Capítulo 44

 

Por la noche se llevó a cabo una cena especial por lo que Giulio había hecho, fue algo privado sólo entre la familia para celebrar nuestro compromiso, otro y yo comenzaba a tener miedo otra vez. No sólo por lo que Vlad estaba haciendo en mi mente sino porque sabía que me visitaba a su manera y no en vano me había amenazado durante mi breve sueño en el jardín.

—Se ve hermosa señorita —me dijo la sirvienta que me había asistido.

—Gracias, un poco de maquillaje y peinado siempre ayuda —sonreí.

Por fin podía estar frente a un espejo sin problemas, ya los demás me miraban y ya nada tenía que ocultar.

—Es que su vestido es precioso, ese tono de vino en terciopelo es divino.

—Gracias —sonreí.

Había sido un fino regalo de Giulietta algo que me sorprendió, por fin  usaba algo más que negro o gris y de verdad que me sentaba bien. Me miraba muy diferente frente al espejo, por alguna razón más mujer y más madura, una extraña sensación.

Tocaron la puerta y la sirvienta se apresuró a abrir, me puse más perfume sobre mi cuello y al poner el frasco sobre el tocador acaricié el alhajero a su lado, allí había guardado el anillo de Edmund, un tesoro que iba a estar conmigo siempre.

—Wow… —escuché que alguien muy seductor dijo al suspirar. Lo vi a través del espejo y sonreí.

Vestía de fino traje oscuro con camisa blanca y una corbata de atrayente tono amarillo casi dorado que le resaltaba el conjunto. Se miraba guapísimo y olía delicioso, era excitante verlo siempre con el cabello mojado.

—¿Qué? —sonreí.

—Me he quedado sin palabras y no sólo por lo hermosa que estás sino...  —me miraba a través del espejo también—. Por verte así, de manera diferente.

Nos miramos y entendí lo que decía, ver por fin mi reflejo era un alivio para él. Se acercó a mí y extendiéndome su mano me hizo ponerme de pie y girar para él, el no conocerme en esa faceta lo tenía embobado. Suspiró.

—No tienes idea de lo bellísima que te ves, la abuela acertó de maravilla con este vestido, estoy sin aliento.

Me había hecho ruborizar, aunque me peiné con un moño a la nuca y el vestido era largo a los tobillos con una abertura central a la rodilla, manga larga ceñida y el escote me dejaba ver los hombros. Debía de reconocer que era justo a mi figura y me miraba diferente, tenía un adorno de encaje negro y pequeñas piedras brillantes que bajaban como delicado ornamento con forma de enredadera desde mi costado izquierdo, pasando por mi cadera y llegando a media pierna, junto a los tacones negros me hacía ver muy estilizada algo que a él le gustaba.

—Ya no me veas así que me apenas —sonreí.

—Insisto —me acercó a él y susurró en mi oído—. No tienes idea del autocontrol que debo tener al verte y al estar cerca de ti.

—Prometo compensarte —susurré también—. Prometo que… el hacerte esperar valdrá la pena.

—Ya haces que valga la pena, suspiro extasiado con sólo saberte mi prometida.

Sonreí y me besó con suavidad, disfrutándonos un momento.

Bajamos al salón junto con todos, Arabella vestía un hermoso vestido azul marino de encajes chantilly y tul, con finas medias blancas y unos zapatos negros relucientes, Filippa la había peinado en media cola y las cintas de seda también azules que caían por su cabello ondulado la hacían parecer una muñeca. Todos estaban vestidos de manera elegante debido a la ocasión así que después de bebernos unas copas pasamos al comedor, la mesa estaba preciosa; finos manteles de lino blanco, reluciente vajilla de porcelana, la plata en los cubiertos, el delicado y fino cristal de las copas y los brillantes candelabros adornados con flores me había dejado sin habla.

Nos sentamos a disfrutar la exquisita cena, me sentía hambrienta, a Giulio le dio gusto verme comer al fin, pero antes de comenzar el postre Christina hizo un comentario que no esperaba.

—Me gustaría que la boda por la iglesia fuera en nuestra capilla privada, ¿les parece?

