Capítulo XXXV
Ansiedad
Estando frente a la puerta del observatorio vacilé, ya no estaba segura de lo que iba a hacer, me estremecí y comencé a sentir miedo, le temía a él y eso no estaba bien ¿Cuándo iba a acabar esto? No era sano mi miedo como también me lo había hecho ver Dylan y me avergonzaba que se diera cuenta de ello, a estas alturas seguramente sabía que el rey y yo teníamos un problema más serio y yo ya no tenía la cara para ver a la gente y disimular que todo estaba “¿bien?” no, no estaba bien, estaba bien mal que era diferente pero negando y exhalando sabía que no podía hacer nada más, seguramente él como hombre había hablado con el rey y como amigo le había hecho ver algunas cosas, entre hombres también hablan pero como el rey y yo no nos habíamos hablado… desde hacía casi quince días no podía saberlo y de ser así esta vez el rey había sido más testarudo ya que con simples jalones de orejas reaccionaba, ahora ya no, eso me confirmaba que las cosas iban cada vez peor. Sacudí la cabeza ante mis pensamientos y tomé aire y valor, exhalé lentamente, me arreglé el abrigo, también mi cabello que lo llevaba en media cola sujetado por una pinza, levanté el mentón, tensé la mandíbula y cuando me disponía a tocar me detuve, mordí mis labios y preferí entrar sin pedir permiso. El miedo debía hacerlo a un lado, si la rabia me había dado el valor para bofetearlo, mi sensatez debía darme el valor para enfrentarlo directamente y sin titubeos, nada de permisos, era su esposa, su mujer, la reina y una persona igual que él, éramos dos seres humanos iguales en derechos, no iba a menospreciarme por estar casada con un noble cuyos rangos eran tan antiguos como el mito mismo de Arturo, mientras que yo apenas y sabía algo de mis abuelos, fruncí el ceño, seguía pensando, me sacudí otra vez y con determinación sujeté el picaporte, para mí sorpresa él no estaba encerrado con llave.
Entré con el mayor cuidado de no hacer ruido, el suave sonido de la “Gymnopedie No 1” de Satie en versión de piano salía de alguna parte, estaba triste y melancólico, lo sabía, necesitaba calmarse con la música y la soledad, el lugar olía delicioso, unas cuantas velas aromáticas encendidas iluminaban sutilmente, los candelabros eléctricos del techo y las paredes estaban apagados, sus aromas favoritos a canela, vainilla y manzana endulzaban parcialmente el lugar, esa era su terapia personal. La tenue luz no llegaba a todos los rincones del observatorio y a él, no lo lograba ver por ninguna parte, por un momento creí que no estaba ahí pero mi concentración se vio interrumpida por alguien a quien me agradó ver y me confirmó que estaba con su amo;
—Boris —susurré hincándome al verlo feliz por verme ya que intentaba pararse en dos patas—. Precioso Boris ¿Cómo estás? —lo acariciaba evitando que lamiera mi cara—. No había tenido la oportunidad de agradecerte lo que hiciste por mí, eres un excelente chico, gracias por encontrarme.
Lo abracé un momento, recordé la primera vez que lo conocí y sin querer sonreí, Boris era muy especial y a su modo aprendió a cuidarme también, sabía que era muy importante para su amo;
—¿Sabes qué? —le dije dándole un beso en la cabeza—. Voy a hacer todo lo que esté de mi parte para que tengas una compañera “de ocasiones” tú sabes, alguien que… te sirva de… alguien que te haga feliz cuando lo necesites, ¿me entiendes verdad? —sonreí al oír que él medio aulló como si me hubiera entendido y quisiera contestarme—. Así es precioso —seguía acariciándolo—. Vas a tener el consuelo de esa ansiedad que te molesta y vas a disfrutar tu vida sexual como lo mereces, ¿Quieres ser papá? Yo quiero ver cachorros tuyos, tan lindos como tú, ¿quieres ver tu descendencia? Yo sí.
Por un momento los recuerdos me vinieron, mi buen susto me llevé con ese perro cuando llegué a Bórdovar y ahora estábamos casi en la misma escena sólo que de manera diferente, esta vez no intentó atacarme por ser una desconocida, me atacó pero de alegría al verme, su saludo fue un encuentro grato, aunque parecía que su amo no estaba para sujetarme y someterme como la primera vez, cuando lo recordé me estremecí y mi vientre se calentó, sacudí la cabeza, esta vez el escenario podía ser casi igual pero las circunstancias eran muy, muy diferentes.
