Capítulo 13

 

 

Cerré la puerta y lo vi acercarse a su escritorio, su móvil le sonó y lo contestó en su idioma, me concentré para saber quién era y afortunadamente no era la zorra sino su padre.

—Buongiorno papá —saludó.

Lentamente caminé, me miró a la vez que hablaba, intenté fingir que no me importaba su llamada, me hizo la señal para sentarme frente a él mientras se alejaba un poco a su vitral, parecía querer un poco de privacidad. Se quedó en silencio por un momento y su cara delató un evidente fastidio, exhaló, seguramente no tenía ganas de obedecer pero cuando escuché una palabra clave abrí más mis ojos, era el colmo de las coincidencias.

—¿Segovia? —preguntó asombrado—. ¿Qué? ¿A la Toscana?

Eso ya no me gustaba, el asunto no estaba saliendo como quería, fingí que me colocaba un poco de cabello detrás de mi oreja para disimular y bajé la cabeza para que él creyera que era ajena a su conversación.

—Está bien, veré como le hago, adiós —colgó y resopló, regresó a su sillón y quitándose su chaqueta colocándola en el respaldar del mismo se dejó caer, me miró—. ¿Puede creer que aún no me vienen a dejar mi perchero? —murmuró, levanté una ceja.

—¿Perdón?

—Sí, sí, necesito un perchero de pedestal para colocar mis chaquetas y aún no lo han traído.

Yo seguía sin entender.

—¿Quiere que averigüe con Dayana…?

—No, no, luego me encargaré, por ahora los planes han cambiado, así como mis planes de adquirir por fin mi apartamento. Deberé decidirme después y dormir unas noches más en la suite del hotel.

—¿Tiene que ver la llamada?

—Así es —frotó su frente apoyándose en su escritorio—. Debo volver a la Toscana pero antes debo ir a Segovia.

Lo miré evitando tragar, no podía permitir que se fuera, iba a seguirlo a donde fuera.

—¿Segovia? —pregunté disimuladamente—. ¿Más negocios?

—No, a mi madre le dio por comprar una propiedad allá y mi padre quiere que vaya a conocerla ya que estoy en España, quiere que le lleve todas las imágenes para saber si vale la pena invertir.

—Entiendo —bajé la cabeza evitando morderme los labios.

—Debo salir mañana por la tarde.

—Supongo que hay gente encargada aquí durante su ausencia.

—Sí claro, además estaré en contactos con ellos, necesito que con tiempo se arregle, usted va a acompañarme.

—¿Cómo? —lo vi con asombro.

—Sí, necesito que venga conmigo —comenzó a abrir unas carpetas.

—No es correcto, no es un viaje de negocios, además si va de regreso a Italia supongo que es a alguna reunión familiar y…

—¿Cómo sabe que es una reunión familiar? —me miró con detenimiento.

—La empresa es de Toscana, ustedes tienen sus viñedos allá, es obvio que su familia es de allá ¿o no? Además la nota de la prensa lo decía cuando anunciaron que abrirían operaciones aquí, fue por eso que yo vine.

Me miró de nuevo con esa típica mirada de no creerse lo que le decía, eso ya no me gustaba. Para ser un simple humano era muy perspicaz, parecía que no se le escapaba nada.

—Pues aunque lo dude si tiene que ver con los negocios, además mi padre que es el patriarca de todo esto y que pronto vendrá a conocer y supervisar la sucursal empresarial en España quiere saber todo acerca del personal contratado y que mejor ocasión que presentarle a mi brillante asistente. Además la voy a necesitar a mi lado, hay unos posibles clientes que están por llegar a la Toscana y como mi asistente no quiero que se pierda de nada, para colmo creo hasta un ruso está dentro del grupo.

—Yo no hablo ruso —le hice ver con modestia—. Quiero decir, no lo domino.

—Bueno pues ya veremos cómo se hace, esperemos que él hable o entienda inglés por lo menos, el caso es que necesito que me acompañe.

