Capítulo 26
Caminé sin rumbo fijo, caminé sin saber a dónde dirigirme, caminaba despacio por la debilidad que sentía, por momentos me sentaba en alguna piedra en el camino y luego de reponerme seguía caminando. El silencio del bosque era inquietante, los rayos del sol a penas y se infiltraban entre las ramas, estaba desorientada, vacía, nada me importaba, estaba completamente sola salvo por él que me seguía a varios pasos atrás de mí.
—¿Por qué me sigues sin decir nada? —le pregunté sin detenerme.
—Porque quiero ver hasta donde llegas —contestó muy tranquilo.
—Llegaré a donde tenga que llegar —le dije decidida.
—Me gusta tu actitud Arabella, tienes la determinación necesaria para eso, llegarás a donde quieras, claro que sí.
—No te burles —lo miré.
—No lo hago —sonrió.
En ese momento escuché los cascos de caballos y me asusté, él me miró y levantando una ceja seguía sonriendo.
—¿Soldados? —pregunté sujetando las cosas que llevaba en mis brazos.
—No lo dudes —contestó observando el camino.
—Debo salir del camino, si me ven pueden reconocerme o peor…
—Abusar de ti —terminó de decir—. Llevan horas en esa faena y están cansados, necesitan divertirse un poco y liberar la tensión.
—No, no lo voy a permitir —retrocedí mirando hacia mi izquierda y derecha pensando rápidamente qué hacer.
—Sólo apártate un poco del camino —sugirió.
—¿Qué? No, no lo haré, tengo que esconderme.
—¿Quieres probarme? Quédate y verás.
Lo miré tragando mi miedo, las pisadas se escuchaban más fuertes porque se acercaban, los caballos relinchaban aunque venían a paso tranquilo.
—¿Lo harás? —insistió.
Negué, estaba muy asustada y el mismo miedo me estaba paralizando.
—Debo salir de aquí —comencé a retroceder poniendo un pie hacia atrás.
—Muy tarde —sonrió.
Los jinetes aparecieron a la vista, eran seis, además de espadas también llevaban lanzas y dos estandartes que reconocí, eran servidores del maldito McClyde. Sentí el pánico y el odio recorrerme al mismo tiempo, apenas y me moví apartándome del camino para que los caballos no me golpearan pero de nada me valía porque me habían visto, era imposible que no lo hicieran. Bajé la cabeza intentando cubrirme con la manta que me abrigaba y simplemente evité hasta respirar. De pronto los caballos comenzaron a inquietarse a varios metros de mí, retrocedían asustados haciendo que los tipos no los pudieran controlar.
—Alto, alto, tranquilos —intentaban tranquilizarlos mientras daban vueltas en círculos.
Los caballos relincharon y bramaron, se paraban en dos patas y amenazaban con tirar al suelo a sus jinetes. Los hombres intentaban controlarlos pero justo antes de pasar por donde yo estaba los caballos se asustaron más y salieron corriendo a gran velocidad levantando una nube de polvo, pasaron a mi lado y me ignoraron. Cuando se perdieron de vista respiré tranquila, tanto fue mi miedo que caí sentada al suelo y traté de tranquilizarme porque no dejaba de temblar.
—Será mejor que salga del camino y camine sólo por el bosque —dije llevando una mano al pecho.
—En todas partes hay peligros.
—¿Qué fue eso? ¿Fuiste tú?
—¿Por qué lo crees? —sonrió.
—Estaba en medio del camino, pudieron verme, debieron verme sin problemas —evitaba tartamudear.
—¿Te digo el secreto? —se inclinó a mi altura, lo miré y asentí—. Sencillamente no te vieron preciosa —me acarició el cabello—. Tu pánico fue por nada, te dije que me probaras y ahora ya tuviste otra prueba de mi poder. ¿Dudas de mi protección hacia ti?
Estaba rígida, no podía negarlo, de lo que fui testigo era incapaz de asimilarlo en el momento, lo había hecho otra vez como lo hizo en la abadía.