Me levanté y me adentré al observatorio mientras Boris se iba a una esquina a su enorme cojín de terciopelo y se echaba en él, abrí bien los ojos para no tropezar con algo que pudiese quebrar, respeté la parcial oscuridad de todo el lugar pero ganas no me faltaron de encender todas las luces y enfocarme directamente en lo que había planeado y para lo que había llegado al lugar. Miré el gran vitral en un extremo, era el mismo diseño de la cúpula que estaba en el castillo de Bórdovar y no pude evitar que los recuerdos me asaltaran, el telescopio estaba enfocado pero el cielo nublado no dejaba ver nada, no había luna ni estrellas, no había el calor del verano, las pocas velas no ayudaban mucho, me aferré más del abrigo, hacía frío a pesar de no estar abierto el cristal, el observatorio seguía siendo un lugar frío, suspiré y negué resignada, todo el panorama había cambiado. Al sentir que él no estaba ahí me giré para buscar la salida, pero tremendo susto me llevé cuando choqué en su pecho, estaba justo detrás de mí, ¿cómo le hacía para acercarse tan sigilosamente como un felino? Estaba regio, altivo, con su mirada clavada en mí, serio y con la mandíbula tan tensa como el busto de Beethoven que yo tenía en mi salón romántico, choqué con una piedra. Me miraba fijamente sin decir nada, su ceja derecha levantada parecía exigir una explicación de mi presencia en un lugar tan sagrado para él, su expresión demandaba que hablara o callara para siempre, su respiración era lenta y cálida, su pecho subía y bajaba como si lo mirara en cámara lenta, mis manos estaban sobre él pero sus brazos no me sujetaban, la tonta de la escena era yo, quería apartar mis ojos de los suyos pero no podía, los tenía rojos también, tanto de enojo como de llorar, entre el rojo de su esclerótica y el azul de su iris —sumado a su oscura pupila que casi cubría todo— su mirada parecía tornarse morada, lo veía diferente, parecía otro, su mirada cristalina había desaparecido, el violeta que veía era oscuro y más por la falta de luz en el lugar, no parecía que tenía ganas de hablar, el que demandaba era él como siempre y como tonta bajé la cabeza sin saber por dónde comenzar;
—Perdón por entrar así —le dije por fin sin mirarlo y separándome—. Seguramente no quieres verme y mucho menos hablar, pero no podía dejar pasar esta noche sin aclarar lo que pasó en las escaleras.
Levanté mi cara y su violeta ahora era más púrpura, la sentía inquisidora, intenté no intimidarme y continué;
—No puedo dejar que pienses lo que no es, por favor… no saques tus conclusiones con respecto a Jonathan, recuerda que es el marido de Regina, duque “consorte” de Kronguel por así decirlo y… sólo quiso ayudarme, él no te provocó, no fue su intensión desafiarte, por favor… no vayas a… crear un ambiente más hostil por esto. Jonathan no tuvo la culpa, sólo quiso ayudarme, no comiences a hacer suposiciones que hagan que Regina también desconfíe, por favor que ellos estén al margen de nuestros problemas.
Su mirada seguía clavada en mí, no decía nada y eso me asustaba, no quería imaginar lo que pasaba por su mente, no quería adivinarlo pero era evidente, no podía evitar que él y Jonathan encararan el asunto a su modo. Ludwig quería explicaciones y le gustara o no, Jonathan tenía que dárselas, el rey estaba en su derecho de pedirlas y el duque de darlas, esto podía acabar mal, si Jonathan terminaba confesando que aún sentía algo por mí el asunto iba a complicarse de la peor manera y debía evitar que Regina lo supiera;
—Sé que no puedo evitar que le pidas explicaciones —continué—. Sólo te pido que lo hagas de la manera más diplomática que encuentres y que Regina no vea ni sienta esa tensión entre ustedes, suficientes problemas tenemos nosotros como para meterlos a ellos que no lo merecen, recuerda su estado.
El rey seguía respirando lentamente, se contenía y era mejor que desapareciera de su presencia si no quería verlo explotar, si yo lo había bofeteado él podía sujetarme del cuello y ahorcarme lentamente, me estremecí;
—Eso era todo lo que venía a decir, ya no te molesto más.
