Capítulo XXIII - 1920

Desafíos para una nueva novela

LA malaria y la gripe detuvieron a los Woolf en Londres hasta finales de 1919, cuando pudieron trasladarse a Monk’s House. Asustada porque sufría dolores en el pecho, que para su tranquilidad solo terminaron siendo coletazos de la gripe, Virginia buscaba un esquivo consuelo en Nessa: “Me temo que no obtendré mucha compasión de ti, aunque eso es lo que me propongo. Me pregunto por qué cualquier cosa relacionada con el corazón nos hace creer que nos estamos muriendo”.

Es probable que la dolencia en el pecho tuviera que ver también con conflictos emocionales. A pesar de que sus notas y críticas literarias salían en distintos periódicos, como novelista, Virginia experimentaba la crítica de los especialistas y también la de viejos conocidos que, como Kitty Maxse, emergían de las brumas del pasado. Que ella opinara que Noche y día era una novela “muy mala, los personajes desabridos, la escritura aburrida, el amor insípido”, no sorprendía a Leonard, quien sugirió que las opiniones desfavorables de Kitty podían tomarse como cumplidos, y en ese sentido Virginia recordaba: “Yo solía odiar a sus amigos y sus puntos de vista, así que es bastante acertado que ella pudiera encontrar los míos aburridos”. Mientras tanto, a la manera que el antiguo círculo de Hyde Park Gate consideraba más apropiada para las mujeres, otra antigua amiga incursionaba en el ámbito literario. Se trataba de Violet Dickinson, que llevaba vendidos cerca de setecientos ejemplares de las cartas de una de sus antepasadas que Virginia leyó con simpatía, reconociendo que los elogios de Violet, en el difícil 1902, la habían incentivado como escritora.

La noche del 7 de enero, antes de dejar Monk’s House y ya ganada por su nueva casa, Virginia escribió en su diario que había disfrutado de jornadas solitarias en las que “la crema del día” la constituía el momento en que, sentados frente al fuego de la chimenea, esperaba junto a Leonard la llegada del correo. Como la cocina debía ser modernizada, una tal Mrs. Denham, prolífica esposa del jardinero madre de once hijos, que Virginia definió como la sagacidad personificada, les alcanzaba las comidas calientes que preparaba previamente en su casa. Cerca de media mañana los Woolf se quedaban solos, se ocupaban de cuidar el fuego, prepararse café y leer, todo en un ambiente que a ella le parecía, finalmente, suntuoso y pacífico. A pesar de que la casa tenía menos comodidades que la de Asheham, uno de los mayores placeres de Monk’s House lo constituían la variedad de paseos y, sobre todo, en el caso de Leonard, un gran jardín para diseñar y trabajar. No era extraño que Virginia se contagiara de su entusiasmo y terminara el día agotada pero feliz y, como toda jardinera que se precie de tal, con rastros de tierra bajo las uñas. En ese marco, los paseos por los alrededores eran un “modo de contrarrestar el terrible atractivo del jardín”. A través de los años, Leonard fue modificando el jardín, mientras que Virginia sintió predilección por refaccionar el interior de la casa.[226] Los hábitos del matrimonio también se transformaron con el tiempo.

En un principio, Leonard y Virginia durmieron en camas separadas en la misma habitación; al menos así era todavía en abril de 1920, cuando Virginia le escribió a Vanessa contándole que un ratón había saltado en la cama de Leonard, lo que hizo que la mojara: “No puedes imaginarte lo que son sus sábanas por la mañana”. Tiempo después, encontraron más cómodo que él durmiera en otra de las habitaciones de la casa.

En Rodmell, el contacto con la vida de pueblo hacía que los Woolf se sintieran parte de la comunidad, y cuando esta sensación revestía carácter positivo, Virginia escribía en su diario:

 

«Uno de los encantos de Rodmell es la vida humana: todos hacen lo mismo a la misma hora: cuando el viejo vicario toca erráticamente las campanas, tras realizar el oficio para las mujeres, todos lo oyen, y saben en qué anda. Todos se encuentran en sus jardines; las lámparas están encendidas, pero a la gente le gusta aprovechar hasta la última luz de sol, que fue marrón purpúrea anoche, pesada con toda su lluvia. Lo que quiero decir es que somos una comunidad».

 

Claro que había ocasiones en que las peculiaridades de la gente de la aldea no le parecían tan encantadoras, y otras en que sentía que las ceremonias en las que participaban carecían de sentido. Esto sucedió cuando presenció, en principio con gran expectativa, un funeral tradicional de Sussex, y sintió que, pese a las típicas levitas bordadas que usaban los hombres, “el culto resultó frío, torpe, inmanejable”, y que se reprimían “los sentimientos naturales”. Tampoco la conmovió el cortejo, que parecía actuar sin mucha convicción.

A mediados de enero, mientras se confirmaba la publicación de sus novelas en los Estados Unidos, Virginia leyó el libro de Leonard Empire and Commerce in Africa. A Study in Economic Imperialism. Su lectura le provocaba “auténtica satisfacción, con un deleite imparcial en su cercanía, pasión y lógica, de hecho es algo bueno de vez en cuando leer con atención el trabajo del esposo de una”. Si bien los intereses y escritos de Leonard estaban en las antípodas de sus propios temas y búsquedas, admiraba a su marido y él no la decepcionaba como otros de los prometedores amigos de juventud, en especial Clive, que apareció en el 17 Club, “capaz de mostrar el colorete y el maquillaje, el polvo y las arrugas, las grietas y contorsiones de mi pobre periquito”. Además de rechazar cierta falta de consistencia o de seriedad en Clive, próxima a cumplir los treinta y ocho años, se sentía tentada a analizar el modo en que el paso del tiempo retocaba las figuras de sus amigos, dibujando su perfil de madurez.

