Capítulo 29

 

—No pensé que me iba a divertir tanto con la experiencia —regresé un momento al presente.

—¿Y qué pasó cuando llegaron los soldados? —me preguntó Giulio intrigado—. ¿Los mataste?

Asentí.

—Damián se llevó todos los créditos con algunos de sus trucos, subí a la torre más alta y desde una pequeña ventana observé como los caballos se resistían a acercarse, sus jinetes no podían controlarlos, tuvieron que bajar y amarrarlos porque si no se escaparían. Los hombres cargaron sus armas y costales vacíos y caminaron llevando una carreta hacia la entrada de la fortaleza, iban dispuestos a terminar de llevarse lo que estaba en el sótano pero yo no iba a permitir ni siquiera que llegaran al patio de armas, la lentitud con la que caminaban por el temor me daría el tiempo suficiente para prepararme.

—¿Qué hiciste?

—Los esperé antes de que cruzaran el puente de piedra después de preparar algunas muestras de recibimiento, esparcí paja en línea recta horizontal a la entrada y pensando en lo que Damián hacía quise hacer lo mismo y probarme, chasqueé los dedos y la paja se prendió, sonreí con maldad, cuando sentí que se acercaban me escondí detrás de unos barriles, mi trampa estaba lista.

*****

—¿Qué diablos es eso? —preguntó el primero cuando se detenían.

—Se los dije, este lugar ya está maldito, es pleno día y vean —contestó otro.

—No seas estúpido, alguien vivo hizo esto, alguien sabe que todavía hay cosas de valor aquí y se las quiere quedar.

—¿Y ese vivo fue el que nos asustó ayer? —insistió otro.

—Lo de ayer no tiene explicación, McClyde no nos creyó nada y si al menos no regresamos con las cosas va a poner nuestras cabezas en picas, saquemos todo y larguémonos de aquí.

Cuando quisieron avanzar otro los detuvo.

—Esperen, me pareció ver algo entre el fuego.

—¿Cómo qué?

—Parecía la silueta de una mujer.

—Es la prometida del lord —murmuró otro—. Debe ser la misma de blanco que vi ayer.

—No, ésta no está de blanco sino con ropa oscura, es más, viste como hombre pero es una mujer.

—Pues quien quiera que sea está viva y debe ser una ladrona que sabe lo que hay aquí y quiere robarlo —replicó otro que se acercaba y los apartaba—. Así que se dejan de estupideces y avancen, esta línea de fuego no nos va a detener, vamos a encontrar a esa mujer, nos vamos a divertir con ella y la llevaremos junto con todo.

Decididamente el tipo caminó queriendo surcar el fuego seguido por dos de sus compañeros y sin darse cuenta tropezó con un cordel que estaba templado después de la línea de fuego haciendo que cayera sobre ellos un líquido oleoso, al sentirlo se asustaron, se detuvieron y al dar un paso atrás el fuego se prendió en ellos subiendo de manera rápida y consumiéndolos. Sus gritos lejos de alertar a los demás los asustaron, vieron como sus compañeros gritaban con horror el dolor que sentían cuando cayeron al suelo y se retorcían sin poder ayudarlos, otros tres valientes saltaron sobre ellos y con los mismos costales intentaron apagarles el fuego de sus cuerpos. No murieron pero si tenían llagas considerables, lamentaban su dolor, eran tres menos en los que me ocuparía.

—Fue una trampa y eso no lo hace un fantasma —protestó uno de ellos furioso observando todo—. Apaguen este maldito fuego y busquen a esa zorra, hay que cazarla, si quiere divertirse nosotros le ayudaremos a nuestra manera.

Los hombres se dispersaron, tres fueron a lo que quedó de la torre de la armería y tres al cuartel de la guardia, tres al área de la capilla y los otros dos sencillamente se internaron en el castillo, mientras sólo uno se quedaba auxiliando a los quemados, todos tendrían lo que merecían.

