Capítulo XXXII

 

Sometida a la vergüenza

 

Salió apresurado, estaba más furioso;

—¿A dónde vas? —pregunté asustada.

—A ordenar que te hagan una revisión completa.

—¿Qué?

—Es necesario.

—¿Vas a humillarme más? ¿Qué insinúas?

—Quiero tener la seguridad de que no abusaron de ti.

—Creo que se hubiera notado, dijiste que me bañaste, te habrías dado cuenta ¿o no?

—Quiero que un especialista lo haga, quiero que me confirme que estás intacta.

Abrí los ojos y la boca sin poder creerlo;

—¿Eso es lo único que te interesa? —pregunté aún más decepcionada.

—Constanza entiéndelo, estabas inconsciente, pudieron tener el tiempo justo para hacerlo.

Estaba en shock;

—Lo siento, pero es un proceso que debes pasar, por ti y por mí, debes someterte a una revisión.

Más mal no podía sentirme, eso era lo único que le importaba, saber si mi integridad —como su mujer— seguía conmigo, un remolino de sensaciones me invadió, no sabía qué hacer ni cómo actuar, ni siquiera podía hablar;

—Ludwig por favor —supliqué—. No me expongas a esa humillación, si tú me bañaste pudiste darte cuenta ¿Notaste algo fuera de lo normal? Al menos… —mordí mis labios, hablarlo me llenaba de vergüenza—. ¿Viste o sentiste que de mi interior salía…?

Su mirada se endureció más, él me entendió y no quise terminar de hablar;

—¿Semen? —dijo apretando los dientes y los puños.

Exhalé y bajé la cabeza;

—No —continuó—. Gracias a Dios, no.

—¿Entonces?

—Pudieron haberte tocado, pudieron haberte penetrado de otra manera.

—¿Tenía lubricación?

Negó.

—Entonces no creo que lo hayan hecho.

—Aún así, no me quedaré con las dudas.

Y sin más, salió furioso de la recámara. Llevé mis manos a la boca, estaba decidido a seguir humillándome.

Con la ayuda de Gertrudis me vestí, me arreglé un poco más, tenía que poner mi mente en blanco y no dar explicaciones a nadie más. Preferí bajar lentamente del brazo de Randolph a falta de bastón, no quería ni siquiera verlo a él, el problema fue cuando llegamos a los escalones, ahí entonces él me levantó en sus brazos aunque yo no lo quisiera, me mostré seria ante todos, ver a Jonathan y a Dylan me llenaba de vergüenza, deseaba volver el tiempo atrás y cambiar muchas cosas.

Con toda la guardia nos fuimos en tres camionetas hacia el hospital, sólo él y yo.

No quise hablar en todo el camino, tampoco intenté que me tocara, estaba harta de aparentar. Al llegar todo se hizo lo más herméticamente posible, me llevaron en una silla de ruedas hasta una habitación privada en donde todos los especialistas encabezados por el doctor Khrauss procedieron a hacer lo suyo, me sacaron sangre, me hicieron una radiografía del tobillo, volvieron a vendarme y una ginecóloga especialista por orden mía me revisó. Cuando todo terminó de la misma manera que llegué así mismo regresé al castillo, a diferencia que ya traía un bastón para apoyarme sola lo que agradecí en parte, en todo el proceso no dije nada más, parecía un monigote, todos dispusieron de mí como quisieron. Llegando al castillo, él me llevó de nuevo a la habitación pero al subir las escaleras preferí caminar con el bastón, quería evitar toda cercanía con él.

Entramos a la recámara, limpié una lágrima que me caía, me encaminé al baño y luego de regreso a la cama, él se limitaba a ver mis vueltas, me fastidiaba, él sabía que estaba furiosa pero yo evitaba reventar, preferí contenerme;

—Constanza…

—Por favor vete, déjame sola —lo interrumpí.

—No hagas eso, quiero estar contigo.

—Yo no.

Me miró sin entender nada;

—Sólo déjame sola —insistí mientras me acostaba sin querer darle la cara.

—¿Ahora me condenas? ¡Por Dios! Lo hice por ti, por mí, por ambos.

—Vete Ludwig porque no estoy en condición de hablar, no quiero ser molestada.

Exhaló frustrado y alzando las manos me dejó, quería llorar y desahogarme sin que nadie me mirara hacerlo.