“A veces fantaseo —escribió— con que la única condición saludable es la de hacer un trabajo exitoso. Es la función principal del alma”. Acorde con eso, deducía que la irritación de Roger Fry estaba relacionada con las acusaciones que lanzaba contra Clive — de tomar sus ideas y venderlas en los Estados Unidos— y con el poco reconocimiento que obtenía su trabajo en Inglaterra. Pero —se preguntaba Virginia— ¿no deducía eso de su estado de ánimo después de cuatro horas sin escribir más que unas pocas líneas que no lograban precipitarse “hacia la vida y el fervor como lo hacían en los buenos días”?

Finalmente, el patetismo y la melancolía de las vísperas de su cumpleaños se disiparon, y el 26 de enero Virginia aseguró que era mucho más feliz que diez años antes. Había escrito “Una novela no escrita”, narración corta que consideró un “gran descubrimiento”[227] y que, como “La marca en la pared” y “Kew Gardens”, se ajustaba a lo que había adelantado en “La narrativa moderna”:

 

«Examinemos una mente normal en un día normal. La mente recibe infinitas impresiones, triviales, fantásticas, evanescentes o grabadas con la fuerza del acero. Nos llegan de todas partes, como un incesante chaparrón de innumerables átomos, y a medida que caen, a medida que adquieren forma para constituir la vida del lunes o del martes, el acento incide en un punto distinto de aquel en el que incidía en los viejos tiempos, el momento de importancia no se producía allí, por lo que, si el escritor fuera un ser libre y no un esclavo, si pudiera escribir como le diera la gana y no como está obligado, si pudiera basar su obra en sus propios sentimientos y no en las convenciones, no habría trama, ni comedia, ni tragedia, ni amor, ni catástrofe al estilo aceptado».

Creía que, acorde con esos parámetros, “La marca en la pared” marcaba un hito que ayudaría a “los novelistas del futuro” a dejar la descripción de la realidad, dándola por sentado, y comprender finalmente la importancia del “numero casi infinito de reflejos” que la componen. Por su parte, sentía que lograba algunos de sus objetivos en “Una novela no escrita”,[228] relato en el que una mujer de apariencia desdichada capta la atención del narrador que lee The Times mientras viaja en un compartimiento de tren junto a ella y otros pasajeros. Una vez que los demás descienden y quedan solos, unas pocas palabras de la mujer referidas a su cuñada llevan a que el narrador imagine su historia, su vida y entorno, utilizando, como en “La marca en la pared”, el fluir de la conciencia. El narrador no sabe el nombre de la mujer, pero le parece apropiado llamarla Minny Marsh, e imagina que es una solterona atormentada por su cuñada y por una picazón en la espalda. Cuando la mujer llega a destino y se encuentra con su hijo que la espera en la estación, la historia de soledad que el personaje- narrador había construido se desmorona, y si bien queda por un momento desorientado, enseguida lo entusiasman esas “¡enigmáticas figuras!”, “madre e hijo”, que le sugieren nuevas posibilidades narrativas (de las que da cuenta en su relato “El señor Bennett y la señora Brown”).

Con esta historia en su haber, a los treinta y ocho años recién cumplidos, Virginia sentía que era más feliz que a los veintiocho e incluso “más feliz que ayer”: había llegado “a cierta idea acerca de una nueva forma para una nueva novela” en la que, como en “Una novela no escrita”, una cosa iría abriéndose a otra, y escribía entusiasmada en su diario:

 

«¿No produciría eso la soltura y liviandad que deseo? ¿Acaso eso no se acerca más y sin embargo mantiene la forma y velocidad, y encierra todo, todo? Mi duda es hasta qué punto “incluirá”, encerrará, el corazón humano. ¿Soy lo suficientemente dueña de mi diálogo para atraparlo allí con una red? Ya que me figuro que el enfoque será totalmente diferente esta vez: nada de andamiaje; apenas algún ladrillo a la vista; todo crepuscular, pero el corazón, la pasión, el humor, todo tan brillante como un fuego entre la niebla. […] concíbase “La marca en la pared”, “Kew Gardens” y ‘Una novela no escrita” tomadas de la mano y danzando en unidad. Lo que tengo que descubrir es cómo conseguir esa unidad: el tema está en blanco, pero veo inmensas posibilidades en la forma con la que di, más o menos por casualidad hace dos semanas».

 

Virginia siempre señaló el peligro de que se impusiera un “yo egoísta”[229] —esa era su mayor crítica a Joyce y a Richardson—, y se preguntaba si su escritura sería lo bastante flexible e impersonal como para “levantar una pared” entre el libro y ella misma, desafío que enfrentaba con la esperanza de haber “aprendido [su] oficio” tanto como para procurarse “todo tipo de diversiones”. Puede decirse que en “Una novela no escrita”, en sus diarios y artículos, y en “La narrativa moderna” o “El punto de vista ruso”, Virginia elaboró un sutil andamiaje para una nueva ficción. Entendidos como un conjunto reflexivo, todos estos escritos obran como antecedentes, universos paralelos o zonas de pasaje que le permitieron, lo mismo que sus narraciones cortas “La marca en la pared” y “Kew Gardens”, el tránsito entre una novela de corte convencional como Noche y día y la más experimental El cuarto de Jacob.

