Capítulo 35
El interior de la casa era otro mundo, como lo supuse el lujo era sorprendente. De altas vigas marrones y paredes color blanco, de columnas renacentistas y detalles de finos acabados de igual manera, de impecables muebles de madera oscura y reluciente, de telas finas y deliciosamente aterciopeladas, sin contar el lujo de las alfombras, los cuadros, la porcelana y los cristales que adornaban complementaban el exquisito gusto de la familia. Los salones tenían la luz perfecta proveniente de sus grandes ventanales y el color vivaz de los maceteros colgantes que adornaban con todo tipo de coloridas flores desde su exterior, le daba al lugar la calidez y la paz de la que Giulio hablaba. Las pinturas y esculturas hacían parecer el recinto un exclusivo museo de colecciones privadas.
—Que preciosos cuadros —murmuré observándolos.
—Renacimiento puro, ¿no crees? —me preguntó Giulietta.
—Así parece.
—¿Parece? —sonrió—. Veo que no es fácil engañarte querida, son réplicas exactas hechas por otro de mis nietos.
—¿Es pintor?
—Sí y de los mejores.
—¿Y dónde está? —preguntó Giulio—. Creí verlo aquí.
—Ángelo estaba en Roma pero llegará más tarde a Florencia, se quedará hoy allá y vendrá hasta mañana al medio día. Está enamorado de una chica norteamericana que es con quien anda, dice que es una colega y que trabaja para un museo en su ciudad pero ya mañana la conoceremos.
—¿Otra de sus conquistas?
—Pues Enrico fue quien habló con él por teléfono y al parecer no es una más para él, es posible que con esta siente cabeza, dice que le habló con mucho entusiasmo de ella.
—¿Enamorado? La verdad no lo creo pero esperaremos hasta mañana, si piensa presentarla a la familia es un gran paso viniendo de él —exhaló.
—Por favor que lleven todo el equipaje de las visitas a la habitación destinada —dijo Giulietta a una de las sirvientas.
—La nena dormirá conmigo, no se preocupe —insistí.
—Es natural, además sigue asustada —le acarició el cabello.
Salimos todos al patio trasero que estaba listo para recibirnos, sobre un piso adoquinado había una larga mesa campestre de madera blanca cubierta por manteles blancos de lino con borde a cuadros con los colores de la bandera de Italia y una alta galera cubierta por enredaderas de uvas pequeñas daba la sombra y la frescura perfecta a la mesa. Nos invitaron a sentarnos después de saludar a los dos hombres que había mencionado la nonna que eran primos de Giulio también. Donato y Flavius eran contemporáneos de él, algo diferentes físicamente pero también guapos y encantadores, aunque ninguno como Giulio.
Nos sentamos a la mesa mientras él preguntaba por sus tíos o sea los padres de los hombres que estaban con nosotros. Donato le dijo que sus padres andaban de crucero por el Egeo en viaje de aniversario de bodas y vacaciones y sus otros hermanos que eran dos más no estaban en Italia, salvo Ángelo que llegaría al siguiente día al igual que su única hermana Lucrezia que viajaba desde Copenhague. Flavius le comentó que su madre —que era la única hija de los abuelos Di Gennaro y viuda desde hacía unos años— tampoco estaba en Italia, ellos vivían en la ciudad de Cosenza, al sur del país ya que para mi sorpresa la familia también tenía una empresa productora y exportadora de aceite de Oliva de la que ella era la cabeza, pero la señora junto con otra de sus hijas estaban en Londres así que sólo estábamos los que teníamos que estar en la Toscana.
La señora Giulietta pidió que le trajeran el pedazo de tarta a Caterina mientras a mí me ofrecía de todo pero que tuve que rechazar inventando que había comido algo en Florencia y que lo único que quería era una copa de vino tinto.
Entablamos todos una plática amena mientras Giulio degustaba de su exquisito guiso y Caterina se comía con más confianza el pedazo de tarta.
—Come despacio nena. ¿Te gusta? —le pregunté.
Asintió feliz, él nos observaba y sonrió, le sonreí también.
—El mes próximo iremos a España —le dijo Piero a Giulio—. Tu madre está ansiosa por ir a Segovia para conocer las residencias.
—Para ese tiempo ya estaré asentado en una casa en Madrid —le contestó después de beber un poco—. Hay una villa preciosa en las afueras que deseo alquilar al menos por unos meses, ya la tengo reservada porque estar en un hotel es sofocante.
—Eres muy guapa Eloísa —me dijo Donato levantando una ceja mirándome con sus seductores ojos avellanados—. Creo que deberé ir a pasear por España también, tal vez vaya con los tíos —sonrió.
