos.
En su diario de viaje, Virginia también deja constancia de los paseos a lomo de mula, de sus visitas nocturnas a la Acrópolis, al Partenón, “todavía radiante y joven”, y a Eleusis —a la que siente que llegaron doscientos años demasiado tarde—,a Nauplia, a Epidauros y su anfiteatro, al ágora de Micenas, los templos de Platón. Según puede leerse en sus cartas y diarios, siempre hubo una tensión subyacente entre la percepción de la Grecia moderna y el resplandor de algunas visiones, relacionadas con el pasado, que iluminaban un proyecto de viaje largo tiempo acariciado e idealizado. Los mendigos, los atenienses que desconocían el griego antiguo, las chinches en la cama del hotel de Corintio contrastaban con la “serena inmutabilidad” de algunas bellas esculturas. A pesar de la constante dicotomía, Virginia sintió que en ocasiones Grecia podía ser “un lugar humano e inteligible, hogareño y acogedor, en vez de una espléndida superficie”.
Los hermanos se separaron en el final del viaje, y Thoby regresó a Londres el 21 de octubre. El resto del grupo partió para Constantinopla. Se embarcaron en e l Dalmatia, de la compañía Lloyd de Austria, y a eso de las cinco de la tarde vieron por última vez Atenas. Virginia se despidió de “la ciudad [que] parecía brillar una vez más con su bellísima y antigua apariencia”. Al día siguiente navegaron cerca de la costa de Asia Menor, y esa noche pasaron por el estrecho de los Dardanelos, delante de Troya. Cuenta Virginia:
“Cuando despertemos a las cinco y media de la mañana quedaremos expuestos de inmediato a todo el esplendor de Constantinopla”. A las seis de la mañana, desde la cubierta del Dalmatia, Virginia contempló la ciudad y la catedral de Santa Sofía, donde poco después asistían a un servicio religioso: “Observamos una escena que nos resultaba imposible de entender, y oímos los verdaderos evangelios comentados en una lengua desconocida”. Lo cierto es que Turquía podía resultar más difícil de comprender que Grecia, y Virginia escribía en su diario:
«Contemplamos [a los fieles] como podríamos haber contemplado a criaturas en una jaula, pero la verdad es que esas criaturas no eran ni prisioneros ni seres inferiores a nosotros. Permitían que los observáramos, pero nunca iban a permitir que rezáramos con ellos.»
En los caminos y en los puentes confluía una enorme marea humana, acompañada de caballos y carruajes: lo mismo podía divisarse a un diplomático inglés que a un nativo mientras pregonaba un peregrinaje a la Meca. En cuanto a la Turquía contemporánea, era poco lo que Virginia sabía. “Hace apenas diez años los turcos y los armenios se mataban sin piedad unos a otros en las calles”, señala lacónicamente. Aunque le habían dicho que las mujeres de Constantinopla permanecían lejos de las miradas y ocultas tras sus velos, y que una mujer europea caminando sin velo por la calle podía ser castigada, pudo comprobar que muchas europeas iban solas y sin velos y notó asimismo que, de ser necesario, algunas mujeres nativas también se lo quitaban.
Durante la segunda parte del viaje, Vanessa cayó enferma una vez más, por lo que todos deseaban volver a Inglaterra. Viajaron en el Expreso de Oriente, y cuando llegaron a Londres, el 1° de noviembre, encontraron a Thoby en su cama, con fiebre; los médicos le diagnosticaron malaria o neumonía. En principio, Virginia, que cuidó a su hermana y a su hermano en Gordon Square, temió más por Vanessa que por Thoby, y junto a Adrian debieron hacerse cargo de la casa y de atender a sus hermanos enfermos. Comenzaron otra vez las visitas de los médicos y los temidos errores de diagnóstico. Para combatir la malaria, medicaban a Thoby con quinina, pero, finalmente, la inquietud de su enfermera y los síntomas que presentaba les hicieron ver que se trataba de fiebre tifoidea.