—¿Pero los caballos…? —no dejaba de temblar.
—Los animales sienten todo, que eso no te extrañe, ellos si nos vieron.
—Damián… —realmente estaba asustada y no podía controlar mis nervios.
—Sh… —me besó la frente—. Tranquilízate preciosa, entiendo tus nervios pero estás conmigo y yo no voy a dejarte, quiero que estés segura con cada paso que des, yo camino contigo y mi poder te protege. No temas ver soldados, camina con seguridad, ninguno de tus enemigos podrá verte, te daré el poder para que te acerques a ellos, te daré el poder para que los destruyas a todos así como ellos lo hicieron contigo, serás mi ave fénix pero para que resurjas con mi poder primero deberás arder, la Arabella que eres debe morir para que de sus cenizas renazca la nueva, la implacable, la que no tendrá piedad con nadie y a la que nunca más le volverán a hacer daño.
—¿Por qué quieres hacerme eso?
—Porque no hay mejor arma que la astucia y la seducción de una bella mujer, serás la perdición y destrucción de todos, yo te daré el poder para que mates, hurtes y destruyas sin que nada te detenga.
—No entiendo como seré “poderosa” si parezco más una pordiosera.
—Porque ahora no tienes nada pero ya falta poco —me hizo ponerme de pie—. Vas a tener todo lo que quieras y por los métodos que quieras, vas a jugar y a manipular a tu antojo, ¿no te gusta la idea?
Sonreía sin dejar de mirarme y seguimos caminando.
Agotada por mi condición a una hora de camino me senté a la sombra de un árbol, me limpié el sudor de la cara y saqué algo para comer, no tenía hambre pero no soportaba las náuseas por la debilidad. Bebí un poco de agua porque estaba sedienta y exhalé cansada reclinándome en el tronco mientras masticaba un pedazo de pan con queso.
—Esto no tiene sentido —murmuré—. No estoy yendo a ninguna parte, ni siquiera sé dónde estoy.
—¿A dónde quieres ir? —me miró sabiendo mi respuesta.
—Quiero ir al castillo MacBellow —mis labios temblaron cuando dije ese nombre.
—¿Tienes idea de lo que vas a encontrar allí?
—Lo sé pero quiero ir.
—¿Para avivar tu dolor o tu odio?
—Las dos cosas me darán fuerzas, quiero llorar a mis muertos con toda la libertad, quiero ver lo que quedó de la fortaleza.
—Los quemaron Arabella, quemaron a todos los cuerpos sin vida.
Lloré enterrando mi cara entre mis piernas, no soportaba el dolor de mis heridas pero el de mi corazón era peor. Mi madre, mi hermano, mi padrastro, mi suegro, mi amado, todos estaban en el otro mundo y yo seguía vagando en éste sola, quería irme con ellos.
—Llévame —le pedí—. Llévame a ver lo que quedó de mi hogar, aviva mi odio en medio de mi dolor, dame el poder para vengarlos a todos.
—No estamos cerca, caminarás al menos dos días o más.
—No me importa, no sé de donde sacaré fuerzas pero lo haré.
—Estás herida.
—Descansaré por momentos y me curaré como me dijo John.
—¿Tienes idea de dónde pasarás la noche?
—Sola y en el bosque, no pediré amparo en ninguna parte, pueden reconocerme y si me duermo pueden llevarme o matarme allí mismo. Dormiré a la intemperie, bajo la luna y las estrellas, me conformaré con la luz de la luna pero no haré fogata para no llamar la atención así me congele del frío.
—Es admirable tu determinación “Bonnie” esa fuerza te impulsa y hace que no te rindas, ¿pero qué harás una vez que llegues a la colina del Ciervo y veas lo que quedó del castillo de tu amado?
—Sólo quiero verlo por última vez, quiero llorar amargamente y gritar mi dolor con todas mis fuerzas, quiero jurar frente a ellos que serán vengados.
—Eso no los traerá de vuelta.
