CAPÍTULO XII - 1909
Comunión de intelectos
UN día, mientras daban un paseo por el campo, Lytton le preguntó a Clive: “Dejando aparte el amor, ¿a quién te gustaría ver aparecer por el camino?”. Los amigos se sorprendieron al coincidir: “Por supuesto, a Virginia”.
A pesar de que se trataba de una atracción intelectual y de la homosexualidad de Lytton, Vanessa vaticinó que la preferencia de ella por la compañía de mujeres y la “sodomía” de él podían dar lugar a una buena relación de pareja. Pero, en realidad, Nessa no se podía engañar, y confesaba: “Entre todos los que conozco, me gustaría tener a Lytton como cuñado, pero veo que la única manera en que eso podría llegar a pasar sería si se enamora de Adrian”.
La unión de Lytton y Virginia hubiera sido la de dos intelectos brillantes que se entendían y respetaban. Pero en los años que siguieron, las aspiraciones literarias de ambos dieron lugar a una amistad siempre teñida de competitividad, y que estuvo velada por los deseos de cada uno de ocultarle al otro sus puntos débiles. Virginia, que deseaba lograr el “aplauso” de Lytton, con el tiempo terminaría por encontrar a su amigo tan encantador como enfermizo, envejecido, mezquino: cubierto de “una especie de funda de egoísmo”.
Lytton representaba más que ninguno el espíritu de Cambridge que ella admiraba y criticaba en igual medida, característica que trasladó a la ficción en el primer retrato que hizo de él como St. John Hirst en Fin de viaje. Allí Hirst incita a la protagonista a leer a Gibbon para comprobar su capacidad, pero también es una figura patética, cuya desnudez “infundía compasión” y que “nunca había sido feliz” Además, aunque en la novela Hirst representa a uno de los hombres más inteligentes de Inglaterra y desea profundamente agradar, inspira rechazo. Más adelante Lytton reaparece en el personaje de Neville en Las olas, preguntándose otra vez si su destino es “causar siempre repulsión a quienes amo”. Su homosexualidad, en tanto, se plasma en la relación con su amigo Percivall, personaje inspirado en Thoby Stephen, y en el dolor que siente con su muerte.
En 1909, Lytton sufría porque su amante, el pintor Duncan Grant, lo había dejado por su íntimo amigo, el también apóstol y luego famoso economista Maynard Keynes. Como le sucedía a Virginia, Lytton tenía muchas expectativas respecto a un futuro profesional todavía incierto; y como su homosexualidad no impedía que fantaseara con la posibilidad de unirse a su amiga, le escribía a Leonard Woolf diciendo que no se sorprendiera si algún día oía que se había “casado con Virginia”.
Por su parte, desde Ceilán, Leonard Woolf seguía con interés lo que sucedía con su grupo de amigos. En principio se había interesado por Vanessa, pero ya que ella estaba casada, comenzó a pensar en Virginia. A principios de febrero le escribió a Lytton una carta en la que le decía que casarse con ella podría llegar a ser “lo más maravilloso del mundo”, el “único camino a la felicidad”. Refiriéndose a su propia soltería, Leonard agregaba: “¿Crees que Virginia me aceptará? Telegrafíame si acepta. Tomaré el primer barco a casa”. Curiosamente, Lytton recibió esa carta apenas dos días después de pedirle a Virginia, en un arranque emotivo, que se casara con él. A vuelta de correo, le relató la ocasión a Leonard:
«Tu carta ha llegado en este instante… con tu propuesta a Virginia […] Eres maravilloso, y quiero echarte los brazos al cuello. ¡Todo lo que dices da precisamente en el blanco en este momento! ¿No te parece curioso que nunca haya estado enamorado de ti? Y creo que nunca lo estaré. Me haces sonreír y me conmueves —¡ah! cuánto quisiera que estuvieras aquí […] Estoy muy enfermo y bastante emocionado… por tu carta.
Antes de ayer le propuse matrimonio a Virginia. Mientras lo hacía, me di cuenta de que sería terrible si aceptara, y me las arreglé, desde luego, para evadirme antes de terminada la conversación… Creo que no cabe duda de que tú deberías casarte con ella. Serías lo suficientemente grandioso y cuentas con la inmensa ventaja del deseo físico. Si vienes y le propones matrimonio, aceptará. De veras lo haría.»
Las especulaciones de Leonard liberaban a Lytton de lo que ahora consideraba un error; en un párrafo escrito al día siguiente, agregaba:
«He tenido un éclaircissement con Virginia. Dijo que no estaba enamorada de mí, y me di cuenta finalmente de que no me casaría con ella. Así que las cosas se han revertido sencillamente. Quizá mejor no le comentes este asunto a Turner, quien ciertamente no se encuentra sobre el tapete. Le dije a Vanessa que entregara tu propuesta, así que quizá tú sí lo estás.»
