Capítulo XIII
Ludwig e Isabella
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Salimos del despacho, volvió a besar mi frente, me deseó buenas noches y se dirigió a otro pasillo. Mientras yo iba caminando como zombi hipnotizada por el libro y su contenido, recordé que andaba puesto un chal en mis hombros regalo de Hans y con la plática se me olvidó y lo había dejado en el sillón, rápidamente me regresé al despacho y al verlo sentí alivio, la noche estaba muy fresca a pesar que el invierno ya se estaba yendo y deseaba dormir con él, pero al dirigirme a la puerta de nuevo escuché pasos y dos personas hablando un poco fuerte, así que tuve miedo y rápidamente reaccioné, miré el gran escritorio de madera y como era cubierto de la parte frontal supe que sería un buen escondite, corrí a él y me hinqué, gateando me escondí en él para que no se percataran de mi presencia hasta que los que entraban salieran de nuevo sin saber que yo estaba allí, pero mi sorpresa fue mayúscula al escuchar quienes entraban y quienes discutían.
—¡Ya basta te digo que me sueltes! —Tita estaba muy molesta—. Me lastimas el brazo Ludwig, ¡Suéltame!
—Tu terquedad ya me tiene cansado —le dijo el duque quien prácticamente la arrastró al sillón y la obligó a sentarse—. He sido muy paciente esperando que me des una oportunidad para explicarte todo y no me la has dado.
—¿Me la diste tú a mí? No verdad, no quisiste escucharme, tengo el derecho de hacer lo mismo.
—Te guste o no vas a escucharme. Necesitamos hablar y aclarar todo, no puedo permitir que te vayas y sigamos creyendo lo peor el uno del otro.
Hubo un momento de silencio entre los dos, ambos exhalaron resignados, al parecer una guerra entre ellos estaba a punto de librarse.
—Jamás, jamás, jamás imaginé que la ilusión de mi nieto me hiciera volver a revivir las mías propias —dijo el duque a lo que yo tuve que poner mis manos en la boca para no emitir ningún sonido, sabía que aunque se enojara con él mismo iba a declararle todo a Tita, vaya plática la que iba a presenciar sin querer, en definitiva Tita no se iba a escapar de esta.
—Pues yo no sé de qué hablas —le dijo Tita fingiendo ignorancia.
—Claro que lo sabes —el duque se sentó junto a ella, lo sentí—. Lo sabes muy bien, ¿Qué pensaste cuando viste a Leopoldo la primera vez?
—Nada.
—No mientas, me recordaste, reconócelo, sabes que Leopoldo se parece conmigo cuando tenía su edad, es mi vivo retrato.
Se quedaron callados por un momento, Tita suspiró.
—No sigas atormentándome Ludwig, todo esto ha sido una casualidad, nada más.
—No es casualidad y lo sabes, no puedo creer que esté diciendo esto a mi edad, pero ahora sí creo en el destino, él se ha encargado de unirnos de nuevo y de darnos otra oportunidad. Estuvimos destinados a estar juntos Isabella, no dejemos escapar esta oportunidad que se nos presenta de nuevo.
—Tú lo has dicho, “estuvimos” ya no, no a estas alturas.
—Mi amor…
—No vuelvas a llamarme así —la voz de Tita comenzaba a quebrarse—. No quiero.
—Siempre lo fuiste.
—No parecía, tu amor no fue tan fuerte como creí y eso me desilusionó, lo que sea que sentí por ti murió de la misma manera en la que te creí muerto, este amor también lo enterré, ya no soy la misma.
—Para mí si lo sigues siendo, tu recuerdo lo he mantenido vivo a través del tiempo y es poco el cambio que veo en ti, para mí sigues siendo la mujer más hermosa y de la cual me enamoré.
—¡Basta ya! No quiero escucharte más.
—Pues vas a tener que hacerlo, hoy aclaremos todo de una vez. —Se levantó del sillón y se dirigió al gramófono para colocar un disco.
—No tiene caso —insistió Tita—. Han pasado muchos años…
—Los que se han encargado de favorecerte.
—Deja tus adulaciones que no te van a servir de nada.
El duque suspiró por un momento, seguramente intentaba mantener su paciencia, se concentró en el disco y al momento la música se dejó escuchar, la reconocí de inmediato.
—No, no, por favor, quita eso, no quiero escucharlo —decía Tita.
—¿Te inquieta verdad? No la has olvidado.
—¡Basta ya Ludwig!
