CAPÍTULO XXI - 1918
Sueños revolucionarios
LA regularidad con la que Virginia comenzó a escribir sus diarios íntimos, sumados a las siempre numerosas cartas, a su nueva novela y a la gran cantidad de artículos periodísticos que, a ritmo casi semanal, produjo entre 1918 y 1919, dan cuenta de su recuperación y de una gran energía que repercutió además en el aumento de sus ingresos.[202] Completaba su actividad la asistencia regular al 17 Club, pero también decidió colaborar con Vanessa en el intento de abrir un pequeño colegio en Charleston. Si bien el proyecto no llegó a concretarse, la idea, como le hizo saber a Margaret Llewelyn Davies, era dejar de lado los exámenes y que los alumnos aprendieran cosas sensatas y prácticas: “De hecho, creo que la única esperanza para el mundo es reunir a todos los niños de todos los países en una isla y dejar que comiencen de cero sin que sepan cuál es el horrible sistema que hemos inventado aquí”.
Aunque creía que, dada la naturaleza humana, cabía la posibilidad de que los niños restauraran un orden basado en distinciones, grados y honores, que consideraba perverso y que la guerra ponía más en evidencia, Virginia estaba convencida de que había que dar batalla al burocrático discurso oficial porque era deshumanizante y convertía al individuo en un mero engranaje del sistema. En consonancia con Leonard, presentía, refiriéndose a Maynard Keynes, que trabajaba en el Ministerio de Hacienda, y a Ka Cox, también empleada en oficinas públicas, que “si permanecen un minuto más en oficinas estarían perdidos para la humanidad, como de hecho considero que casi lo están. No pueden dejar de creer en un sistema que les paga £700 o lo que fuere”.
A pesar de los bombardeos, prosperaban los rumores que periódicamente anunciaban el fin del conflicto. Asimismo, continuaba el racionamiento, casi todas las carnicerías estaban cerradas y era impensable comprar caramelos, flores o chocolates. La manteca y los huevos escaseaban y los precios aumentaban. El punto era que, de recibir visitas, los huéspedes debían llevar sus raciones; tampoco se conseguía combustible, pero con el auge de los periódicos, era posible encender con ellos el fuego durante toda una semana. En el ambiente que los Woolf frecuentaban, el fin de la guerra se leía como un posible comienzo de cambios revolucionarios. Es así como, en su diario del 6 de enero, Virginia registró una conversación en la que Gerald Shove[203] anunció que pensaba construir una guardería después de la guerra y amenazaba con renunciar a su capital.
«—¿Qué sentido tiene eso? —preguntó L—. Es lo peor que se podría hacer. No queremos gente que viva con treinta chelines a la semana.
—Psicológicamente puede ser necesario si vamos a abolir el capitalismo —observé.
—No estoy de acuerdo —dijo Alix—. Aparte, ¿a quién le daría su dinero?
—En el Estado ideal todos recibirían £300 al año —prosiguió L».
La lectura de Tolstoi y la influencia de la Revolución rusa movilizaban las conciencias. No faltaban quienes con optimismo y esperanza intuían la posibilidad de construcción de una nueva sociedad con representación popular, en la que se abolieran las diferencias sociales y hubiera acceso general a los bienes culturales y de consumo. Leyendo en conjunto el avance hacia la forma de organización que se estaba gestando en Rusia y el final de la guerra, muchos se entusiasmaban pensando que grandes cambios serían posibles. A diferencia de Leonard, que dijo que deshacerse de sus bienes no tenía sentido, Virginia se sentía perturbada por “el estorbo psicológico de poseer capital”. Por otra parte, en su diario, tal vez influenciada por la activa participación política de Leonard, intentaba un “conciso estilo histórico” que dejara constancia de la omnipresencia de la guerra, pero fundamentalmente registraba la cotidianidad.
La política quedaba para Leonard, que en International Government (1916), libro escrito a sugerencia de Bernard Shaw para los Webb, cuyo anticipo salió publicado en el New Statesman, analizaba las causas de las guerras y finalmente proponía, para prevenir enfrentamientos futuros, la creación de una “liga de Estados”, trabajo que se consideró “el primer documento detallado de una Liga de las Naciones”. Aunque Leonard llamó a la
Primera Guerra la “más horrible” época de su vida, en esos años estableció las bases de su actividad política. Además de su labor en el Comité Ejecutivo de la Liga de las Naciones, de escribir críticas antiimperialistas, de asesorar a un comité que denunciaba la opresión colonial sobre los cingaleses,[204] en 1918 comenzó a trabajar como secretario del Comité Consultivo de Relaciones Internacionales del Partido Laborista. La labor en el partido le dio una nueva dirección e independencia, con lo que la relación con los Webb y los socialistas fabianos comenzó a diluirse.
Muchas veces el contraste entre las afinidades e intereses mundanos de Virginia, y el ascetismo y la compulsiva dedicación de Leonard a las cuestiones políticas, derivaba en una autocrítica por parte de ella, que revisando su diario, pensaba que tal vez estaba demasiado centrado en cuestiones personales, y que podría ser útil que “algún inteligente y bien informado diarista, con buen ojo para el futuro, pudiera poner por escrito las cosas realmente interesantes”. Otras veces, el contacto con personalidades dedicadas a la política, simbolizadas por Sidney y Beatrice Webb, e incluso por Bernard Shaw, despertaba su vena satírica: esos especialistas de las “cosas realmente interesantes” e importantes la hacían sentir “prácticamente inexistente”. Esto no impedía que creyera que la participación política de las mujeres podría cambiar las cosas. Le complacía constatar que la Asociación de Mujeres significaba “algo real” para las participantes, y señalaba: “A pesar de su solemne pasividad, tienen un deseo oculto e inarticulado por algo que trascienda la cotidianidad”.
Por entonces, Virginia también supo apreciar la autocrítica con la que algunas de ellas se disculparon por atacar a la disertante que, a principios de 1917, les había hablado de enfermedades venéreas: ella solo dijo la verdad, reconocieron. Las mujeres también le pidieron que buscara a alguien que hablara de educación sexual, y una de ellas confesó “que había tenido que conseguir una amiga para que le explicara sobre el período a su propia hija, y que todavía le daba vergüenza estar en la misma habitación con su hija si se discutían temas de índole sexual. Ella tiene 23 años”.
