Capítulo 47
Esa tarde llegamos al hotel y luego salimos como una pareja normal a pasear por la bella Florencia, caminamos por la plaza, le conté mi experiencia en el palazzo cosa que lo pudo celoso. Entramos a la catedral donde aproveché en mis adentros dar gracias al cielo por haber pasado de mí una nueva copa pero con un final feliz, agradeciendo la tranquilidad que ahora tenía. Fuimos a la galería y le mostré el lugar exacto donde encontré a la entonces Caterina, sintió dolor al imaginarla y me agradeció el haberla rescatado de su miseria, asunto que lo hacía estar orgulloso de mí. Luego caminamos yo aferrada de su brazo por el río Arno, degustamos un helado para calmar un poco el calor y de esa manera disfrutamos la tarde porque el siguiente día volaríamos rumbo a Corfú donde pasaríamos oficialmente nuestra luna de miel.
Pero esa noche sería diferente.
La vista de la ciudad era preciosa, me abrazaba a mí misma reclinada en el umbral de la ventana corrediza de la suite en la que estábamos. La cúpula de la basílica “Santa María del Fiore” brillaba a distancia, era el símbolo y el monumento principal de la ciudad de Florencia y sobresalía en esplendor debido a su luz proyectada sobre la oscuridad que la rodeaba por la noche. Una vista panorámica privilegiada para todo turista que desee conocer Florencia y sin duda, un romántico destino de luna de miel también, suspiré.
—¿Feliz? —me preguntó él cuando me abrazó por la espalda, brinqué al sentirlo.
—Más tranquila obviamente —le contesté con alivio cuando lo sentí.
—Y deseo que siempre y de ahora en adelante mantengas esa tranquilidad —besó mi sien, me abracé de sus brazos que me rodeaban. La seda de su bata y la mía se mezclaban.
Me volví hacia él y lo abracé con fuerza.
—Las palabras no me alcanzan para agradecerte —susurré con melancolía—. Nunca imaginé… que…
—¿Qué te mirara de manera diferente? ¿Qué estaríamos juntos?
Asentí.
—Mis planes eran otros pero entre más te conocía me di cuenta que no podrían ser —insistí—. Me atormentaba sabiendo que… una vez que me conocieras… el horror te separaría de mí. Perderte dos veces… volver a perderte no era algo que me hacía gracia y para lo que no estaba preparada.
—Pues como ves no fue así —me levantó impaciente en sus brazos para llevarme a la cama después de darme un suave beso en los labios.
—Y esa es la prueba de tu amor, una prueba que ahora yo compensaré.
—¿Y cómo piensa compensarme signora Di Gennaro? —sonrió fingiendo inocencia.
—¿Cómo cree signore? —sonreí también levantando una ceja cuando me colocaba en la cama y su cuerpo parcialmente quedaba encima del mío.
—Hm… —musitó besando mi cuello y deslizando la seda por mis hombros para desvelar mi piel—. Supongo que haciendo que rebose de gozo esta noche.
—Ésta y todas las venideras —sujeté su cara y lo besé con intensidad, sintiendo la exquisita suavidad de sus labios y la placentera sensación de mis dedos que se enredaban en su húmedo cabello.
Comenzó a gemir al sentirme, me apretó a él.
Sus manos comenzaron a recorrer mi cuerpo mientras nos besábamos, a acariciarme, a deleitarse en mí y yo hice lo mismo como mi derecho. Lentamente mientras nos disfrutábamos nos deshicimos de las prendas hasta quedar por completo desnudos, la seda y la organza cayeron al suelo.
—No tienes idea de cómo he soñado con este momento —se detuvo mirándome y encontrando su aliento—. Eloísa hoy es el día, hoy es la noche, hoy serás mía y no puedo describirte la felicidad y el éxtasis que me haces sentir. Eres hermosa —bajó su mirada acariciando mi piel—. Realmente hermosa, gracias por hacer mi deseo realidad.