—Señor Di Gennaro… no es apropiado viajar juntos, ni siquiera en vías de trabajo, le recuerdo que usted tiene novia y no… merece tener problemas con ella por alguna… mala interpretación de las cosas que se puedan dar, ¿entiende? 

—Señorita Alcázar… ¿Cuántos años tiene usted? —me miró con atención.

—¿Perdón?

—Quiero decir… no sé, la creí más abierta, quiero decir de mente abierta, no sé, pareciera que vive en los siglos del ¡¡ufff!! ¿Necesita alguna dama de compañía para que la cuide?

Lo miré seriamente levantando una ceja.

—Perdón, la verdad es que no sé qué pensar de usted —insistió—. Eso de que “no es apropiado” comienza a marearme, ¿a qué le teme? ¿Me tiene miedo a mí? Pareciera que evita la compañía masculina, es muy esquiva en ese aspecto, ¿alguien le hizo algo?

—Señor Di Gennaro será mejor comenzar la jornada —evité contestarle poniéndome de pie—. Debo trabajar en los informes de ayer que no pude concluir.

Se paró secundándome como cuando lo hacían los caballeros en mis tiempos, por un momento su expresión… se me pareció muchísimo a mi Edmund.

—Está bien, hablaremos durante el almuerzo.

—¿Qué? No…

—¿Sigue mal del estómago?

—Sí.

—Pues yo la veo bien, ¿desayunó?

—Comí… me tomé un yogurt antes de salir, eso me ayuda, pero no quiero ver la comida, por favor no.

—Yo creo que para la hora de la comida ya tendrá hambre.

—Por favor no insista.

Me miró de nuevo, comenzaba a fastidiarme, con este hombre no podía ser lo que yo era, ante él era una completa y estúpida mortal.

—A las once tenemos otra reunión con los inversionistas, así que va a acompañarme —ordenó.

“¡Diablos! Este juego ya no me gusta” —pensé asintiendo de mala gana y saliendo de su presencia, sólo con saberlo ya comenzaba a sentir náuseas.

Pasó lo mismo y era el colmo.

Tres bocados de una papa horneada rellena y dos mordiscos a algunos vegetales fueron el detonante, llegando a la empresa volví a vomitar, no soportaba las náuseas. Cuando me repuse me lavé la boca de nuevo y me puse un poco de brillo labial, exhalé, pero cuando salí del baño para mi desagradable sorpresa estaba él esperándome y mirándome como si se tratara de la misma inquisición, no me gustó su expresión, me sentía débil y no quería dar explicaciones.

—Señorita Alcázar, ¿tiene usted algún trastorno alimenticio? —inquirió sin rodeos.

—¿Qué? —susurré apoyándome en el umbral de la puerta.

—No se trata de la comida, usted se induce el vómito, ¿por qué? —me reprendió.

—No es nada —intenté caminar pero me detuvo.

—Eloísa… —me sujetó de los hombros.

Algo pasó, por primera vez mis fuerzas me abandonaron completamente, sin saber cómo me desvanecí en sus brazos, sentí caer en el vacío de un abismo.

Cuando abrí mis ojos no estaba en donde tenía que estar, me senté de un solo golpe, el olor a hierba, a flores, la brisa y el sol, el mismo paisaje era inconfundible, Edimburgo. Me levanté asustada, sus montañas eran las mismas, el cielo azul era igual, el pastor con su rebaño a lo lejos descendiendo por la colina era un típico escenario de… la que iba a ser mi campiña, por primera vez sentí el cálido latir de mi corazón con fuerza.

—Edmund… —susurré.

—Eloísa regresa —me dijo una suave voz inconfundible.

—¿Ángel? —Lo vi en la pradera—. ¿Estoy en Edimburgo? ¿En la Edimburgo con mi Edmund?

Me miró sin decir nada, intenté caminar y enredándome en el vestido me caí de bruces, había olvidado la moda, la tela del vestido era de seda blanca y dorada, sentía que estaba en mi casa.

—¿Ángel? —insistí poniéndome de pie.

