Capítulo XXXIII
La gota que derramó el vaso
En los siguientes días la situación fue igual, ni mejoró ni empeoró, era la primera vez que pasábamos momentos tan amargos, dormir ignorando su presencia me dolía y seguramente a él también, por primera vez dormíamos juntos pero no revueltos, él respetaba mi espacio y mi sentir de no querer su cercanía, seguramente lo asociaba más por mi periodo y se conformaba al grado de pasar varias noches fuera de la recámara en su observatorio. Tardó nueve meses exactos trasladar su observatorio del castillo de Bórdovar al Ange Château y era ese su refugio, yo también lo entendía y ambos teníamos la excusa perfecta para poner distancia y encerrarnos en nuestro mundo, casi no hablábamos, es más, yo no le hablaba, prefería no hacerlo y sé que él estaba desesperado, sé que yo estaba actuando mal y estaba contribuyendo aún más a hundir todo con mi actitud pero no podía hacer otra cosa, estaba dolida, herida, debía mantener mi orgullo por una vez en la vida y ser egoísta pensando en mí, si esa era la manera para comenzar a pisotear y hacer que me vieran con el respeto que me merecía así iban a ser las cosas entonces.
Los tres días que estuve indispuesta por los intensos dolores menstruales los pasé encerrada, me sirvió para reposar el malestar de mi tobillo también, para el cuarto día ya me sentía mejor y quise divagarme retomando las tutorías con los niños, llamé personalmente a Víctor para que hicieran traer a Virginia e intentar ayudarle lo cual agradeció infinitamente y era algo que él personalmente haría, me daba un poco de vergüenza verlo pero era algo que tenía soportar y poco a poco ir volviendo a socializar aunque fuera con las personas más allegadas. Así fue, a media mañana llegó siendo ayudado por la dama de Virginia, la sentaron en uno de los sillones de la habitación de los niños y sólo teníamos que esperar a que un milagro llegara y pudiera reaccionar aunque fuera de manera leve. Víctor me agradeció de corazón lo que hacía por su hermana a la vez que revisó de forma pasajera a los niños que gracias a Dios estaban bien, sabía que Virginia quedaba en buenas manos y dejándonos hacer nuestro trabajo él regresó al hospital. Durante tres días más hicimos la misma rutina, mientras le daba las clases a los niños, ella también formaba parte escuchando, el tiempo de las lecturas lo aprovechaba no tanto para que los niños comprendieran sino para que ella misma lo hiciera, mientras los niños merendaban y la dama de ella intentaba hacer que ella comiera yo seguía leyéndole, de alguna manera su cerebro debía responder, en esa rutina volví a memorizar a Austen, a Dickens, a Dumas y a Verne, la literatura nos estaba beneficiando a todos y más, escuchando la música clásica de fondo, esperaba que la terapia para Virginia diera el resultado positivo y me arrepentía no haberlo hecho antes, pero ese tiempo que compartíamos me sirvió también para divagarme y olvidar un poco todo lo sucedido.
Esos primeros cinco días de terapia para Virginia fueron buenos, no sólo estábamos en la habitación de los niños sino que salíamos al jardín, un poco de aire libre y fresco podía ayudar, Dylan sugirió una terapia con los animales para intentar algo diferente así que ese viernes por la tarde fuimos para comenzar a las caballerizas, la compañía de los perros era muy grata, lo importante era intentar varias actividades al respecto y agradecía la ayuda de los demás involucrados también. Gastón tenía la excusa perfecta para “cuidarme” y estar cerca de ella pero también notaba que Dylan por ratos observaba a Virginia y perdía su mirada en la chica, vaya dilema que estaba presenciando, Virginia le gustaba a Gastón y no podía disimularlo pero Dylan… no sabía qué pensar de él, lo había notado el día que la conoció cuando trajeron los adornos de navidad pero ahora… parecía que Virginia no le era indiferente también, intenté no pensar en el lío amoroso que esto podría acarrear, mi guarda espalda personal y el mejor amigo del rey al parecer atraídos por una misma mujer, una situación que no era ficticia pero bien podía dar rienda suelta a la imaginación y escribir una novela sobre eso. Para el día 12 de febrero decidí ponerme al día en mi oficina, estaba cansada del encierro y harta del bastón, necesitaba empaparme de todas mis actividades y no pensar en nada más, extrañaba no haber leído el diario de mi suegra pero en realidad lo que no quería era suspirar y terminar llorando por su amor envidiable y añorar lo que yo ya no sentía, no quería leer más sobre ella y su adorado Leopoldo porque no podía evitar asociarlo con Ludwig, no quería leer sobre su intenso amor y deprimirme más, la curiosidad me mataba pero ya no quería saber nada más, al menos no por los momentos.