—Tienes el poder, ¿no? ¿Por qué no los revives?
Me miró como si se tratara de un chiste y se rió a carcajadas, me enojé al verlo.
—¿Desde cuándo un muerto ha vuelto a la vida? —me preguntó cuándo se repuso.
—Jesús revivió a Lázaro, ¿no? y él mismo resucitó de entre los muertos.
Su mirada se endureció y me miró apretando la mandíbula, tuve miedo que me hiciera algo por mi comentario.
—Tu madre fue muy devota y te enseñó la religión muy bien —su voz ronca me asustó—. Sé que conoces las escrituras y sus historias desde el primero hasta el último libro que te fue enseñado, de niña siempre usabas un crucifijo en el cuello y no te ibas a la cama sin decir tus oraciones, las decías al levantarte, las decías antes de comer y las decías antes de dormir. Todos los domingos disfrutabas atentamente escuchar sus parábolas hasta que te las aprendiste de memoria, no te cansabas de murmurar sus “bienaventuranzas” te confirmaste a los diez años y también formaste parte del coro de niños, a los catorce estabas segura de querer pasar el resto de tu vida sirviéndolo, ¿y qué hizo él a cambio de toda esa devoción?
Su pregunta y el recordarme mi infancia me habían herido, tragué también. Él no estaba cuando mi familia fue masacrada por esos malditos, él no nos salvó.
—Exacto —volvió a decir sabiendo lo que pensaba—. Él no te salvó, fui yo —se acercó a mí y sujetando mi mentón lo apretó, me hizo verlo directamente a sus tenebrosos ojos que estaban oscuros—. Recuerda eso siempre pero nunca vuelvas recordarme algunas de mis limitaciones porque desgraciadamente las tengo cuando él lo ordena y una de ellas es… no poder revivir muertos, ese poder sólo es de él.
Me soltó con desdén haciendo que me doliera el cuello, evité quejarme.
—Voy a mostrarte mi poder “Bonnie” y serás seducida por él —continuó mientras se ponía de pie—. Pero a cambio quiero que no vuelvas a mencionarlo, ¿está claro?
Asentí sin tener opción, era mejor no pensar en nada.
—Ponte de pie y cierra los ojos —ordenó.
—¿Para qué?
—Hazlo y verás.
Le temía, podía hacerme lo que quisiera pero no tenía otro remedio que obedecerlo y no hacer que se molestara otra vez. Lo hice.
—Sé testigo de mi poder Bonnie —sentí que me rodeaba caminando en círculos y una especie de bruma me envolvió, comencé a marearme sintiendo que no podía respirar.
—Damián… —logré decir sin abrir los ojos, tenía miedo.
—Sh… —me interrumpió en susurros—. ¿Te sientes liviana verdad?
—Como si florara, siento que me voy a caer, no tengo equilibrio.
—No vas a caerte, sólo estás débil pero ya pasará, tranquila.
Era un vértigo y tuve que llevarme una mano a la boca porque quise vomitar, todo me daba vueltas.
—Ya puedes abrirlos.
Cuando lo hice no pude mantenerme en pie y caí sentada al suelo, busqué respirar con normalidad, sentía que me asfixiaba.
—¿Qué fue eso? —pregunté asustada.
—Eso querida es cortar distancia, ya estamos cerca de lo que sigues llamando “hogar”
—¿Cómo?
En ese momento vi aparecer una carreta por el camino, tuve miedo pero él me miró y entendí que no debía temer.
—¿Es enemigo? —pregunté con reservas.
—No.
—Entonces deja que me vea, necesito un transporte que aligere más mis pasos.
—Como quieras.
—Y que el animal no se asuste —insistí.
—¿Cuál de los dos? —sonrió.
Lo miré negando ante su broma y luego volví a ver la carreta, era un hombre ya algo mayor que instigaba con un pequeño látigo a su asno, cargaba paja y eso era lo que necesitaba para descansar un momento.