Me quedé rígida y un frío me recorrió la columna, me estremecí, sentí escuchar las mismas campanadas tristes de siglos atrás y sacudí la cabeza, sin querer solté la cuchara y cayó con fuerza en el plato.

—Perdón —me disculpé.

—Es natural que estés nerviosa —me dijo Giulietta al notarme.

—¿Puedo pedir algo? —pregunté.

Giulio me miró asustado, su mirada me rogaba que no hablara de más.

—Lo que quieras —me dijo la abuela.

—¿Puede ser una boda civil sin invitados nada más?

Todos me miraron asombrados incluyendo a mi supuesto nuevo prometido.

—Eso lo veo un poco difícil, somos personas muy conocidas, es natural que una boda Di Gennaro se haga por todo lo alto y más tratándose de un heredero y presidente de una de las agencias —me hizo ver Enrico.

—Eloísa es muy reservada, no es muy sociable, debe adaptarse a su nueva vida, es mejor que lo asimile —me defendió Giulio.

—Puede hacerse una boda civil privada sólo con la familia y amigos cercanos —opinó Christina—. Pero… Giulio es nuestro único hijo y la boda eclesiástica… creo que debería ser por todo lo alto como dice mi suegro, ¿no te gustaría usar un hermoso vestido blanco?

Brinqué en mi sitio cuando dijo eso, comenzaba a temblar. Giulio que estaba a mi lado me sujetó una mano para tranquilizarme.

—¿No te parece la capilla de aquí? ¿No te hace gracia que haya una cripta familiar debajo de ella? ¿Es eso? —insistió Christina.

La miré sorprendida, pero era lógico que una familia como ellos con años de tradición tuvieran sus propios muertos todos juntos. Lo de la cripta era natural aunque no me lo imaginaba y menos debajo de la capilla.

—No, no es eso, es sólo que… —no hallaba la manera de hablar.

—Eres la novia más extraña que he visto —me dijo Piero al notarme—. Otra en tu lugar estaría eufórica pero tú…

—Estoy muy nerviosa signore, no puedo evitarlo, el problema es que… —apreté la mano de él y continué—. Yo… fui confirmada en una fe… no católica.

—¿Cómo? —dijeron todos a la vez menos Giulietta.

—Igual que yo —suspiró la abuela, todos la miraron.

—Querida mía pero tú te confirmaste al catolicismo por amor a mí —le dijo su marido.

—Fue un requisito ¿y crees que a mis padres les hizo gracia? Te recuerdo que nací anglicana y hasta la fecha yo no le ruego a ningún santo, mi relación es directa con Dios. La Biblia es clara cuando dice que no hay ningún otro mediador entre Dios y los hombres que Jesucristo.

Enrico, su hijo y nuera la miraban con asombro al igual que su nieto, yo era la excepción, agradecía que me apoyara a su manera.

—Yo tengo un ángel —dijo Arabella saboreando su tarta, me asustó cuando se metió en la conversación—. Mi ángel me cuida y está conmigo todo el tiempo. Él me dijo que mi mamá Eloísa no se iba a morir y que se iba a recuperar, yo siempre oro frente a la cruz y él me escucha.

—¿Cómo? —Enrico sacudió la cabeza—. ¿Quién te escucha?

—Mi ángel y Jesús.

—Nena será mejor que vayamos a tu habitación, allá te terminas de comer tu postre, ¿está bien? —le dijo Filippa apenada que se acercaba a ella.

Arabella asintió, se acercó a mí y a Giulio y le dimos su beso de buenas noches.

—Luego subiré a verte —le dije acariciando su carita—. Te lavas los dientes y te pones tu pijama, ¿de acuerdo?

Asintió otra vez y saliendo del comedor yo me disculpé con todos.

—Por favor les pido perdón por la niña, está pequeña y aún no tiene claro que no debe meterse en la conversación de los adultos.

—No se debe hablar delante de ella, en su silencio lo capta todo —opinó Piero bebiendo un poco de agua.

—A mí me asusta eso que dice —insistió Christina llevándose una mano al pecho.

