Capítulo 21
—No sigas si no te hace bien recordar —insistió él volviéndome al presente.
—Es doloroso pero eran parte de mis ilusiones de niña.
—Y por lo que veo debiste ser un ángel, tu semblante definitivamente es otro cuando hablas de él, debiste ejercer una fuerte atracción para que no te dejara ir desde el principio.
Lo miré por un momento y mis esperanzas una vez más se iban al suelo, él no podía recordar nada, no podía confirmarme que Edmund estaba dormido dentro de él y que sólo debía despertarlo para que volviera a mí, eran dos hombres completamente distintos y debía aceptarlo.
—Durante la cena le hablé a mi madre de él y la convencí de que me permitiera invitarlo a nuestra casa —continué resignada—. Se asombró mucho después de saberme muy esquiva con los demás caballeros que desde la fiesta no habían dejado de cortejarme y como buena representante del sexo femenino la curiosidad hizo mella en ella, aceptó para conocerlo mejor y poder dar una opinión. Muy feliz al día siguiente que el chico volvió con más flores le mandé mi mensaje invitándolo a almorzar el día después y como era obvio fue muy puntual. Como el hombre que yo consideraba padre no estaba presente por asuntos de la propiedad que lo tenía en un viaje, fue mi hermano menor quien ocupó su lugar con su presencia.
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—Bienvenido señor MacBellow —lo saludó mi madre al verlo entrar, ambas lo reverenciamos y mi hermano se inclinó un poco.
—Estoy muy agradecido por la invitación mi lady —se acercó a mi madre y le besó la mano, ella sonrió por el gesto—. Le traje estos dulces para su deleite.
—Muchas gracias mi lord pero no se hubiera molestado —los aceptó con gusto.
—Al contrario es lo menos que puedo hacer por su hospitalidad —sonrió y noté como mi madre se quedó rígida observándolo.
—Hospitalidad que espero sea de su agrado —asintió ella mirándome—. Le presento formalmente a mi hija mayor Arabella, quien dice que lo conoció hace unos días.
Volví a reverenciarlo cuando sus ojos se desviaron a mí, el carmín que pintaban mis mejillas era muy notorio.
—Mi lady —tomó mi mano con delicadeza—. Es un enorme placer volver a verla —sonrió llevando mi dorso a sus labios y yo evitaba que mis nervios me hicieran pasar una vergüenza.
—Lo mismo digo mi lord, estoy muy halagada por la gracia que he encontrado en usted. Muchas gracias por las preciosas flores que me ha enviado.
—Usted opaca lo que sea mi lady, nadie puede apreciar la belleza de una flor después de haber conocido la suya —besó un botón de una rosa que traía y me lo dio.
¡Dios! Ese hombre sabía cómo estremecer a una mujer simplemente hablando, sonreí aceptando la flor.
—Que galante mi lord, veo que tiene el encanto para tratar con las damas —le dijo mi madre al notarlo un poco atrevido—. Permítame presentarle a mi hijo menor Ewan, en ausencia de su padre él es el hombre de la casa.
—Bienvenido mi lord —se limitó a decir con un gesto de la cabeza, apenas iba a cumplir los ocho años.
—Mucho gusto en conocerte Ewan —Edmund le ofreció su mano para saludarlo—. Veo que eres un chico alto y fuerte para tu edad. ¿Te gusta montar?
—Gracias mi lord —Ewan estrechó su mano dándole su atención—. Por supuesto que me gusta montar, mucho.
—Pues que bueno que tengamos eso en común, me gustará enseñarte un juego con la ballesta mientras montas.
—Me encantará —sonrió.
—Ah no, eso no —replicó mamá al escucharlo mientras le entregaba los dulces y el abrigo de Edmund a una de las sirvientas—. Eso es muy peligroso.
—¡Madre! —Ewan arrugó la cara con desagrado.
—Tiene razón mi lady, discúlpeme creo que estoy emocionado —y luego se volvió a mi hermano—: En ese caso con montar será suficiente.
—¡Pero ya sé manejar el arco y las flechas! —replicó también.
—Estás aprendiendo que es diferente, pero no una ballesta niño y eso es más pesado y peligroso, no es lo mismo tensar un arco que ese aparato, puedes herirte —insistió mamá.
—Poco a poco Ewan, prometo que si tu mamá te deja yo mismo te voy a enseñar a manejar la ballesta con mucho cuidado.
—Tal vez más adelante, ahora no —ordenó ella.
—Bueno no vamos a pasarnos la tarde discutiendo sobre eso, ¿verdad? —ahora era yo la que replicaba.
—No querida, claro que no —me sonrió y se volvió a Ewan—: Y tú jovencito compórtate frente al señor, no querrás avergonzar a tu padre, ¿o sí?
