Capítulo 46
Dos días después viajábamos a Inglaterra y él nos acompañó como quiso. Ese mismo día sin perder tiempo fui a uno de los bancos para hacer los trámites que me había aconsejado el abogado, hice todo la documentación nueva y debía esperar hasta el siguiente día por unas firmas y la aprobación de una nueva chequera. Dos de las tarjetas internacionales que solicité estarían listas y activadas en una semana, por lo que me llegarían por correo aéreo a la dirección de la Toscana que fue la que di así que esa noche dormimos bajo el cielo de Londres. Al menos no hubo problemas con mis cuentas bancarias en la tierra de los centinelas, seguramente mis exorbitantes sumas eran más que una carta de presentación para que poco les faltara besarme los pies en la atención especializada que me brindaban, sólo que ahora que mis tarjetas anteriores ya estaban “anuladas” el poco efectivo que tenía no era suficiente para sostenerme y debía depender de él económicamente, cosa que poca gracia me hacía pero que a él le encantaba. Al medio día del siguiente día después de terminar con el banco y de almorzar algo salimos rumbo a Escocia, debía ir a Edimburgo, no sólo también a otro banco para hacer los mismos trámites sino que debía ir al castillo de Comwellshire. Ahora más que nunca debía reforzar su seguridad ya que no tendría a mis sentidos disponibles en caso de cualquier intento de robo, cosa que difícilmente podía ocurrir ya que respetaban el lugar no sólo por ser parcialmente “monumento histórico” escoses sino por lo que ha sido su leyenda, asunto que aún a la fecha sigue asustando a quienes la conocen. Me encargué muy bien de que el lugar fuera declarado “embrujado” y con una fuerte y tenebrosa actividad paranormal que podía enloquecer a quien intentara probar lo contrario. Nunca me imaginé volver a él como humana otra vez y tuve sensaciones extrañas, estaba ligada a él desde hacía más de seiscientos años, era mi refugio, yo era su dueña, creí que ambos sobreviviríamos a muchos años más juntos pero ahora estaba más que segura que él seguiría en pie sin problemas mientras que yo como cualquier ser humano volvía a tener fecha de caducidad, al menos habría otra heredera que estaba segura lo seguiría cuidando como lo he hecho yo. Con los siglos logré construir un sótano a muchos metros bajo tierra en donde estaba todo mi tesoro, todo lo que le había pertenecido a mi familia y a los MacBellow estaba intacto, todo eso sumado a la fortuna que fui incrementando con los años estaba en ese lugar. Nadie imagina el tesoro histórico que está oculto allí; muebles, cuadros, adornos, vestimenta, accesorios, joyas, libros, instrumentos musicales, armas, nadie imagina las piezas invaluables que han sobrevivido a los siglos y que permanecen allí. Un tesoro de más de seiscientos años, prueba viviente de diferentes épocas y culturas que nadie y ningún museo logrará imaginar. A simple vista, el castillo es un monumento como cualquier otro con una única dueña porque nadie se atreverá a averiguar lo que guarda, al menos no nadie mortal. Muchas historias son sólo leyendas y así se quedan, cada quien cree lo que quiere pero cuando hay pruebas que te confirman las bases de un pasado y una historia real es muy difícil permanecer indiferente y eso mismo le pasó a él.
Esa noche dormimos en un hotel, no quería que Arabella sintiera miedo durmiendo en un frío castillo medieval y tuviera pesadillas otra vez. El lugar no estaba apto para niños y era algo que debía de arreglar, no ocultó que le gustó y que comparó con los castillos de cuentos en su inocencia pero no era así y preferí no tentar. El siguiente día que terminé con lo del banco y con esos asuntos personales dando las mismas instrucciones que di en Londres, al atardecer regresamos a Madrid y nos fuimos directo a la villa Di Gennaro porque él no quiso dejarme en mi apartamento.