—No lo saludes con un “Awrite pal[9]” —me dijo Damián justo antes de abrir yo la boca—. Recuerda que no eres de Edinburgh[10], no menciones palabras que también entienden en las tierras bajas.
Asentí haciéndole caso.
—Alto, alto —levanté mi mano derecha para detenerlo.
—¿Le pasa algo señorita? —haló las riendas del asno.
—Buen día señor —me mostré cortés—. Quería saber si podía llevarme, estoy cansada y perdida.
—¿Y hacia dónde va?
—A Comwellshire.
—¿A dónde? —me miró asustado.
—Necesito llegar a…
—Sí, sí, sí la escuché, es sólo que…
—¿Que qué?
—¿No sabe lo que pasó allí?
Tragué, tenía que disimular.
—¿Qué pasó? —pregunté haciéndome la desentendida.
—Una horrible masacre hace cuatro días. Dios tenga en su gloria a todas esas almas —se persignó.
—¿Masacre? —apreté los dientes.
—¿Tenía usted parientes allí?
Asentí con temor.
—Oh lo siento de verdad, pero dicen que nadie sobrevivió excepto algunas de las sirvientas más jóvenes pero…
—¿Pero qué?
El hombre se bajó y yo retrocedí asustada, miré a Damián que me miró también pero era obvio que el hombre no lo podía ver.
—Señorita yo no voy hasta allá, vivo mucho antes pero puedo acercarla si gusta, el problema es que ya llegaremos al ocaso, vivo con mi esposa, si usted quiere y acepta puede pasar la noche en nuestra cabaña y mañana seguir su camino pero no se lo remiendo.
—¿Qué no me recomienda?
—Acercarse a ese lugar, todo es muy reciente y todavía el humo sale.
—¿Humo? —disimulé.
—Sí, quemaron todo.
Bajé la cabeza y tragué, me mordí los labios.
—Lo siento por su pariente.
—Pero dice que hay sirvientas que…
—¿Le ayudo a subir? La paja es cómoda y en el camino le cuento —me interrumpió.
Asentí otra vez y ayudándome como dijo subí, me senté entre la paja y Damián conmigo evitando poner los ojos en blanco con fastidio, parecía odiar viajar de esa manera.
—Sí, si odio viajar así —me dijo quitándose la paja que se le pegaba a su ropa—. Cuando estés en mi lugar sabrás por qué y lo odiarás también, ya verás cómo te encantará viajar a mi modo cuando te acostumbres, no hay nada que se compare a eso.
El vértigo que sentí era eso, lo que él llamaba “viajar” sacudí la cabeza. El hombre volvió a subir e instigó al asno otra vez, avanzamos despacio.
—Todo fue terrible —continuó el hombre en la plática, yo iba detrás de él—. Los soldados hacen rondas a cada momento, dicen que buscan a una sobreviviente.
—¿A quién? —pregunté evitando mostrarme nerviosa.
—No lo dicen abiertamente pero es a una joven por como la describen, la verdad se ven confundidos, unos alegan que está muerta y que su cuerpo se quemó junto con los demás pero otros dicen que no encontraron su cadáver al momento de juntarlos a todos y ese es el dilema que le ha quitado el sueño a los señores feudales.
—¿Y a ellos por qué?
—Muchos murmuran que Frey McClyde el más poderoso de los feudales está detrás de todo, ya que son sus soldados la mayoría de los que hacen rondas, hace unas horas atrás me encontré con unos soldados que venían hacia este rumbo, me detuvieron y con sus lanzas hurgaron entre la paja.
Eran los mismos que habíamos encontrado, no me equivoqué al ver los estandartes, están obsesionados en encontrarme.
—¿Y en fin cuál será verdad? —insistí—. ¿Habrá muerto la chica o no?
—Es una gran incógnita y como se imaginará McClyde está que arde porque debe rendir cuentas al rey Robert sobre lo sucedido y no sólo por ella sino también por el gran señor del castillo, un lord inglés, dicen que los príncipes están furiosos y exigen pruebas del destino de la joven, a McClyde le dieron un plazo para que ella aparezca sino… es posible que su cabeza ruede.