Su diario era útil a la hora de anotar ese tipo de acontecimientos; también lograba calmarla cuando se sentía alterada después de recibir visitas inesperadas y distraía su soledad en Asheham, posibilitando descripciones de su “meticulosa observación de flores, nubes, escarabajos”. La diversidad de temas abordados en los diarios refleja la importancia que adjudicaba a los instantes del día: “Viendo la vida, mientras camino por las calles, como un inmenso bloque opaco de material transmitido por mí a través de su equivalente en el lenguaje”. El placer de escribir en ellos podía ser mayor que cualquier encuentro, y Virginia confesaba: “Cuando la gente viene a tomar el té no puedo decirle: ‘Ahora espere un minuto, que voy a escribir una descripción suya’”.
“Como vastas conciencias, en nuestros más secretos cajones”, sus diarios personales están lejos de revelar cuestiones que, como su vida más íntima y su sexualidad, deseaba mantener en privado. De hecho, aunque no hay constancia de ello ni en sus cartas ni en sus diarios, es probable que por entonces Leonard hubiera renunciado al deseo de intimidad sexual, mientras que Virginia parecía aceptar, con pocas reticencias, amoldarse a las pautas con las que su marido intentaba controlarla y equilibrarla. Que confesara que era “sexualmente cobarde”, no alcanza para entender qué le sucedía a Virginia en ese terreno; aun así, en sus cartas y diarios ella abordó con franqueza, siempre que no tuviera que revelar su intimidad, cuestiones sexuales y corporales. La referencia a estos temas es irónica, bromista y a veces adquiere un tono repulsivo; dice, por ejemplo, después de la visita de uno de sus amigos en Asheham, que la casa “apestaba a semen seco”. Además, desde que tuvo acceso a “los amoríos de los sodomitas” trató la temática con liberalidad; al tiempo que se confesaba desconcertada por “la atmósfera masculina”, como una adolescente eterna, compensó así su autoproclamada cobardía, su frialdad, su sensación de no ser “una verdadera mujer”, sus inhibiciones sexuales.
Por otra parte, hay que señalar que, en su narrativa, la efervescencia de los diálogos, el tratamiento elíptico o deliberadamente evasivo acerca de la sexualidad de los personajes no excluyen un intenso y a veces velado erotismo. De hecho, la suerte de autocensura que funciona y comanda el discurso en sus novelas cede terreno en las cartas a sus amigos más íntimos. Allí Virginia deja de ser virginal y habla abiertamente de los procesos corporales y las toallitas sanitarias, se sorprende de “cómo la vida se dispone por períodos” e incluso le escribe a Duncan Grant: “Desearía poder dejar de escribir esta carta —es como una larga visita al W. C. cuando, sea lo que hagas, un rollo nuevo aparece, y el deber te impulsa a interrumpir, y entonces sobresale otra pulgada, que debe ser la última; pero no es la última— y así, hasta que… Sin embargo…”.
El hipnotismo de Bloomsbury
Por entonces las reuniones en el 17 Club le permitían constatar la suerte de imán que Bloomsbury ejercía sobre las nuevas generaciones:
«El hipnotismo de Bloomsbury, puedo decir, es flagrante y amenaza la sanidad de todos los pobres Conejitos, que todo el tiempo están tanteando sus patitas traseras para comprobar que no se han convertido en liebres. Intenté explicarle con mucha discreción a Faith que una vez que se es Conejito, se es siempre Conejito».
Entre los miembros de la nueva generación, a los que llamaba “conejitos”, “cabezas rapadas” o “underworld” (submundo), se encontraban Carrington, Alix Sargant- Florence, Barbara Hiles y Faith Henderson. Como escribió en su diario, ellos la hacían sentirse una mujer “ya mayor”, y su sola presencia bastaba para que recordase lo que había sido su propia juventud:
El sentido de ser la última y la mejor (aunque no en apariencia la más amable) de las obras de Dios, de tener algo que decir por primera vez en la historia; allí estaba todo eso; y los jóvenes tan maravillosos a los ojos de las jóvenes, y las jóvenes tan deseables a los ojos de los jóvenes, aunque esto no era perceptible para mí, sentada, anciana, en el sofá».
Su diario le permitía reflexionar acerca de esa nueva etapa en la que los antiguos miembros de Bloomsbury interactuaban con los aspirantes a integrarlo; fascinada por la nueva fase, veía cómo se desarrollaban “argumentos para muchas comedias, justo ahora, entre nuestros amigos” y también estudiaba las repercusiones de su propia influencia:
«De hecho, el efecto que “Bloomsbury” ejerce sobre los sensatos y los insensatos por igual parece ser suficiente como para volver loco al más cuerdo. Por suerte, yo misma soy “Bloomsbury”, y por lo tanto inmune; pero sé muy bien lo que quieren decir con eso. Y es un hipnotismo muy difícil de sacarse de encima, porque tiene ciertos fundamentos».
La nueva generación despertaba el interés de Virginia, pero los términos “cabeza rapada” y “conejito” tenían, al igual que “underworld”, connotaciones negativas y de menosprecio que se dejaban traslucir en su conversación y resultaban hirientes a las aludidas. Así lo entendieron Fredegond, Alix y Carrington, cuando la interceptaron en el 17 Club y mostraron algunas señales de rebelión: “Juntas decidieron que yo las criticaba, que no lo tolerarían, me telefonearon, exigieron que me retractara, lo que yo solo haría si enviaban sus quejas por escrito: me temo que no lo harán. Dicen que las deprimo, y que la única explicación es que soy sádica”.
La tendencia a agruparse y a estar pendientes unos de otros traía aparejado ese tipo de situaciones. En ese sentido, tanto Bloomsbury como el 17 Club parecían “una reunión familiar” con sus subsecuentes dimes y diretes. Pero Virginia no podía prescindir de esos encuentros porque desde siempre encontraba placer en la conversación, las personas despertaban su curiosidad y eran una fuente inestimable para la elaboración de personajes. El hecho de que su matrimonio no presentara grandes conflictos, pero tampoco grandes emociones, sumado a la ausencia de hijos, la relación distante con Adrian y la distancia geográfica que la separaba de Vanessa, hicieron que de pronto “el centro de la vida” se encontrara en el punto donde sus afectos confluían, y ese lugar fue por un tiempo el 17 Club.
