Capítulo 12

 

 

James estaba sobre mí y no tenía fuerzas para rechazarlo y detenerlo, por primera vez sentía su fuerza sobrenatural, estaba sintiéndome una simple mujer, él me tenía sometida bajo su musculoso cuerpo.

—¡Suéltame! —le grité peleando con él.

—Te lo advertí —gruñó casi en un rugido, estaba furioso.

—Te ordeno que me sueltes —intentaba apartarlo pero no podía, tenía una extraña debilidad.

—No dejaré que seas de ese tipo, antes se muere.

—No te atrevas a tocarlo —apreté la mandíbula.

—Te dije claramente que si no eres mía no serás de nadie.

Me sujetó del cuello con una mano y con la otra me ató las muñecas y las levantó llevándolas por encima de mi cabeza, el peso de su cuerpo me estaba asfixiando manteniéndome aprisionada una pierna.

—James basta —logré decirle, su mirada parecía echar fuego.

—Ya me cansé de esperar, puedo oler en ti lo que pretendes, ese hombre te atrae, hueles a…

—No me ofendas.

—¡No lo permitiré!

Me besó con fuerza, deseaba arrancarme los labios, por alguna razón comenzaba a sentir náuseas de nuevo, el olor de él me mareaba, la mano que me sujetaba del cuello bajó a mi pierna y la levantó, la apretó con fuerza, su enorme erección se clavó en mí amenazando con romper el cierre de su propio jean y eso me asustó más, de la manera en la que me tenía podía penetrarme fácilmente, no podía moverme.

—¡James basta! —le grité cuando me libré de él mordiéndole el labio.

—Serás mía Eloísa, hoy será el día, vas a saciar mis instintos y te convertirás en mi mujer. ¿Dónde está tu fuerza? ¿Por qué no puedes defenderte? ¿Qué te pasa?

—¡Te prohíbo que la toques! —una voz tenebrosa y ronca como trueno lo separó de mí lanzándolo por los aires, rebotando en el techo y cayendo de nuevo al suelo.

Me incorporé y lo vi, era Damián con la mirada de fuego, había golpeado a James que estaba atontado en el suelo, no lo esperaba, jugaba con su bastón.

—Maldito perro sarnoso —le dio un fuerte golpe en la espalda con su bastón sometiendo a James a él cuando quiso levantarse—. ¿Qué parte de lo que dije no entiendes eh? Te vuelves a acercar a Eloísa y sin contemplaciones me voy a deshacer de ti pero no sin antes, extinguir a tu tribu, ¿me entendiste?

Cuando James intentaba levantarse Damián lo golpeó otra vez.

—¡Basta Damián! —exclamé interponiéndome, podía matarlo a golpes por la plata de su bastón.

—¿Cómo te atreves a defender a este pulgoso que casi te viola? —inquirió molesto.

—No voy a dejar que lo mates, para ti cualquier excusa es buena —le dije seriamente.

—Eloísa será mía y este demonio no va a impedirlo —insistió James detrás de mí que se había puesto de pie.

—¿Osas desafiarme? —le preguntó Damián conteniéndose—. ¿Quieres ver correr la sangre de toda tu gente sólo por tu apetito sexual y el capricho de tener a Eloísa?

—James vete —le pedí—. Vete por favor, hazlo por tu abuelo, por tu madre, por los ancianos y niños de tu aldea, hazlo por ellos por favor.

—Será mejor que obedezcas a la princesa —le sugirió Damián alzándole las cejas—. Agradece que aún la complazca, agradece que aún tú y los tuyos tienen vida, vete con tus pulgas y sarna a otra parte.

—Damián basta, no lo ofendas —lo miré muy molesta.

—Nuestra vida no te pertenece y sabes que llegará el momento de vengarnos —lo provocó James, Damián tensó la mandíbula mirándolo con odio cuando dijo eso, yo no entendí sus palabras.

—¿Y todavía tienes el descaro de amenazar? —inquirió Damián con el deseo de acabar allí mismo con él.

—¡James vete! —le ordené.

—Tú y yo no hemos terminado Eloísa —James se acercó a la ventana ignorando a Damián—. Recuérdalo.

Saltó por la ventana, caería al suelo en cuatro patas, sólo esperaba que nadie lo hubiese visto, una caída de un cuarto piso era la muerte para un mortal pero no para James.

—Al menos llegué a tiempo —Damián se arregló sus guantes con orgullo.

—Vete tú también —le ordené.

—¿Disculpa? —me miró con asombro—. ¿Así agradeces lo que hice por ti?

—Vete —insistí.

—Ese perro hubiera abusado de ti sin problemas, ¿te das cuenta? Te debilitaste de nuevo y todo gracias a tu… —exhaló conteniéndose.

—No volverá a pasar.

—¿Segura? ¿Quieres apostar?

—Damián ya basta, vete y déjame en paz —me dirigí a la habitación harta de todo, al entrar él ya estaba ahí.