Los siguientes días me mudé definitivamente con él dejando el apartamento, cosa que me dio nostalgia. Le ayudé con algo de trabajo desde su casa porque no podía dejar sola a Arabella, motivo por el cual no me presentaba en la empresa así que supimos que la presencia de Filippa sería muy necesaria para el cuidado de la niña en España por lo que tendría que mudarse con nosotros una vez establecidos después de la luna de miel al igual que Leviatán, su gran danés que no dejaría en Toscana. Esos días él dejó todo en orden y seguidamente volvimos a la Toscana para los preparativos de nuestra boda. Tanto su madre como abuela estaban emocionadas mientras los hombres lo disimulaban mejor, ya habían adelantado algunas cosas pero siempre respetando mi deseo de absoluta privacidad. Estando en la villa todo parecía ser felicidad, las mujeres entusiasmadas, los hombres henchidos de orgullo, Arabella feliz por tener unos padres que le demostraban su amor en cada detalle y él también más que feliz y emocionado contando los días para nuestra boda. En esos días me presentaron al diseñador de las señoras Di Gennaro como también su amplio catálogo de vestidos a usar, modelos que sólo habían que retocar y que en menos de cinco días ya estarían listos así que me decidí por un vestido largo y ceñido color marfil, de corte sirena en seda y tul, de escote recto a los hombros y adornado con pedrería. Como accesorios solamente una gargantilla de brillantes con aretes y pulsera a juego, tacones altos del mismo color y satén, para Arabella escogí un precioso vestido blanco largo y ancho de suave crinolina pero también de seda y encajes que le fascinó. Todos sabíamos que sería un día especial y yo rogaba con todo mi corazón que el asunto pasara rápido, no me importaba tanto la celebración sino el que estuviéramos juntos sin que nada nos separara. No podía evitar sentir los mismos miedos, era como si me persiguieran y era imposible alejar esas sensaciones de mí.
—Estamos muy contentos con los futuros clientes e inversionistas —dijo Piero a la hora cenar.
—¿Futuros clientes e inversionistas? —repitió Giulio un poco desconcertado.
—Sí, ¿no recuerdas que te hablé de ellos antes de viajar a España?
—Recuerdo que mencionaste uno.
—Bueno pues ahora hay otro y está muy interesado en que nuestros vinos se posesionen en el mercado belga.
—¿Belga? —frunció el ceño.
—Así es hijo —secundó el abuelo—. Ambos son extranjeros, el que nos contactó primero no es alemán pero vive en Baviera y este segundo es belga, mañana vendrán a Val d’Orcia pero antes nos veremos en nuestras oficinas de Florencia. Lucio ya tiene todo preparado.
—Bueno pues esperaré conocerlos.
—Yo… no soy muy buena para el alemán. ¿Qué idiomas hablan? —comencé a decir.
—Tranquila, no te estreses —me dijo Piero—. Ambos hablan muy bien italiano e inglés, se ve que son hombres muy finos y adinerados y muy cultos también. El alemán dice tener una propiedad con castillo no sólo en Alemania sino también en Austria, Suiza, República Checa, Rumania y Hungría y el belga también dice tener propiedades en Brujas, Amberes y Flandes y otras fuera de su país.
—Pues vaya que deben ser importantes —comentó Christina.
—Como que quieren impresionar, ¿no? —Giulio levantó una ceja y sonó sarcástico alcanzándose su copa con agua.
—Se ve que dinero les sobra —contestó su padre—. Como sea están fascinados con nuestros vinos, así que no podemos perder la oportunidad.
—Pero no creo necesario que Eloísa nos acompañe —insistió Giulio—. Quiero que se dedique exclusivamente a lo que tenga que ver con nuestra boda nada más, ya nos pondremos al tanto con el trabajo cuando regresemos de nuestra luna de miel.
—¿Luna de miel? —Preguntó Arabella frunciendo el ceño después de beber un poco de jugo—. ¿Eso se come?
Todos sonreímos y volvíamos al mismo dilema de que la niña en su silencio estaba muy atenta a la plática.