A fines de enero y luego de un raid aéreo que entre atemorizados y aburridos los tuvo en vilo toda la noche, Barbara anunció su boda con Nick. La noticia le permitió a Virginia escribirle divertida a Nessa acerca de la abolición de “la propiedad privada en el amor”. Incitaba a su hermana a imaginar a Nick diciendo “no, Saxon, debes casarte con ella”, a Saxon rechazando la propuesta de ser feliz a costa de esa pareja y a Barbara sugiriendo copular con ambos en noches alternadas. Lo llamativo era que esas mujeres que habían estudiado en el Newnham College y que ventilaban sus amoríos con una libertad que la asombraba, pretendían ingresar en Bloomsbury. La relación de Barbara con Saxon y Nick Bagenal, o la de Carrington con Lytton las introducía en su círculo íntimo, pero era difícil que Virginia las aceptara del todo. Relaciones como la de Clive con su amante casada Mary Hutchinson, o que Alix Sargant-Florence asediara y finalmente consiguiera casarse con James Strachey, no despertaban ni su simpatía ni su solidaridad. Por otra parte, era difícil no compararse con esas jóvenes a la moda, que llevaban pantalones —cosa que a ella se le hacía imposible—,usaban el pelo asombrosamente corto, iban solas por el mundo y no escondían sus amoríos bisexuales y sus relaciones triangulares. El cambio en las costumbres que la guerra había acelerado era de tal magnitud que la distancia generacional aumentaba de manera exponencial. De ahí que la condescendencia y la admiración pautaron la relación de las “conejitas” y Virginia.
A los treinta y seis años y en plena guerra, ella reflexionaba acerca de la madurez, los cambios que traía aparejada la edad y la dificultad de percibir el paso del tiempo en carne propia: “¡Qué extraño es ver a nuestros amigos adquirir su forma fija! ¡Cómo uno puede pronosticar la edad madura en ellos, y casi verlos con los ojos de una generación más joven! ‘Bastante terrorífico’”. Por otra parte, lejos de las ilusiones y expectativas de su juventud, no la entusiasmaban las condiciones en que finalmente se otorgaba el voto a las mujeres y escribía en su diario: “No me siento mucho más importante —quizá levemente más—. Es como el título de caballero; puede ser útil para impresionar a la gente que uno desprecia”.
La guerra no solo reafirmaba su posición pacifista, el desprecio por la exaltación del militarismo, el horror por la violencia desencadenada y el temor a una completa aniquilación en un mundo que “vibraba, temblaba y amenazaba con estallar en llamas”, sino que corroboraba su creencia de que, a despecho de los legítimos reclamos como el voto femenino, finalmente eran los hombres los que ocupaban los sitios de poder. Ellos eran los que decretaban el curso que debía tomar la historia, guiados por el “instinto de posesión” que los impulsaba a “dibujar fronteras y banderas, a fabricar barcos de guerra y gases tóxicos”. Por eso, leer el discurso oficialista de TheTimes reafirmaba su posición: “Me vuelvo firmemente más feminista”. Virginia estaba convencida de que las mujeres, alejadas de las posiciones de poder, comprenderían que la guerra era “una absurda ficción masculina”, cuestión que expondría en Un cuarto propio, en Tres guineas y en sus ensayos. Pero lo cierto es que la guerra había dividido al feminismo entre las pacifistas a ultranza y las que, siguiendo a Millicent Fawcett, presidente de la National Union of Women’s Suffrage Societies, llamaron a las mujeres a cumplir con su deber de ciudadanas, e incluso cambiaron el nombre de su periódico oficial The Suffragette por Britannia. En Tres guineas Virginia sugirió que las mujeres habían deseado inconscientemente la guerra, intuyendo que eso las libraría de “la educación hogareña con su crueldad, su pobreza, su hipocresía, su inmoralidad, su inanidad, [ya] que estaban dispuestas a hacer cualquier trabajo, por humilde que fuera, con tal de escapar”.
EL TIEMPO PASA: DESAFÍOS DE LA MADUREZ
A principios de febrero, Virginia visitó al doctor Craig, quien no consideró saludable su pérdida de peso. Al día siguiente tuvo que ir al dentista para una extracción y luego enfermó de gripe. Los últimos días del mes los pasó convaleciente en Asheham y luego fue a Charleston. La vida de campo era muy diferente de la que llevaba en Londres. Allí podían pasar días sin ver a nadie, pero el motivo de mayor consternación durante los períodos de enfermedad era verse “divorciada de su pluma; una corriente entera de mi vida cercenada”. Había otra razón que colaboraba con su melancolía: le habían ofrecido escribir un libro sobre un personaje del siglo pasado, pero rechazó la oferta con la sensación de que ese tipo de comisiones indicaban que había llegado a cierta edad. Es evidente que se sentía afectada por la “sombra de los 40”, y que esos días en el campo no hacían más que acentuar la sensación del paso inexorable del tiempo: “Los días se derretían unos en otros como bolas de nieve cociéndose al sol”.
El mayor consuelo que tuvo en esos momentos fue encontrarse con Duncan y Nessa; le gustaba charlar sobre arte con ellos y también reflexionar acerca de los perniciosos efectos de una exagerada vida social en la obra del artista. Según surgió de la conversación, ese parecía ser el caso de Desmond MacCarthy y Maynard Keynes. Alguna vez, coincidieron, ambos fueron jóvenes prometedores, pero los años ya habían pasado y tal vez Desmond nunca escribiría la novela que se esperaba de él, mientras que Maynard estaba ahora atrapado en las redes del Tesoro británico y era partidario del sistema capitalista, que la mayor parte de los bloomsburianos denostaban.