Durante la conversación con Lytton, habiendo comprendido lo inconducente de la petición, Virginia lo liberó de su compromiso y le aseguró que, de todas maneras no lo amaba, por lo que es probable que él no volviera a pensar en el asunto. Aun así, Vanessa no se desalentaba, y a fines de ese año todavía tenía esperanzas de que Virginia se casara con Lytton en los próximos meses “o, en cualquier caso, que esté totalmente comprometida con él”. Ni siquiera Clive desestimaba la unión y llegó a sugerir: “Lytton se ha vuelto un mujeriego”. Por su parte, Lytton se desvinculaba del tema e insistía ante Leonard:
«Quizá te encuentres empacando para venir a casa […]. Si vienes, como creo que te he mencionado, podrías casarte con Virginia. […] Inténtalo. Es una mujer sorprendente, y yo soy el único hombre en el mundo que podría rechazarla; e incluso, a veces tengo mis dudas. Podrías, desde luego, ofrecerle matrimonio a través de un telegrama, y probablemente te aceptaría. Eso está muy bien, pero de todos modos vas a tener que regresar.»
Dos meses después, el 21 de agosto de 1909, Lytton retomó la cuestión con creciente urgencia:
«Tu destino está claramente trazado, pero ¿permitirás que funcione? Debes casarte con Virginia. Te está esperando, ¿hay alguna objeción? Es la única mujer en el mundo con esa gran inteligencia. Es un milagro que exista, pero si te descuidas vas a perder la oportunidad. En cualquier momento podría irse con Dios sabe quién. ¿Duncan? Es muy probable. Ella es joven, rebelde, inquieta, insatisfecha, y está ansiosa por enamorarse. Yo en tu lugar le mandaría un telegrama. De todas formas, ven a verla antes de fines de 1910… Creo que Saxon… se encuentra en este momento en Bayreuth con Virginia y Adrian. Pero no debes preocuparte por él; aunque, por otra parte, no sé cuántos barones encantadores andan por allí.»
Además de su inteligencia y agudeza, Virginia y Lytton tenían otros rasgos en común; ambos se sentían descontentos con su físico, los dos declaraban abiertamente su necesidad de recibir afecto, y tenían una sensibilidad que, acompañada de su genio, los hacía verse a sí mismos como personalidades extrañas, incluso pintorescas. Poco después de recibir la declaración de Lytton, y probablemente estableciendo analogías con la situación por la que atravesaba, Virginia reseñó un libro de cartas entre Carlyle y su mujer. En la reseña resaltó aspectos de la amistad que los habían conducido al matrimonio:
«Su genio y sus ambiciones eran el vínculo en que podían reconocerse. Pero a medida que empezaron a conocerse mejor, el tono de sus cartas se volvió más atrevido. Aunque nunca hablaran de amor, descubrieron que podían hablar de muchas otras cosas, y en forma gradual sus primeros arrebatos, aunque poco intensos, se fueron convirtiendo en una relación más definida. Descubren que son personas notables: “dos excéntricos, por cierto… es muy bondadosa la Fortuna que nos ha juntado; de otro modo tal vez hubiéramos seguido cada uno por su lado hasta el fin de los tiempos”.»
El matrimonio de Carlyle, aunque no feliz, fue intenso y a la vez célibe. Tal vez por eso, y proyectándose hacia un posible matrimonio con Lytton, Virginia escribía: “Ella se casó con él, y si fue una tragedia, una mirada a sus cartas nos convence, sin embargo, de que fue una tragedia noble”. En el contexto de afinidades entre Lytton y Virginia, el deseo sexual estaba excluido. ¿Qué impulsaba a Virginia a restarle importancia a ese aspecto y a insistir en la posibilidad del matrimonio? Por una parte, para la época no era tranquilizador no estar casada a los veintisiete años, y su soltería se alargaba peligrosamente. Además, y después de los avances abusivos de sus hermanastros y de las fuertes represiones, su propia sexualidad no se definió por su cauce natural, sea cual fuere su signo. Más bien, se había desviado hacia terrenos en los que se contaminaba con otros sentimientos y emociones, como la culpa y el rechazo. Por otra parte, su entorno comenzaba a comparar su femineidad con la de Vanessa, en quien el despertar sexual había desarrollado una intensa sensualidad. Pero al propiciar el matrimonio de Virginia con Lytton, un homosexual asumido, Vanessa le negaba a Virginia la posibilidad de experimentar algo similar. Resultaba claro que el matrimonio de Virginia con Lytton sería una comunión de intelectos[126] —carrera que sentía que llevaba perdida desde siempre—, y en la repartición de dones a los que las hermanas eran afectas, Nessa seguiría ostentando su supremacía de diosa de la fecundidad y de la sexualidad.