A los que fueron a la torre de la armería al entrar activaron cuatro ballestas cuyas flechas los atravesaron, uno tenía dos en el pecho, otro una en la garganta y el otro directo a la cabeza. A los que fueron al cuartel les pasó algo parecido, al entrar unas hachas colgantes se desprendieron y los atravesaron por la espalda como si se trataran de pedazos de carne de res lista para ser exhibida en ganchos de hierro. Los que entraron a la capilla San Miguel Arcángel literalmente los atravesó, sin esperarlo al abrirse la puerta la figura que también colgaba sosteniendo una larga lanza de verdad se dirigió a ellos con tal fuerza que los tres fueron atravesados porque estaban uno detrás de otro, literalmente fueron brochetas humanas. Me había deshecho de doce en un momento, me faltaban sólo tres.

Observé a los que estaban en el salón donde se celebró mi fiesta, miraban todo a su alrededor buscando lo que esperaban encontrar y mientras uno de ellos se separó y el otro se quedó yo aproveché para preparar una de mis dagas, la acaricié y apuntándole la lancé, le atravesó la garganta de lado a lado evitando que gritara. Cuando cayó al suelo me acerqué, se retorcía buscando quitársela, lo miré mientras se desangraba, abrió los ojos al verme, la sangre salía a borbollones de su cuello, no sentía nada al verlo, parecía suplicar por su vida, parecía suplicar porque su agonía se acabara y lo complací, saqué su propia espada y sin pensarlo con todas mis fuerzas se la encajé en el estómago, su cuerpo se tensó sin dejar de mirarme, mi imagen fue lo último que miró, no me bastó enterrarle la hoja de su propia espada sino que fui más allá, la deslicé con fuerza y le abrí el estómago aún vivo. Ni sabiendo que él no había sido directamente partícipe de la masacre me arrepentí en lo más mínimo, seguía siendo servidor del maldito McClyde y con eso me bastaba para comenzar a destazarlos como cerdos a todos.

*****

—¿Qué pasó con los dos últimos? —me preguntó Giulio.

—El que se había separado de su compañero en el salón bajó al sótano, fue valiente al hacerlo solo así que jugué con su mente, por alguna razón o por el impulso de mi deseo no me fue difícil hacerlo. Sencillamente lo observé y comencé a conocer lo que pensaba, tenía miedo pero también quería robar su parte, “poséelo Eloísa” me susurró la voz de Damián “entra en su mente y haz que vea lo que tú quieres que vea” y así lo hice, no dejaba de observarlo, poco a poco fui penetrando en su mente y conocí sus pensamientos, saber que podía manipularlo de esa manera me satisfacía mucho, el poder de la mente es un arma muy poderosa. Hice que no mirara nada dentro del sótano, las cosas seguían allí pero yo hice que no las viera, sacudió la cabeza como si quisiera resistirse pero no pudo, miró lo que yo quería que mirara, absolutamente nada. Furioso salió para encontrarse con los demás pero cuando salió al patio sólo miró a los mismos quemados que se lamentaban y al único que se había quedado con ellos. El soldado que fue poseído aseguró a su compañero que cuidaba a los quemados que el sótano estaba vacío y eso les molestó mucho.

—¿Quiere decir que él y el otro estaban bien? ¿No les hiciste nada?

—Necesitaba que alguien limpiara el desorden y por eso los dejé ir, después de comprobar el otro que lo que decía su compañero era verdad con decepción en la carreta que debía llevarse las cosas de mi familia se llevaron otras cosas. Con mucho esfuerzo cargaron a los quemados y sabiendo que todos los demás estaban muertos se asustaron más y regresaron a los dominios del enemigo con sus cadáveres en ella y otros, al lomo de sus caballos como muestra de lo que había pasado. Esa sería mi primera advertencia para que no volvieran a acercarse al castillo de los MacBellow y sería sólo el principio.

