Capítulo 24
Mis lágrimas caían ante mis recuerdos, estaba débil, recordar y hablar no me estaba haciendo bien, cuán certeras habían sido las palabras de Bruce cuando dijo que había sido inmensamente feliz desde que nací hasta ese momento de mi vida. Ver el cuadro de Edmund frente a mí hacía que deseara tener el poder para volver el tiempo y cambiar las cosas.
—Me duele verte así Eloísa, no sabes cómo me duele saber lo que te pasó —su voz sonaba quebrada y sus lágrimas caían también, se notaba en shock.
Sacudí mi cabeza y tragué mi dolor, el pasar la página mostraría otro capítulo, ya no de ilusiones ni amor, ya no de la injusticia cometida sino del horror que mi venganza clamaba.
—Ya casi es media noche signore, ¿desea continuar? —me quité las lágrimas y levanté una ceja después de ver la hora, no hice caso a sus palabras ni a su lástima.
—¿Qué va a pasar a media noche? ¿Se acabará tu encanto y te vas a convertir algo espantoso?
—Eso usted lo decidirá, no soy responsable del terror que pueda sentir al verme.
—No bromees por favor.
Apreté los labios sin gracia, estaba asustado pero algo lo paralizaba en el sillón así que lo dejé y continué.
—¿Qué pasó después de todo eso? ¿Cómo sobreviviste? —insistió.
—Fue algo que jamás me imaginé, de pronto me vi reposando en la paja que transportaba una carreta, una última visión de lo que iba a ser mi hogar fue lo que vi, el humo negro se alzaba a varios metros consumiendo todo y subía hacia el cielo tornando todo de gris, la fortaleza de piedra había caído, bajando la colina todo quedaba atrás, cerré mis ojos otra vez haciendo que mis lágrimas cayeran en silencio, deseaba irme con él.
—¿Pero no moriste o sí?
—No, nunca crucé el umbral que me llevaría a los míos, nunca crucé el túnel para encontrarme con él al otro lado. Todo había sido oscuridad pero nada más y poco a poco volví a la luz, tres días después desperté en un austero cuarto y lo primero que vi al abrir los ojos fueron las vigas del tejado y justamente sobre mí, en esa pared la imagen de un crucifijo, luego volví a cerrar los ojos y frente a mí estaba una especie de monje que me miraba sentado al otro extremo de la cama.
*****
—Bienvenida —me dijo una voz al ver que despertaba.
El dolor en mi pecho, cuello y cabeza era insoportable, intenté enfocar bien mi vista, la voz que había escuchado era la del monje o al menos eso hacía creer.
—¿Dónde estoy? —pregunté en un débil murmullo.
—En una abadía.
—¿Cómo?
—Así es, estás en la abadía de Melrose, muy lejos de lo que hubiese sido tu hogar, aún comienza a reconstruirse desde lo que hizo Ricardo el año pasado pero al menos se mantiene.
—¿Y qué hago aquí? Debería estar muerta.
—Pero no lo estás querida, aún vives y vivirás por mucho tiempo más —sentía una especie de burla en sus palabras.
—¿Quién es usted? —no lograba distinguirlo.
—Como ves un servidor de Dios —insistía en su burla, la sonrisa sarcástica nadie se la quitaba.
La capa en su cabeza no le cubría del todo la cara ni la expresión, se notaba que era un hombre que pasaba ya de los cincuenta, algo alto y delgado.
—¿Cómo llegué aquí? —intentaba moverme pero el dolor en mi cuerpo era insoportable.
—Yo mismo te traje.
—¿Cómo lo hizo? —insistí—. Esto está lejos.
En ese momento otro monje mucho más anciano entró con una rústica bandeja de madera llevando lo que se supone era un plato con un pedazo de pan y en una pequeña escudilla de barro un líquido mantecoso que intentaba parecer algún caldo, una taza algo golpeada llevaba agua.
—Que bueno que despierta pero es necesario que coma “lassie[3]” —dijo el monje poniendo la bandeja en una maltrecha mesa cerca de la cama—. Necesita recuperar fuerzas.
