Capítulo 27
Caminé con las fuerzas que tenía, caminé sin detenerme, caminé hacia el horizonte que me había fijado sin importarme nada. Encontraba campesinos con sus animales y pastores con sus ovejas y cabras, unos caminando, otros montados y otros en carretas, encontré también uno que otro soldado pero gracias a Damián me ignoraban, pasaba también frente a una que otra cabaña pero nada me detenía, no deseaba hacerlo, caminando comía un poco y así mismo bebía también, alzaba la vista al cielo deseando que el sol fuera benevolente cuando caminaba bajo su calor, luego sentía alivio cuando lo hacía bajo la sombra de los árboles y más alivio sentía cuando las nubes lo ocultaba. De esa manera y teniendo en mi mente sólo un propósito, pasado el atardecer por fin pude divisar la colina del Ciervo y los latidos de mi corazón comenzaron a ser más fuertes.
—Falta poco no voy a desfallecer —me dije a mí misma acelerando el paso, mis pies me ardían pero no me importaba.
Subí la colina, mis piernas me pesaban y aunque terminé arrastrándome lo hice, detrás de ella iba a ver lo que no deseaba y a la vez sí, al llegar a la cima quedé boca abajo y pude contemplar los despojos de lo que una vez fue mi hogar, el hogar en el que mi familia y yo nos mudamos y el hogar que formaría con mi amado. Iba a convertirme en la señora de Comwellshire, en la esposa de Edmund MacBellow y en la futura cuarta duquesa de Westhburry, lloré al ver aquello, era horrible, aún las aves de rapiña sobrevolaban el sitio, el castillo eran ruinas completas, el esplendor que tuvo una vez había caído.
—Hay uno que otro soldado todavía —murmuró Damián—. No dejan de vigilar, ya se cercioraron que no hay nada y aún así permanecen en el lugar, esperan que la “prometida desaparecida” aparezca, no son tontos, saben que puede volver, unos discuten que estás muerta pero otros no y esa duda los está volviendo locos debido al peso que McClyde les ha impuesto.
—Quiero acercarme —dije apretando los dientes y arrancando la hierba que tenía en mis manos—. Acércame, dame el poder para hacerlo, permite que pueda recorrer todo, déjame hacerlo con total libertad y luego dame el poder para volverlos locos a todos antes de matarlos. Es mejor que me crean muerta, las almas no van a descansar y haré que mi fantasma los atormente y los vuelva locos, haré que dejen esta tierra y no vuelvan a poner un pie en ella porque el que lo haga morirá.
Me puse de pie y cogiendo mis cosas caminé decididamente hacia el lugar, quería ver la cara de cada uno, quería ver por mí misma lo que había quedado y serían mis lamentos los que escucharían a la media noche, haría que sintieran un escalofriante miedo que no los hiciera volver. Con valentía seguí caminando observando las almenas que aún se mantenían, cuando llegué aún el humo en el ambiente lo hacía irrespirable, lo que pudieron lo volvieron cenizas y sólo la piedra se mantenía de pie, si antes eran grises ahora lo negro opacaba más el color, toqué una pared y lo que quedó en mi mano fue hollín, cerré el puño y lo apreté, por cada piedra del castillo cada uno pagaría así que tenía bastante trabajo que me mantendría ocupada. Crucé hacia el interior sorteando el quebrado puente levadizo para no caerme al foso, habían derribado la reja principal, las gruesas cadenas estaban cortadas, de lo que fue la pequeña villa de la servidumbre no quedó nada, seguí caminando y el humo, las cenizas y el olor a sangre podía palparse por lo fuerte que era. Saliendo de ese patio para llegar al puente de piedra que me llevaría al castillo estaban tres de ellos sentados en unos baldes y en una tabla improvisada como mesa parecían jugar para matar el tiempo, sin miedo y sin detenerme pasé junto a ellos, los miré con odio, no sabía si habían sido partícipes de la masacre o habían llegado después pero con el simple hecho de ser soldados del perro de McClyde también iban a morir sin importarme si eran inocentes o no. Caminé por el puente de piedra y la gran puerta de madera también la habían derribado, crucé hacia el patio principal en donde una vez adornaban preciosos jardines y en su lugar ya no había nada, me detuve un momento reclinándome sobre una de las paredes y cerré los ojos, el peso que sentía era demasiado, mi cuerpo ya no resistía, los recuerdos me golpeaban.
