CAPÍTULO XLIV - 1941
“Mira por última vez todas las cosas hermosas”
EL primer día del año, mientras las ráfagas de viento soplaban sobre Rodmell “como una sierra circular”, Virginia registraba en sus diarios una coincidencia. En el preciso momento en que ella leía acerca del gran incendio de Londres de 1666, la ciudad estaba siendo arrasada por el fuego a causa de los intensos bombardeos, y ella lamentaba: “Londres se estaba incendiando. Ocho iglesias de mi ciudad destruidas”.
Además de estar pendiente de la ciudad devorada por las llamas, Virginia se sentía presionada por sus vecinos y sufría los efectos del racionamiento; la casa estaba helada y ni siquiera le resultaba placentero escribir en sus diarios, por lo que se decía a sí misma: “Voy a ser menos verborrágica, aquí tal vez. ¿pero qué importancia tendría llenar páginas? No hay editor a considerar, ni público”. De pronto, esos mismos diarios personales que habían sido su refugio le parecían un ejercicio de verbosidad y la avergonzaban.[557] Con su vida social reducida al radio de la aldea, Leonard demasiado ocupado actuando en política y Nessa “aprensiva, a la defensiva” a causa a sus problemas con Angelica, Virginia debía sentir que ni su hermana ni su marido la tenían tan en cuenta como antes. Tal vez por eso, sin perder la conexión con elementos vitales y con la belleza, ligada a los paisajes que le habían dado felicidad, sus descripciones de las colinas de Rodmell estaban teñidas de melancolía:
«Un blanco. Todo congelado. Sigue congelado. Blanco que quema. Azul que quema. Los olmos rojos. No tenía la intención de describir una vez más las colinas nevadas; pero salió. Y no puedo evitar incluso ahora voltearme a mirar a la colina de Asheham, roja, violeta, azul grisáceo paloma, sobre la que la cruz se destaca, tan melodramáticamente. Cuál es la frase que siempre recuerdo… u olvido. Mira por última vez todas las cosas hermosas.
[…] Bueno, toda la vida es tan bella, a mi edad. Quiero decir, sin que quede mucho más de ella, supongo. Y al otro lado de la colina no habrá nieve roja, azul, rosada».
Lo cierto es que si bien el campo ofrecía espectáculos grandiosos, como el de los olmos “ardiendo naranjas sobre un fondo azul profundo”, Virginia volvía una y otra vez a los pensamientos fatalistas, sentía que nada compensaba la pérdida de la ciudad de Londres y le escribía a Ethel: “¡Qué extraño es ser una campesina después de todos estos años de ser una cockney! Es casi la primera vez en la vida que no tengo una cama en Londres”.
Obstinada en recrear placeres del pasado, un día antes de viajar a la ciudad se imaginaba: “Iré al puente de Londres, caminaré a lo largo del Támesis, arriba y abajo, entrando y saliendo de aquellos lugares que solía frecuentar; iré hasta el Temple, y después subiré por el Strand hasta desembocar en Oxford Street”. Pero se trataba de ilusiones que la realidad desbarataba. Lo que vivió al día siguiente de expresar esos deseos no coincidió con sus idealizadas imágenes. Se encontró “vagando por las desoladas ruinas de mis viejas calles: tajeadas, desmanteladas, los viejos ladrillos rojos convertidos en polvo blanco […] todo completamente ultrajado, demolido”. La destrucción de Londres potenciaba su depresión: “Mi pasión por la ciudad — le escribía a Ethel Smyth— todavía es aquello que, en algún oscuro pliegue de mi mente, representa a Chaucer, Shakespeare, Dickens. Ese es mi único patriotismo”.
De hecho, Virginia se sentía más aislada día a día, sin “eco en Rodmell, solo aire yermo”. Sus manos temblaban, y les explicaba a sus amigos que escribía sus cartas a máquina “[porque] el frío ha reducido mis manos a garras congeladas”. Las sensaciones físicas y una creciente tensión psíquica se asociaban en una sinergia perturbadora, y contemplando los copos de nieve desde su ventana, se lamentaba: “Vivimos sin un futuro. Eso es lo raro, con nuestras narices apretadas contra una puerta cerrada”. La sensación de que la omnipresencia de la guerra hace imposible pensar en el porvenir aparece en Entre actos, donde, con “la condena de la muerte repentina pendiendo sobre nuestra cabeza”, William Dodge e Isa sienten cómo “el futuro proyectaba su sombra sobre el presente”. La seguridad de una hecatombe próxima teñía su actualidad y Virginia intentaba evadirse de las acosadoras visiones de destrucción, rememorando el pasado. Eso fue lo que hizo al enterarse de la muerte de James Joyce,[558] cuando recordó el día en que Miss Weaver, “una solterona abotonada”, les había alcanzado el manuscrito mecanografiado de Ulises. Significativamente, Virginia también evocó la conversación que tuvo por entonces con Katherine Mansfield en torno al manuscrito: “Comenzó a leer, burlonamente: luego de pronto dijo, pero hay algo en esto: una escena que supongo debería figurar en la historia de la literatura”. Como si no lograra conectar las emociones de entonces con las del presente, Virginia concluía previendo la canonización de Joyce: “Esto se remonta a un mundo prehistórico. Y ahora todos los caballeros están revisando opiniones, y los libros, supongo, ocupan su lugar en la larga procesión”.
Los diarios de sus últimos meses de vida son elocuentes; no hay día en que no haya comentarios decepcionados o francamente tristes, y tampoco faltan las alusiones a que la ocupación alemana no pasaría de la tercera semana de marzo. Pero si bien Virginia admitía que sostenía “una batalla contra la depresión”, se prometía a sí misma: “Este pozo de desesperación no logrará engullirme, lo juro”. Obligada a aceptar que la Harper S Bazaar rechazara su relato “El legado” y un artículo sobre Ellen Terry, aunque se llamaba a seguir trabajando, reconocía que “hay que recordar que una no puede bombear ideas” y, consciente de su estado, terminaba por preguntarse si podría volver a escribir con placer.
A la vista de los demás, Virginia sobrellevaba su depresión enmascarada por una gran actividad: convencía a Angelica y a Vita para que disertaran en el Instituto de Mujeres, recibía constantes visitas y atendía con una sonrisa, pero íntimamente contrariada, a los inevitables habitantes de Rodmell: “Miss Gardner en lugar de Elizabeth Bowen. Una persona insignificante”.