—No cariño no se come —le contestó Giulietta—. Así se llama el viaje después de la boda que deben hacer los novios.
—¿Mi mamá y mi papá se irán de viaje? —insistió—. ¿Y yo puedo ir otra vez?
Volvimos a reír y al menos él y yo nos ruborizamos.
—No nena, debes dejar que tus papás viajen solos —le dijo Giulietta de nuevo—. Además tus papás son empresarios muy importantes y deberás acostumbrarte a sus viajes, algunas veces podrán llevarte pero otras veces no.
—¿Y me voy a quedar aquí sola?
—¿Sola? ¿Qué tus bisabuelos y abuelos no cuentan? ¿Y Filippa que te cuida? —le hizo ver Giulietta con una sonrisa.
Arabella se encogió de hombros.
—Sólo serán unos días cariño —le dije acariciando su manito—. Como dice tu bisabuela estarás bien cuidada y yo espero que te portes bien.
Asintió sin estar convencida, sabía que tenía que hablar con ella.
El siguiente día se ultimaban detalles de la boda, Giulietta estaba tan entusiasmada al igual que Christina que me parecía un poco excesivo todo lo que hacían, apenas éramos sólo la familia de invitados y la decoración y banquete me parecía demasiado. Habían decidido hacer todo en el jardín aprovechando el precioso y cálido verano pero mientras más miraba las vueltas que daban no podía evitar recordar lo que fue la fiesta de compromiso entre Edmund y yo. Mi piel estremecida no la podía disimular ni controlar, ni ocultar, intentaba mostrarme feliz pero mi estrés era muy notorio, hacía creer que mi mente estaba con ellas pero no era así y yo sólo rogaba a quienes estuvieran en el cielo que el asunto pasara rápido y con la mayor tranquilidad, la última experiencia que tuve al respecto la tenía tan presente como si el tiempo no hubiera pasado en lo más mínimo. Esa tarde llegaron de nuevo Lucrezia y Flavius para compartir con nosotros y el siguiente día llegarían todos los demás, incluyendo los padres de Lucrezia que residían en Florencia y la madre de Flavius a quienes por fin iba a conocer. Donato y Ángelo llegarían un día antes de la boda ya que se celebraba a media mañana como lo pedí y no por la noche.
Esa noche durante la cena familiar por fin degusté la pizza de la nonna que realmente era una delicia como lo había dicho Giulio, los hombres nos contaron como estuvo su día en Florencia y Val d’Orcia y al menos los señores se mostraban más entusiasmados que el propio Giulio que no estaba para nada impresionado. Comentó poco sobre los hombres y me dijo que los iba a conocer hasta después que regresáramos de nuestra luna de miel asunto que no me dio ni frío ni calor. Para él su prioridad era nuestra boda y el que por fin estuviéramos juntos, nada más ocupaba su mente y lo mismo debía hacer yo, no permitir que nada más me quitara la tranquilidad del momento.
El día de la boda llegó y mientras observaba por la ventana el esplendor de un jardín decorado para la ocasión seguía en la necedad de estar intranquila. Todo mi pasado lo tenía muy presente, las palabras y la felicidad de mi madre ese día de mi compromiso, al igual que la de Edmund y sus palabras al ponerme el anillo, todos esos recuerdos estaban latentes en mi cabeza y no había cosa que deseara más que tenerlos a ellos otra vez. Cerré los ojos y apoyándome en la ventana mis lágrimas cayeron, seguía teniendo el peso de mi pasado y debía resignarme a vivir así por lo que me restara de vida mortal porque jamás me iba a despojar de él.
—Hoy inicio una nueva vida —me dije limpiándome las lágrimas, con las manos temblorosas me quité mi cadena y la vi un momento—. Pero nunca los olvidaré, siempre estarán en mi corazón —besé el camafeo y lo apreté a mi pecho, cerré los ojos con fuerza—. Nunca te olvidaré Edmund, jamás, lo que vivimos no podrá ser borrado.
