Capítulo II

 

La Incomodidad

 

El ardor en mis manos me hizo volver en mí. Estaba en la cama y al parecer me había quedado dormida porque no recuerdo haberme desmayado. Me desperté sobresaltada y desorientada sin entender lo que me había sucedido y sentado a mi lado estaba él, seriamente curando las leves heridas de mis nudillos, mis manos me dolían mucho, ni siquiera podía mover los dedos, creo que en mi coraje había exagerado y me sentía mal por el desastre que había hecho;

—¡Auch! —Exclamé arrugando la frente—. ¡Duele!

—No más que a mí —dijo seriamente retirando el algodón de mi herida—. No entiendo porqué te comportas así.

—¿En serio te gustaría ponerte en mi lugar? —Pregunté levantando una ceja—. Creo que puedo hacerlo sin problemas… ¡Auch!

Sin delicadeza me llenó otra herida de alcohol, Loui no era un buen enfermero, ahora entendía porque había dejado la carrera de medicina, no tenía paciencia o al menos me lo había hecho deliberadamente;

—No te conviene provocarme —dijo tranquilamente limpiando la herida—. Puedo hacerte sufrir en este preciso momento.

—Eres tú el que me provoca —le dije haciendo pucheros—. Loui ponte en mi lugar, sólo un momento, ¿Cómo estarías tú si hubieras visto una nota en la que un “amigo” se expresa ante mí de esa manera?

—Obviamente muy molesto.

—Y no sólo eso, reconócelo, estarías furioso, con tu actitud de celos incontrolables, seguramente encerrado en tu despacho sin haber querido cenar, o seguramente…

—¿O qué? —preguntó mirándome fijamente.

—Intentando tomarme por la fuerza —respondí sabiendo que había leído mi mente.

—Ya está —guardó todo poniéndose de pie para dirigirse al baño fingiendo ignorar mi respuesta—. Al menos no tendrás una infección.

Bajé mi cabeza un poco avergonzada y comencé a soplar mis heridas, me dolían horrible pero sabía que él también se sentía avergonzado por lo que dije, él sabía que tenía razón y al hacerle esa pregunta revolví su tormento y sus celos injustificados. Al menos él sabía cómo era yo y cómo era su amigo al confiarle lo que sentía, ninguno de los dos le faltamos el respeto y aunque yo conocía a Loui no podía decir lo mismo de la tal Dione, si era una resbalosa en sus años de estudio, qué no sería ahora, no creía que hubiera cambiado, mi abuela decía “gallina que come huevos, ni aunque le quemen el pico” y hay mujeres que aunque oculten lo que son, su verdadera naturaleza siempre sale a la luz. Al ver que Loui no salía del baño y al escuchar la regadera supe que no regresaría luego, entonces me levanté y me dirigí al armario para buscar mi ropa de dormir, sentía frío así que seleccioné una pijama de franela y terciopelo y me vestí rápidamente intentando no lastimarme las manos, luego me senté frente al tocador para arreglarme un poco. ¡Dios! Mi cara era un desastre, me desmaquillé completamente limpiándome bien y esperé a que Loui saliera de la ducha. Era el colmo tener problemas por esa mujer que ni siquiera había llegado.

Cuando él salió me vio que estaba en mi tocador y sin decir nada más se dirigió al armario también, no estaba molesto, su mirada era triste y eso me hizo sentir más mal. Me encaminé al baño y me sorprendí verlo un tanto ordenado, sin duda había sido él mismo que recogió el tiradero que yo hice y sin decir nada me dispuse a lavarme los dientes y la cara. Cuando salí él ya estaba en la cama, así que yo también me encaminé a la misma para acostarme y tratar de descansar;

—Gracias por curarme —le dije rompiendo el hielo mientras me acostaba.

—No tienes porque darlas —me miró fijamente con esos hermosos ojos que hacían que me derritiera a la hora que él quisiera—. Era lo menos que podía hacer, después de todo yo soy el culpable.

—¿Tú ordenaste el baño? —pregunté apenada.