Exhalando con pucheros mi hermano accedió a no mostrar una rabieta. Nos sentamos en el salón mientras esperábamos que preparan el comedor, me senté junto a mi madre y él frente a mí en otro sillón, no reparaba en mirarme sin disimular, notaba su interés y en parte me asustaba pero también me gustaba. En su mirada coqueta me sonreía y yo también, era imposible no hacerlo, parecía que comenzábamos a tener una complicidad que nos unió mientras estuvimos juntos.
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Suspiré cuando recordaba, curvaba mis labios y perdía mi mirada en la nada simplemente porque lo único que miraba era esa expresión que jamás olvidaré, Edmund hacía que me retorciera solamente con mirarme, no lo hacía con deseo ni lujuria sino con una sensual insistencia que lo hipnotizaba, era como si no pudiera evitarlo, como si mirándome de esa manera no me iba a olvidar y como una vez me dijo: “para recordar cada detalle y gestos de ti que me produzcan el más placenteros de los sueños, para tenerte aún más dentro de mi corazón, para soñarte a mi antojo todas mis noches y que en tu ausencia tu imagen me acompañe de esa manera”
Bajé la cabeza, retenía mis lágrimas.
—No sigas Eloísa, tus ojos brillan, no lo soportas, aún después de tanto tiempo, lo que pasó te hace daño, mucho daño —su voz me hizo reaccionar.
—Es ahora o nunca —exhalé—. Si no saco todo esto seguirá ahogándome, lastimándome, nunca lo había hablado con nadie, es doloroso pero debo hacerlo, ya no tiene caso detenerme.
—Temo seguir escuchándote —lo vi, eran sus ojos lo que comenzaban a brillar, no quería creer que de verdad estuviera herido—. Temo seguir hiriéndo…te por tus recuerdos, temo saber cómo te quitaron todo, temo ver alguna transformación tuya que me deje loco de verdad, no quiero imaginar lo que te pasó, no sé si no lo voy a justificar o… sienta lo mismo que tú y acabe maldiciéndome también.
—Entonces puede irse si quiere, aún está a tiempo de hacerlo —su temor comenzaba a molestarme—. Hágalo ahora que no conoce a la verdadera Eloísa, váyase ahora antes de que sepa quién soy en realidad porque lo único que puedo decirle es que mi historia de amor dio un giro de terror que dudo sea capaz de asimilar. El ángel que cree que soy es sólo una ilusión y no querrá conocer al demonio que se cobró con el más exquisito placer una venganza que a su paso dejó huellas de sangre y muerte.
Me miró asustado, tragó, noté que temblaba.
—Por alguna razón no puedo irme, no puedo dejarte, vuelvo a repetirte que temo seguir escuchándote pero algo más me puede para quedarme.
—Le advierto que no estoy haciendo nada para que se quede, si usted sigue clavado en ese sillón es por su propia cuenta.
—Siento como si estuviera atado.
—Yo no estoy haciendo nada.
—No se trata del cuerpo sino… de algo más.
Lo miré fijamente sin entenderle muy bien.
—No lo entiendo —insistí.
—No sé por qué quiero quedarme, no sé por qué no quiero dejar de mirarte, no quiero irme y dejarte, simplemente no quiero que… te vayas.
—Le aseguro que después será usted quien no querrá saber de mí, usted mismo se alejará, me pedirá que nunca más lo busque y que nunca más me vuelva a acercar a usted y le prometo que respetaré su decisión.
—Dudo mucho que lo haga —me miraba de manera extraña—. No te adelantes a los hechos ni te atrevas a decidir por mí.
—Usted decidirá no yo.
—Es una lástima que no puedas saber lo que siento ni lo que pienso.
—¿Por qué?
—Porque te darías cuenta de que lo que digo es cierto.
Su voz había sonado como un murmullo, como si deseara confesar algo que no se atrevía y cada vez más me asustaba comprobar que lo que decía Damián y James era la verdad, pero las ilusiones las conocí hace muchísimo tiempo y no me iba a permitir volver a sentirlas. Quise mostrarme dura e insensible como siempre.
—¿Quiere que siga con la historia o…?
—Continúa por favor, tendré el valor de seguir escuchándote.
Exhalé y levanté la cabeza, tensé los labios y me preparé para seguir.
—Después de esa primera visita de Edmund las demás fueron muy asiduas, de esa manera volviendo Bruce de su viaje se conocieron y mamá se encargó de que lo aceptara como mi amigo, asunto al que tuvo que resignarse. Para mí era la gloria pasar tiempo junto a él pero jamás imaginé que otros iban a sacar provecho, desde ese momento comenzaron a vigilarnos sin que nos percatáramos de eso, nosotros estábamos en nuestra burbuja, en el mundo perfecto que comenzamos a construir desde que nos miramos la primera vez y éramos ajenos a la maldad cuya sombra paulatinamente nos cubrió.