—Adentro no hallarás nada Arabella —me dijo él—. Lo que no hurtaron y se llevaron lo quemaron, oro, plata, bronce, saquearon todo y las telas, la madera, muebles, cuadros, lo que no les apetecía lo quemaron junto con los cuerpos.
Me vino a memoria un cuadro de Edmund que me encantaba ver y mi corazón se encogió cuando pensé que seguramente lo habían quemado.
—Pero fueron tan imbéciles que dejaron algunas cosas para llevarse después —continuó sabiendo mis pensamientos.
—¿Dónde? —pregunté.
—En el sótano del castillo, allí guardaron algunos cofres con joyas, armas, uno que otro mueble de valor, alfombras, pinturas…
Sintiendo que mis fuerzas se renovaban caminé decidida hacia el interior del castillo. Entrar no fue fácil, recordaba todo y me parecía que estaba viviendo la más espantosa pesadilla de la cual deseaba despertar para evitar toda la tragedia que nos cayó, quería que todo fuera eso y volver a mi vida anterior para ver a mi familia y a mi Edmund otra vez. Cruzando uno de los pasillos que llevaba al patio trasero habían cuatro tipos más, dos de ellos jugaban a lo que parecían dados mientras que los otros dos caminaban de un lado a otro de mala gana.
—Ya estoy harto —protestó uno lanzando con fuerza al suelo su lanza—. Al diablo con esto, yo no pasaré una noche más aquí, me iré antes de que oscurezca, estoy cansado, tengo mucha hambre y además quiero una mujer.
—Pues deberás aguantarte porque si te vas estarás desobedeciendo las órdenes que nos han dado —le señaló otro.
—Es que aquí no hay nada, no entiendo por qué nos obligan a quedarnos.
—Por ciertos estúpidos que no pudieron callarse y decir que la chica también murió —añadió tranquilamente uno de los que jugaba—. No pudieron ahorrarse las palabras y de paso el trabajo, esa estupidez es la que nos tiene aquí, fueron muchos los cuerpos que apiñamos. ¿Cómo diablos saber si la chica estaba entre todos ellos?
—Porque dijeron que ninguno la habían sacado del castillo —comentó su compañero de juego—. Ninguno sacó el cuerpo de una chica con sus características.
—¿Y de qué vale que esté viva? —Opinó el que había lanzado su arma—. A estas horas no creo que haya sobrevivido por las heridas, aún si alguien le ayudó lo más seguro es que ya esté en la otra vida como los demás.
—Yo también opino que está bien muerta y a nosotros nos van a seguir machacando más trabajo de puro gusto —dijo otro—. En alguna parte su cuerpo debió quedar.
—El problema es que no hay pruebas y mientras no las hayan tanto McClyde como nosotros estamos…
—¡Maldito McClyde! —lo interrumpió el que dijo que se iba—. Es él el que debería estar aquí, él sólo manda a hacer las cosas pero ni siquiera las limpia.
—Es con él con quien van a limpiar —sonrió uno de los tipos—. El rey Robert no soporta esta situación y el desprestigio que le puede dar, como tampoco soporta a sus hijos y la desesperación que tienen. McClyde sabe que si la chica no aparece ni viva ni muerta…
—Un espectro infernal será lo que verán para volverlos locos antes de mandarlos al demonio —dije en voz alta sabiendo que no iban a escucharme. Damián sonrió.