Yo misma sería la que le arrancaría la cabeza a ese maldito, nadie iba a privarme de la satisfacción de matarlo como yo lo quisiera.
—Perdón señorita, ni siquiera me he presentado, me llamo Agnus y soy granjero.
—Mucho gusto Agnus, yo soy… —abrí los ojos sin saber qué decir, miré a Damián.
—Caileen —me susurró sonriendo.
—Caileen —repetí en voz alta.
—Mucho gusto señorita Caileen pero déjeme decirle con todo respeto que no sé si es valiente o tonta. ¿Cómo se atreve a andar por estos caminos sola? Es muy peligroso, si esos malnacidos soldados de McClyde la encuentran jure que no se librará de ellos y correrá la misma suerte que las pobres chicas del castillo.
—¿Qué pasó con las sobrevivientes?
—Las ultrajaron a su antojo, a las que dejaron moribundas para que no se convirtieran en una carga las colgaron aún vivas de algunos árboles para que terminaran de morir así y a las que eran más fuertes las siguieron violando durante la noche. Algunas y más las que eran muy jóvenes y vírgenes no soportaron y murieron de esa manera desgarradas, las colgaron también, a las demás dicen que se las llevaron para seguir divirtiéndose.
Con los ojos cerrados y con una mano en la boca evité hacer algún sonido, cruel y fatal destino para niñas que ni siquiera llegaban a los catorce años, no soportaba imaginar eso. Iba a vengarlas también, a cada uno de esos malditos les iba a arrancar los testículos de un tajo, los iba a dejar así y los iba a ver retorciéndose como gusanos.
—Lo siento señorita Caileen, lamento contarle semejante horror y asustarla, ¿es usted pariente de alguna de ellas?
—Sí —tragué conteniéndome—. Venía por trabajo al castillo, una prima me había dicho que necesitaban más sirvientas y era mi oportunidad de trabajar.
—¿A escapado de su casa?
—¿Por qué lo cree?
—Su vestido no está muy limpio y además está herida, ¿qué le pasó?
Miré a Damián que también me miraba esperando que me inventara una historia creíble por mi cuenta así que pensé con rapidez.
—Hace cuatro días… en mi casa… —comencé a decir—. Mi padrastro ebrio le pegó a mi madre y… yo me metí para defenderla.
—Que mal, ¿y fue él quien la hirió?
—Sí, pero yo también le quebré un jarrón en la cabeza y lo herí bastante, creo que estuvo inconsciente.
—¿Y viniendo acá se libra de él?
—Lo creía, mi madre me alentó a venirme por lo mismo.
—¿Y no cree que corre peligro dejándola a ella sola?
—Ella me dijo que sabrá cómo lidiar con su marido.
“Bruce perdóname” —pensé en él y en la mancha a su memoria al mentir, Bruce fue un santo, me quité una lágrima.
—Ay señorita pero usted también corre peligro al andar sola, esto está muy peligroso, yo le aconsejaría que no siga hacia Comwellshire, allí no hay nada ya, su prima debió ser de las desafortunadas y aunque estuviera viva su vida debe ser un infierno en los dominios de McClyde.
No dije nada más y suspiré, Comwellshire es el nombre del lugar donde se levantaba la fortaleza MacBellow situada entre Edinburgh y Rosslyn[11] y la llamada “Colina del Ciervo” era un precioso terreno de suave alfombra de grama verde en donde muchas veces hicimos picnics él y yo junto con nuestras familias. El castillo se miraba bellísimo desde allí, esas tierras eran muy apreciadas y a su vez codiciadas.
—Afortunadamente no encontrará la grotesca escena de las jóvenes colgadas —continuó él—. Dicen que hoy por la mañana el mismo McClyde ordenó bajarlas y quemarlas porque el suceso llegó a oídos del rey Robert quien estaba furioso. Descanse un momento en la paja cuando llegue le avisaré, mi mujer le va a curar las heridas y con un poco de agua limpia podrá lavarse al menos, compartiremos el pan de la cena y podrá dormir un poco más abrigada sin exponerse al sereno de la noche que le puede dar hasta fiebre.