—De los niños es el reino de los cielos y sin duda Arabella parece tener muchas influencias en el plano divino —añadió Giulietta muy sonriente—. Y volviendo al tema de la boda me parece bien que se casen por lo civil por ahora, total lo importante es estar juntos, ¿o no?

—Yo… viví de cerca una experiencia muy dolorosa y… por eso quisiera algo muy privado, sólo nosotros.

—¿Experiencia dolorosa? —inquirió Giulietta.

—Luego… podremos hablar más, yo no tengo ningún problema en complacer a Eloísa —dijo Giulio disimulando y besando mi mano—. Lo importante es que nos amamos y estamos muy felices, además… necesito que en los próximos días viajemos todos a España. Eloísa tiene algo que mostrarles.

—¿En España? —preguntó Enrico desconcertado.

—Recuerden que Eloísa vive allá.

—Me encanta la idea de viajar —sonrió Giulietta.

—Sí amor, recuerda que debemos ir a Segovia —le dijo Christina a su marido.

—Así que hay que comenzar a preparar el viaje y disponer de unos días —insistió Giulio.

—Tenemos agendada la visita de un futuro cliente e inversionista que está muy interesado en nuestros vinos y desea conocer todo, pero supongo que podemos dejar algunas cosas en orden en la oficina antes de eso y tomarnos un par de días —dijo Piero acariciando la mano de su esposa, ella muy feliz le dio un beso en la mejilla

—Magnífico, en ese caso comenzaremos a llenar maletas —aplaudió Giulietta entusiasmada.

Terminamos de comer en paz y al menos yo, un poco más aliviada.

Antes de retirarnos a dormir pasamos dándole las buenas noches a Arabella y luego él me acompañó a mi habitación.

—Gracias por todo —le agradecí a él cuando me sentaba en la cama después de encender una lámpara.

—Sabes que lo hago con mucho gusto —susurró sentándose a mi lado.

—No tengo como pagarte lo que has hecho por Arabella y por mí, todo esto de los documentos… el que hayas hablado con tu familia… lo que hiciste hoy al pedirme matrimonio, la verdad no lo imaginé.

—Bueno tú me dijiste que iba muy rápido así que pensé; ¿y por qué no ir más rápido todavía? —sonrió sujetando mi mano.

—Y vaya que eres rápido, nadie creerá que en sólo unos días de conocerme estés enamorado y mucho menos… que quieras ya casarte, ciertamente es algo ilógico.

—Podrán ser unos días —besó mi dorso—. Pero para mí han sido extraordinarios, la aventura que me hiciste vivir me hace sentir que te conozco exactamente desde ese tiempo y que por fin nos volvimos a encontrar. No soy él pero te quiero como si lo fuera, créeme y por ese motivo no estoy dispuesto a dejarte ir, para mí eres sorprendente y maravillosa, sobrepasas toda lógica. ¿Creíste que contándome tu historia me ibas a alejar de ti por miedo? Pues no, fue todo lo contrario, me ataste más, si antes ya me atraías y me quitabas el sueño conociéndote confirmé mis sentimientos y no son pasajeros, te quiero Eloísa —acarició mi cara y cabello—. No tienes idea de los fuertes sentimientos que tengo por ti, ni yo mismo los controlo, de lo único que estoy seguro es de querer estar toda mi vida contigo y vivir para hacerte muy feliz.

Evité llorar al escucharlo y lo abracé.

—Solamente tus palabras ya me hacen feliz —susurré.

Suspiró en mi hombro.

No pasó nada más, nos besamos con ardor y ansiedad y aunque el deseo nos envolvió —y reconozco que podía entregarme a él— no hicimos nada más porque él no quería lastimarme por la herida de mi estómago y yo tampoco deseaba hacer lo mismo inconscientemente con las de su pecho, por lo que decidimos esperar para hacer las cosas bien y que el dolor y la incomodidad no nos arruinara el momento.