En mi oficina y en mi escritorio era yo —parcialmente— Constanza, la mujer, la soberana, la ejecutiva, el pilar de muchos proyectos de beneficio para Bórdovar y a la que le habían negado ver los diarios del día siguiente de la fiesta, aunque ante mi insistencia Randolph se apiadó de mí —parcialmente— y mientras escuchábamos a Beethoven sentado frente a mí me dijo que el rey a través de él como vocero pidió a la prensa de Bórdovar no hacer ninguna mención sobre la fiesta —así como él mismo me lo había dicho— el problema fue que desde que llegamos todos como familia a la catedral ese día por la tarde ya los fotógrafos estaban listos, así que se tuvo que llegar a un pequeño acuerdo, lo único que el diario autorizado publicó fue esto:
“Nuestros soberanos celebran otro feliz aniversario” —decía en el encabezado.
“La pareja real de Bórdovar celebra otro aniversario más.
Los soberanos disfrutan de otro año de feliz matrimonio y para ello, llegaron junto a sus altezas reales y los excelentísimos duques de Kongruel a la catedral de San Pablo para un oficio de acción de gracias, en donde renovaron sus votos matrimoniales afianzando sus lazos de amor y el compromiso que como pareja disfrutan mutuamente.
Seguidamente, la familia real regresó al Castillo del Ángel en donde se ofreció una pequeña recepción para festejar tan especial día.”
Obviamente levanté una ceja al leer esto, tanta formalidad y respeto en el escrito no era iniciativa de un periodista así que Randolph confesó que él había escrito la nota, que buen editor resultó ser. Gracias a él sólo cuatro fotografías y estas líneas fueron suficientes, el problema era que al recordar algo así también se recordaría lo demás y era algo que no se podía evitar, las apariencias no podían engañar.
Decidí dejar eso a un lado, no recordaba que había hecho un pedido de libros para la biblioteca de la universidad, el departamento de literatura universal me había dado una lista de los libros que se necesitaban y aprovechándola, pedí unos cuantos también para mi uso personal y para los príncipes, todos los fondos en cuanto a libros se refería —fueran educativos o no— corrían expresamente por mi persona, así que me dediqué a rastrear personalmente ese pedido por la red, me extrañaba que aún no hubiesen llegado. Afortunadamente contaba con Randolph;
—Randolph necesito que alguien vaya a la aduana, tanto a la del puerto como al aeropuerto, según este informe los libros debieron haber llegado hace mucho, se supone que los enviaron vía aérea pero posiblemente haya habido problemas y estén en el puerto.
—Ya mismo voy a designar a alguien para que vaya —cerró unas carpetas y las puso cerca de mí.
—Son urgentes y pertenecen a la biblioteca de la universidad pero antes debo verificarlos según el listado, no sólo se trata de enciclopedias y material didáctico educativo sino también de literatura, además de unos libros que pedí también para mí y para los príncipes. Debo revisarlos personalmente antes de enviarlos a la universidad, quiero que los traigan al castillo a la mayor brevedad.
—Como usted diga majestad, también le recuerdo que la asociación “Reina Constanza” tiene dentro de dos semanas la gala de arte que incluye pintura, escultura y danza, recuerde que el evento durará dos días y finalizará con un concierto, los fondos a recaudar son en parte para otorgar algunas becas de excelencia académica por dicha asociación y para contribuir con sus clínicas infantiles.