Memoir Club

En tanto se sucedían reflexiones que marcarían el destino de su obra, Virginia solía sentirse aislada del mundo, separada de las clases medias que “repican tan áspero, cuando ríen o se expresan”, pero también de las clases populares, y la invadía una sensación de extrañeza que tampoco aliviaba el contacto con su propia clase social. Así, luego de ver a Bruce Richmond —editor d e The Times— y a su esposa, creyó entender que las personas que carecían de “brillantez o sutileza” parecían tomarse “las cosas directa y sanamente”. Pero contarse a sí misma entre los brillantes no la libraba de una autocrítica feroz y despiadada que la hacía temer que su obra —aunque le reconocía rasgos relevantes— nunca diera la talla de lo que había intentado lograr al escribirla. Releer Fin de viaje la sumió en uno de esos estados de melancolía. El libro le pareció un conjunto de parches, y se desesperaba por lo que consideraba sus faltas; sin embargo, lo encontraba “un espectáculo un poco más gallardo e inspirador” que Noche y día.

Con la idea de una nueva novela en mente, Virginia asistió a una reunión en el Café Royal donde se celebraba la inauguración de una muestra de pinturas de Duncan Grant. Todo estaba organizado con elegancia, pero percibió que Duncan hubiera preferido prescindir de tanta ceremonia. Por su parte, excitada por el vino, el ambiente favorable y los cuadros de él —aun cuando solo los vio fugazmente “aquí y allí, mientras gente bien vestida pasaba ante ellos”—, experimentó el poder de las pinturas, que al final de la velada seguían dando “vueltas en la cabeza como el vino blanco […] tan hermosas, tan deliciosas, tan adorables”. Consciente de su comportamiento en esas ocasiones y de cuánto se entusiasmaba en los acontecimientos sociales, Virginia criticaba su capacidad “de inundar las escenas con emociones irracionales”. Lo cierto es que, requerida por su pulsión de escribir, se sentía tironeada por esas distracciones que, aunque disfrutaba, terminaban siendo una excusa para no trabajar:

 

«Desde hace un tiempo la vida ha sido considerablemente alterada por la gente. La edad o la fama o el retorno de la paz — no sé cuál—, pero de todos modos me estoy hartando de “salir a tomar el té” y sin embargo no puedo resistirlo. Cerrar una puerta que podría abrir es, a mis ojos, una especie de blasfemia».

 

La vida social era mucha; anticipada por el libro de Lytton, Victorianos eminentes, la década de 1920 inauguró una etapa significativa y de reconocimiento para los miembros más destacados de Bloomsbury. Otro de sus hitos fue la obra de Maynard Keynes, Las consecuencias económicas de la paz, que llevaba vendidos 5000 ejemplares, y cuya segunda edición, en marzo, llegó a los 15.000. En su caso, y aunque ya había publicado dos novelas, Virginia esperaba mucho más de su arte. ¿Se sabía poseedora de un élan del que otros, no importara el esfuerzo que hicieran, carecían? Puede decirse que, por entonces, se sentía diferente y en cierto punto superior intelectualmente a su hermano Adrian, con quien paseó por la exposición de Duncan, pero aún tenía que demostrar en qué consistía esa superioridad. Siempre tendría la sensación de que Adrian no encontraba su lugar en el mundo, y que tampoco, a pesar de cierto encanto, mostraba talentos especiales. Aunque en 1920 él, Karin y sus hijas ocupaban la misma casa que Vanessa y los suyos en el 50 de Gordon Square, su inclusión en Bloomsbury no fue fácil, y Virginia no se mostró muy comprensiva cuando ya en sus treinta, y siendo padres, su hermano y su cuñada decidieron estudiar Medicina para dedicarse al psicoanálisis. Pero no solo ella dudaba de incluirlo en su grupo; a pesar de que Adrian fue miembro original de Bloomsbury, en sus memorias Leonard no lo cuenta entre los amigos que se reunieron el 4 de marzo, convocados por Molly MacCarthy, para una reunión de lo que llamaron el Memoir Club y que tenía por objetivo juntar a los miembros del ya famoso grupo, para que contaran sus historias y recuerdos. Además de Molly Desmond, ese día los participantes fueron Leonard y Virginia Woolf, Maynard Keynes, Lytton Strachey, Clive y Vanessa Bell, Duncan Grant, Morgan Forster, Sydney-Turner, Sydney Waterlow y Roger Fry.[230] Con el tiempo, el Memoir Club sumó más invitados; entre ellos, David Garnett. La intención de Molly era la de inducir a su marido a escribir algo más que periodismo. Tanto ella como sus amigos conservaban la ilusión de que la brillantez de Desmond se canalizara literariamente. Habían creído ver en él a una especie de nuevo Henry James, pero aun cuando seguía fascinando a todos con su conversación, Desmond nunca escribía la obra que ellos esperaban de él. Si bien el club no tenía reglas ni actas, estaba basado en que cada miembro fuera “absolutamente franco”. De todas maneras, las reuniones no dejaban de ser una especie de examen de brillantez, que cada uno debía enfrentar a su turno, y aunque Desmond siguió como hasta entonces, puede considerarse que el club fue todo un éxito.