No quise seguir escuchando y los dejé, caminé rápidamente como pude hacia lo que era el sótano, necesitaba saber qué cosas habían guardado allí, ya después podría recorrer todo con tiempo y sin el estorbo de tener que soportar a esos tipos. Como pude llegué y abrí la puerta, estaba oscuro pero un pequeño hueco que hacía de ventana me daba un poco de claridad, en efecto habían muebles, sillas, mesas, jarrones de oro, plata y bronce, candelabros y los cofres, me acerqué a ellos y los abrí, habían cosas más pequeñas pero siempre de valor, reconocí un alhajero que era de mi madre pero en su interior sólo había un collar, dos pares de aretes y tres anillos, sus demás joyas no estaban, busqué y busqué y ni siquiera la cadena que Edmund me había dado en mi anterior cumpleaños estaba, rugí mi furia. Me acerqué a otro baúl y habían unas que otras armas, reconocí su ballesta y la acaricié pero no encontré su espada, en otro baúl había ropa fina, ropa de él, de su padre y de nosotros, reconocí las prendas de mi madre y algunos de mis vestidos, era obvio que seguramente iban a vender esas cosas y no estaba dispuesta a permitirlo.
—Creo que aquí está lo que buscas —me dijo Damián haciéndome reaccionar.
—¿La espada de Edmund? ¿Mi anillo? —pregunté tontamente.
—No, su retrato —vi como sólo movió sus dedos y uno de los muebles se apartó, se había movido sin que nadie lo tocara. Tragué.
Me acerqué haciendo a un lado el miedo, era la primera vez que miraba un objeto moverse por sí solo pero al ver la pintura de Edmund mi miedo se fue y el dolor volvió a mí, me hinqué, al menos estaba intacto y el fuego no lo había vuelto cenizas. Mis lágrimas cayeron.
—Edmund… mi amor… —mis labios temblaban cuando lo llamé acariciando el lienzo—. Era tan hermoso en todos los aspectos, no merecía morir así.
—¿Y qué harás? —me preguntó Damián sentándose en una de las sillas.
—Para que lo preguntas si lo sabes —le contesté sin dejar de ver la pintura—. Quiero mi venganza, quiero matarlos a todos, creo que conoces todas las formas que he imaginado para hacerlo, no quiero que nadie me prive de eso, dame el poder para hacerlo.
—¿Estas preparada para transformarte?
—No lo sé, lo único que quiero es vengar a mi gente.
—Arabella mírame —ordenó, lo hice—. ¿Tienes idea de lo que pasará después?
—¿Después de qué?
—De que me des tu alma.
—Supongo que te voy a pertenecer y en cualquier momento me mandarás al infierno también.
Se soltó en una carcajada que resonó por el lugar.
—Querida Arabella tus ocurrencias me hacen reír.
—Sé que así son las cosas —me puse de pie y me acerqué a él—. ¿Se te olvida lo religiosa que fui? Como me dijiste me sé de memoria toda la escritura como me la enseñaron, sé que se habla de un abismo, de un Sheol[18] tuve un maestro que hablaba en latín y lo comparaba con el Hades, ¿eso eres no? te llamas Hades también.
Me miró muy seriamente, noté que no respiraba, sabía que no estaba tratando con una ignorante, yo sabía a lo que me exponía haciendo semejante cosa, lo que no tenía claro era la magnitud del asunto ni sus consecuencias.
—Disfruta tu mortalidad Arabella —dijo después de un momento—. Disfruta el dolor de tu carne porque en breve todo habrá pasado, nada volverá a ser como antes, no se trata de un asunto pasajero sino de uno que te atará a mí por toda la eternidad.
—Yo no tengo que disfrutar nada, ¿no me ves? Estoy débil, cansada, mi carne se pudre por causa de estas heridas, poco me falta ir por la calle pidiendo limosna, yo que prácticamente nací en cuna de oro, que tuve una infancia donde no carecí de nada, yo que tengo títulos nobiliarios y que me hacen ser noble, yo que conocí el amor y me desposaría por lo mismo, ¡me quitaron todo! A mí, ¡a mí! —Grité con fuerza haciendo eco en el lugar—. Me arrebataron todo y ahora clamo justicia.