—Y gracias a ti por hacer realidad los míos —susurré.
Sonrió y volvió a besarme con desesperación, su boca bajó por todo mi cuerpo deleitándose en el recorrido, por mi cuello, por mis pechos, besó la cicatriz de mi herida con cuidado y ternura, besó mi ombligo, besó mi vientre y bajó más sin detenerse y sin detenerlo yo. Con los ojos cerrados disfruté lo que hacía hasta que su boca estaba donde quería, gemí con fuerza apretando las sábanas, mi cuerpo tembló respondiendo a la excitación y yo quería más. Volvía a ser una mujer, volvía a sentirme viva y mi corazón a latir con fuerza. Inconscientemente movía mis caderas incitándolo, yo jadeaba mientras él me bebía, el placer que me daba estaba a punto de hacerme estallar. Esto era Florencia no Segovia y era su esposa no su amante, esto era mi noche de bodas no un encuentro casual y esto era una entrega total no un simple momento sexual. El placer que mi cuerpo experimentaba lo hacía sacudirse, con deleite y paciencia se bebió lo que le ofrecí, hizo que mi cadera danzara para él invitándolo a continuar, lo hizo por varios minutos hasta que el cosquilleo se volvió placenteramente insoportable y amenazaba con hacerme llegar al orgasmo sin poder evitarlo, me controlé y lo retuve. Complacido volvió a subir por mi cuerpo siguiendo su mismo rastro para posesionarse de mi boca, momento donde sin más preámbulos y con desesperación me colocó las piernas alrededor de su cadera e impulsándose me penetró, me arqueé cuando lo sentí dentro de mí, era maravilloso, me llenó completa.
Nos entregamos como debía ser, en esa parcial oscuridad, envueltos en la suave brisa que entraba por la ventana y teniendo como testigos el panorama de la ciudad. Entre jadeos, sudor y excitación fuimos uno, el deseo por estar juntos se estaba consumando por fin, ya no había nada que lo impidiera, desnudos nos disfrutamos y me hizo su mujer como él lo quería, gozamos nuestro encuentro enamorados. Me entregué al hombre que ahora era mi esposo, el que al conocer quería que fuera mío y en ese momento mi deseo se cumplía, por fin era mío, sólo mío, se deleitaba en mí y yo en él, sus penetraciones suaves y profundas hacían que mi cuerpo se rindiera por completo a su ahora dueño que le proporcionaba un desbordante e indescriptible placer. Su boca sobre mis pechos me estremecía, la posesión de sus manos sobre mi cuerpo sometía todos mis sentidos a él, era cómo lo imaginé, sus labios y los míos demostraban mutua veneración, era una total entrega y sin reservas. Nos acariciamos como amantes, no me cansaba de recorrer la suavidad de su piel y de besar cada centímetro, lo adoré a mi manera. Hice que se acostara y me coloqué encima de él, acaricié y besé las cicatrices de su pecho, su estómago y me abrí paso a lo que sería mi nueva fuente, lo degusté y él me confirmaba con jadeos y susurros que se complacía. Luego me hinqué sobre él otra vez e hice que me disfrutara, me hundí en él y lentamente me moví, se dejó llevar gimiendo su placer, sus manos recorrieron mis pechos y los apretaba en su excitación, me arrancó gemidos también. Alzaba mi cabeza hacia atrás y lo disfrutaba a la vez que deliciosamente lo sentía dentro de mí, era mío, completamente mío, era mi esposo, mi amante y el hombre con el cual compartiría una vida mortal con todo lo que implicaba y yo, como una amante que se entregaba a los placeres de la carne no podía detenerme por más tiempo, estaba muy excitada. Había sido demasiado tiempo de un deseo reprimido y sentí que llegaba al éxtasis, las espirales de un orgasmo comenzaban a elevarme y él al sentirlo se encontró conmigo para besarme y acostarme otra vez, se impulsó con más fuerza haciéndome suplicar más, abrí con total libertad mis piernas para sentirlo plenamente y él se deleitó en complacerme. Notar como los músculos de su pecho y brazos se contraían y sentir como sus caderas con fuerza arremetían en fuertes y deliciosos