Hice una pausa al recordar, las vidas inocentes que se cobraron con mis propias manos se los hice pagar. Apreté los puños, esa sed aún no se saciaba, quería que volvieran a vivir para volverlos a matar.
—Así pasaron dos años —suspiré para continuar al notar su silencio y atención—. Dos maravillosos años en que las cartas eran nuestro consuelo a distancia, él pasaba más tiempo en Edimburgo y también viajaba a Inglaterra pero para mediados de 1,385 su padre se mudó definitivamente a Edimburgo donde habían comprado un precioso castillo de piedra, lo llamaron “Castillo MacBellow” aunque yo lo llamé “La Fortaleza MacBellow” porque eso me pareció cuando lo vi la primera vez cuando nos invitaron a conocerlo ese verano, fue una de las épocas más felices de mi vida porque ya Edmund y yo éramos novios y de esa manera muy feliz celebró su vigésimo tercer cumpleaños, estábamos muy enamorados y deseábamos estar juntos aún más. Hacíamos picnic en familia al aire libre en las bellas praderas, montábamos a caballo, le mostraba a Ewan como se usaba la ballesta estando sobre el caballo y paseábamos juntos por todas partes. Para ese invierno volvimos por invitación de los MacBellow a pasar las navidades con ellos y ese cinco de diciembre se celebró mi décimo noveno cumpleaños allí por primera vez y mi amado me agasajó con una fiesta en la que no se escatimó nada, obviamente sólo fue entre la familia y su mejor amigo Roldán, para esa fecha me regaló… ésta cadena y su camafeo, le dije que quería tenerlo con un retrato suyo y me dijo que me iba a complacer el día de nuestra boda, me besó cuando dijo eso y yo estaba más que feliz, era su promesa, todo para mí fue maravilloso ese día porque no sólo era un año más a mis primaveras sino porque lo tenía a él y eso era todo lo que yo anhelaba.
—Mil trescientos ochenta y cinco —repitió él—. Hace ya mucho tiempo de eso.
—Demasiado —suspiré—. En ese año, el mismo rey Ricardo había liderado una expedición contra Escocia que estaba aliada con Francia la cual fracasó y el padre de Edmund fue un blanco fácil para eso.
—Cuéntame esa historia Eloísa, cuéntame cómo esa gente movió las piezas del ajedrez de tu destino y del de él, ya me hablaste de ese tal Robert y de sus hijos pero quiero saber de esos ingleses que te destruyeron.
Exhalé otra vez, sentía como si estuviera mirando lo alto de una montaña y pensara cómo subirla, lo que Giulio me pedía me haría ascender a la montaña de mi relato, la cuesta arriba de la narración de mis recuerdos no era nada sencilla, el peso era el mismo.
—Como le dije Sir William servía a Ricardo, era fiel a la corona inglesa y esta gente lo miró como una pieza clave cuando él decidió vivir en Edimburgo, sabiéndolo en Escocia las cosas serían más fáciles según ellos, ya los MacBellow estaban asentados en Edimburgo desde que Edmund decidió quedarse gracias a la familia de su amigo que los ayudó a adquirir esas tierras. Sir William lo hizo más que todo como una inversión y como una herencia para su hijo, mi familia y yo le agradamos, era encantador con mi madre y con Bruce podían pasar horas y horas hablando de tantas cosas sin cansarse, él me tomó cariño, me acogió como una hija, estaba feliz con nuestra relación, fue un buen suegro mientras vivió.
—¿Y los escoceses les cedieron tierras aun sabiéndolos enemigos?
—Sir William era un hombre recto y honorable, supo ganarse el respeto de los escoceses y pudo hacer que confiaran en él, obviamente no se trataba de renunciar a su origen inglés ni a su lugar en la corte de Ricardo sino ser algo así como un puente de paz entre ambos países, pero la necedad del hombre no mide las consecuencias de sus actos y cuando hay ambiciones nada les basta. Todos nosotros éramos inocentes y se valieron de eso como la excusa perfecta, Sir William nunca se imaginó que el servir a Ricardo sería la sentencia para él, para su hijo y de paso también para nosotros.
Bajé la cabeza y me llevé una mano a la sien, cerré los ojos, revivir todo otra vez era volver a torturarme, tragué y exhalé.
