Capítulo 18

 

 

Estaba de pie observándome, no lo sentí llegar, me miró con detenimiento y luego se sentó frente a mí. No podía quitarle los ojos, se había afeitado y al verlo así… evité retorcerme en mi silla.

—Perdón por la demora. ¿Tiene mucho tiempo esperándome? —me preguntó al notarme.

—No mucho, no se preocupe —reaccioné.

—Hubiera pedido algo de comer para empezar, no era necesario esperarme.

—No hay problema, no tengo hambre.

Se detuvo para verme de nuevo, no quise saber lo que pensaba.

—Señorita Alcázar ¿sabe que comienza a preocuparme esa condición suya? desde que la conozco no la he visto comer como es debido y si esa es su manera de conservar su figura debo decirle que menos entiendo, me gustaría que la viera un médico.

—No es necesario, estoy bien.

Volvió a clavarme los ojos mientras sujetaba la carpeta del menú, estaba sintiendo que este hombre no me creía nada. Al verlo el camarero se acercó de nuevo a nuestra mesa.

—¿Puedo tomar su orden señor? —preguntó.

—Aún no he visto lo que tienen, vuelva en diez minutos.

—Como guste.

Dio la media vuelta y se fue.

—Ya que tiene rato aquí… ¿Qué sugiere para desayunar? —me preguntó abriendo la carpeta.

—Tampoco he visto lo que hay —contesté mirando por la ventana.

—¿Cómo?

—Sí, lo siento, no he visto nada, perdón, creo que le fallé como asistente. Seguramente hubiera sido mejor ordenar algunas cosas para esperarlo con la mesa dispuesta pero no conozco su gusto por la comida.

Me miró evitando fruncir el ceño y un poco desconcertado.

—¿Es sarcasmo? —preguntó seriamente.

—No señor, disculpe —bajé la cabeza.

—¿Le pasa algo? La noto extraña, parece más triste de lo normal.

—No es nada, es sólo que no dormí bien.

—Pues ya somos dos —volvió la vista a la carpeta—. Anoche apenas y pedí algo ligero a la habitación pero creo que no me cayó bien, tampoco pude dormir normal, tuve pesadillas.

Supe a lo que se estaba refiriendo, pero no me hizo gracia saber que al soñar conmigo le llamara pesadillas.

—¿Habrá sido por el cambio de domicilio? —opiné fríamente—. Algunas personas no duermen bien la primera noche en un lugar extraño.

—Puede ser, desde pequeño me ha pasado eso, esto de viajar poco me gusta.

Lo miré sin decirle nada, Edmund era así también, me decía que poco le gustaba viajar porque siempre tenía pesadillas la primera noche a donde iba a dormir.

—¿Y se siente cansado? —pregunté.

—Un poco, al principio siento que dormí bien pero después…

—¿Ya lista su orden señor? —el mesero volvió y yo comenzaba a fastidiarme, era mejor ordenar de una vez.

—Sí, sí, tráigame un jugo de naranja con unas tostadas francesas, huevos revueltos con jamón y un tazón de frutas mixtas.

—Muy bien, ¿y usted señorita?

Giulio me miró esperando que también ordenara todo lo que tuvieran disponible.

—Un jugo de uvas nada más —contesté.

El camarero y él me miraron abriendo los ojos incrédulos.

—¿Sólo eso? —preguntó mi jefe.

—Sí señor, sólo eso.

Sin remedio le dio las carpetas al mesero y éste volvió a dejarnos, exhalé.

—Cuando vayamos a Italia quiero verla comer pizza —me dijo mirándome fijamente—. Sin peros y sin excusas se va a sentar conmigo en una mesa dispuesta al aire libre, teniendo como vista panorámica nuestras tierras toscanas y acompañados del mejor vino, o sea del nuestro va saborear la más exquisita pizza que haya probado, la de mi abuela Julieth o Giulietta como la llama mi abuelo.

Lo miré abriendo los ojos, eso no iba a estar bien y no sabía hasta donde llegar con esta farsa de ser humana normal.

—¿Pizza? ¿De su abuela? —pregunté tontamente.

—Así es —bebió un poco de agua de una copa—. Es la mejor pizza en toda Italia para mí, ella es inglesa pero como se casara con mi abuelo italiano se mudaron a la Toscana desde entonces y fue así como ella para complacer a su marido aprendió a conocer la cocina italiana, mi querida señora tiene unas benditas manos que adoro, hace unos manjares que nunca los tendrá el mejor restaurante porque el principal ingrediente para ella es el amor en lo que hace.

“El amor” —pensé medio curvando mis labios mientras miraba el mantel de la mesa.

—¿Qué le pasa? —me miró.

—Nada, nada —suspiré llevándome una mano a la cabeza.

—Señorita Alcázar, ¿sabe que su manera de ser me intriga?

—¿Por qué?

—Porque es un completo enigma, no saber nada de usted comienza a obsesionarme.

—Cuidado con la obsesión —le advertí.

—Lo sé, es peligrosa pero creo que usted bien vale la pena el riesgo, el no saber lo que es, lo que dice o lo que piensa comienza a desconcertarme, eso es usted una mujer desconcertante, no había conocido a alguien así y es atrayente.