La música de piano era melancólica, el vals en La menor # 3 de Chopin había tenido efecto en Tita.
—¿La recuerdas? —insistió el duque acercándose a ella de nuevo.
—No. —Trataba de disimular.
Él sonrió exhalando y volvió a sentarse a su lado.
—¿Fuiste feliz Isabella?
—¿A qué se debe tu pregunta? Supongo que conoces muy bien la respuesta.
—Dímelo.
—Gracias a ti, no. ¿Se te olvida lo que me hiciste?
El duque se quedó callado por un momento.
—No hagas preguntas tontas —insistió Tita arremetiendo contra él sin piedad—. Destrozaste mi corazón y mataste todo lo que yo sentía por ti.
—Ibas a casarte con otro ¿Qué esperabas?
—Que me escucharas, que me creyeras, que fueras a buscarme y me rescataras. Te amé Ludwig, te amé con toda mi alma, pero nací mujer, no podía revelarme contra mis padres, se jugaba demasiado, tú sabías el cariño que había entre mis padres y la familia real española, yo no podía hacer nada, pero si tan solo hubieras llegado a buscarme sin dudarlo me hubiera escapado contigo.
—Fui un estúpido y mi ira me cegó.
—Me cansé de enviarte cartas y nunca recibí una tan sola respuesta desde que me dejaste, fuiste tú el que acabó con todo ¿Por qué me culpas? Necesitaba un impulso para ser valiente, te necesitaba a ti, pero nunca llegaste, me dejaste cuando más te necesité, mis padres no entendieron mi depresión y quería morir a causa de eso, te llevaste mi vida Ludwig, te llevaste todo de mí, ahora no esperes encontrar nada, ya no, no hay nada para ti.
—Mi amor no me digas eso —tomó sus manos y las besó con desesperación—. Cuando recibí tu primera carta mi mundo se hizo pedazos, por primera vez lloré amargamente por una mujer, enloquecí de rabia al saber que te había perdido y que serías de otro. La maldita idea me atormentaba, no soportaba imaginarlo, recibí tu carta cuando tenía un viaje en puerta y no supe qué hacer, estaba dejando Viena definitivamente, por lo que nunca más volví a leer otra carta tuya. Si llegaron a la universidad, se perdieron, después de esa noticia no volví a leer nada más y esa amarga experiencia se quedó conmigo hasta este momento.
—Supongo que supiste lo que pasó con Gonzalo, ¿O no?
—Lo supe mucho después y ya era tarde para mí.
—Yo te hubiera perdonado si después hubieras aparecido.
—No podía hacerlo aunque eso me atormentó más, saber que estabas libre, en otras circunstancias hubiera sido algo muy diferente y no dudes que te hubiera buscado, en Madeira, en España, en Palermo, hasta en la misma luna si hubiera sido necesario pero ya no pudo ser.
—Por favor basta ya Ludwig, quiero irme a la cama, me duele la cabeza y Leonor debe de preguntarse dónde estoy.
—Por ella no te preocupes, además aún no hemos terminado.
—Para mí todo terminó hace mucho.
—Para mí no.
Tita suspiró ante la sentencia del duque.
—No hay nada entre nosotros Ludwig, admítelo.
—Donde hubo fuego…
—Afortunadamente aprendí a sacudirme el polvo luego de la caída y a las cenizas… se las llevó el viento.
—Pues aunque lo dudes tu recuerdo, tu imagen, tu sonrisa, tu timidez y aún el dulce sabor de tus labios fugaces me han acompañado todos estos años.
De verdad que Tita era dura de roer, era yo la que comenzaba a derretirme ante las palabras del duque y ella seguía como si nada aunque la justificaba, tenía razón en mantener su orgullo.
—¿A dónde quieres llegar Ludwig? Yo no voy a volver a humillarme ante ti.
—No quiero que lo hagas, ya he pagado todos estos años mi error y soy yo el que prácticamente está aquí de rodillas, tragándome todo mi orgullo y abriéndote mi corazón.
Tomó la mano de Tita de nuevo y un sonoro beso se dejó escuchar, luego suspiró.