Luego se acercó a mí y con cuidado miró mis heridas, movió la venda y me dolió, me quejé, la plasma de hierbas que tenía al removerlas me ardió.
—Tranquila, soy yo el que ha intentado curarla —continuó—. Al menos sobrevivió pero necesita comer.
Era una persona de estatura promedio, tez blanca pero algo bronceada, un tanto rellenito, ojos café y cabello canoso.
—No quiero comer, quiero irme —reaccioné.
—No puede moverse “Bonnie[4]” y si no come menos que lo hará.
—“Aye[5]” —le respondí para que supiera que entendía sus palabras, mi corazón se estrujó cuando dijo “Bonnie” Edmund me llamaba así después algunas veces cuando quería referirse a mi belleza, se había vuelto más escoses que los mismos escoceses.
—“Nae[6]” —sonrió abriendo un frasco de ungüento y se sentó a mi lado negando con la cabeza—. Todavía no tienes las fuerzas para moverte menos para irte y menos si no comes.
—Quiero irme con los míos —le dije entre lágrimas, el dolor era en mi corazón no por las heridas que buscaba curarme.
—Nuestro señor te preserva aquí, no desees irte, eres afortunada.
—¿Qué sabe usted? —evité quejarme ante el ardor.
—Que eres un milagro y con eso tengo suficiente para creer que él te ha librado de la muerte.
—Ni soy afortunada ni soy un milagro, ¿usted sabe lo que pasó?
—Tranquila querida Arabella —me dijo el monje que seguía sentado en una esquina—. No remuevas nada, todo a su tiempo.
—Lo único que sé es que llegaste aquí con un pie más en el otro mundo que en este —contestó el monje que me curaba—. Tu herida en el cuello y pecho son de mucho cuidado, sin mencionar el golpe de la frente que está inflamado y que supongo te dejó sin conciencia, la herida de la mano curará más rápido. Yo mismo creí que ni siquiera pasarías la primera noche debido a las fiebres, aún no tenemos claro quién eres pero hemos visto pasar de largo a algunos soldados que… pareciera que buscaran algo.
Me asusté cuando dijo eso, si sabían que había sobrevivido a la masacre me buscaban para matarme como lo hicieron con todos, el saberme viva era una amenaza para ellos.
—Anoche vinieron aquí y nos preguntaron si sabíamos del paradero de alguna doncella de piel blanca, ojos azules y cabello largo negro, de un metro setenta y cinco aproximadamente de estatura y de cuerpo delgado —continuó mientras me vendaba otra vez.
—¿Y qué les dijo usted?
—Mis hermanos y yo no supimos qué contestar, llegaste muy mal herida, ya tenías mucha fiebre que te hacía delirar y al verlos supimos que ellos tenían algo que ver, además tu ropaje era muy fino era obvio que no preguntaban por cualquier moza y como nuestro compromiso es con Dios y los desposeídos y más si están en peligro de muerte como era tu caso simplemente dijimos que no sabíamos nada, una mentira que nuestro señor no tomará en cuenta cuando estemos frente a él. Además yo mismo pregunté a qué se debía esa búsqueda y qué tan importante era pero se hicieron los locos y sin decir nada se fueron, no creo que nos hayan creído así que es posible que regresen.
—Debo irme —intenté moverme.
—¿Qué te hicieron Bonnie? —me detuvo—. ¿Qué hiciste para despertar la furia de hombres nobles?
—Yo no hice nada, fueron esos malditos los que me arrebataron todo.
—Y al parecer no descansarán hasta dar contigo, lo que sea que haya pasado… alguien te salvó y por eso aún vives.
—Ese alguien debió dejarme con los míos, vivir sin ellos ya no será vida para mí.
—Debes tener un propósito y aceptarlo.
—¡No acepto nada! —enfurecida grité al sentir que no podía ni con mi propia alma menos con mi cuerpo adolorido.
—Deja a los tuyos reposar en la paz del señor.
—No tendrán paz porque les quitaron la vida —lloré.