—¿Justicia o venganza? —sonrió.
—Ambas.
—Descansa un momento, cura tus heridas y come, ya habrá tiempo.
Me limpié mis lágrimas y cogiendo mis cosas busqué uno de los cómodos taburetes de fino tapiz y me senté en él, seguí llorando hasta poder sentirme mejor. Me encogí de piernas y ante el dolor de mis heridas enterré la cabeza entre mis rodillas, quería llorar y llorar ante los despojos de mi hogar, llorar entre los únicos testigos de mi presencia allí, desahogarme entre los objetos que habían adornado el castillo.
Me había dormido y el sonido de la puerta que estaban abriendo me despertó, me asusté y corrí a esconderme entre otros muebles. Estaban metiendo más cosas que lanzaban como si no tuvieran ningún valor y que caían al suelo en sonido lúgubre, hueco y vacío. Cuando terminaron cerraron la puerta otra vez y respiré aliviada, creí que se pondrían a registrar todo o comenzarían a repartirse las cosas, debía de actuar rápido para que se fueran del castillo, para que me dejaran sola y para que nunca más volvieran.
—¿Damián? —lo llamé notando que no estaba conmigo.
Caminé por el lugar y comencé a asustarme de verdad, sin él yo estaba a disposición de esos tipos y en serio peligro.
—Damián ven —insistí—. ¿Dónde estás? Ven a mí.
Un par de candelabros que estaban en una mesa se encendieron solos por una leve brisa, su figura la vi en una silla cerca, se quitó la capa que le cubría la cara y me sonrió.
—¿Dónde estabas? —respiré tranquila.
—¿Creíste que te había dejado?
—Sí.
—Debía probarte, debía cerciorarme de tu dependencia por mí, era necesario que me llamaras.
—¿Por qué?
—Porque sólo invocándome podremos hacer el trato.
—¿Trato?
—Nuestro pacto.
Una brisa más fría me recorrió el cuerpo y con la manta de John me cubrí.
—No dudo si eso piensas —le dije tranquilizándome—. Estoy consciente que sólo así voy a sobrevivir a todo esto.
—¿No te gustaría divertirte un poco como una simple mortal antes?
—¿Cómo?
—Esos tipos siguen allá afuera, tienen hambre, tienen frío y están cansados.
—¿Qué insinúas?
—Haz que se vayan, que corran como ratas asustadas y que alcen la voz diciendo que las almas en pena de las víctimas del castillo MacBellow vagan por el lugar.
—¿Cómo podría hacer eso?
—Con mi ayuda, no tendrás que hacer nada sólo ser testigo y así te dejarán sola y al menos esta noche podrás quedarte aquí sin ser molestada y sin temor a que vuelvan, aunque es posible que lo hagan por la mañana al menos para llevarse todas estas cosas.
—Nunca, no dejaré que saquen estas cosas de aquí, son de mi familia y es más, voy a recuperar todo lo demás, una cadena mía, mi anillo de compromiso y la espada de Edmund, esas cosas volverán a mí.
—¿A cuántos estás dispuesta a matar por recuperar esas cosas?
—A los que sean necesarios.
—En ese caso vamos —se levantó—. Vamos a divertirnos un rato.
Caminó y lo seguí, estaba dispuesta a obedecerlo en todo lo que quisiera si con eso podía lograr lo que me proponía.
Y así fue, tres de los guardias que estaban en el patio de armas junto a una fogata fueron los primeros, sus caballos comenzaron a relinchar y eso los asustó, el viento sopló con fuerza haciendo que las cenizas se levantaran y entre esa bruma, Damián hizo que comenzaran a escuchar voces de lamentos, gritos y los choques del metal de espadas. Los hombres se pusieron de pie y comenzaron a girarse en su sitio sin entender nada, uno de ellos corrió para detener a los caballos pero no pudo, los objetos del suelo se levantaron y comenzaron a volar para golpearlos, los hombres comenzaron a gritar de miedo, lo que veían era algo sobrenatural y uno de ellos hasta se orinó.
