Capítulo 19

 

 

No volvió a hablarme.

Me trataba como si no existiera, como si no estuviera con él, me ignoraba, en todo el trayecto ni siquiera me miró, parecía evitarme, me sentí mal. No sé qué pasaba por su cabeza pero lo entendía, estaba asustado y lo intentaba disimular, estaba segura que después de esto las cosas iban a cambiar y seguramente sin pedirme explicaciones iba a despedirme, era mejor que yo tomara la iniciativa para evitarme el disgusto. Cuando llegamos al subterráneo de la empresa el asunto fue igual, él se limitó a saludar a los que se encontraba y yo como una simple empleada cualquiera me coloqué los lentes otra vez y caminé detrás de él sin decir nada y con la mirada en el suelo. Era como si me sintiera humillada, avergonzada y eso no iba a tolerarlo, él era un simple hombre como todos y yo un ser sobrenatural que estaba por encima de cualquier estúpido humano.

—Bienvenido signore —lo saludó uno de los que estaba en el subterráneo—. ¿Su viaje fue satisfactorio?

—Sí mucho —le dio la mano—. La camioneta es muy cómoda y está excelente, me agradó el viaje.

—Que bueno saberlo señor, ¿desea algo más?

—Nada por el momento —caminó hacia el ascensor.

Sin remedio y evitando fruncir el ceño lo seguí.

—¿Está molesto el jefe? —escuché que el hombre le preguntaba a uno de los guardaespaldas.

—Con su asistente al parecer, desde hoy por la mañana en Segovia después del desayuno y puedo apostar que no le habló en todo el trayecto de regreso.

—¿Será que no la tuvo como quería? —sonrió.

—Seguramente.

Subimos a su oficina en un incómodo silencio, realmente estaba molesta.

—Bienvenido señor Di Gennaro —le dijo Dayana saludándolo.

—Gracias, ¿novedades? —entró a su oficina, ella lo siguió con la libreta.

—Sí señor, los inversionistas…

No quise saber nada y me senté en mi escritorio, resoplé con fastidio y encendí la máquina, iba a redactar mi carta de renuncia.

—No actúes de manera precipitada Eloísa —escuché que Ángel por fin decía.

—Hasta que decides aparecer —ni siquiera lo miré.

—Entiende a tu jefe, esa es su manera de actuar frente a lo que pasó.

—Un hombre normal ya hubiese pedido explicaciones y no simplemente callar, me ha hecho sentir mal y no se lo voy a tolerar.

—¿Y estás dispuesta a darle las explicaciones que te pida?

—Lo intentaría pero veo que no le interesan y antes de que pretenda humillarme más… prefiero terminar con todo esto.

—¿Te rindes tan fácil?

Lo miré fijándole los ojos, estaba cerca del ventanal y su mirada dulce me molestaba más, él era un ángel y yo un demonio, él era la luz y yo las tinieblas, una maldición nos separaba y por mi parte no tenía ninguna intención de caminar hacia su luz. Preparé el documento de Word y comencé a escribir.

—Él es un mortal Eloísa —insistió Ángel caminando hacia el pasillo de salida—. Él es un hombre común y corriente y tú… —se giró para mirarme—. Recuerda quién eres.

Desapareció.

Era obvio que no me podía olvidar de lo que era, nunca lo haría, exhalé y terminé de hacer mi carta de renuncia, la imprimí y luego la firmé, busqué un sobre y guardando la carta lo sellé. En ese momento miré salir a Dayana que se sentó de nuevo en su escritorio, miré el reloj que marcaba quince minutos para las once, me levanté llevando mi bolso conmigo y caminé hacia ella.

—¿Dayana le darías este sobre al señor Di Gennaro por favor?

—¿De qué se trata?

—Él lo sabrá.

—¿Vas a salir?

—Sí y no creo volver.

—¿Le pediste permiso?

—No y no me importa si se molesta.