La mitad de la vida presentaba nuevos desafíos a los miembros del ya reconocido grupo. Vanessa necesitaba encontrar un equilibrio en su inestable relación con Duncan; temía perderlo y, mientras descendía su autoestima, aumentaba en ella la convicción del genio de él. Esto la llevó a acomodarse a una especie de rol subalterno, al punto de considerar que su mayor placer lo constituían los momentos en que se disponían a pintar juntos. A pesar de las frustraciones, Vanessa trataba de mostrarse serena y contenedora, pero Duncan sentía que bajo esa superficie de aparente calma se ocultaban “las confusas y torturadoras expectativas (conscientes apenas) de ella”. Por entonces, él anotó en su diario: “Creo que si yo demostrase alguna [pasión por Vanessa], se vería acogida por un torrente tal que me dejaría aplastado”. Así y todo, como Vanessa deseaba tener un hijo con él, quedó embarazada, y en mayo le reveló a Virginia que Duncan era el padre. Habiendo prometido que guardaría el secreto, ella no le dijo nada a Leonard por un tiempo, y tampoco se refirió al tema en su diario.
Virginia no podía dejar de sentir que tanto ella como sus amigos habían llegado a una edad clave en la que cada uno quedaba definido para sí mismo y para los demás. Una edad en la que todavía se podrían esperar sorpresas, pero caracterizada por una menor ductilidad y en la que el paso del tiempo evidenciaba las promesas incumplidas. Lejos de dejarse invadir, ni siquiera cuando se trataba de amigos o parientes, por la piedad o por la condescendencia, Virginia fue intransigente cuando, a principios de marzo, ella y Leonard pidieron la colaboración de su hermano Phil, desolado tras la pérdida de Cecil en el frente, para imprimir los poemas del difunto en la Hogarth Press. Así pues, en su diario dejó constar que los poemas de su cuñado no eran buenos, ya que mostraban “la tendencia Woolf a la denuncia, sin el vigor de mi Woolf particular”.
No solo los diarios y las cartas dan cuenta de que Virginia no estaba dispuesta a concesiones en lo que a su juicio se refería. Para muchos era difícil entender que el afecto que sentía por ellos no le impedía criticar, casi ferozmente, la obra de sus más íntimos. Su ingenio se transformaba entonces en un arma de doble filo, y aquellos que se deleitaban o divertían con sus observaciones sobre los demás podían sufrirlas en carne propia en cualquier momento. Podría decirse que Virginia estaba dispuesta a medir a los otros con el nivel de exigencia que tenía consigo misma. Por otra parte, en sus diarios se pueden registrar matices, e incluso revisión de juicios y opiniones. Los rasgos de vitalidad, dinamismo y precisión que caracterizan sus cartas y diarios íntimos derivaban de una mente enardecida, energética y crítica que no descansaba y que debía expresarse constantemente. También es cierto que su espontaneidad podía teñirse de incontinencia, y en ese aspecto no es desacertado coincidir con quienes señalaron que Virginia no era una persona discreta y menos aún reservada. Una conversación y compañía apropiadas podían hacer surgir su necesidad de impresionar al interlocutor, divertirlo y mostrarle lo ingeniosa que podía ser. Entonces la discreción pasaba a un plano secundario y la efervescencia suplía cualquier reserva. Si bien como contrapartida Leonard sabía mostrarse discreto, era igualmente crítico y sagaz, con lo que es probable que ambos se potenciaran. Pero mientras él permanecía silencioso y a la sombra en las reuniones sociales o familiares, ella se dejaba llevar y se exponía demasiado. Por otra parte, difícilmente se sentía satisfecha con su trabajo, y a mediados de marzo, como habían rechazado unos artículos suyos, se consideraba “despedida” por The Times, y si bien “frotar esa llaga” le era enojoso, consideraba que la consecuencia inmediata sería la posibilidad de dedicarse plenamente a su novela. Pensaba que, de continuar despedida, podría terminarla en uno o dos meses, pero estaba en un error, y no pasó mucho tiempo antes de que The Times volviera a enviarle libros para reseñar. Eso mismo la ponía en el eterno dilema del escritor que también se dedica a la crítica literaria: aprecia la labor periodística y los recursos económicos que le aporta, pero lamenta, por otra parte, no poder dedicarse a su trabajo de ficción sin interrupciones. Además, como les suele suceder a los críticos, todos los conocidos que escribían libros consideraban que tenían el derecho de solicitarle que ella los reseñara, y Lytton, que ya había terminado de escribir sus Victorianos eminentes, no fue ajeno a esos pedidos.
Virginia primero aceptó la propuesta, pero enseguida consideró que no era apropiado, dado que tanto el público como el editor sabían de la amistad que los unía. Además —le escribió a Lytton—, si reseñaba su libro tendría que hacer lo mismo con los de todas sus relaciones. La publicación del libro de Lytton ponía en tela de juicio si el texto era un logro suficiente para la edad y aspiraciones de su amigo. Para Virginia el paso del tiempo estaba asociado más con características negativas que positivas; no solo se perdía la lozanía de la juventud, sino también las ilusiones. ¿Qué había pasado con los prometedores jóvenes egresados de Cambridge y con sus amigos? Lo cierto es que Victorianos eminentes —un libro de cuatro personajes que había exigido cuatro años de escritura— no le parecía que tuviera mérito suficiente como expresión del genio de Lytton, y creía que los logros de Leonard lo superaban.
En cuanto a Clive, a principios de mayo publicó Pot-Boilers, texto en el que proclamaba a Virginia Woolf, a Conrad y a Hardy los mejores novelistas ingleses vivos, y aunque ella creyó que no era un libro muy bueno, siguió pensando que Clive poseía un insight natural para la literatura. Lo cierto es que su cuñado se presentaba como un buen blanco para las críticas, e incluso Roger Fry aseguraba que no tenía un conocimiento cabal de pintura. Lo anterior y su tendencia a mostrarse en su “mejor vena de hombre-de-mundo […] inclinado a pensarse a sí mismo como uno de los más sobresalientes” no favorecía su causa, y Virginia no dudaba en escribirle a su amigo Nick Bagenal, que había regresado herido del frente de batalla:
«¿Has visto el libro de Clive [Pot- Boilers]? Si no, por favor no vayas a pensar que Virginia Woolf desea que la consideren, junto a Hardy y Conrad, la mejor novelista viva, o que Duncan se cree el mejor pintor europeo, o que Vanessa es —no recuerdo qué— igual a Duncan, quizá».
