Capítulo 25

 

Por la mañana el asunto de lo ocurrido era el debate de los religiosos, después de llevarme el desayuno y curar de nuevo mis heridas el anciano se reunió otra vez con el Abad superior y con otros del consejo, sabía que no sería para nada bueno, él no iba a decírmelo pero lo intuía. Sabía que el hecho de que los soldados no me vieran los iba a hacer dudar y temía porque me creyeran una bruja o algo por el estilo, idea en la que no me equivoqué.

Pasada una hora el anciano John regresó trayendo lo que parecía un vestido muy humilde y notándolo muy triste se sentó al borde de la cama y me miró.

—¿Qué sucede? —le pregunté al verlo así.

—Lo siento Bonnie —suspiró—. Vengo con muy malas noticias.

—¿Malas noticias? —me asusté buscando sentarme.

—No, no, no hagas esfuerzos —me detuvo—. Inclinada estás bien, ya no te esfuerces más.

—¿Pero qué pasa? ¿Por qué está así? ¿Volvieron los soldados? ¿Van a entregarme? —comencé a asustarme.

—No, tranquila, no se trata de eso… directamente.

—¿Entonces? —Miré el vestido que tenía entre sus manos, cosa que me extrañó tratándose de un monasterio—. ¿Por qué el vestido?

—Lamento lo humilde de la tela —lo acarició mirándolo—. No es una pieza fina como la que traías pero… no se pudo hacer nada por él, estaba muy sucio y lleno de sangre por lo que fue mejor quemarlo para que no quedara evidencia de él.

—¿Evidencia de mi presencia aquí?

Levantó la cara para mirarme y asintió.

—Tengo que darte malas noticias Bonnie y prefiero ser yo quien lo haga —continuó después de volver a suspirar—. El Abad superior… desea que dejes la abadía, por mayoría de votación se decidió que era lo mejor para… ellos —frunció el ceño molesto cuando dijo eso.

—¿Quieren que me vaya porque soy mujer? Entiendo —bajé la cabeza.

—No sólo por eso querida —me sujetó la mano—. Hay algo más que no entienden o no desean entender.

—¿Qué cosa?

—Lo que pasó ayer.

Lo sabía, sabía que se trataba de eso.

—No sé si será la mejor excusa que encontraron pero se han valido de eso y todos concuerdan con lo mismo —insistió.

—¿Qué excusa?

—La explicación a que porqué los soldados no te miraron en la habitación.

—¿Y cuál es esa explicación según ellos? —mi piel comenzó a helarse.

—Que algún poder sobrenatural te protege.

—¿Qué? —lo miré asustada.

—Yo les dije que más que eso era un milagro divino, que miraran el poder de Dios sobre ti, eso creo yo, les dije que pusieran a prueba su fe.

—¿Eso les da derecho a acusarme de esa manera?

—Dicen que la manera en la que te salvaste de la masacre es incomprensible, no hay manera de creer que puedas estar viva cuando no había la oportunidad y para colmo la llegada de esos soldados ayer fue el detonante para que esa semilla de duda que ya se había sembrado en ellos creciera. Era imposible que no te miraran, yo también lo creo, no te escondí lo suficientemente bien como para que no dieran contigo, pero cuando se fueron sin encontrarte creí más en el poder de Dios y en el milagro de haberte salvado por segunda vez.

Mis lágrimas caían otra vez pero de rabia, dirigí la vista al rincón cerca de la ventana y en la silla estaba él, Damián, se reía con burla sin quitarme los ojos de encima.

—No llores hija —me palmeó la mano—. Lo que sea que es esta prueba es porque eres fuerte y porque vas a soportarlo y no sólo eso, sino que un gran destino te espera, ten fe, volverás a reír, recuerda la historia de Job y de cómo Satanás lo pidió como prueba para demostrarle a Dios que le servía y adoraba sólo por las bendiciones recibidas y por eso le quitó todo azotándolo hasta con una sarna maligna, pero la fe de Job así como la de Abraham fue probada y resistió, volvió a tener bienes y familia. Dios lo recompensó con mucho más de lo que tenía al principio es por eso que debemos de tener fe hija mía y terminar la carrera aprobados para que Dios nos encuentre aptos así como lo dice el apóstol Pablo.