—Vienes de Dùn Èideann[7]¿verdad? Estás lejos y las malas noticias vuelan como los cuervos, ¿fuiste la única sobreviviente a la masacre en el castillo MacBellow?
—Malditos, malditos, mil veces malditos —susurré como si se tratara de un conjuro que les estuviera lanzando—. Malditos sean todos los que me arrebataron la vida. Todos y cada uno de ellos arderán en lo más profundo del infierno, de eso me voy a encargar, si vivo y tengo las fuerzas sin dudarlo lo haré.
—No hables así Bonnie —me inclinó para darme a beber un poco de agua, me supo amarga—. No permitas que tu corazón se alimente de ese odio, no dejes que te transforme en algo que no eres, una venganza te consumirá a ti también, cada uno de ellos tendrá su recompensa, deja que Dios se encargue.
—Dios no está cuando debería estar.
—“Mía es la venganza, yo daré el pago” dice el Señor. Él lo hará a su tiempo —recitó las escrituras.
—Su tiempo no es el mío y yo tendré la vida de esos malditos más pronto que tarde. Mía será la venganza, yo les daré el pago que se merecen.
Se persignó resignado besando un crucifijo que colgaba de su cuello, me lo mostró acercándolo a mí y lo rechacé girando la cara.
—Come Bonnie, come y duerme más.
Negué. Tocaron la puerta, el monje se puso de pie para abrir, era otro monje más joven.
—Hermano John esos hombres han vuelto y traen una orden para registrar la abadía —escuché que le dijo. El monje que estaba sentado ni siquiera se inmutó, su tranquilidad me asustaba.
—¿Pero será posible?
—Están hablando con el Abad que los recibió pero ante una orden no podremos hacer nada, la buscan a ella, ¿qué hacemos?
—Debo irme, tengo que salir —volví a hacer el intento de levantarme.
—No niña, no puedes moverte, las heridas volverán a sangrar —me detuvo.
—Pero si entran aquí y me ven no sólo me van a matar sino que a todos ustedes también por protegerme, ya no puedo permitir más muertes por mi culpa, ya no.
—¿Y quién dice que es tu culpa? Espanta eso de tu cabeza, la maldad del hombre surge desde la desobediencia y el pecado de Adán y Eva, desde que Caín mató a su hermano, desde que los ángeles caídos poblaron la tierra y con deseos de la carne hicieron suya la maldad que ha ido en aumento, si no nuestro señor no se hubiera arrepentido de crear al hombre, si no, no los hubiera azotado con el diluvio o confundido en Babel, si no, no hubieran sufrido su ira en Sodoma y Gomorra. La maldad y la perversión en el corazón del hombre son como una semilla que crece porque la alimentan hasta que se hace parte de ellos, es la naturaleza humana y por eso es que el hombre debe morir, ante la maldad y el pecado no podemos hacer otra cosa más que luchar para no darle cabida.
—No es hora para un sermón de domingo —insistí—. Aprecio su ayuda pero no puedo permitir que los maten.
—¿Y qué si el señor nos llama a su lado? Hemos peleado la buena batalla, hemos acabado la carrera, hemos guardado la fe y por eso nos está guardada la corona de justicia.
—Más que Juan debería haberse llamado Pablo pero dudo mucho que sea su tiempo, mírelo a él —señalé al monje joven que seguía rígido en la puerta—. Está muy asustado, teme morir, no es su tiempo por favor, déjenme salir, déjenme ir.
—Dios bendito, ya es tarde —murmuró el monje de la puerta poniéndose pálido—. Por la señal de la santa cruz, señor padre y Dios nuestro líbranos de todo mal —se persignó y luego juntó sus manos en oración, sujetando su crucifijo.
Al verlo el monje que estaba conmigo rápidamente me levantó con cuidado, yo vestía con una camisola de algodón descolorida así que me cubrió con la misma sábana que me arropaba y llevándome a la esquina de lo que parecía un librero, trató de esconderme allí.
—No te muevas —ordenó—. Intenta mantenerte en pie mientras esos tipos están aquí, no emitas ningún sonido o se darán cuenta de todo.