—¿Más? Te sugiero que le digas que vas a salir, él parece no estar de buen humor y no quiero tener que lidiar con su carácter todo el santo día.

—Lo siento pero yo tampoco quiero lidiar más con él, ya no tengo la paciencia.

Caminé al ascensor con paso firme, estaba decida a olvidarme de todo esto.

Sabía que se iba a enfurecer y me importaba un comino, si quería hablar que me buscara pero yo no iba a rebajarme ante un hombre como él, por momentos era arrogante, altanero, demasiado seguro de su dominio y de su poder, confiaba mucho en su dinero y posición, a los seres humanos muchas veces se les olvida que son nada, que sólo son polvo y en un soplido al polvo volverán, sólo están de paso por la vida y en su escaso cerebro no siembran para cosechar, creen que siempre estarán donde están y nunca esperan las vueltas de la vida y las humillaciones que pueden pasar pagando lo que una vez hicieron, todo se devuelve, nada es seguro, nada es para siempre.

De la manera normal llegué al apartamento y me encerré, no quería saber nada ni pensar, lo primero que hice fue servirme una copa de vino y luego me dejé caer en el primer sillón, me llevé una mano a la sien y comencé a rozarlo, clavé mis ojos en el vino, movía el líquido para perder mi mirada en él, no tenía ni la más remota idea de lo que iba a hacer, no podía ni siquiera pensar por él. ¿Que me pusiera en su lugar como lo dijo Ángel? Si fuera una mujer normal y caminara con un compañero al que no le puedo ver el reflejo… con seguridad hubiera gritado, estuviera muy asustada y con los nervios de punta. ¿Le pediría explicación de lo que vi? Estuviera histérica y con terror me alejaría de él, ¿qué clase de ser no se refleja en un espejo? Sólo algo sobrenatural, algo que no es de este mundo, algo oscuro, algo mágico, algo que no existe. ¿Qué sentirá él? ¿Qué pensará de mí? Mi renuncia me delató, Ángel tenía razón, no debí hacer esa carta renunciando, mi molestia hizo que me precipitara, le he dado pie a que piense lo que quiera y peor aún, le confirmo lo que soy, ¿querrá una explicación cuando esté más calmado? Si es así deberé dársela y ser sincera, ya no puedo ocultar lo que soy, no puedo seguir fingiendo en esta farsa, ¿me buscará? ¿Tendrá el valor para hacerlo? Lo más seguro es que lo haga, pero después de eso me pedirá que me aleje de él y no lo vuelva a buscar. Sin darme cuenta una lágrima me rodó y al sentirla inmediatamente me la quité.

—Eres una estúpida Eloísa —me dije furiosa—. No llores por tus propias estupideces, tú sola te buscaste este lío, quisiste jugar y perdiste como bien te lo dijo Damián. No puedes tenerlo, no vas a tenerlo por las buenas, él no es hombre para ti, él no es Edmund, métete eso en la cabeza, ¡él no es Edmund, no lo compares!

Me bebí lo que restaba de vino y después lancé la copa a la pared, necesitaba descargar mi coraje, lloré con fuerza, él no era mi Edmund, mi amado nunca iba a volver a mí, nunca más lo iba a tener, nunca más lo iba a volver a ver. Sujeté mi cara y cabello y cayendo hincada al suelo seguí llorando, quería que todo esto se acabara, el peso de los siglos era demasiado, la soledad era insoportable, ya no quería seguir así, no, si no podía tenerlo.