—¿Y funcionó?

—Por unos días así fue, McClyde estaba que ardía porque no sólo había perdido los objetos de valor que habían dejado guardados y que sabía que serían difíciles de recuperar si se trataba de algún robo sino porque con lo dicho por sus soldados con respecto al “espectro de la prometida” sabía que sus problemas serían aún más serios con los herederos.

—¿Entonces realmente te creyeron muerta?

—Después de eso no había duda aunque también insistían en la “ladrona” que buscaban hasta por debajo de las piedras pero obvio ya no en las tierras del castillo, estaban atemorizados, no podían creer que una sola persona y menos una mujer haya tendido esas trampas tan estratégicamente y de manera precisa y eso los asustaba. La mayoría decía que no había tal ladrona aunque no se explicaban cómo es que el sótano estaba vacío y dado el suceso ocurrido... al menos los soldados de McClyde no iban a averiguarlo más, se resistían rebelándose a su señor, el miedo les podía más.

—Supongo que ese suceso fue noticia entre los lugareños.

—Y fue así como se corrió el rumor de que la prometida del lord MacBellow también estaba muerta y que su alma en pena vagaba y habitaba el castillo guardándolo celosamente. Cualquiera que se atreviera a poner un pie allí sin importar quien fuera lo pagaría con su vida en respuesta a la masacre ocurrida. Ella estaba sedienta de sangre por la que había sido derramada en su familia y por la que le había sido arrebatada creía recompensarla de esa manera, buscaba saciarse vengando la muerte de su gente y lo haría eternamente. Una historia macabra y espeluznante que al menos me dio un prestigio y a los demás el miedo y la opción de decidir la versión que preferían creer.

—Pero dices que por unos días no hicieron nada, ¿significa que siempre sí volvieron?

—Cinco días después lo hicieron los que se creían más valientes pero pasó lo mismo, los caballos no se acercaban, relinchaban y bramaban asustados sin que sus jinetes pudieran controlarlos, esa era la señal para ellos y para que el temor los invadiera. El área del castillo se volvía impenetrable debido al miedo y muchos mejor pasaban de largo, los más incrédulos querían mostrar su valentía desafiando al “fantasma de la prometida” como me llamaron pero yo les mostraba lo que no querían creer, no los enloquecí ni los maté, vi que era buena la idea de dejarlos vivos para que al menos el rumor siguiera expandiéndose por toda la región y declararan el lugar maldito.

—¿Y te favoreció?

—Al menos era un principio pero mi verdadera venganza aún no llegaba, en esos días entrené no sólo físicamente sino que él… también me hizo ver lo que ahora era. En esos días Damián me instruyó bien pero también supe el precio a pagar por mi “nueva condición”

—¿Qué pasó?

—Comencé a sentir el peso de la eternidad, no sentía sueño, ni cansancio, el aburrimiento era fatal y lo peor, no sentía hambre ni sed sino una sequedad espantosa, la comida me repugnaba y el agua me sabía a hiel, ya no podía comer como los demás y mi cuerpo no lo resentía. A los tres días después de mi transformación ya no soportaba lo que era, el paso del tiempo era extremadamente lento y agonizante, no sentía la necesidad de cerrar los ojos y descansar, no podía, intenté morder una manzana y me supo a polvo, era como si probaras y sintieras el sabor de la ceniza, el agua que la sentía amarga la escupí porque más bien me quemó la garganta, pero sentía esa necesidad de beber algo y por eso le supliqué que me permitiera al menos degustar el vino, porque extrañaba sentir lo dulce al paladar y al menos accedió.

—¿Y es por eso que sólo bebes vino?

—Así es.

—¿Y volviste a ver al ángel?

—Desde ese mismo día no me dejó en paz, se volvió mi conciencia ya que Damián me la había quitado, no soportaba su presencia, sólo yo lo veía también justamente desde que mi inmortalidad comenzó. Según él, ellos acompañan a los mortales y a unos más que a otros depende de la fe y del libre albedrío del individuo, según él los humanos no pueden verlos pero sí sentirlos.