Asentí temblorosa, el dolor en el cuerpo no lo soportaba y sin querer comencé a temblar, sentía que la fiebre regresaba a mí. Como pudo el monje empujó un poco el librero para hacer que me ocultara más.
—Tranquila, ten calma, no tengas miedo —me dijo muy sonriente el monje que seguía tranquilamente sentado.
El monje que me ayudó se sentó en la cama y después de persignarse también, cogió la rústica bandeja y poniéndosela en las piernas fingió comer.
—A un lado —ordenó uno de los soldados quitando de su camino al monje joven y entró a la habitación junto con otros dos.
—Dios sea contigo hijo —le dijo el monje que fingía comer—. ¿A qué se debe su visita otra vez?
—No finjan que esta vez no nos van a engañar —le contestó a regañadientes—. Esta vez tenemos la orden de revisar todo este lugar hasta dar con ella.
—¿Todavía no cazan a la paloma?
—No se burle viejo que esto ya nos tiene colmados.
Los hombres registraron todo, voltearon las mesas, metieron sus espadas en las rendijas de las vigas del suelo, se agacharon para ver debajo de la cama y abrieron de par en par el librero que estaba junto a mí, sacaron los escasos libros y los lanzaron al suelo, uno de ellos abrió la ventana y observó todo el exterior incluyendo las vigas. Los hombres daban vueltas en toda la pequeña habitación y no quedó lugar sin registrar, el monje joven amenazaba con desmayarse antes de sentir la espada traspasándolo, murmuraba sus rezos asustado, el monje que me ayudó con la herida seguía sentado con la bandeja en sus piernas y el otro simplemente se limitaba a ver las vueltas que los soldados daban en vano.
—Como ven aquí no hay nadie —dijo el anciano monje mordiendo un pedazo de pan.
El soldado que estaba al frente de los otros lo miró con desconfianza.
—Levántate —le ordenó.
—Pero hijo al menos deja que termine de comer.
—¡Le ordeno que se levante! —le gritó lanzando la bandeja al suelo y levantándolo del cuello.
Uno de los soldados comenzó a tantear el delgado colchón de paja mientras que el otro que miraba por la ventana se metía volviendo a cerrarla pero cuando se giró el miedo me abarcó, me miró, caminó unos pasos hacia mí y luego se giró a sus compañeros, me llevé una mano a la boca y cerré los ojos, los matarían a ellos para luego hacerlo conmigo.
—Hijo como ves no hay nada —insistió el anciano monje.
—Eso ya lo veré —lo soltó y sacando su espada presentí el fin.
Quise moverme y gritar para detenerlos pero no pude, algo más que el miedo me paralizó y selló mi boca. Preparó su espada y asestó el primer golpe, cerré los ojos.
—Mira lo que hiciste, arruinaste mi cama —le reprendió el anciano monje, volví a respirar cuando lo escuché.
—Pues dormirá en el piso, total están acostumbrados —le dijo cuando terminaba de sacar toda la paja y de una patada quebraba lo que quedó del marco, las astillas se esparcieron por todo el suelo.
—Vámonos, aquí no hay nada —dijo el que me había visto y eso me sorprendió porque se había quedado impasible—. Ya no perdamos más el tiempo.
El que había quebrado la cama guardó su espada y sin decir nada más salieron, cuando lo hicieron me sentí débil y caí hincada al suelo, el dolor se centraba en las heridas.
—Hija tranquila, ya pasó todo —el anciano se apresuró a ayudarme y a levantarme—. Lo que ha pasado ha sido un milagro de Dios. ¿Ves cómo tiene propósitos para ti? —me sentó en otra silla.
—No lo entiendo —temblaba asustada—. No entiendo que es lo que acaba de pasar.
—Fue un momento de terror —dijo el joven monje—. Creí que iban a matarnos.
—Ponte a cuentas con Dios jovencito —lo exhortó el anciano monje—. Un verdadero soldado de Dios no teme a la muerte si conoce su recompensa, memorízate bien esto: “para mí el vivir es Cristo y el morir es ganancia”
El chico asintió apenado bajando la cabeza, aún temblaba.
