Capítulo 14

 

 

Cuando la jornada terminó y yo fingía arreglar mi bolso él salió de su oficina, seriamente como siempre, se acercó a su secretaria, le susurró algo sobre el trabajo y lanzándome una extraña mirada se encaminó rumbo al ascensor. Odiaba no conocer lo que pensaba, él era totalmente cerrado a mí, no podía ver más allá de la persona que era, no podía conocer nada más que lo que él mismo me mostraba, lo único que pude deducir es que estaba molesto conmigo, sólo tenía que averiguar por qué.

—Hasta mañana Dayana —le dije a la secretaria cuando me encaminaba hacia el ascensor.

—Hasta mañana Eloísa, espero que te sientas mejor.

—Eso espero, gracias.

No quise entrar en su mente y saber qué le había dicho el jefe, obvio eran asuntos laborables. Esperé a que llegara el ascensor, extrañaba no hacer las cosas a mi manera, mis métodos de moverme eran mejores pero tenía que aparentar ser humana aunque la impaciencia me hiciera estragos.

Al llegar al vestíbulo y salir, sólo caminé unos cuantos pasos cuando Francesco me interceptó.

—Signorina Alcázar, el signore la espera.

Lo miré con asombro.

—¿El signore me espera? ¿En dónde?

—En el subterráneo, dentro de su camioneta.

Exhalé, tenía que averiguar qué era lo que quería el jefe. Caminé seguida por él. Cuando llegué Francesco se apresuró a abrir la puerta.

—No voy a entrar —advertí al mirarlo.

—Pues yo quiero que entre —me dijo el jefe con esa voz ronca que me estremecía, me incliné para verlo más de cerca.

—Señor Di Gennaro, el tiempo de labores ya terminó y creo que fuera de la oficina o de la empresa misma no estoy en la obligación de… obedecerlo.

—Señorita Alcázar, si a mí me da la gana que trabajemos fuera de la oficina y en el sitio que sea hasta las altas horas de la madrugada su deber es obedecerme, ¿no le parece? ¿O es que ya no soporta a su jefe y busca cualquier excusa? Si para usted es una tortura soportarme durante el día déjeme decirle que usted para mí no lo es, no tengo noción del tiempo cuando está junto a mí y siento que no es suficiente.

Lo miré con los ojos muy abiertos pero seriamente al escucharlo, sus palabras me… desconcertaron y parecía que él tampoco se había creído lo que dijo, hizo una pausa sin dejar de mirarme, yo lo miraba también pero no podía entrar en su mente y hacer de él lo que yo quería. Su deseo era que le obedeciera sin protestar y el mío que él… también hiciera lo que a mí se me antojara, pero por alguna razón comencé a sentir que sin darme cuenta él estaba cayendo ante mí.

—Entre —ordenó.

Evité fruncir el ceño y resoplar, comportarme como una mujer normal no me estaba gustando para nada así que aunque peleara conmigo misma entré como quiso, me senté a su lado.

—Así está mejor —exhaló victorioso cuando Francesco cerraba la puerta.

—¿Así que vamos a trabajar? —pregunté con fastidio.

—No —con osadía se atrevió a quitarme los lentes, me los dio, era obvio que no quería verme con ellos.

Lo miré directamente, reía con descaro, adiaba no darle una lección como era mi costumbre. Me crucé de brazos.

—Voy a llevarla a su apartamento y se va a dedicar a arreglar su equipaje para mañana, no es necesario que venga a la oficina. Francesco pasará por usted pasadas las doce para que viajemos juntos hasta Segovia, sólo estaremos máximo dos días allá para luego viajar a Italia.

Viajar, viajar, viajar de la manera tradicional me traería problemas, no podía hacerlo, estando con él me debilitaba.

—¿Qué le parece si… yo me adelanto y lo espero allá? —le sugerí con cordialidad—. Me voy temprano, buscaré un buen hotel digno de usted, prepararé todo y para cuando usted llegue ya todo estará listo, ¿le parece?

Me miró curvando sus labios y levantando una ceja, no estaba convencido.

—Suena tentador, ¿ahora debo creer que tampoco le gusta viajar acompañada? —contestó evitando sonar sarcástico—. Insisto, usted parece evitar toda compañía masculina.

—Fue sólo una sugerencia.

—Pues lamento informarle que ya todo está listo allá, pero aprecio mucho su intención, es usted muy eficiente —sonrió.

¡Diablos! Nada me salía bien, me estaba hartando.

—Señor Di Gennaro el viaje al interior del país no me preocupa pero debo decirle que a Italia sí, no tengo… la documentación para salir del país.

—Señorita Alcázar… ¿me cree tonto? —me miró seriamente.

—No.

—Usted dijo vivir en Inglaterra, Escocia y no sé dónde más, ¿espera que le crea que no puede salir del país?

Me llevé una mano a mi mejilla disimuladamente, cerré los ojos y exhalé, más estúpidamente humana no podía ser, estaba haciendo el ridículo ante él, no podía seguir así, necesitaba ser yo otra vez.

La camioneta limosina en la que viajaba tenía un vidrio especial para aislar el sonido de la parte trasera a la delantera, por lo tanto, el chofer no pudo escuchar nada de lo que hablábamos cuando el jefe subió el vidrio. Giulio me miró seriamente otra vez después de exhalar.