—Fui el más estúpido de los hombres y no luché por ti, no luché por lo que realmente quería, cuando ya no te tuve… cuando ya no tenía el consuelo de nuestra correspondencia, todo me importaba poco pero era el príncipe heredero y tenía que vivir para mi pueblo, viví muerto en vida Isabella, fui yo el que pagó lo que supuse que tú vivirías. Yo sabía que no me ibas a olvidar, en mi orgullo de hombre me enseñoreaba como pavo real y sabía que en tu mente y en tu corazón no existiría nadie más. Aunque reventara de celos imaginándote con otro, sabía que mientras él te tocara y te hiciera el amor, pensarías en mí, en que era yo el que estaba contigo, que eran mis besos los que jugarían en tu boca, que eran mis brazos lo que te estrecharían y mis manos las que te acariciarían, me deleitaba pensando que mientras otro estuviera encima de ti, tú me mirarías a mí y te darías cuenta que era yo el que te penetraba hasta el fondo de tu alma.
¡Ay Dios! Las palabras del duque subidas de tono me estaban haciendo retorcerme en el hueco en el que estaba y de pronto sentía calor. Era grotesco imaginarlo a él, el problema fue que me imaginé a Leo y de pronto sentí algo en mi ropa íntima ¡La había mojado! Llevé mis manos a la boca y me di cuenta que las palmas estaban con sudor, igual me tapé la boca porque al imaginar a Leo intenté liberar un gemido y lo que menos quería era que ellos de dieran cuenta que estaba allí, lo único que quería era salir del despacho, buscar a Leo para besarlo y luego correr a la ducha que necesitaba con urgencia. Tenía mucha sed, necesitaba beber agua, mucha agua y muy fresca.
—¡Ludwig basta! No me hables así, a nuestra edad… por favor ya no es apropiado.
“Sí duque” —pensaba tragando en seco y mordiendo mis labios a la vez que tapaba mis oídos—. “Es muy impropio, ninguna chica quiere saber las aventuras sexuales de sus padres y peor de sus abuelos.”
—Y también me condené mi amor —insistió—. Sin ti nunca, escúchame bien, nunca fui feliz. Para mi desgracia sabiéndote próxima a ser de otro me precipité a una relación en la que yo mismo me engañé, la presión del deber pesaba sobre mí y acepté una relación en la que mi único beneficio fue mi heredero. Cuando supe lo de Gonzalo ya era tarde, yo estaba comprometido en matrimonio y esa fue mi condenación.
—Sufrí mucho por ti, pero lo superé, en tu despecho quisiste un consuelo, muy bien, lo obtuviste.
—Nunca la amé.
—Lo siento.
—Siempre estuviste tú.
—En cambio yo, conocí otro amor.
Un momento de silencio se sintió, sin duda eso no le había hecho gracia al duque.
—¿Fuiste feliz?
—Sí.
Una estocada para él, comenzó a darme lástima.
—Sin ti y sin Gonzalo creí que mi única alternativa al morir mi padre era encerrarme en un convento, pero gracias a Dios que se apiadó de mí no fue así. Conocí a un hombre maravilloso que me amó intensamente, que me trataba como una muñeca de cristal, que era generoso, tierno, cariñoso, comprensivo…
—¿Y apasionado?—preguntó secamente.
Tita se quedó callada por un momento.
—Dime, ¿Te hacía el amor de manera ardiente? ¿Te estremecías en sus brazos? ¿Te hacía pedir más? ¿Te saciaba? ¿Llegaste a sentir orgasmos? ¿Te hizo conocerlos?
“¡Ay duque por favor!” —gritaba en mi mente tapándome los oídos.
—Basta.
—Dímelo.
—Me entregué a él en nuestra noche de bodas como debía ser, fue muy gentil y me hizo su mujer, me inició en el arte del amor como todos los maridos lo hacen con sus mujeres inexpertas, mi primera vez fue… muy buena, más de lo que yo tal vez en mi ignorancia esperaba, además él… era piloto de la real fuerza aérea británica y en un viaje a la India mucho antes de conocernos se adentró al mundo del kamasutra, el arte del amor hindú, como su esposa me enseñó muchas cosas, incluso ilustraciones en libros y en el poco tiempo que estuvimos juntos logró convertirme en… “una espléndida amante” según él.
—Basta, ya no quiero saber más.
—¿Ahora eres tú?
Tita hablando de… ¿esa manera? no podía creerlo, quería salir de allí, ya no quería imaginarme nada, sin duda ya no podría dormir, la plática de ellos me había excitado, era grotesco, me sentía una enferma, ya no sería la misma.