Entre el 11 y el 13 de febrero, ella y Leonard escaparon de sus compromisos de aldea y realizaron una pequeña excursión. Primero fueron a Londres y luego tomaron un tren a Cambridge. Visitaron a Pernel Strachey en el Newnham College y, a la mañana siguiente, la sede de la Hogarth Press en Letchworth. Regresaron a Cambridge para cenar con Dadie Rylands antes de volver a la ciudad y finalmente a Rodmell, donde Virginia se sintió “en las aguas grises, después del torbellino de las últimas semanas”. Allí, mientras esperaba las visitas de Elizabeth Bowen, Vita y Enid Jones, se invitaba a “vivir una de mis mejores vidas. Pero no todavía”. Su universo estaba supeditado a la guerra, y a principios de febrero, insistía: “La invasión está fijada para la tercera semana de marzo”. Todo su entorno, más que nadie Leonard, compartía temores que lejos estaban de ser infundados:
«De hecho, no podían saber cuán directo era el peligro. Los alemanes no solo tenían planeado lanzar paracaidistas en las primeras horas de la invasión sobre las colinas donde ellos vivían, sino que la Oficina de Seguridad Central de Heinrich Himmler tenía una lista de personas que deberían ser arrestadas inmediatamente: en ella figuraban ‘Woolf, Leonard, Schriftsteller [escritor]” y‘Woolf, Virginia, Schriftstellerin [escritora]”».
En marzo de 1941 Inglaterra atravesaba el momento más crítico de la guerra, Francia había caído en manos de los alemanes, los ingleses estaban aislados, y si bien la batalla aérea y los intensivos raids sobre Londres habían disminuido, sus tropas luchaban en el norte de África contra los italianos, y en Grecia contra los alemanes. Al tiempo que Hitler se aprestaba a invadir Yugoslavia, los submarinos alemanes (U-Boote) intentaban cortar los suministros de las islas hundiendo barcos mercantes, y las bombas incendiarias atravesaban el cielo como señales luminosas.
En esas circunstancias, Virginia trataba de limitar sus reflexiones, sentía que “comienza a desagradarme la introspección”, y días después: “No: intento no librarme a la introspección”. Como siempre, el trabajo podía remediar esa tendencia, por lo que, después de acompañar a Leonard a Brighton, registraba unas escenas, bosquejos de conversaciones que escuchó en el baño de damas del grill de Sussex y en Fuller’s, y que le sirvieron de base para unos cuentos que dejó inconclusos. Esa mañana, después de terminar la novela que había llamado Pointz Hall y The Pageant[559] y que finalmente tituló Entre actos, Virginia le alcanzó a Leonard la versión tipiada. No volvió a escribir en su diario hasta diez después.
Entre actos
Es un hecho sugerente que Virginia no registrara en sus diarios, como solía hacerlo cada vez que terminaba un libro, cuál fue la impresión de Leonard tras la lectura de Entre actos,[560] la novela que transcurre en Pointz Hall, una casa de campo “en el mismísimo corazón de Inglaterra”. Allí viven Isa, una mujer de 39 años, “la edad del siglo”, que siente alternativamente “amor; y odio” hacia su marido, Giles Oliver. Además de los dos hijos de la pareja, la casa alberga un par de ejemplares de la época victoriana: el padre de Giles, Bartholomew Oliver, y su hermana, Lucy; también vive allí un grupo de empleados: cocinera, mayordomo, mucamas y niñeras. Si bien se dice que los Oliver ocupaban Pointz Hall desde “hacía algo más de un siglo”, se señala que no están emparentados con las familias de abolengo del lugar, que “vivían allí desde hacía siglos y jamás habían vendido ni media hectárea”. Durante el transcurso de la novela, Virginia pasa registro a la vida social de una aldea inglesa. El tema es afín a su objetivo de relacionar las vidas de sus protagonistas con la mayor parte de la historia del país; y si bien hay una pequeña escena que tiene lugar la noche anterior, la historia se desarrolla durante el transcurso del siguiente día, con los preparativos y finalmente la representación teatral organizada anualmente por los lugareños en Pointz Hall. Destinada a juntar fondos para instalar luz eléctrica en la iglesia del pueblo, la obra cuenta con un público que incluye a la pequeña nobleza, a la alta burguesía y a los aldeanos, que además de ver la obra comparten un refrigerio.
La autora y directora de la obra es “la señorita La Trobe”, una mujer que “siempre se lanzaba a organizar cosas”, pero sin arraigo en la comunidad, ya que “no cabía presuponer que fuera una inglesa pura”. La obra de La Trobe es ambiciosa: durante la función recrea escenas de la historia de Inglaterra, representando al país a través de una serie de niñas y mujeres que le permiten pasar azarosamente por diferentes períodos: los tiempos de Chaucer, los de la reina Isabel I, personificada por una mujer “que tenía licencia para la venta de tabacos”, los de la reina Ana y la época victoriana, hasta finalmente arribar a los tiempos actuales. El deseo de la señorita La Trobe es que todos se vieran reflejados: “Quería exponerlos, tal como eran, irrigados con la realidad de los tiempos actuales”.
En Entre actos, Virginia recrea muchas de sus preocupaciones y temas de su literatura reactualizados por la guerra: su amor por Inglaterra, su particular patriotismo ligado a la tradición literaria y al paisaje inglés, sus planteos acerca de la vida individual y comunitaria, sus temores asociados con la guerra, y también se refiere a su idea de la imposibilidad de comunicación, aun entre personas que se aman. De hecho, los personajes se unen y se separan consciente o inconscientemente, guiados por afinidades electivas cambiantes, rechazos y atracciones que van dibujando constelaciones que los unifican o los rescatan, al menos momentáneamente, de su aislamiento. Las diferencias de clase, generacionales, sexuales e incluso ideológicas actúan como fuerzas de atracción y repulsión, que afectan a los individuos, aislados en su propio universo.
A diferencia la vieja tía Lucy —“extinguida tenía que estar, puesto que había vivido bajo el reinado de la reina Victoria”—, que se obstina en leer un monumental resumen de historia del que no logra sacar ningún tipo de conclusiones debido a su falta de educación, Isa representa una nueva generación cuya única creencia es que nada es inmutable. Convencida de la inutilidad del conocimiento enciclopedista, temerosa de los libros y de las armas, Isa se dedica a la lectura de los periódicos: “El periódico era [su] libro”. Pero las diferencias generacionales no son las únicas; la crisis también se da en las relaciones. Así pues, mientras que Isa se siente atraída por Rupert Haines, un hacendado vecino que apenas conoce y que comparte su gusto por la poesía,[561] Giles, su marido, coquetea con Mrs. Manresa. El día de la representación teatral, Pointz Hall se convierte en un campo donde se juegan múltiples atracciones y rechazos. Ese día, Mrs. Manresa llega a la casa inesperadamente con un amigo, William Dodge, que despierta la antipatía de Giles y una actitud opuesta en Isa y la tía Lucy. Encuentros, desencuentros e interrupciones pautan la estructura de una novela cuyo trasfondo es la guerra europea. Desde una perspectiva biográfica, no se puede evitar establecer proyecciones entre escritora, voz narradora y personajes. De hecho, según consta en los diarios y cartas de Virginia, en el momento de la escritura de la novela ella misma experimentaba temores y sensaciones que concuerdan con los sentimientos de Isa ante la guerra: “Oh, si mi vida pudiera ahora llegar a su fin. […] Con presteza donaría Isa su voz con todos sus tesoros, si con ello pudiera dar fin a las lágrimas”. Por otra parte, la actitud de Giles, que se siente obligado a asistir al espectáculo de los lugareños como si estuviera “encadenado a una roca”, no deja de recordar la impaciencia de Virginia con sus vecinos. Como ella, Giles está obsesionado por la “visión de Europa erizada de cañones, cubierta de aviones”.