—Sí.

—¿Cómo aparecí en la cama? sólo recuerdo mi rabieta y que comencé a llorar, pero nada más.

Cuando regresé a la habitación después de la cena me extrañó no verte acostada, creí que estabas en el armario pero tampoco, me dirigí al baño y aunque toqué la puerta varias veces no respondiste, entonces entré y te vi en el suelo en posición fetal y en medio de todo el desorden, me apresuré a ayudarte porque pensé que te habías desmayado pero no fue así, te habías dormido llorando, miré tus manos y entonces supe lo que había pasado. Desquitaste tu enojo con todas las cosas que encontraste a tu paso por el baño, cualquiera hubiese pensado que los príncipes habían hecho ese tiradero, pero veo que tengo otra niña que también hace corajes. ¿Aún te sigues preguntando de dónde sacó Leonor su temperamento?

—No me eches toda la culpa —sonreí apenada—. Tú también tienes lo tuyo y muy bien sembrado.

—¿Yo? —Preguntó sonriendo e inclinándose a mí apoyándose sobre su codo y su cabeza sobre su mano—. Pero si soy más bueno que el pan.

—Ja, ja, ja, —me reí a carcajadas sin poder controlarme ante esa primicia.

—Ah… ¿te burlas de mí? —inquirió fingiendo indignación.

—No amor, nunca lo haría —lo observé fijamente.

—Me encanta verte sonreír —clavó su mirada azul en mí.

—Gracias por hacerme reír —me ruboricé.

—Es un placer —acarició mi cara.

—Gracias por soportarme —suspiré.

—Tú lo haces todo el tiempo —besó mi frente—. Tu amor hace que me soportes.

—Pues estamos a mano —sonreí.

—Te amo —perdía su mirada en mí—. Nunca lo dudes, eres la única mujer para mí, nunca miré ni miraré a otra mujer como te veo a ti, eres todo lo que quiero, eres todo mi mundo, eres todo mi universo.

Diciendo esto, me besó apasionadamente atrayéndome a él con el cuidado de no pegar su pecho al mío, mis manos me dolían pero traté de acariciar su cabello enredando mis dedos en él, disfrutaba el sabor de sus labios, disfrutaba sus caricias, disfrutaba sabiéndolo sólo mío y lucharía contra lo que fuera porque así continuaran las cosas, no iba a permitir que una cualquiera me quitara lo que me pertenecía, no iba a permitir que esa mujer me quitara mi paz.

El amanecer del sábado llegó sin problemas, como era de esperarse la inflamación en mis manos fue notoria y me dolían mucho. Tenía problemas para mover mis dedos, me sentía inválida y molesta, molesta conmigo misma por no haber controlado mi temperamento y molesta con esa mujer por haber trastornado mis planes. No era el día del cumpleaños de Loui, pero decidí adelantar la celebración y no hacerla el mismo día como otros años, reconozco que lo hice intencionalmente por ella y rogaba a Dios que esa mujer no llegara durante el día porque terminaría de fastidiar mi existencia. El dilema era que cómo iba a disimular la inflamación y los golpes de mis manos sin que los demás lo notaran, no quería preguntas ni habladurías y mucho menos dar una explicación. Mientras Loui seguía dormido me dirigí al baño a darme una ducha, el agua tibia me relajó mucho pero la sensibilidad de mis manos me estorbaba para moverlas con libertad. Cuando terminé me vestí con el albornoz, me lavé los dientes y luego aproveché para llenar un poco el lavado con agua fría y meter mis manos un momento. La sensación del cambio brusco hizo que me dolieran más, pero al tenerlas ahí poco a poco el malestar se fue calmando, sólo esperaba que pudieran desinflamarse aunque fuera un poco, no quería que me vieran así.

Estando ahí y con las manos ya dormidas por el agua helada, alguien me rodeó por la cintura dándome un tierno beso en el cuello. Loui ya había despertado;

—Tan deliciosa después de la ducha como siempre —susurró besando el lóbulo de mi oreja y llevando sus manos por otro rumbo.