Disimuladamente pasé por su lado y preferí regresar a la habitación, él me siguió, la música clásica que escuchaba no era propia para el momento, podía agudizar más el estado de ánimo y ni él ni yo estábamos para hundirnos más en una depresión. Cuando por fin alcancé llegar a la puerta él se apresuró a abrirla, definitivamente no me quería en su observatorio, cuando me disponía a salir, ágilmente y en un abrir y cerrar de ojos me jaló del brazo izquierdo cerrando la puerta a la vez y aprisionándome entre la misma y su cuerpo, su ardiente aliento me envolvió, había bebido vino, podía beberlo yo también de él, no sabía qué tan lúcido estaba pero me asustó más, de no haberme sujetado y metido de nuevo me hubiera amordazado al cerrar la puerta como lo hizo. Pegó su cuerpo al mío y suavemente pasó su índice por el contorno de mi cara, seguía mirándome sin decir nada y yo tragando en seco;
—Ludwig por favor… —evitaba temblar, si le daba la gana ahorcarme nada le impedía hacerlo, lo sentí cuando su índice bajó a mi cuello.
Escuchar el “Claro de Luna” de Beethoven en ese momento me asustó más, la música podía influenciar de otra manera en la mente del rey, por primera vez esa melodía me sonó... lúgubre dada la situación, creí que sería lo último que escucharía;
—¿Así que viniste a buscarme sólo para interceder por el duque de Kronguel? —habló por fin con el ceño fruncido, sus labios casi pegaban a los míos, pero su mirada glacial seguía con el mismo púrpura, la parcial oscuridad no ayudaba mucho en el asunto.
—Sólo quise aclarar las cosas por mi parte, aunque veo que casi me cuesta la nariz —le contesté evitando tartamudear—. Por favor no hagas más grande este problema, no los busques donde no los hay, no en ellos que sólo quieren ayudar.
—Pues yo lo vi muy dispuesto a ayudarte —insistió llegando al principio de mi cuello—. Y de mi parte no puedo decir lo mismo.
—No van a ponerse de tu parte sabiendo lo que has hecho —le dije sin pensar, mi cuello peligraba.
Su mirada oscura comenzaba a aterrarme, no tenía idea de quién era el hombre que estaba frente a mí;
—Me… hundes más sin darme el beneficio de la duda —continuó—. Me condenas a un infierno sin darme el derecho a un juicio y la posibilidad de defenderme o al menos de hacer penitencia y permanecer en el purgatorio primero.
—No entiendo lo que dices Ludwig, creo que has bebido mucho, será mejor que… no lo sigas haciendo y busques la manera de dormir, ya mañana será otro día.
—Otro día igual a los anteriores —susurró casi besándome—. Pensándolo bien creo que llevo casi quince días en el purgatorio, pero ahora te urge enviarme al infierno de una vez.
—Ludwig no hables así —puse mis manos en su pecho para separarlo de mí—. No me acuses, no me hagas ver como la mala de la historia cuando sabes bien que todo lo que ha pasado es tu culpa, todos se han dado cuenta de eso, lo que ha pasado ya no se puede cambiar, todo el mundo cree que tienes una amante que para colmo ya tienes bien instalada en una lujosa residencia en donde podrán verse sin problemas. Aquí la que da lástima soy yo, aquí a la que compadecen es a mí, soy yo la que debe soportar y aguantarse todo, soy yo la que se debe de callar y hacer de cuenta que no pasa nada, ¿Te parece justo?
—Ese asunto va a quedar aclarado, ¿está bien? Voy a demostrarte que las cosas no son como las piensas.
—¿Cómo las pienso? ¡Qué descarado eres! ¿Cómo voy a dudar teniendo las pruebas del delito en mis manos?
—Sh… —llevó su mano completa a mi cuello, sentí mi corazón detenerse—. No me provoques más, no te conviene ahora, no voy a tolerar un insulto más, suficiente ha sido la bofetada que deberé cobrarme.
Tragué en seco, su mano debió haberlo sentido;
—Ludwig has bebido, no estás lúcido, si quieres hablamos mañana pero no hoy, no así.
—No estoy ebrio si eso piensas, sé lo que digo y lo que hago.