—Él no es Edmund —afirmó sentado en mi sillón de frente a su retrato—. ¿Cómo demonios hago que te entre eso en tu cabeza eh?

—Por favor Damián ya vete.

—Cuidado Eloísa —se levantó y me miró fríamente, le di la espalda—.Voy a darte una lección y permitir que te debilites todo lo que quieras, puedo humillarte como se me pegue la gana y darte la desilusión que buscas, no lo olvides, mantente como lo has sido y no dejes que el italiano te nuble la poca razón que tienes, todo es una reacción en cadena, si te debilitas ese perro de James logrará lo que quiere sin importarle nada y en consecuencia habrá condenado a su gente y de paso te advierto que… —se acercó a mí y acarició mi cabello—. Que en mi furia también me puedo cobrar la vida de tu… supuesto amor y castigarte.

—¡No! —un frío inmenso me recorrió la piel, cuando me giré ya se había ido.

No podía ocultar la tristeza y el vacío, me acerqué al retrato de Edmund y me perdí en él, la belleza de sus ojos era mi refugio, como lo amaba, lo deseaba, el dolor de la soledad era insoportable, “Edmund mi amor, me hubieras llevado contigo, debiste hacerlo” —le susurré cayendo de rodillas ante él, continuar de esta manera no era vida, era un suplicio.

Por la mañana fui puntual, tuve toda la noche para recargar lo que era en realidad y siento que volví a serlo, no podía permitirme ser débil, por James, por Giulio, por ambos yo debía seguir siendo Eloísa Alcázar, “la despiadada” como me había bautizado Damián siglos atrás, la que aún estaba con las manos llenas de la sangre de muchos y la que sin dudarlo volvería a matarlos si tuviera la oportunidad. Llegué media hora más temprano y eso me sirvió para seguir con la mente fría, debía serlo, me senté en mi escritorio y miré fijamente la computadora, debía controlarme y ser lo más humana posible para usarla sin problemas y no volver a… causar otro accidente. La encendí pero al momento recordé que él aún no me daba la contraseña, estaba en lo mismo, debía esperar a que llegara, con fastidio miré las carpetas sobre mi escritorio, el ordinario trabajo de una asistente era un dolor de cabeza pero de pronto escuché música, sonaba suavemente y provenía de algún lugar, me extrañó porque sabía que estaba sola en el piso y el vidrio de los ventanales era totalmente hermético al sonido exterior pero la música sonaba y yo podía escucharla, era muy española, su clásico ritmo y estilo de la guitarra era inconfundible, lo reconocí, era el “concierto de Aranjuez” que sonaba en alguna parte y mi agudo oído lo escuchaba. Me puse de pie y caminé hacia la ventana, la música parecía hipnotizarme, por un momento —y gracias a mis poderes— con la poca memoria que tenía de la época recordé mi infancia en Segovia y el precioso castillo, sin querer me puse nostálgica, hacía mucho que no reparaba en pensar en eso, era extraño, la música parecía amansarme.

—Eres sensible Eloísa, aún lo eres —el timbre sereno de una voz que reconocí me hizo exhalar.

—Buenos días Ángel. ¿Qué no tienes algún día libre? —pregunté con fastidio sin dejar de ver la ciudad por la ventana.

—¿Tan temprano y con sarcasmo?

Lo miré evitando tensar mi mandíbula, sentado de blanco impecable en uno de los sillones me miraba como siempre, la expresión de Ángel para conmigo siempre era la misma, dulce, tierna, aun cuando lo hacía enojar. El único que le ponía su expresión dura era Damián, él si lo sacaba de sus “casillas celestiales”

—Debo de seguir siendo lo que soy —le contesté volviéndome a la ventana, quería que el cálido sol de la mañana me sentara bien.

—¿Porque Damián lo dice?

—Porque lo digo yo.

—No quieres perder lo que tienes, ¿verdad?

—Tú mismo me dijiste lo que me pasaría y no puedo permitirlo.

—¿Qué no puede permitir señorita Alcázar? —me preguntó esa voz grave que me sacudió en mi sitio. Inmediatamente me puse los lentes.

Me giré asustada para verlo, me hizo tragar, de elegante traje oscuro, corbata celeste/plata y cabello mojado, evité morderme el labio y respirar aceleradamente, su porte y portafolio en mano lo hacía ver imponente.

—¿Perdón? —pregunté tontamente.

Se acercó a mí sin dejar de mirarme, ese perfecto azul me traspasaba por completo, deseaba que pudiera ver muy dentro de mí pero mejor no, huiría de mí.

—¿Hablaba sola? —miró a su alrededor, hice lo mismo.

—Hm… lo siento, es una manera de… relajarme… creí estar sola, sólo pensaba en voz alta —reaccioné.

—¿Y según usted que es lo que no puede permitir? –insistió.

—Tomar el sol —contesté rápidamente—. La jefa de recursos humanos me… sugirió tomar un poco de sol porque dice que estoy pálida pero creo que prefiero tomar vitaminas.