—Sí Ludwig —insistió Tita—. Mi querido esposo fue un gran hombre y un perfecto amante, me deleitaba en él y él en mí. Esperaba nuestras noches con ansias y con mucho gusto y muy dispuesta le servía en la cama, me hizo depender de él en todos los sentidos, me hizo insaciable, era tierno y gentil, un caballero, pero también era fuego puro y en su más alta manifestación. Nuestra intimidad era excelsa, me hacía sentir los más placenteros orgasmos y yo me regocijaba cuando lo escuchaba gemir a él y gritar mi nombre. Aprendí a amarlo porque se lo merecía, me enamoré de él, lo amé a él, hacía el amor con George Hampton y no contigo, mi cuerpo era suyo y el de él era mío, nos conocimos como éramos, disfrutábamos nuestra pasión tanto, que pronto me embarazó de mis gemelos, él era un hombre muy potente, en todos los sentidos.
—¡Basta! —Gritó el duque lanzando un jarrón al suelo y levantándose del sillón. Estaba furioso—. Basta, ya no quiero saber nada más.
Sin duda un golpe bajo para el duque, Tita me había dejado boquiabierta y sin poder reaccionar. ¿Había hablado ella o alguien se posesionó de su cuerpo? Mi Tita me sonó muy erótica, demasiado ¿Era ella de verdad? La desconocí, nunca hubiera imaginado su naturaleza lujuriosa, bravo por mi abuelo, al parecer era una deidad sexual para ella. ¡Dios! Ya quería salir del despacho, creo que de tanto escuchar también sentí algún tipo de orgasmo porque de pronto me sentía liviana y extraña, como con un inexplicable bienestar corporal que no había sentido. Hubo un momento de silencio y sólo se escuchaban sus jadeos de cólera, parecía echar espuma por la boca, estaba rabioso, ni modo, él se había buscado eso. En ese momento alguien entró al despacho sin avisar y su inconfundible voz me derritió por completo, mi cuerpo tranquilo reaccionó a él y de pronto me di cuenta que estaba más empapada.
—Perdón, lamento interrumpir, no sabía que estaban aquí, lo siento. —Leo había llegado y yo comencé a controlar la respiración.
—No, no te preocupes, ya me iba. —Tita se levantó del sillón.
—No, no hemos terminado —sentenció el duque con la molestia que no podía ocultar ante su nieto.
—Veo que estaban platicando, no quise molestar, es sólo que busco a Leonor, no está en la habitación y la he buscado por todos los rincones y nadie me da razón de ella, creí que estaba aquí.
—Mi Leonor. —Tita se preocupó—. ¿Se habrá perdido? Hay que buscarla.
—Debe de estar en alguna parte —dijo el duque—. No hace mucho hablé con ella, nos despedimos en un pasillo próximo, seguramente habrá salido a respirar aire puro.
—La he buscado por todas partes y no la encuentro, estoy preocupado —dijo Leo.
—Mi niña, mi niña —decía Tita sujetando a Leo—. Por favor vamos a buscarla, este lugar es una fortaleza y para colmo es muy tarde, si se perdió debe de estar angustiada, si algo le pasa…
—No pasará nada —dijo Leo—. Ahora mismo le ordeno a la guardia buscarla hasta por debajo de las piedras.
—Si por favor, vamos, mi niña es muy inteligente, si salió debe de estar cerca.
—Tranquila —le dijo el duque olvidando su enojo y abrazándola para consolarla—. La vamos a encontrar, seguramente se alejó un poco de los jardines, más allá de los perímetros no hay luz de planta, no creo que se haya aventurado, debe de estar aquí cerca, no te angusties, vamos.
Y diciendo esto los tres salieron del despacho, por fin pude soltar todo el aire que retenía y salir de mi agujero, necesitaba estirar las piernas, sentía un horrible hormigueo y al intentar pararme me fui de bruces al suelo de nuevo, me había caído como una niña pequeña que daba sus primeros pasos, mis piernas temblaban horrible y me di cuenta que no era por estar escondida en una incómoda posición, comenzaba a conocer mi cuerpo, la excitación me había debilitado. Rápidamente me puse de pie de nuevo, cogí el libro y mi chal y sin hacer ruido abrí la puerta, saqué la cabeza y afortunadamente el pasillo estaba solo, así que pude salir tranquilamente, estaba muy sedienta y acalorada, el que todos estuvieran buscándome me daría tiempo para llegar a la habitación, beberme el jarrón de agua y ducharme rápidamente para luego salir como si nada hubiera pasado, aunque me ganara una buena reprimenda de mi abuela.
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