—Ricardo buscaba un intermediario pero para sus pretensiones —continué—. Sir William no cedió y el círculo del rey al creerlo traidor del monarca inglés comenzaron a urdir la manera de destituirlo y no sólo ellos querían sacar provecho, un grupo de aristócratas llamados más tarde “Lords Appellant[2]” comenzaron también poco a poco una cacería contra los partidarios de Ricardo. Apoyados por el parlamento primero con la destitución de Sir William y luego después la de su canciller, ante eso el rey se vio obligado a hacerlo siendo él mismo amenazado con su destitución también y así fue como comenzó todo. Aunque Edmund y su padre ya no estaban en Inglaterra eso no los detuvo para llevar a cabo sus planes y ambiciones de poder, una intriga y una venganza fue suficiente para destruir. Nunca nadie se imaginó que el interés de los MacBellow en Escocia era meramente sentimental, era por el amor de un hombre hacia una mujer y no un secreto plan de traición como le hicieron creer a ambos monarcas, de pronto Sir William se vio completamente solo cuando todo se desató siendo él, quien fue traicionado. Se procuraron de pruebas falsas para asociar a los MacBellow en una conspiración simpatizante con Francia a favor de la Inglaterra de Ricardo pero en contra de Escocia, estos lords estaban hartos de la confraternización que Ricardo demostraba hacia los franceses apoyado por sus favoritos y fue por eso que tomaron cartas en el asunto deshaciéndose de ellos uno por uno. La familia MacBellow era inocente pero estos lords no perdonaron y no podían arriesgarse a una futura venganza. Fueron esas calumnias las que llegaron a oídos de Robert y aunque ya Edmund y su padre se habían hecho presente para desmentir todo la duda no se disipó, los ingleses persistieron hasta que lograron lo que quisieron. Los enemigos de Ricardo tramaron muy bien su plan acusando a Sir William de traición contra el rey Robert y de planear una invasión, los más malditos llegaron más allá y logrando lo que querían hicieron un trato con algunos nobles cercanos a Robert, una alianza entre Inglaterra y Escocia contra la supuesta invasión francesa. Los seguidores de Juan de Gante encontraron aliados escoceses y los compraron a cambio de una alianza futura y volcar poco a poco la inclinación escocesa por los franceses que tanto detestaban. Todo por intereses egoístas y de ambición, inocentes pagaron sin que nadie pudiera evitarlo.
—Todo eso suena muy confuso —se llevó ambas manos a la cabeza exhalando—. ¿Hicieron creer a ambos monarcas que fueron traicionados por una sola persona? ambos reyes creyeron que tu suegro era como un perro, como un perro que muerde después de darle de comer, eso fue no sólo una ofensa sino un fuerte detonante, un duque inglés que sirve al rey Ricardo de Inglaterra y que luego obtiene tierras y simpatiza con los escoceses, no fue un cuento que ambos se tragaron.
—Bien dice la Biblia que no se puede servir a dos amos.
—¿Conoces la Biblia? —alzó las cejas.
—De memoria, desde la primera letra hasta el último punto, como puede ver lo que me sobra es tiempo para leer.
—Creí que no… era posible… creí que la rechazabas, que seres como tú la rechazaban.
—Hasta él se la sabe de memoria, no se engañe, lo que tenga que ver con la religión no lo ahuyenta, la mejor manera de conocer al enemigo es estar cerca de él.
Giulio se retorció un poco al escucharme, tragó y movió los hombros a modo de intentar relajarse.
—Lo que quiero decir volviendo a tu historia es que… ambos monarcas creyeron lo peor de tu suegro —continuó—. Uno lo tenía como duque y se cree traicionado y el otro lo recibe en sus tierras escocesas y luego después también le hacen creer que es traicionado, era obvio que el asunto no iba a acabar bien, ni siquiera el que lo despojaran de todo y lo exiliaran los iba a colmar. El castigo a la traición siempre se ha pagado con la muerte.
—Con los verdaderos traidores sí, pero no con ellos que eran inocentes, eso fue injusto. Además el ducado de Westhburry le pertenecía a los MacBellow desde 1,307 gracias a Eduardo I, meses antes de su muerte y no era fácil el quitárselos, dichos trámites fueron bastante engorrosos, aún sin el apoyo de Ricardo y siendo echado de la corte mi suegro seguía siendo Sir William, con o sin privilegios de títulos, en el corazón de quienes lo estimábamos siempre seguiría siendo un lord.
—Tramaron muy bien lo que hicieron, continúa.
—Después de esa expedición que el rey Ricardo lideró contra Escocia y que fracasó y después que Sir William volvió a ser el blanco del conflicto por no querer involucrarse y “ayudar” al rey en sus propósitos aun después de haberlo destituido, las cosas fueron en picada. Para colmo, otras derrotas militares hizo que Juan de Gante dejara solo al rey de Inglaterra en 1,386 para enfocarse en sus intereses personales sobre la corona de Castilla, pero no fue más que el pie de un complot que urdieron los demás lores valiéndose de eso. Después de ese episodio con Escocia creyeron que Sir William de verdad era un espía de Ricardo y los leales a Robert no lo dejarían pasar. Todo fue tan confuso como dice, todo fue tan rápido y para colmo… por ser nosotras parientes de los Trastámara también se valieron de eso.