Señalamos que, socialmente, la homosexualidad de Lytton no era percibida como un obstáculo para el matrimonio. Resulta que entre ciertos grupos, como sucedía con los Apóstoles, o entre otros alumnos de Cambridge, para quienes las mujeres eran sujetos extraños, con intereses y formación intelectual inferior, y además sometidas a una educación aislada y represiva, eran comunes las amistades románticas entre individuos del mismo sexo. Estas relaciones con rasgos pasionales solían dar salida a afectos y emociones reprimidas y podían incluir la iniciación sexual. Se daban casos, como el de Adrian, en el que la homosexualidad derivó en la heterosexualidad; y ese fue el contexto en el que Clive intuyó un posible cambio en las preferencias sexuales de Lytton.
El juego de la libertad
Durante los primeros tiempos de Bloomsbury, la presencia de Thoby y la educación cargada de tabúes todavía tenía su influencia, pero luego todo cambió. Así lo recordaba Virginia:
«Era una noche de primavera. Vanessa y yo nos encontrábamos en la sala de estar […] De un momento a otro llegaría Clive y comenzaríamos a discutir — amigablemente y, al principio, en forma impersonal, pero muy pronto empezaríamos a lanzarnos insultos e injurias, caminando de un lado a otro por el cuarto. Vanessa estaba sentada en silencio, y hacía algo misterioso con la aguja y las tijeras. Yo hablaba, egoístamente, muy agitada, sobre mis propios asuntos, sin la menor duda. De pronto se abrió la puerta y la siniestra figura del señor Lytton Strachey hizo su aparición en el umbral. Señaló con el dedo una mancha en el vestido blanco de Vanessa.
—¿Semen? —preguntó.
¿Se puede decir una cosa así, realmente?, pensé. Y todos soltamos la carcajada. Con esa sola palabra cayeron todas las barreras de prudencia y reserva. Pareció como si un torrente del sagrado fluido nos inundara a todos a la vez. La sexualidad impregnó nuestra conversación. Siempre teníamos la palabra sodomita en el borde los labios. Discutíamos sobre el acto de copular con el mismo entusiasmo y con la misma franqueza con que habíamos discutido la naturaleza del bien. Qué raro resultaba pensar en lo circunspectos y reservados que habíamos sido, y durante tanto tiempo.»
Esa liberalidad en la conversación marcaba un antes y un después. Una zona de pasaje entre actitudes diametralmente opuestas que no dejaba de asombrar a los propios protagonistas. Al respecto Virginia escribía: “No deja de asombrarme ahora que, hasta el año 1908 o 1909, Clive se hubiera ruborizado, y yo también, cuando le pedí que me dejara pasar para ir al retrete en el expreso francés”. Aun así, sería un error pensar que la libertad del lenguaje llevaba a otras libertades. Sexualmente, Virginia seguía siendo inexperta e ingenua; percibiéndolo, en 1909 Lytton le escribió a Leonard Woolf dando cuenta de lo difícil que fue explicarse después de su precipitada proposición: “¿Cómo se supone que una virgen comprenda? Verás, ella es su nombre”.[127] Lo cierto es que, de pronto, Virginia comenzó a vislumbrar otras realidades, pero siempre mantuvo una reserva y se refirió a los homosexuales utilizando el término de “sodomitas”.
Y fue a través de las confesiones de sus amigos homosexuales y de la experiencia de Vanessa que intentó definir su propia sexualidad. Pero ni las emociones, las fluctuaciones en los afectos, las rivalidades, los celos, y toda la gama de posibilidades que implicaban esas relaciones, nada de eso la instruyó ni le sirvió a la hora de comprender sus propias inclinaciones y deseos. Como confidentes u oídos atentos, tanto Virginia como Vanessa tomaban contacto con una forma de existencia que hasta entonces desconocían. Pero la empatía no era suficiente, y a pesar de convertir a Vanessa en su confidente,[128] Lytton se preguntaba hasta dónde podía comprenderlo y le escribía a Leonard Woolf:
«Pero ella no ve la verdadera conmoción de todo esto. No comprende el profundo dolor de Duncan y la confusión de mis estados. Volví a copular con Duncan esta tarde; y ahora él está en Cambridge copulando con Keynes. No sé si me siento feliz o infeliz»
¿Dónde había quedado el viejo mundo lleno de convenciones y atavismos? Virginia señaló:
«Las ideas sentimentales que solíamos tener acerca del matrimonio, por la educación que recibimos, se alterarían radicalmente. Ahora me avergonzaría confesar la edad que tenía cuando me di cuenta de que no había nada escandaloso en el hecho de que un hombre tuviera una amante, o en que una mujer lo fuera. Quizá la fidelidad de nuestros padres no era la única o, inevitablemente, la forma más elevada de vida matrimonial. Quizás, incluso, esa fidelidad de nuestros padres no era tan estricta como suponíamos. “Por supuesto, Kitty Maxse tiene dos o tres amantes”, dijo Clive. ¡Kitty Maxse, la casta, la exquisita, la fiel! Una vez más, la vida cambiaba en todos sus aspectos.»