También Violet había enfermado, y Virginia le escribía todos los días, pero durante un mes le ocultó la gravedad de Thoby: “Comienzo diciendo que mi hermano tiene fiebre tifoidea, mi hermana apendicitis; no te rías”. Hasta fines de año, Virginia le escribió a Violet cartas cariñosas en las que, además de informarle acerca de la evolución de los enfermos, le decía cuánto la extrañaba. Sentía que su corazón latía por ella. “Y dicho esto, me acurruco en mi esterilla, me pongo panza arriba, y dejo que me busques pulgas”.
Bromas aparte, el cuidado de los enfermos era una tarea de tiempo completo: “He estado hablando con enfermeras durante 24 horas”, aseguraba Virginia, que ya no tenía tiempo para escribir y que ni siquiera podía conversar mucho con su hermana sin agotarla. Por fin, Nessa comenzó a recuperarse, pero no pasó lo mismo con Thoby. De no tratarse rápidamente, la fiebre tifoidea puede complicarse con una perforación de intestinos; eso es lo que sucedió, con la consecuente peritonitis, que podía resultar fatal. La operación era difícil y de alto riesgo, pero la situación se presentaba crítica: Thoby sufría de fuertes dolores y episodios de delirio. Aunque se encontraba cada vez más débil, fue operado el 17 de noviembre. Tres días después falleció “en paz y sin dolor”.
El golpe fue tremendo, pero Virginia se encontraba fortalecida y pudo asumir el dolor sin desesperarse. Como Violet seguía muy delicada, le aconsejaron que no le contara lo sucedido. Así pues, durante casi un mes le ocultó la muerte de Thoby. El tono optimista de las cartas que le escribió durante ese período a su amiga le exigía una suerte de desdoblamiento; además de inventar la supuesta recuperación de su hermano, improvisaba diálogos y coqueteos entre él y las enfermeras. Su hermana Vanessa, apenas dos días después de la muerte de Thoby, y a pesar de que poco antes le había escrito a Clive diciéndole que sería mejor que no se vieran al menos por un año, aceptó, en forma imprevista, contraer matrimonio con él. La inesperada noticia del compromiso sorprendió y sumió a Virginia en una nueva soledad.
Una boda inesperada
Abrumada y sin poder desahogarse con Violet, que estaba convaleciente, Virginia informaba a su amiga sobre el futuro matrimonio y, por otra parte, le seguía ocultando la muerte de Thoby. Su único consuelo era la lectura de las poesías de Christina Rossetti, a la que consideraba la mejor poeta desde Safo. En un clima semejante era difícil encontrar motivos de alegría; aun así, se sintió halagada cuando Fred Maitland le mostró —ya publicada la biografía de Leslie— unas cartas en las que ciertas distinguidas personalidades aseguraban que las páginas que ella había escrito se destacaban por su belleza. Por entonces también Walter Headlam le agradecía unos textos que le había enviado años antes, y Virginia se ilusionaba pensando: “¿Cuántas de mis cartas saldrán así a la luz y darán fruto? Quizás esté incubando sabe Dios qué glorias”.
Pero los elogios apenas disimulaban el dolor que sentía tras la muerte de Thoby; pesar al que la decisión intempestiva de Vanessa le había quitado toda posibilidad de expresión. Contrariada en sus sentimientos, Virginia no llegaba a oponerse ni se atrevía a juzgarla, pero, como había sucedido durante su enfermedad, otra vez las hermanas estaban en posiciones antagónicas. Nessa lucía contenta y atareada con su compromiso; pensaba casarse muy pronto y, ocupada en sus planes, apenas le quedaba tiempo para elaborar el duelo por la muerte de Thoby. Antes de fin de año, los hermanos y Clive decidieron que el matrimonio se mudaría a una casa aparte. Virginia estaba convencida de que sería un error vivir todos juntos e incluso consideraba “peligroso” residir en la misma calle o manzana. Creía, además, que la distancia conveniente eran unos “diez minutos a pie”.