Llevé la cadena a mi alhajero y la guardé junto con el anillo, abrí el cajón principal del tocador y metí el alhajero allí, cerré con llave. Me miré frente al espejo suspirando y tratando de estar tranquila antes de que llegara el estilista, recordé las palabras de John cuando me dijo que sería feliz, exhalé, ese día había llegado. Sabía que no podía aferrarme a un pasado como lo era el mío, se dice que el pasado no deja avanzar si se vive en él y se recuerda constantemente, ¿pero quién es capaz de olvidar su propia historia? ¿Quién podría olvidar una experiencia como la mía?
—¿Nerviosa hija? —la voz de Giulietta que entraba me hizo reaccionar, me miró a través del espejo.
—Mucho —le contesté sin disimular.
—Estuve tocando pero no contestabas, me asusté y por eso entré, pensé que te había pasado algo, la sirvienta dice que apenas y desayunaste.
“Igual que ese día” —pensé.
—Por lo menos estaba segura que no serías una novia fugitiva —sonrió acercándose a mí—. Tus nervios son naturales, respira con calma.
—Tengo miedo —confesé.
—¿Miedo a qué? —colocó sus manos en mis hombros mientras seguíamos mirándonos a través del espejo.
—Miedo a… no estar a la altura de la familia Di Gennaro.
—Los Di Gennaro son personas normales como todos querida, con mucho prestigio y posición obviamente pero nada más, te entiendo, yo también tuve el mismo miedo cuando me iba a casar con Enrico. Es natural que el miedo y las ilusiones hagan estragos en una novia antes de su boda, ese día yo amanecí con unas ojeras terribles.
Durante los días que había regresado a Toscana sólo una vez volví a ver el cuadro de Edmund cuando ella me mostró donde lo guardaba, era su salón privado, un lugar al que sólo ella accedía y que la mayor parte del tiempo permanecía cerrado bajo llave. Ese día que vi su retrato colgar de la pared suspiré y evité llorar, me despedí de él tocando mis labios y depositándole un beso al lienzo.
—¿Eloísa? —me hizo reaccionar otra vez.
—Sí.
—Ven, vamos a sentarnos un momento —me levantó y caminamos al diván al pie de la cama, nos sentamos—. Creo que podemos hablar un momento antes de la boda, no importa el retraso, es natural, Giulio pensará que te has arrepentido pero no está demás hacerlos sufrir un poquito —sonrió con picardía al decir eso.
Sonreí también con una imitación de sonrisa.
—Porque no te has arrepentido, ¿o sí? —me miró preocupada.
—No, no es eso, no podría hacer eso —bajé la cabeza—. Es sólo que… desearía que mi familia estuviera conmigo en este momento —mi voz comenzó a temblar—. Extraño a mi madre, sus consejos y…
—¿No tienes ningún pariente?
Negué.
—No, soy la única de una familia… extinta.
—¿A eso se debe tu semblante triste? —Me sujetó las manos—. Desde que te conozco te noté, rara vez sonríes, me preocupaba el no verte comer y la palidez que tenías en tu piel. Es natural que a falta del calor familiar hayas decidido adoptar a la niña y volcar tu cariño y soledad en ella pero también es muy importante el amor en pareja y cuando se encuentra se debe disfrutar y no dejarlo ir.
“Yo disfruté un amor que no dejé ir, me lo quitaron” —pensé queriendo hablar de más pero con ella no podía y menos decirle la verdad, no iba a entenderme o tal vez sí pero debía conformarme con que sólo él lo supiera.
—Hace muchos años… —comencé a titubear—. Tuve un novio, era hermoso, un hombre maravilloso que me llenó de vida, mimos e ilusiones, él mismo era mi vida, lo era todo para mí, lo amé muchísimo y él a mí, íbamos a casarnos.
—Querida eso es maravilloso, ya conocías el amor entonces ¿y qué pasó? ¿Por qué terminaron?