Pronto quedó demostrado que los integrantes de Bloomsbury se sentían libres de considerar posibles las uniones más dispares: en 1907 no los asombraba que Lytton le hubiera escrito a Duncan Grant: “Creo que casi podría casarme con Vanessa y podría hacerlo con Clive”; y que aquel le contestara: “Creo que tal vez podría llegar a gustarme estar casado con Virginia, pero no con Clive. ¿Piensas, supongo, que esto sería raro?”.
Como puede verse, la bisexualidad era un tema por considerar. Tal fue el caso de Duncan Grant, una figura emblemática y significativa. Primo de Lytton, había pasado su infancia en la India y en Birmania. Luego lo mandaron a Londres a estudiar, vivió con la familia Strachey, y gracias a la intervención de lady Strachey, su padre le permitió ingresar en Westminster Art School. En 1905, fue presentado en el Friday Club, pero no se convirtió en uno de los integrantes fundamentales de Bloomsbury hasta 1907, después de encontrarse con Adrian y Virginia en París. Amante de Lytton entre 1905 y 1906, Duncan también tuvo relaciones con John Maynard Keynes y con Adrian. Esto hacía que en esos momentos, y aunque encontrase encantadora a Virginia, no fuera para ella un candidato a tomar en serio.
Muchos de los miembros de Bloomsbury se enamoraron de Duncan Grant, un seductor que se hacía querer. Como no tenía dinero, sus amigos le prestaban “prendas de vestir — recordaba Virginia— que siempre mostraban tendencia a deslizarse hacia el suelo. Nos pedía piezas de porcelana para pintarlas y los viejos pantalones de mi padre para ir a fiestas y reuniones”. Duncan también podía sustraer alimentos de la despensa y malquistarse por ello con Sophie, la cocinera, pero como sucedía con los demás, acababa por conquistarla. Como señaló Virginia, Duncan “parecía dejarse llevar por la brisa suavemente, pero siempre aterrizaba en el lugar que quería”.
Los amigos de Thoby habían recibido a sus hermanas como una suerte de legado: Clive se casó con Vanessa y no pudo resistirse al encanto de Virginia. También Lytton, aun a pesar de sí mismo, llegó a considerar la posibilidad de contraer matrimonio con Virginia. Por su parte, las hermanas conocían a los amigos de sus amigos. Cada vez más en confianza, a principios de 1909 los integrantes de Bloomsbury comenzaron, a modo de juego y experimento literario, un intercambio de correspondencia, en el que los participantes tenían nombres ficticios.[129] Durante el juego, Lytton le dio a entender a Virginia que había percibido que Clive estaba enamorado de ella. Virginia le contestó:
«“¿Así que te has dado cuenta? ¡Qué inteligente eres y qué cruel! […] ¿No piensas que esas ‘extraordinarias conclusiones’ que tanto aprecias puedan ser bastante incómodas para mí, y quizás (aunque realmente no voy a admitirlo) un poco incómodas para Clarissa?”»
El juego epistolar no duró mucho; los nombres ficticios apenas podían ocultar las verdaderas identidades de los participantes y la diversión se convirtió en un asunto riesgoso, que daba lugar a agresiones personales, ya que, entre otras cosas, Clive renovaba sus atenciones a su cuñada con ímpetu y ardor fuera de lo común, y Vanessa se sentía herida. El juego terminó y no alcanzó a distraer a Virginia (que estaba pasando por un período literario muy productivo) de sus ocupaciones principales. Por entonces, sus colaboraciones periodísticas eran numerosas y también continuaba con su novela. La escritura de esta última inauguraría un estilo de trabajo tenaz y absorbente, que en ocasiones la pondría al borde del abismo; de hecho, la amenaza de la locura subyacía tras el trabajo maníaco, una cuestión que preocupaba a Vanessa y a Violet, con quienes Virginia hablaba de las tendencias egocéntricas a las que la llevaba ese tipo de actitud obsesiva:
«Nunca puedo quitarme de la cabeza el sonido de mi propia escritura. Eso es lo que sucede cuando se es tan egoísta como yo. No me sorprendería que Dios me dejara sorda y ciega, y dispusiera que mis propias melodías me trituraran el cerebro a perpetuidad, a modo de penitencia.»