impulsos para llenarme por completo en su penetración me hicieron llegar, grité mi orgasmo sin detenerme, grité su nombre para darle la seguridad de que había hecho el amor con él. Cuando vio que había alcanzado mi orgasmo él fue tras el suyo, se impulsó con más fuerza para sentirme plena, entraba y salía de mí y cada arremetida era más deliciosa que la anterior, mi cuerpo era suyo y estaba haciendo lo que le diera la gana con él. En el último impulso se tensó, cayó derrumbado a mi pecho cuando en un ronco gemido se liberó exclamando mi nombre y lo recibí, nos quedamos así por un momento, juntos y muy unidos. Los espasmos que repercutían en mi trémulo y húmedo cuerpo eran la señal de que lo había disfrutado y que me había entregado a él, a Giulio, al italiano que se había encargado de robar mi corazón, al empresario que haría todo para enamorarme más, al hombre que ahora me pertenecía y al cual también me había entregado, al único que podía ver y al único que debía amar hasta mi último aliento. Después de tanto tiempo había vuelto a hacer el amor y lo hice con él, lo disfruté y esa noche, sólo sería el prólogo de una nueva historia de amor que oficialmente comenzaba entre él y yo.
Los siguientes días fueron inolvidables, Corfú era una preciosa isla griega que nos regaló momentos de tranquilidad, de ternura, de amor y pasión. Disfrutamos a cada minuto el estar juntos, a él le gustaba verme con ropa de verano y con colores menos oscuros que los que usaba, todavía no me decidía por los colores claros y veraniegos en su totalidad pero era un comienzo para mí y él iba a demostrarme su paciencia. Disfrutábamos pasear de la mano como dos enamorados, comprar uno que otro recuerdo y besarnos a la vista de todos como turistas que gozaban de su luna de miel, éramos dos personas normales como los demás y yo agradecía a la vida y al destino por esta nueva oportunidad de volver a vivir.
Pasados esos días volvimos a la Toscana, me hacía mucha falta la niña y aunque Giulio le llevaba algunos regalos no sería lo mismo para compensarle esta ausencia y yo contaba los minutos para llegar. La familia nos esperaba muy felices y yo estaba más que renacida y con los ánimos arriba para disfrutar mi nueva vida, feliz y junto a él.
En ese ocaso nos recibieron muy entusiasmados y Arabella fue la primera en correr hacia mí, me brincó y la abracé con fuerza llenándola de besos. La sentía más fuerte y pesada sin contar que un poco más alta, tal vez exageraba pero en la semana que había pasado sentía como que también el tiempo lo había hecho de prisa, tan de prisa como no lo había hecho cuando era inmortal siento una torturante lentitud. Después de saludarme a mí abrazó a su papá y este la llevó de la mano a la parte trasera de la camioneta que nos traía, Arabella sonrió feliz cuando miró lo que Giulio le traía, era un precioso y tierno cachorrito Bichón Maltés blanco como la nieve que para mantenerlo limpio y cómodo debía pasar periódicamente no sólo por el veterinario sino por un debido “corte canino” que le mantuviera el pelo a cierta longitud ya que eran extremadamente peludos. Lo sacó de la jaula y muy feliz ella lo abrazó, lo llamó “Piccolo.”
Cuando los sirvientes ayudaban a bajar todo y entrábamos en la casa después de saludarnos, nos encontramos con dos invitados que los señores atendían porque estaban en trámites de cerrar tratos, eran los hombres de los que habían hablado. Piero me acercó a ellos para presentarme, el primero era el ciudadano belga; vestía elegante y formal de traje beige y camisa café oscuro con cuello abierto sin corbata, era alto, de anchos hombros, de piel canela, cabello cobrizo oscuro y ojos claros miel grisáceo, muy atractivo y particularmente joven para ser un experimentado hombre de negocios. Cuando nos presentaron hizo a un lado la copa que bebía, se llamaba Jank Valkens y sujetando mi mano la besó, cosa que no esperaba y me extrañó.