—Eloísa sigues siendo una niña pero lo que eres está en juego, tu capricho te está debilitando cada vez más, corres el riesgo de que tu identidad se descubra y que pierdas por completo al hombre que te has encaprichado tener.

—Quiero a mi Edmund.

—Él no es Edmund.

—¿Estoy soñando? No es posible ¿Qué me pasa?

—Vuelve en ti Eloísa, antes de que sea tarde, regresa a la realidad.

—No puedo dejar de ser lo que soy.

—Eloísa, mi Eloísa —decía otra voz que hizo saltar mi corazón.

Lo vi, era mi amor, mi Edmund.

—Edmund mi amor ven por mí, llévame contigo, quiero estar contigo —intenté correr a él, quería abrazarlo, quería llorar y no soltarlo nunca más, añoraba sentir sus brazos rodeándome, sus besos, sus caricias, estar junto a él pero mi cuerpo se hacía más pasado cada vez, no podía acercarme a él, entre más lo intentaba él parecía alejarse.

—Edmund, ¡Edmund…! —lo llamé desesperada.

—Eloísa por favor reacciona —seguía diciendo la voz, inmediatamente desperté sintiendo que no podía respirar.

Estaba aturdida, asustada, desorientada, vi a mi alrededor.

No podía pensar, había transpirado sin saber cómo, me sentía mal. Él estaba frente a mí más desconcertado que yo.

—Aquí está el doctor —dijo Dayana entrando con otro hombre de casi sesenta.

—No lo necesito —repliqué sentándome e intentando respirar.

—Claro que lo necesita señorita Alcázar, se desmayó en mis brazos, estuvo totalmente inconsciente, palideció exageradamente, es necesario que le hagan una serie de análisis médicos, quiero verificar que está bien.

—Estoy bien —me puse de pie y volví a caer sentada por el mareo, me sujetó.

—Lo ve no lo está —insistió en su necedad y luego se volvió al médico—: Doctor por favor, revísela, se desmayó en mis brazos justamente después de haber vomitado en el baño.

El doctor se acercó y se sentó a mi lado, lo primero que hizo fue tomar mi pulso, sus ojos redondos poco le saltan, se asustó.

—Estoy bien —le dije firmemente entrando a su mente—. Mi pulso está un poco débil pero estoy bien.

—Sí, sí, su pulso está un poco débil pero está bien —repitió de manera automática.

—¿Nada más? —Insistió Giulio—. Creo que un análisis de sangre o cualquier otra cosa sería lo mejor para saber…

—No tengo nada, fue sólo debilidad —insistí yo mirándolo directamente a los ojos, esperaba que lo creyera—. Solamente necesito tomar vitaminas con más frecuencia.

—Necesita algo más que vitaminas —opinó con firmeza.

Nada funcionaba con él.             

—¿Doctor que recomienda? —insistió volviéndose al galeno.

—Lo que he dicho, vitaminas y descanso —volví a decir a la vez que me posesionaba de la mente del médico con las pocas fuerzas que tenía.

—Sí eso —secundó el doctor—. Unas Vitaminas y descanso.

Giulio lo miró con desconfianza y desconcertado y de la misma manera me miró a mí.

—Doctor, no se preocupe estoy bien —insistí—. Puede volver a sus labores.

—Sí, está bien, volveré a mis labores —repitió poniéndose de pie y ante el desconcierto de Giulio salió de su oficina. Dayana lo siguió.

—¿Qué fue eso? —preguntó él mirándome fijamente.

—¿Que fue qué?

—Lo que acaba de pasar.

—No lo sé, no era necesario el médico, ya estoy mejor, ¿puedo volver a mi escritorio?

Me miró intentando leer mis ojos, yo quise hacer lo mismo y no pude, de lo único que estaba segura era de que no se había creído nada y eso me asustaba, Ángel tenía razón, me estaba poniendo en evidencia. Me hizo un gesto con la mano y salí de su oficina, sentándome en el escritorio, respiré con más calma, necesitaba pensar para saber cómo moverme después de lo que había pasado.