—Gracias —susurré evitando llorar ante su hospitalidad.
Miré a Damián que con un ademán de su cabeza me hizo ver que hiciera caso, si él lo sugería era porque así sería y no corría peligro de ser entregada a los soldados. Debía confiar en las palabras del hombre y estar segura de que al menos como dijo iba a dormir bajo el cobijo de un techo, algo que agradecí.
Al atardecer me despertó, había logrado dormir un poco y ayudándome a bajar me presentó a su mujer que salió a su encuentro, la señora muy solicita me recibió y me invitó a pasar a su casa mientras su marido bajaba de la carreta algunas frutas y legumbres que traía, metió las cestas a la casa y luego se fue a guardar la carreta a un pequeño granero, cuando volvió cerró la puerta. La cabaña era bastante modesta, vivían con austeridad pero al menos tenían lo necesario para vivir, la señora me sentó en un tronco que les servía como sillas y me ofreció una taza de leche tibia.
—¿A Comwellshire? —me preguntó sorprendida la señora Beth como le decían cuando me preguntó a donde iba—. Pero niña, ¿estás loca?
—No, necesito ir allí.
—Ya la dije que no hay nada —volvió a decir Agnus—. Pero ella insiste.
—Pero niña, ¿qué esperas encontrar allá? Como dice mi marido ya no hay nada, destruyeron todo.
—Dice que a una prima —insistió el hombre acercándose a un balde de agua para lavarse la cara.
—Necesito ir al castillo —bebí un poco de leche, Damián se había quedado a un lado de la puerta.
—La fortaleza cayó niña, mataron a todo ser vivo que lo habitaba.
Escuchar que repetían eso no me hacía bien, evité apretar la taza.
—Ya se lo dije mujer pero insiste en ir —le contestó su marido que se secaba la cara—. Y es más si la prima sobrevivió es posible que se la hayan llevado.
—Niña es peligroso que vayas allá, hay soldados de McClyde vigilando todo, al parecer una de las doncellas, la que era la novia del joven lord es a la que buscan.
—¿Ah sí? —su marido extrañado se sentó en la mesa también—. ¿Y cómo sabes eso?
—Porque justo al amanecer mucho después que te fuiste vino el chico de Luk a dejarme media docena de huevos y me contó —le contestó cuando se acercaba a la lumbre para servirle un tazón de sopa—. Esos hombres la buscan por todas partes y dice que un saighdear[12] dijo que si está viva también está herida y esa es la señal para encontrarla, por aquí ya pasaron y hasta revisaron todo pero gracias a Dios no estuvieron mucho y se fueron.
Evitaba temblar ante lo que escuchaba, Agnus frunció el ceño y me miró, le bajé la mirada y disimuladamente miré hacia la puerta. Damián me miraba sin siquiera moverse, la capucha en su cabeza más lo negro de su atuendo lo hacía parecer un espectro que había llegado a la casa llevando mal augurio, me estremecí.
—Yo… intentaré acercarme lo más que pueda, sólo eso, luego… me iré otra vez.
—Si buscan a una chica herida pueden confundirla con ella —opinó Agnus hablando conmigo—. Los soldados pueden creer que es ella, equivocarse y llevársela, le aconsejo mejor volver a su casa, allá no corre tanto peligro como aquí.
—Y vaya que pueden llevarte niña, tienes las características que mencionan, eres delgada, de piel blanca, de cabello negro y de ojos azules.
Tenía que controlarme y no temblar, no podía permitir que me creyeran la persona que buscaban y ponerme en evidencia, de verdad corría peligro y ellos también.
—¿Eso dijeron? —le preguntó su marido.
La mujer asintió.