—Son las almas —dijo uno con terror—. Las almas en pena han regresado para vengarse, ellos habitan el castillo y nos matarán si no nos vamos.
—¡Los muertos no salen! —exclamó otro.
—¿Y cómo explicas esto? —replicó otro—. Yo alcancé a ver a alguien de blanco que se paseaba por aquel corredor.
—Es la novia del lord —murmuró el que se había orinado—. Su alma regresa para vengarse por lo que pasó en su fiesta, viene a vengar a su familia y prometido. Con esto ya sabemos que sí está muerta.
El viento fuerte no cesaba, al contrario sopló con más fuerza.
—Arabella mira esto —decía Damián muerto de la risa.
Los tipos se paralizaron rígidos mientras la bruma los envolvía, un grito espeluznante se escuchó que hasta a mí misma me erizó la piel, no sé lo que Damián les hizo ver pero ante eso los tres gritaron como locos y salieron corriendo como seguramente nunca lo habían hecho en su vida.
—Sube a la torre del homenaje —me pidió—. Ve como tus enemigos huyen.
Lo hice sin titubear, sujeté una de las antorchas que había en la pared y rápidamente caminé, con todas mis fuerzas subí los escalones hasta llegar no a las ventanas sino a las mismas almenas que rodeaban un torreón circular un poco más alto que la misma torre. El clima era más fresco en esa altura pero cubriéndome bien con la manta pude ver lo que Damián quería, los demás caballos salieron corriendo asustados dejando a sus jinetes a la deriva, los tipos que iban corriendo alertaron a los otros que estaban en la entrada cerca de lo que era el puente levadizo y amenazando con caer al foso salieron corriendo también, llevándose únicamente sus armas y las antorchas para alumbrarse. Podía ser una escena cómica porque uno de ellos hasta se cayó y rodó de la carrera que llevaba pero a mí no me hacía gracia, con satisfacción miré lo que él me dijo, ver huir a mis enemigos.
—No tienes idea de cómo me divierto haciendo esto —dijo reponiéndose de la risa y llegando hasta mí mientras yo caminaba lentamente por el adarve de ronda—. Valientes guardias tienen los feudales.
Se dobló de la risa otra vez apoyándose en una de las almenas, realmente disfrutaba lo que hacía.
—¿Y ahora? —pregunté con seriedad sin detenerme.
—Ahora querida niña puedes pasearte sin problemas por toda tu tierra —me contestó muy feliz—. Tienes la total libertad de moverte por todo el castillo y ver por ti misma como quedó, aprovecha la noche porque es seguro que esos hombres vuelvan temprano al menos por las cosas.
—Ya dije que no permitiré que toquen nada —bajé con cuidado por otra de las torres, hacía mucho frío allí arriba.
—¿Y cómo vas a impedirlo quisiera saber? —bajó conmigo.
—Porque para cuando amanezca… tú ya habrás hecho de mí a un fénix que va a quemar con fuego abrazador a todo el que intente quitarle lo que le pertenece.
—¿Estás segura?
—Muy segura.
Me sonrió complacido.
—En ese caso te sugiero que te des un baño, te pongas uno de tus vestidos bonitos y te prepares para tu última cena.
—¿Última cena? —lo miré deteniéndome sin entender.
—Así es —siguió bajando y yo detrás de él—. Después de eso no podrás volver a comer nada.
Me asusté cuando dijo y no le entendía.
—Siento como si…
—¿Fueras a morir? —me interrumpió.
—¿Y estoy equivocada?
—Literalmente no.
Recordé que dijo que debía morir como Arabella y renacer como otra persona, me tranquilicé.
—Al menos todavía tengo algo para comer —murmuré.
—Ah no, eso no es digno de tu última cena. ¿Qué se te antoja comer?
—La verdad nada pero dadas las circunstancias… me gustaría algo de pollo con verduras y también algo de vino, necesito algo dulce al paladar.