Una visión propia
Al mismo tiempo que Virginia trabajaba seriamente en su escritura, Vanessa se veía absorbida por la maternidad. Entre tanto, Clive reconocía: “Como todos los hombres que no hacen nada, estoy siempre extremadamente ocupado en ese trabajo”.
Muchos años después, Clive confesaría su orgullo por haber sido destinatario de las primeras cartas en las que Virginia escribía sobre su primera novela y sobre sus dificultades como artista. Que ella declarara “fuiste la primera persona que creyó que podía escribir bien”, decía Clive, podía considerarse “el mayor motivo de orgullo” para él.
Por su parte, en 1909, Vanessa le escribía a su hermana: “Supongo que te sientes feliz de volver a trabajar en Mel [Melymbrosia]. Te envidio. No sé qué daría por disponer de dos meses para trabajar de manera constante e ininterrumpida. Aquí […] hago algunos bocetos desde la ventana, y también [bocetos] de Julian… ¿Te embarcarás en la maternidad?”.
Bajo una apariencia de calma, la relación entre las hermanas atravesaba por una de sus crisis más importantes; Vanessa siempre recordaría esa época de dolor. Años después, en 1918, Duncan Grant anotó en su diario que, en una conversación con él, Vanessa “habló de Virginia como de la persona de quien había estado más celosa en una época en que la admiraba más que a ninguna de las mujeres que conocía”. Pasaron los años, pero Virginia tampoco olvidó esos momentos, y en una carta de 1925 manifestó que su affaire con Clive y Nessa “se volvió como un cuchillo contra mí, como nada lo hizo jamás”. Si bien no llevaron su relación a un plano sexual, Vanessa sintió que su marido y su hermana la traicionaron, y eso le provocó un dolor del que nunca hablaría abiertamente. Incluso Angelica, la hija menor de Vanessa, reveló en sus memorias que la relación entre las hermanas se veía atravesada por una gran “cautela por parte de Vanessa y una desesperada petición de gracia por parte de Virginia”.
Aun así, sería un error pensar en Virginia como en una femme fatale o devoradora de hombres. Es más verosímil creer que el apoyo y la admiración de Clive contrarrestaban su sensación de inseguridad, y que no tenía fuerzas para rechazar sus avances, en tanto estaban acompañados por cartas como esta:
«Puedo decirte ahora, con la conciencia tranquila, lo que de veras pienso de tu novela: es maravillosa. Mientras la leía, quizá lo que más me impresionó fue lo que considero el perfeccionamiento de su prosa. Tengo la impresión de que les otorgas a las palabras una fuerza que solo se suele encontrar en la mejor poesía; llegaron tan cerca de la verdad que las subyace hasta donde les es posible llegar a las palabras, según mi parecer […]. No me atrevo a opinar sobre Helen, pero creo que conseguirás que Vanessa crea en sí misma.»
Además de las alabanzas, Clive también señalaba cuáles pensaba que eran los puntos flojos de la trama de Melymbrosia. En su crítica despuntaba el orgullo de hombre herido, ya que le parecía excesivo el contraste entre “las mujeres sutiles, sensibles, llenas de tacto, amables, delicadamente perceptivas y perspicaces y los hombres obtusos, vulgares, ciegos, floridos, groseros, faltos de tacto, categóricos, inoportunos, vanidosos, tiránicos y estúpidos”. Clive creía que insistir en esas diferencias “no solo era absurdo, sino más bien malo como arte”. De todas maneras, sus críticas no impedían que reconociera en el texto aspectos de lo “sobrenatural, lo mágico, que [le parecían] tan bellos como lo mejor que se haya escrito en estos últimos cien años”. Por su parte, aunque tomaba en serio sus opiniones, Virginia defendía su posición: “Posiblemente, por motivos psicológicos que me parecen muy interesantes, un hombre, en el estado actual del mundo, no es un buen conocedor de su propio sexo, y una ‘creación’ puede parecerle ‘didáctica’”. También, le interesaba señalar las dificultades en la comunicación propias de los jóvenes de su época y clase social: “¿Por qué las mujeres de dieciocho años y los jóvenes de veintiún años tienen menos que decirse que todas las otras criaturas de Dios?”.
Desde su primera novela, Virginia intentó conjugar una escritura cuidada al extremo y original, con una visión personal del mundo que, como dice en sus cartas a Clive, no escapara a sus propias experiencias:
«La única razón para escribir todo esto es que más o menos representa un punto de vista propio. Mi audacia me aterroriza. Siento que tengo muy pocos de los dones que hacen interesantes las novelas.