—Gracias por recordármelo, eso me alegra mucho, será un placer asistir.
—Ansían su presencia y es natural.
—Bueno a ponerme al día con todo —curvé mis labios mirando unos papeles.
—Pero con calma, hay tiempo para todo.
—Ese es el precio por haberme tomado vacaciones —dije mientras miraba otros papeles—. Pero lo imperdonable es que algo tan importante como los libros se me pasara por alto, no es justificable.
—Tranquila majestad, recuerde que no sólo se trata de sus merecidas vacaciones y de desconectarse de sus deberes sino también por todo lo que ha pasado, no son asuntos fáciles y cualquiera pierde la cabeza por eso.
—¿Se sabe algo de esa mujer? —lo miré con atención.
—Desgraciadamente no.
—Es el colmo, ¿Cómo es posible que permanezca escondida? ¿Dónde? No es posible que la tierra se la trague y decida salir cuando le pega la gana, estaba en Venecia, Regina la reconoció aún después de estos años.
—Puede esconderse en cualquier parte del mundo, menos en Bórdovar —sujetó mi mano para tranquilizarme.
—Pero eso no me calma, no nos puede hacer bajar la guardia, prácticamente estamos prisioneros en nuestro propio reino, no podemos salir a ninguna parte porque entonces ella aparece de la nada y está casi encima de nosotros.
—Hay que actuar con cautela, posiblemente tenderle una trampa sería lo más ideal pero también lo más arriesgado, podemos ganar y también perder, no creo que merezca la pena el riesgo, no sabemos qué pasa por su mente ni qué planes tiene, las posibilidades de acabar con todo esto por los momentos son nulas.
—Tiene razón, no podemos.
Exhalé sintiéndome impotente, tantas cosas y la incertidumbre me estaba haciendo más daño, tenía que pensar con calma y claridad y saber cómo desenvolverme en este nuevo año de trabajo, debía sobrellevar mi deber, mi razón, estar bien por mi familia y… supuestamente por amor.
Ese día mientras revisaba unos documentos que Randolph me mostraba antes de aprobarlos y firmarlos una llamada nos desconcentró, él se apresuró a contestar;
—Majestad tiene una llamada de Víctor.
—¿Qué pasa?
—Será mejor que usted misma lo averigüe.
Lo miré sin decir nada y tomé la llamada;
—Diga.
—Majestad mil gracias por atenderme.
—No tiene nada que agradecer, su llamada me asusta, ¿Qué pasa?
—Virginia, es Virginia…
—¿Le pasó algo? —pregunté asustada.
—El milagro que todos esperábamos majestad, ya reaccionó, ya regresó de su mundo de oscuridad —me decía entre lágrimas y risas.
—¿De verdad? —sonreí y miré que Randolph sonreía conmigo.
—Así es majestad y en parte se lo debo a usted.
—No Víctor, yo sólo ayudé un poco nada más.
—Su terapia de lectura, música y animales le ayudó más, estoy tan agradecido que no sé cómo pagarle.
—Con saberlo feliz y con saber que ella está bien es suficiente y lo de los animales pues… debe de agradecérselo a Dylan, de él fue la idea.
—Sí claro, les agradezco a todos su ayuda,
—Y más que todo a la dama de ella, la señora la cuidó como una madre.
—Sí, así es, yo no sé cómo pagarles a todos.
—¿Qué le dice el médico?
—No he podido comunicarme con él, estoy al lado de Virginia que parece despertar de un largo sueño, está desorientada, gracias a Dios me reconoce pero…
—¿Pero qué?
—Pregunta dónde está.
—Bueno es normal, reconoce que no está en Francia.
—Es que… es peor que eso.
—¿Cómo?
—Creo que… no recuerda lo que le pasó.
Abrí mis ojos y no supe que decir;
—Víctor ahora mismo salgo para su casa, quiero ver a su hermana.
—Se lo agradezco majestad, con mucho gusto la espero.
—Y trate de comunicarse con el médico, es necesario una explicación profesional para saber nosotros cómo dirigirnos a ella.
—Lo haré majestad, espero comunicarme con él, la espero, hasta pronto.