—Y no te quedes parado sin hacer nada, ve a buscar un balde con agua, una escoba y algo más para limpiar todo esto, también busca la manera de conseguir y traer otra cama, la joven no va a dormir en esta suciedad, ¿verdad?
Negó, asintió y volvió a negar, no sabía qué hacer pero obedeció, noté cómo el monje que había permanecido sentado y callado se levantó por fin y se acercó a la ventana pero sin decir nada.
—Por los momentos ya ganamos tiempo y dudo mucho que vuelvan —insistió el monje anciano—. Pero tu herida comienza a sangrar otra vez y para colmo ya te volvió la fiebre, será necesario atenderte.
Por la noche descansaba en otra cama después que hicieran traer una bañera para poder asearme, como pude lo hice sola porque lo necesitaba, luego de eso el anciano monje volvió a curarme e hizo traer otra escudilla pero ya no con sopa sino con unas cuantas uvas y un pedazo de queso, otra hogaza de pan duro, una taza de leche de cabra tibia y otra con agua, comencé a comer lentamente porque me sentía demasiado débil.
—Gracias —no sabía que más decir ante sus cuidados cuando terminó de vendar mi mano.
—Es nuestro deber Bonnie, al menos estás comiendo y tus fuerzas volverán, pronto estarás mejor.
—Gracias a usted —susurré.
—Gracias a Dios —corrigió mostrándome el crucifijo en la pared sobre mi cabeza.
—Hermano John el Abad lo solicita —dijo otro de los monjes jóvenes que llegaba a buscarlo.
—Enseguida voy.
—¿Será por lo que sucedió hoy? —le pregunté cuando se levantaba de la silla cerca de mí.
—Seguramente, no te preocupes, descansa que lo necesitas, te dejo la comida por si quieres seguir comiendo más tarde, en este balde te queda un poco de agua para que te laves y… —se inclinó debajo de la cama y luego me susurró bajito—: También tienes el orinal por cualquier urgencia.
Me sonrió y salió, era lo más parecido a un padre, suspiré y acostándome otra vez giré mi cara hacia la ventana y al pensar en lo que había pasado mis lágrimas cayeron. Estaba sola en ese lugar y todo me parecía tan frío, mi familia ya no estaba, no soportaba la ausencia de mi madre y de Edmund, quería irme con ellos, lloré con fuerza, no tenía idea de lo que iba a hacer, lo único que tenía claro era que deseaba vengarme de todos y cada uno de los que participaron en mi desgracia.
—El llorar no los traerá de vuelta —la voz del monje pasivo me hizo reaccionar, ni siquiera supe cómo había entrado, giré mi cara para verlo, estaba de pie a un lado de la puerta, el que mantuviera puesta en su cabeza la capucha del hábito me daba desconfianza.
—¿Qué no les está prohibido visitar la habitación de una mujer? —inquirí molesta, por alguna razón este hombre no era como los otros, como lo supuse era bastante alto.
—Tranquila, las leyes se hicieron para violarlas no para respetarlas —sonrió acercándose a la ventana, noté como la llama de la vela se avivaba.
—Usted no me engaña —intenté sentarme cuando dijo eso—. Usted no es como los demás monjes.
—Bravo, eres muy inteligente —volvió a sentarse en la misma silla y me miró—. ¿Y qué te hace pensar eso?
—Su extraña actitud me lo dice.
—¿Cuál actitud?
—La frialdad y la indiferencia que deja ver, a usted parece no importarle nada.
—Te equivocas querida Arabella, por supuesto que me importan algunas cosas, tú por ejemplo.
Cuando dijo eso me asusté más, no sólo porque sabía mi nombre mencionándolo otra vez sino porque los monjes ante todo seguían siendo hombres y temía que este, buscara saciar su lujuria conmigo porque la castidad parecía importarle un comino.
—No, no es lo que piensas, no te asustes, aunque reconozco que me encantaría hacerlo no es eso lo que por ahora deseo de ti “Arabella” —enfatizó con cinismo.
Abrí mis ojos más asustada, ¿cómo supo lo que pensaba?