Cinco días pasaron, cinco días en que ya no escondíamos nuestros sentimientos y estábamos más unidos que nunca, podíamos abrazarnos y besarnos con libertad sin tener que ocultarnos, él era maravilloso, me hacía olvidar todo y al verlo tan feliz su familia también lo estaba. Ese quinto día el abogado llegó con mis documentos, me sentía feliz, por fin tenía un acta de nacimiento normal como todos, nombre, fecha y lugar de nacimiento y la numeración correspondiente. Tuvo que viajar a España y hacer todo allá algo que le agradecí mucho, también tenía un pasaporte y otros documentos internacionales y todo lo necesario para ser una ciudadana “viva” que me permitiera moverme libremente hacia todas partes. Me sugirió presentar copias de la documentación en las instituciones bancarias para no tener problemas y de ser así, debería solicitar tarjetas y chequera nueva así que debía viajar con urgencia a Inglaterra también para arreglar todo eso a la brevedad.

El siguiente día después de eso muy entusiasmados todos —y nosotros mismos ya mejor de salud y con las heridas cicatrizando— por fin pudimos viajar a España en el jet privado. La familia se instaló en suites en el mismo hotel del que Giulio era huésped pero Arabella y yo nos quedamos —como era lógico— en mi apartamento cuya cocina al menos tuve que equipar por ella y ahora también por mí. Esa noche mientras la niña dormía en mi cama aproveché para perder mi mirada en el cuadro de Edmund, mis ojos se llenaron de lágrimas pero sacudiendo la cabeza con valor lo bajé de la pared obviando lo pesado que era por su marco de bronce, corté las mismas bolsas de papel trazo en que había comprado los víveres y con cuidado lo envolví, la siguiente mañana se llevaría a la villa semi-amueblada que Giulio por fin se había decidido alquilar y donde la familia se mudaría para pasar esos días en Madrid antes de viajar a Segovia. Estaba nerviosa pero era un paso que debía dar y presentarles por fin el motivo de mi acercamiento a Giulio, no estaba segura de cómo lo iban a tomar sólo esperaba que lo entendieran o intentaran hacerlo.

Por la mañana después del baño me vestí con un jean negro, blusa gris claro —aún no cambiaba mi guardarropa— y unas zapatillas negras de tacón corrido y bajo muy cómodas, me peiné en una sola coleta a la nuca y me di una base natural de maquillaje. A la niña la vestí con un leggins de algodón rosa pálido y una camiseta blanca con la palabra “princess” en fucsia y decorada con detalles escarchados, la calcé con tenis blancos y la peiné con media cola. Después del desayuno llegaron por nosotras, Francesco acababa de dejar a los señores en la empresa donde el mismo presidente les daría un recorrido por lo que aprovechó el tiempo bajo las órdenes de Giulio de ir por mí y por Arabella para llevarnos a conocer la villa y que lo esperara allá junto con su madre y abuela.

Y así fue, al entrar a la propiedad me maravillé, era muy parecida a la casa que había escogido en Segovia pero a la vez con su aire italiano que lo hacía recordar su patria, al abrirse el enorme portón de hierro un angosto camino rodeado por cipreses nos llevó hasta rodear una preciosa fuente de piedra y mosaico de modelo romano que estaba frente al pórtico. Nos estacionamos, la casa me parecía bellísima, también construida en piedra, no tan grande, de dos pisos pero muy acogedora. Christina y Giulietta nos recibieron, Arabella saltó de la camioneta feliz para saludarlas y a la vez correr por los preciosos jardines rebosantes de flores, las mujeres se notaban felices, me recibieron cariñosamente y al ver lo que Francesco sacaba con cuidado de la cajuela se extrañaron.

—¿Y eso? —preguntó Giulietta.

—Cuando Giulio y los señores regresen lo sabrán —contesté.

—Siendo así llévalo al salón —le indicó Christina a Francesco, éste obedeció.

—Vamos, te daremos un recorrido por la casa, ¿ya la conocías? —me preguntó Giulietta.

—No, hasta ahora la veo.

—Por la tarde llegarán los muebles y otras cosas —dijo Christina.

—Por lo pronto pedimos unos bocadillos a domicilio para disfrutar —insistió Giulietta.

—¡Arabella ven nena! —la llamé, sin la compañía de Filippa no estaba tan tranquila dejándola sola, la niña me obedeció.

