Capítulo XXXIX

 

En busca de paz

 

El medicamento hizo lo suyo pero cuando desperté ya casi al ocaso sentía el cuerpo molido, la espalda me estaba matando. Miré a mi príncipe y lo acaricié, me asusté, estaba caliente, tenía fiebre. Me levanté sin importarme lo que yo sentía y salí de la habitación, grité como loca por los pasillos, dos sirvientas que pasaban se apresuraron a mí, una se quedó conmigo y la otra corrió a avisarle al rey. Me metí de nuevo para sacar todo lo del maletín médico que me habían dado, el príncipe despertaba y se quejaba, comenzó a llorar. Rápidamente Helen llegó y me auxilió, mientras yo intentaba calmarlo ella procedió a preparar la medicina, ordené compresas frías para él, a su llanto sabía que estaba mal y que al igual que a mí le dolía todo pero en su caso era peor, en medio de su llanto le dimos la medicina;

—¿Qué pasa? —preguntó Ludwig apresurándose a nosotros junto con Randolph.

—Tiene fiebre —contesté sollozando.

—Es por los golpes, el medicamento le ayudará, hay que tener paciencia.

Sin querer rozó mi frente;

—Constanza tú también tienes un poco fiebre —me dijo.

—Yo no importo —le dije intentando calmar al príncipe que lloraba amargamente ante su adolorido cuerpecito.

—Claro que importa, si estás mal no vas a poder atender al príncipe.

Me aparté un poco del niño al sentir que se me acercaba un fuerte estornudo, caí sentada al piso, perdí el equilibrio, mi dolor de espalda se intensificó, mi coxis casi me hizo llorar;

—Lo ves —se hincó para ayudarme.

No recordaba que el clima al que había estado expuesta —sumado a la noche del observatorio— me iba a afectar;

—Helen vaya a la cocina por un té muy caliente de manzanilla, limón y miel para la reina —ordenó el rey —. Y también por una bandeja con algo liviano porque no ha comido nada.

—No tengo hambre, yo sólo quiero atender a mi bebé —dije frotándome la nariz, comenzaba a picarme.

—Y si te enfermas no podrás, además no has comido nada desde el desayuno —insistió.

Me ayudó a sentarme en la cama y me apresuré a mimar a mi pequeño;

—Es posible que el príncipe tenga hambre —dijo el rey mientras lo tocaba suavemente.

—Iré a decirle a Gertrudis que se haga cargo —dijo Randolph saliendo de inmediato.

Me sentía impotente, el niño no dejaba de llorar y me partía el corazón verlo así, ver sus moretones a un lado de su carita, ver esa venda en su cabecita, ver esa herida en su labio y ver como se inflamaba su bracito y pierna era como para desquiciarse, sabía que esa noche iba a ser de las más largas y los siguientes días de los más pesados.

El rey prefirió llamar al pediatra para que lo revisara de nuevo y mientras yo me tomaba una pastilla que acompañé con el té e intentaba comerme un pequeño sándwich con ensalada, él con cuidado levantó a su hijo en brazos y sentándose también en la cama le dio su biberón, mi príncipe tenía hambre pero su boquita le dolía debido a la herida del labio y eso le molestaba, aún llorando se calmó un poco para beberse su leche. Después de cambiarlo con la ayuda de Helen al poco rato llegó Víctor, lo revisó de nuevo pero no quiso inyectarlo, no quería someterlo a más dolor del que ya tenía que soportar, teníamos que tener paciencia con él y él mismo, ser fuerte y soportar los malestares, al paso de los días y poco a poco iba a recuperarse. Con la ayuda de las compresas más el medicamento la fiebre bajó y aunque no el dolor, la medicina volvió a dormirlo, mi bebé volvió a quedarse quieto. Esa noche durmió con nosotros, no quisimos moverlo, en medio de los dos y rodeado de almohadones para que estuviera lo más cómodo posible lo cuidamos. Helen y dos mucamas más se quedaron haciendo guardia en el salón de la habitación, sabíamos que nos íbamos a desvelar y ella sintiéndose culpable también quería expiarse de la única manera en la que lo podía hacer, sirviendo a su príncipe incondicionalmente.