Me miró sin estar convencido, levantó una ceja, me miró de pies a cabeza de nuevo. ¿Era costumbre de él hacer eso? Evité fruncir el ceño, yo vestía con un traje pantalón gris y negro de nuevo pero de manera invertida a mi primer atuendo.

—Creo… que no le caería mal un poco de bronceado, pero sólo un poco —extendió su índice y rozó mi cara—. El maquillaje ayuda pero es mucho mejor lo natural —fijó su mirada en mí, detuve la respiración.

—Haré el intento —me separé de él—. No soy muy amiga de sol.

Hacía mucho tiempo que ni la primavera ni el verano formaban parte de mí, para mí no había sol ni calor sólo frío, todo a mí alrededor era otoño e invierno. Era el hielo lo que a mi corazón cubría y la oscuridad la que me cobijaba.

—Ya lo veo… —levantó una ceja desconcertado—. ¿Le pasa algo?

—No nada.

—¿Y por qué huye?

—¿Huir?

—Sí, pareciera que… no quisiera que me acercara a usted, ¿por qué tan esquiva?

—No, por nada, no es apropiado estar tan cerca, a su novia no le va a gustar, además algo que puedan notar propiciará chismes que puedan meterlo en problemas y supongo que desea… mantener su prestigio de empresario.

Abrió sus hermosos ojos azules con desconcierto, había sido tontamente indiscreta.

—De un magnate hombre de negocios sí, no lo niego pero… yo no le he dicho a usted que tengo novia. ¿Cómo lo sabe? —su mirada se endureció.

—Ah….hm… perdón, creo que hablé de más, pensé en voz alta de nuevo, lo deduje, es usted un hombre joven, atractivo… exitoso y pues es obvio que un hombre como usted no puede estar solo.

Me miró de nuevo con desconfianza, no estaba convencido con mis explicaciones y para colmo me había confirmado su relación, tragué.

—¿Sabe que lo que acaba de hacer es una táctica de ciertas mujeres enamoradas?

—¿Cómo? —lo miré frunciendo la frente.

—Es una trampa de dos, uno supone fingiendo ignorancia y el otro tontamente lo afirma y ambos caímos.

Lo miré sin decir nada, debía analizar su juego de palabras porque me sonaron un poco sarcásticas.

—¿Miró alguna revista? —insistió.

—Sólo esas que están de muestra —las señalé.

Volvió su vista a la mesa central, exhaló lentamente.

—Seguramente es chisme en alguna de ellas, ¿fue allí donde miró algo?

—Lo siento señor, lamento mi indiscreción —volví a disculparme disimulando y rozando mi sien.

—¿Viste siempre con colores… lúgubres señorita? —cambió de tema.

—Son serios, infunden respeto —le contesté con desconcierto.

—Y junto a sus lentes no lo dudo pero creo que debemos hacer algo con los colores de su guardarropa, obvio no es que va a tener una piñata de trapos pero creo que otros colores no le sentarían mal.

—Ya veré —bajé la cabeza seriamente.

—El blanco por ejemplo, creo que le realzaría más su piel, creo que…

—No, blanco no.

—¿Por qué no?

Lo último blanco que me había puesto era uno de los modelos de vestidos de novias que mi madre había escogido cuando llegara el momento, ella estaba tan ilusionada como yo y había cocido el arroz antes de tiempo. Sabiendo que Edmund me pediría matrimonio, antes de nuestro compromiso ella se precipitó con euforia a mostrarme una serie de modelos de vestidos... que nunca llegué a usar.

—No me gusta el blanco —contesté encaminándome al escritorio.

—Bueno no le digo que se vista toda de blanco tampoco es que se trate de algún vestido de novia, lo que digo es que lo combine con…

—¿Es usted diseñador? —lo miré seriamente recordando que mi estorbo era modelo.

—No, no, pero…

—¿Señor Di Gennaro me da la clave de acceso por favor? —le pedí ahora yo cambiando de tema cuando me sentaba y fingía interés por el trabajo.

Me miró alzando las cejas de nuevo, evitó resoplar.

—Sí claro —resignado tomó un trozo de papel y cogiendo un bolígrafo de la lapicera escribió—. Es ésta, respete el orden de los caracteres, memorícela y rompa el papel, ¿está bien?

—Está bien —lo sujeté.

—Señorita Alcázar lo que pasó anoche…

—Buenos días, buenos días —llegaba corriendo Dayana—. Perdón por los minutos de retraso.

Giulio tensó los labios y la miró seriamente, no estaba molesto por su retraso sino por la interrupción.

—Buongiorno —contestó sin disimular a la vez que se metía a su oficina—. Venga conmigo señorita Alcázar —ordenó.

Maldición, no iba a librarme de él, era el jefe, debía obedecerlo. Metí la nota en la bolsa de mi chaqueta y cogiendo la libreta y un lápiz lo seguí. Le curvé los labios a Dayana para que no se sintiera mal y luego entré a su oficina como quiso.