Un error, sentía que había sido un error haberlo buscado, yo y mi estúpida manía de querer hacer siempre lo correcto, el asunto me había salido al revés, estaba mareada;
—Constanza… —sus labios rozaron los míos y su mano que estaba en mi cuello, bajó a uno de mis pechos—. Permíteme demostrarte que eres la única mujer para mí, fuera de ti no hay nadie más, estos días han sido un verdadero infierno teniendo que fingir ante todos que las cosas no están tal mal entre nosotros, me nublas la razón para tomar decisiones prudentes, estás en mi mente a cada minuto, no vivo, eres tú la que vive en mí, eres mi debilidad y si no estás conmigo siento que soy nada, estoy vacío, todo el mundo sabe que el rey es un completo estúpido que depende hasta los tuétanos de su reina, tú eres mi perdición y también eres mi luz, por favor sácame de esta oscuridad, no me condenes porque moriré.
Sus palabras hicieron pausa antes de quebrarse, no quería llorar, estaba reprimiéndose, mi mente no pudo procesar todo lo que dijo en el momento, después de todo lo que había pasado sentía que era una nueva declaración de amor, estaba haciendo a un lado su enojo y malestar y abriendo su corazón mostrándome su sentir, seguramente el calor de los tragos lo obligaron y al siguiente día ya no recordaría nada. Lo cierto era que su mano izquierda apretaba mi pecho derecho y algo más también se apretaba contra mi pelvis, su erección, habían pasado muchos días sin que tuviéramos intimidad —o al menos de mi parte— y esta oportunidad parecía nueva, pero pensar en lo anterior me molestó, quise separarme de él;
—Suéltame, no me toques —le dije firmemente.
—Eres la única para mí —me aprisionó con más fuerza—. Sólo tú me pone así —llevó mi mano a su erección—. Y sólo por ti he conocido la abstinencia, te necesito, ahora te necesito.
No me dejó hablar más y sin previo aviso me besó, me hizo abrir la boca aunque yo la apretara, su lengua con sabor a vino tinto me embriagó también, reaccioné, no me dejé llevar;
—Basta —le dije peleando conmigo misma—. No voy a permitir ni que me beses ni que me toques si ya lo has hecho con otra, yo no soy tu consuelo.
—Mis labios sólo conocen los tuyos —me apretó de nuevo a la puerta, levantó ágilmente mi pierna y la apretó con fuerza, mientras subía por ella su mano se desvió a la cerradura para ponerle llave, nos encerramos.
—Ludwig basta, quiero salir de aquí —le dije asustada.
—Mis labios sólo conocen los tuyos —volvió decir, llevó una mano a mi cabello y se deshizo de la pinza que tenía, la dejó caer al suelo y acariciando mi cabello lo soltó completamente—. Y mi cuerpo sólo quiere tu calor, exige fundirse con el tuyo, quiero amarte y que me ames, ya no huyas más, voy a derribar tus defensas ahora mismo y demostrarte que nadie te ama como yo te amo, demuéstrame que nadie me ama como tú lo haces, cerciórate que mi cuerpo, mi alma, mi mente y corazón son solamente tuyos y de nadie más.
No sé que me pasó pero me hechizó, me besó con fuerza de nuevo y esta vez si me dejé llevar, me devoró con una ansiedad abrumadora, la ansiedad de la que le hablaba a Boris era a nosotros a quienes consumía, nuestros gemidos se hicieron uno solo como el cuerpo también lo exigía, mi humanidad temblaba por él y mi vientre comenzó a hervir. Extrañamente el “Ave María” de Caccini/Vavilov comenzó a sonar y en vez de hacer que me detuviera como una señal celestial fue todo lo contrario, la dulce melodía nos transformó, lo que parecía un encuentro salvaje estaba tomando un cauce tranquilo, la música nos domaba a ambos, él me levantó a horcajadas mientras nos besábamos yo aferrada de su cuello, tenía sed de sus labios, tenía sed de sus besos ¡Dios! Cuán sedienta estaba de su boca, no quería dejarla, me llevó a uno de los amplios sillones que tenía varios cojines, me acostó y ahí dimos rienda suelta a todo lo que habíamos reprimido. Rápidamente quitó el cinto de mi abrigo y a su vez el de mi bata sin dejar de besarme, yo también quité su chaqueta y desabotoné su camisa, ágilmente se deshizo de ella y volví a tocar su pecho desnudo, mis manos lo recorrieron, sus besos adoraron mi cuello y bajó a mis pechos, cerré