De hecho, Virginia encontró muy interesante la primera reunión del Memoir Club: “Siete personas leyeron —y Dios sabe qué no leí en sus lecturas”. Luego de que Sydney Waterlow relatara un sueño en el que revelaba “la aparente obtusidad del Sydney diurno ante el imaginativo poder del Sydney soñador”, habló “Clive puramente objetivo”. Cuando le tocó el turno a Nessa, en principio se apegó a los hechos, pero luego, superada por la profundidad de las emociones que debía expresar, fue “incapaz de leer en voz alta lo que había escrito”. A Virginia, Duncan le pareció fantástico, y Molly, aunque formal al principio, terminó mezclando todas sus hojas, equivocándose de página y arribando “firme pero temblequeante y diligente hacia el final”. También habló Roger: “Bueno, pero demasiado objetivo”. Fue así que, a pesar de que la reunión le resultó estimulante, Virginia escribió en su diario: “Dudo que cualquiera vaya a decir las cosas que interesan, pero no pueden evitar que salgan a la luz”. Lo cierto es que, dadas las características de sus integrantes, las reuniones debían parecer una competencia de talentos más que una reunión de amigos.

En la segunda reunión del Memoir Club, Virginia encontró que Leonard se mostró objetivo y triunfal, pero luego del silencio que siguió a su propia exposición, se sintió mortificada, disgustada consigo misma:

 

«“Una compañera que generalmente respeto y admiro”, y lamentó: “¡Oh, pero por qué leí esa basura egoísta y sentimental! […] ¡Qué me llevó a exponer mi alma desnuda!”. Era evidente que la necesidad de destacarse podía llevarla a situaciones de demasiada exposición, pero gracias al Memoir Club contamos con valiosos testimonios autobiográficos. Al principio las exposiciones de los integrantes eran cortas y numerosas; con el tiempo, dado el interés de los participantes, comenzaron a extenderse, admitiéndose dos lecturas por velada».[231]

 

Con una nueva novela en marcha, la atención que requería la Hogarth Press y una abultada vida social, las consecuencias no se hicieron esperar y los artículos y reseñas periodísticas de Virginia disminuyeron en forma considerable respecto de los años anteriores.[232] De todas maneras, el periodismo seguía siendo un ejercicio ideal, y luego de escribir un artículo sobre Henry James que fue bien recibido por el editor de The Times —pero que algunos criticaron diciendo que era “condenadamente refinada”—, reconoció cuáles eran las limitaciones que debía superar. Además, para no comprometerse emocionalmente con las críticas negativas, se propuso “inventar alguna regla sobre los elogios y las críticas”. Sin escudarse en actitudes defensivas, Virginia intuyó que el hecho de escribir bien fastidiaba a los ancianos caballeros que, como señalamos, consideraban su estilo pretencioso, “y luego una mujer escribiendo bien, y escribiendo en The Times, eso es el colmo”. Aun así, estaba dispuesta a reconocer la parte de verdad que podría haber en esas críticas, pero lo que realmente le preocupaba era fortalecerse para cuando apareciera publicada “Una novela no escrita”.

A la sombra de su estilizada y delicada figura se escondía una aguerrida fibra siempre pronta a tensarse en favor de su escritura. Su curiosidad, la manera en la que se interesaba por las otras personas, perseguía un conocimiento que debía transmutar en palabras. Como le sucede al narrador de “Una novela no escrita”, con solo mirar a la gente Virginia se sentía tentada de convertirlos en personajes que adquirían vida propia. Así fue en ocasión de salir del teatro, cuando siguió furtivamente a su primo Herbert Fisher, y luego registró en su diario:

 

«Lo seguí a lo largo de los vacíos e iluminados alrededores de Westminster, lo vi pasear tan distinguidamente, aunque para mí, tan vacío, hacia el Patio del Palacio, para tomar parte en el gobierno del Imperio. Su cabeza gacha —las piernas un poco tembleques—, pies pequeños. Traté de meterme dentro de él, pero solo pude suponer que pensaba de una manera exaltada […] cosas que yo consideraría puras tonterías. En efecto, siento esto cada vez más y más. Me he sumergido en la cabeza de cada uno de ellos y he vuelto a salir, creo».

 

La mente de los otros era de por sí interesante, y por entonces Virginia sentía que con relación a la suya la vida de los pintores era más sencilla, porque no necesitaban sociabilizar, en tanto se preguntaba si, siendo escritora, podía prescindir del mundillo de South Kensington. A tal punto le interesaba esa parte de la “humanidad” —escribía en una carta a Nessa, de viaje en Italia—, que irse “a la tumba con ese problema irresuelto sería un amargo fracaso a mis ojos. Si me ves patalear y agitarme en mi lecho de muerte, se deberá a eso”.

Como solía ocurrir cuando sentía la lejanía de su hermana, Virginia reconocía que había “algo sobre el Delfín (Vanessa) y su familia” que no podía ser igualado. Con ella era capaz de sincerarse, incluso reconocer los celos que le inspiraba Katherine Mansfield,[233] cuya genialidad proclamada por el Atheneum la llevaba a preguntarse, no sin ironía, acerca de “la pobre Mrs. Woolf’. Su afán por realizarse la convertía en una mujer unas veces celosa y otras, ambiciosa. Lejos de regodearse en una actitud autocomplaciente que apenas podía

tolerar en los demás —le resultaba repugnante ver a Desmond MacCarthy complacido al ser nombrado director de una revista—, Virginia escribía en su diario: “Ahora está satisfecho. La satisfacción es un espectáculo deprimente: ¿qué motivos hay para estar satisfecho?”. Para ella la escritura era un desafío que acechaba y conspiraba contra cualquier complacencia: “El poder creador que burbujea tan agradablemente al comenzar un nuevo libro se calma después de un tiempo, y uno continúa con más firmeza. Las dudas nos acechan. Luego uno se resigna. La determinación de no ceder, y la sensación de una forma inminente, es lo que lo mantiene estimulado más que nada”.