—Tus deseos son órdenes, un banquete privado estará listo sólo para ti, después de que te bañes y te vistas.
Bajamos hasta el patio y como me dijo con la total libertad me moví, reviví todo otra vez, podía escuchar los gritos y sentir el humo, podía escuchar los metales chocando y sentir todo ese dolor que estaba reciente. En el patio de armas fue donde apiñaron los cadáveres, allí estaba el círculo de cenizas, la señal donde los habían quemado, me hinqué y enterré mis manos en ella, mis lágrimas caían, sentía la tierra tibia, juré en silencio que serían vengados. Miré el pozo y las afueras de las caballerizas donde violaron a más sirvientas, caminé hacia el cuartel de la guardia y saquearon todas las armas, no dejaron nada. Me dirigí a la capilla y la desolación era la misma, no respetaron nada, se llevaron hasta las alfombras y quebraron los vitrales, seguramente la cruz de oro la fundirían porque no les iba a servir de otra manera sin contar que venderían los candelabros, los maldije otra vez.
—Ni siquiera este lugar se salvó —dijo Damián pateando una de las tablas de madera de lo que era alguna banca—. Ni siquiera aquí mismo las mujeres estuvieron a salvo, sabían que podían esconderse aquí y no se equivocaron, aquí también las violaron y a una que otra mataron junto con sus hijos.
Alzó su mirada hacia donde estaba el altar e hizo una mueca, yo salí de allí. Exhalé lentamente conteniendo mi odio, con las fuerzas que tenía caminé por todas partes, por los corredores exteriores cuyas columnas habían logrado mantenerse en pie, por los pasillos interiores que una vez estuvieron decorados por candelabros, alfombras y cuadros, por los salones y lo que quedó de su decoración. En todas partes estaba la huella de la masacre, los pisos y paredes manchados de sangre, el hedor no cesaba al contrario, parecía intensificarse, todo lo que para mí una vez resplandeció ahora era sombras, todo lo que una vez tuvo color ahora era gris. Subí a la que era la habitación de Edmund y todo era igual, lloré al verla y al recordar, por respeto sólo la vi dos o tres veces pero cuando me llevó a conocerla lo primero que hizo fue llevarme a la ventana para que mirara el panorama desde allí y abrazándome por la espalda con fuerza me susurró al oído que una vez que fuera su esposa esa sería nuestra habitación y que en su enorme cama de postes y finas gasas íbamos a amarnos sin cansarnos, grité mi llanto y dolor cayendo de rodillas, lo que no estaba quebrado estaba quemado, el impecable trabajo que los ebanistas hicieron con la decoración de su habitación estaba destruido. Me levanté y me acosté en la maltrecha cama, acaricié lo que quedaba de sus finas telas y sujetándolas con fuerza volví a gritar, imaginaba las veces que mi amor durmió allí soñando conmigo, podía sentir levemente su perfume y deseaba con todas mis fuerzas poder al menos acariciar su piel y volver a verlo, sus hermosos ojos se cerraron para siempre, grité su nombre en un lamento desgarrador que debió llegar hasta el cielo, sentía que era una tortura, una agonía, un dolor insoportable.
—Llora lo que quieras porque no volverás a hacerlo —me dijo él—. Tu dolor no cesará pero tu llanto será aliviado.
Lloré por lo que ya no podía ser, quería llorar hasta cansarme, llorar hasta que ya no pudieran salir más lágrimas de mis ojos, lloré por él, por mi suegro, por mi madre querida, por Ewan y por Bruce, lloré por cada uno de los que perecieron inocentes por una injusticia que nos alcanzó a todos y de la cual yo cobraría mi venganza para que todos pudieran descansar en paz.
Me tranquilicé y bajé de nuevo hasta el sótano, saqué uno de mis vestidos y zapatos, mi manta con la comida y llevándome un candelabro encendido subí a la que era mi habitación, sabía que encontraría más desolación pero necesitaba estar un momento conmigo misma como lo que era, antes de que la nueva Arabella naciera para el mundo que ella misma iba a destruir.