—¿Cómo?
—Nos investigaron y odiaban lo que para ellos era “la dinastía usurpadora” este Juan de Gante supo cómo moverse y fingir otros intereses pero todo lo llevaba a lo mismo, sed de poder. Él se casó en segundas nupcias con Constanza de Castilla, hija de Pedro, el mismo Pedro que murió a manos de mi tío Enrique.
—¿Venganza?
—Una buena excusa, Gante dejó Inglaterra y a su sobrino Ricardo en manos de su gente que dominaban el parlamento inglés, el mismo que destituyó a Sir William, para el verano de 1,386 y aprovechando una alianza entre Inglaterra y Portugal por la corona de Castilla llegó a La Coruña y luego se estableció en Orense y de esa manera, evitar que lo incriminaran en lo que nos sucedió pero todo estaba ligado y de todo se valieron, por partida doble una masacre a la familia MacBellow y a la mía aprovechando una ocasión en la que estaban juntas era una oportunidad que no iban a desaprovechar. Gante odiaba hasta los tuétanos a Enrique desde más de una década atrás al que llamaba “el bastardo Trastámara” y más por sus alianzas navales con Francia que ayudó a la derrota de las escuadras inglesas y aunque Enrique muriera en 1,379 ese asunto no lo dejó de lado y el saber que un allegado de su sobrino que no sólo simpatizaba con Francia sino también con Escocia y que para colmo apoyaba a su vástago a emparentar “por amor” con parientes del Trastámara fue una oportunidad única para él y prefirió lidiar con eso. Su guerra ya no era con Enrique muerto sino con su hijo Juan ahora, lo que lo hizo renovar sus pretensiones, su excusa era proteger los intereses de su difunto suegro y esposa pero pretendiendo un trono por derecho a través de ella y todo por la sed de poder. Los poderosos dominios de la corona de Castilla eran en casi toda la tierra española por eso la deseaban con ardor.
—Todo lo planeó muy bien.
—Era un tipo despreciable, tanto, que terminó traicionando al rey portugués con quien tenía alianza e hizo un tratado a sus espaldas con el hijo de su odiado enemigo, para el verano del 1,388 la negociación consistía en que Gante y su mujer renunciaban a sus pretensiones y derechos sucesorios por el trono de Castilla en favor de un futuro matrimonio entre su hija y el nieto de Enrique. Era el colmo, criticó a Sir William de alcahuete por permitir el amor entre Edmund y yo, ¿y él? ¡¿No terminó haciendo lo mismo?! Sólo que no por amor sino por negocios. Maldito infeliz. Seguramente nunca esperó verse en la misma situación.
—Ese Juan de Gante al parecer era un tipo de mucho cuidado.
—Igual le llegó su fin.
Me miró asustado y tragó.
—¿Tuviste algo que ver? —inquirió con reservas.
Sonreí levantando una ceja.
—La historia dice que murió de causas naturales —le contesté sin inmutarme.
—¿Y así fue?
—Cualquier mortal puede dejar de respirar en la tranquilidad de su cama por una u otra razón.
Su expresión de susto me decía todo.
—Él merecía una muerte como las que había dado u ordenado —apreté los puños—. Merecía al menos ser descuartizado en pago por sus hechos pero… desgraciadamente no todos obtienen lo que se merecen, morir en su cama fue una vergüenza para él pero al menos lo vi retorcerse de dolor como alimaña.
Él no dejaba de verme evitando abrir la boca, no daba crédito a lo que escuchaba.
—¿Qué fue lo que pasó Eloísa? —insistió—. Dejando ya a un lado los sucesos históricos… ¿Qué fue lo que realmente pasó contigo?
Inhalé lentamente y giré mi cara hacia la oscuridad de la ventana, apreté los puños y la mandíbula, tragué, revivir lo que había pasado no era fácil.
—Edmund y su padre se confiaron, creyeron haber tranquilizado al rey Robert, creyeron haber resuelto el asunto y al no volver a ser molestados en los siguientes meses…creyeron que todo sería paz. Finalizando ese verano, me entregué a Edmund días antes de nuestro compromiso porque hubo una amenaza por parte de los partidarios de uno de los altos senescales de Edimburgo cuando supieron que él y yo nos entendíamos.
—¿Otra amenaza?
—Sí y preferí olvidarme de prejuicios y del qué dirán, preferí ser su mujer y que él fuera el primer hombre que… me…
—¿Qué clase de amenaza era esa?
—¡Malditos todos aquellos que abusaron de su poder y ejercieron el derecho de pernada! —grité lanzando un adorno de cristal.
Recordar estaba haciendo que la furia comenzara a dominarme otra vez, él se asustó más al verme así.
—¿Derecho de pernada? —preguntó—. ¿Eso es…?