—A sus pies señora Di Gennaro —sonrió manteniendo su respeto.
—Mucho gusto señor Valkens —intenté mostrarme cortés pero seria a la vez, me miró de manera extraña y eso poco me gustó.
El otro hombre estaba a varios metros de él, vestía igual de formal aunque un poco más elegante de fino traje oscuro, parecía que no se conocían o no se habían tratado, de hecho parecía que no congeniaban como si se conocieran desde antes y existiera alguna rivalidad entre ellos por lo que mejor fingían.
—Querida Eloísa ven —Enrico me llamó para presentarme mientras Piero se quedaba con el belga.
Comencé a sentirme extraña cuando me acerqué a él. El hombre que permanecía sentado en un sillón de espaldas a mí también dejó su copa a un lado y poniéndose de pie, girándose a mí decididamente me clavó sus ojos grises sin el menor reparo y con orgullo porque sabía quién era. Me paralicé al verlo porque también lo reconocí.
—Él es el señor Dorjan Khardos, otro de nuestros ya socios que nos acompaña esta tarde —me dijo el abuelo.
—¿El alemán? —inquirí sin titubeos y con sarcasmo manteniéndole la mirada al hombre.
—Sólo de nacionalidad “signora” —enfatizó sujetando mi mano para besarla también. Quería hacer un escándalo y evitar que me tocara pero me lo impidió, recordé que era humana, mi condición era inferior y se valió de eso.
Como era de suponerse conoció mis pensamientos y en ese instante el tiempo se detuvo, literalmente se detuvo, él lo hizo. Miré a mi alrededor y todo estaba congelado, no había brisa, ni calor, ni aliento, nada, todos fueron ajenos a lo que pasó menos yo.
—Ya basta, ¡ya basta! —le exigí—. ¿Qué pretendes? ¿Arruinar mi nueva vida?
—¿Tu nueva vida? —Sonrió a la vez que me soltaba—. Recuerdo que Mefistófeles te tenía paciencia cuando te ponías dramática yo no, así que no abuses.
—Sólo te vi una o dos veces más.
—En cambio yo… te seguí el rastro al menos cada diez años desde que te conocí cara a cara recién iniciada esa tonta guerra de las dos familias inglesas, ¿creíste que te iba a olvidar? Hasta a América fui a dar por ti y mejor ni recuerdo ese viajecito a Nueva Orleans que me baja una terrible jaqueca, nada se compara con mi amado viejo mundo por mucha colonia francesa que se diga.
Se sentó en otro cómodo sillón evitando carcajearse, era la viva imagen y semejanza de Damián.
—A ti no te duele la cabeza, ¿cómo es que me seguiste por siglos? ¿Por qué no te presentaste?
—Tranquilízate que no eres la misma insoportable.
—Puedo ser peor y te lo advierto.
—No te conviene.
—¿Qué pretendes utilizando un nombre falso Vlad? —lo enfrenté sin miedo, era el colmo de lo que me pasaba.
—¿Falso? Querida tengo casi novecientos años. ¿Cuántos nombres crees que he debido tener en todo este tiempo eh?
—No juegues.
—No estoy jugando.
—Déjame en paz, ya no soy inmortal.
—Y te dije que así estás mejor —se alcanzó su copa otra vez y bebió con tranquilidad—. Bueno, casi.
—Deja en paz a mi familia, sé que fuiste tú quien asustó a Arabella en Madrid, ¿por qué buscas perturbarme?
Dirigió su vista a la niña que entraba junto con el perrito y Filippa pero cuya humanidad estaba también estática. No me gustó su manera de verla.
—Contéstame —lo encaré.