En cuanto a la señorita La Trobe, su personaje parece evocar una versión desacreditada de la misma Virginia. Se trata de una autora experimental, que sufre, entre otras cosas, la incomprensión de su entorno; a pesar de eso, no se priva de mezclar géneros o de intentar movilizar a los espectadores: “Todos se sentían atrapados y enjaulados; presos; contemplando un espectáculo”. Como Virginia, la voz narradora subraya que La Trobe se caracteriza por crear escenas: “No te preocupes de la trama: la trama no es nada”.[562] Finalmente, queda en claro que el objetivo de La Trobe es confrontar a los espectadores con su propia realidad. Para ello se vale, en la última escena, de un innovador artilugio: provee a los actores de espejos y superficies pulidas, que reflejan al público y lo hacen exclamar: “¡Nosotros! […] Allá una falda… Luego, solo pantalones…, Después, quizás una cara… ¿Nosotros? Es una crueldad. Reflejarnos tal como somos, antes de haber tenido tiempo de adoptar… Y, para colmo, solo a trozos… Esto es lo que más deforma e irrita, y, además, es injusto a más no poder”.
Al tiempo que la novela relativiza cualquier imagen de totalidad, tanto en lo referido a la historia como en la descripción de los personajes, se denuncian una serie de prejuicios en un tono por momentos satírico. Así es como Giles, al aludir la homosexualidad de William Dodge, interrumpe sus pensamientos: “Un. Al llegar a esta palabra, que no podía pronunciar en público, apretó los labios”. Por su parte, Isa, que “adivinó la palabra que Giles no había pronunciado”, se pregunta: “¿Qué había de malo? ¿Por qué juzgamos al prójimo? ¿Acaso lo conocemos?”. La denuncia de los prejuicios incluye los de los lugareños, que no incorporan plenamente a los recién llegados —entre ellos, “Cobbet de Cobbs Corner, jubilado, al parecer, después de prestar sus servicios en una plantación de té”— y que también son reticentes con Mrs. La Trobe, porque había vivido con una actriz con la que “había compartido su cama y su bolsillo”.
Además de reunir una multiplicidad de voces individuales y colectivas, incluso un coro, como en los dramas griegos, en Entre actos se mencionan canciones y se alude a la música que sale de un gramófono durante la representación, compitiendo con los sonidos de los animales y de la naturaleza, y que interrumpe incluso la voz de un narrador solo por momentos omnisciente. La convivencia de diferentes ritmos, citas, prosa, canciones, teatro y poesía[563] conforma un pastiche y crea una tensión narrativa vinculada a cuestiones de fondo. Además de innovar en el estilo, Virginia intentaba indagar en una problemática de amplio espectro y que abarcaba desde planteos acerca del futuro de la civilización hasta temas específicamente literarios, como la relación entre el autor y su público y los modos de representación, para llegar a cuestiones de orden cuasi metafísico. Así pues, transcurrida la representación, Lucy intenta arribar a un significado y le pregunta a Isa si está de acuerdo con que todos “interpretamos diferentes papeles, pero somos iguales”. La respuesta de Isa es dubitativa; al fin y al cabo, su generación ya no se refugia en significados últimos, por lo que responde primero afirmativamente y luego que no: “Sí, sí, sí, decía la marea que se le venía encima y la embargaba. No, no, no, contradecía la propia marea”.
La necesidad de alcanzar una visión totalizadora también está presente en los espectadores que quisieran saber qué quiso decir la autora. Esta pregunta actúa solo como disparador de cuestiones que quedan abiertas. De todas maneras, sobrevuela la idea de que el mundo es un escenario en el que se mueven “unionistas” (como Isa o Lucy) y “separatistas” (como Giles y su padre) y que, si bien la música o la naturaleza nos incitan “a reunirnos, a congregarnos”, volvemos a “dispersarnos” nuevamente. La realidad contemporánea obliga a los personajes a vivir en constante tensión, sometidos a fuerzas de sentido contrario y con escasos momentos de paz, una de las tres emociones fundamentales, según se refiere, además del odio y el amor. En ese contexto, cualquier comunicación profunda es una utopía. Condenados a la soledad, los personajes de Entre actos solo logran chispazos de entendimiento. Isa y Giles, que durante toda la novela han estados rodeados de gente, y entre quienes hasta el momento no se ha establecido ningún diálogo, cierran la historia:
«Solos por primera vez aquel día, guardaban silencio. Solos, la enemistad quedaba al descubierto; también el amor. Antes de irse a dormir, tenían que pelear; después de pelear se abrazaban. De ese abrazo podía nacer otra vida. […] Era la noche que los habitantes de las cavernas habían contemplado desde un lugar elevado, entre las peñas.
Entonces se levantó el telón. Hablaron».
La palabra final de Entre actos es: “Hablaron”. Giles e Isa, que desde un principio estuvieron pendientes el uno del otro aun sin hablarse, se convierten en figuras arquetípicas. Esa noche, después de la representación teatral, cuando quedan al fin solos, parecen “inmensos”, sus figuras se recortan sobre el fondo de la noche, evocando una época “anterior a la construcción de las carreteras y los caminos, anterior a las casas”. Con ese “hablaron”, palabra que clausura la escena, el final adquiere una nueva magnitud, como si se tratara de una vuelta de tuerca en un campo inaugural a partir del cual, al tiempo que termina la novela, se levanta el verdadero telón. En esa postergada intimidad graficada sucintamente con un “hablaron”, reside la esperanza de los protagonistas como matrimonio; pero también, como hombre y mujer arquetípicos, sobre ellos recae la posibilidad del futuro de la civilización.