Apreté los labios y cerré los ojos con fuerza sin poder detener mis lágrimas, no estaba para sermones dominicales sino para que se me hiciera justicia a mí y a mis muertos.

—No se preocupe —me tragué el odio que se avivaba y se revolvía en mí no por él sino por todos los demás—. Me iré, no voy a molestarlos más, tengo la fuerza para caminar.

—Pero hija, ¿a dónde irás? No tienes un lugar, si al menos te permitieran quedarte hasta que sanaras más…

—No lo van a permitir, sé que también deben de creerme una tentación para los jóvenes y lo entiendo, yo le agradezco a usted lo que ha hecho por mí, nunca lo voy a olvidar pero sé que no debo de ponerlos en peligro.

—Iré a la cocina a prepararte algo para que lleves y por mientras cámbiate —se levantó con desgane—. A veces me avergüenza decirme religioso, nosotros no practicamos la piedad como deberíamos.

—No se sienta mal por lo que otros no son capaces de ser, usted me ha demostrado que si tiene piedad y el don de servicio, Dios lo va a recompensar.

Noté como Damián me rodó los ojos con fastidio al escucharme decir eso y el anciano intentó sonreír.

—Lo sé, aunque nuestra recompensa no está en esta vida sino en la siguiente, al menos me queda el gusto de haber servido y de haberlo hecho de corazón. Volveré en un momento.

Caminó tristemente hacia la puerta y luego de salir la cerró, exhalé y terminé de limpiarme las lágrimas, sintiendo el dolor en mi pecho logré sentarme en la cama.

—No quisiera decirte “te lo dije” pero sí, te lo dije —sonrió él cuando nos quedamos solos—. Odio este tipo de gente que se da golpes de pecho y se dicen santos si a la primera mísera prueba le tienen miedo.

—Era obvio que iba a pasar esto, es sólo que esperaba tener un poco más de tiempo.

—Escuchar este tipo me hizo revolver el estómago —torció la boca y miró por la ventana—. Odio que me hagan recordar ciertas cosas.

—¿Lo dices por la historia de Job?

—No lo hagas tú también —me miró molesto—. “¿De dónde vienes?” me preguntó él esa vez. “De rodear la tierra y de andar por ella” le contesté y él continuó: “¿No has considerado a mi siervo Job, que no hay otro como él en la tierra, varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal?” evité hacer una mueca cuando preguntó eso así que igual le respondí: “¿Acaso teme Job a Dios de balde?” sabía que con eso bastaba para provocar y lo conseguí, insistí diciendo: “Al trabajo de sus manos has dado bendición; por tanto, sus bienes sobre la tierra. Pero ahora extiende ahora tu mano y toca todo lo que tiene y verás si no blasfema contra ti en tu misma presencia.” Y como ya conoces la historia él me permitió ponerlo a prueba quitándole todo pero sin tocar su vida.

—¿Y tú hiciste lo mismo conmigo? —Lo miré con desprecio—. ¿Me quitaste toda la felicidad que había conocido desde que nací para probarme como a él?

—Yo no tuve nada que ver querida, no me juzgues, no esta vez, vi todo pero sin hacer nada, mi objetivo eras tú.

—¡¿Y por eso no hiciste nada para salvar a mi familia?! —le grité molesta.

—Mi misión no es salvar, excepto lo que me conviene y puedo asegurarte que te daré el mejor de los regalos para compensarte lo que has pasado. Si Dios quiso probarte ese no es problema mío y mucho menos es mi problema el que no tengas las fuerzas para resistirme sino para sucumbir a mí y a la seducción del poder que pienso darte.

—Voy a cambiarme, quiero que te vayas —me puse de pie con dificultad, me sentía un poco mareada.

—Te daré privacidad pero no me voy, vas a necesitarme y yo sí estaré aquí para ayudarte.