La mente de los otros

También preocupada por el entorno social y político, a pesar de los temores de los aristócratas y las clases altas, y de las expectativas de sus amigos socialistas y laboristas, Virginia no creía que la revolución fuera posible en Inglaterra. Todavía la sociedad inglesa podía mostrarse muy conservadora y moralista, cosa que tuvo la oportunidad de comprobar cuando Madge y William Vaughan, que pensaban alquilar Charleston a Vanessa, cambiaron de opinión atentos a los rumores de su situación matrimonial y su relación con Duncan. De hecho, Madge llegó a escribirle a Vanessa pidiéndole explicaciones acerca de su vida privada. La contestación de Vanessa, “mitad entretenida y mitad furiosa”, fue terminante. ¿Qué tenía que ver eso con que alquilase o no su casa? ¿Acostumbraba a inquirir sobre el carácter de sus arrendatarios? En su carta Vanessa continuaba diciendo:

 

«En cuanto al chisme acerca de mí […] me parece casi increíblemente impertinente de tu parte que me pidas que satisfaga tu curiosidad al respecto. No puedo concebir por qué lo consideras siquiera de tu incumbencia. Soy absolutamente indiferente a cualquier cosa que el mundo pueda decir acerca de mí, mi esposo o mis hijos. Las únicas personas cuya opinión puede afectarla a una, las clases obreras, afortunadamente tienen el sentido casi total de darse cuenta de que no pueden saber nada de la vida privada de los demás y no permiten que sus especulaciones acerca de lo que uno hace interfieran con su juicio respecto de uno. Las clases medias y altas no son tan sensibles. No importa, ya que no tienen poder sobre la vida de una. Pero me parece trágico que tú pienses como ellos. Si no puedes aceptarme como te parezco ser, entonces debes renunciar a mí, ya que no tengo intenciones de confesarte mis pecados o defender mis virtudes ante ti. Mis relaciones con otras personas no te conciernen, ni podrías comprenderlas incluso si tuvieras mayores oportunidades de hacerlo de las que tienes. Digo esto porque es evidente —debe serlo también para ti— que nuestros puntos de vista acerca de la vida son considerable y totalmente opuestos.

Esto no me prevendría de verte con placer, hablar de muchas cosas contigo, incluso de admitirte en mi hogar. Sin embargo, si no puedes vivir donde yo he vivido sin asegurarte de que soy apta para ser invitada al palacio de Buckingham[234] entonces es mejor darnos cuenta de que somos demasiado diferentes como para vernos con provecho».

 

Casi al mismo tiempo que ocurría este franco intercambio epistolar entre Vanessa y su antaño idealizada amiga, Virginia recibió una carta del editor de Madge ofreciéndole un ejemplar de su libro y otra carta de ella preguntándole si lo comentaría. “Tal es la moralidad de una mujer que no contaminará a sus hijos hospedándose en Charleston”, señaló Virginia, incorruptible defensora de Nessa, que explicando su vínculo de amistad con la autora, rechazó hacer la reseña. Finalmente cuando el libro apareció comentado en The Times, le pareció que la reseña era una sarta de “puras mentiras, muy cortés y aburrida como agua estancada”. Los convencionalismos, las “evasiones sentimentales” y compromisos como el que hubiera asumido al reseñar el libro de Madge eran reliquias del pasado.

Para los integrantes de Bloomsbury, la modernidad iba de la mano de una nueva moral y percepción de la realidad, cuestión que también puede relacionarse con los adelantos técnicos que desde finales del siglo XIX revolucionaban la vida cotidiana. En “La narrativa moderna” Virginia había señalado que la pasmosa evolución de la tecnología a duras penas tenía su correlato en la narrativa. Los escritores como Bennett, Wells y Galsworthy se esmeraban en describir complejas y pesadas maquinarias, un trabajo vano que oscurecía y manchaba “la luz de la concepción. ¿¿Cómo dar un correlato a lo que podía percibirse en un estudio fotográfico cuando “un millón de velas centellean en tu cara, y así la verdad absoluta es obtenida”? Su narrativa quería dar cuenta de esos fenómenos, pero sobre todo la fascinaban los procesos mentales normales o de los otros, como quedó en evidencia luego de que fuera testigo de lo que llamó un “caso de histeria servil” originado tal vez en el deseo de “actuar un sueño”. Todo había comenzado con una serie de desgracias que contó Mary, la empleada de Nessa que aseguró que en el lapso de 15 días habían fallecido su madre, su padre y su amante, y no hacía mucho su hermano por neumonía. Días después descubrieron que todas esas historias eran producto de una mente enferma, y que Mary había simulado e incluso escrito cartas en las que supuestos conocidos le informaban de todas esas desgracias. Luego de comer en casa de Nessa, Virginia vio cómo llevaban a la pobre mujer al hospital mental de St. Pancras. Conmovida, en un estado de gran receptividad, se dirigió a su casa, y mientras contemplaba la ciudad desde la parte alta de un autobús, observó a una vieja mendiga, ciega, sentada contra una pared. Más tarde, registró en su diario el episodio y las reacciones que este tipo de escenas disparaba:

 

«Sosteniendo un perro callejero marrón en sus brazos —la mendiga— cantó en voz alta. Había una imprudencia en ella; muy en el espíritu londinense. Desafiante — casi alegre—, apretujando a su perro como para mantenerse caliente. ¿Cuántos junios se ha sentado ahí, en el corazón de Londres? Cómo llegó a estar ahí, qué escenas puede revivir, no logro imaginármelas. Oh maldita sea, digo, ¿por qué no puedo saber todo eso también?»