—Murió —contesté en un hilo de voz que se quebró.
—¡Dios mío! —Se llevó ambas manos a la boca—. ¿Cómo?
—Su padre era… un servidor del gobierno y… enemigos ocultos y llenos de envidia comenzaron a tejerle una trampa que jamás imaginamos cual sería el fin de la misma. El caso es que… tramaron una especie de arresto debido a falsas acusaciones y… mi novio no iba a permitir que se pusiera en entredicho el prestigio de su padre, como buen hijo lo defendió y por eso… a él también lo alcanzó la maldad.
—¿Los mataron? —Giulietta comenzó a temblar.
Asentí sintiendo que mi cuello se resistía a moverse.
—¡Jesús bendito! ¿Y dónde fue eso? ¿En Inglaterra?
—En Escocia.
—Querida mía no alcanzo a imaginar tu dolor, es horrible —me abrazó sin dudarlo—. Te entiendo, si algo le hubiese pasado a mi Enrico antes de casarnos me muero también.
—Quise morir —lloré en sus hombros sin poder detenerme—. Con toda el alma quería irme con él, sólo faltaban dos meses para nuestra boda y me lo quitaron.
—Ahora entiendo el anillo que usabas, sabía que era de compromiso, ay Dios bendito no imagino tu amargura. Ahora entiendo también a lo que te referías cuando dijiste “experiencia dolorosa.” Ya querida cálmate por favor, si Giulio te ve así se va a preguntar qué pasó.
—Él lo sabe y me entiende.
—Pero dudo que lo entienda el día de su boda, ¿no lo has olvidado? —Me hizo verla.
—Nunca voy a olvidar lo que vivimos, fue mi primer amor.
—Y entiendo que también haya sido el único pero… querida por favor, estás a las puertas de iniciar una nueva vida, no temas, nada malo va a pasar. A pesar de esto tan privado lo que más hay es seguridad, créeme —me limpió las lágrimas—. Estás a sólo unas horas de casarte con otro hombre, con uno que también te ama, que ha puesto su vida en tus manos y que estoy segura vivirá para hacerte feliz, ¿puedes cerrar ese capítulo e iniciar otro? Sé que suena egoísta y es una falta de delicadeza pero… por respeto a tu futuro marido te aconsejo que lo hagas. Estos Di Gennaro tienen “la virtud” de ser muy celosos, aman sin condición y se entregan sin reservas pero a cambio de una exclusividad. Como sus mujeres somos sólo de ellos, me extraña que Giulio quiera compartirte con su trabajo, un caso que por primera vez en casi cien años se da en la familia pero tu preparación lo amerita y es mejor que estés tú a su lado y que bueno que él lo prefiere así también.
—Yo también prometo hacerlo feliz y cumplir a su vez con mi deber.
—¿Lo amas?
La miré cuando me preguntó eso, no esperaba su pregunta y no podía titubear.
—Sí —contesté con firmeza, respiró tranquila, mi obsesión del principio había sido sustituido.
—Eso es todo lo que necesitas —acarició mi cara—. Esa seguridad te dará el valor para dar este paso que los llevará a la felicidad, con el tiempo verás hacia atrás y ya no dolerá tanto. No olvidarás, sé que no, pero la perspectiva será otra aunque la herida de tu corazón siga allí resistiéndose a cicatrizar, será el tiempo que lo hará sanar. Deja que el amor que se presenta a tus puertas otra vez te cubra como manto de suave seda, déjate envolver por ese capullo que te ayudará sobrellevando el dolor. Vive la nueva oportunidad que se te da y luego despliega tus alas y vuela junto con él a ese sueño infinito de amor y felicidad, vívelo de la mano del hombre que te adora y que hará todo para hacerte feliz.