Cuando giré mi cara para verlo ya no estaba, había desaparecido. Me cambié como pude y luego me sujeté mi cabello con una cinta del mismo vestido, como lo dijo el monje era bastante humilde, parecía una moza, una campesina como cualquier otra, era imposible que pudieran reconocerme así, sin maquillaje lucía pálida, no iban a poder asociarme con la que había sido considerada “la joven más hermosa de Edimburgo” título que mi amado secundaba muy orgulloso.

—¿Cómo te sientes? —El monje entró llevando algo envuelto en un pañuelo—. Toqué la puerta y creo que no me escuchaste.

—Estaba distraída —le dije sentándome en la cama un momento.

—¿Te sientes débil?

—La verdad sí —me sujeté el hombro.

—Voy a ponerte un vendaje a modo de que apoyes el brazo —dijo sacando unas gasas del interior del pañuelo—. Debes mantener el brazo flexionado y voy a enlazar el vendaje a tu cuello, así no te molestará mucho y evitará también que hagas movimientos bruscos con el brazo, sirve que también evita que toques algo sucio con la mano herida, intenta siempre mantener la venda porque es un área más propensa a las infecciones.

Asentí y procedió a hacer lo que había dicho, me enseñó cómo se debía hacer para que yo sola después pudiera hacerlo.

—También te pongo entre estas cosas este pequeño frasco con el ungüento de hierbas que te ayudará a evitar infecciones, esto te ayudará a cicatrizar, póntelo por la mañana y por la noche con las manos limpias y luego coloca una venda nueva para que las heridas eviten exponerse a la suciedad. Después te colocas la venda en el brazo y en el cuello y listo, así podrás mejorar en unos cuantos días, al menos la fiebre no ha regresado y eso es bueno.

—Gracias —susurré—. Prometo hacer lo que me dice y espero poder estar bien muy pronto.

—En estas servilletas llevas pan, un pedazo de salchichón asado y un pedazo de queso, no es mucho pero al menos cenarás y desayunarás mañana, también en este frasco te puse un poquito de mermelada de durazno, en esta bolsa jugo de frambuesas y en esta otra agua fresca.

Una lágrima se escapó de mis ojos y bajé la cabeza, este hombre si me había demostrado su compasión y su buen corazón al hacer todo eso por mí.

—No llores Bonnie, vas a hacer llorar a este viejo también.

—Le estoy agradecida hermano John, muy agradecida.

—No tienes porqué, nuestro deber es ayudar a nuestros semejantes.

—Y me alegra que usted si entienda el significado de eso.

—También te traje esto —sacó una pequeña manta de algodón cuadriculada como los tartanes escoceses—. No es tan grande pero al menos te ayudará con el sereno de la noche y te mantendrá un poco calientita y si te acurrucas bien en ella.

Con la misma manta se limpió las lágrimas que caían por su cansado rostro, un rostro cansado por el paso de la edad.

—Gracias —me limpié mis lágrimas también—. No tengo como pagarle lo que ha hecho por mí, le prometo que jamás lo olvidaré.

—Yo no tengo monedas y nada de eso pero… —sacó de su bolso un pequeño relicario—. Esto te puede servir en tu necesidad, puedes venderlo y con las monedas que te den sobrevivir unos días más.

Miré la joya y era preciosa, el medallón que colgaba de la cadena tenía forma de gota y en su centro una rosa tallada a manera de relieve, noté que era fina no una baratija cualquiera, parecía ser plata pura.

—No hermano John, no puedo…

—Por favor Bonnie —lo vas a necesitar.

—Buscaré trabajo de lo que sea, no se preocupe pero no voy a aceptarle este regalo, debe de valer mucho para usted, es una joya muy fina.

—A mí no me sirve —la acarició—. Quien debía usarla… nunca más la podrá usar.

—¿Cómo dice?

Volvió a limpiar sus lágrimas y suspiró, acarició la joya y continuó:

—Esta joya le perteneció a mi abuela y luego a mi madre, yo la heredé para que mi única hija la portara algún día.

—¿Hija? —Me hizo abrir los ojos con asombro—. ¿Usted tiene una hija?