Lo hice, lloré y lloré de nuevo, ¿Cómo era posible que las cosas hubieran cambiado así? Someterme a un examen ginecológico sólo para verificar si había sido ultrajada o no había sido una humillación más para mí, la tranquilidad del rey a costa mía me parecía muy injusto, él constataba su machismo y hombría al no hacer caso a mi súplica de no hacerme pasar por ese trago amargo, no le importó hacerme pasar por eso con tal de sentirse satisfecho. Esto que había hecho, yo no iba a dejarlo pasar por alto.

No quise cenar, vestida con mi camisón antes de dormir me tomé una pastilla para el dolor, ni la cabeza, ni el cuerpo, ni el tobillo me dejaban en paz, me sentía muy mal. Él no volvió a subir a la habitación en lo que restó de la tarde, me acosté sin desear verlo, es más, quería irme a otra habitación y no sentirlo cerca. Cuando sentí que entró a la recámara me hice la dormida, era mejor que todo siguiera igual, se acercó a mí y pude sentir cómo me observaba, se hincó y sutilmente me acarició la frente apartándome el cabello, suspiró;

—Temo perderte amor mío —susurró, evitaba que su voz se quebrara—. Estoy sintiendo caer en un profundo pozo de oscuridad y desesperación, por favor… —se detuvo para no llorar—. Te necesito, no te alejes de mí.

Besó intensamente mi frente y levantándose se dirigió al baño, cuando cerró la puerta abrí los ojos y volví a llorar, el dolor de mi corazón no podía soportarlo, era intenso, dolía mucho.

Cuando salió después de bañarse volví a hacerme la dormida, sentí como se metió al armario para luego salir, apagó las luces y también las lámparas. Se acostó a mi lado, yo estaba de espaldas a él, acarició suavemente mis hombros y me dio cortos besos a la vez que envolvía mi piel con su tibio aliento, suspiraba;

—Te amo amor mío, perdóname —dijo suavemente en mi oído.

Besó mi sien y procedió a acostarse sin remedio, en la oscuridad abrí mis ojos para que mis lágrimas siguieran cayendo, era doloroso, como una agonía, no podía soportarlo y llorar para intentar desahogarme era lo único que podía hacer por el momento.

Por la mañana todo fue igual, preferí desayunar sola y le pedí a él que bajara para acompañar a los demás, entre menos lo mirara y estuviera cerca de él sería mejor —o peor— pero era lo que quería y sentía. Después del desayuno le pedí a Gertrudis que trajera a mis niños a la habitación, quería verlos, estrecharlos y sentirlos cerca, cuando los príncipes llegaron sus caritas de alegría me iluminaron, tanto, que lloré al verlos, subieron a la cama y me cayeron encima, al menos mi príncipe estaba más feliz que su hermana pero igual mi niña me abrazó y me besó también, mi pequeño Randolph estando en la cama gateó rápidamente hacia mí abriéndose paso entre sus hermanos y peleando su lugar entre mis brazos, mis hijos eran mi adoración, extrañé no verlos el día anterior, era como no haber respirado y debido a eso los llené de besos y mimos también. Quise que toda la mañana estuvieran conmigo, no quería otra cosa que estar con ellos, sabían que si mamá estaba en cama no iban a haber clases así que me pidieron ver la televisión, me levanté con ellos, me vestí con una bata y salí lentamente al salón de la habitación y le pedí a Gertrudis que encendiera el aparato, puso uno de sus canales favoritos y mientras Leonor se sentaba atentamente en la alfombra más cerca del televisor, mi Ludwig se quedó junto a mí en el sillón haciéndome compañía, el pequeño Randolph prefirió dar sus pasitos por todo el salón seguido por Helen y de esa manera disfruté estar con ellos, eso me hacía feliz, así quise pasar la mañana, sólo en la compañía de mis pequeños. A media mañana quisieron su merienda así que pedí que la trajeran a la habitación, yo los acompañé, comimos juntos. Poco antes del almuerzo ya no soportaba el dolor en el tobillo, el estar sentada más de tres horas me estaba pasando factura aunque estuviera en un cómodo sillón, me despedí de los niños quienes entendieron que su mamá estaba “enferma” y me dejaron descansar, salieron de la habitación junto con sus nanas.

Me tomé una pastilla y me acosté de nuevo, no soportaba el dolor, ya no era sólo el tobillo sino también toda la pierna, al acostarme sentí un poco de alivio, me fijé en mis rasguños que no me los había curado, olvidé hacerlo después de bañarme. De pronto recordé algo y a una de las sirvientas que me asistía y estaba cerca le pregunté, me dijo que no sabía nada, me extrañó porque la noté que se puso un poco nerviosa, sabía que los diarios harían lo suyo y quería saber, me quedé pensativa;

—Pero llegaron al castillo ¿verdad? —insistí.