—Hasta pronto.
Colgué y en ese momento entraba Gastón a la oficina;
—Muy a tiempo —le dije observando que traía unos papeles.
—Usted dirá majestad —dijo sorprendido asintiendo con la cabeza.
—Que alisten una camioneta, vamos a salir. —Me puse de pie.
—¿A dónde?
—A la casa del doctor Valder —sonreí.
—Oh… —sonrió también y se ruborizó sin poder disimularlo—. En ese caso inmediatamente.
Lo miré sonriendo, se ruborizó más adivinando lo que yo intentaba decirle, sabía que no había logrado engañarme;
—Iré en seguida —insistió—. Y aquí le entrego toda la correspondencia que acaba de llegar para usted.
—Yo la tomaré —le dijo Randolph.
—No —salí de mi escritorio y me apresuré a Gastón—.Yo lo haré, gracias a ambos —tomé personalmente la resma de sobres y folders, él salió. Noté a Randolph intranquilo.
Sin duda mi trabajo se había acumulado por las vacaciones, papeles y más papeles comenzaban a llenar mi escritorio;
—Si gusta yo puedo ver de qué se tratan y hacerle saber los más urgentes —insistió Randolph.
—No, no… —los miré uno a uno detenidamente—. Bueno sí, se lo agradezco mucho…
Me detuve en un pequeño sobre de manila sellado que sólo decía “A su real majestad” en una caligrafía muy bonita y… femenina. Tensé los labios y retuve el aire, mi expresión se endureció, puse los demás papeles en el escritorio y me concentré en ese, lo llevé a mi nariz y tenía un leve aroma a perfume de mujer, evité tragar en seco. Al momento no supe si en realidad ese sobre era para mí o para él y se había confundido o descaradamente había llegado a mis manos, evité temblar, necesitaba encontrar el valor para abrirlo y ver su contenido;
—¿Pasa algo majestad? —me preguntó Randolph al notarme.
Negué seriamente sin decir nada y sin querer sentarme, decididamente rasgué el sobre, su contenido era una nota y tres fotografías de una propiedad muy lujosa. Fruncí el ceño y procedí a leer:
“Mon cher Ludwig:
No sabes lo agradecida que estoy, la propiedad que sugeriste es preciosa y sin duda muy tu gusto, me quedo con ella porque estoy aburridísima del hotel, además ya que está completamente amueblada pienso estrenar cada mueble como se debe, te adjunto las fotografías que le tomé, me gusta mucho tanto por dentro como por fuera pero si te soy sincera, lo que más me encanta es la habitación principal y su cuarto de baño, me parece de ensueño. Gracias mon ami, gracias por atender mi llamado y tener por fin un lugar propio que haga mucho mejor mi estadía. Sabes que eres más que bienvenido cuando vengas, siempre te espero con… los brazos abiertos.
Bisous.
D. R.”
Exhalé y evité no enfurecerme, no delante de Randolph, esa tipa era el colmo del descaro, me provocaba directamente, no me respetaba en lo más mínimo. Comencé a temblar de rabia;
—¿Majestad? —insistió Randolph al verme.
—¿Qué es esto Randolph? —pregunté mirándolo seriamente y mostrándole las fotos.
—No lo sé, ¿de qué habla? —las miró.
—Es una propiedad que el rey le… concedió a su amante.
Levantó la cara y me miró incrédulo;
—Eso es mentira.
—Pues estas son las pruebas.
—Eso no puede ser…
—Esta nota lo dice claramente —se la extendí para que la leyera.