—La tuve —volvió a suspirar—. Yo fui un hombre normal como todos, un señor como cualquier otro que vivió en Inglaterra, tuve lujos y nada me faltó, pero debido a mi posición como heredero también tuve enemigos y muy silenciosos que me fingieron amistad por muchos años hasta esperar el momento de atacarme. Me casé enamorado de una mujer tan preciosa como tú, la que me hizo muy feliz, tuvimos cuatro hijos y la menor era una jovencita que… puedo verla a ella en ti. Mis hijos crecieron y mientras los mayores permanecían solteros viviendo su vida como la querían sin escuchar el consejo de los padres a mi niña pronto me la llevaron, se enamoró a los diecisiete de un jovencito como ella y dos años más tarde decidieron casarse. La ceremonia se llevó a cabo como todas las demás en el exterior de mi casa y al cobijo de una fresca noche de luna, mi niña se miraba bellísima y feliz, pero la desgracia llegó también justo esa misma noche cuando irrumpieron en la boda hombres nobles y sus seguidores que me acusaron de vender mi mercancía de productos lácteos y agrícolas para los enemigos del rey Eduardo III y abastecerlos para que tuvieran reservas para la batalla que se planeaba violando así un tratado que había entre los monarcas. Me mostraron documentos en los que me habían pagado enormes sumas en oro y así mantenerme comprado, me acusaron de traición a la corona inglesa, todo fue una mentira y no sé cómo se valieron de documentos que acreditaban las compras y ventas, pero lograron su cometido, rogué que no hicieran nada durante la fiesta y que después yo mismo los iba a acompañar a rendir cuentas de lo que pasaba pero tampoco eso les bastó. “Igual irás a rendir cuentas ante el rey que ordenará que te pudras en algún calabozo o ejecutarte, así que no le des largas al asunto” me dijeron “Por lo pronto queremos algo más valioso para divertirnos ahora, queremos que el botón de rosa de tu hija nos caliente las pelotas” “¡Jamás!” les grité enfurecido, algo con lo que el ya esposo de mi hija y sus hermanos me secundaron y sin pensarlo la primera gota de sangre se derramó cuando mi yerno enardecido y movido precipitadamente por la provocación sacó su espada y sin pensarlo se lanzó sobre el primero de los hombres, fue así como comenzó todo. La boda de mi hija se volvió un infierno en segundos y la masacre arrasó con todo, los nobles nos superaban en número y ni siquiera los pocos invitados se salvaron, todos los que eran inocentes murieron esa noche, a mí me hicieron dos tajos; uno en el brazo izquierdo y otro en mi costado, caí al suelo desangrándome y me dejaron así para que pudiera ver todo lo que pasaría después, fue un tormento el no poder moverme para pelear más por mi gente. Vi como una lanza atravesó el cuerpo de mi esposa, vi como degollaron a mis hijos, vi como golpearon salvajemente e hirieron de muerte a mi yerno para que de esa manera y en su desesperación por sentirse inútil pudiera ver lo que le iban a hacer a su esposa. Los tipos la rodearon, no eran menos de quince y ella comenzó a retroceder asustada, yo intenté incorporarme para defenderla como pudiera pero lo que vi nunca me lo imaginé, con el rostro bañado en lágrimas y su vestido blanco en sangre mi hija con valor se alcanzó un enorme cuchillo de la mesa del banquete, el mismo con el que iba a partir su torta de bodas y sin pensarlo se lo encajó en el estómago a la vista de todos, yo grité en mis adentros porque la voz no me salió, su marido si gritó al verla. Con el cuchillo en su estómago ella siguió retrocediendo hasta llegar al borde de un despeñadero, miró hacia abajo y noté como su rostro mostró serenidad por un momento, vi sus labios moverse sin saber lo que dijo para sí y sin dudarlo se lanzó a las rocas del abismo, mi hija prefirió acabar con su propia vida el mismo día de su boda que permitir que esos perros la ultrajaran.

El monje no pudo más y llorando amargamente se desahogó, yo estaba en shock después de haberlo escuchado, pude imaginarme todo eso, era como si volviera a revivir lo que me había pasado y el dolor volvió a mí, lloré con él también.