—¿Quién es Edmund? —preguntó con seriedad cambiando drásticamente de tema, abrí los ojos asustada sin poder disimular.

—¿Qué? —no quise verlo, me paralizó.

—Me escuchó bien, en su delirio lo mencionó, susurró su nombre en repetidas veces como si lo estuviera llamando. ¿Quién es?

Estaba rígida, ni siquiera la cabeza podía mover, no quería verlo, ¿Cómo diablos pude haberme desmayado y delirar? Esto no estaba bien, no era yo, necesitaba volver a ser lo que era, no podía mostrarme débil, ya no. Estaba corriendo el peligro de que me descubriera, me sentía impotente.

—Señorita Alcázar espero su respuesta —insistió haciéndome reaccionar.

—Perdón señor Di Gennaro, lo respeto por ser mi jefe y como tal es el trato de jerarquía “jefe-empleada” pero creo que mi vida personal no es de su incumbencia.

Me miró alzando ambas cejas y evitando abrir la boca, al contrario, tensó la mandíbula. Exhaló lentamente otra vez.

—Tiene razón, no es algo que me interese —dijo secamente mientras se arreglaba las muñecas de su camisa—. Olvídelo.

Quise hacer de cuentas que sus palabras no me molestaron pero sí lo hizo, cuando quería mostrarse frío lo hacía sin contemplaciones, su semblante serio era duro, pero prefería que me dijera su sentir y así evitar de una buena vez el estúpido ensueño que yo misma me había construido de nuevo. Era mejor que lo sacara de mi vida antes de que se metiera más, el problema era que ya estaba muy adentro y me dolía.

—Agradezco su interés pero creo que debemos… mantener el trato como lo que somos —le dije intentando no ser tan obvia—. Le recuerdo que usted tiene… novia y no… sería correcto que yo me metiera en su vida privada siendo una completa desconocida.

Exhaló de nuevo evitando mostrar fastidio, el tema parecía no agradarle.

—Por alguna extraña razón… —se detuvo un momento para pensarlo pero luego continuó—. No sé por qué pero… siento que usted no me es desconocida, no me lo va a creer pero siento que la conozco desde antes sin hallar alguna explicación a eso.

—¿Cómo dice? —me estremecí.

—Olvídelo, no me haga caso.

Giró su cabeza a la ventana y levantó el mentón, estaba serio, parecía que se arrepentía de haber dicho eso y yo no sabía qué pensar sobre lo que me había revelado. Me confundía.

—Voy a saciar su curiosidad señorita Alcázar, para que deje de darle cuerda al tema —volvió a ser el mismo apretando su corbata como si quisiera ahorcarse a sí mismo—. Así es, tengo novia desde hace dos años, se llama Antonella Bellini y se dedica al modelaje y esas cosas, pero desgraciadamente no… podemos agendar nuestros… deberes y eso es algo muy malo, tratamos de coincidir pero creo que… no es suficiente.

Se volvió seriamente otra vez hacia la ventana, daba la impresión de no querer hablar más sobre el asunto, parecía que no le hacía gracia.

—Perdón pero… si tienen esa relación así… ¿por qué seguir? Creo que el amor… —me detuve, mi razón me decía que me callara pero mi corazón me decía que continuara—. Es lo más importante y si lo hay la distancia es lo de menos, imagino que cuando se ven… —apreté los dientes—. Disfrutan su compañía.

Me miró por un momento, clavó el azul de su mirada en mí, quería reflejarme en ellos pero desistí y esta vez fui yo la que giró la cara hacia la ventana.

—Perdón, lo siento —me disculpé por la indiscreción.

Llegamos a mi edificio y exhalé aliviada. El chofer se apresuró a abrirme la puerta y ayudarme a bajar, para mi sorpresa él también bajó.

—Señor Di Gennaro… ¿puedo pedirle algo? —me atreví a preguntar.

Me miró un poco sorprendido.

—Dígame —contestó, su mirada me intimidaba.

—Segovia… está sólo a un paso de aquí, ¿podríamos ir por tierra?

Me miró frunciendo el ceño.

—Pensaba ir en el helicóptero de la empresa, ¿no le gusta volar?

Negué, intuía que iba a ser vuelo.

—Entiendo que esté acostumbrado a sus lujos y comodidades pero… yo… necesito asimilarlo… asimilar mi posición en cuanto a ser su asistente, yo pensaba tomar cualquier transporte por la mañana y esperarlo allá como se lo dije.

—Señorita Alcázar insisto, no quiero pensar que le huye a la compañía masculina, como le dije ya todo está listo allá pero si teme volar… está bien, voy a complacerla por esta vez para que vea que soy buen jefe. Iremos a Segovia por tierra, sirve que conozco un poco así que creo es buena excusa, en ese caso deberemos regresar para obviamente volar a Italia porque para allá si tomaremos un vuelo.

Asentí sin remedio, tenía que ingeniármelas para poder volar con él.

—Bien, en ese caso vaya a descansar y a arreglarse, mañana a las once Francesco vendrá por usted, mejor dicho, vendremos por usted ya que como iremos por tierra será necesario adelantar una hora más.

Asentí de nuevo y sin querer mirarlo me encaminé hacia la entrada de mi edificio, tenía que buscar la manera de controlar esta situación. Por los momentos volver a Segovia después de tantos siglos no me hacía gracia.