Asentí evitando llorar y la abracé otra vez, quise sentir que eran palabras de mi madre las que me habían hablado, sentía a Giulietta de esa manera, su sabiduría iba a ayudarme mucho en este camino que empezaba a recorrer como si la experiencia de siglos atrás en mí no significara nada, no había vivido nada, era ahora que comenzaría a vivir. Las palabras de John vinieron a mí otra vez cuando me regaló la cadena: “sé que serás feliz en el futuro y que tendrás una nueva oportunidad de rehacer tu vida, si es así no la desperdicies, no la pierdas”
“Ese futuro fue muy lejano John, pero llegó” —le dije a su memoria en mi pensamiento—. “Tu lección de vida siempre la recordaré, bendito seas”
Como cualquier momento emotivo nuestras lágrimas fueron entendibles debido a la ocasión cuando las sirvientas llegaron junto con el estilista para ayudarme a arreglarme. Ver mi vestido en la cama era la señal de lo que estaba a punto de suceder y respirando hondo me limpié la cara y procedí a obedecer al estilista cuando me pidió sentarme frente al tocador. Era el momento de comenzar a arreglarme para lo que esta vez sí era mi boda.
Cuando estuve lista bajé al salón acompañada de algunas sirvientas, de Filippa y de la manito de Arabella que estaba tan linda que parecía una muñeca viviente, toda la familia que vestía de manera elegante me esperaba en el salón y él sin dudarlo, corrió a encontrarse conmigo cuando me vio bajar los escalones. Su felicidad era indescriptible, besó con ternura a Arabella pero al verme no podía quitar sus ojos de mi humanidad, parecía hipnotizado y como un caballero sujetó mi mano y la besó para después con ternura y respeto besar mi frente mientras con delicadeza sujetaba mi cara. Lo que había hecho me estremeció y me confirmó su manera de adorarme.
—¿Eres real? —susurró.
—¿Cómo? —sonreí.
—Es que de verdad no tengo palabras para describirte —insistió—. Decirte que estás bellísima… es demasiado poco, de verdad que pareces algo sobrenatural.
Era su manera de verme, el vestido y su color, el peinado con mi cabello recogido y el maquillaje me hacía ver de otra manera. Mi lúgubre apariencia con la que me había conocido ya no estaba, la Eloísa que conoció se había ido.
—Gracias y tú… también estás guapísimo, eres realmente hermoso —le dije al verlo con su fino esmoquin, su cabello húmedo y la piel de su cara perfectamente afeitada. Evité morderme los labios, verlo tan elegante me dejaba sin aliento sin mencionar su perfume que era indiscutiblemente incitante.
Sonrió y me ofreció su brazo, con orgullo me presumió y yo saludé a toda la familia que estaba reunida, ya el abogado estaba listo para iniciar así que salimos al jardín donde todo estaba listo para proceder sin problemas. Nos detuvimos frente a una mesa perfectamente dispuesta y mientras el abogado asistido por otra persona abría un libro y sacaba otros documentos de otras carpetas, los invitados se sentaban un momento en una hilera de sillas blancas haciendo nosotros exactamente lo mismo. Comenzó a hablar muchos puntos en cuanto al matrimonio por la ley pero mi mente estaba en otras cosas menos en sus palabras. Giulio me notó nerviosa y acariciando mi mano me dio confianza, lo miré y sonreí, debía mostrarle que Eloísa, esa Eloísa estaba con él en ese momento y no en otro. Contaba los minutos para que el abogado hablara rápido, de hecho prefería que se saltara todo ese protocolo y fuéramos al punto de una vez, cosa que hizo después de quince minutos de hablar quién sabe qué. Nos pidió ponernos de pie y comenzó a recitar otro listado de puntos que me estaban desesperando, luego noté como Giulio miró a Ángelo y éste se acercó dándole una cajita, el pintor me guiñó un ojo muy sonriente y se quedó a su lado, el artista había fungido como padrino y lo que le entregó a Giulio fueron los anillos, me mordí los labios con impaciencia. El rito según las leyes dio inicio y haciéndonos preguntas como lo haría un