—Yo… no entiendo… —comencé a balbucear—. No entiendo cómo es que usted… después de lo que le pasó…

—¿Viví?

—Y no sólo eso, ¿cómo pudo dedicar su vida a Dios cuando él permitió que le quitaran todo?

—Jehová dio y Jehová quitó, sea el nombre de Jehová bendito —murmuró.

—Por favor ya no cite a Job —resoplé.

—A pesar de todo él me permitió vivir, perdí el conocimiento y no supe más hasta que en la madrugada me vi en medio de todos los demás cadáveres incluso el de mi esposa e hijos, mi yerno y su familia y todos los demás, no dejaron a nadie vivo. Me levanté como pude y con la luz de luna enfoqué mi vista quitándome la sangre de mi cara, habían cavado una enorme fosa y nos metieron a todos allí, cuando asomé la cabeza los vi a lo lejos en lo que quedaba de mi casa que se estaba quemando, ellos bebían y comían y reían como si no hubieran hecho nada, luego los miré con antorchas y supe lo que iban a hacer; quemar a los cadáveres también. Salí del agujero arrastrándome y lo hice con las fuerzas que me quedaban, me arrastré entre la tierra y la sangre hasta lograr llegar al otro extremo del despeñadero, era imposible que pudiera ver el cuerpo de mi hija debido a la oscuridad así que después de ver como esos malnacidos prendían fuego a todos los cuerpos volví a arrastrarme hasta lograr bajar un poco y hacerme hueco entre dos rocas que me albergaron lo que restaba de esa madrugada, no me importaba desangrarme, no me importaba morir, quería irme con mi gente pero Dios no lo quiso. Cuando amaneció y el sol me daba sus rayos en la cara creí que iba a despertar en la otra vida pero no fue así, uno de mis más fieles clientes supo lo que había pasado y siendo testigo de lo que miraba con la luz del día sin saber yo que él estaba cerca me escuchó quejarme y me auxilió, me subió a su carreta, me cubrió con la paja que cargaba y me llevó a su casa donde él y su mujer me cuidaron hasta que las heridas de mi cuerpo comenzaron a sanar. Luego hablamos sobre lo peligrosa que era mi situación si mis enemigos se daban cuenta que estaba vivo, por lo que una vez repuesto de salud él mismo me llevó a un monasterio de frailes y ellos me acogieron sin conocerme, asombrosamente sentí la paz de Dios y la busqué, decidí tomar los hábitos y volverme uno de ellos, dejar de ser lo que era si quería vivir y esperar el tiempo de Dios para mí. Luego con los años llegaron unos monjes de otra denominación buscando hermanos dispuestos a servir en una abadía en Escocia y vi eso como una oportunidad para salir de la pútrida Inglaterra, decidí acompañarlos y desde entonces estoy aquí. Este relicario es lo único que me recuerda lo que pasó y por eso siento que es una cadena que me ata a un tormentoso pasado, no es que quiero que cargues otro peso más pero por ahora te servirá más que a mí, esta joya se la iba a poner en el cuello a mi hija como recuerdo antes de que se fuera con su marido pero no tuve el tiempo para hacerlo, todo el tiempo la tuve en el bolso del traje que usaba y es lo único que me tortura de ese fatídico día, por favor Bonnie, llévatela, ya soy viejo y pronto el señor me llamará a su lado que espero sea como siervo aprobado, al menos dame el consuelo que la tendrás o que te servirá para sobrevivir.

Me limpié las lágrimas y la sujeté entre mis manos, la observé bien.

—Por ahora lo necesitas más que yo —insistió—. “No lo digo porque tenga escasez, pues he aprendido a contentarme cualquiera que sea mi situación. Sé vivir humildemente, y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad. Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.”

Negué mientras lloraba ante sus palabras, sentía que las decía con poder como si fuese el mismo Pablo, John era un gran ejemplo de lo que es un seguidor de Cristo, era admirable pero yo no podía sentirme como él.