—¿De verdad te gustaría saberlo? —Insistió, me retorcí pegándome a la pared—. Por si te interesa te diré que no sólo yo pienso con “lujuria” los pensamientos pecaminosos están acechando a todos estos jovencitos que no saben cómo controlarse y creen que haciendo penitencia van a librarse del asunto. Te han visto querida Arabella y ya comienzan a pensarte de todas las maneras, entiende que son hombres y viven solos aquí, eres una mujer preciosa y por ende una fuerte tentación para ellos, la carne es débil.
Sonrió con burla y sus palabras me asustaban más.
—Creo que algunos buscarán flagelarse ante la imagen de la cruz pidiendo ser perdonados porque no pueden ser fuertes ante la tentación. Sus almas libran una fuerte lucha entre lo carnal y lo espiritual, uno de los dos cederá y vencerá —continuó con tranquilidad sabiendo quién sería el vencedor.
—¿Y es por eso que el Abad pidió hablar con el hermano John?
—Seguramente, eres la única mujer aquí y no puedes quedarte para siempre, no sólo por lo que ellos son sino por lo que representas y no solamente una fuerte tentación que hará sucumbir la carne haciendo que su espiritualidad mengue sino que saben que corren peligro al protegerte, lo que el Abad quiere es una explicación sobre lo sucedido en la tarde.
—Explicación que supongo usted tiene, ¿verdad? Usted no es uno de ellos, no es un monje, cuando habla parece burlarse de ellos.
La vela a mi lado se avivó aún más, sentí una ráfaga de viento que en vez de apagarla la encendió más, la habitación que apenas y estaba alumbrada ahora tenía la suficiente claridad como si fueran una docena de candelabros los que la iluminaban.
—No me voy a andar con rodeos niña —me miraba fijamente a distancia—. Tienes razón, no soy un monje, claro que no, soy mucho más que eso.
—¿Y ellos lo saben? ¿Le permiten estar aquí?
Me miró alzando las cejas y soltó una gran carcajada, fruncí el ceño al verlo así. A mí no me hacía ninguna gracia.
—Yo estoy donde a mí me plazca cariño, pronto te darás cuenta.
—¿Quién es usted?
—Un adversario.
—¿Cómo? —fruncí la frente.
Su mirada se avivó como la llama de la vela cuando le pregunté eso, me clavó los ojos como si pudiera ver dentro de mí.
—Tengo muchos nombres pero tú puedes llamarme… Damián.
Mi cuerpo tembló cuando dijo eso, sentí un leve mareo, me cubrí más con la sábana.
—Y si no es un monje… ¿Quién es entonces? —insistí.
—No querrás saberlo.
Tenía razón, algo me decía que no debía averiguarlo pero lo cierto era que era algo… sobrenatural y eso me tenía realmente asustada.
—¿Qué va a hacerme Damián? ¿Qué quiere de mí?
—De ti quiero muchas cosas, pero lo que más anhelo… es lo más preciado que tienes.
Cuando dijo eso me miré la mano, pensé en mi anillo que no estaba en mi dedo, abrí la boca, no lo había notado. El anillo que Edmund me había dado ya no lo tenía.
—Mi anillo —susurré sintiendo que la voz se me quebraba.
—Podrás recuperarlo si lo deseas.
—¿Usted lo tiene? ¿Va a chantajearme?
—No, yo no lo tengo, ni voy a chantajearte por eso, como tampoco es una joya lo que quiero.
—¿Entonces? Si no soy yo como mujer y si no es mi anillo… ¿Qué es lo que quiere de mí?
—Tu alma —sentenció.
—¿Qué?
Cuando dijo eso la ventana se abrió de par en par haciendo azotar un fuerte viento que apagó la vela, en un abrir y cerrar de ojos él ya no estaba y eso me asustó más.
—Yo era el lucero de la mañana pero caí del cielo como un rayo —su tenebrosa voz hacía eco en la habitación—. ¿Te suena eso?
—Basta, basta —quería que se terminara, me sentía clavada en mi sitio sin poder moverme.