—Estabas dispuesta a entregarte a él esa noche, ¿verdad?
—¿Y por eso lo hiciste? ¡¿Nos detuviste utilizando a la niña?!
—¿Qué demonios tiene esa cadena que usa? —inquirió molesto.
—¿Qué?
—¿Qué tiene esa cadena? Casi me quema los labios.
—¡¿Intentaste morderla?! —lo sujeté furiosa de las solapas de su fina chaqueta.
—Tranquilízate que sabes bien que un soplido mío te puede mandar otra vez al hospital.
—Te advertí que no te acercaras a la niña, te lo grité allá y te lo vuelvo a decir ahora, así condene mi alma otra vez no permitiré que le hagas daño. Primero te mueres Vlad, te juro que te mueres.
—¿Me amenazas? —Evitaba reírse a carcajadas, su burla me enfurecía más—. ¿Y puedes decirme cómo es que piensas matarme?
—Esa cadena que tiene la niña no sólo es plata antigua y pura sino que también está bendecida, no por un hombre cualquiera sino por uno especial. ¿Cuál de las dos cosas te quemó? Arabella está protegida por una fuerza mayor y lo sabes así que no intentes nada si no quieres convertirte en polvo y leyenda.
—Estoy acostumbrado a hacer lo que quiero Eloísa, nada me lo impide y además sabes bien que la plata no me hace absolutamente nada —sujetó mis manos e hizo que lo soltara al sentir cómo apretó levemente mis muñecas—. Con los siglos he aprendido a tener paciencia, no tanta pero si algo, lo que nunca he conocido es la benevolencia, ni la he recibido ni la he dado y lastimosamente no hay nadie que afirme lo contrario. Mis deseos siempre los cumplo sin importar los métodos y tú que fuiste inmortal deberías saberlo.
—¿Qué quieres? —insistí.
—Cuando una vez escuché sobre “la novia maldita” “el ángel oscuro” “la prometida sangrienta” “la implacable” “la sanguinaria” o “la despiadada” y tantos otros sobrenombres quise saber sobre lo que se trataba —contestó con tranquilidad—. Cuando se corrió la voz de que un extraño ser hacía correr la sangre matando a diestra y siniestra y la leyenda en Edimburgo tomó más fuerza haciendo que el miedo se apoderara hasta del más valiente te busqué, me dije ¿Por qué no conocer a este “espectro” que busca saciarse vengándose por lo que le hicieron? Me encantaba escuchar eso de que exprimías los cráneos como si se trataran de naranjas, desmembrabas a tus víctimas vivas, eras capaz de separar el hueso de la carne con un solo tirón haciéndoles pasar la peor de las agonías. Desprendías las cabezas del cuerpo solamente apretando el cuello, deshaciendo la carne como quien exprime la pulpa de una fruta y de la misma manera trituraste también los testículos de la mayoría de cadáveres que iban apareciendo, ¡los dejabas sin ellos! los hombres comenzaron a temer más porque parecías querer diezmar de la faz de la tierra a todo representante del sexo masculino. Hiciste que menguara un poco eso del derecho de pernada pero cuando no eras paciente y los gritos de tus víctimas te colmaban, simplemente los decapitabas silenciándolos con lo que sea que tuvieras a la mano haciendo rodar sus cabezas a varios metros o los traspasabas como si fueran costales de papas con tal fuerza que casi siempre las vísceras terminaban saliéndose de ellos mismos salpicando el lugar donde quedaran. Era fácil seguir tu rastro por la sangre y los pedazos de carne que dejabas, además de la contaminación del aire putrefacto como señal. Ya sabían a quién asociar por tu modo de operar que casi siempre era el mismo patrón; el descuartizamiento, tu gusto por la maza y por dejar cuerpos destrozados provocó en los hombres las más horrendas pesadillas. No sabes la risa que me daba escuchar todo lo que decían sobre ti, especialmente eso de que ni siquiera los médicos eran capaces de querer ver el estado de los cadáveres que dejabas, ¡hasta ellos te temían!