Sabemos que Leonard leyó esta novela un mes antes del suicidio de Virginia. Cabría preguntarse: ¿hablaron? Los diarios de ella hacen alusión a “ácidas conversaciones”, y sus cartas confirman o dan más elementos que permiten entrever las dificultades de comunicación que atravesaban. Es así como, en una carta dirigida a Ethel el 1° de marzo, Virginia da a entender que ella y Leonard manejaban la crisis de manera diferente. También subraya su resentimiento por las constantes interrupciones de los lugareños:
«¿Sientes, como yo, cuando mi cabeza no se encuentra sobre esta imposible piedra pómez, que esta es la peor faceta de la guerra? Yo sí. Le estaba diciendo a Leonard que no tenemos futuro. Dice que eso es lo que le da a él esperanza. Dice que la necesidad de cierta catástrofe lo estimula. Lo que yo siento es el suspenso cuando nada sucede realmente. Pero estoy cruzada e irritable por la fricción de la vida de aldea. ¿No es tonto? Pero no bien me he amarrado a mi libro, y he elaborado esa muy rara indiferencia, entonces alguna vieja viene a tocarme la puerta. ¿Cómo hace para que le crezcan papas o tomates?
Si eso fuese todo, no me importaría. Pero se queda una hora, pinchando su palo en el pasto, una cosa tras otra. Mi teoría al respecto es que debemos pagar el precio a la indiferencia estando todos atados. ¿Acaso las viudas de doctores llegan a tu jardín justo cuando te encontrabas escribiendo… y luego, entonces qué haces?»
Si bien Virginia aceptaba e incluso valoraba el trabajo político de Leonard, estaba lejos de compartir sus objetivos de inserción en la comunidad. Por su parte, aunque él continuaba siendo su primer lector y editor, no se había entusiasmado con sus dos últimos libros: Tres guineas y Roger Fry. Es posible que a Virginia le molestaran íntimamente sus últimas críticas y que por eso no registrara en su diario lo que Leonard opinó de Entre actos. Todas estas señales, difíciles de percibir por los protagonistas en el drama cotidiano y que podemos leer retrospectivamente, minaban y hacían imposible que uno u otro se sintieran apoyados o contenidos. Los últimos años, Leonard había sufrido el poco éxito de ventas de sus libros, y parecía cada vez más decidido a destacarse en la política. En ese contexto de intereses, él no leyó en profundidad las versiones dramáticas o satíricas en las que, durante los últimos dos años, Virginia venía refiriéndose al matrimonio. El caso es que tanto en las narraciones “Lappin y Lapinova ” y “El legado ”, como en el planteo de la difícil relación de Isa y Giles en Entre actos, ella insistió desde diferentes perspectivas en mostrar maridos que están demasiado preocupados en sus asuntos como para considerar la sensibilidad de sus mujeres. Poco atento a lo que pudiera interpretar a partir de los egoístas personajes masculinos de esas obras, o tal vez porque daba por hecho las falencias de los personajes masculinos de Virginia, Leonard no prestó atención a esas señales. Además de estar atiborrado de trabajo, la guerra disparaba sus propios terrores[564] y tal vez porque Virginia no dio ninguno de los síntomas de aviso que anticipaban sus crisis, es decir dolores de cabeza, insomnio, o incapacidad de concentrarse, él no llegó a notar a tiempo la grave depresión que atravesaba.[565] De hecho, en sus memorias, escritas con la perspectiva que da la retrospección, Leonard sostuvo que “la depresión y desesperación que culminaron con [la muerte de Virginia], comenzaron recién uno o dos meses antes de su suicidio”.
Lo cierto es que Leonard no percibió la distancia que se había abierto entre ellos. Como le sucede al marido en la narración “El legado”, es posible que al leer los diarios de Virginia después de su muerte, Leonard haya comprobado que su nombre aparecía cada vez menos en los diarios de su mujer. Esos diarios también reflejan sensaciones de aislamiento e incomprensión similares a las que refiere Isa en Entre actos. Sugerentemente, aun consciente de que sus esferas de acción e interés diferían, lejos de ponerse en el rol de víctima, cosa que tampoco hacen los personajes femeninos citados, Virginia escribía: “Pobre Leonard, está cansado de mi interés por mi familia y todos los recuerdos que trae”. Mientras ella insistía en anclarse en el mundo privado, Leonard estaba cada vez más comprometido con el mundo público: era el único editor de Political Quarterly, se ocupaba de la Hogarth Press, seguía escribiendo y estaba sumamente comprometido con el Partido Laborista, especialmente con su rama en Rodmell.
En cuestiones de trabajo ella no se quedaba atrás. Durante los últimos meses de su vida, batallando con la sensación de no tener “un cuarto propio” en Rodmell y a pesar de sentir que “había perdido todo poder sobre las palabras”, Virginia escribió “El legado ”, siguió con su texto autobiográfico “Apuntes del pasado”, terminó Entre actos y, además de comenzar su libro sobre historia y literatura, escribió artículos, apuntes para posibles relatos y las narraciones cortas “El foco”, “El símbolo” y “El balneario”. Pero toda esta producción no alcanzaba y tenía la sensación de que no podía escribir. A eso se sumaban nuevas preocupaciones de dinero y constantes quejas debido a los inconvenientes causados por el racionamiento de comida y combustible, que hacían que pudiera ver poco a sus amigos. La falta de calefacción, la intrusión de los lugareños y la amenaza constante de invasión alemana conformaban un cuadro de preocupaciones obsesivas del que no podía escapar.
Con Bélgica, Checoslovaquia, Dinamarca, Francia, Holanda, Noruega y Polonia invadidas por los nazis, España e Italia ocupadas por los fascistas, y Grecia a punto de caer, lo mismo que Yugoslavia, los ingleses llevaban adelante una guerra que afectaba fuertemente a la población civil. A finales de marzo fuentes oficiales revelaban que 28.959 civiles habían muerto y 40.166 habían sido seriamente heridos en los bombardeos. Mientras esperaba la invasión alemana de un momento a otro, las manos de Virginia no dejaban de temblar. Estaba cada vez más delgada, y según parece, Leonard tampoco lucía en mejores condiciones. Al menos así lo entendió Octavia Wilberforce, que, como señalamos, desde el mes de diciembre del año anterior les enviaba regularmente leche y crema desde su granja. Octavia le escribía a Elizabeth Robins[566] diciendo que sentía que cumplía con su deber abasteciendo a los Woolf, que solo podían retribuirle con manzanas de su huerto, “un esquema de trueque que me parece bien”. Pero Virginia no pensaba lo mismo, y señalaba que “en ese momento, un mes de leche y crema valía por toneladas de manzanas”.