Quiero poner en escena una gran agitación de hombres y mujeres de carne y hueso, en un ambiente determinado. Creo que hago bien en intentarlo, pero es enormemente difícil de hacer. ¡Ah, cómo me alientas! Eso es lo más importante.»
Crear personajes vivos era un desafío complejo que requería tanto una precisa observación de los caracteres de sus contemporáneos como una revisión a veces nostálgica. Pero mientras Virginia solía revivir el pasado en su escritura, Vanessa parecía haberlo rechazado de una vez y para siempre, y se instalaba firmemente en el presente. Tal vez era esa característica la que le daba la apariencia de diosa monolítica que Virginia le atribuía. Para Vanessa el pasado era doloroso y el futuro, una incógnita. Solo en el momento presente se estaba a salvo del destino, y allí instalada, adquiría, a los ojos de su hermana, las características más de personaje que de mujer. Entre tanto, el interés de Clive proseguía su curso, aunque él también se sentía confundido y le escribía a su cuñada:
«El miércoles por la noche me sentí excesivamente intimidado para besarte, aunque lo deseaba más de lo que pueda expresar, incluso por carta. Realmente es curiosa esa timidez que siento contigo; es evidente que tú me brindaste la posibilidad de convertir en hábito el besarte, pero me di cuenta de que no era esto lo que yo quería. Tal vez me siento tímido porque eres tan atractiva, en cuyo caso es con la mejor intención. Que Dios me perdone; Virginia, perdóname; qué carta… no le prestes atención; procura sentir por mí la mitad del afecto que yo siento por ti.»
Aunque lucía melancólica, el atractivo que Virginia podía ejercer sobre los hombres quedó en evidencia cuando un perfecto extraño que se sentó junto a ella en Queen’s Hall, le envió una entrada para ver Strife de John Galsworthy. Acobardada, Virginia no asistió a la cita. Por entonces, su mundo seguía girando en torno a la familia, y Virginia y Adrian planearon un nuevo viaje juntos. Debieron postergarlo porque el 7 de abril murió su tía Nun. Sin estridencias y a su recatada manera, se apagó la estrella de una de las últimas representantes de la antigua era. La tía cuáquera, “tan distante y sin embargo tan llena de vida a la vez”, supo pensar en el futuro incierto y tal vez solitario de Virginia, y cual hada protectora le legó una suma considerable.[130]
En el entierro de su tía y después de mucho tiempo, Virginia tuvo oportunidad de ver al “infinitamente respetable” George, “una simple masa informe de carne y hueso, relleno de sensiblería”. Muy diferente era lo que sentía por su tía, a quien respetaba y consideraba una persona valiosa, a pesar de sus diferencias. Nun había sido una más de las víctimas de la sociedad victoriana. En su primer libro —The Service of the Poor— había señalado que la unión y conservación de la familia dependía del autosacrificio de la mujer, y esa podía ser una de las razones de la simpatía que despertaba en su sobrina. Virginia fue la encargada de escribir su nota necrológica para The Guardian y, lejos de olvidarla, recurrió a Nun para dar vida a personajes como Sally en Noche y día, Lucy Swithin en Entreactos y Eleanor Pargiter en Los años.
Entre escritoras y anfitrionas
Finalmente, el 23 de abril, Virginia viajó al encuentro de los Bell que estaban de vacaciones en la Europa continental; poco antes, reconociéndose como una intrusa, le preguntaba a Clive: “¿Por qué deberías estar contento de oír que yo y mi fardo de temperamentos irán contigo a Italia?”.
En Italia, y como era habitual, Virginia hizo descripciones de los lugares que visitaba. Los viajes eran una oportunidad para escribir crónicas o artículos y el año anterior sus colaboraciones para la famosa revista The Cornhill y para el suplemento literario del diario The Times le habían permitido disfrutar de la placentera sensación de alcanzar la anhelada independencia económica. Los viajes también le brindaban la posibilidad de conocer una enorme variedad de personajes. En Florencia almorzó con la condesa Lucrecia, que había estado con sus padres en Fritham, durante su luna de miel, y tomó el té con Mrs. Janet Anne Ross, autora de libros de arte y sobre Florencia, donde vivía desde 1867. El contacto con las encumbradas señoras —tal vez demasiado para un solo día— la llevó a escribir: “Lo peor de las viejas damas distinguidas, que han conocido a todos y llevado una vida independiente, es que se vuelven descorteses y arrogantes sin el ingenio necesario para suavizar sus modales”. Virginia sentía que por ser joven debía dejar que ellas adoptaran aires de reina, con “un toque de los maternales”.