Desconocía esa propiedad, era una mansión de piedra, muy lujosa, con enormes jardines y una preciosa fuente en frente del pórtico, el interior muy acogedor y deslumbrante, todo el acabado de primera pero lo que más me enfureció fue la imagen de la recámara, no sólo era la imagen en sí sino de la enorme cama y ella acostada en la misma luciendo de manera sensual un “baby doll” de encajes y tul rojo, muy, pero muy provocativa, descaradamente ofreciéndose al rey o seguramente mostrándole lo que le esperaba con ella. No pude más y estallé en cólera, miré los demás papeles buscando encontrar algo más y lo había; un sobre blanco, sin sellos ni nada, solamente diciendo: “Dirigido a: el despacho de S.R.M. Constanza I” y el remitente tenía una extraña firma que eran líneas mal hechas, la abrí molesta ante el desconcierto de Randolph que me miraba sin poder hablar, leí la nota:
“Tic tac, tic tac, dice el reloj, la familia real es una ilusión, cada segundo se acorta más, pronto recuerdos sólo serán. ¿Cuál es el reino que va a derrumbarse? Nada de ellos quedará, la familia real dejará de existir, pronto la sangre se derramará.
Tic tac, tic tac, insiste el reloj, nada podrá impedir su destrucción.
El Siniestro”
Llevé una mano a mi boca y comencé a temblar sin control, no pude con mis nervios, la obertura de “Egmont” que escuchaba me apareció amenazante también, sentí como si me advirtiera algo que no podía dejar pasar, las notas con fuerza me parecieron una señal. Randolph se apresuró a sostenerme y me sentó en mi silla, no sabía que me afectaba más; si la descarada nota de la zorra o la amenaza;
—Majestad por favor intente tranquilizarse.
—Ya no puedo —lloré—. Ya no puedo más.
—Majestad…
—Mire esta otra nota, es otra amenaza.
La leyó y no pudo disimular su miedo también, su mirada decía todo;
—Es de ella, de Juliana —dijo seriamente—. Intenta hacerse pasar por un hombre, el rey debe saberlo, esa mujer aún lejos o donde sea que esté sin duda está muy encima de la familia real.
Temblaba sin poder controlarme, se inclinó ante mi estado, limpió mis lágrimas;
—¿Por qué Randolph? ¿por qué a mí?
Me miró compadeciéndome y eso me enojó más;
—La nota de la zorra… —reaccioné—. ¿Sabía usted de eso? Miró las fotos, ¿reconoce ese lugar?
Negó sin poder hablar;
—¿Ahora resulta que el rey le ha dado un alojamiento de lujo a su amiguita? ¡¿Hace que la prostituta de su amante tenga motivos suficientes para quedarse en Bórdovar?!
Randolph parecía estar en shock;
—Majestad no… esto no puede ser.
—Pues lo es —mis lágrimas caían sin parar—. La amante del rey ya es oficial y vive en una lujosa propiedad que el mismo le ha proporcionado.
—Majestad esto no es verdad, se lo puedo asegurar, esto es una treta.
—Los hechos hablan solos.
—No majestad —sujetó mis manos—. Esto no es verdad, yo no sé qué decir pero…
—Basta Randolph, ya no lo defienda más —intentaba contenerme—. No intente ocultar las cosas, por favor ya no lo niegue. ¿Es por eso que en parte quieren interceptar mis correos? ¿Quieren que viva engañada? ¡¿Quieren seguir ocultándome las cosas?!
—No, no, las cosas no son así, majestad por favor, contrólese, le juro que…
—No jure nada, ¿o bien sabe las cosas o…?
—Majestad soy hombre pero sabe que la quiero mucho —me besó ambas manos—. Mi admiración y respeto por usted es muy grande, yo no podría permitir algo así ni siquiera del mismo rey, pero sé que él no tiene que ver con esto, yo no entiendo…
—Mire la amenaza, van a destruirnos y sé que ya se están encargando de hacerlo desde adentro, están destruyendo el núcleo primero para que todo sea más fácil después.
Volvió a mirar el papel, su expresión lo delató, estaba preocupado también;
—¿Lo ve? —insistí—. Y mientras eso sucede él se toma su recreo como si nada, pobre soberano, quiere divagarse de la presión.
—Él no… no puede…
—Lo hizo.
—Sé que no y en cuanto a esto, hay que tomar serias medidas.
—Y por lo pronto yo voy a tomar las mías. —Me levanté furiosa y tomando la nota y las fotos intentando no cojear me dirigí decididamente al despacho de él, iba a encararlo de una vez y acabar con este circo de máscaras.