Sin Mabel al frente de la cocina, durante los últimos meses Virginia había comenzado a cocinar más a menudo. El caso es que la comida se convirtió “en una obsesión”, interrumpía sus cartas y su diario para cocinar, preparaba “comidas imaginarias”, consultaba libros de cocina e incluso teorizaba sobre el tema: “Creo que es cierto que uno se apodera un poco de la salchicha y la merluza al escribir sobre ellas”. Cómo médica, a Octavia Wilberforce le preocupaban las conexiones entre delgadez extrema y depresión, y además registraba que las manos de Virginia estaban “más frías que el hielo”. A mediados de enero, aunque más no fuera por costumbre profesional, Octavia intentaba establecer un “diagnóstico” y a finales de ese mes concluía: “Creo que es una criatura sumamente frágil y ojalá pudiésemos hacerle dar un atracón”.
A finales de febrero, al mismo tiempo que Leonard leía Entre actos, Octavia determinaba con ojo clínico: “Virginia tiene mejor color, pero sigue delgada como una hoja de afeitar”. Consumida, demacrada, seguramente débil, ni siquiera se animaba con las visitas de sus amigos, aunque fuera Vita, que, como Octavia, llegaba con provisiones de manteca. ¿Qué quedaba de los que habían sido para ella los placeres de la vida: la amistad, las caminatas, escribir?:
«Hace mucho tiempo que no hay caminatas. Gente a diario. Y un batido en mi mente. Y algunos espacios en blanco. La comida se vuelve una obsesión. Regalo a regañadientes un pastel especiado. Curioso. ¿la edad, o la guerra? No importa. Aventura. Concretarlo. ¿Pero habré de escribir nuevamente una de aquellas frases que me producen intenso placer?
“He PERDIDO EL ARTE”
En un último aliento, antes de abandonarlo para siempre, Virginia hizo un par de entradas en su diario el 8 y el 24 de marzo. Según se aprecia en la primera de esas anotaciones, es evidente que todavía intentaba mantener su equilibrio:
«No: intento no librarme a la introspección. Marco la frase de Henry James: Observar perpetuamente. Observar el advenimiento de la edad. Observar la avaricia. Observar mi propio abatimiento. De esta manera se vuelve útil. O al menos eso espero. Insisto en utilizar este tiempo de la manera más provechosa. Me iré a pique con mis colores volando. Esto, veo, bordea la introspección; pero no encaja lo suficiente. Supongamos que yo comprara un ticket en el Museo; fuera en bicicleta todos los días y leyera historia. Supongamos que yo eligiera una figura dominante en cada era y escribiera al respecto. La ocupación es esencial. Y ahora con cierto placer me doy cuenta de que son las 7; y debo cocinar la cena. Merluza y carne de salchicha».
Hasta último momento, Virginia se aferraba a la vida. Hacia finales de marzo le escribía a distintos corresponsales, entre ellos a lady Cecil y a lady Tweedsmuir; también a sus amigos, a Ethel, a Vanessa, a John Lehmann.
El 24 de marzo, en la última nota de su diario pensaba en Nessa, que estaba en Brighton y se preguntaba “qué pasaría si pudiéramos comunicar las almas”. Pero también, y esto es importante, proyectaba “una historia de Octavia. ¿La podría englobar en alguna parte? Juventud inglesa de 1900”. Después de registrar que había recibido con gusto un par de cartas, finalmente Virginia escribió las últimas palabras del diario: “L. está arreglando los rododendros”.
Que ese día aludiera a nuevos proyectos, como escribir “una historia de Octavia”, da cuenta de que, en medio de su lucha contra la depresión, todavía pensaba que vivir era posible. ¿Qué fue lo que la llevó a suicidarse cuatro días después? Nadie puede saberlo; solo hay indicios, fragmentos, miradas retrospectivas de sus contemporáneos, notas de suicidio. Sabemos que el 12 de marzo Octavia cumplió con la visita prometida para conversar acerca de sí misma con el fin de que Virginia tomara notas para su “retrato”. Si bien durante el encuentro ella habló de su propia desesperación, lo hizo en un tono neutral, que Octavia tomó como una estratagema para hacerla hablar de sí misma.[567] De todas maneras, le llamó mucho la atención que Virginia insistiera en recordar su pasado; y tuvo la sensación de que al menos por un momento había logrado “rescatar de sí misma […] a esa genio, dotada, bastante infeliz, obsesionada por el pasado”, que le había confesado: “No recuerdo haber disfrutado nunca de mi cuerpo”.
El 14 de marzo, los Woolf fueron a Londres, donde se encontraron con John Lehmann para una de sus reuniones regulares. Virginia aprovechó la oportunidad para hablar de Entre actos. “En un estado de tensión nerviosa inusitada”, le dijo a su socio en la Hogarth que el libro no era bueno y que no valía la pena publicarlo. Lehmann recordaría que sus manos temblaban, y que parecía excitada; también, que Leonard intervino afirmando que no estaba de acuerdo con ella ya que pensaba que Entre actos era “una de las mejores cosas que ella había escrito”. El caso es que, viendo que discutían, Lehmann intervino diciendo que él podría leer la novela y dar su opinión. Finalmente, aduciendo que “no tenía nada que hacer”, Virginia le pidió que le facilitara manuscritos para leer. Preocupada porque sentía que no podía escribir, pero con la creencia de que estar ocupada serviría para ahuyentar la desesperación, por un tiempo Virginia se propuso realizar tareas como leer manuscritos, fregar los pisos o catalogar la biblioteca de Octavia.
El 18 de marzo Leonard comenzó a sentirse alarmado, escribió en su diario que Virginia no se encontraba bien; y en sus memorias: “No tengo la seguridad de que no haya intentado suicidarse los primeros días de la semana siguiente”. De hecho, después de una caminata por las marismas, un día que llovía a cántaros, ella regresó empapada “con aspecto de enferma y temblorosa. Dijo que había caído en uno de los diques”. Para los editores de sus cartas, es probable que ese día haya redactado una de sus tres notas de suicidio. Un par de días después, el 20 de marzo, ella le escribía a Lehmann diciendo que había leído su “así llamada novela” e insistiendo en que no debía publicar Entre actos porque era “demasiado insignificante e incompleta”. De todas maneras, en su carta agregaba que Leonard no estaba de acuerdo con ella, por lo que le pedía su “voto decisivo”.
Ese mismo día, Leonard le pidió ayuda a Vanessa, quien, debido a sus problemas familiares y a causa del racionamiento, estaba prácticamente recluida en su casa de Charleston y solo veía a Virginia ocasionalmente. Es probable que Vanessa quedara impresionada tras la visita, ya que después de pasar por Monk’s House, le escribía a su hermana:
«Debes ser sensata. Lo cual significa que debes aceptar el hecho de que Leonard y yo podemos juzgar mejor que tú. Es cierto que no te he visto mucho últimamente, pero muchas veces pensé que te veías cansada y estoy segura de que si te dejas colapsar y no haces nada te sentirías cansada, y te pondría contenta descansar un poquito. Te encuentras en el estado en el cual uno nunca admite cuál es el problema, pero no debes enfermarte ahora. Qué haremos cuando nos invadan si te encuentras indefensa e inválida… qué habría hecho yo estos 3 años si no me hubieras mantenido viva y alegre. No sabes cuánto dependo de ti… Tanto Leonard como yo hemos tenido siempre reputación de honestos así que debes creernos… Te llamaré alguna vez y me enteraré de lo que está sucediendo».