Se soltó en una risa tan cínica que no podía con ella, su burla me colmaba.
—Pero yo sabía que no eras ningún fantasma aunque eso no impidió que me pusieras a dieta debido a las grotescas escenas que dejabas que hasta a mí mismo me repugnaban y eso ya es mucho decir —continuó cuando se repuso—. En un principio te creí como yo aunque la manera en la que dejabas los cuerpos me decía lo contrario, te busqué y te encontré pero tu condición me impidió acercarme en ese momento, eras la elegida de Damián no un ser cualquiera, te “bendijo” a su modo así que decidí seguirte de cerca hasta encontrar el momento justo para conocernos. Fueron muchos años pero fui paciente, tú no lo supiste porque tus “poderes” no te permitían distinguir nuestras especies por olfato sino por vista o sensación y yo me cuidé mucho para que no me miraras o me sintieras, no sé cómo lo hiciste esta última vez en Val d’Orcia.
Chasqueó los dedos e hizo sonar el segundo movimiento de la novena de Beethoven, me estremecí, la música salía de la nada. Me miró fijando sus ojos por un momento, lentamente movió los dedos como si él mismo dirigiera a la orquesta, exhaló tensando el mentón.
—Comenzando el siglo XVII creí que tenías una rival en cuanto a asesinatos se refería —sonrió con burla—. Pero definitivamente eras única y con el bien merecido sobrenombre de “la despiadada” me lo comprobaste. Erzsébet era una humana común que no te superó no sólo por ser una desequilibrada en busca de la “juventud e inmortalidad” algo que era obvio tú literalmente sí tenías sino por la enorme diferencia en cuanto a la sed por matar, ella por vanidad y tú sólo por placer, ella disfrutaba las torturas y tú no tenías mucha paciencia al respecto, te gustaba ir directo al grano sin tanto preámbulo y pérdida de tiempo. Eras destrucción, fuiste brutal, ella estaba viva y se supone que tú estabas “muerta” no es lo mismo que un humano tenga como afición el matar a que supuestamente lo haga un espectro que ha regresado del infierno para vengarse, dando cada vez más fuerza a una leyenda tejida entre el mito y la realidad y tú en ese aspecto mantuviste tu corona de “reina oscura” sentándote en tu trono a través de los siglos. A la par tuya ella es como un libro de cuentos pero tú… te encargaste de que tus enemigos conocieran el significado del terror, tu mente y tu vida son un libro de terror.
—¿Por qué Vlad? ¿Por qué te empeñas en recordarme lo que fui? ¿Por qué te presentas ahora nuevamente?
—¿No te halaga? Extrañas no poder leer la mente, ¿verdad?
Su pregunta me desconcertó pero no se salía del tema.
—Ni yo pude entrar a la tuya ni tú a la mía —contesté.