—Espero honrarlo hermano John —murmuré—. Espero ser digna de tal regalo por lo que significa para usted, le prometo no venderlo y conservarlo conmigo hasta que…

—Hasta que lo heredes Bonnie —me sonrió acariciando mi cara—. Sé que tu postrer estado será mucho mejor que el primero, sé que serás feliz en el futuro y que tendrás una nueva oportunidad de rehacer tu vida, si es así no la desperdicies, no la pierdas, tendrás hijos e hijas y así esta joya pasará de generación en generación recordando el amor de un padre hacia una hija.

Lloramos de nuevo y nos abrazamos, él se desahogó otra vez y yo también, la lección de vida que este hombre me había dado la iba a recordar siempre.

Nos preparamos para bajar, él llevaba el bulto que ocultaba el pañuelo mientras que yo con cuidado me aferraba de su brazo y caminábamos lentamente, al llegar a la entrada de la abadía habían algunos monjes jóvenes cerca de la puerta y allí mismo estaba el Abad mayor junto con algunos otros que supe eran los que habían votado a favor de mi “destierro” el hermano John me dio lo que me había preparado y me acompañó hasta estar más cerca de ellos.

—Señorita le pedimos por favor no mencionar a nadie lo que hicimos por usted —me dijo el Abad con un tono extraño—. Como también que no mencione que estuvo usted aquí, es muy peligroso.

Apreté los labios para evitar una mueca.

—No se preocupe, no diré nada a nadie, además estoy muy agradecida con el hermano John, sin sus cuidados… seguramente no hubiese sobrevivido.

El Abad me miró con seriedad, entendió muy bien sólo para quien era mi gratitud.

—Que el señor te bendiga Bonnie —el hermano John se colocó a mi lado y me hizo verlo—. Que el señor te bendiga y te guarde, haga resplandecer su rostro sobre ti y tenga de ti misericordia, que el Señor alce sobre ti su rostro y ponga en ti paz —después de decir la bendición sacerdotal luego hizo la señal de la cruz sobre mi cara—. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo…

Extendió su crucifijo llevándolo a la altura de mi boca, me miró abriendo un poco más los ojos y entendí lo que quería, era una súplica para que yo saliera con la frente en alto de la Abadía.

—Amén —terminé de decir y besé el crucifijo ante la vista de todos.

Respiró aliviado y me sonrió, luego me besó la frente y me despidió, caminé lentamente hacia la salida y antes de salir completamente me volví a él y le sonreí en agradecimiento, luego caminé de nuevo dándole la espalda a todo y sin mirar atrás, los monjes fueron testigos de lo que hice y el hermano John podrá regocijarse parcialmente en que tenía razón y los demás deberán dársela. Al besar un crucifijo se dieron cuenta que no lo rechacé, al besarlo se dieron cuenta que no era una bruja ni una hija de las tinieblas, les mostré que era una simple mujer caída en desgracia pero que pronto se iba a levantar de las cenizas para resurgir y tomar su venganza, una venganza que me daba las fuerzas para dar cada paso que me alejaba más de la Abadía y de todo lo que yo era. La chica moribunda que había llegado había muerto en ese lugar y la que ahora caminaba era otra muy distinta.

—No aún —la voz de Damián hizo girar mi cara, caminaba a mi lado como cualquier otro monje sólo que esta vez su vestimenta era negra.

Viéndolo a mi lado si pude constatar lo alto que era, casi como mi Edmund, me intimidó.

—¿Qué? —lo miré sin entender.

—No eres una hija de las tinieblas “Bonnie” —sonrió conociendo mis pensamientos—. No aún pero falta poco, el sermón del monje estuvo bastante conmovedor pero agradezco que no lo suficiente como para hacerte desistir de tus propósitos, yo voy a darte la oportunidad de resurgir de las cenizas cual ave fénix, más hermosa, más fuerte, completamente renacida y con el poder para que consumas y destruyas todo.

Evité ponerle los ojos en blanco al verlo tan sonriente, parecía saborear una victoria. Seguí caminando sin rumbo fijo, sin saber a dónde ir ni qué hacer, estaba completamente sola para enfrentarme a un mundo que me mostró ser tan despiadado como yo también lo sería con quienes arruinaron mi vida. Sentía que la oportunidad de vengarme estaba muy cerca e iba a aprovecharla al máximo.