Me metí al baño, necesitaba refrescarme un poco, debía de pensar con claridad qué hacer y cómo enfrentarme al jefe llegando el momento. Me vestí con mi conjunto de seda largo y secándome el cabello salí a la recámara, perdí mi mirada en el retrato de Edmund y suspiré, debía buscar la manera de dejar de existir, ya no quería seguir así, ya no tenía las fuerzas para hacerlo. Cepillé mi cabello y me perfumé, miré el reloj de mi tocador y eran pasadas las tres, mis ojos se desviaron a una pinza de plata que tenía para el cabello y sujetándola con determinación levanté el brazo y la vi fijamente, evitaba que la mano me temblara pero debía de intentarlo, quería clavármela con fuerza y acabar con todo si es que podía. “Ni el tiempo, ni la distancia, ni aún la misma muerte evitará que te ame. Mi amor por ti llega mucho más allá. La eternidad, no será suficiente” —pensé teniendo la imagen de Edmund en mi cabeza, esa frase la dije frente a los despojos de lo que iba a ser nuestro hogar, fue un juramento, sentía que él estaba conmigo, mi mano temblaba sosteniendo la pinza, su retrato me observaba, sólo debía clavarla con fuerza y eso sería todo, todo terminaría, ¿podía ser posible?

—Edmund, Edmund… —lloré.

—Definitivamente estás volviéndote más humana Eloísa, esa es la salida más fácil que ellos buscan a sus problemas y decepciones —la voz de Damián hacía eco en mi cabeza—. ¿Crees poder terminar con todo? Claro que no, igual tú eres mía en esta vida y en la siguiente, Dios no perdona eso, todos los que atentan contra su vida son míos, ¿lo sabes verdad? Tú conoces mis secretos, tú conoces lo que los humanos desconocen pero en tu caso… sabes bien que ese juguete no te hará nada.

—Ya estoy harta, ya estoy cansada, libérame, déjame ir con él.

—Tu tiempo aún no llega.

—¿Cuánto más?

—Cuando yo lo quiera, así que deja de hacer drama que eso me pone de mal humor, te estás volviendo patética y eso me fastidia, no lo soporto.

Me dejó y yo sintiéndome impotente solté la pinza, apoyé ambas manos en mi tocador sin evitar que mis lágrimas siguieran derramándose, volví a sujetarla y decididamente me corté la muñeca izquierda, la sangre comenzó a salir pero al momento la herida se cerró. Frustrada cogí una toalla de papel y me limpié la sangre, no tenía nada en la piel, no había cicatriz de herida, no había señal en mi piel de lo que había hecho, caí hincada al suelo y me desahogué, lo que sentía ya no lo soportaba, no tenía salida, no tenía vida, la muerte me huía como si fuera la primera en cumplir esa profecía. Me tranquilicé porque con esa actitud no iba a llegar a ningún lado, exhalé, me levanté y me acosté, debía llegar a un acuerdo con Damián, ya no quería ser inmortal.

Había oscurecido sin darme cuenta, abrí los ojos y encendí la lámpara que tenía a un lado, me levanté y volví a peinarme, estaba decidida a volver a Edimburgo y tratar de olvidar que existe un hombre igual a Edmund, miré su retrato otra vez.

—Como tú no habrá otro por mucho parecido físico que tengan —le dije acercándome a él—. Tú eres único mi amor, nadie podrá compararse contigo.

Tocaron la puerta y arreglándome la bata salí de la habitación, sin ver por la mirilla abrí. Su imagen me estremeció, regio y altivo, tan serio y molesto que delataba aún más su sentir, traía mi maleta de mano, me miró sin parpadear y con los labios tensos, noté los músculos de su quijada y cómo la apretaba, las venas por su cuello palpitaban, debía prepararme para el sermón que traía y después de eso decirle adiós.

—Signore —saludé bajando la cabeza.

Entró sin decir nada, puso el bolso a un lado de la puerta y él mismo la cerró, retrocedí para evitar accidentes. Se acercó a mí, sin miedo, decidido, mi cara estaba clavada en su pecho, sentir ese perfume… era mejor que no pensara en nada, ni siquiera tenía el poder para entrar en su mente y hacer que olvidara lo que pasó en la mañana, intenté con todas mis fuerzas hacerlo pero no pude, fue inútil.

—Gracias por traer mi bolso —insistí como una mujer normal, me detestaba por bajar la cabeza ante él, no tenía por qué hacerlo y no entendía porque él me sometía así.