—Violación o el derecho sexual que tiene un señor sobre sus siervas en la noche de bodas y eso Edmund jamás lo hubiese permitido, primero muerto que permitir que otro hombre me pusiera una mano encima.
—Pero la posición de ustedes… no eran simples vasallos, eran señores también, no podían hacerles eso.
—Todo lo que sirviera para provocar a los MacBellow no lo iban a desaprovechar y una mujer de por medio, menos. Ya el asunto estaba muy bien planeado y se valieron de todo y a costa de gente inocente sólo para hacer el mal, los MacBellow fueron los primeros, después seguirían todos los favoritos de Ricardo hasta no dejar a ninguno, una alianza secreta entre los enemigos de Ricardo y algunos nobles escoceses fue suficiente, los MacBellow fueron vistos como enemigos y traidores y siendo ingleses en tierras ajenas era muy fácil darles un escarmiento y una de las maneras más fáciles era a través de mí. Los príncipes Estuardo me deseaban y quitando a Edmund del camino ya no tendrían ese dolor de cabeza, pero no contaban con que el asunto iba a salir mal y los planes ingleses eran todo lo contrario, las órdenes eran arrasar con todo pero Ricardo fue ajeno a eso, él solamente creyó a Sir William un traidor a su causa dejándolo a su suerte en Escocia. Robert también lo creyó un traidor después cuando supo las pretensiones de Ricardo desestimándolo y de esa situación los futuros Lords Apellants se valieron para confirmar más las dudas escocesas dándoles un peso para actuar de una vez, ellos manejaron como títeres a las cabezas de Inglaterra y Escocia sin que se dieran cuenta y para comenzar asestaron el golpe perfecto en mi fiesta de compromiso. En los siguientes años la sangre iba a seguir derramándose y el gobierno de un Ricardo derrocado pasaría a la historia como uno de los más caóticos que se pueda conocer.
—Fue algo terrible y creo que en ese sentido te entiendo, preferiste entregar tu virginidad al hombre que amabas.
—Ese derecho señorial era de mi Edmund y de nadie más.
—Pero ¿y de haberte tomado otro hombre…? al darse cuenta que ya no eras virgen…
—Con seguridad me hubiera golpeado en su decepción para luego matarme o entregarme a sus perros feudales, para que cada uno me devorara a su antojo hasta hacer de mí un despojo humano.
—¿Pero si detrás del interés por ti estaban estos príncipes…?
—Mi suerte hubiese sido la misma si ellos eran los primeros, los planes eran esos, pero no los de los ingleses, además de haberme tomado ellos... al saber que mi sello ya estaba roto me hubiesen tratado como a cualquier mujerzuela que se vendía, me hubieran repudiado después de tenerme de modo salvaje para luego lanzarme a la calle a que todos los demás soldados hicieran lo mismo.
—Es horrible con sólo imaginarlo, realmente la mujer parecía no valer nada, era natural que él intentara protegerte de un ataque a tu castidad.
—Eran costumbres salvajes contra la pureza de una doncella y como dice, hacían ver que la mujer no valía nada y podían tomarla y luego desecharla como basura. ¿Cómo cree que sería su vida después de eso? ¿El hombre podía verla de igual manera? Era una humillación para ambos, no, ya no se puede ser igual y esa maldita marca la tendría por el resto de su existencia para recordarle lo miserable que fue. Yo preferí faltar a mis prejuicios y principios morales entregándome a Edmund antes del matrimonio que ser violada por un cerdo en mi propia noche de bodas, no iba a permitir que un maldito me desflorara y me desgarrara el alma, no iba a permitir que un malnacido me marcara la existencia.
—Pero igual lo hubieran podido comprobar y al hallarte ya… hecha mujer…
—Lo que pasara después no me importaba, Edmund fue el primero y fue la mejor decisión que he tomado.
Mis pensamientos eran un cúmulo de sensaciones que formaban un remolino en mi cabeza, el amor que sentí por Edmund me hacía renacer pero el odio que se avivaba en mí al recordar como masacraron a mi familia comenzaba a transformarme, haciendo que no me arrepintiera ni un ápice por lo que hice después. El día más feliz para mí se volvió el más amargo, me arrebataron lo que comenzaba a tener.
—¿Edmund no te ocultó la amenaza sobre su familia? —preguntó haciéndome reaccionar.
—Al principio sí fui ajena a todo, en mi burbuja de ilusiones nadie más que él tenía cabida, en sus cartas era lo más tierno y apasionado a la vez y con eso me bastaba, cuando estábamos juntos y hablábamos yo le preguntaba sobre él y su padre y me decía que todo estaba bien, me hacía desistir diciéndome que los aburridos temas sobre política, tratados, leyes o reformas no eran la plática adecuada para dos enamorados así que suponiendo que eso no le agradaba entonces lo consentía complaciéndolo a su manera.