Desde el principio de su vida como escritora, Virginia rechazó la sobreexposición o el culto a la personalidad y prefirió que sus obras, y no los comentarios de amigos, público o críticos, hablaran por ella. Además, siempre preferiría al ser humano individual y sintió aversión por lo indiscriminado y avasallador de las multitudes. En ese sentido, la guerra la ponía en contacto con una realidad inmanejable; reconocía que la afectaba “la horrible sensación de comunidad que produce la guerra, como si todos nos sentáramos juntos en un vagón de tren de tercera clase”. En contraposición, asistir a una representación de la Flauta mágica le levantaba el ánimo, ya que se podía “pensar bastante mejor de la humanidad”. Pero cumplir con todas las exigencias que se imponía, seguir con su escritura, la imprenta y las lecturas, hacía que de pronto incluso la vida social se tornase incómoda. En esos momentos pensaba que “aunque impecables como amigos”, las visitas acababan por irritarla y exigían un gran esfuerzo. “L y yo hablamos sobre esto. Él dice que con gente en la casa sus horas de placer positivo se reducen a una, que tiene no sé cuántas horas de placer negativo y un respetable margen de definitivo malestar. ¿Nos estamos poniendo viejos?”.
Había otros motivos para sentirse alterados: los alemanes habían hecho retroceder a los aliados y a través del canal se podía oír el estrépito de las batallas, el sonido de las sirenas y de las baterías antiaéreas. Los aviones, las bombas y los zeppelin que cruzaban el aire formaban parte del paisaje cotidiano. Cuando la irritabilidad le impedía leer, el diario personal era una vía de escape. En ese sentido, y más que la correspondencia, se constituyó en un facilitador a través del cual podía reflexionar acerca de situaciones cotidianas, como una pelea conyugal en torno a un pote de crema: “Discutimos ayer —escribió Virginia— acerca de mi jarra de crema; y L fue poco razonable, y yo fui generosa. El pleito terminó a las 4.25 en punto”. En contrapartida a esas rencillas cotidianas que se superaban con alivio, la marcha de la Hogarth Press los convertía en aliados. No hacía mucho que los Woolf conocían al joven poeta norteamericano Thomas S. Eliot, que les habló de un nuevo libro que James Joyce estaba escribiendo. Se trataba del Ulises, y tanto él como Miss Harriet Weaver, la directora de The Egoist, pensaban que se trataba de un “trabajo notable” aunque su lenguaje “indecente” suscitaba dudas de que pudiera publicarse en Londres, donde la censura perseguiría a editores e imprenta.
Entre Joyce y Mansfield
El 10 de abril, Virginia anotó en su diario: “Recibí ayer una carta de Miss Harriet Weaver preguntándome si consideraríamos imprimir la nueva novela de Joyce”. Cuando finalmente se conocieron, Harriet Weaver le pareció una mujercita pulcra: lucía un traje malva y guantes grises, y sus modales en la mesa “eran los de una gallina bien criada”. Definitivamente, la dama no encajaba con la imagen que había supuesto que tendría quien era editora de The Egoist y agente de James Joyce; y aunque Virginia hizo lo posible “por que se revelara […] permaneció inalterablemente modesta, juiciosa y decorosa”. Parecía increíble que esa mujer a la que apenas conseguían hacer hablar tuviera en sus manos el paquete de papel madera que encerraba esa “pieza de dinamita” que Virginia definió como un “intento de forzar los límites de la expresión, pero todo en la misma dirección”.
El caso es que Virginia admiraba a Joyce, y si bien su nueva novela no terminaba de convencerla, tampoco la dejaba indiferente. El Ulises era desconcertante, le generaba dudas y reflexiones y la estimulaba a escribir sobre el libro y el autor tanto en su correspondencia como en sus diarios. En una carta a Nick Bagenal, que se encontraba convaleciente, le habló de un “compatriota tuyo, llamado James Joyce”, cuya “franqueza del idioma y la elección de incidentes, si es que hay algún tipo de elección”, sonrojaría a Barbara. ¿Era esta “una cualidad irlandesa”? Preparada para recibir a las mujeres del movimiento cooperativo, Virginia terminaba su carta bromeando con Nick: “No quisiera tener a Joyce ni siquiera en el cuarto vecino a ellas”. Finalmente, aunque Leonard llevó el libro a varias imprentas, ninguna se atrevió a imprimirlo. Es de suponer que Virginia entendiera el motivo ya que le escribía a Lytton:
«Primero hay un perro que orina, luego hay un hombre que se tira pedos, y se puede ser monótono incluso en ese tema. Es más, no creo que su método, que es altamente desarrollado, signifique mucho más que recortar las explicaciones y poner los pensamientos entre guiones. Así que no creo que debamos hacerlo».
La extensión y el lenguaje soez de la novela fueron obstáculos insalvables para su publicación en Inglaterra, por lo que libro y autor debieron esperar tiempos más propicios. Si bien no se contó entre los fanáticos que vieron en ella una revolución literaria, Virginia creía que la novela debía imprimirse y darse a conocer:
«He estado leyendo la novela de Joyce. Es interesante como experimento; deja de lado la narrativa y trata de exponer los pensamientos, pero no sé si tenga nada muy interesante que decir, y después de todo, la orina de un perro no es muy distinta de la de los hombres. Trescientas páginas de eso pueden ser aburridas. De todas maneras, es demasiado larga para que lo intentemos, aunque creo que alguien debería de publicar una parte de la novela».
Ella misma se encargó de escribirle a Miss Weaver, aduciendo que la longitud del libro impedía el trabajo, pero agregaba: “Lo lamentamos enormemente, ya que a lo que apuntamos es a publicar escritos de mérito que el editor común rechaza”. La lectura de Joyce se daba mientras escribía Noche y día, novela que tenía a Vanessa como modelo. “He estado escribiendo acerca de ti —le escribió Virginia a su hermana — toda la mañana, y te he hecho usar un vestido azul; tienes que ser inmensamente misteriosa y romántica, lo cual por supuesto eres”. En tanto en su libro recuperaba la época victoriana, la lectura de Joyce y el contacto con Thomas Eliot y Katherine Mansfield la relacionaban con los representantes del modernismo en lengua inglesa. Su relación con Katherine fue fundamental en ese sentido, y cuando en mayo volvió a verla, Virginia dejó constancia en su diario de “una renovación de mi amistad muy satisfactoria y fascinante con Katherine Mansfield”.