—Y eso me obsesionó de ti pero ahora… eres tan transparente como el agua —me miró recorriéndome entera, era como si hubiese abierto mi carne desde mi pubis hasta mi garganta, se saboreó—. ¿Sabes lo que ha sido desearte y no tenerte? Admiré tu… “castidad” todos estos siglos en cambio yo me volví más pervertido gracias a ti, te veía y no soportaba la sed, debía saciarme de cualquier manera y no hablo sólo de sangre sino de liberarme sexualmente. Recuerda que nos volvimos a ver aquí en la Toscana, en Florencia, te veías radiante en la fiesta de los Médici, nadie se comparaba contigo pero apenas y me viste, me evitaste y debí soportar eso pero no impidió que me alejara de ti sino todo lo contrario, me encapriché más y así te seguí. Luego en el siglo XIX creí que el licántropo obtendría lo que quería, los vi desde el principio en América, su obsesión por ti, las veces que te siguió, vaya molestia en la que se convirtió. Después cuando quiso tomarte en tu propio castillo y no lo dejaste me seguiste sorprendiendo, todos estos siglos me preguntaba qué clase de ser eras o si la inmortalidad te marcaba con alguna disfunción sexual femenina como la anafrodisia, no te entendí pero no olía nada de deseo en ti y para colmo tu mente cerrada… evitaba que supiera el por qué eras así. Nunca imaginé que le guardaras tanto luto a tu prometido, más de seiscientos años, ¿es mucho tiempo no crees? No entendía por qué no había deseo sexual en ti, luego los volví a ver en Segovia, sí, también estaba allí y esa vez me excité más, creí que siempre si ibas a entregarte a ese apestoso y aunque evitaba volver el estómago al ver cómo se besaban tampoco podía evitar el desearte otra vez, quise estar en su lugar besándote y tocándote pero nada, tampoco le permitiste hacer nada. Después cuando visitaste a tu “jefe” comprobé mis sospechas aún más, no tenías nada, a él si lo deseabas y entendí porque, a él si le permitiste que te pusiera bajo su cuerpo “no es posible” pensé cuando te vi dispuesta a entregarte a él como una amante cualquiera que se entregaba gozosa al placer, permitiendo que te devorara a besos y te tocara de la manera en la que lo hizo. Me sorprendiste, pude oler en ti ese deseo vivo al fin, esa excitación que te volvió loca por un momento, recorría como electricidad tu cuerpo y torrente sanguíneo y mi sed se incrementó a tal punto que tuve que controlarme para no visitarte después en tu recámara y tomarte por las buenas o por las malas como lo quiso hacer el licántropo en Madrid. Luego insististe con tu capricho de seguir jugando a la empleada modelo hasta llegar a perder tu inmortalidad y como recompensa obtienes tu final feliz y por fin te casas con el hombre que quieres. Un mal final a tu historia si me preguntas mi opinión, muy cursi.
Estaba en shock y no quería seguir escuchando.
—Sí querida Eloísa —insistió mordiéndose los labios—. También fui testigo de tu “noche de bodas” vi cómo por fin te entregabas al placer en los brazos de él, vi cómo te convertías en su mujer, vi cómo te tomó por fin disfrutándote como el más delicioso manjar. El calor del deseo y el olor a sexo que emanaban me alteraba en gran manera, en mi lugar hubieras visto como un leve vapor se desprendía de sus cuerpos cálidos y húmedos a la vez pudiendo empañar todo cristal a su paso, ese olor a excitación inundó mis fosas nasales obligándome a masturbarme con tal deseo y fuerza que por poco me arranco mi propio pene. Escuchaba tus jadeos de placer y el sonido de los latidos acelerados de tu vivo corazón que bombeaba al ritmo de tu excitación y cerrando los ojos imaginaba que te tenía, que te disfrutaba, que estabas bajo mi cuerpo. Imaginaba tu cálida cavidad invitándome a hundirme y disfrutar del placer de sus profundidades, rozándome, succionándome y llevándome al más profundo éxtasis. Imaginé que era yo quien te penetraba, imaginé embestirte y complacerte con locura, imaginé que me vaciaba en ti, que me saciabas, oh Eloísa no tienes idea de lo que le hiciste a mi mente durante más de seis siglos.
Definitivamente me había dejado en shock y con la boca abierta al escucharle decir todo eso. Aparte de ser perseguida por un voyerista lo único que me confirmaba era que como inmortal también fui una completa estúpida que se confió de todo.
—No querida, no eras tan estúpida —sonrió sabiendo lo que pensaba—. Sencillamente no le sacaste el mayor provecho a tu condición, eso fue todo, creo que Damián no fue buen maestro o al menos te enseñó lo que le convenía nada más y tú cometiste el error de conformarte con eso.
—Ya basta, por favor vete.
—No puedo irme, tengo negocios.
—Eso no te importa, desaparece de mi vida.
—Claro que me importa querida, lo siento.