—¿Cuánto tiempo pasó para que comenzara tu venganza?

—Una semana que a mí me pareció años, la espera me torturaba pero debía saber cómo actuar y qué hacer. Estudié cada paso de él, de los demás me encargarían después pero mi blanco era el maldito McClyde, lo seguí en un viaje que estaba haciendo para reunirse con el rey Robert, él y su séquito de soldados iban en caravana, llevaban a Brehus y a Branwyn, los reconocí, estaba segura que se los llevaban al rey como regalos y los iba a recuperar. Mi ventaja fue que se detenían a descansar en las posadas que habían por el camino, eso me dio el tiempo para observar los movimientos de todos y conocerlos, para colmo reconocí a la perfección a uno, al maldito que dio la orden de matar a Ewan, el que mató a mi madre y a Roldán y el mismo que quiso violarme, era el malnacido cuya flecha iba dirigida a mi madre y me hirió, era el mismo al que la flecha de su compañero no le hizo nada, estaba vivo y en nombre de mi hermano, madre y Roldán ese sería el primero al que mataría con sumo placer.

—¿Qué hiciste?

—Esperé que llegara la media noche, el estúpido bebió de más y estaba muy borracho, me valdría de eso, me hice pasar por una tabernera normal, hice que me viera así, para él sería rubia y de ojos verdes, no debía reconocerme, afortunadamente su mente estaba demasiado débil y vio lo que quise que viera.

—¿Lo sedujiste? —me preguntó abriendo más los ojos.

—No exactamente pero se había quedado solo bebiendo más, así que prácticamente tenía el camino libre antes de que se retirara a dormir con sus compañeros. Debía aprovechar ese tiempo, obvio me miró y me deseó, me dijo que le sirviera más hidromiel a la que eran adictos y lo hice, quiso tocarme cuando me acerqué y no lo dejé, sabía que eso le iba a molestar. Me sujetó de un brazo y me sentó en sus piernas, quiso besarme y tampoco me dejé, era repugnante, me decía palabras sucias y queriendo tocar mis pechos me levanté, hizo lo mismo y siguiéndome me sujetó de nuevo inclinándome en la mesa, al maldito le gustaba tomar a las mujeres así.

—Y supongo que no dejaste que llegara tan lejos —lo noté un poco celoso—. ¿Cómo lo mataste?

—Por supuesto que no dejé que llegara hasta donde quería, su embriaguez poco lo hacía sostenerse en pie así que dándole un simple empujón se cayó sentado al suelo.

*****

—Vamos muñeca, no te hagas la difícil, sé que quieres sentir a un hombre de verdad —decía intentando levantarse.

—Lamentablemente usted no parece serlo, ni siquiera puede mantenerse en pie, está demasiado ebrio, si no puede con sus piernas menos con su…

—No, no permitiré que menosprecies mi hombría, puedo responderte porque no sabes las ganas que te tengo y voy a darte tanto placer que tus gritos se escucharan por todo este bosque.

Se puso de pie de un solo y de la misma manera se abalanzó sobre mí, estaba ebrio pero no podía discutir su fuerza, intentó besarme pero lo esquivé. Me defendía como debía hacerlo una mujer normal, le hice creer que podía lograr su cometido aunque yo me resistiera y eso lo excitaba más.

—Eres una tabernera como todas —jadeaba buscando sacar su miembro—. Más hermosa eso sí —desvió su mirada a mis pechos y se saboreó—. Así que ya no te resistas y coopera, quiero tenerte, voy a tenerte y voy a disfrutarte, prometo ser generoso en cuanto al pago.

—Lo siento pero mis planes son otros —se quedó rígido ante mi sarcasmo cuando no supo el momento en que la punta de mi daga apretó su cuello.