Entramos para disfrutar la residencia.

Por la tarde llegaron los hombres y Giulio al verme no reparó con entusiasmo en besarme con desesperación y mostrar sus sentimientos, insistía en hacerme ruborizar frente a su familia y eso le encantaba porque era parte de mi humanidad y él lo disfrutaba.

Antes de la cena y después de contarnos lo que había sido su día y la impresión de los señores por el trabajo hecho en España, Giulio aprovechó la reunión para dar el paso que yo deseaba dar. Él estaba nervioso desde que le dije lo del cuadro y yo también, pero era la única oportunidad ya que el siguiente día los señores se irían a Segovia por la tarde así que era el momento justo para hablar.

—Será mejor que todos se sienten —les sugirió Giulio al mismo tiempo que se acercaba a mí. Todos miraban el cuadro envuelto y esperaban que se desvelara para verlo.

—¿Qué sucede hijo? ¿Cuál es el propósito de la reunión? —le preguntó su padre.

—Sí, ¿Qué es eso tan urgente? —inquirió su abuelo sentándose junto a su esposa. Giulietta nos observaba curiosa a la vez que también no dejaba de ver el cuadro. Había tenido mucha ansiedad todo el día y estaba muy impaciente.

—No es algo fácil así que necesito que… lo tomen con calma.

—¿Por qué estás tan nervioso Giulio? —le preguntó su mamá.

—Es que… Eloísa tiene algo que mostrarles.

Todos me miraron con atención y luego nos vimos él y yo, de nada valían más preámbulos.

—Lo que voy a mostrarles… puede afectarles mucho, no sé cómo pero les puede afectar —comencé a decir.

—Niña nos asustas. ¿Qué pasa? —inquirió Giulietta.

Miré a Giulio y asentí dándole la orden de desvelar el cuadro.

—Por favor tómenlo con calma —les advirtió exhalando y rasgando con cuidado el papel.

Cuando la pintura fue mostrada a ellos ninguno cabía en su asombro, Giulietta se llevó las manos a la boca, Enrico estaba en shock, Piero igual y Christina cometió el error de levantarse automáticamente ante el asombro porque al momento cayó al suelo desmayada. Su marido y Giulio corrieron para auxiliarla.

—Madre, madre —Giulio estaba asustado.

—Christina mi vida por favor, reacciona —le decía su marido acariciando su cara.

—Tráiganla al sofá —les dije quitando los almohadones y acomodándolos para que sostuviera su cabeza.

Piero la levantó y la acostó como le dije, agité uno de los cojines más pequeños para ventilarla, estaba muy pálida. Mientras su marido sostenía sus frías manos Giulio se apresuró a la mesa con bar para servir un poco de licor en una pequeña copa para que el aroma a alcohol la hiciera volver.

—Dios ¿pero qué es esto? ¿Qué broma es esa? —Preguntó Enrico un poco molesto poniéndose de pie al ver la condición de su nuera—. Ángelo es parte de su juego, ¿verdad? ¿Él se prestó para hacer esa pintura?

—Ninguna broma —lo corrigió su mujer, Giulietta se levantó lentamente para acercarse al cuadro—. Esto es otra prueba que confirma aún más lo que pienso. Querida Eloísa ¿Dónde obtuviste esta pintura? —Giulietta evitaba llorar.

No podía decirles la verdad, debía improvisar, la historia que tenía que contarles debía ser lo más creíble y real posible para que no dudaran.

—Ha estado conmigo durante muchos años —contesté acercándome a ella y al cuadro—. Me enamoré de ese hombre, su imagen ha sido una obsesión para mí y reconozco que al conocer a Giulio… me acerqué a él por su extraordinario parecido.

—Eloísa dime —me sujetó las manos llorando de alegría—. Este hombre… este hombre de la pintura… ¿es el mismo bebé de mi cuadro?

Asentí y evité llorar con ella.

—Estoy más que segura que sí. El niño creció y se convirtió en un hombre bellísimo, en este que ven en el cuadro.