Al día siguiente de la visita de Nessa, el 21 de marzo, Virginia se reunió con Octavia para tomar notas para su retrato, aunque insistía en afirmar: “No puedo escribir. He perdido el arte”. Hasta ese momento, Octavia consideraba que sus visitas eran amistosas, pero una vez que Leonard le hubo advertido que Virginia estaba “al borde del peligro”, consideró que pasaban a ser “parcialmente médicas”. Ese día, Virginia le confesó a la joven doctora que carecía de estímulos y que se sentía “enterrada” en Rodmell. Prevenida por Leonard, Octavia se mantuvo firme, le advirtió que no debería hacer “de la guerra una excusa” y la conminó a seguir trabajando; también le dijo que pensaba demasiado en su familia y que frases como “la sangre tira” eran “disparates”.
A pesar de los cuidados de Leonard y de la atención de Octavia, la situación empeoraba. El 23 de marzo Virginia le escribió a Lehmann diciendo que apenas podía leer los manuscritos que le había enviado: “Mi cabeza está muy estúpida en estos momentos”. Según los editores de sus cartas, es probable que ese mismo día le haya escrito a Vanessa una de las notas que encontraron tras su suicidio en la que insistía: “Me estoy volviendo loca”.
Ahora sí, Leonard estaba en máxima alerta. Virginia le había confesado que “estaba horrorizada con la locura”; y finalmente él reconocía que “uno se daba cuenta de que podría matarse en cualquier momento”. Dado que no podía convencerla de realizar una cura de reposo,[568] el 26 de marzo, desesperado, Leonard llamó a Octavia, le expuso sus temores y solicitó una entrevista médica.
Mientras tanto, el 27 de marzo, Virginia, que había recibido una carta de Lehmann elogiando[569] entre actos, le contestaba: “Antes de que llegara tu carta, había decidido que no puedo publicar la novela así como está; es demasiado tonta y trivial”. Aun así, como si todavía la unieran a la vida los “invisibles hilos” a los que tantas veces se había referido en su literatura, agregó que, si la revisaba, la novela podría estar lista para el otoño. Virginia le mostró la carta a Leonard, que la despachó junto con una nota en la que le pedía a Lehmann que no la contradijera y le explicaba: “Ella está a punto de sufrir un colapso nervioso total y seriamente enferma”.
El 27 de marzo, Leonard y Virginia fueron a ver a Octavia, que había decidido recibirla en su casa porque le parecía que así podría “impresionarla profesionalmente”. La visita fue tensa, Virginia no contestaba con franqueza a las preguntas de Octavia y decía que era “completamente innecesario haber venido”. Por fin, “gentil pero firmemente”, Octavia logró que admitiera que no estaba bien y le pidió que se desvistiera para examinarla. Virginia comenzó a quitarse la ropa “como una sonámbula”, y se dejó revisar protestando a cada paso “como un chico malhumorado”. Con su actitud, logró arrancarle a Octavia una promesa: “Lo que te prometo es que no te voy a indicar nada que no consideres razonable”. Finalmente pudieron conversar y Virginia confesó “sus temores. Que el pasado se repitiera, que no pudiera volver a trabajar, etc.”. En ese punto, Octavia tomó sus heladas manos entre las suyas y le dijo: “Si colaboras, sé que puedo ayudarte, y no hay nadie en Inglaterra a quien me gustaría ayudar más”.
Después de revisar a Virginia, Octavia conversó con Leonard en otra habitación. En sus respectivas memorias, ambos escribieron que unos aviones pasaron sobre sus cabezas antes de disparar un reguero de bombas, pero que, preocupados por el estado de Virginia, ninguno de ellos les dio importancia. Leonard recordó:
«Sentimos que entonces no era prudente hacer más. También era el momento en que se debía correr el riesgo, ya que si no forzábamos la solución —lo cual habría significado constante vigilancia de enfermeras preparadas— era para que no resultara intolerable para ella, en el caso de que uno mismo intentara ese tipo de vigilancia. La decisión fue equivocada y llevó al desastre».
Cabe preguntarse si la gravedad de la crisis tuvo que ver con que Leonard no advirtió el peligro hasta que fue demasiado tarde. O si no se dilató demasiado la visita al médico. Y también, qué hubiera pasado de tener Leonard las fuerzas y el espíritu que había demostrado durante la crisis de 1913. O si no hubiera sido mejor que en lugar de la “tímida” admiradora, como se llamaba a sí misma Octavia, para quien la mente de Virginia era al mismo tiempo terrible y brillante y tenía temor de “aburrir a esa gente tan intelectual y cultivada”, la hubiera visto un médico o médica que Virginia respetara incondicionalmente. Lo cierto es que después de visitar a Octavia, los Woolf durmieron en Monk’s House. A la mañana siguiente, mientras Louie Everest limpiaba el escritorio de Leonard, ambos entraron y él le pidió: “¿Quiere dar un paño a Mrs. Woolf para que la ayude a limpiar esta habitación?”. Como no era frecuente que Virginia hiciera la limpieza con ella, a Louie no le pareció extraño que al cabo de un rato dejara el paño y abandonara la habitación. Más tarde, mientras Leonard creía que Virginia estaba con ella dentro de la casa, Louie la vio salir y dirigirse a su lugar de trabajo, en el pabellón del jardín:
«Al cabo de unos minutos regresó a la casa, se puso el abrigo, tomó su bastón para las caminatas y salió rápidamente por la puerta de la parte alta del jardín. […] Cuando toqué la campana a la una para anunciarle a Mr. Woolf que el almuerzo estaba listo, él me dijo que subía a escuchar las noticias de la radio y que bajaría en unos minutos. Instantes después bajó corriendo hasta la cocina llamándome: “¡Louie! ¡Creo que a Mrs. Woolf le ha sucedido algo! ¡Creo que ha intentado matarse! ¿Por dónde se ha ido? ¿La ha visto salir de la casa?”. “Salió hace un momento por la puerta de la parte alta del jardín”, contesté yo. Y entonces aquello fue una pesadilla».