Nos miramos por un momento como si quisiéramos decirnos muchas cosas, como si él quisiera decirme lo que susurró en su delirio en la madrugada y yo… quería gritarle lo que yo era para que me aceptara de esa manera o me echara de su lado pero a lo segundo le temía. Recordarlo como en la madrugada hacía que mi cuerpo sin vida comenzara a reaccionar a estímulos como creí que no era posible, sus labios, sus susurros, sus caricias hizo que por un momento me retorciera en mi silla sin poder evitarlo. Afortunadamente el mesero esta vez sí llegó a tiempo con la orden, cuando dejó todo en la mesa y nos deseó buen provecho, él mientras extendía la servilleta continuó:

—Sabe señorita Alcázar, es usted una magnífica compañía salvo por una sola cosa.

—No creo ser una magnífica compañía, como ha visto soy bastante aburrida pero me intriga saber cuál es el único defecto que me encuentra.

—Pues obviamente no es su modestia —bebió su jugo muy sediento—. Sino esto precisamente, el prácticamente comer solo, eso es algo que no me gusta, no me gusta que me vean comer.

—En ese caso no hay problema, me concentraré en observar el paisaje por la ventana mientras come, así que hágalo con confianza.

—¿Ahora intenta burlarse de mí? —preguntó mientras le ponía mantequilla a su tostada.

—No señor, sólo intentaré complacerlo para que no se sienta mal.

—Si quisiera complacerme haría lo que yo quisiera.

—¿Y qué es lo que usted quiere?

Se detuvo para mirarme con detenimiento, sentí que no debí haber preguntado eso y para colmo no podía saber lo que pensaba aunque lo intuyera por su manera de observarme. Estaba segura que su sueño le perturbaba y lo tenía muy presente. Deseaba una explicación sobre lo que soñó, una explicación que ni él mismo podía darse y menos yo.

—Pues para comenzar verla comer —continuó disimulando—. ¿Segura que no se le antoja nada?

Intenté sonreír.

—No, nada, estoy bien.

Al contrario, no estaba bien, ver toda esa comida me daba náuseas pero debía disimular.

—Señorita Alcázar usted es una mujer muy bonita y lo fuera aún más si vistiera con colores vivos y sonriera como las demás mujeres, quisiera ayudarle a sobrellevar su tristeza o lo que sea que la atormente y que no la deja en paz pero… no creo que me lo permita y es una lástima. ¿Ha llorado verdad?

—¿Cómo sabe que he llorado? —me sorprendí.

—Simple, tiene los ojos rojos y un poco inflamados y ayer no estaba así. ¿Qué le pasa? ¿Tiene el paisaje de Segovia algo que ver?

No era posible que ni siquiera me regenerara como antes, no era posible que las secuelas de mi debilidad ya estuvieran a la vista humana, definitivamente no estaba bien.

—¿Signorina? —movió una mano para hacerme reaccionar, esperaba su respuesta.

—No, no es Segovia —le contesté sacudiendo la cabeza.

—¿Entonces?

Bajé la cabeza, no podía hablar, no podía decir nada ni sobre James, ni sobre Damián y menos sobre mi Edmund al que tenía más presente con fuerza cada vez.

—No sé si el estado de ánimo tendrá algo que ver —continuó mientras tomaba más jugo al ver que yo no quería decir nada—. Pero muchas veces me he sentido igual que usted, a veces ando triste sin saber el motivo pero generalmente es por algún sueño en especial, es una sensación de vacío que siento. Cuando sueño siento que el alma me sale del cuerpo y vive experiencias que por alguna razón siento como si ya las hubiera vivido, es como un recuerdo, otra vida pero pasada o algo así, la verdad no entiendo y cuando despierto siento que algo pesado me cae al cuerpo de nuevo y me levanto cansado, anoche por ejemplo me pasó otra vez.

Frunció el ceño bebiendo más jugo y se detuvo.

—¿Otra vez? —le di toda mi atención al confirmarme que no era la primera vez que lo soñaba—. ¿Qué pasó anoche?

Por un momento noté que miró mi cuello, se enfocó en mi cadena, la miró fijamente y yo me asusté, creí que por fin la reconocería.

—Soñé que estaba en Escocia —comentó sin más interés—. ¿Usted vivió allí verdad?

—Sí.

—Pero el paisaje que yo veía era otro, nada que ver con este, quiero decir que no era una ciudad como las de ahora, sé que mencioné Edimburgo pero a decir verdad…

—¿A decir verdad qué? —insistí curiosa.

Su mirada se volvió a mi anillo y yo deseaba albergar una pequeña esperanza que me hiciera volver a vivir.

—Nada, nada, creo que seguramente lo que usted la ha mencionado mi subconsciente lo retiene, tal vez es que desee conocer la ciudad.

—Puede ser —evitaba decepcionarme.

—Pero en mi sueño era como si fuera una Escocia del siglo no sé qué.

—¿Cómo? —mi piel se heló.