Su erección saludando mi trasero hizo que mi cuerpo respondiera y mi intimidad comenzara a palpitar;

—Buenos días amor —saludé estremeciéndome.

—¿Qué haces? —preguntó tocándome más fuerte.

—Loui por favor… —le supliqué tratando de controlarme por su toque—. Estoy tratando de desinflamar mis manos.

—Es verdad —las observó fijamente sacándolas del agua—. Debes tomar un desinflamatorio, voy a darte una pastilla.

Se dirigió al botiquín y cogió una cajita, sacó la pastilla y mientras me secaba las manos me la dio;

—Gracias, iré a buscar agua y por cierto hay un cambio de planes.

—¿Cambio de planes? —preguntó mientras se desvestía.

—Sí —le contesté hipnotizada por su deseable pecho el cual deseaba morder.

—¿Y? —insistió moviendo su mano frente a mis ojos.

—Hoy celebraremos tu cumpleaños —contesté reaccionando.

—¿Qué?

—Así es.

—¿Pero…?

—Ningún pero —le dije seriamente olvidándome de su anatomía—. Así que báñate rápido para que bajemos a desayunar, voy a anunciarles a todos mi decisión y tengo muchas cosas que hacer.

Sé limitó a ponerme sus ojos en blanco y a meterse a la ducha sin protestar, mostrándome descaradamente su perfecto trasero que yo deseaba devorar. Salí del baño ignorando la seductora escena pero mordiéndome los labios al no poder hacer nada más. Salí para tomarme la pastilla y para cambiarme rápidamente, tenía que anotar todo lo que tenía que hacer, seguramente no saldrían las cosas como las esperaba pero de lo que si estaba segura era de no esperar ni un minuto más y menos, la llegada imprevista de la intrusa.

Cuando bajamos al comedor, sólo Randolph y Dylan estaban sentados en la mesa y como es obvio al vernos llegar, se pusieron de pie y nos reverenciaron. Loui acomodó mi silla y al sentarme yo, seguidamente se sentaron también ellos. Algo que me encantaba de Bórdovar era la caballerosidad que los hombres siempre mostraban, era tradición y agradecía que eso no cambiara, en lo personal me hacía sentir muy bien y halagada;

—Me alegra ver que esté mejor majestad —me dijo Randolph—. Siempre es un placer verla en la mesa.

—Gracias —le dije intentando esconder mis manos entre mis piernas y el mantel—. Me siento mejor y al menos con mucho apetito.

—Eso es normal —dijo Loui desenvolviendo su servilleta—. Anoche no quisiste comer nada.

—Con todo lo que ha sucedido es normal que su estado de ánimo esté decaído. —Randolph bebía su taza de café—. Lo que ha pasado no es para menos.

—Por ahora tengo otros planes. —Me estaba muriendo del hambre y sin poder tocar nada mientras los sirvientes servían todo—. Me extraña no ver a Jonathan y Regina en la mesa.

—Aquí estamos —dijo Regina mientras saludaba a todos—. Buenos días, perdón por el retraso.

—No te preocupes —le dije mientras nos besábamos en las mejillas—. Creí que tenías malestares.

—Gracias a Dios no, en ese aspecto me he sentido bien.

—Buenos días majestad, es un placer veros —dijo Jonathan muy caballerosamente extendiendo su mano para saludarme y besar la mía, mi mente se bloqueó.

Sólo pasaron segundos y no supe qué hacer, no podía ser tan descortés y negarle el saludo, pero tampoco quería sacar mis manos y que comenzaran a preguntar, miré a Loui y él sólo se limitó a levantar una ceja y a beber su jugo. Jonathan era un ser especial, no podía hacerle tal desaire así que con toda la vergüenza del mundo saqué mi mano y la puse sobre la de él;

—¡Oh por Dios! —exclamó Regina al mismo tiempo que Randolph se levantó de su silla y con asombro miraron mi mano.