Finalmente, el 18 de diciembre, leyendo en el diario una reseña sobre la biografía de Leslie, Violet se enteró de la muerte de Thoby. Virginia se disculpó con ella y reconoció que, por temor a que la noticia interfiriera con su recuperación, no se había atrevido a contarle la verdad. También le aseguró que, en esos momentos, su amistad y la presencia de Adrian fueron lo que la alentaron a seguir viviendo. Días después, al enterarse de la repentina muerte de Fred Maitland, Virginia escribía: “La cantidad de dolor que se acumula en uno aumenta a diario”. En ese contexto, la alegría de Vanessa era irritante y difícil de entender, y apenas podía tolerarla. Tampoco le encontraba ningún atractivo a su futuro cuñado, que resultaba una figura extraña si lo comparaba con el tipo de intelectual ascético que había encarnado Leslie o, incluso, con el estilo apolíneo de Thoby, a quien sus amigos llamaban el “the God’ (el Dios); en un tono confidencial, le escribía a Violet:
«Deseo que toda mi dulzura embellezca la felicidad de Nessa. A veces todo esto me parece extraño e intolerable. Cuando pienso en papá y en Thoby, y luego veo a esa curiosa criaturita cuando contrae su piel rosada y lanza su pequeño espasmo de risa, me pregunto qué extraña rareza tiene Nessa en la vista. Pero eso no lo digo, ni lo diré, excepto a ti.»
Refugiarse en la lectura de Keats —“dioses griegos, y cielos ámbar, y sombras como agua que fluye, y todas sus palabras grandiosas, palpables”—, resultaba un pobre consuelo. Pero contraponer la poetizada figura de Thoby con la de Clive, y preguntarse por qué Vanessa lo había elegido, no era una actitud exclusiva de Virginia. Esa pregunta también se la hacían aquellos que, como Lytton Strachey, habían idealizado a Thoby al punto de preguntarle a Leonard Woolf —tan agnóstico como él mismo— si no pensaba que por el solo hecho de haber producido a quien ellos bautizaron “the God”, Dios podría justificar la existencia del mundo. Ser amigo de Thoby había facilitado la inclusión de Clive en Bloomsbury, pero mientras que Lytton lo catalogaba como “un misterio”, Leonard Woolf pensaba que, intelectualmente, Clive estaba “sentado a los pies de Lytton y Thoby”. Por eso, cuando en Ceilán Leonard se enteró del compromiso, le escribió a Lytton: “¿Bell? y ¿Vanessa? Estoy demasiado cansado como para que me importe toda esta parodia”. En julio de 1905, Lytton hizo una descripción de Clive, que explica con claridad lo que él y Leonard opinaban:
«Está la capa de los caballeros rurales, que lo obliga a retirarse a las profundidades de Wiltshire a fin de cazar perdices. Está la capa París decadente, que lo lleva al quartier latin donde habla de pintura y depravación con artistas estadounidenses y modelos francesas. Está la capa del siglo XVIII, que adora a Thoby Stephen. Está la capa de inocencia que adora a la hermana de Thoby. Está la capa de la prostitución, que se muestra en una asombrosa cabeza de cabello rizado pajizo. Y luego la capa de la estupidez, que atraviesa todas las otras capas.»
Por su parte, y tal vez con el recuerdo de Stella en mente, ante lo inusual de la felicidad de su hermana, Virginia le escribía a Violet: “Creo que por eso se siente tan feliz; es una especie de economía, porque puede que no dure”. ¿Estaban asociados sus temores a las consecuencias que la unión sexual podía implicar? Cabe recordar que Stella había muerto después de su luna de miel, y embarazada; en su caso, a pesar de las buenas intenciones de todos, del amor de Jack y de los auspicios favorables, la catástrofe se había ensañado con ellos. Lo cierto es que Virginia se despidió de ese año con pensamientos tristes: “El mundo está lleno de bondad y estupidez. Quisiera que todos dejaran de decirme que me case. ¿Es la irrupción de la cruda naturaleza humana? Para mí es repugnante”.
Entre tanto Vanessa optaba por la negación, se refugiaba en el presente y proyectaba hacia el futuro. Y así escribía, casi justificándose:
«Creo de veras que Thoby no desperdició su vida. Fue tan feliz, espléndidamente feliz, en especial en estos dos últimos años, con todo por delante, además de las mejores perspectivas y la posibilidad de ver constantemente a todas las personas que más quería, que la tristeza parece egoísta y fuera de lugar, más que con la mayoría de la gente. Pero sin embargo siento que no puedo comprender nada, excepto el hecho de que soy más feliz que nunca, y que cada día lo soy más.»