—No lo sé majestad, supongo que sí.

—Tuvieron que llegar, tanto el rey como Randolph los esperan todos los días.

—Seguramente majestad pero yo no sé nada.

—¿Nadie los ha leído?

Se encogió de hombros, comenzaba a desesperarme.

Preferí quedarme sola, sabía que los estaban ocultando.

Al poco rato de estar acostada escuché la puerta de la habitación, sabía que podía ser él, no iba fingir dormir pero al menos que se diera cuenta que me interesaba más ver el cielo gris por la ventana que verlo a él. Entró a la recámara;

—¿Cómo te sientes? —me preguntó.

Torcí la boca y me encogí de hombros;

—Me duele mucho el tobillo —contesté sin mirarlo—. Y también la cabeza.

—Abusaste de tu condición por atender a los príncipes.

—Son mis hijos y lo más importante, lo que yo pueda sentir no se compara con la felicidad que ellos me brindan.

Se quedó callado por un momento;

—Ludwig quiero ver los diarios —le dije sin dejar de observar el cielo por la ventana.

—¿Para qué? No hay nada interesante, siempre lo mismo.

—Quiero verlos —insistí.

—Lo siento pero no, por tu salud emocional tienes prohibido leerlos.

Abrí la boca y lo miré incrédula;

—¿Salud emocional? ¿Me crees loca?

—No, no estás loca, al contrario estás muy consciente y sé porqué los quieres ver, di la orden de no publicar nada con respecto a la fiesta así que no te preocupes.

Le clavé los ojos tensando mi mandíbula, realmente comenzaba a odiar su actitud;

—Además sólo vine a decirte… los resultados de los análisis que acaban de llegar —continuó.

Me estremecí, tragué en seco. No quise decir nada, me paralicé;

—Es un gran alivio —soltó el aire—. Quien sea que te atacó no llegó más allá, no hubo ningún tipo de penetración, en ese aspecto estás bien.

Evité que mis lágrimas cayeran, sabía que estaba bien, no era necesario pasar por tal humillación, en el fondo le daba gracias a Dios pero ya lo hecho, hecho estaba y la experiencia no se me iba a olvidar;

—¿No dices nada? —insistió.

—Yo sabía que estaba bien, no me sentí diferente en ese aspecto, debiste escucharme y apoyar mi decisión, debiste confiar en que estaba bien si tú mismo… lo constataste al bañarme.

—Constanza entiéndeme…

—No, entiéndeme tú a mí —lo miré fijamente—. Me hiciste pasar por… todo eso sin haber necesidad, debiste creerme, ¡Por Dios! ¿Qué van a hablar ahora? Son tus decisiones equivocadas las que nos están llevando a una inminente destrucción, todo comienza a derrumbarse y tú en vez de evitar las cosas haces todo lo contrario.

Me miró seriamente y con decepción, levantó el mentón y miró hacia la ventana también.

—Las cosas no cambian para mí, lo siento —continué—. Al contrario, se vuelven peor, ahora me obligas a permanecer encerrada para evitar la vergüenza de ver a las personas y que en mis narices comiencen a murmurar, no Ludwig, no esperes que yo brinque de alegría y haga de cuenta que no ha pasado nada, eso es imposible.

—¿Significa que seguiremos igual?

Giré mi cara, mi silencio le dijo todo;

—Ten más cuidado con tus arrebatos la próxima vez —sentenció—. Otro accidente con tu tobillo y se podrá quebrar, tienes muy delicada esa área, el peroné y la parte inferior de tu tibia peligran, por ahora sólo tienes un leve desgarro del ligamento.

Y sin decir nada más salió de la habitación.

No pude detener mis lágrimas, odiaba que mi cuerpo pagara las consecuencias y temía, pero por otra parte ambos estábamos siendo egoístas, él y yo estábamos mal en ese aspecto pero no podía ser de otra manera, esta situación la sentía insostenible. De repente comencé a sentir un malestar en el vientre, el dolor de nuevo, intenso, sentía un hormigueo en mis caderas y pesadez a la vez, me levanté y me metí al baño, mi desilusión fue peor, mi periodo llegaba de nuevo, se había retrasado y yo tenía una esperanza, las que ahora se iban al caño otra vez, un embarazo nos hubiera unido más, hubiera tenido la excusa perfecta para reposar y evitar los eventos y apariciones en público pero no, nada estaba a mi favor, me sentía la mujer más infeliz de la tierra, lloré amargamente lo que ya no podía ser, no podía quedar embarazada, como mujer en todos los aspectos me sentía inservible, me sentía miserable, me sentía insignificante.