Además de esas matronas literarias, había otro tipo de escritora que tampoco encontraba de su gusto. Le desagradó la ensayista y poeta Mrs. Alice Meynell, madre de ocho hijos y esposa de un periodista y editor; le pareció que “tenía la cara como la de una liebre paralizada […] alguien que lograba, de algún modo, que resultara desagradable la sola idea de las mujeres escritoras”. Sentía que mujeres de ese tipo demostraban su teoría de que “un escritor debería ser el horno del cual salen las palabras… y las personas tibias, tímidas y decorosas, nunca forjan palabras verdaderas”. Entre todas esas mujeres inglesas relacionadas con el ambiente literario, solo le agradó Mrs. Campbell, quien inspiró unos pasajes de Fin de viaje y El cuarto de Jacob.
Como la sociedad de los ingleses en Italia no era muy estimulante y la convivencia con Vanessa y Clive no pasaba por su mejor momento, Virginia decidió volver a Londres quince días después. Conmocionada al verla partir, Vanessa le escribió a su amiga Margery Snowden:
«Fue más bien triste verla partir sola en ese largo viaje, dejándonos a los dos aquí. A veces, por supuesto, me impresiona lo patético de su situación, y ahora más que nunca. Creo que le gustaría mucho casarse, y por cierto le gustaría mucho más casarse con Lytton que con cualquier otra persona. Es difícil vivir con Adrian, que no la aprecia, y vivir con él hasta el fin de sus días es una perspectiva bastante melancólica. Espero que alguien nuevo aparezca en los próximos dos años, pues he llegado a la conclusión de que, a pesar de todos los inconvenientes, sería mejor que se casara. Sin embargo, ¡no sé qué haría si tuviera hijos!»
Finalmente, a mediados de mayo, y mientras Virginia pasaba unos días en Cambridge, Hilton Young le propuso matrimonio. Aunque no la tomó por sorpresa y se sintió halagada, convencida de lo poco conveniente de esa unión, le contestó que solo podía casarse con Lytton Strachey. Por entonces, nuevos personajes comenzaron a incorporarse a la segunda etapa de Bloomsbury. En mayo de 1909, Virginia asistió a “innumerables” óperas[131] y tuvo la oportunidad de “conocer a la maravillosa lady Ottoline Morrell, que tiene cabeza de una Medusa, pero a pesar de ello es muy sencilla e ingenua, y venera las artes”. En su ensayo biográfico, “Viejo Bloomsbury”, Virginia señaló que, de escribirse la historia de Bloomsbury, debería existir un capítulo, aunque solo se encontrase en el Apéndice, dedicado a Ottoline, quien había asistido a “una de las Veladas de los Jueves”. Al día siguiente, lady Ottoline le escribió a Virginia pidiéndole el nombre y la dirección de todos sus “maravillosos amigos”.
No es difícil imaginar que la irrupción de Ottoline, su llamativa apariencia, sus perlas, terciopelos y aires, junto con el no menos llamativo pintor Augustus John y su amante, fueron un suceso en el hasta entonces predominantemente intelectual grupo de Bloomsbury. Pronto Ottoline — reconocida anfitriona de artistas— invitó a Virginia a su casa de Bedford Square, donde recibía los jueves por la noche.
A pesar de que sus amigos, con los que hablaba abiertamente de sexualidad, eran muy liberales en su proceder, y aunque en apariencia el comportamiento de Virginia pareciera “bastante audaz para la época”, ella afirmó que siempre fue “sexualmente cobarde”, y que la mayor parte de esas noches conversando con hombres jóvenes y diciendo lo que se le ocurría ocultaban cierta mezquindad y concluían en “interminables ramificaciones de intriga”. De hecho, en el diario que Adrian llevó durante el verano de 1909, refiriéndose a una de esas reuniones de Bloomsbury, sostiene que la extravagancia de Virginia, secundada por Clive, avergonzó a una de las asistentes. Ese tipo de intervenciones terminó por delinear un mito familiar[132] convalidado luego por algunos de sus biógrafos, que insisten en señalar que el comportamiento social de Virginia era tan pronto histriónico como hiriente. De todos modos, hay que aclarar que, si bien aquellas personas que se consideraron heridas en su amor propio por algún comentario resaltaron esta característica, muchos de sus contemporáneos tendieron a suavizar ese aspecto.
A pesar de que la relación con su hermano Adrian no era fácil, en agosto Virginia viajó a Bayreuth con él y con Saxon Sydney-Turner. El viaje tuvo sus bemoles. Ella sentía que Adrian era un compañero a veces “depresivo, otras exasperante”. Según Quentin Bell, Adrian podía ser “letárgico de modo enloquecedor, silencioso en forma lamentable, incapaz de hallar interés en nada, excepto en la constante repetición de viejas reminiscencias familiares”. Pero también era capaz de una “vigilancia burlona e ironía silenciosa” que captaba los defectos de los otros “con rasgos de humor despiadado”.