Se volvió a llevar las manos a la boca, estaba feliz y sus lágrimas cayeron entre sonrisas.

—¿Qué pasó? —reaccionó Christina frunciendo el ceño y apartando con desagrado la copa con el licor que había inhalado.

—Mi amor ¿estás bien? Te desmayaste —le dijo su marido besando sus manos.

—¡Dios mío! La pintura —reaccionó ella de golpe—. Giulio, Giulio.

Buscó a su hijo.

—Aquí estoy madre, tranquila —se hincó frente a ella.

—Hijo, mi niño ¿Qué significa eso?

—Tranquila madre, les advertí que lo tomaran con calma.

—Primero lo del bebé ¿y ahora esto? —Enrico le quitó a su nieto la copa para beberse su contenido de un solo trago. Volvió a sentarse exhalando y sujetándose la cabeza.

—Pero por Dios, esto es demasiado —insistió Christina.

—Y vaya que sí —secundó su marido—. Yo no tengo ese parecido, es asombroso.

—Ni siquiera recuerdo haber conocido a alguien así en mi familia —dijo Giulietta—. Recuerdo a mi abuelo y a mis tíos abuelos, incluso hay también algunas pinturas que datan a partir del siglo XVI de mi familia y en ninguna había visto esto. Quien quiera que haya sido este hombre decidió que su doble, su extraordinario doble naciera en este tiempo y no de mi vientre sino del esperma de mi hijo mayor.

Los señores se ruborizaron un poco al igual que el mismo Giulio cuando su abuela dijo eso, yo fingí acomodarme el cabello detrás de mi oreja bajando la cabeza.

—Giulietta querida mía, te tengo miedo —bromeó su marido—. No tengo idea de quién eres ni con quien me casé.

—Te casaste con la mujer que escogiste —sonrió ella contestándole—. Con aquella que desde que viste no la dejaste en paz, con aquella que te rechazó varias veces pero que tu tenacidad y encanto logro doblegar. Te casaste con la mujer de la cual te enamoraste locamente y no descansaste hasta hacerla tu esposa.

—Y con una maravillosa mujer a la que sigo amando como la primera vez y la que me ha hecho muy feliz —sonrió también.

Después de tantos años el amor entre ellos era como para hacer suspirar, ellos me hacían creer que el verdadero amor existía, que era muy fuerte y trascendía todo.

—Eloísa ¿Cómo obtuviste esta pintura? —insistió Giulietta.

—La primera vez que la vi… fue en un hermoso castillo escoses —contesté lo más natural posible mientras él se acercaba a mí—. Como le dije me enamoré de este hombre pero por circunstancias… del destino la pintura sufrió un saqueo que afortunadamente el fuego no consumió. Una vez que la recuperé y la pintura me perteneció siempre llevé su imagen conmigo —le mostré mi camafeo.

—En verdad te enamoraste de él —miró mi cadena y la miniatura con asombro—. Debió costarte una fortuna este cuadro porque es una completa antigüedad también.

—El precio para recuperarla… volvería a hacer que se pagara —apreté los labios intentando sonreír—. Para mí no había nada más valioso que él.

—¿Es también del siglo XIV?

—Sí.

—¿Y sabes cómo se llamaba este hombre?

Asentí bajando la cabeza, evité mostrarme triste y que me notara.

—Se llamaba… Edmund MacBellow.

—¿Edmund MacBellow? —Repitió su nombre—. Nunca escuché de ese apellido.

—Él… iba a convertirse en el cuarto duque de Westhburry.

—¿Duque de Westhburry? —insistió.

—Su padre fue servidor de Ricardo, él fue el primo de su antecesor.

Se volvió a llevar las manos a la boca y esta vez sí se sentó. Estaba muy asombrada.

—Edmund nació el 14 de Agosto de 1,362 —continué.

—¿Querida? —su marido se encontró con ella sujetándole una mano.

—Estoy bien, tranquilo, es sólo la impresión.

—Todos estamos muy impresionados —secundó Piero abrazando a su esposa.

—¿Cómo sabes todo eso? —insistió Giulietta.