—Y mi legión conmigo —la ventana se cerró de nuevo y la vela se encendió sola con el mismo brillo intenso que tenía.
Miré asustada el crucifijo sobre mi cabeza como si buscara protección.
—No lo busques, te recuerdo que él te dejó sola a merced de la desgracia —insistió, ahora estaba sentado al pie de la cama.
Se quitó por fin la capucha del hábito y pude verlo mejor; era un hombre de edad madura, de nariz y labios finos, de cabello oscuro pero con el color de ojos más extraño, podían ser oscuros y también claros, no estaban definidos como tampoco la tez de su piel. Siendo quien pensaba que era podía tener la apariencia que quisiera y esa, era la que había elegido mostrarme.
—Basta —evitaba seguir llorando.
—Sé que tienes muchas preguntas “Bonnie” así que hazlas que con gusto te las responderé.
—¿Cómo es que… usted… puede estar en un lugar santo?
Soltó otra carcajada al escucharme.
—Será mejor que preguntes algo más serio, mis secretos no te los voy revelar así porque sí. ¿Crees que las iglesias son lugares santos? La santidad de una iglesia es la misma de un cementerio y con eso te digo todo, es más, el segundo es más seguro y menos tenebroso. Esconderte en una iglesia por las razones que quieras no te lo aconsejo, cuando el mal tiene propósitos… la estructura de una iglesia no lo detiene.
Decía la verdad y yo estaba muy asustada, de lo contrario no estaría tan tranquilo hablando conmigo. Saber lo que me dijo era una decepción pero habiendo vivido una experiencia como la que pasé ya no me extrañan sus palabras, una lástima no saberlo antes de haber perdido mi tiempo.
—No lo ven, ¿verdad? Nadie más que yo lo puede ver.
—Muy bien, estás aprendiendo, sólo tú me puedes ver.
Ahora entendía lo que había pasado desde que desperté y el por qué siempre estuvo pasivo ante todo lo que sucedió.
—¿Por qué me pasó esto? ¿Por qué permitieron esta injusticia?
—Los hombres como lo dijo el auld[8] John están llenos de maldad, ya nacen con ella y la hacen crecer tanto dentro de ellos como si se tratara de la más venenosa hiedra hasta cubrirlos completamente. Algunos son más malos que otros pero la maldad está allí gracias al buen Adán o a su mujer, creo que conoces la historia de sus hijos, ¿no? No tienes idea de lo fácil que es manipular y corromper el corazón y la mente del hombre.
—¿Pero por qué nosotros? ¿Por qué Edmund y yo? ¿Por qué mi familia?
—Porque el corazón del hombre está corrompido, la ambición es insaciable, la sed de poder y riqueza no la detiene nadie y porque la belleza de una mujer también es su perdición, quienes tramaron esto mataron dos pájaros de un solo tiro, te pusieron como excusa para quitar de su camino lo que les estorbaba al no haber ya más provecho, los intereses mezquinos de los hombres… los lleva a vender hasta a la misma madre de ser posible. Negocios son negocios. ¿Has escuchado ese dicho que dice “mejor es servir al diablo que atravesársele”? Bueno pues eso mismo pasó en cuanto a los nobles y los otros señores, el que tiene el poder domina, el que puede comprar todo lo hace con tal de tener el beneficio que quiere. Te diré todo con tiempo y de manera muy detallada pero no ahora, eso te pondrá muy mal además no estás en condición de asimilar las cosas, cuando estés mejor lo sabrás.
—¿Y me ayudarás a vengarme?
—Te serviré como quieras preciosa, no tendrás límites, lo prometo.
—¿Qué fue lo que pasó en la tarde? —por alguna razón comenzaba a sentirme diferente, más tranquila y relajada aun sabiendo con quien estaba hablando.
—Como viste escuché y vi todo atentamente.
—Demasiado, parecía que nada te importaba —me atreví a tutearlo y eso pareció gustarle, estaba comenzando a ser seducida por el mismo diablo y poco me importaba.
—Tú me importas, los demás no —sonrió.
—Dime que fue todo eso —insistí.