—Es peligroso. ¿De dónde vienes? —me sirvió un poco de sopa, era de “neeps and tatties[13]” pero estaba caliente y se miraba bien.
—Del sur de Strivelyn.
—¡Dios, eso está lejos! —exclamó Agnus atragantándose con el pan—. Son muchos días de camino, ¿cómo es que dice que salió exactamente el mismo día de la masacre?
—Porque… lo que me pasó fue al amanecer de ese día y he venido en otras carretas y no he descansado nada, caminé aún en la oscuridad de la noche, no he parado. Además me perdí también.
—Claro que se perdió, debió tomar otro camino porque debía pasar por Edinburgh primero.
—Lo sé, pero como le digo me perdí completamente y no pude ubicarme después.
—Pero niña tu travesía es impresionante y peor en tu estado —insistió Beth.
—Primero venía a caballo, eso me ayudó pero… me bajé en un arroyo y… mientras me lavaba algo pasó que lo asustó y lo ahuyentó, me dejó y no lo volví a encontrar.
—Eso fue el colmo de su mala suerte —murmuró Agnus bebiendo su sopa.
—Pues como sea después que comas te prepararé un baño tibio para que no te vaya a dar fiebre y te daré otro vestido, uno mío, estoy gordita y te quedará grande pero al menos estará mejor que ese que andas —me dijo Beth sentándose a la mesa con nosotros—. Después yo misma te veré esas heridas mientras mi marido te acomoda un poco de paja y lana aquí junto al fuego para que duermas calientita, ¿te parece?
—Muchas gracias —sollocé, no pude evitar que las lágrimas me rodaran, como sea personas amables y bondadosas se habían cruzado en mi camino ante mi desgracia y eso también lo agradecía.
Terminamos de comer y después que su marido se fuera al granero para traer la paja, ella muy amablemente me preparó el baño tibio del que habló, ella misma me ayudó a bañarme bien y con cuidado me talló la piel con una suave esponja, luego me prestó una camisola suya para dormir y un abrigo un tanto gastado pero estaba cálido como lo dijo. Cuando estuve presentable su marido entró y él mismo acomodó la paja junto con la lana cerca de la chimenea que ya se estaba apagando. Beth me sentó en su pequeña y humilde cama y procedió a curarme, le di el ungüento que me dio John y con cuidado me lo puso después de haberme lavado con agua de canela y jengibre lo que hizo que me ardiera un poco, luego me colocó las vendas y estando lista me llevó a mi “cama provisional” me acosté porque realmente estaba muy cansada.
—Tus heridas son de cuidado niña —dijo poniéndome otra manta encima para abrigarme—. Trata de no moverte mucho para que no sangres porque están muy frescas y ese morete de la frente costará que se te quite, ese desgraciado que te hirió te atacó con saña.
Maldijo al que creía que me había hecho eso.
—Trate de dormir también —me dijo Agnus—. Duerma bien porque todavía hay mucho camino hacia el castillo y deberá caminar unas cuantas leguas más.
—Lo haré, gracias, muchas gracias a ambos por sus atenciones y hospitalidad, Dios los bendecirá más —les agradecí suspirando, no sé por qué sentía que seguramente las oraciones del hermano John por mí eran escuchadas. Damián que se mantenía impasible me levantó una ceja sabiendo lo que pensaba.
—Ya mañana será otro día, descansa —insistió Beth—. Las cosas que traías quedan en la mesa, aún para mañana te puede servir el queso y la salchicha, te pondré un poco más también para el camino, no te preocupes, guid nicht[14].
Asentí en agradecimiento y me acomodé en mi sitio, los esposos se metieron a su pequeña habitación y corriendo una cortina que nos dividía me dejaron descansar. Enrollé el tartán que me dio John y lo puse como almohada, suspiré y cerré los ojos, ya no tenía fuerzas para mantenerlos abiertos, por la hora debía ser casi o pasadas las nueve y sólo quería olvidarme de todo lo que había vivido y recuperar mis fuerzas para el siguiente día porque iba a necesitarlas mucho.