—No juegues primor, un cuchillo de mesa no me detendrá, ¿quieres que sea rudo? Si no lo quieres por las buenas entonces será por las malas pero voy a tenerte a mi antojo.

—Dudo que me tenga —le encajé el cuchillo en el cuello, abrió los ojos al sentirlo—. Como también dudo que esto no lo detenga.

La sangre comenzaba a salir y apoyándome en mi pulgar le rebané el cuello como quien rebana una manzana, no cayó al suelo pero si me soltó buscando sujetarse el cuello y detener la sangre que no dejaba de salir. Abría la boca queriendo hablar pero no podía, sólo quejidos lograba musitar, me miró furioso, en sus adentros me maldecía así que aproveché para que en ese momento que se separó de mí pudiera verme como realmente era; vestía de negro y con la ropa de Edmund y al verme abrió más los ojos porque me había  reconocido.

—¿Sabes quién soy verdad? —sonreí con placer al verlo asustado—. He regresado para vengar a mi familia y eso fue por mi hermano, maldito miserable —me acerqué a él sacando mi espada, una pared cerca de una chimenea lo detuvo para seguir retrocediendo, con fuerza le atravesé el estómago, escupió la sangre, sabía que sus ojos miraban la muerte —esto es por mi madre y por Roldán —con fuerza levanté la espada para hacerme paso por todos su órganos y abrirlo, ver su agonía era una satisfacción indescriptible pero aún quería que siguiera vivo para mi última estocada.

Saqué la espada a la altura de su pecho y aunque se llevó las manos a su estómago no pudo evitar que sus entrañas empezaran a salir, era un hombre corpulento y aun así no caía al suelo algo que me sirvió para mi último golpe. Vio que me incliné hacia el fuego de la lumbre para sacar una lanza que yo misma había puesto para que ardiera junto con otros atizadores, estaba al rojo vivo y aunque todo el metal estaba caliente él pudo ver cómo la sujetaba yo sin que el mismo me afectara, sus ojos no deban crédito a lo que estaba viendo. Lo llevé a la mesa donde quería tomarme y esta vez fui yo la que hizo que se inclinara, él presentía lo que iba a hacer y estaba aterrorizado pero sus fuerzas ya comenzaban a irse para que se resistiera.

—Soy Arabella Allyers —le dije mientras caminaba lentamente en círculos para que pudiera observarme en su agonía—. La joven a la que delante de ella le quitaste a su hermano, madre y amigo —me detuve frente a él y del cabello levanté su cabeza para que me mirara—. ¿Me recuerdas verdad maldito? ¿Querías poseer a una virgen noble y hacerla mujer? ¿Querías ser el primero? Te doy la primicia de que ya no era virgen, Edmund, el joven lord del castillo MacBellow y mi prometido me hizo su mujer antes, fui sólo de él —solté su cabeza estrellándola sobre la mesa, sentía mi odio avivarse, caminé hasta ponerme detrás de él— “y lo haré como me gusta, por detrás” fueron tus palabras maldito, así que ahora mi venganza se consuma, ya que te gusta por detrás de la misma manera voy a complacerte y tendrás lo que te mereces.

El hombre temblaba mientras la mesa y todo el suelo estaba bañado de su sangre, con precisión apunté la lanza ardiente y con fuerza sin pensarlo dos veces lo atravesé, el arma penetró desde el ano, pasando por su torso cauterizando todo hasta salir por la boca, me acerqué a él y antes de que expirara le dije una última cosa.

—Qué lástima que tus gritos no se escucharon por todo el bosque, me hubiera gustado escucharte bramar como cerdo en el matadero pero lo pensé tarde, igual esto es por todas las chicas que violaste de esta manera, vete al infierno que mi creador te espera.

En un último quejido murió, ese fue el final del tal Khelric sonreí, sentía una maravillosa satisfacción pero aún no la sentía a plenitud hasta acabar con todos los demás y con el maldito McClyde a quien en pocas horas también le llegaría su turno.