los ojos sin saber lo que estaba haciendo, la música, el aroma de las velas, la tenue luz, todo nos envolvía sólo a él y a mí. Sin saber cómo, se deshizo de mi camisón bajándolo y llevándose mi panty al mismo tiempo, estaba completamente desnuda debajo de él y temblaba, abrí mis ojos para notarlo, su mirada seguía igual pero más deseosa, recorrió mi cuerpo con sus ojos como si hubiese sido la primera vez, la tenue luz nos mostraba una escena y una visión de ambos en otro sentido del erotismo, mientras él se quitaba lentamente el cinturón y el pantalón, levanté mi vista al otro horizonte que tenía, al cielo nublado que la cúpula de cristal nos permitía ver, no había nada más en el cielo pero por mi parte estaba a punto de ver las estrellas que él me iba a permitir imaginar, ese escenario oscuro y frío que observaba de una noche como cualquiera de invierno sería el testigo de nuestra entrega como lo deseábamos, como lo anhelábamos, como lo merecíamos. De pronto la visión de la cúpula se vio interrumpida por una sensación que me recorrió como una corriente eléctrica, cerré mis ojos y arqueé mi cuerpo, su boca estaba en mi intimidad y haciendo que me retorciera de placer, gemí sin poder controlarme, no quería reprimirme, quería gritar el placer, gritar su nombre una y mil veces, quería estallar ante la delicia de sentir su boca en mi interior, abrí los ojos y el cielo seguía allí, no habían estrellas, nubes oscuras cubrían el panorama pero era el cielo, nuestro testigo y era sólo nuestro. Al momento el placer se detuvo y me dejó respirar y recuperar el aliento, mis ojos seguían mirando el cristal de la cúpula pero la visión se interrumpió por otra más hermosa, por el rostro de él y su cabello que caía a los lados de su cara, quería perderme en sus ojos, ya no quería pensar en nada, quería sentir sus labios y que su penetración profunda me hiciera delirar, leyó mi mente, lo hizo, comenzó a embestirme y a besarme a la vez, lo abracé, rodeé su cintura con mis piernas, éramos uno sólo de nuevo, estábamos unidos en cuerpo y alma, el placer era delicioso pero ante la música, el escenario y la situación sin saber cómo mis lagrimas cayeron, ante cada embestida cada lágrima caía, mi corazón aún no estaba bien, me estaba entregando a un hombre que me había herido y del cual aún no me constaba que fuera inocente, el dolor y el placer se hacían presentes a la vez, él liberó mi boca para impulsarse con fuerza pero al abrir sus ojos y yo los míos pudo verme, frunció el ceño ante mis lágrimas y quiso parar, estaba desconcertado;
—No te detengas —le rogué, no tenía dignidad.
Obedeció pero mis lágrimas no cesaban, lo amaba esa era la realidad y el dolor de haberlo perdido me había llorar, me desgarraba, sentía mis lágrimas como si fueran de sangre, me dolían, me dolía el corazón. Él sin saber qué hacer me besó intensamente de nuevo, no quería verme así, se impulsó con más fuerza, su gemido y el mío se ahogaron en ese beso, llegamos juntos y mientras él se derrumbaba en mi pecho yo me aferré a su espalda, lloré con fuerza sin poder detenerme, él al sentirlo me abrazó, nos quedamos así por largo rato, el clímax del orgasmo se había mezclado con el dolor de mi corazón y necesitaba desahogarme, temblaba, temblaba tanto de frío como de miedo, él no se cansaba de besar mi hombro, mi cuello, mis mejillas, mi boca, nos cubrimos con el abrigo, no quería que nos moviéramos;
—No más lágrimas, olvidemos todo —me aferró a él—. Quiero que mi cuerpo sea suficiente para darte calor y quiero que mi corazón sea suficiente para darte todo mi amor, lo tienes, mi mente, mi corazón, mi vida y mi alma son tuyos, yo soy tuyo como quieras amor mío —besaba mi sien a la vez que limpiaba mis lágrimas—. Soy completa e intensamente tuyo, nunca lo dudes.
—¿Todo lo que eres? —susurré.
—Todo lo que soy —besó la punta de mi nariz.
—¿Todo tú?—insistí.
—Todo yo —acarició mi cara.
Nos besamos de nuevo y estando así, juntos y sin querer separarnos él reposó su cara en mi cabeza y yo intenté sumirme en un sueño del que no quería despertar, sentía que la realidad no iba a cambiar, las cosas podían seguir siendo igual y me aterraba.