Durante su viaje, Virginia no supo apreciar a los alemanes, que en su visión de conjunto le parecieron vulgares. Ciertamente, lo suyo eran las relaciones interpersonales y no las multitudes. En sus cartas señaló que le parecían sólidos y llamativos, destacó que las mujeres jóvenes salían con chaperonas y que, en los restaurantes, la gente comía enormes cantidades de “carnes asadas, cubiertas de grasa”. Pero sin duda el tema principal del viaje era Wagner y su teatro de Bayreuth.[133] Entusiasmada por el fanatismo de Saxon, pero definiéndose como simple aficionada, Virginia redactó un artículo sobre sus experiencias wagnerianas para The Times. Durante la representación de Parsifal le llamó la atención la reverencia del público, vestido a “medio luto” y que chistaba si alguien intentaba aplaudir. A pesar de la desaliñada audiencia y de que los asientos eran tan estrechos que apenas cabían las rodillas, todo era muy intenso. A diferencia de ella que los veía grotescos, Saxon decía que los alemanes eran gente muy sensible, y Virginia tuvo que aceptar que, en ese entonces, a Bayreuth solo iban “personas serias”.
Una segunda representación de Parsifal[134] la hizo llorar, estimó que se trataba de “una ópera extraordinaria, tal vez la más notable; se desliza de la música a las palabras en forma casi imperceptible”. Mientras tanto, desde Bayreuth Virginia continuaba su relación triangular con Clive y Vanessa, a quien extrañaba enormemente y le escribía: “Tú tienes una atmósfera. ¡Ah! ¡No hay duda de que te quiero más que a nadie en el mundo!”.
Preocupada por que su hermana quedara embarazada otra vez, le pedía que esperara otro año y agregaba que, de tener una niña, debía tomar precauciones: “Si le llenas las venas con sal, puede que salga parecida a su tía; pero una niña acuosa muy probablemente sería una mujer de verdad”. A la distancia, y siempre pendiente de Vanessa, Virginia explicaba que su misterio consistía — como había sugerido Lytton una vez— en que era “entre todos nosotros, el ser humano más completo”.
En tanto Adrian y Saxon se burlaban de su desconocimiento musical y la agotaban con sus manías, Virginia también juzgaba a sus compañeros de viaje. Pero aunque Saxon le parecía “obsoleto”, le sorprendía su intelecto y debía reconocer que la convivencia del trío no era tan mala y que se comportaban como una pequeña comunidad de “monjes y monjas”.
En Dresde, Virginia siguió con sus descubrimientos. Escuchó emocionada l a Salomé de Strauss, y si bien Saxon dijo que con eso traicionaban a Wagner, y tuvieron una “ácida discusión”, no se dejó persuadir. El viaje también incluyó visitas a exposiciones de pintura, que llevó al hallazgo, por parte de Saxon, de un pintor que sería cada vez más apreciado: Vermeer. Finalmente, en septiembre, Virginia regresó a su casa en Londres, y unos días después se reunió con los Bell en Salisbury. Los viajes no impidieron que continuara con su escritura, y durante los años 1908 y 1909 siguió su labor periodística y también se dedicó a sus experimentos literarios. Por entonces escribió su historia “Memorias de una novelista”, que fue rechazada por el editor de The Cornhill.
En Navidad y mientras caminaba por Regent’s Park, Virginia decidió abruptamente que partiría sola a Cornwall. Tal vez estaba cansada de aquellos jóvenes que concurrían a las Veladas de los Jueves y que se sentaban silenciosos, haciéndole añorar —le escribía a Nessa— “a cualquier mujer, y tú hubieras sido un milagro”. Una vez allí, durante sus paseos solitarios, Virginia, que intentaba acostumbrarse a la soledad, le escribía a Clive: “Uno gradualmente identifica formas y se piensa a sí mismo en el medio del mundo. La vida que llevo se encuentra muy cerca de la perfección”. Todavía creía que podía llegar a casarse con Lytton, pero cuando la melancolía y la soledad terminaban por captarla, deseaba “que el vientre de la tierra se abriera y dejara salir alguna nueva criatura”. También le preocupaba el proyecto de Vanessa, que pensaba instalarse en Francia. Por su parte, Adrian anunciaba que abandonaba las leyes para dedicarse a la actuación. La primera década del siglo XX estaba a punto de concluir, y la historia con mayúsculas, esa historia que el Grupo de Bloomsbury parecía evitar, pronto se impondría sobre los destinos personales de los habitantes de Europa. Pero antes de que irrumpiera, habría tiempo de gastar algunas bromas.