—¿Crees que una renuncia va a hacer que olvide lo que pasó? —habló por fin, sentí su ardiente aliento en mi frente, volví a estremecerme. ¿Estaba tuteándome? Definitivamente si estaba molesto.

—¿No lo entiendo señor?

—Si entiendes —dio un paso hacia mí haciendo que quedará atrapada entre un gavetero y su cuerpo, si estaba molesto, tanto, que por eso me tuteó, era la primera vez que lo hacía.

—No sé qué es lo que le pasa pero si ya no está conforme conmigo es mejor que deje el puesto para alguien mejor, le evito la pena de despedirme.

—¿Y crees que puedo encontrar a alguien mejor? —susurró en mi frente.

Puso ambos brazos a mi lado para apoyarse en el mueble, quedé en medio de ellos pero yo seguía sin querer verlo.

—Sí lo creo.

—Sabes bien que no y será mejor que me aclares de una vez lo que pasó —sentenció pacientemente—. No estoy loco y sé lo que vi, tenía claro lo extraña que eres pero lo que pasó en la mañana superó mis expectativas.

—Es que no tengo idea de qué fue lo que pasó, usted no me lo ha dicho —insistía en fingir como tonta.

Eso lo colmó.

Exhaló levantando la cabeza sobre la mía, apretó ambas manos en la madera con tal fuerza que su piel rosa se puso blanca reteniendo la sangre.

—Sólo vine a dejarte tu equipaje —sonaba sarcásticamente resignado—. ¿Puedo usar tu baño?

Asentí.

—La primera puerta derecha de ese pasillo —le mostré.

Se apartó de mí arreglando la chaqueta de su traje, levanté mi cara y lo vi a los ojos, estaba molesto, desconcertado, su mirada altanera sin mostrar una pizca de miedo me desconcertaba a mí. Muy seguro caminó al baño perdiéndose en el pasillo.

Exhalé y me senté en el primer sillón que estaba a mi alcance, por alguna razón estaba mareada.

No quise saber nada, no deseaba saber nada, él no sólo vino a dejarme el equipaje, quería una explicación, no quiere que lo engañe, ¿estará listo para conocerme?

El sonido de un jarrón al caer hizo que me levantara, había sonado en mi habitación así que sin dudarlo caminé hacia allá, por alguna razón y por primera vez volví a sentir miedo, el mismo miedo que una vez sentí en los brazos de mi Edmund. Abrí la puerta y en efecto, el jarrón se había hecho añicos al caer pero antes de que pudiera acercarme él me sujetó por detrás.

—¿Quién eres Eloísa? ¡Dímelo! —me gritó furioso

—Ya basta ¡suélteme! —intenté forcejear como una mujer normal, si me excedía podía lastimarlo y el asunto iba a ser peor, necesitaba entrar en su mente para controlarlo pero no podía.

—Vas a decirme quien eres —sentenció arrastrándome junto con él al otro extremo. Era una afirmación no una pregunta.

—¿Cómo se atreve a invadir mi habitación? ¡Con qué derecho! —le grité molesta.

—Quiero una respuesta que pueda entender, no estoy loco, ni estoy alucinando. ¿Quién es él?

Me sujetó del cuello y me hizo levantar la cara, había visto el retrato de Edmund y ante eso ya nada podía hacer.

—Suélteme —intenté calmarme.

—¡¿Por qué ese hombre se parece conmigo?!

—No lo sé.

—Sí lo sabes —rugía perdiendo la paciencia—. ¿Tienes idea de lo que sentí cuando lo vi? Me paralicé porque me vi reflejado en él, es igual a mí. ¡¿Quién es él?!

—Basta por favor —debía contenerme.

—Dime quién eres. ¿Por qué tienes tantos objetos antiguos? ¿Por qué no comes? ¿Por qué no vi tu reflejo frente a un espejo esta mañana? ¿Eres una bruja que pretende volverme loco? ¿Quién eres tú?