*****

Giulio me miraba con los ojos muy abiertos, si en algún momento de mi historia le dio sueño con esto se le había quitado, evitaba retorcerse en el sillón.

—Tienes el perfil de una asesina —me dijo asustado—. Realmente lo tienes.

—En eso me convertí.

—¿Y cómo se dieron cuenta los demás que el tipo estaba muerto?

—Porque la tabernera que llegaba a cerrar lo miró y su grito si se escuchó por todo el bosque, gritó como loca al encontrarse semejante escena y salió corriendo a buscar a los demás, los hombres llegaron y cuando lo vieron… no podían creerlo, ni siquiera se atrevían a moverlo, no se atrevían a acercarse. La sangre del hombre había llenado todo el piso y si lo movían sabían que sus entrañas se iban a salir también, de largo lo rodearon y pudieron ver cómo quedó, eso les daría pesadillas por al menos unos días. Cuando alertaron a McClyde y fue testigo él mismo de cómo había quedado tampoco lo creía, el tal Khelric era de sus mejores soldados y el que alguien lo matara de esa manera le daba terror porque si lo hicieron fácilmente con él no había motivo para no hacerlo con los demás. Todos estaban aterrorizados, no permitió que nadie durmiera, ordenó que lo sacaran y quemaran el cuerpo, ordenó que todos hicieran guardia porque sabía que así como los que murieron en el castillo así seguirían los demás y su mejor hombre había sido el siguiente. ¿Quién sería el próximo? La idea le daba pánico pero lo intuía y en lo que restaba de la madrugada no durmió nada. Cómo era lógico ni las mujeres durmieron, lastimosamente tuvieron que limpiar la asquerosa sangre del maldito ese y quemar la mesa en la que estaba, la tierra se teñía de rojo cuando el agua corría y ese hedor comenzaba a revolverse, espolvorearon cenizas y quemaban conchas de frutas para aromatizar un poco, nadie volvería a comer ni a beber allí un buen tiempo. Lo que pasó le dio mala reputación al lugar y lo peor era que nadie sabía quién fue el asesino de “la muralla” como le decían, estaban seguros que un fantasma no podía hacer tales cosas.

—¿Y llegó a verse con el rey?

—No, o al menos no como lo quería.

—¿Qué hiciste?

—Salieron apresurados al amanecer, obviamente los soldados estaban agotados debido al desvelo, ni el deber ni el miedo los dejó dormir, McClyde iba en su carruaje encerrado, no soportaba el miedo y creyó que ir resguardado lo protegería, aproveché un paraje muy solitario por el que pasaron e hice que los caballos se asustaran, no pudieron dominarlos, los que llevaban a McClyde comenzaron a descontrolarse y retrocediendo llevaron al carruaje a una zanja y las ruedas traseras se atascaron quebrándose una para colmo de ellos. Eso los asustó más, ya conocían el sentir de los caballos y sabían que ellos no se equivocaban, comenzaron a creer que por haber participado en la “matanza de Comwellshire” como llamaron después al suceso estaban ya malditos y uno por uno iba a morir como castigo por haber matado a gente inocente, el terror que sentían ya no lo podían controlar. Algunos bajaron de sus caballos para poder sacar el carruaje de su atolladero mientras que los otros seguían montados, McClyde tuvo que bajarse pero con temor observaba todo, la rueda estaba inservible y no podían hacer nada para poder continuar con el carruaje, él mismo quiso desamarrar a Brehus y a Branwyn que iban detrás pero cuando se acercó Brehus relinchó y parándose en dos patas lo desafió, el hombre retrocedió, tanto Brehus como Branwyn bramaban sin miedo a él y ambos corceles empezaron a rasgar el suelo con la pezuña derecha como si se prepararan para embestirlo, se asustó y más cuando el viento comenzó a azotar con fuerza. Los jinetes montados ni siquiera supieron qué los atacó cuando se vieron heridos en el suelo y sus caballos los dejaron a la deriva, los demás también se asustaron y cuando se apresuraron a ver a sus compañeros notaron que unos estaban degollados y otros con el estómago abierto, se retorcían pero no esperarían mucho para que su agonía pasara. Al verlos McClyde se horrorizó y comenzó a creer que todo lo que pasaba era producto de lo que había hecho y en consecuencia sabía que su tiempo estaba contado, lo que lo atormentaba era no saber a ciencia cierta si quien hacía esas atrocidades con sus soldados era una persona viva o un ser del más allá cobrando su venganza.