Mientras el niño dormía y el medicamento me estaba drogando también y entre estornudos que ya me tenían exasperada, me preparé para dormir;

—Acuéstate boca abajo —dijo él—. Voy a frotarte el ungüento en los golpes.

—¿Qué? —fruncí el ceño.

—Tus moretones y la inflamación deben desaparecer, jura que mañana vas a amanecer más adolorida si no te pones el medicamento.

—¿Quieres redimirte también? —pregunté seriamente.

Me miró de igual forma y luego bajó la cabeza;

—Si lo que quieres decir es que todo esto fue mi culpa está bien, lo reconozco y lo asumo, fue culpa mía —exhaló, lo sentí sarcástico.

—¿Así de fresco? Te desconocí Ludwig, creí que ibas a golpearme en tu enojo, jamás imaginé que la mañana terminara peor después de la llegada de esa mujer —me senté en la cama y besé la cabecita del príncipe—. Yo sólo espero que este accidente no tenga consecuencias en el niño —continué evitando llorar—. Tu actitud me orilló a huir prácticamente, ¿te das cuenta? Quise huir de ti, me aterraste y mientras yo huía en mi egoísmo… el niño tenía este accidente, si hubiera estado con él no habría pasado nada.

Exhaló de nuevo y tristemente se sentó en la orilla de la cama cerca del niño y de mí;

—Sé que no tengo perdón ni justificación —dijo—. Y estoy consciente que pudo haber sido una reacción en cadena, me refiero a lo tuyo, en el caso del príncipe fue un evento desafortunado que se dio en el peor momento, hay cosas que suceden, los accidentes ocurren, no sé qué pensar. Sé que Helen en muy cuidadosa y ella insiste en que el niño estaba dormido y que la cuna tenía las verjas con los seguros, por eso salió un momento, no se le puede culpar a ella completamente, la verdad… simplemente hoy no fue un buen día.

Lo miré desconcertada;

—Me sorprende la tranquilidad con la que lo dices, te confieso que te creí furioso cuando Regina me dio la noticia y esperaba que como un impulso tuyo que ya son típicos, hubieras querido despedir a Helen por eso.

—Lo consideré, lo reconozco, pero esa mujer casi enloquece, no paraba de llorar y temblar, tenía los nervios destrozados, fue necesario que la atendieran también en el hospital, entonces supe que no estaba fingiendo. Randolph tuvo que ayudarme con ella, no quiso separarse del príncipe en ningún momento, me ha demostrado que lo quiere como si fuera propio, creo que somos afortunados al tener a nanas como ella y Gertrudis, insisto los accidentes ocurren, incluso pudo haberse caído estando bajo tu cuidado, cuando las cosas están para suceder simplemente suceden.

No esperaba escuchar al rey expresarse con sensatez;

—Pues yo no creo que haya sido un accidente que le pudo haber costado la vida a mi pequeño, si Helen dice que lo dejó dormido y aún, con la cuna asegurada entonces, ¿debo creer que algo sobrenatural hizo el mal a un angelito como él? ¿Quién gozaría hacerle un daño tan despiadado a un bebé indefenso?

Ludwig frunció el ceño y por un momento nos asaltó la duda, esto nunca había pasado en el tiempo que llevábamos siendo padres, yo ya no me sentía segura en ningún aspecto y comenzaba a temerle a todo;

—El príncipe duerme profundamente, no hablemos de cosas extrañas delante de él —dijo mientras lo observaba.

—Si estuviera más grande él podría decir lo que pasó. —Yo no dejaba de acariciarlo.

—Ni siquiera a la edad de los gemelos, los niños tienen mucha imaginación.

—Pero dicen la verdad.

—O las fantasías, por culpa de un dragón yo tuve muchas pesadillas que no las hablé con nadie.