Descargó por fin todas sus preguntas.

—Si me suelta le responderé.

—No quiero trucos.

—No haré nada.

—No intentes nada, mi chofer está abajo y si en unas horas no salgo subirá a buscarme.

—Entiendo.

Me soltó con reservas muy lentamente y yo exhalé, se colocó a mi lado y me miró con despotismo, miró de nuevo mi cadena y decididamente abrió el camafeo, sus ojos se clavaron en lo que vio, su mano temblaba, tragó y exhaló con lentitud, lo cerró y se separó de mí. Se aflojó la corbata, comenzaba a sudar, estaba asustado pero lo disimulaba en enojo, su pecho subía y bajaba intentando controlar su respiración.

—Entiendo su miedo, entiendo cómo se siente —le hablé normal—. Entiendo que esté molesto y sólo déjeme decirle que tengo el poder para hacer lo que quiera, pero con respecto a usted no puedo utilizarlo.

—¿Tienes el poder para hacer lo que quieras? —repitió abriendo sus ojos asustado—. ¿Qué eres?

—No soy... alguien normal y sí, sí tengo el poder para hacer lo que me plazca.

—¿Y también sabes todo? ¿Conoces todo de mí? Me buscaste con un propósito, ¿verdad?

—Tranquilo, sólo créame cuando le digo que no puedo hacerle nada.

—No te creo.

—Créame, con usted no puedo, no sé por qué pero no puedo.

Me senté al borde de la cama.

—¿Quién es él? —insistió.

—Era mi prometido —susurré.

Frunció el ceño y exhaló con lentitud.

—¿Y por qué se parece conmigo?

—No lo sé.

—No juegues.

—No estoy jugando —mi voz comenzaba a quebrarse—. El retrato que ve es del hombre de mi vida, el hombre que amé con todo mi corazón, el hombre con el que iba a casarme y el hombre que me hizo mujer por primera vez.

—Ese cuadro data aproximadamente del siglo XV o XVI.

—Es del siglo XIV.

Me miró abriendo más los ojos y tensando los labios, tragó y se separó un poco de mí, se apoyó en el brazo de un sillón y aflojándose más la corbata se sentó.

—¿Tienes idea de lo que ha sido este día para mí? —apretó los puños.

—Lo imagino.

—No, no creo que lo hagas, por primera vez soy incapaz de pensar con claridad y encontrar una explicación lógica de lo que fui testigo, porque para colmo sé que no aluciné.

—Pues créame que lo entiendo, no creo que imagine lo que soy ni lo que puedo ser capaz de hacer, si realmente quisiera asustarlo y enloquecerlo solamente chasquearía los dedos.

—¿Qué eres? —insistió mostrándose valiente—. No eres un ser humano, no eres real, lo pareces pero no, ¿tu belleza es un espejismo? ¿Eres una bruja vieja, fea, encorvada y llena de verrugas?

Arrugó la frente mostrando asco cuando dijo eso, estaba en su derecho de pensar lo que quisiera.

—Soy un ser inmortal y no estoy vieja como lo cree, sencillamente congelada en esta apariencia, no puedo envejecer, no puedo morir.

Me miró horrorizado como si mirara un monstruo en mí y como si mi respuesta, fuera peor de lo que pensaba.

—¿Inmortal? Significa que…

—Que tengo muchos años en esta tierra y no puedo dejarla.

—¿A qué se debe tu condición?

—A una decisión que… me maldijo de esta manera, mi existencia ha estado… regida por dos seres sobrenaturales, uno es el mal y el otro el bien.

—¿El mal y el bien? No entiendo.

—Un demonio y un ángel.

Tragó mirándome abriendo más sus ojos, parecía no creer.

—¿Cuántos años tienes? —inquirió asustado, comenzaba a sudar.

—Muchos.

Buscó su teléfono y lo marcó, su mano temblaba.