—Lograste que se asustara.

—Estaba aterrorizado, su mente empezaba a jugarle sucio, ya no se sentía seguro de ninguna manera así que me aproveché más de eso.

—¿Qué más hiciste?

—Poseí su mente e hice que mirara los espectros de los que mató.

—No imagino lo que sintió.

—Por poco enloquece, comenzó a gritar el nombre de mi suegro y el de Edmund, les dijo que estaban muertos y que lo dejaran en paz, eso me enfureció, sus soldados que aún estaban de pie lo miraron asustados y mirándose también entre ellos no entendían nada. McClyde suplicaba que se fueran y que lo dejaran en paz y en ese momento aparecí yo para que sólo él me mirara, hice que me viera como la doncella dulce y delicada que era pero con espada en mano, me acerqué a él cuando gritaba que no lo hiciera.

*****

—¡Váyanse! ¡Váyanse! —daba de manotazos desesperado como si así fuera a disipar las imágenes.

—Vas a pagar —le susurré.

—No, no por favor —cayó sentado al suelo.

—La sangre inocente derramada clama venganza.

—Por favor… —se hincó llevándose las manos a la cara, temblaba.

Verlo suplicar no era suficiente, quería que se arrastrara como el gusano que era antes de ser aplastado.

—Eloísa ya no —Ángel se metía queriendo detenerme.

—¡No te metas! —le advertí—. Ni te metas ni intentes detenerme, si evitas que lo mate avivarás más mi odio y tarde o temprano tendré su vida, tú no vas a impedirme que me cobre con la vida de este maldito, hoy es el día así que mejor déjame si no quieres ser testigo de lo que le haré.

—No interfieras Ángel —le dijo Damián secundándome como siempre—. Para eso Eloísa es lo que es, para ser una asesina despiadada.

—En eso la convertiste.

—Eso es lo que ella quiere ser.

—¡Largo! —les ordené a los dos—. Déjenme hacer lo que quiero, voy a saborear esto con sumo placer.

Me acerqué más a McClyde blandiendo mi espada, se arrastró queriendo escapar.

—Tus ojos ¡tus ojos! —se arrastraba horrorizado—. Tus ojos son amarillos, casi bronce, no… —se volteó para verme—. Ahora son rojos como las brasas ardientes, no eres una persona, no eres real.

—Soy tan real como tú desgraciado, lo que miras es la realidad, no estás alucinando, comienza a contar tus minutos —sentencié.

—No, no ¡no! —gritó con todas sus fuerzas.

—Los mataste —lo sujeté del cuello, quería desollarlo vivo—. Ordenaste que lo hicieran de la manera más sangrienta, unos decapitados, otros atravesados con lanzas, espadas y flechas, los degollaste, los mutilaste, los quemaste. Mataron desde los niños hasta los ancianos, violaron a sus mujeres hasta matarlas, mereces sufrir una muerte peor.

—No por favor, piedad —suplicaba llorando, me enfureció.

Miré a los soldados y los poseí para que no hicieran nada más, se quedaron estáticos a manera de trance para en ese momento ocuparme sólo del maldito asesino de mi familia.

—¡Maldito infeliz! —lo solté con fuerza estrellándolo en el suelo.