clérigo respondimos igual, habíamos llegado al lugar con el propósito de contraer matrimonio por voluntad propia y estábamos seguros del paso a dar, íbamos a cumplir con la responsabilidad mutua de amarnos y cuidarnos en las buenas y en las malas, en la salud o enfermedad, en riqueza o en pobreza y de amar y proveer todo a los hijos que Dios nos diera. Cuando a todo respondimos que sí nos tomamos de las manos y dijimos nuestros votos, luego de eso nos pusimos los anillos y después de unas últimas palabras del abogado y del esperado “los declaro marido y mujer, puede besar a la novia” los invitados nos aplaudieron cuando nos besamos. Él sujetó mi cara y me besó con intensidad, luego bajó sus manos a mi cintura y me pegó a su cuerpo, nos abrazamos, estaba muy entusiasmado y yo ya respiraba tranquila. Para concluir nuestros padrinos se acercaron a la mesa para firmar junto con nosotros todos los documentos, los padrinos del novio fueron sus propios padres y los míos sus abuelos y de esa manera el acto de la boda civil se dio por concluido para dar paso a la pequeña recepción en otro extremo del jardín, donde las mesas ya estaban dispuestas. Después de las felicitaciones de todos y del tradicional brindis ya por nosotros y nuestra felicidad, nos sentamos en una mesa principal para disfrutar nuestro banquete preparado y frente a todos, ya sin miedo ni escondernos nos besábamos demostrando nuestras muestras de cariño y amor. Ver que todo estaba bien y que estaban felices era una verdadera tranquilidad para mí, ya todo había pasado, ya estábamos casados, juntos, disfrutando nuestra reunión y di gracias por eso, mis temores se habían ido, esta vez todo había resultado bien algo que me tenía muy aliviada. Al momento que comíamos y mientras los primos que degustaban los bocadillos y bebidas estaban de pie una extraña canción sonó de fondo, me detuve en su letra un momento:
Every man has a place
in his heart there's a space
and the world can't erase his fantasies
take a ride in the sky
on our ship fantasise
all your dreams will come true right away
And we will live together…
No quería reconocerlo pero me había detenido a escucharla con atención, él me notó y me hizo reaccionar.
—¿Te pasa algo? —besó mi mano.
—No, es sólo que… la canción…
—Es perfecta ¿no te parece? Perfecta para lo que siento —acarició mi cara.
—¿Cómo?
—Es parte de la selección familiar y ésta en lo personal es mía.
Lo miré asombrada y más cuando sin reparo me puso de pie para acercarnos a la pista, me asusté porque de ese tipo de baile no sabía nada, era más dura que una piedra.
—No Giulio…
—Tranquila, no te apenes —me llevaba de la mano.
—Es que no puedo, esta música…
—Déjate llevar por mi ritmo, yo te guiaré
Tragué y sin discutir con mi ahora esposo lo complací. Los invitados nos aplaudieron al vernos avanzar hacia la pista, me pegó a su cuerpo y comenzó a moverse de manera incitante, volví a tragar por su claro mensaje, me miró muy sonriente y sin saber cómo lo seguí como dijo. Me apretó fuerte a él y la susurró para mí:
Come to see victory
in a land called fantasy
loving life for you and me
to behold to your soul is ecstasy…
Sonreí bajando la cara y mordiéndome los labios, no pensé que iba a cantarme, ahora entendía la letra de la canción, levantó mi cara y me besó con suavidad. Evitando llorar preferí abrazarlo y enterrar mi cara un momento en su cuello, estaba muy sensible.
Cuando reaccionamos y la canción terminó como era costumbre también hubo tarta que partimos juntos, la probamos y seguidamente nos besamos, todo parecía una recepción de boda eclesiástica y ni siquiera del siguiente baile me libré pero no de su música seleccionada sino de algo más acorde conmigo; la música orquestal sonó y llevándome a la pista central otra vez procedimos a bailar nuestro primer vals de casados, un estilo de baile que me encantó desde que lo conocí. El vals de la serenata para cuerdas de Tchaikovsky comenzó a sonar.