—Sí, suena tonto pero es como si… no sé… el escenario era como en la edad media o algo así, yo mismo me miraba vestido de manera extraña, hasta me sentía un poco de barba, algo más que la que usaba.

Comencé a temblar cuando lo escuchaba, no estaba mintiendo, estaba concentrado al describir los detalles.

—¿Y por eso se afeitó? —pregunté para disimular.

—En parte —se tocó la mejilla, se quedó un rato pensativo y después continuó—. Me miraba en una especie de almena en un castillo de piedra o algo así, debí ser una especie de noble, conde, duque, o tal vez príncipe, el caso es que me miraba muy bien vestido, la ropa era antigua pero fina, podía sentirla en la tela pero lo que más me importaba en el sueño era…

—¿Era qué?

—Una mujer —bebió más jugo.

Evité abrir la boca pero mi respiración comenzaba a acelerarse.

—Es natural que hasta en sueños se fijen en mujeres, es usted hombre, no tiene nada de extraño. ¿Y cómo era ella?

—Muy hermosa —me miró—. Creo que en el sueño estaba muy enamorado porque me parecía un ángel, su apariencia tan delicada, su cuerpo tan perfecto, su piel, sus ojos, su cabello, su boca…

Lo miraba embobada, necesitaba que fuera más específico y por primera vez algo dentro de mí se agitaba tempestuosamente, ¿mi corazón otra vez? No podía afirmarlo, había dejado de latir de nuevo pero lo que él me decía hacía que me sintiera un poco más viva sin el velo de ilusión de la madrugada.

—¿Y ese ángel tenía un nombre? —inquirí mostrándome interesada.

Me miró dejando de revolver los huevos en su plato y volvió a bajar la mirada, noté un leve rubor.

—Pues creo que tanto estaba enamorado de ella que… se me pasó ese detalle, no sé su nombre.

Comió con rapidez, había mentido, él sabía cómo se llamaba, la llamó Arabella y ese es mi primer nombre, luego la llamó Eloísa como me llamaba también. ¿Qué significaba todo eso? ¿Qué clase de juego era ese? Bebí disimuladamente mi jugo, al ser de uva imaginaba que era vino y evitaba fruncir el ceño para que él no me notara el desagrado.

—Hasta en los sueños los hombres son hombres —le dije tranquila—. Aunque generalmente las mujeres queremos ser inolvidables, así que ese ángel no va a sentirse bien si su enamorado ni siquiera sabe o recuerda su nombre.

—¿Le ha pasado soñar algo específico y luego no recordarlo?

—Es una característica muy humana.

—Pues eso me ha pasado, sé que estaba con ella, la tuve en mis brazos, estaba embriagado por tenerla tan cerca pero… olvidé su nombre.

—Tal vez vuelva a soñar con ella.

—Sería extraño pero me gustaría, me asusta pero me gustaría.

Lo sentía un poco incómodo con la plática y más al moverse en su silla como si hubiera evitado retorcerse por algo, ¿sería su erección que lo inquietaba queriendo avergonzarlo? parecía no querer hablar más sobre el asunto, parecía apenado y lo estaba disimulando, respeté eso y evité seguir indagando aunque la curiosidad no me dejara en paz.

Terminó de comer y al pagar la cuenta salimos del restaurante, me hizo caminar primero diciéndome los planes del día pero cuando giramos a uno de los pasillos para las habitaciones por un momento dio un brinco y se detuvo.

—¿Qué le pasa? —le pregunté.

Me miró como si hubiera visto un fantasma, estaba pálido y asustado, no podían controlar su respiración.

—Nada —reaccionó muy serio.

Su manera de verme no me gustó pero debía disimular y no hacerle más preguntas para no molestarlo.

—¿Entonces? ¿Qué lo tiene así?

—Dije que nada —caminó más a prisa dejándome atrás—. Vaya a su habitación y aliste todo, en media hora nos veremos en el vestíbulo para regresar a Madrid.

Me había desconcertado, sonó firmemente tajante y molesto, no íbamos a regresar esa mañana y había cambiado de planes tan de repente cuando acababa de decirme que iríamos a las propiedades, ¿por qué?

—Como quiera —me limité a decirle ante su frialdad.

Dejé que avanzara solo, no era el mismo hombre con el que había desayunado, no era la misma persona con la que había venido trabajando. ¿Qué le pasó para actuar así? Parecía que yo misma le había hecho algo pero no entendía nada, así que retrocediendo por el pasillo por el que veníamos quise verlo para encontrar alguna pista que me iluminara y la encontré, mi piel se heló más y me estremecí como lo hacía el frío a una piel tibia, estaba asustada y no tenía idea de lo que iba a hacer para que él olvidara lo que había visto, un espejo mediano decoraba una de las paredes y al aparecer en dicho pasillo la imagen del transeúnte se reflejaba. ¡¿Cómo diablos no lo vi?! Eso fue lo que pasó, él miró, él pudo ver que caminaba solo, él no pudo ver mi reflejo. Me llevé las manos a la boca, comenzaba a desesperarme, debía actuar rápido antes de que las cosas se me siguieran escapando de las manos.