—Francesco puedes irte —le dijo a su chofer sin dejar de mirarme—. Tengo unos asuntos que resolver con mi asistente y me tomará mucho tiempo, pero mantente alerta, te llamaré después aunque sea de madrugada.

Colgó con seriedad y yo exhalé.

—Será mejor que me digas todo sin omitir nada y no me mientas —me señaló con el teléfono.

—¿Está preparado? —lo reté.

—Eso creo.

Exhalé otra vez, iba a decirle todo, lo que pasara después… sería decisión de él.

—Nací en el castillo de Alcázar, en el siglo XIV, el mismo año que mi tío Enrique de la casa Trastámara se convirtiera en rey.

Me miró aún más asustado, volvió a tragar.

—¿Cómo? —intentaba mostrarse tranquilo.

—Nací en el siglo XIV —volví a decir—. Mi nombre completo y verdadero es Arabella Eloísa Montero y Limantour, legítima y única heredera del extinto ducado de Ivscari[1] y Montiel, señora de Terma, de Santí, de Aldoza y de Uldema, antiguas y desconocidas tierras de Castilla. Para los ingleses y escoceses fui Arabella Allyers porque por temor mi madre permitió que mi padrastro me diera su apellido, pero también soy la señora del castillo MacBellow en Edimburgo o lo que quedó de él, fui la prometida del que hubiese sido el cuarto duque de Westhburry y a quien me arrebataron.

Con esto último me contuve y apreté los puños, las herencias españolas y de mi padrastro nunca me importaron recuperar pero lo que era de mi amado… era mi propósito, es mío y lo seguirá siendo sin importarme quien se cruce en mi camino y a quien deba eliminar. Él respiraba con lentitud, ni siquiera parpadeaba, no estaba segura si iba a entenderme, rogaba porque no padeciera del corazón, podía notar las arterias de su cuello palpitar, él estaba controlando su miedo.

—Está bien, te creo, tienes toda mi atención, te escucho —se reclinó en el sillón—. Cuéntame tu historia y llévame en tu viaje a través del tiempo.

—¿Le gusta la historia?

—No fui muy aplicado en esa clase —negó con la mandíbula tensa—. Pero prometo serlo en este momento.

—Está bien, intentaré ser breve así que ponga mucha atención —me levanté y caminé a mi ventana, ya era de noche—. Mi madre, doña Isabel de Limantour y León era sobrina y a la vez ahijada de Leonor de Guzmán la que murió ejecutada cuando ella tenía cuatro años de edad, fueron tiempos turbios y no tanto mi madre como sus primos estuvieron en peligro de muerte, era una cacería hacia los ilegítimos del rey Alfonso XI por parte de su heredero Pedro y la legítima reina.

—¿Legítima reina?

—Leonor de Guzmán fue la amante y favorita de Alfonso, ella le dio muchos hijos incluyendo a Enrique, por lo tanto las cartas estaban echadas para que los medio hermanos se odiaran siendo Enrique el que matara a Pedro.

—Creo que deberé estudiar un poco de historia —se quitó su chaqueta, lo vi a través del cristal, al parecer estaba dispuesto a quedarse y escuchar todo lo que le tenía que decir.