Lo vi intentando sonreír, él me miró y sonrió también, estaba apenado;

—Vamos a dormir —dije bostezando.

—Déjame frotarte el ungüento —insistió.

—Ludwig destrozaste sin la menor piedad un libro que nada te hizo, me lanzaste las hojas a la cara, me zarandeaste como a un monigote y me lastimaste tanto física como verbalmente, ¿Crees que voy a dejar que me toques?

Tragó en seco y tensó los labios;

—Pedirte perdón no será suficiente —susurró.

—No, no será suficiente.

—Te recuerdo que le diste una bofetada al rey.

—¿Te desquitaste entonces? ¿Cumpliste tu sentencia de cobrártela? Te recuerdo que te lo merecías.

—Creíste que me lo merecía —me corrigió.

—Tenía las pruebas, ¿Qué esperabas? además haciendo eso a un lado me comparaste con Karenina y me ofendiste en tu rabia, si me crees una madame Bovary entonces no merezco ser reina, dame el divorcio y asunto arreglado, así tú podrías tener a tu amante sin problemas y yo… también el mío si me place.

Me miró con los ojos más abiertos y evitó abrir la boca tensando más la mandíbula, frunció el ceño;

—Sí, te estoy provocando —insistí descaradamente—. No se me olvida que se te pasó decirme o mejor dicho, me ocultaste lo que verdaderamente esa mujer te dijo al oído el día de la fiesta.

—Randolph me mostró el listado de los libros y…

—No cambies la conversación —lo interrumpí.

Exhaló y se levantó de mi lado;

—Ya te di mis razones, no le di importancia y preferí omitirlo pero me salió peor, lo siento, no volverá a pasar.

Me había sonado un tanto sarcástico pero ya no quise seguir hablando, seguía molesta y además con un sueño que ya no me hacía pensar, apagué mi lámpara y él la suya, otra noche con las diferencias que nos separaban y creaban un abismo, en medio de nosotros se había cernido la desgracia y literalmente estaba la prueba; el accidente del príncipe. Comenzaba a sentir más temor y a dudar del futuro, la sombra del presente me impedía encontrar la paz, en la oscuridad de la habitación pensé sobre las reinas consortes de Bórdovar y sentí la necesidad de estudiar sobre eso, recordé el destino del matrimonio del bisabuelo de Ludwig del que habló la reina Leonor en su diario, dice que la depresión terminó matando a su esposa, comencé a cuestionarme sobre si la misma Leonor habría sido realmente feliz como reina y esposa de Leopoldo y la única manera de saberlo era siguiendo con la lectura de su diario, decidí retomarla cuando el príncipe estuviera mejor y mi cabeza estuviera más lúcida. Por los momentos lo único que podía hacer era intentar descansar de mis malestares velando a la vez la condición de mi príncipe, en medio de toda esa tormenta que sentía me había caído encima necesitaba encontrar un poco de paz, mi salud emocional me lo estaba exigiendo.

La noche fue difícil como era de suponerse y las siguientes fueron igual, el asunto del desvelo era peor que cuando el príncipe nació ya que en ese tiempo él había confundido el día con la noche y tuvimos serios problemas con él al respecto, pero esta vez era mucho peor, era difícil controlarlo ya que sólo lloraba y lloraba debido a sus golpes, aprovechaba intentar curarle la herida del labio cuando estaba dormido aunque amenazara con despertarlo y seguir en el lío pero es que consciente no se dejaba hacer nada. Esa tarde de San Valentín él me envió un enorme arreglo de rosas para no dejar pasar “la tradición” pero con eso no iba a hacer que se me olvidara todo, así que teniendo cosas más importantes que atender no quise reparar en las flores. Seguía muy molesta con él.