Jonathan cambió de semblante tensando la mandíbula y me miró fijamente mientras gentilmente la sostenía, estaba segura que había pensado lo peor y le dirigió una mirada sutil a Loui, algo que yo entendí perfectamente. Sin hacer caso a mis moretones y rasguños incluso a la inflamación, con mucha suavidad posó sus labios sobre mi piel, definitivamente Jonathan era un hombre único y por un momento sentí que seguía venerándome;

—Majestad su mano… —dijo Randolph asustado—. ¿Qué le ha pasado?

Dylan también me miró seriamente y llegué al punto de ya no saber interpretar esas miradas, estaba segura que tanto él como Jonathan pensaron lo mismo y el único blanco culpable, era Loui.

—No es nada —contesté mientras Jonathan sostenía mi mano sin dejar de observarla seriamente—. Yo… tuve la culpa, fue un… arranque de ira.

—Pero Constanza tú no eres así —me dijo Regina mientras se dirigía a su silla seguida por su marido.

—Será mejor que se sienten —les pedí sacando mis manos de debajo de la mesa y terminando de mostrar mi obra.

—¿Y las dos manos? —Insistió Randolph—. Voy a llamar al doctor Khrauss enseguida.

—No…no lo haga. —Me adelanté a decirle antes de que dejara la mesa—. No es necesario, al menos no por ahora, por la noche podrá verme sin problemas pero no ahora.

—¿Por la noche? —preguntó—. Pero entre más pasa el tiempo…

—Por favor necesito que me escuchen —insistí.

Una vez que todos estaban en la mesa y el desayuno fue servido comencé a hablar;

—He decidido… —exhalé con paciencia—. Que esta noche se celebrará el cumpleaños de rey.

Todos incluyendo al mismo Loui me miraron fijamente, a diferencia que los demás si estaban sorprendidos;

—¿Por qué ese cambio de planes? —preguntó Regina sorprendida.

—El cumpleaños de su majestad es pasado mañana —dijo Randolph—. Y hasta ahora usted había querido hacer las celebraciones el mismo día, en la misma fecha. ¿Se siente insegura por la desaparición de Juliana?

—En parte es eso —contesté endulzando mi café—. Pero también hay otro motivo y es ese el que realmente me molesta.

—¿Y cuál es si lo podemos saber? —preguntó Regina mientras comenzaba a comer un trozo de papaya.

Miré a Loui fijamente esperando que él mismo lo dijera, pero su silencio me hizo saber que no lo haría y no entendía por qué, si eso le avergonzaba o no le daba importancia igual era su deber decirlo, además salvo por la presencia de Dylan prácticamente estábamos sólo la familia;

—Hay algo más que… —comencé a titubear sin saber por dónde empezar.

Randolph me miró y supo que algo no andaba bien, me daba vergüenza que sacara sus propias conclusiones por lo sucedido con mis manos y relacionara las cosas;

—Perdóname Loui por ser un asunto delicado y aunque no me corresponde a mí decirlo lo voy a hacer. —Me dirigí a él seriamente y luego a los demás—: Es algo que me avergüenza en lo personal y aunque ustedes nada tienen que ver en el asunto es necesario que como familia lo sepan pero…

Cerré los ojos y suspiré, necesitaba tomar aire y mantener la calma, no sabía qué consecuencias podía tener este asunto sobre nosotros. Justamente cuando me disponía a hablar Loui sujetó con suavidad mi mano y me detuvo mirándome con esa mirada azul cristalina que me era imposible resistir;

—Recibí una nota y… —comenzó a decir rompiendo su silencio y besando mi mano—. Para nosotros, es algo muy delicado.

Randolph y Jonathan se miraron en complicidad, mientras Regina sin probar bocado miraba a Loui esperando que terminara de hablar. Dylan no entendía nada.

—Durante mi estadía en Francia en mis años de estudio conocí a una mujer que… se encaprichó conmigo mirándome como un trofeo que ganar. Siempre quiso que tuviéramos algo, incluso estaba dispuesta a… servirme en la cama cuando yo lo quisiera, cosa que nunca hice. Para ella fui un reto a cuya meta no llegó, el problema es que ahora y después de tantos años… viene a Bórdovar.