Pero Katherine estaba gravemente enferma. Por indicación médica había pasado el invierno fuera de Inglaterra, lucía desmejorada, y su aspecto “marmóreo” no pasó le inadvertido. De todos modos, y dado que la Hogarth Press estaba preparando Preludio en tanto Virginia estaba escribiendo su novela Noche y día, ambas tuvieron oportunidad de conversar sobre sus respectivos libros, sobre “La marca en la pared”, Chejov y los escritores rusos.[205]
«Como de costumbre —escribió Virginia — llegamos a un total aunque extraño entendimiento. Mi teoría es que yo logro llegar a lo que es su verdadera fortaleza, a través de los numerosos humores y poros que enferman o desconciertan a muchos de nuestros amigos. Es su amor por la escritura, creo yo».
Amistad, reconocimiento, pero también recelos y competencia pautaban la relación entre las escritoras, y cuando en agosto leyó Bliss, Virginia llegó a cuestionar:[206] “No veo cuánta fe en ella como mujer o escritora, puede sobrevivir a ese tipo de cuento”. Además, en una clara demostración de celos, instigaba a Vanessa a que le dijera si prefería la obra de Mansfield, Preludio, o su “Kew Gardens”. Angela Smith cree que las distintas inclinaciones y experiencias sexuales desempeñaban un papel importante en la relación de estas escritoras; y subraya que Virginia “parece temer y envidiar la experiencia sexual que le otorga una dimensión a la prosa de Mansfield que está ausente en [su] ficción”.
A fin de año, cuando los Woolf visitaron la casa de Murry en Hamstead, Virginia percibió que Katherine lucía “hosca y débil, andando por la habitación como una viejita” Hablaron de la enfermedad, de cómo esta impedía la escritura, y Katherine se quejó de los cuidados de Murry y de su incondicional amiga Ida Baker. En sus memorias, Leonard recordó lo incómodo que se sintió durante esa visita. A él tampoco le agradaba Murry:[207] “En ese entonces, había sobre ellos una atmósfera a la que solo puedo describir como el submundo literario, lo que nuestros antepasados llamaban Grub Street. También había un extraño aire conspiratorio; era como si los pescaras de vez en cuando intercambiando un subrepticio guiño o susurro”.
Espionaje familiar
La vida social de los Woolf se había expandido en forma considerable, y la cantidad de visitas que recibían era impresionante. Virginia hacía un rápido listado en su diario: “Juez Wadhams, Hamilton Holt, Harriet Weaver, Ka, Roger, Nessa, Maynard, Shepherd, Goldie, sin mencionar al Gremio y Alix y Bryn y Noel (que podríamos llamar el 17 Club)”. Todos deseaban y de alguna manera merecían ser vistos, pero ocupaban tiempo y lugar; no solo se trataba de amigos y parientes; la vida profesional de Leonard incluía a personas como el juez Wadhams y Hamilton Holt, miembros norteamericanos de una liga para la paz que, de visita en Inglaterra, deseaban conocerlo y elogiaban su trabajo político. Para Virginia lo cotidiano era una especie de tabla de salvación que le permitía no hundirse en la marea de visitas ni en los sentimientos colectivos que tanto rechazaba, pero el ámbito privado también presentaba sus complicaciones y durante unos cuantos meses, Vanessa y Virginia se enfrascaron en una suerte de complot que tenía como centro la cuestión del servicio doméstico.
Además, el embarazo de Vanessa avanzaba y generaba suspicacias. Era evidente que no convivía con Clive, y Virginia había prometido ser reservada acerca de quién era el padre del bebé. Su hermana necesitaba ayuda; no tenía empleadas y Charleston estaba casi superpoblado. Vivían allí Vanessa, Duncan, David Garnett, una institutriz y su amante, cuatro niños, además de la hija y un sobrino de la institutriz, sin contar las visitas de Clive, amigos y parientes. Se trataba de una verdadera multitud, y Virginia consideró que podía ayudar enviando allí a sus empleadas Nelly y Lottie. La situación era confusa, ya que los Woolf —a menos que se hiciera efectivo el ofrecimiento de dirigir una revista que Leonard había recibido— temían no contar con recursos suficientes para seguir pagando sus sueldos. Aun así, Leonard no creía en ese pase, aunque se dijera que era temporario. Tampoco Nelly y Lottie lo aceptaban fácilmente, y las negociaciones entre ellas y Virginia no daban buenos resultados. Todo empeoró con la llegada de Trissie, la cocinera de Vanessa, enviada por ella para hablar con las empleadas de su hermana, que embrolló las cosas diciéndoles que cabía la posibilidad de que dejaran a los Woolf indefinidamente. Pero Vanessa, que creía que Leonard había tenido que ver con la negativa de Nelly y Lottie de trabajar para ella, expresó sus recelos y Virginia debió contestar defendiendo a su marido. Finalmente, Virginia se quedó con sus empleadas y trató de ayudar a Vanessa a conseguir otras, pero todo ese asunto les ocupó la mente y la correspondencia por al menos dos largos meses.
En julio los Woolf visitaron Tidmarsh, donde Lytton y Carrington vivían desde Navidad. Los comentarios de Virginia dan una idea de lo que traslucía esa extraña convivencia en la que Carrington se esmeraba. La joven parecía ocuparse de todo en una casa sin servicio, y su actitud silenciosa, apagada, les hacía tomar conciencia de su juventud y de la admiración que sentía por Lytton. Pero más allá de ello Virginia advirtió los indicios de lo que fue su trágico final. Dice de Carrington:
«Si nos preocupáramos por ella, deberíamos inquietarnos por su posición —tan dependiente de Lytton—, y por haber quemado tan abiertamente las naves convencionales. Está decidida a arriesgarse y a confiar en la suerte, evidentemente. […] Lytton muy entretenido, encantador, bondadoso, y como un padre para Carrington».