—La historia parecía repetirse en la corte de Enrique —continué—. Ya que aunque estaba casado él se había enamorado de mi madre, a la que amó en secreto, él era mucho mayor que ella, así que mi madre para poner un alto a sus pretensiones se casó poco después de cumplir los diecisiete con Rodrigo Montero de Ivscari y Montiel, el hijo de un duque amigo de su padre descendientes de una casa noble italiana y de allí mi primer nombre. El apellido real de la casa lo modificaron porque para colmo… Enrique mismo se encargó de extinguir a la línea directa para dar paso a la suya como otra rama de la misma, o sea que mi linaje de esa casa era por parentesco materno por la vía de Enrique y el paterno por la de su hermanastro, algo lioso, ya que una rama de esta casa italiana reinó en Castilla mucho antes que los Trastámara pero de ellos se originó varias ramas menores. Por eso mis padres decidieron residir en Valladolid, lo más importante para ellos era que estaban enamorados y vivieron su amor aunque estuviera la sombra de la esterilidad, no lograban concebir pero la feliz buena nueva llegó cuando menos lo esperaban haciéndolos aún más felices aunque la dicha no le duró mucho a mi madre, poco antes de nacer yo mi padre murió de extrañas fiebres y vómitos que los médicos no dieron razón ya que descartaron como peste. Cuando Enrique lo supo ya estaba en el trono de Castilla y ocupando el Alcázar de Segovia, no dudó en disponer todo para que mi madre de casi ocho meses de embarazo se trasladara al castillo, ella con reservas había aceptado pero en parte lo hizo pensando en mi bienestar y futuro, a pesar de tener lo que le correspondía de mi padre prefirió mantenerlo en reserva y aceptar la ayuda de su primo, lo que obviamente algunos comenzaron a interpretar de otra manera y más cuando como regalo de cumpleaños le obsequió un nombramiento que la hacía perteneciente a la casa Trastámara, pero aun siendo viuda ella no le correspondió al “afecto” que él le demostraba ya que iba más allá.

—¿La creyeron amante del rey?

—Así fue —me volví hacia él—. No al principio pero sí después, el rey no reparaba en mostrar su afecto y favoritismo cosa que su mujer notó y la duda la fue carcomiendo, al final eso desató más el odio de la reina hacia ella, su cuñada había luchado para mantener su paciencia y apariencia pero… estaba en desventaja ante una mujer joven y hermosa como lo fue mi madre.

—¿Se parecía contigo?

—Tengo más de ella que de mi padre.

—Pues entiendo el sentir del rey.

Nos miramos, él tenía sus ojos clavados en mí y yo como tonta sin poder resistirlos bajé la mirada otra vez, continué.

—No, no diga eso, ningún hombre casado debería tener amantes y hacerle daño a su esposa, entiendo que eran otros tiempos y las mujeres probablemente no eran complacientes o al menos las amantes lo eran más que las esposas pero eso no justifica la infidelidad, pueden desatar terribles desgracias, la envidia, la hipocresía, todo eso es un detonante para el odio y del odio a la muerte hay un trecho bastante corto.

—¿Quisieron matarla?

—Y una de sus damas fue la víctima —me senté en otro sillón—. Intentaron envenenar a mi madre cuando yo acababa de cumplir tres años, su presencia ya era insoportable para la reina y para el rey que la deseaba con un ardor prohibido y al no lograr nada con ella la chantajeó, si no se convertía en su amante la iba a echar de su corte, él le ofrecía todo incluso en su locura le confesó que estaba dispuesto a repudiar y hacer lo que fuera para anular su matrimonio y casarse con ella, la quería como su reina, como su mujer, quería tenerla todas las noches en su cama, estaba loco por ella pero mi madre no aceptó, simplemente ella nunca lo miró como hombre sino como un pariente y el hecho de serlo y estar tan cerca de él de otra manera le repugnaba. Entonces sucedió lo que tenía que suceder; comenzaron a correr los rumores de que ya era la amante favorita del rey, la tachaban igual a la madre del rey y antes de que sacara ventaja y obtuviera títulos y tierras valiéndose de los supuestos favores con los que complacía al rey fue ella la que decidió entonces salir del Alcázar seis meses después de mi tercer cumpleaños porque la situación era insostenible y llegaban días en los que ni siquiera salíamos de nuestras habitaciones porque ya todos la señalaban como la culpable de que el matrimonio del rey pendiera de un hilo, lo que le ganó enemigos influyentes haciendo que su vida y la mía a la vez peligraran, el rey lo supo y no hizo nada para desmentir los rumores acrecentando más el odio, esa fue su descarada provocación. ¿Bonito amor le profesaba no cree? Fue señalada injustamente y antes de perecer siendo ambas inocentes salimos del castillo y de Segovia misma en 1,370 de igual manera en cómo llegó, era mejor hacerlo antes de que las cosas empeoraran, si por alguna razón el rey llegaba a morir ella podía correr la misma suerte de Leonor de Guzmán, muerto el rey podían hacerla prisionera y matarla a ella y a mí también, ella actuó bien y de la manera más sabia, prefirió salir del Alcázar fingiéndose humillada a quedarse y morir en cualquier momento. Dolida ella por la actitud de su primo no quiso llevarse nada que él le hubiese regalado, vestidos, joyas, todo lo que pudo tener como regalos de él se quedaron en Alcázar, lo que había pasado ella no iba a perdonárselo. Él había tenido muchas amantes con las cuales también tenía ilegítimos, además meses antes de que yo naciera hubo una tragedia en el castillo que a mi madre le quitaba el sueño; la muerte por la caída a los peñascos de un infante hijo del mismo Enrique la ponía mal con sólo pensarlo, el niño murió al caer a las rocas. Alcázar para ella no era nada seguro, su prioridad era protegerme, no le confiaba a nadie mi cuidado.