—La prueba de mi poder, como viste el niño que juega a ser religioso estaba más asustado que un conejo en su madriguera en cambio el otro… también lo estaba pero con entereza lo supo disimular, hay que destacarle eso, obviamente los tipos están a la caza detrás de ti y dónde estabas escondida… —frunció el ceño y torció la boca—. Eso no te iba a ayudar en nada.
—El soldado me vio, ¿verdad? Ese tipo me vio, ¿por qué dijo que no había nada?
—Porque no te vio, poseí su mente, lo que vio fue un hueco vacío junto al librero así como tú lo puedes ver ahora.
Abrí los ojos cuando dijo eso, ¿podría ser eso posible?
—Sí querida, si es posible —contestó a mi pensamiento—. No lo dudes, el problema es que ahora el viejo John está discutiendo que lo que pasó fue un milagro y que eres la mayor prueba celestial del amor y del cuidado del cielo para con los hombres. ¿No te molesta eso? Los religiosos sacan cada provecho de las situaciones…
—¿Amor y cuidado? Que no se atrevan a hablarme sobre eso, no hubo amor ni cuidado y la mayor prueba como lo dicen es justo lo que me pasó, mi familia fue masacrada, mi prometido murió protegiéndome, esos malditos destruyeron todo y aún no sé cómo fue que…
Lo miré fijamente sin miedo a que me mostrara el mismísimo infierno en su mirada, la pieza clave cayó.
—Sí, fui yo, yo te salvé de que te remataran —me contestó con orgullo—. Justo cuando perdiste el conocimiento y te daban por muerta junto con todos y mientras saqueaban todo lo que podían sin respetar a los mismos difuntos, yo los poseí para poder sacarte en mis brazos sin problemas. Pasé por encima de ellos mientras se cercioraban de que todos estuvieran bien muertos, los atravesaban con las lanzas y con las espadas, estaban tan entretenidos todos esos idiotas que ni siquiera repararon en que el cuerpo de la novia del joven MacBellow ya no estaba entre los cadáveres. Tenían órdenes de no dejar a nadie vivo pero yo te quería a ti viva y por eso te salvé y te traje aquí, al paso lento de una carreta te saqué, usé mi poder para cortar distancia y llegamos hasta este lugar y aunque los monjes no me vieron, al saber que había una carreta en las puertas de su abadía los llenó de curiosidad y más cuando se dieron cuenta que no estaba vacía. Una moribunda yacía entre la paja y aunque te creían muerta fue John el que al revisarte les dijo lo contrario y fue así como te recibieron.
Las lágrimas ardientes quemaban mis mejillas, imaginar que esos malditos habían hecho esa carnicería contra mi familia y que aún muertos seguían siendo traspasados hacía que mi odio se avivara. Por eso me buscaban, sabían que podía estar viva y deseaban asestar el golpe final así que debía complacerlos pero a mi manera, uno de esos malditos tenía mi anillo y lo iba a recuperar así lo obtuviera de la misma manera que ellos, pero a diferencia que podría ser de la mano de un verdadero difunto.
—Te prometo que los vengarás —él sabía lo que pensaba—. Uno por uno será tuyo para que hagas con ellos lo que quieras, prometo que vas a deleitarte y así como ellos se bañaron en la sangre de tu gente tú también te bañaras en la suya, sin que un tan solo cimiento quede en pie.
—Júralo —apreté los dientes en mi furia.
—Te lo juro —sonrió—. Por ahora descansa, mañana te sentirás mejor.
—¿Volverás?
—Aquí estoy contigo preciosa —se acercó acariciando mi cabello, por alguna razón no lo rechacé ni le temí, me acostó y me arropó como a una niña—. Siempre que quieras aquí estaré, cuando me llames acudiré a ti sin dudarlo, recuerda mi nombre, recuerda que me llamo Damián.
Miró la vela y se apagó, él también desapareció, la habitación se alumbró con la tenue luz de la noche y la luna que entraba por la ventana, sentí una fresca brisa que me cubría y con una extraña paz que no había sentido en mucho tiempo, como si no hubiera pasado nada me quedé dormida.