Unidas sentimentalmente a los integrantes originales de Bloomsbury, un grupo de mujeres más jóvenes ingresaba en su círculo íntimo; pero tanto Virginia como Vanessa no aceptaban fácilmente a las nuevas. Mrs. Mary Hutchinson, la amante de Clive, lo sintió en carne propia. En principio Virginia solo se refirió a su silenciosa presencia y sin hacer comentarios hirientes o despectivos resaltó la timidez de Mary, llegó a considerarla una persona agradable, poco conflictiva, y le ofreció publicar una historia suya en la Hogarth Press. Vanessa también recibía a Mary, y todo parecía andar sobre ruedas hasta que ciertos chismes llegaron a oídos de la amante de Clive. Le contaron que Vanessa y miembros de su círculo de amistades solo la soportaban para no enemistarse con Clive, y aunque Mary no fue explícita acerca de sus fuentes, tanto Vanessa como él creyeron que Virginia había dado a entender eso al pintor Mark Gertler,[208] durante una visita a Asheham. El incidente abrió cicatrices, y Virginia sintió que su cuñado no la había “perdonado nunca […] ¿qué? Da la impresión de que sus observaciones personales están fundadas en cierta reserva provocada por una ofensa que ha decidido no manifestar con franqueza”. De hecho Clive no dudó en acusarla por las supuestas ofensas a su amante. Por su parte, Vanessa le escribió diciendo que lo que menos deseaba era indisponerse con Mary por algo que nunca había dicho. De poco sirvió que Virginia se defendiese, las sospechas tendían a aumentar su fama de persona indiscreta. Finalmente, aunque Mary coincidió con Virginia en Charleston en septiembre, siguió siendo un enigma silencioso: “Ella estuvo, como de costumbre, muda como una trucha… Digo trucha por su vestido moteado, y también, aunque silenciosa, porque tiene la veloz compostura de un pez”.
¿A qué se debería el silencio de Mary? Tal vez había sido advertida acerca de lo indiscreta que podía ser Virginia. Lo cierto es que ambas tenían conocidos en común. Mary Hutchinson era prima de los Strachey y de Duncan Grant, y estaba casada con el abogado St. John Hutchinson. Su fuerte no eran las palabras, pero se trataba de una mujer elegante que sabía de pintura y de decoración de interiores. Su estilo, siempre actualizado y a la moda, y la llamativa pareja que hacía con Clive, despertaban la vena sarcástica de Virginia, que los llamaba “los cacatúas”. Pero el ingenio y los comentarios agudos se volvían en contra de ella. No era de extrañar que Clive viviera “con el temor de alguna alianza entre Mary[209] y yo que pondrá en juego su posición con ella”, escribió Virginia.
El incidente no se resolvió con facilidad. Virginia debió dar explicaciones, y a fines de octubre le escribió una extensa carta a Nessa recordando la conversación con Gertler, en la que lamentaba ser “la víctima de ese infernal sistema de espionaje”.
Mientras tanto, no faltaban preocupaciones fuera del ámbito familiar. Los ingleses esperaban con ansiedad el fin de la guerra, y Virginia escribía en su diario: “Magnifican nuestras victorias para que se nos haga agua la boca por más”. Finalmente, al tiempo que se anunciaba el fin de la guerra, las hermanas también hicieron las paces. Virginia fue una de las primeras en estar al tanto del curso de los acontecimientos. Estaba tomando el té con su “odioso diario de un penique para leer” cuando recibió la sorpresiva visita de su primo Herbert Fisher. Leonard estaba en Sutton y las empleadas tenían día franco el día en que su primo, miembro del gabinete de David Lloyd George, ministro de Municiones y Guerra, tocó el timbre y, tal vez movido por un “viejo cariño familiar”, les dio importantes noticias.
Fin de la guerra
“Hoy hemos ganado la guerra”, le dijo su primo. Y agregó:
«Los alemanes han decidido que no pueden batirse en retirada. El Estado Mayor ha enfrentado los hechos y ha tenido el valor de reconocerlo. […] Hay ahora grandes posibilidades de una completa derrota del ejército alemán; Foch dice: “Todavía no ha peleado mi batalla”. A pesar de la extrema venganza de nuestra prensa y de la francesa, Herbert creía que íbamos a privar a Foch de su batalla, en parte porque los alemanes aceptarían cualquier condición con tal de evitarla. “Lloyd George me ha repetido una y otra vez que tiene intenciones de ser generoso con los alemanes. Queremos una Alemania fuerte”, dice él. El Kaiser probablemente se irá. “Ah, yo era un gran admirador de los alemanes al principio. Fui educado allí y tengo muchos amigos allí, pero he perdido la confianza en ellos. La proporción de gente brutal es mayor entre ellos que entre nosotros. Les han enseñado a ser brutales. Pero no ha sido provechoso. Todos sus crímenes han salido mal. Nadie puede afrontar otra guerra. Caramba, en diez años pueden borrar a Londres del mapa con sus aviones” […] Y así seguimos charlando. […] Intentaba pensarlo extraordio, pero me era difícil —extraordinario, digo— estar en contacto con alguien que se encuentra en el centro del mismísimo centro, sentado en una pequeña habitación en Downing Street».
A fines de año, ni el anuncio del armisticio ni estar en el tramo final de su novela parecían surtir efectos positivos, y a Virginia le costaba encontrar los motivos de su tristeza. Por entonces Vanessa esperaba un tercer hijo. También Karin, la mujer de Adrian, estaba encinta de su segunda hija, y en una carta a Barbara —también embarazada—, Virginia confesaba su envidia: “Nada puede ser tan importante como el tener un bebé”.
El 13 de noviembre, dos días después de anunciado el armisticio, Virginia tuvo otra ocasión de constatar su difícil relación con las multitudes. El regocijo en las calles de Londres le pareció sórdido y deprimente. En una oportunidad, al salir del dentista se vio inmersa en la muchedumbre que poblaba las calles y sintió que solo gracias a la presencia de Leonard le era posible tomar el camino que conducía a su casa. “Un niño pequeño casi fue aplastado en el metro a mis pies; estábamos tan apretados que apenas pudimos levantarlo; todos parecían medio borrachos… se iban pasando las botellas de cerveza”. Las mujeres besaban a los soldados, la sensación de la multitud a la deriva, las banderas ondulando y la desorganización de la gente la hundieron en el desánimo. Se sentía “desahuciada de la raza humana” y se preguntaba qué ventajas suponía la guerra o la paz para los pobres y marginales que veía en las calles. Sin demasiado optimismo concluía que, luego de la destrucción de los zeppelin y la restauración de la economía, “la gente pronto olvidaría todo con respecto a la guerra”. No contribuyó a que recuperara la alegría perdida una conversación que por entonces sostuvo con Janet Case. Su antigua profesora le aconsejó dejar la ficción y pasar a la biografía. “Llegué a la conclusión — escribió Virginia— de que la gente agradable y educada que se ha pasado la vida enseñando griego y que debería saber algo al respecto, tiene poca sensibilidad para la ficción moderna”.