—La manera de mantenerte tranquila.
—Nuestro noviazgo fue casi un secreto, un secreto primero a nuestras propias familias cosa que poco me gustaba pero por complacerlo lo acepté, poco a poco me fue diciendo el por qué debíamos mantenerlo así, eran los temores que comenzaba a tener y así protegerme según él. Luego después de meses así ya no soporté el que nuestro amor permaneciera oculto, no me gustaba tener que escondernos para besarnos y demostrar nuestro cariño, nuestra relación no podía estar a la vista de todos y eso comenzó a molestarme porque llegué a pensar que se trataba de algún juego de su parte y no quería que se burlara de mí, muchas cosas pasaron por mi cabeza, inclusive hasta que tenía alguna otra novia por allí y peor, que posiblemente fuera casado y también padre, pensar todo eso una noche me molestó tanto que antes de dormir terminé vomitando lo que había cenado. El siguiente día no me levanté de la cama haciéndole creer a mi madre que tenía un malestar estomacal y eso sirvió para no recibirlo tampoco cuando él llegó a visitarme, le hice un desplante a alguien que había viajado desde Edimburgo hasta Stirling pero para mí la situación se volvió insostenible, él solicitó verme en mi habitación pero obviamente y después que mi madre se persignara se lo prohibió, la excusa fue que él era sólo mi amigo y por eso no podía visitarme en mis aposentos.
—¿Así que si puedes manipular? —sonrió cuando supo ese episodio.
—Reconozco que lo hice —sonreí también.
—Pero no creo que ni aun siendo novios se le hubiera permitido entrar a tu habitación.
—Posiblemente no o sí, si mi madre nos hacía compañía no había ningún problema, el asunto fue que con ese episodio él entendió que se ataba solo y fue cuando decidió hablar formalmente con mi familia y pedir que lo aceptaran como novio mío, siempre rogándoles discreción sobre el tema. Él alegaba que no deseaba ningún tipo de escándalo sobre nuestra relación ni que terceras personas comenzaran a opinar, en otras palabras no deseaba que nadie ajeno a su confianza supiera de nosotros.
—¿Y tu familia no sospechaba por qué?
—Al principio Bruce sí y esas dudas no nos hacían gracia, una tarde ambos hombres se reunieron y yo temía porque nuestra relación se terminara, estaba muy nerviosa y mirar a mi madre bordar tan tranquilamente me desesperaba más, lo que me hacía caminar de un lado a otro.
—¿Y él le dijo todo lo que temía?
—En el momento no lo supe pero así fue, él y Bruce salieron de su reunión como si nada, disimulaban muy bien el temor pero me calmaron diciéndome que teníamos la bendición de mis padres para continuar y eso me hacía muy feliz. Edmund se sinceró con mi padrastro diciéndole todo y él como cabeza de la familia y en nombre del aprecio que le tenían lo apoyó, cosa que yo no supe en esa ocasión.
—¿Y de esa manera mantuvieron su relación siempre en secreto?
—Los chismes y las habladurías siempre llegaron, todos notaron cómo él desde hacía meses atrás me visitaba con más frecuencia y cómo con alta estima había sido acogido por la familia. Obvio esto lo supieron los que me pretendían y deseaban averiguar las cosas por su cuenta, no descansarían hasta llegar a saber todo, tejieron muy bien una telaraña para luego atraparnos en ella.
Volví a quedarme callada, suspiré, muchas veces me culpé de eso, si hubiera sido más madura y sensata y permitir que todo se mantuviera en el más estricto secreto las cosas hubieran sido diferentes, al menos para ganar tiempo y vivir nuestro amor un poco más.
—¿Cuándo supiste lo que Edmund te ocultaba?
—Meses después en otro viaje que hizo, una noche antes de que partiera nuevamente para Edimburgo lo noté preocupado, callado y muy pensativo, no me gustó verlo así y menos a sólo unas cuantas horas para que se fuera así que le pregunté lo que pasaba, estaba renuente y siempre buscaba algo que inventar, era muy ingenioso si de mantenerme entretenida y distraída se trataba pero esa vez no pudo engañarme, merecía saber, necesitaba saber y compartir con él ese peso. Nos sentamos en el borde de la fuente del jardín trasero y besando mis manos comenzó a decirme sus temores.
—Todo lo que ya me has dicho.