Giulio evitó mirarlo directamente porque no le hizo gracia lo que había dicho y yo por cortesía le contesté:
—Lamento informarle que no soy española, quiero decir, si lo soy por nacimiento pero crecí en Inglaterra y Escocia.
—Que maravilla querida, yo soy inglesa —me dijo la nonna—. ¿En qué ciudad creciste?
—Crecí en Essex y después en Stirling, Escocia.
Sonrió maravillada.
—Pues como sea que Giulio te haya encontrado yo quiero su misma suerte —insistió Donato.
—Eloísa es parte de la empresa Donato —le dijo Piero—. Su lugar al lado del presidente de la agencia española le acredita un enorme prestigio y responsabilidad, si quieres esa suerte espera ser presidente de otra de las agencias cuando tu padre lo quiera.
—Tío mi padre insiste en una agencia en América, ¿te imaginas lo que eso será? La verdad no me veo en un rancho en California para empezar —evitó torcer la boca y alzar las cejas.
—Por lo menos yo ya decidí que quiero la francesa —dijo Flavius—. Digo, la agencia en Francia.
Todos sonrieron cuando lo escucharon corregirse.
—Afortunadamente tienes doble herencia entre el vino y el aceite —le dijo Giulio.
—Y que mi madre me permite escoger lo que quiera, siendo que mis hermanas prefieren el aceite —sonrió.
—Demos gracias a Dios que nuestros vinos por su calidad compiten con los mejores e ir a nuevos horizontes en América me parece una buena idea de Lucio —opinó el patriarca Enrico.
—Hombres… —dijo la nonna evitando poner los ojos en blanco—. Estamos en un tiempo familiar por Dios, ¿no pueden dejar de hablar de negocios?
—Donato empezó —Giulio lo acusó.
—¿Yo? —lo miró—. Yo comencé a hablar con tu asistente, quienes terminan hablando de negocios son siempre ustedes.
—Bueno, bueno ya —Giulietta sonrió—. Todos coincidimos en que Eloísa es muy buen elemento en España ya que según Enrico, los futuros inversionistas estaban muy complacidos con la cortesía que tuvieron por allá, tanto, que es posible ya cerrar tratos y eso merece un brindis.
—Nonna tú también terminas hablando de negocios —se defendió Donato.
Todos se rieron por lo que pasaba, se notaban que como familia eran muy unidos.
—Como dice Giulietta estamos muy complacidos contigo Eloísa —me dijo el abuelo Enrico—. La ayuda que le brindas a Giulio la apreciamos de corazón, eres muy eficiente.
—Sólo cumplo con mi trabajo signore.
—Y sin contar su selección de las residencias en Segovia —dijo Piero volviendo al tema—. Sin duda el toque femenino es indiscutible.
—Son hermosas y me encantan —Christina hablaba por fin—. Estoy loca por ir a verlas.
—Insisto que Giulio ha sido muy afortunado —opinó Donato sonriéndome, era obvio por donde iban sus pensamientos.
Giulietta levantó una ceja notando a su otro nieto y luego me miró.
—Una valiosa adquisición para mi nieto sin duda, además de inteligente y preparada también es muy hermosa, no sé qué tanto afecte lo segundo en el plano laboral pero es obvio que al menos él lo debe disfrutar. ¿Qué tal es Giulio como jefe?
La nonna era muy directa y con el comentario hizo que Giulio se atragantara con su vino mientras ella comía su postre muy tranquila, sonreí mientras él se reponía avergonzado.
—Nonna… —la miró suplicándole que ya no hiciera más comentarios mientras sostenía la servilleta en su boca.
—¿Qué? —lo miró evitando reírse—. No sólo amenazas con ahogarte sino que estás más rojo que los tomates de mi huerto. ¿Dije la verdad?
—Debe ser un jefe amargado —insistió Donato—. Te aseguro que yo soy más llevadero.
Giulio le lanzó una miradita mientras su primo se reía en su cara.
—Es un excelente jefe, no me quejo, tanto que hace unos días le presenté mi renuncia y no la aceptó —les contesté.
—¡¿Qué?! —exclamaron todos con asombro.
—Pero Eloísa, ¿por qué? —insistió Giulietta.
Giulio me miró rogándome no decir nada más.
—Un asunto personal que creí manejar a mi manera —les contesté.
—Y me alegra que no haya aceptado tu renuncia —dijo el abuelo Enrico.
—Es lógico abuelo, nadie en su sano juicio querría perder a una mujer como Eloísa —insistió Donato.