No quise almorzar, me sumí en la depresión, deseaba irme lejos sólo con los niños y olvidar quien era, quería ser yo de nuevo, ser una persona normal a la que no pusieran en el centro de atención ni en el ojo del huracán, quería ser alguien desconocida y tener una vida normal sin darle explicaciones ni cuentas a nadie. Ni siquiera leer el diario de mi suegra quería, le perdí el interés a todo, mi mente se iba lejos del castillo, a las montañas, deseaba ser una ermitaña y estar sola, quería sentir sólo la compañía de mis niños, mis animales y la naturaleza, no quería ser una reina, quería ser alguien más y vivir feliz a mi manera, aunque estuviera sola, pero a mi modo y que todos se olvidaran de mí, por un momento quise que Constanza Norman dejara de existir.

Poco después de la hora del almuerzo Regina fue a verme sola, quería hablar conmigo de mujer a mujer;

—Constanza…

Me acomodé en el respaldar de la cama para recibirla;

—Constanza no te dejes vencer —se acercó y se sentó a mi lado sujetándome la mano—. Tú eres muy fuerte, por favor lucha por tu felicidad.

—Me cansé.

—Por favor perdóname, en parte yo tengo mucha culpa, si no hubiese hablado de más… perdóname, me excedí, no me correspondía a mí, tanto Ludwig como Jonathan me reprendieron pero es que esa mujer me colmó, ver lo descarada que es… me revuelve el estómago y me calienta la sangre.

—No te compliques la vida por ella —me limpié una lágrima—. En tu estado no es conveniente.

—Y lo que este “soberano idiota” no piensa es que posiblemente tú estés en un estado en el que también requieras de muchos cuidados y toda la tranquilidad emocional que se te pueda proporcionar, recuerda lo que me dijiste sobre los niños, también los príncipes necesitan a sus padres juntos.

Bajé la cabeza y lloré;

—Constanza no te pongas así —acarició mi mano—. Por favor no te derrumbes, no le des a esa bruja el gusto de verte así.

—Mi periodo llegó de nuevo —susurré—. No logré embarazarme.

Lloré con fuerza y Regina me abrazó, me desahogué en sus hombros;

—Cálmate, toda esta tensión te está molestando, debes reponerte y cargar fuerzas para seguir intentándolo.

—No creo que sea posible.

—No digas eso, aún están a tiempo, sé que Ludwig a veces es un cerebro de… pero ustedes se aman por encima de cualquier circunstancia, esto es sólo una prueba más, un tonto problema como todos los matrimonios pero lo van a superar, hace unos días Jonathan y yo estuvimos así y fuiste tú la que me aconsejó, te obedecí y afortunadamente las cosas simplemente pasaron y se olvidaron, ustedes pueden hacer lo mismo. A pesar de todo el cabezón de mi primo te adora y te lo demuestra a cada instante, si él sólo conoce una manera de amar, entonces déjalo que te ame a su manera, luchen, pongan ese esfuerzo de su parte y salgan victoriosos como el ejemplo de matrimonio que son.

Me era imposible creer que era Regina la que hablaba, ahora era ella la que me animaba como yo lo hice con ella, agradecí su gesto pero mi situación era diferente, Jonathan era un hombre maravilloso, nada que ver con el rey y su comportamiento de amo del mundo. Jonathan sugería pero Ludwig ordenaba, Jonathan pedía pero Ludwig simplemente exigía, las cosas eran diferentes, de lo que estaba segura era que con Jonathan mi vida hubiese sido… mejor;

—No es fácil Regina —le dije volviendo a reclinarme en el respaldar y limpiando mis lágrimas—. Ludwig me ha humillado como mujer, no puedo dejar pasarle esto, si fuéramos una pareja normal lo intentaría pero no lo somos y lo que nos pase, por desgracia todo el reino se entera. La fiesta será la comidilla y yo soy el blanco que da lástima, ya algunos piensan que esa mujer es amante del rey y que yo…

—Tranquila Constanza, no te atormentes así.

—Lo escuché Regina, no lo estoy suponiendo, escuché ese comentario.

—¿Cómo?

Asentí y bajé la cabeza;

—¿Quieres contarme? ¿Quieres decirme lo que pasó después de la fiesta y tu… desaparición?

Asentí de nuevo, necesitaba desahogarme y hablar con alguien abiertamente, sacando todo esto me sentiría mejor.

 

 

 

 

Nieblas del pasado 2
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