Cantando estridentemente “pero para diversión propia no mendigando”, la vieja mendiga reaparece en La señora Dalloway. Pero sería erróneo pensar que todas las personas le parecían tan interesantes. En mayo y días antes de que Leonard fuera designado candidato laborista por la universidad, los Woolf visitaron al matrimonio Cole —dos jóvenes y activos intelectuales socialistas que trabajaban para el Partido Laborista— y, como solía suceder en esas ocasiones, Virginia no se sintió a gusto. El matrimonio le recordó a unos Webb en embrión, y tuvo la sensación de estar “metiendo la pata a cada paso”. Lo cierto es que se había sentido irritada y vaticinaba que Mrs. Cole, en cuya mente no parecía haber “ni una sombra o valle”, se convertiría en “una mujer intelectual del tipo astuta fox-terrier anciana”.

Se acercaba el verano y el buen tiempo preanunciaba otro tipo de eventos sociales y culturales. Una galería de personas desfilaba ante los ojos de Virginia y poblaba sus diarios. Para los Woolf, la copa de Ascott, “la marea más alta de la más grandiosa temporada de las mejores sociedades”, no significaba demasiado, aunque Virginia podía dejarse llevar un momento al oír “el rumor de las ruedas en Picadilly una linda tarde” viendo “en el interior de los coches los rostros empolvados como joyas en vitrinas”. Si bien su vida social conectaba solo ocasionalmente con el tipo de eventos preferidos por la alta sociedad, los Woolf estaban muy ocupados, asistían a numerosas cenas, a las reuniones del Memoir Club y recibían muchas invitaciones. Había momentos en los que las exigencias de la amistad no eran fáciles de equilibrar; algo así sucedió en una exposición de Roger Fry, donde Virginia sintió que la alta valoración que tenía de su amigo no coincidía con lo que pensaba de su obra. “Los innumerables cuadros cuelgan, como muchachas feas en un baile, y nadie apuesta ni un penique”, escribió en su diario y agregaba: “¿Qué hay para decir, excepto que los malos cuadros no se venden?”.

Era evidente que la cuestión del reconocimiento y la fama afectaba a la mayoría de los integrantes de Bloomsbury. Durante la exposición de Roger, Virginia y Lytton conversaron sobre estos temas, y él le confesó que su ambición lo empujaba a vivir, pero que no quería “la fama o influencia de Maynard” sino la de un viejo caballero que a sus ochenta años recibiera el homenaje y fuera escuchado por un grupo de admiradores atentos a sus denuncias. Aunque creía que eso era irrealizable, Virginia compartía el gusto de su amigo por denunciar falsedades. En ese sentido, en tanto anticipaba que The Story of the Siren de E. M. Forster —próximo a ser publicado por la Hogarth Press— sería un boom, en una reunión de escritores y en contra de la opinión general, incluso de la de Katherine Mansfield, se atrevió a decir que El rescate de Joseph Conrad era un rígido melodrama. En momentos así, Virginia se preguntaba si podía considerarse a sí misma una crítica literaria; de hecho, sentía que en esa ocasión había sido “la única voz independiente en un coro de obedientes ovejas”.

Por entonces, las cerca de treinta reseñas escritas ese año representaban muchas menos que el año anterior, tal vez porque trabajaba como “jornalera” en su editorial y además le quedaba poco tiempo para dedicarse a su novela. También escribía la narración corta “Lunes o martes”, y afrontaba otra crisis de su empleada doméstica, Nelly, quien aseguraba sentirse “entre la vida y la muerte”. En realidad, su problema se solucionó con unas pastillas recetadas por el médico, pero durante cerca de diez días toda la rutina de las casa se vio trastornada. Finalmente, a principios de agosto los Woolf se dirigieron a Monk’s House. Allí Leonard confesó que también él estaba al borde del derrumbe; desde que Barbara los había abandonado no tenían ayudante en la imprenta y él debía, además de las tareas propias del oficio, cargar con todas las administrativas. La imprenta había dejado de ser un pasatiempo para convertirse en un exigente trabajo que requería más de lo que podían hacer los dos solos. En efecto, en 1920 la Hogarth Press publicó The Story of the Siren, de E. M. Forster, las Reminiscencias de Tolstoi, de Maximo Gorki —traducidas por un ucraniano apellidado Koteliansky[235] y el propio Leonard—; también aparecieron cuentos sobre el Antiguo Testamento, de Logan Pearsall Smith.