Giulio sentía que su primo ya se estaba pasando de comentarios con doble sentido, seguramente deducía que Donato pensaba que entre él y yo había algo y por eso el motivo de mi renuncia, no se equivocó, eso pensaba Donato.
Después del almuerzo los hombres iban a reunirse un momento mientras a mí me llevaban a conocer mi habitación, Christina y Giulietta era muy buenas anfitrionas.
—Es preciosa, gracias —les dije cuando entré, Caterina corrió a la maleta de sus juguetes y comenzó a sacarlos sentándose en la alfombra.
—No tienes nada que agradecer —Christina corría las cortinas de uno de los balcones—. Cuando Giulio nos dijo que vendría contigo nos alegramos por conocerte y Piero le dijo a su padre que serías nuestro huésped.
—Y yo les agradezco mucho esto y más que nada, que me acepten con la niña.
—Tienes un gran corazón Eloísa —Giulietta se acercaba a Caterina mirándola con ternura—. La bambina es muy tierna y muy bien portada, sé que serás una buena madre.
—Dispondré de una persona encargada para la niña, no te preocupes —dijo Christina—. No puedes estar todo el tiempo cuidándola cuando eres el brazo derecho de Giulio y menos llevarla a las reuniones de trabajo porque creo que irán Val d’Orcia el lunes temprano.
—Y yo te ayudaré a cuidarla también, no te preocupes —Giulietta se sentó en una silla cerca de la niña, parecía haberse encariñado con Caterina y eso me agradaba.
—Se los agradezco de verdad, la niña necesita de mucho cariño.
—¿De qué orfanato la adoptaste? —Christina hizo la pregunta fatal mientras se sentaba en uno de los sillones.
—De ninguno —contesté sin dudar sentándome en otro de los sillones también y poniendo mi bolso a un lado.
—¿Cómo? —las dos me miraron.
—La niña mendigaba cerca del Uffizi, seguramente no estaba permitido en el sector pero lo hacía, una mujer sin escrúpulos la explotaba bajo el ardiente sol, la niña perdió a la madre por una enfermedad. La mujer que la tenía la maltrataba así que prácticamente le compré a la niña y le hice firmar un documento cediéndomela, la mujer cree que trabajo para algún orfanato ya que no se opuso y así fue como la adopté de ese modo. El signore Di Gennaro dice que me va a poner en contacto con un abogado para ayudarme con los documentos ya que debo llevarla a España conmigo, tiene la edad para la escuela y justo ya pronto comenzarán las clases.
Las mujeres me miraban asombradas por la historia.
—Eloísa eso es muy delicado —opinó Christina—. Al lado de Giulio eres una figura pública, no dudo que pueda ayudarte pero esa mujer puede reconocerte y acusarte de muchas cosas con tal de sacar más dinero o de recuperar a la niña.
—Mi nuera tiene razón —secundó Giulietta—. Es necesario que tomes medidas, ¿te imaginas que le aparezca un padre y la reclame?
—No, no —la niña corrió hacia mí asustada y me abrazó—. Ese hombre es malo, golpeaba a mi mamá y esa mujer gorda que me tenía es mala, me golpeaba también.
La levanté en mis brazos y la abracé con ternura, al tocarla para limpiar sus lágrimas lo sentí, lo tenía pero la madre había huido de él perdiendo el rastro. Averiguaría quien es porque la niña lo recordaba y le temía.
—No cariño, no llores, con ellos nunca más, ahora estás conmigo y yo te voy a cuidar —le dije llenándola de besos.
Las mujeres estaban asombradas con lo dicho por la nena.
—Tienes un fuerte instinto maternal Eloísa, es admirable para alguien tan independiente y profesional, definitivamente serás una buena madre —me dijo Giulietta.
—Y será mejor no volver a tocar el tema frente a la niña porque capta todo —dijo Christina—. Si recibió traumas será necesario que la vea un psicólogo para que supere esto ahora que está pequeñita, no puede crecer así.
—Yo le ayudaré a superar todo eso —besé su frente.
—Y debe ser urgente —dijo Giulietta.
—Si gustas mañana puedo llamar al pediatra que atendió a Giulio —sugirió Christina—. Ya no ejerce pero es un buen amigo de la familia y no estaría de más que te diera una opinión profesional sobre la condición física de la niña.
—Se lo agradezco.
—Y otra cosa —insistió Giulietta—. Sin conocer de leyes y esos asuntos puedo asegurarte que una de las cosas que el abogado va a sugerir es un cambio de nombre para la niña, ¿lo habías pensado?
—No, la verdad no.
—Estoy de acuerdo con mi suegra —dijo Christina—. Si quieres evitar serios problemas y sacar a la niña de Italia habrá que hacerle documentación nueva, incluyendo nombre, fecha y lugar de nacimiento.