—¿Una ex tuya viene a visitarte y esperas que Constanza actúe como si nada? —preguntó Regina cambiando de colores.

—No es mi ex —replicó Loui—. ¿Escuchaste lo que dije?

—Es como si lo hubiese sido —le contestó—. Y si la presencia de esa mujer es una falta de respeto a tu familia, entonces impide que venga.

—Ya es tarde me lo hizo saber en una nota, es posible que llegue hoy o mañana.

—¿Y es por eso que su majestad la reina desea celebrar hoy su cumpleaños? —Preguntó Randolph—. Siendo así tiene mucha razón y yo la secundo, llamaré ahora mismo a Tito para que tenga listo su pastel por la tarde.

—Al menos espero que esa mujer no se quede para la navidad —dijo Regina—. Será una celebración familiar y ella no tiene porqué estar con nosotros.

—¿Estás celosa? —preguntó Loui muy sonriente bebiendo su jugo—. Nunca lo demostraste, ni siquiera cuando llegó Constanza.

—Deja de hacer alarde de tu hermosura, Narciso —contestó Regina muy seria levantando una ceja—. Hablo en serio, si tú no pones a esa mujer en su lugar y la mandas de regreso a Versalles yo si lo voy a hacer, como tu prima y parte de la familia real tengo todo el derecho para hacerlo, así que decide o le hablas claro desde el principio o… me encargaré de mandarla a la guillotina y literalmente hablo de cortarle la cabeza.

—Vaya amenaza. —Loui contenía una fuerte carcajada—. Creo que estas dos mujeres son muy peligrosas. —Se dirigió a los hombres muy sonriente.

—No te burles —insistió Regina.

—Querida ya es suficiente —le dijo Jonathan sosteniendo su mano.

—Jonathan esto es serio, mira las manos de Constanza, estoy segura que por eso se lastimó, no es para menos, no es que las mujeres seamos exageradas y nos guste ahogarnos en un vaso de agua de puro gusto. Ustedes los hombres todo lo ven bien y de la manera más cómica, o al menos cuando les conviene y no entiendo porqué…

—Muchas gracias Regina —le dije tratando de calmarla—. Pero no es bueno en tu estado que te exaltes de ese modo y aún más, gastando energías en los hombres, creo que ahora no vale la pena. Y sí, es verdad, debido a eso… hice un fuerte coraje ayer y… las consecuencias saltan a la vista.

—¿Conozco a esa mujer? —le preguntó seriamente Dylan a Loui.

—No, claro que no —le contestó.

—Y si no lo hiciste es porque no te importó, los hombres somos así por naturaleza, así como hay mujeres que son capaces de quitarnos el sueño, también hay otras que ni siquiera valen la pena mencionarlas.

—Y siendo buenos amigos es creíble —dijo Randolph—. Los buenos amigos se cuentan todo.

—O se ocultan todo —replicó Regina.

Todas las miradas se posaron en ella, seguramente lo dijo sin pensar;

—Perdón —encogió los hombros sin dejar de ver su plato.

Bajé la cabeza con vergüenza y cerré mis ojos sin remedio. Quería creer por un momento que todo esto que estaba pasando era sólo un malentendido, necesitaba que alguien me dijera que estaba soñando y que despertara. Necesitaba saber y darme cuenta que nada de lo que estaba pasando era verdad.

—Bueno… —dijo Regina tomando su vaso de leche—. Por los momentos esperemos que suceda un milagro y esa mujer no venga. Vamos a prepararnos para la reunión del cumpleaños del rey y trataremos de pasarla bien, dentro de lo que cabe.

Terminamos de desayunar normalmente y Regina y Randolph me ayudaron con los preparativos después. El día se tornó un poco tenso por la falta de tiempo, pero tratamos de hacer que todo saliera bien y que todo estuviera listo para la noche.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Nieblas del pasado 2
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