Temas pendientes

Además del trabajo en la imprenta, las actividades políticas de Leonard se multiplicaban. Desde 1918 era secretario del Comité de Relaciones Internacionales del Partido Laborista, y en 1920, además de ser nombrado editor político de The Nation, le pidieron que se presentase como candidato al Parlamento por parte de la Seven Universities Democratic Association, un combinado de universidades que conformaba un distrito elector y que debía elegir representante. A todo esto se sumaba la perspectiva de que la Hogarth Press se convirtiera en un proyecto comercial. Según Leonard contó en sus memorias, el libro de Gorki significó un punto de inflexión en la historia de la editorial. El año anterior Katherine Mansfield y Middleton Murry les habían presentado a Koteliansky, un emigrado ruso a quien Gorki le había enviado una copia de Reminiscencias y los derechos para su traducción al inglés. Libros extranjeros nunca antes publicados y que difícilmente aceptarían editoriales comerciales eran bienvenidos en la Hogarth Press. En este caso, los Woolf acordaron que Koteliansky —a quien apodaban Kot— hiciera una primera traducción dejando grandes espacios entre líneas, para que luego ellos, que comenzaron a estudiar ruso, la corrigieran y terminaran. Esta primera versión de Gorki fue un éxito y siguió publicándose por más de cuarenta años.

En Rodmell y lejos de la vorágine e inmediatez que caracterizaban la vida en Londres, Virginia pudo dedicarse a su novela. El cuarto de Jacob avanzaba a la par que leía el Quijote. También se ocupó de otras cosas, como pintar la casa, y delinear los proyectos que llevarían a cabo en el otoño. Por entonces, los Woolf decidieron tentar a Ralph Partridge, un ex soldado enamorado de Carrington que Lytton protegía,[236] para que los ayudara en la imprenta. El joven de veintiséis años impresionó a Virginia: “Tiene un cuerpo magnífico: hombros como un fuerte roble; la salud tintineando bajo su piel”. Si bien no creía que le interesara la literatura y pensaba que Carrington se avergonzaba un poco de él, destacaba en su diario: “¡Pero qué hombros!”. El trato estipulaba que pagarían cien libras a Partridge y lo incluía como socio y secretario. Si bien el acuerdo le parecía apresurado, Virginia se sentía con deseos de arriesgarse, porque ¿cuál era “el sentido de la vida” si uno no se precipitaba?

Asumir riesgos fue característico de esos años de despegue y de temores. En ese sentido, la amistad con Katherine Mansfield puede considerarse uno de los riesgos que Virginia no dudó en asumir. Como dice Angela Smith, “a la vez que escribía El cuarto de Jacob, Virginia Woolf estaba involucrada en la más intensa fase de su amistad con Katherine Mansfield”; la relación era compleja y atractiva: “Woolf y Mansfield eran literalmente extrañas en términos de nacionalidad y de crianza, pero también eran familiares, tenían grados de afinidad”. A pesar de ello, Virginia siempre tuvo la sensación de que Katherine se le evadía, la desconcertaba. Por eso se sintió confundida cuando, en mayo, recibió una escueta y formal nota suya, diciendo que había regresado a Londres y quería verla. El tono de la misiva puso a Virginia a la defensiva, y aunque se preguntó “¿está resentida conmigo?”, no resistió la tentación de ir a su encuentro:

 

«Ni placer ni emoción al verme — escribió Virginia en su diario—. Me di cuenta de que es del tipo gatuno: ajena, compuesta, siempre solitaria y observante. Y luego hablamos acerca de la soledad, y descubrí que expresaba mis sentimientos como nunca antes los había oído expresados. Después de eso nos pusimos al día, y como suele sucedernos, hablamos fácilmente como si ocho meses fueran minutos».

 

Una vez superada la desconfianza, las escritoras remontaban la “formalidad y frialdad” de los primeros momentos del encuentro, pero es dudoso que se soltaran del todo. De hecho, viéndola completamente “concentrada en su arte”, Virginia pretendió ante Katherine que no podía escribir, a lo que esta le contestó: “¿Qué más queda por hacer?”. Antes de despedirse, Katherine le pidió cuentos para publicar en Atheneum, la revista que dirigía Murry. Sorprendida por escuchar semejante propuesta de quien había criticado seriamente Noche y día, Virginia oyó cómo la “inescrutable” mujer no solo decía que nadie más que ella podría escribirlos, sino que “Kew Gardens” era el punto de viraje hacia una nueva narrativa. En ese momento y aunque no había tenido intenciones de hablar del tema, le preguntó su opinión acerca de Noche y día e incluso logró sonsacarle un halago que de todas maneras no llegó a convencerla: “¿Qué significa entonces su crítica? ¿O está siendo emocional conmigo?”. Sea como fuere, sentía que no había “nadie”, a excepción de Leonard, con quien pudiera hablar con tanta libertad y franqueza acerca de escribir. Ante la inminencia de la partida de Katherine, Virginia intuía lo que podría ser “el vacío de no tenerla para hablar”. Una mujer a la que le importaba escribir tanto como a ella era “muy rara”, y tenía la sensación “de un eco que retorna a mí desde su mente ni un segundo después de haberle hablado”. A diferencia de lo que sucedía en su pareja con Leonard, a Virginia le llamaba la atención la distancia que caracterizaba a la de Katherine y Murry. De hecho Katherine partió sola de Inglaterra y vivió sus últimos años en compañía de su amiga Ida Baker. Su enfermedad avanzaba, pero según se refleja en sus diarios, es probable que Virginia no tomara conciencia de lo mal que se encontraba su amiga. Si en algún lugar de su mente o su alma Katherine sabía que le quedaban apenas tres años de vida, una secreta añoranza por el tiempo por delante que Virginia tendría para expresarse bien podría ser una de las razones por las que se mostraba distante y complicada. “Es extraño lo poco que conocemos a nuestros amigos”, pensó Virginia al verla por última vez, y con ansiedad se preguntaba en su diario: “Pero tenemos la intención de escribirnos. Me mandará su diario. ¿Lo haremos? ¿Lo hará? Si fuera por mí lo haría; ya que soy la más simple y directa de las dos”.