—Hizo bien, eso habla bien de ella, tenía dignidad, su prioridad eras tú y debía de protegerte.

—Y lo hizo —una lágrima brotó de mis ojos, me estaba debilitando cada vez más pero era el recuerdo de mi madre y eso no lo podía borrar.

—Fue muy valiente —continuó él—. Ella fue muy valiente al haber hecho eso en una época peligrosa.

—Ni siquiera confiaba en la misma guardia de su primo por lo que no quiso salir “escoltada” salió como una persona más, con algunas personas que ella consideraba confiables, dos carruajes, seis guardias que estaban a su servicio personal y tres de sus damas, lo importante era salir de España y sólo estando lejos ella se sentiría mejor y así fue, al menos él la dejó ir dando órdenes de mantenerla a salvo y proteger su vida y la mía. El destino era Asturias para luego embarcarnos hacia Inglaterra con la ayuda e influencias de su suegro, país donde comenzaríamos una nueva vida.

—¿Y fue en Inglaterra donde viviste hasta crecer?

—Sí, en la Inglaterra de esa época y siendo rey Eduardo III de los Plantagenet crecí, mi madre supo administrar la herencia de mi padre y fue así como logramos sobrevivir un tiempo, compró una pequeña finca en Essex y allí nos asentamos. Londres no le parecía confiable, es más la misma Inglaterra no era confiable después y más cuando se desató la llamada “Guerra de las Dos Rosas” pero eso sucedió mucho después aunque en realidad la guerra comenzara a partir de la muerte de Eduardo III en 1,377 y sus descendientes no fue hasta 1,455 que tomara más fuerza, pero volviendo al tiempo de Eduardo y de la casa Plantagenet para cuando yo tenía cinco años mi madre ya había conocido a un noble inglés de origen escocés que se había enamorado de ella y ella a su vez, reconoció que él no le era indiferente, se llamaba Bruce Allyers. Así que aceptándolo como marido luego de un acuerdo con su ex suegro y haciendo el traspaso de todos sus títulos nobiliarios que tenía como la esposa de mi padre a mí como su heredera, lo dispusieron todo. Intentando asegurar nuestro futuro se casaron para luego salir de Inglaterra rumbo a Escocia en donde realmente crecí, los tatarabuelos de él eran de allá. Mi madre vendió la propiedad y lo que ganó más el resto de la herencia de mi padre decidió no tocarlo y guardarlo exclusivamente para mí. Afortunadamente salimos de Inglaterra mucho antes de la muerte del rey Eduardo y eso nos volvió solamente espectadoras de lo que sucedió después con el gobierno de Ricardo, aunque indirectamente nos afectó. Mi familia no vivió para saber de la mencionada “Guerra de las Dos Rosas” es más, yo no debí saber de ella pero lo hice y... lo hice justamente con la misma apariencia con la que me ve ahora.