Las palabras que su antigua maestra había pronunciado, tal vez con descuido, la habían herido al punto de escribirle a Nessa: “No hay prácticamente nadie en Londres ahora con quien pueda hablar de mi propia escritura o la de Shakespeare. Estoy empezando a creer que sería mejor que dejara de escribir novelas, ya que a nadie le importa un bledo que las escribamos o no”.
A pesar de la inseguridad que la embargaba, Virginia trataba de afianzarse y reflexionaba en su diario: “La única vía sensata es recordar que el escribir es, después de todo, lo que uno hace mejor”. Y agregaba: “Obtengo infinito placer en hacerlo; […] gano £100 al año; y […] a algunas personas les gusta lo que escribo. Pero Janet solo admitiría que el amor cuenta, y dice que sus amigas han tenido éxito solo con ‘desenvolverse’ en la vida, no en el arte”. Ese estado de ánimo no mejoró cuando Virginia tuvo oportunidad de conversar con T. S. Eliot, “un joven americano refinado, cultivado, exquisito”, con un credo poético y sólidos puntos de vista, muy intelectual, que no parecía tomarla en cuenta pero que se declaraba admirador de Ezra Pound y de Joyce.
En cuanto al panorama del fin de la guerra, la situación era incierta, y los más radicales, como Roger Fry, creían que estaban al borde de la revolución.
Las clases bajas presentaban sus reclamos, mientras Virginia escribía: “El impenetrable muro de la clase media conservadora nunca fue más impenetrable, la dinamita podría reducirlo a polvo, pero es impermeable a la razón o a la imaginación o a la humanidad”.
Para Leonard el fin de la guerra representaba nuevos desafíos. Una de sus posibilidades era participar en la representación inglesa del comité de paz de la Liga de las Naciones. Turbada, Virginia comprobaba que no disfrutaba de los festejos. Incluso formar parte del público de un teatro la hacía pensar que era “espectadora del público, y nunca parte de él”. En esas circunstancias visitar a Katherine Mansfield en Hampstead era un alivio, “ya que ahí, bajo cualquier circunstancia, hacemos un público de dos”. Si bien en presencia de Murry la charla languideció, Virginia notó que, bajo la superficie, aquellos dos “demasiado del submundo” estaban pendientes de la aceptación e inseguros de sí mismos. El fin de la guerra también se proyectaba sobre el futuro de la Hogarth Press. La amistad con Roger Fry y el estímulo constante de Vanessa habían influido en los gustos de los Woolf en materia de pintura, y aunque Virginia siempre diría que la literatura era un arte superior, podía admirar el modo en que una obra de Cézanne sobresalía entre otras pinturas, como “una verdadera piedra preciosa entre las falsas”. El especial cuidado en la elección de los materiales de las cubiertas y de las ilustraciones fue un rasgo de la Hogarth Press, que mantuvo a las hermanas en un diálogo creativo, estrecho, aunque a veces interrumpido. Así la publicación de “Kew Gardens” llevó una ilustración de Vanessa, a la que Virginia le atribuyó gran valor.
El contacto con los pintores y críticos de arte contribuía a la formación de sus propias convicciones en materia estética. Virginia exploraba sus “sentimientos estéticos” y se preguntaba si la preferencia de algunos colores en desmedro de otros no tenía que ver con “cierto tipo de instinto”. Por entonces sus paseos por la ciudad incluían tanto recorridos por la Galería Nacional y la National Portrait Gallery como visitas al Omega Workshop donde incluso llegó a comprar varios vestidos de osada factura. En el local de diseño que había fundado Roger Fry y en el que Duncan Grant y Vanessa colaboraban, confluían variados colores, y los ritmos más diversos invadían sillas, almohadones, vestidos, murales, biombos, pantallas de lámparas y todo tipo de cosas de uso cotidiano. Cada objeto era único, trabajado de manera artesanal según los lineamientos de Fry, que intentaba “que el sentido del humor se introdujera en los muebles y en los tejidos”.
Se ha dicho que los artistas de Bloomsbury se dedicaron individual y colectivamente a “crear condiciones de domesticidad” alejadas de las corrientes tradicionales, ambientes apropiados a sus aspiraciones y nuevas formas de vida, encuadradas en el modernismo y que delinearon una “identidad colectiva” en la que las “iniciativas activistas —sexuales, estéticas y políticas—” fueron “amargamente resistidas por la cultura dominante”. Lo cierto es que para la gente de Bloomsbury la decoración era muy importante y el fin de la guerra anunciaba una nueva liberalidad en ese sentido. Se trataba de un rasgo más de la personalidad; sus logros “no eran las máquinas de una utopía estandarizada, sino el resultado de un individualismo ganado con esfuerzo frente a la represión”. Por eso, si la competencia entre la casa de Virginia y la de Vanessa puede interpretarse como un conflicto privado típico entre hermanas, también se ha interpretado como un esfuerzo por hacer de la domesticidad “la base de un nuevo orden social y estético, y dar expresión visual a ese orden a través del aspecto y apariencia de la casa”[210] 95 El día de Navidad nació la hija de Nessa. Virginia estaba encantada de que fuese mujer y se ofreció para cuidar a sus sobrinos mayores en Asheham. Alababa las mentes “mucho más rápidas y más inteligentes que las nuestras” de Julian y Quentin,[211] y hacía listas de cosas para hacer con ellos: ir al zoológico, tomar el té en Omega Workshop y en Buzzards, ver pantomimas, asistir al Ballet Ruso[212] o visitar el British Museum y Richmond Park.
En noviembre también había nacido Judith, la hija de Adrian. Y a la luz de los nacimientos de sus sobrinos, Virginia temía que Noche y día —había escrito las últimas palabras de sus 538 páginas— fuera un logro menor y discutible.