—Así es, lo poco que sabía hasta ese momento como lo que supimos después, incluso llegó a pensar en que nos casáramos en secreto, no estaba en nuestros planes hacer fiesta de compromiso debido a lo mismo pero Sir William insistió porque decía que yo era una dama y todo debía hacerse de la manera correcta, además de que su único hijo merecía también una fiesta porque era nada más y nada menos que su compromiso matrimonial, algo que sólo pasaría una vez en la vida. La idea de Edmund era que nos casáramos en secreto y luego nos fuéramos de Escocia, no a Inglaterra otra vez, ni a España, ni a Francia, él quería que en Italia comenzáramos una nueva vida lejos de todo lo malo que nos rodeaba, estaba enamorado de las artes italianas y era muy curioso en ese aspecto, deseaba que nos asentáramos en Florencia, después de saberlo entendí sus actitudes taciturnas y el que su mente muchas veces no estuviera conmigo. Él no tenía paz, no estaba tranquilo y fue por eso que le pidió a mi familia que nos mudáramos a Edimburgo, estando en la fortaleza creíamos estar a salvo y teniéndome muy cerca él estaría más tranquilo, él mismo se encargó de nuestra mudanza que gracias a Dios mis padres aceptaron y de nuestra lujosa estadía en su castillo, estar más cerca de él lo era todo para mí. Recuerdo cuando llegamos por primera vez a Edimburgo, ver ese muro de piedra gris con barbacanas me intimidó un poco, las altas murallas y almenas se alzaban imponentes como quien celosamente custodia lo que le pertenece, noté el foso cuando cruzamos el puente levadizo, estaba seco y era bastante rocoso y algo profundo, cuando la pesada reja de hierro de la entrada principal se elevó para darnos paso me asusté más, las temidas puntas en las que terminaba eran réplicas de filosas lanzas pero al entrar mi miedo fue sustituido en ilusiones. Unas que otras tiendas y casas de los que estaban al servicio de los MacBellow se apiñaban como una pequeña y próspera aldea y pasando un puente de piedra se levantaba el imponente castillo donde habitaban los señores, volvimos a entrar sobre otro puente de piedra y esta vez no eran rejas sino una enorme puerta doble de negra madera la que se abría para nosotros, las mismas torres del principio se elevaban tan altas que me parecía ver que las nubes las cubría, no era así pero esa fue mi primera impresión del castillo de mi amado, por eso la llamé la fortaleza MacBellow y fue allí donde me mudé con mi familia. Habían preparado un ala especial sólo para que nosotros la habitáramos, fue un tiempo muy feliz, paseábamos a caballo, me perfeccioné con el arco gracias a Edmund, nos mirábamos a diario, me presentó a casi toda su gente porque me decía que yo iba a ocupar mi lugar como señora de todo, habíamos construido nuestro mundo, no nos cansábamos de hacer planes, éramos dichosos, nos sentíamos seguros, ya no escondíamos nuestro amor.
Suspiré al recordar todo, podía sentir el humo de las fogatas por las noches, escuchar los relinchos de los caballos, el aroma de las salchichas asadas y del pan recién horneado, podía sentir el delicioso sabor de la mermelada que hacían y disfrutar de sus quesos frescos sin mencionar el dulce vino que Edmund amaba tanto y que le era indispensable. Podía sentir ese rocío del amanecer y el perfume de las flores con las que él me daba los buenos días a través de la servidumbre que llegaba con enormes arreglos hasta nuestra ala. Recordaba estar junto a él y los besos que nos dábamos y de los que el cielo y el paisaje fue testigo desde la torre del homenaje. Era otro mundo, uno maravilloso que nos arrebataron de un tajo.
—¿Y fue así que… accediste a entregarte a él antes de casarte? —preguntó él notándome que me había callado y mi mente alejado—. ¿Recibieron alguna amenaza directa?
—Su propio amigo se lo sugirió —reaccioné—. Él puso al tanto a Edmund sobre la amenaza del derecho de pernada ya que aunque no éramos vasallos la idea no había que descartarla, él fue el primero en pensar en que los enemigos que se levantaban contra los MacBellow podían usar eso para provocarlos, la idea fue como un golpe para Edmund y lo pensó seriamente.
—Siendo un caballero no quería faltarte.
—Claro que no, era una gran responsabilidad para él, sabía perfectamente que era virgen e inexperta y su temor se acrecentó, la idea de saber lo que me podía pasar lo atormentaba también.
—Algo más en que preocuparse —suspiró—. Que tiempos tan difíciles.
—Él como su padre me trataban como la dama que era y así mismo él quería hacer todo bien y darme todo lo que merecía, quería que tuviéramos una preciosa boda y hacerme suya en nuestro lecho nupcial como debía ser, quería que fuera su esposa y presumirme ante todos sin tener que escondernos.
—Era lo más natural, cualquiera se sentiría orgulloso y feliz de tener a su lado a una mujer como tú.
Lo miré cuando dijo eso, creí que lo había dicho sin pensar pero no, me miraba sin miedo y sin querer retractarse, lo había dicho para que me diera cuenta de lo que pensaba, su pensamiento lo había dicho en voz alta.