—No tengo esa información, ¿habrá que mentir?
—No será sencillo, no se sabe que tanto la recuerde el padre pero esa mujer que la tenía sí, será necesario crearle otra identidad a la niña.
—Y eso tampoco será sencillo —exhalé.
—Al menos está pequeña —dijo Giulietta—. Con el tiempo olvidará su nombre real para adaptarse al nuevo, piensa como quieres que se llame para que todo eso lo hables con el abogado. Como dice Christina si la niña sale de Italia debe hacerlo con un nombre y apellidos nuevos.
Volví a exhalar besando su cabecita, debía ordenar ese asunto.
Esa tarde me quedé en la habitación junto con Caterina que prefirió jugar para luego dormirse en una profunda siesta.
Por la noche y después que todos cenaran, cuando ya se estaban retirando a descansar bañé a Caterina otra vez y poniéndole su pijama me abrazó con ternura y me dio un beso en la mejilla, mi piel se estremeció. Me miró y sonrió en su inocencia como si supiera quién era yo sin importarle, e hincándose en la cama de frente a un crucifijo procedió a decir su oración juntando sus manitas:
—Ángel de mi guarda, dulce compañía…
Cuando la escuché un nudo me apretó la garganta y mis ojos se llenaron de lágrimas, vi como Ángel apareció a su lado y acariciándole la cabeza sonrió, me miró, sabía lo que pasaba, era como volver a revivir el pasado, era como verme a mí misma hace muchos siglos atrás rezando de la misma manera, él me mostró que así mismo estaba conmigo a esa edad. Después de persignarse Caterina se acomodó acostándose y abrazando a su muñeca, yo me acerqué para arroparla y darle su beso de buenas noches, me acosté a su lado abrazándola esperando que se durmiera.
Poco después cuando ella ya estaba en el país de las maravillas, sentí algo, a él, Giulio estaba cerca aunque algo melancólico a distancia. Con el sigilo que me caracterizaba salí de la habitación para buscarlo y lo encontré, estaba en una de las terrazas de la casa cerca de la habitación que me habían cedido, quise acercarme pero su abuela se me adelantó así que los dejé a los dos dándoles la privacidad que necesitaban para hablar.
—¿Querido? —lo llamó.
—Nonna —le contestó.
—¿Qué haces aquí solo?
—Salí a respirar este aire fresco de la noche.
—Sí, la noche está preciosa y el clima perfecto, el cielo bellamente estrellado y la luna en el cielo… se muestra en todo su esplendor.
—Sí es cierto —levantó la cabeza y miró al cielo—. Es una noche… aparentemente perfecta.
—Te siento extraño querido —se acercó a él y lo sujetó del brazo—. ¿Estás bien?
—Debería estarlo, tengo todo antes de mis treinta años, soy un empresario exitoso, estoy en la cima del mundo, tengo el dinero para comprar lo que se me antoje, tengo a la familia perfecta, soy amado. ¿Qué más puedo pedir?
—La compañera perfecta.
Giulio se giró para verla.
—Sí no me veas así —insistió—. Eres amado por tu familia pero te hace falta el verdadero amor y no me refiero a la plástica estilizada y oxigenada con la que sales, esa mujer no es nada para ti, no te engañes.
—¿Y quién según tú puede ser el verdadero amor?
—Pues no sé, cualquier otra chica menos esa —le palmeó el brazo—. Giulio querido no podrás engañarme por lo tanto no te engañes a ti mismo, sé que estimas mucho a tu asistente y es natural, es una mujer preciosa y con eso que es tan preparada y dependes tanto de ella en la presidencia…
—Nonna no pienses que entre ella y yo hay algo, no…
—Sh… no tienes que darme explicaciones, eres adulto —acarició sus labios—. Creo que la necesitas mucho más en lo personal que en lo laboral, no sólo necesitas el verdadero amor sino formar ya tu propia familia también y presiento que desde que Eloísa llegó a tu vida ni siquiera has pensado en la otra, ¿o me equivoco?
—Nonna… —él sonrió y se mordió los labios—. ¿Por qué nunca simpatizaste con Antonella?
—¿Y lo preguntas? Es una estirada, no me gusta su carácter, sabes bien que no me gustó nada desde el principio, es muy orgullosa y lo hipócrita no se lo quita nadie, además de tonta, podrá ser modelo y ser la imagen de algunas marcas pero es sólo un estuche vacío, es frívola, en ella no tendrás lo que anhelas.
—¿Y crees que en otra puedo encontrar lo que busco?