—No tienes idea de lo feliz que me has hecho —susurró él en mi oído, girar en sus brazos me parecía muy romántico, debía serlo, ya era mi esposo.
Al pensar en esto último me detuve y los recuerdos volvieron. ¿Cuánto hubiera dado por decirle a Edmund “mi esposo”? inmediatamente sacudí la cabeza, no podía hacer eso, no debía. Ahora iniciaba una nueva vida con otro hombre, en otro tiempo, en otro lugar, definitivamente tenía que enfocarme en mi horizonte por él y por mi nueva familia.
—¿Eloísa? —me miró al sentir que no le contesté.
—Perdón, disculpa, sí te escuché, la verdad es que… de verdad que todo ha sido tan rápido que yo no me lo creo.
—¿No crees esta realidad? —sonrió.
—Tengo miedo de que se trate de un sueño, tengo miedo que se vuelva una pesadilla, tengo miedo de despertar.
—Sh… no digas eso, nada de miedos ahora —me apretó más a él—. Esta es la realidad, nuestra realidad, estamos casados ya, eres mi esposa y si despiertas… —con sensualidad me besó el cuello y luego le dio un leve mordisco a mi mandíbula—. Será para hacerlo en mis brazos.
—Prometo hacerte feliz —lo abracé evitando llorar—. Prometo ser la mujer que esperas que sea.
—Quiero que me ames Eloísa, quiero sentir ese privilegio como él lo sintió, ahora soy yo el que está contigo y seré yo el que vivirá para amarte y adorarte cada segundo de mi existencia.
—Y yo haré lo mismo —le hice ver con seguridad—. Mi vida mortal ahora es tuya y la viviré por ti y junto a ti, amándote y adorándote también.
Sonrió y nos besamos frente a todos los demás que nos acompañaban en el baile, nos aplaudieron emocionados.
Después de disfrutar nuestra fiesta y de cambiarnos de ropa a las dos de la tarde salimos rumbo a Florencia luego de despedirnos de todos. Me dolió dejar a Arabella ante sus sollozos pero tanto Filippa como Giulietta y Christina me aseguraron que estaría bien y que la iban a consentir para que pudiera sobrellevar estos días. Sólo estaríamos fuera una semana así que le rogué que fuera obediente y se portara bien, cosa que me prometió haciendo que me quedara tranquila.
La camioneta arrancó a la vista de todos los que felices nos decían adiós y de la misma manera nosotros nos despedimos también, ver esa sonrisa de un esposo emocionado me enamoraba y me hacía feliz al igual que a él.
—¿Giulio André? —pregunté con curiosidad por su segundo nombre que vi en los documentos.
—¿Sí? —me miró con atención por llamarlo así.
—¿Es tu nombre?
—¿Te gusta?
—Me extraña la mezcla.
—André se llama mi abuelo materno que es francés y Giulio es el primer nombre de mi abuelo Enrico. Mi abuelo André no pudo viajar hoy porque no está bien de salud.
—Hasta en eso tenemos similitudes —coloqué mi cabeza en su hombro cuando él me abrazaba—. Yo también tengo algo de sangre francesa porque mi abuelo materno también era francés.
—Cómo dice la abuela estamos destinados —suspiró besando mi frente—. Es otro tiempo, otra época, algo inexplicable pero nos encontramos o me encontraste, algo que te agradezco porque lo que siento por ti jamás lo sentí por otra, lo que siento por ti jamás desaparecerá. Debemos estar juntos, serás mía, seré tuyo, no puede ser de otra manera.
Levantó mi cara y me besó con suavidad, lo degusté, suspiré también ante sus palabras aunque sonara extraño. Volví a poner mi cabeza en su hombro, no quería pensar en nada más por el momento así que admirando el idílico paisaje toscano y sabiendo que ahora comenzaríamos una nueva vida juntos, disfrutamos el camino hacia nuestra primera parada de luna de miel, Florencia nos esperaba.