—Eloísa ama la historia —Giulio interrumpió con disimulo—. No tienen idea de lo fascinante que es escucharla de sus labios, yo he aprendido mucho en poco tiempo.

—Pues voy a tener que volver a mis libros de historias —dijo Giulietta—. Seguramente se me debe haber pasado eso.

—En los libros de historia no encontrará nada de ellos —le hice ver.

—¿No?

Negué.

—Muchas veces la historia… o quienes se encargan de recopilarla… ignoran muchas cosas, o en el caso de saberlas no las dicen cómo deben ser o las omiten si les conviene —dijo Giulio.

—¿A qué te refieres? —la curiosidad de Giulietta era demasiada.

Giulio me miró y entendió que yo no estaba preparada para volver a lo mismo, así que sujetando mi mano él dijo las cosas a su manera.

—No es una historia agradable abuela, es romántica pero también llena de dolor y tragedia —comenzó a decir—. A Eloísa le afecta narrarla porque… es muy sensible a algunos temas, lo único que puedo decirte es que este hombre era inglés, hijo de un hombre influyente en la corte de ese Ricardo, se mudó a Escocia y allí se enamoró de una preciosa doncella. Poco antes de hacerla su esposa hizo que ella y su familia se mudaran a su castillo en Edimburgo pero como eran tiempos… extraños, hubo una especie de complot contra su padre y por ende lo alcanzó a él. El caso es que surgieron enemigos o mejor dicho, los enemigos por fin se mostraron luego de decirse amigos y… aprovechándose de la fiesta de compromiso de los novios… asaltaron el castillo y… los masacraron a todos de la manera más horrible que puedan imaginarse.

Los señores nos miraban con la boca abierta y yo evitaba llorar pero un nudo volvía a apretarme la garganta y debía ser fuerte y disimular.

—¿A todos? —logró preguntar Giulietta.

—A todos —repitió él—. Incluyendo al hombre que ven en el cuadro, exactamente como lo ven así murió. Teniendo la vida y la felicidad por delante la maldad se la arrebató y acabó con todo.

—Mi niño, mi niño —Giulietta se levantó del sofá para abrazarlo y llorar—. Este hombre debió tener tu edad para la época, es horrible, horrible, si algo te pasara yo me muero.

—Giulietta no diga eso —Christina se levantó también para abrazar a su hijo, Giulio se vio asediado por sus dos queridas mujeres que amenazaban con asfixiarlo, las rodeó con cada brazo y sonrió al sentirse tan querido.

—Madre que cosas se te acurren decir —le dijo Piero—. Giulio es nuestro único hijo, recuerda los problemas que hubieron antes y después de su nacimiento, no vuelvas a decir eso, si mi hijo llegara a morir a la edad que tiene yo me volvería loco.

—No, no —Christina casi lo ahorcaba por lo fuerte que lo abrazaba.

—Mamá, abuela… —logró hablar—. Definitivamente si van a matarme si no me sueltan, no puedo respirar y me duele el pecho —bromeó para liberarse de ellas.

Las mujeres lo soltaron y él respiró tranquilo moviendo la cabeza de un lado a otro, su broma dio resultado.

“Y yo no estoy preparada para volver a perder a otro ser amado, esta vez ya no iba a soportarlo” —pensé para mí, no podía decir eso, con todas mis fuerzas rogaba porque él viviera muchos, muchos años.

—Eloísa ¿Qué pretendes hacer con el cuadro? —me preguntó Giulietta, estaba muy interesada en él.

Miré a Giulio y luego le contesté.

—Nunca voy a olvidar a Edmund pero no puedo negar que verlo… me duele, sé que no me entienden pero… siento que lo conocí y su historia me ha marcado para siempre, por respeto a Giulio no puedo seguir conservando el cuadro una vez que sea su esposa así que… —tragué las ganas de llorar, no era fácil decirle adiós pero continué—. Quiero que usted lo conserve Giulietta —me miró asombrada y notaba que quería llorar también—. Quiero que se lleve el cuadro a la Toscana para su colección, creo que la coincidencia de tener la pintura del bebé y del mismo hombre adulto merece que estén juntos. Sé que le dará un lugar especial en su casa.