Virginia abandonó su casa el 28 de marzo alrededor del mediodía. Antes, dejó dos cartas, dirigidas a Vanessa y a Leonard, en sobres azules, sobre la mesa del salón. Son las notas de despedida que Leonard encontró al subir a escuchar la radio. Cuando salió a buscarla encontró otra dirigida a él, entre las hojas del cuaderno donde ella estaba escribiendo, en el pabellón del jardín. Las cartas que Virginia dejó en el salón tienen fechas diferentes: la que está dirigida a Vanessa dice “Domingo”; la que dirigió a Leonard, “Martes”. Por otra parte, la que él encontró en el cuaderno, y que tiene algunas diferencias con la que finalmente Virginia prefirió dejarle, no especifica día ni fecha. Es posible que Virginia escribiera las cartas en momentos diferentes, lo que subrayaría la hipótesis de que consideró la posibilidad del suicidio desde varios días antes del desenlace. De todas maneras, y aunque en ellas se refiere a la locura y dice que escuchaba voces, las cartas son claras y precisas, dictadas por una profunda depresión, pero redactadas por una mujer que intentaba, hasta último momento, conservar sus capacidades racionales. De hecho, hay que destacar que a diferencia de crisis anteriores, si efectivamente sufrió de alucinaciones, Virginia las sobrellevó sin que al parecer nadie en su entorno llegara a percibirlo. Al despedirse de las personas que más la ligaban a la vida,Virginia insistió en culparse a sí misma. Como lo dice más de una vez en su carta a Leonard, es evidente que no deseaba convertirse en una carga para él:
«Queridísimo,
Estoy segura de que me estoy volviendo loca de nuevo. Siento que no podemos superar otro de aquellos terribles tiempos. Y no voy a recuperarme esta vez. Empiezo a oír voces y no me puedo concentrar. Por lo tanto, estoy haciendo lo que me parece mejor. Tú me has dado la mayor felicidad posible. Has sido en cada aspecto todo lo que se podría ser. No creo que otras dos personas hayan sido más felices hasta el momento en que sobrevino esta terrible enfermedad. Ya no puedo enfrentarla. Sé que estoy destrozando tu vida, que sin mí podrías trabajar. Y lo harás, lo sé. Te das cuenta, ni siquiera puedo escribir esto correctamente. No puedo leer. Lo que quiero decir es que te debo toda la felicidad de mi vida. Has sido totalmente paciente conmigo e increíblemente bueno. Quiero decirte… que todo el mundo lo sabe. Si alguien hubiera podido salvarme, habrías sido tú. En mí no queda nada más que la certidumbre de tu bondad. No puedo seguir destrozando tu vida por más tiempo.
No creo que dos personas pudieran haber sido más felices de lo que nosotros hemos sido».
En su carta a Nessa, Virginia se inculpó nuevamente:
«Queridísima:
No puedes imaginar cuánto me gustó tu carta. Pero creo que he ido demasiado lejos esta vez como para volver nuevamente. Ahora tengo la certeza de que me estoy volviendo loca de nuevo. Es tal y como fue la primera vez, siempre estoy
oyendo voces, y sé que no habré de superarlo ahora.
Todo lo que quiero decir es que Leonard ha sido asombrosamente bueno, cada día, siempre; no puedo imaginarme que alguien haya podido hacer más por mí de lo que él ha hecho. Hemos sido perfectamente felices hasta las últimas semanas, cuando este horror comenzó. ¿Le harás saber esto? Siento que él tiene tanto por hacer que seguirá mejor sin mí, y tú lo ayudarás.
Ya casi no puedo pensar claramente. Si pudiera te diría lo que tú y los niños han significado para mí. Creo que lo sabes.
He luchado, pero ya no puedo más».
El 28 de marzo, algo se precipitó en su mente, y Virginia tomó la decisión final. Un par de lugareños la vieron dirigirse hacia el río en dirección a Southease. Qué pasó entonces, cuáles fueron sus pensamientos; otra vez nos quedamos sin respuestas. Si tuvo vacilaciones, las abandonó en el momento de ponerse una pesada piedra en el bolsillo de su abrigo, dejar el bastón en la orilla y sumergirse en el caudaloso río Ouse. Virginia decidió aquello que estaba prohibido: suicidarse en primavera. No recuperaron su cuerpo sino hasta varios días después, el 18 de abril, cuando unos chicos que hacían una excursión en bicicleta decidieron almorzar en la ribera y, confundiéndolo con un tronco, lo descubrieron flotando en el río. El informe policial dice que su reloj había dejado de funcionar a las 11.45.
El día después
El suicidio de un ser querido puede vivirse como el mayor de los abandonos. Los sentimientos de los deudos, su amor, su odio, su indiferencia o sus reproches se enfrentan con la nada a la que los obliga el suicida. Su decisión clausura, al menos momentáneamente, la relación entre el yo y el tú a la que alude Martin Buber. La persona que se mata ejerce, queriéndolo o no, un acto de violencia sobre los que quedan vivos. En el caso del de Virginia, las primeras reacciones fueron de dolor, pero con el tiempo sus seres queridos elaboraron e incluso pusieron en acción una serie de estrategias más o menos conscientes, que les permitieran explicarse a sí mismos, a los críticos, a los lectores y al público en general, los motivos de una muerte que pasó a ser, en el imaginario general, un suicidio anunciado. Creemos que a través de esas explicaciones y biografías “autorizadas” se construyó una imagen sutilmente desvirtuada que responde a la necesidad de los que la sobrevivieron, especialmente de Leonard y Quentin Bell, pero que incluye a otros como John Lehmann, de elaborar sus propios sentimientos respecto de la decisión irrevocable de Virginia. A Leonard, que le había consagrado gran parte de su vida, la decisión de Virginia le infligió una herida difícil de superar.
El suicida deja un legado de responsabilidades varias, incluso sociales y civiles. Es común que en un principio, los allegados asuman, aunque más no sea por exigencias de la justicia o de la policía, una responsabilidad adicional a la que sigue a una muerte por causas naturales. Es decir, los sobrevivientes deben dar explicaciones a las autoridades. Tal fue el caso de Leonard, ya que no solo fue de las últimas personas que vieron a Virginia con vida, sino que encontró las notas de suicidio y, mientras la buscaba desesperadamente por los alrededores, encontró su bastón en el río. Pero Leonard no estuvo ese día solo. No bien comenzó la búsqueda, Louie corrió a pedirle a Percy, el jardinero, que diera aviso a la policía de Rodmell. Poco después, mientras uno de los policías lo acompañaba por la ribera del Ouse y se sumergía en el río, una y otra vez, cerca de donde habían hallado el bastón, otros hombres rastreaban los alrededores. Cuando se hizo demasiado tarde para seguir buscando, Leonard debió regresar a la casa. Vanessa, que había llegado de visita, ofreció quedarse para acompañarlo, pero él insistió en estar solo y la llevó de regreso a Charleston. Regresó alrededor de las 6.30 y poco después recibió una llamada de Octavia, que intentaba hacía rato comunicarse por teléfono, a quien le dijo que “había ocurrido una terrible catástrofe”. Ese mismo día, Leonard le escribió a Vita contándole lo ocurrido. Los días siguientes hizo lo propio con John Lehmann y también informó a otros conocidos. El 29 de marzo Octavia visitó a Leonard en Monk’s House y, como registró en sus memorias, intentó consolarlo:
«Cuando salíamos, andando con cuidado por la estrecha escalera, dije sobre mi hombro: “Como doctora me doy cuenta con gran nitidez de una cosa: que usted estuvo inspirado por los Cielos en la manera en que la cuidó, y literalmente nadie más podría haberla sostenido durante tanto tiempo”. Llego abajo, me doy vuelta y me encuentro con su mano extendida y su cara completamente contorsionada y a punto de romper en lágrimas. Se la estrecho con apuro; cuando me estoy yendo le digo que espero que me llame cuando haya noticias. (Tendré que dar evidencia médica)».