—Por favor preciosa Arabella, suplico clemencia —se arrastró a mis pies como quería, retrocedí—. Yo sólo quería tratar los asuntos con William, lo que pasó… yo no me lo explico, te pido misericordia, suplico tu perdón y el de ellos por favor… déjame vivir.

—Escogiste mal día para tratar tus asuntos con mi suegro y por eso no tendrás misericordia sino un tormentoso suplicio —lo escupí y comencé a rodearlo—. No querías hablar con él, ¡no mientas! ¿Por qué no diste la cara sino que mandaste a tus perros? ¡¿Crees que puedes engañarme?! Me quitaste a mi prometido, me quitaste a mi familia, me quitaste mis sueños e ilusiones, que quitaste la vida el día de mi compromiso y por eso voy a matarte, sí, yo soy Arabella Allyers y he regresado para vengarme y mandarte al lugar más ardiente del infierno.

Lo sujeté con fuerza, deseaba estrangularlo pero eso no me saciaría, tenía que hacerle padecer todas las maneras de matarlo que había planeado, tenía que verlo sufrir y esperaba que viviera para que lo soportara.

—¡Hagan algo estúpidos! —Les gritó a sus hombres, no entendía por qué no se movían ni lo defendían—. ¿No ven que esta mujer va a matarme? ¡Sálvenme!

—¿Y que vuelvan a matarme? —pregunté con sarcasmo, me miró con horror.

En ese momento asesté el primer golpe hiriéndolo a cuchilladas en la cara, gritó, lo llevé al tronco seco de un árbol y elevando sus manos juntándolas por encima de su cabeza las clavé con una sola daga, lo crucifiqué a mi manera, me deleité un momento mirándolo así, ver que lloraba y gritaba aún no me colmaba. Con otra daga empecé a cercenarle los dedos de las manos uno por uno, el dolor de su agonía aún no me satisfacía, luego le corté las dos orejas, la lengua, rasgué su pantalón y también le corté los testículos, sus gritos desgarradores no eran suficientes, era como si gritara amordazado. Terminé de rasgar su ropa y exponiendo su pecho volví a herirlo pero esta vez con azotes, no con látigo común sino con uno de veinte tiras de ardiente cuero que terminaban en filosas puntas de hierro, iba a torturarlo flagelándolo, con cada azote pedazos de piel se desprendían, todo él estaba bañado de sangre pero aún así no estaba satisfecha, el maldito estaba soportando todo antes de morirse y lo agradecí porque aún no terminaba. No me bastó eso y comencé a desollarlo vivo, verle la carne viva tampoco me colmaba y como ya estaba en su agonía lo salpiqué en vino, sabía que el ardor sería insoportable.

—Muere maldito —le susurré sintiendo que su corazón apenas y latía, ya la consciencia lo abandonaba—. Aún no saldas tu deuda, las vidas que cobraste seguirán atormentándote, tu pago y castigo apenas comienza.

Antes de que expirara le prendí fuego, ver como las llamas lo envolvían y escuchar sus gritos agónicos no llegaban a ser suficientes como para compadecerme y dejar que los buitres terminaran de hacer lo suyo, nada me conmovía porque nadie sintió compasión por los míos y antes de que muriera completamente lo terminé de atravesar con una lanza que le clavé en el pecho, se tensó con fuerza, sólo así lo decapité después en un último impulso de coraje porque quería que sufriera y así murió, el cadáver quedó expuesto de esa manera. Retiré el trance de sus soldados para que reaccionaran y vieran lo que le pasó, dejé que me vieran como un espectro bañado en sangre y les dije que antes de que lo llevaran en pedazos le llevaran de esa manera el cadáver de McClyde hasta Robert como advertencia y con el mensaje de que cada uno de los que participó en la matanza de Comwellshire correrían la misma suerte. Dejé vivir a los soldados para que llevaran el mensaje y corrieran la voz, me llevé a los caballos y los dejé a todos en ese sitio.