Las cartas que le reclamaba a Katherine exigían respuestas y un diálogo que podría haber sido importante, ya que por entonces y con acierto Virginia llegó a pensar que lograría la inmortalidad como escritora de cartas. De todas maneras, en esos momentos las cartas conspiraban, junto con los artículos, la imprenta y su vida social contra El cuarto de Jacob. En esta etapa de realización y cuestiones pendientes, Virginia se interrogaba: “¿Hasta dónde nuestro grupo ha justificado su promesa?”. Durante una visita a Rodmell, Lytton leyó unas páginas de la biografía que estaba escribiendo sobre la reina Victoria, y aunque se quedó dormida en plena lectura, Virginia creyó que se trataba de un libro que tenía una gran fuerza, era “un milagro en el sentido de la condensación y composición”, y presentaba una manera diferente de hacer historia. Pero añadía: “No se qué cualidades tiene. Sospecho que depende demasiado de las citas entretenidas, y le teme mucho a lo aburrido como para decir algo fuera de lugar. Para nada un libro meditativo o profundo; por otra parte, un texto marcadamente compuesto y homogéneo”. Era un hecho que Lytton había dejado de ser un competidor, y ya no le generaba la inseguridad que sentía cuando, por ejemplo, estaba en presencia de Tom Eliot, a quien vio ese septiembre mientras escribía el séptimo capítulo de El cuarto de Jacob. Eliot no era fácil de tratar y creía que él ignoraba sus pretensiones como escritora; además, que se declarara admirador de Joyce no era para nada estimulante y Virginia comenzaba a temer: “Lo que hago está probablemente siendo mejor realizado por Mr. Joyce”.

Terminaban las vacaciones y, a pesar del mal tiempo, de la conflictiva visita de Eliot y de un dolor de cabeza que la afectó varios días, de las incomodidades de la casa —no tenían cuarto de baño sino un retrete exterior— y de contar solo con una empleada, los Woolf consideraban que ese verano en Rodmell había sido por lejos el mejor. Monk’s House y sus alrededores habían triunfado y aunque Virginia se quejaba de los gritos de los niños de la escuela cercana, en otras ocasiones le parecían pintorescos como si se tratara de cantos de pájaros: “Te levantan el ánimo en vez de molestarte”. Para que no atacasen el huerto ni el jardín sin permiso, los Woolf hicieron un trato con los pequeños, ofreciéndoles manzanas.

De regreso en Londres, la vorágine de encuentros y trabajo volvió a dar cuenta de ellos. Consideraron qué libros imprimirían al año siguiente y también estudiaron el estado de su economía. Atheneum había publicado el relato “Objetos sólidos”, pero dado el estado de cuentas de las ventas de Noche y día, Virginia creía que no harían “suficiente dinero de esa manera”. A la luz de que la cuestión financiera seguía siendo ajustada, Leonard aceptó un pago menor que el esperado por sus colaboraciones en la Contemporary Review.

A fines de octubre, no del mejor humor, Virginia se permitió dar rienda en su diario a su melancolía y se preguntaba: “¿Por qué la vida es tan trágica; tan parecida a una pequeña tirita de pavimento sobre un abismo? Miro hacia abajo; me siento mareada; me pregunto cómo es que voy alguna vez a caminar hacia el final”. Luego de describirlo, ese sentimiento desapareció. ¿Qué le impedía, entonces, escribir más seguido acerca de sus estados de ánimo?:

 

«Bien, la vanidad de uno lo prohíbe. Quiero parecer un éxito incluso ante mí misma. Sin embargo, no llego al fondo de ello. Es el no tener hijos, vivir lejos de mis amigos, fallar en escribir bien, gastar demasiado en comida, envejecer […] Bien, entonces, trabajo. Sí, pero me canso tan rápido del trabajo… solo puedo leer un poquito, una hora de escritura es suficiente para mí».

 

El esfuerzo de volver a Londres, la suma de lo que llamaba “trivialidades”, incluso la lectura de los periódicos, la hacían exclamar: “La infelicidad está en todas partes, detrás de la puerta; o la estupidez, que es todavía peor”. De todas maneras, y aun sin liberarse completamente de la irritación, pensaba que volver a El cuarto de Jacob reviviría sus “fibras”. El fin de año se acercaba con su carga de melancolía, pero Virginia podía entusiasmarse leyendo el Symposium de Platón: “¡Ah, si yo pudiera escribir así!”. Se mantenía a flote y reconocía que la casa de Nessa representaba una especie de “sorprendente claridad en el corazón de las tinieblas” y que “no tener ese refugio aquí sería terrible”. Que su trabajo fuera apreciado hacía ceder la insidiosa marea de la desdicha, por lo que se sintió aliviada en una reunión del Memoir Club, en la que había estado particularmente brillante leyendo “22 Hyde Park Gate”, el texto en el que recordaba su infancia y primera juventud. Al margen de las diversiones, e incluso de la depresión que a veces la invadía, Virginia seguía trabajando mucho. La Hogarth Press no les dejaba un minuto libre, la madurez había llegado con sus responsabilidades y ella se daba ánimos:

 

«Luego, ambos tan populares, tan reconocidos, tan respetados… y Leonard de 40, y yo acercándome, así que no hay mucho de qué alardear. En el fondo de mi corazón, también, prefiero los mediocres y anónimos días de la juventud. Me gustan las mentes juveniles; y la sensación de que nadie es nadie todavía».