Giulio también tragó reteniendo las lágrimas, sabía que lo que yo estaba haciendo no era fácil.

—Yo me siento honrada por tu decisión hija —evitaba que su voz se quebrara como si por un momento pudiera ver en mí lo que había sido—. Será un enorme placer cuidar de… Edmund mientras yo siga teniendo vida pero… según dices la pintura pertenece a un castillo escoses, ¿no crees que merece estar en su lugar?

—Eloísa es la dueña del castillo abuela —dijo Giulio.

—¿Cómo? —todos me miraron asustados.

—¿Eres dueña de un castillo en Escocia? —insistió Christina.

—¿Un castillo como los de los cuentos mamá? —preguntó Arabella.

—Sí mi amor, algo así —le contesté.

—¿Podemos ir a conocerlo? —secundó Giulietta.

—Cuando quieran, son muy bienvenidos.

—¿Cómo es que eres dueña de un castillo? —inquirió Enrico.

—Es una herencia familiar —disimuló Giulio como siempre apoyándome—. En el pasado la familia de Eloísa emparentó con los señores del castillo, las familias se unieron por amor y… bueno pues… por eso es una herencia.

—¿Entonces si hubieron sobrevivientes a la masacre? —Preguntó Giulietta—. ¿Tu familia… también emparentó con antecesores de la mía?

—Es algo confuso abuela —le dijo Giulio.

—Es maravilloso diría yo, son tantas coincidencias entre ustedes… definitivamente siento que el destino es poderoso, ustedes no son casualidad, ustedes están destinados y me siento tan emocionada que no puedo detener mis lágrimas —comenzó a llorar—. La historia es tan increíble que… siento que no puedo asimilarla pero de lo que si estoy segura es que ustedes están tan destinados a estar juntos que no habrá poder humano que pueda separarlos. El amor sobre pasa todo y me entusiasma tanto la idea de conocer a sus hijos que ahora si ruego a Dios me de la vida para verlos crecer.

Mis lágrimas cayeron cuando dijo eso y sentí mi corazón estrujarse, no estaba segura de poder concebir aunque ya fuera humana otra vez, no lo había considerado, no lo había pensado y lo miré a él, podría ser castigada por lo que fui y él no podía atarse a una mujer que no lo haría padre. Entendió mi mirada y con fuerza besó lo alto de mi cabeza, estaba segura que eso no iba a detener sus planes, eso no era suficiente motivo para dejarme, me sentí mal. Arabella al verme así se acercó a mí y me acarició la cara.

—¿Tendré hermanitos mamá? —me preguntó con tierna vocecita.

—No lo sé mi amor —le susurré limpiándome las lágrimas.

Se acurrucó abrazándose a mi cintura con cuidado y me extrañó verla así, se quedó un rato inmóvil.

—Yo creo que sí —insistió, su fe me conmovía, como también sabía que nada era imposible para Dios. Me tranquilicé.

—Ahora entiendo tu desmayo cuando llegó mi cuadro, mencionaste su nombre, lo escuché claramente —continuó Giulietta cuando se tranquilizó en los brazos de su marido—. Haré lo que me pides hija, el retrato de Edmund MacBellow será llevado a la Toscana, tendrá un lugar muy privilegiado en mi galería privada y será cuidado con el mayor de los esmeros así como tú lo has hecho y el día que... personalmente ya no pueda cuidarlo más volverá a ti.

—Gracias —susurré sintiendo una dolorosa presión en el pecho y rozando mi cadena—. Y por favor, que no esté expuesto a la vista, no quiero que esté disponible al público, no quiero que nadie lo vea.

—Entiendo hija y creo que será lo mejor, se hará como quieras, soy yo quien te agradece la difícil decisión que has tomado.

Giulio me abrazó y besó mi coronilla, suspiró allí a la vez que yo abrazaba a Arabella que se había quedado en mi regazo, había sido un momento emotivo pero era necesario para mí poder liberar parte de mi alma de esa manera.

“Edmund por fin estarás en Italia como lo quisiste y muy cerca de Florencia” —pensé sin dejar de llorar.