—No permitiré que hagas tratos con los Di Gennaro. Le diré a Giulio lo que eres.
—Muy tarde, acabamos de firmar y es mi dinero el que acabo de invertir. Si eres inteligente no dirás nada.
—No me amenaces.
—Te lo susurré aquella tarde en el jardín mientras dormías Eloísa, sabes bien que no amenazo, te lo advierto.
—¿Fue verdad?
—Eres muy vulnerable ahora.
—No me pongas en esta situación, déjame en paz.
—Aprende a vivir así, es tu “nueva vida” ¿no?
—Es mi esposo no puedo ocultárselo.
—Pues por su bien y el de su familia lo harás.
—No me hagas esto Vlad.
—Soy Dorjan, recuérdalo.
—Bórralo de mi memoria.
—No.
—No me callaré.
—Lo harás, por amor a “tu hija” y a tu “familia” lo harás.
Apreté los dientes, estaba harta de la discusión, provocarlo sólo pondría peor las cosas. Tensé mi mentón, lo alcé desafiante, me estaba chantajeando y mi breve paz se había ido.
—Voy a mandar tu teatro al infierno si no borras esto de mi memoria, ¡hazlo! ¡Haz que olvide que nos conocimos! —le exigí desafiándolo y colmándolo.
Enfurecido por mi necedad rugió saltando sobre mí, me sujetó del cuello al que evitó apretar, su aliento estaba en él, llevó sus dientes al mismo y me hizo sentir cómo sus colmillos crecían lentamente e intentaban clavarse en mi piel. Cerré los ojos con un miedo espantoso, sacó su lengua y prefirió lamer con paciencia.
—No me provoques Eloísa, recuerda que ya no puedes desafiarme y puedo hacerte el daño que yo quiera —susurró con voz ronca—. Antes podías darte ese lujo pero ahora no aunque tengas protección, si antes había un poder oscuro sobre ti ahora hay otro muy diferente y desgraciadamente para mi colmo me perturba y me frustra porque sigo en el mismo dilema de no poder hacer contigo lo que quiera pero no abuses de eso que encontraré la manera de tenerte hasta que también lo que haya en ti de él desaparezca. Ese licántropo apestoso te marcó haciendo que no me provoques apetito y hasta que pase ese veneno deberé mantener mi distancia, para mí tu sangre está contaminada igual que la de él.
Moviendo mi cuello me señaló a quien se refería, era el belga que había saludado antes.
—¿No entiendo? —dije en un hilo de voz, me faltaba la respiración.
Me soltó y exhalé, me apoyé en un mueble de cajones que tenía cerca, estaba mareada, me sujeté el cuello.
—“Dominates viribus, dominates impetum, dominates mentem” —susurró en latín—. Dominio y fuerza, domina la fuerza, el ataque, domina la mente. No seas impulsiva.
En ese momento el latín me valía un comino, con su figura culta no iba a hacer que se me olvidara lo que estaba haciendo, fastidiando mi nueva vida.
—Tu nuevo “estatus” ya no te permite distinguir ni siquiera por discernimiento —insistió—. Ese entrometido que ves allá debiste conocerlo o al menos saber de ellos y su especie, él te conoce y por ese mismo motivo está aquí.
—Por favor ya basta, ya déjenme en paz, ya no soy lo que fui, yo no conozco a ese hombre —resoplé.
—Son sabuesos y te han olfateado.
—¿Cómo que sabuesos? ¿Cómo es que me han olfa…?
No terminé de decir nada, como una punzada me llegó la respuesta. ¿Cómo no lo asocié antes? Es belga, alto, musculoso bajo su ropa fina, sus ojos claros avellanados y con residencia en las tierras belgas del norte… abrí más los ojos y la boca al darme cuenta.
—Te presento a un miembro de “la estirpe” —concluyó él apretando los dientes al decir eso, lo miró por encima de sus hombros con orgullo.
Y yo casi me desmayo.