El sonido de las campanas me despertó asustada, dormí profundamente, apenas y estaba amaneciendo, Beth acababa de encender la chimenea y puso a calentar agua.
—Guid mornin[15] Caileen. ¿Cómo dormiste? —me preguntó al ver que me había despertado.
—Muy bien, gracias, buenos días —miré hacia la ventana, el cielo de otro día que amanecía comenzaba a aclarar pero las campanadas que escuchaba hacían eco en mi corazón y me entristecí.
—Son las campanas de una capilla que está aquí cerca —me dijo al ver que me llamaban la atención—. The Kirk[16] no ha dejado de rogar por las almas de los masacrados.
—Las campanas también se lamentan —me senté y me toqué el pecho.
—Los señores de Rosslyn han ordenado oraciones para las víctimas de la masacre, casi todas las iglesias de los alrededores lo están haciendo por turnos.
—Seguramente eran muy apreciados por ellos.
—Oh sí, los señores de Rosslyn y de Comwellshire se llevaban muy bien, ellos están muy sentidos por lo sucedido, parece que también un pariente de ellos murió en la masacre.
Sabía a quién se refería, el padre de Roldán emparentaba con la noble familia de los señores de Rosslyn, afortunadamente por motivos ajenos ellos no estuvieron en la fiesta si no... hubiesen parecido también.
—Lum reek[17] —reaccionó ella volviéndose a la chimenea sacudiendo el aire con una manta—. Lo siento, siempre pasa cuando tiene que encender.
Me senté apoyando la espalda en la pared y suspiré, las campanadas no cesaban de sonar y de la misma manera mi corazón palpitaba también, con tristeza. Evité llorar.
En el desayuno les compartí parte de la jalea para comerla con el pan junto con la leche tibia, cuando terminamos de comer ella volvió a curar mis heridas y después de ponerme el vestido que me había dicho y de prepararme algunas cosas para llevar, yo ya estaba lista para continuar con mi camino.
—Niña… —me dijo ella titubeando—. No sé qué hacer para que desistas de tus propósitos, no sólo vas a caminar mucho sino que te expones a los peligros del camino, esos hombres andan rondando a cada rato, no quiero imaginar que te pase algo si te encuentran. Todos los aldeanos estamos con mucho miedo después de lo que ha pasado, esto ha incrementado nuestro temor y se van a valer de esto para someternos y hasta para aumentar los impuestos seguramente.
—Desgraciadamente no tengo un caballo que pueda ofrecerle señorita —me dijo Agnus—. Apenas una vaca lechera y nuestro burro que son nuestro sustento, como puede ver somos simples siervos que apenas y sobrevivimos.
—No se preocupe Agnus, ya mucho han hecho por mí y no tengo como pagarles sólo darles mi total agradecimiento, pueden quedarse tranquilos, seré precavida y no dejaré que ninguno de esos tipos me vea. Me acercaré lo más que pueda a mi destino pero si no hay nada… más… —me detuve y exhalé.
—Entiendo sus esperanzas por encontrar a su prima señorita —insistió él—. Pero con esa necedad está exponiendo su propia vida cuando seguramente ella…
Beth le dio un codazo para callarlo y que no fuera indiscreto.
—Espero que su prima esté viva —se corrigió—. Y espero que pueda reunirse con ella, cualquier cosa si… no la encuentra… puede volver por aquí que nosotros le ayudaremos a volver a su casa.
—Muchas gracias —intenté curvar mis labios sin llorar—. Gracias por su ayuda y generosidad, espero poder retribuirles lo que hicieron por mí.
Muy emotiva Beth me abrazó y Agnus me dio la mano, caminé lentamente hasta alejarme mientras ellos se quedaban en el umbral de su puerta hasta perderme de vista. Ellos creían que iba sola, sólo a mí me miraban pero él iba conmigo, Damián seguía mis pasos o mejor dicho había comenzado a guiarlos y a guiarme hacia mis propósitos y también a los suyos propios.