Para ser alguien que se consideraba a sí misma “iletrada”, Vanessa hace un excelente juego de palabras en la que señala que “sería egoísta” entristecerse, evadiendo la cuestión de lo egoísta que podía parecer su felicidad a los ojos de sus otros hermanos, en duelo por la muerte de Thoby. A Virginia le costaba aceptar la alegría de Nessa, y aunque no quería mostrarse egoísta u opacarla, tampoco era fácil recibir las cartas en las que su hermana se refería a lo feliz que estaba con su noviazgo y en las que también solicitaba una suerte de apoyo:
«Me pregunto si otras parejas comprometidas se ven como nosotros nos vemos […]. A veces me pongo morbosa y pienso que debo de estar aburriéndolo o que todo esto es demasiado hermoso para ser verdad, y que alguna horrible catástrofe va a suceder, pero después de todo supongo que es verdad, ¿no? ¿Qué opina tu mente filosófica, Billy?…»
Se podría decir que, al casarse con uno de los amigos de Thoby, Vanessa lograba no perder del todo a su hermano, y es posible que de manera inconsciente esa fuera una forma de fidelidad a su fantasma. De todas maneras, casarse con un amigo de Thoby puede entenderse como una suerte de endogamia que tampoco Virginia pudo evitar. En esos momentos, lejos de compartir el ánimo festivo de Vanessa, Virginia se volcó aún más hacia Violet y también descubrió que podía encontrar consuelo en la amistad con Katherine Furse, quien había quedado viuda y cuya valentía, pensaba, era mejor que el genio e incluso que la virtud. El caso es que esa Navidad Virginia debió recurrir a una dosis extra de valor; apenas había transcurrido un mes después de la muerte de Thoby cuando acompañó a Nessa a la “rica e iletrada casa” de la familia Bell, la Cleeve House en Wiltshire, “una mole victoriana que quería hacerse pasar por mansión señorial jacobina. Aspira al grandeur pero solo logra parecer pequeña”.
La casa, construida en 1857, fue refaccionada en 1897 cuando el padre de Clive “rodeó el edificio original con agregados pseudogóticos y jacobinos, persiguiendo un intencionado eclecticismo que definía toda la decoración”. Después de conocerlo, Virginia concluyó que el padre de Clive era un caballero rural alegre y amable, aunque sospechaba que no había cursado estudios superiores. En cuanto a la madre, la describió como “una mujer con cara de conejo, flaca y encorvada, con mechones canosos, delicadas arrugas en el rostro y ojos azules ansiosos y abstraídos”. Durante una comida familiar, cuando las hermanas de Clive se presentaron a la cena, siguiendo el estilo rural que las caracterizaba, vestidas en satén celeste con lazos en el pelo, los Stephen no se sintieron cohibidos, e incluso Virginia se perdió en vagos y fantásticos monólogos. Pero tras el clima cordial, empezaron a manifestarse los sentimientos de extrañeza. Sentía que se encontraba entre desconocidos, en una casa llena de animales, algunos disecados, otros vivos, y por cierto donde los animales eran el principal tema de conversación de aquella gente. Para Virginia, “la nota que caracterizaba la casa entera” era “un tintero hecho de la pezuña de un caballo de caza favorito”. En un momento, y víctima de un arranque temperamental, salió huyendo del lugar; regresó poco después, resuelta a comportarse de manera ejemplar y, finalmente, reconoció que Clive era una persona interesante y que Nessa parecía muy feliz y “más ella misma que antes”. De hecho, el cambio de Vanessa era radical; el noviazgo y las perspectivas de matrimonio operaron una transformación que Virginia no podía menos que admirar:
«Llevaba un paño de gasa, rojo como la sangre, aleteándole sobre los hombros, una bufanda morada, un gorro de cazador, una falda de tweed y grandes botas marrones. Y entonces el cabello le cayó sobre la frente, y estaba bronceada, radiante y vigorosa como un joven dios.»
Aunque creía que le faltaba inspiración, por fin Virginia debió reconocer la sensibilidad artística de Clive y optó por aceptar que él y su hermana hacían una buena pareja. A fin de cuentas, escribía: “La querida Nessa no es ningún genio, aunque tiene todas las dotes humanas; y el genio es un simple accidente”.