—En Eloísa podrás hallar mucho más, no sólo es más hermosa, es inteligente, competente, responsable, honesta y lo mejor, que se entienden muy bien, sin contar ese instinto maternal que ha nacido de su corazón, es perfecta para formar una familia. A tu Antonella le importa un comino la familia y tu trabajo, lo único que puede ver es el beneficio del negocio, tú puedes hablarle y hablarle por horas sobre viñedos, el vino, el proceso, la fermentación y todo lo demás y ella fingirá ponerte atención pero sabes que no es así, para ella con saber que una uva verde es ácida y la morada es dulce es suficiente para decirse conocedora. Por favor Giulio, tú eres demasiado inteligente para seguir perdiendo tu tiempo con ese maniquí porque te aseguro que es tan hueca como ellos y para colmo más flaca, pareciera que come una vez al día, en cambio Eloísa es una mujer diferente, preciosa, es instruida, me gusta como habla y como se desenvuelve aunque haya que sacarle las palabras y tenga ese semblante de tristeza. Seguramente lo taciturna es parte de su encanto pero es una mujer segura, ve más allá de lo que ella es mi bambino, mírala cómo es, escudríñala, es posible que te lleves más gratas sorpresas.
Giulio sonrió y bajando la cabeza le besó la mano con devoción, era muy notorio su amor por su abuela. Se quedó un rato pensativo, seguramente pensaba en ella y en mí, ella podría ser superficial pero yo era mucho peor y él lo sabía.
—Quítate ese peso de encima caro mío —insistió Giulietta acariciando su cara—. Termina de una vez lo que sea que tengas con ese maniquí y ve por algo mejor, deja que tu corazón decida, ya verás que no se equivoca.
Le dio un beso con ternura en la mejilla y lo dejó en ese balcón para que siguiera en sus pensamientos, su abuela era una gran mujer. Por primera vez en siglos sentía el cariño de alguien hacia mí pero me dolía saber que no podía ser, ella no se imaginaba lo que yo era y no podía evitar que se decepcionara porque yo no era lo que ella esperaba. Regresé a la habitación.
Media hora más tarde tocaron la puerta con timidez, sabía que era él, vestida en mi bata porque ya había salido del baño y después de cepillarme el cabello me levanté del tocador y le abrí.
—Hola —saludó.
—Hola —contesté
Él sólo dio dos pasos y se quedó a un lado de la puerta.
—¿Ya duerme la niña? —susurró observándola.
—Sí, es la primera vez que duerme en una cama tan cómoda, está profundamente dormida.
—¿Y tú estás bien? —me miró.
—Sí muy bien, gracias, todos han sido muy especiales.
—Sí, especialmente Donato —apretó los dientes.
—Es tu primo, tranquilo.
—Me molesta como te mira y te habla.
—No le hago caso y ya.
—Dime lo que piensa, sé que lo sabes, dímelo.
—Son cosas sin importancia.
—Dímelo Eloísa.
—Estupideces de hombres, nada del otro mundo, no le hagas caso. Sabes que puedo hacer que me olvide en segundos, no tienes por qué molestarte.
—Si tienes que ponerlo en su lugar hazlo, puede propasarse, te lo advierto, está acostumbrado a otra clase de mujeres y cree que todas son iguales.
—Ya sé lo que hay en su cabeza y no te preocupes, ya estoy advertida.
—¿Conoces todo lo que los demás piensan? —se asustó creyendo que podía saber lo que había hablado con su abuela.
—No he penetrado en la mente de tu familia y te prometo no hacerlo, ¿contento?
—Gracias, aunque si Donato se pasa de chistoso… puedes hacerle una de tus maldades —sonrió.
—¿Las maldades que no le hiciste de pequeño?
—Debería cobrarme ya ¿no crees? Al menos su hermano Ángelo es algo diferente, ya mañana lo conocerás.
—¿El pintor?
—El mismo.
—Bueno pues, hasta mañana entonces.
—Debería decirte que descanses pero se me olvida que no puedes hacerlo.
—No importa, descansa tú.
—Buenas noches —abrió la puerta y sonrió.
—Buenas noches —salió y cerré la puerta.
Me acerqué a la cama y me recliné acariciando el cabello ondulado de Caterina, inspiré su aroma a frutas y suspiré, al menos ya mis noches no estarían en soledad a partir de ahora. Me había convertido en otra fiera, en una diferente, en una leona que por su cría haría lo que fuera, el derecho a ser madre que se me había negado lo experimentaría de otra manera y Caterina le daría otro sentido a mi vida, lo sentía al tocarla y lo confirmaría con el paso del tiempo.