Finalmente, el 1° de abril, considerando que ya no había esperanzas de encontrar a Virginia con vida, Leonard le escribió al editor de The Times dando cuenta de la situación. El 3 de abril, The Times informaba: “Con profundo pesar debemos suponer que Mrs. Leonard Woolf (Virginia Woolf, la ensayista y novelista), que está desaparecida desde el último viernes, se ha ahogado en el río Ouse, en Rodmell”. Esa misma noche la BBC anunciaba su muerte.
Mientras tanto, Leonard comenzaba a recibir las primeras de las alrededor de doscientas cartas de pésame, y los diarios a publicar una serie de obituarios. El 6 de abril Vita publicó el poema “In Memoriam: Virginia Woolf’ en el Observer.
El 18 de abril, Leonard reconoció el cuerpo de Virginia, y al día siguiente asistió a la pesquisa judicial.[570] Entregó las notas de suicidio y relató lo que había sucedido los últimos días de su vida. Como le dijo a Vanessa, recordar los últimos días fue “otro shock, por supuesto […] pero no fue más horrible que todo el resto”. Los horrores no terminarían allí: el 23 de abril, The Sunday Times tituló “Ya no puedo más. El último mensaje de Virginia Woolf’, transcribiendo un error del informe judicial, que citaba mal la nota de suicidio. Virginia había escrito: “Estoy segura de que, de nuevo, me vuelvo loca. Creo que no puedo superar otro de aquellos terribles tiempos”, pero se la citaba incorrectamente, distorsionando el acento que había puesto en la locura, como si en realidad se sintiera incapaz de afrontar la guerra: “Siento que me volvería loca de nuevo y ya no puedo más en estos terribles tiempos”.
Como había sucedido durante la Primera Guerra Mundial, aunque sus posiciones respecto del actual conflicto eran diferentes, los integrantes de Bloomsbury y los intelectuales que se habían declarado pacifistas en 1914 estaban siendo atacados por la prensa y en el Parlamento británico. En una nota editorial del 25 de marzo, The Times, el diario que sugerentemente citaba mal la nota de suicidio de Virginia, había elogiado un libro donde lord Elton atacaba directamente a Bloomsbury.
Criticando el “deterioro de la responsabilidad social a favor del arte desligado de la vida”, los grupos conservadores se declaraban en contra del modernismo literario.[571] Para ellos, los intelectuales “ya no debían ser considerados estetas débiles e inaccesibles o elusivos de la guerra, sino verdaderos traidores”.
Sybil Oldfield señala en la edición de Afterwords. Letters on the Death of Virginia Woolf que esa situación afectó a quienes escribían los obituarios, que “debían optar entre defender a Virginia Woolf en un contexto político y cultural hostil o bien aceptar que su suicidio corroboraba que la escritora modernista era elitista y egocéntrica, incapaz de participar en la lucha desesperada de los británicos que hacían la guerra”.
De hecho, un par de días después del error de trascripción en The Times, ese mismo diario, que llamaba a “cada hombre y mujer de Gran Bretaña” a preguntarse a sí mismo: “¿Estoy haciendo todo lo posible para la victoria?”, publicaba una carta de Mrs. Kathleen Hicks, esposa del arzobispo de Lincoln:
«Señor: leí en su edición del último domingo que el juez de instrucción a cargo de la investigación del caso de Mrs. Virginia Woolf dijo que ella era “sin duda mucho más sensible que el resto de la gente a la bestialidad generalizada de los hechos mundiales actuales”. ¿Quién tiene el derecho de afirmar algo así? Si en verdad dijo eso, menosprecia a quienes se sacrifican a favor de otros. Muchas personas, posiblemente aún más “sensibles”, han perdido todo y presenciado sucesos atroces, pero asumen con nobleza su rol en esta pelea por Dios contra el demonio. ¿Dónde quedaron nuestros ideales de fe y amor? ¿Y dónde estaríamos todos si escuchásemos y nos compadeciésemos de esta clase de “Ya no puedo más”?»
Indignado, Leonard escribió una carta al diario, que publicaron el 4 de mayo, explicando el error de The Times. A la muerte de Virginia, él tenía sesenta años. Ni las más de doscientas cartas que recibió y que contestó de puño y letra, ni las visitas de condolencias lo apartaban de su dolor:
«Ellos decían: “Ven a tomar el té, te consolaremos”. Pero es inútil. Uno debe crucificarse en su propia cruz privada. Es extraño que un terrible dolor en el corazón pueda interrumpirse por un pequeño dolor en el cuarto dedo del pie derecho. Sé que V. no vendrá caminando a través del jardín, desde su cabaña, pero todavía miro en esa dirección, esperándola. Sé que se ahogó, pero todavía espero oírla detrás de la puerta. Sé que esta es la última página, pero todavía intento darla vuelta. No hay límite para la estupidez de uno; ni para el egoísmo».
El 21 de abril, Leonard asistió solo a la incineración, en Brighton. Cierta vez, él le había dicho a Virginia que “si tenía que haber música durante la incineración de uno”, debería ser la cavatina del cuarteto de cuerdas n° 13, op. 130 de Beethoven. Pero estaba demasiado agotado para entrar en detalles y, para su sorpresa, debió escuchar “Blessed Spiritis” del Orfeo de Gluck. Esa noche, en su casa, Leonard puso en el fonógrafo la cavatina.
«Enterré las cenizas de Virginia al pie del gran olmo al borde del cuadrado de césped en el jardín, llamado el Croft, que mira hacia los campos y las praderas de inundación. Había dos grandes olmos con ramas entrelazadas a los que siempre denominábamos Leonard y Virginia. Durante la primera semana de enero de 1943, un gran vendaval echó por tierra uno de los olmos».
Diez años después, el otro árbol se secó. A su muerte, en 1969, Leonard pidió que esparcieran sus cenizas en el jardín de Monk’s House.