A los tres días el doctor le quitó la venda de la cabecita a mi niño y me dolía verle ese golpe, tenía una leve herida que gracias a Dios no necesitó suturar pero el moretón de su frente era grande y oscuro, verle ese color entre marrón-morado-azul-verde que mostraba los tonos de la sangre en el lugar me llenaba de angustia y deseaba con todo mi corazón que desaparecieran, los de él eran mucho peor que los míos que ya estaban pasando aunque me siguiera doliendo un poco la espalda. Para colmo como era de esperarse me resfrié y no podía consentir como quería a mi bebé para no contagiarlo, tuve que usar mascarilla para cubrir mi nariz y boca cuando lo atendía. Cinco días después del accidente del príncipe ya la situación comenzaba a ser mejor, pero mi niño se había acostumbrado a las vendas de su brazo y pierna y a la hora de su baño que había que quitarlas lloraba desesperadamente, al tenerlas inmovilizadas le evitaba malestares pero al quitarlas él se movía inquieto y desesperado haciendo que el dolor le viniera de nuevo, tenía aún muy sensibles su brazo y pierna y era necesario controlarlo para evitarle una zafadura en su codo, muñeca y rodilla.

Una semana completa el príncipe durmió con nosotros y por orden del rey la cuna pasó al “recuerdo” entre otras cosas guardadas en el sótano del castillo, se le acondicionó una camita un poco más pequeña que la de los gemelos y de baja altura siempre con barandales especiales que la rodeaban para una mejor seguridad al menos hasta que pasara sus tres añitos, poco a poco la inflamación de sus golpes se fue controlando, aunque se olvidara de gatear o intentar caminar hasta que estuviera apto. Fue durante su convalecencia y las visitas del doctor Valder que se aprovechó para conocer a Virginia como realmente era, o al menos eso creía, el asunto con ella no estaba del todo bien; volvió al mundo real pero sin recordar lo que le había pasado, algo que nos asustó a todos ya que según Víctor el médico que la atendió dijo que eso era una bomba de tiempo, a simple vista Virginia se veía “normal” dentro de lo cabía la palabra, estaba fascinada por estar donde estaba, no salía de su asombro al saberse en un reino y menos en un castillo, no se imaginó conocer una familia real, se sentía abrumada pero al menos podía hablar y nos agradeció al rey y a mí las atenciones para con su hermano. No fue posible aclararle lo que se hizo por ella ya que no lo recordaba, insistía en que no tenía idea de cómo había aparecido en el reino y bromeaba diciendo que posiblemente su hermano la había secuestrado ya que no tenía intención de dejarla volver a Francia, la verdad ni el rey ni yo sabíamos cómo dirigirnos a ella pero con tal de que no recordara lo que le había pasado era mejor ganar tiempo y que fuera lo que Dios quisiera cuando recuperara del todo su memoria.

Le encantaron los niños y le dolió lo que le había pasado al pequeño príncipe, también alabó el esplendor de lo que era Bórdovar en su naturaleza y al ver a los perros no dudó en acariciarlos, al menos a Napoleón y a Josefina que eran un poco más amigables así que para hacer que estuviera mejor y ocupara su tiempo haciendo algo de provecho se me ocurrió una idea; que le sirviera de asistente a Dylan, el rey se sorprendió por mi sugerencia y la verdad yo misma también me sorprendí por lo que había hecho y sin poder remediarlo dejé las cosas así, pero para nuestra sorpresa a Virginia le gustó la idea incluso le gustó tanto que decidió aprovechar sus “vacaciones” según ella de esa manera y ser útil, el encierro en su casa mientras su hermano trabajaba era lo único que no le gustaba y aunque Víctor frunció el ceño ante mi “gran idea” prefería ver a su hermana feliz y ajena a lo que le había pasado, a tener que verla depresiva como esperaba que estuviera una vez que reaccionara. Entre los planes que ella hacía con emoción se me pasó por alto un detalle; Gastón, que estaba prácticamente embobado con ella y más mirándola ya mucho mejor y en el caso de Dylan no sabía qué pensar, sin querer le había puesto a la chica en bandeja de plata a uno sin detenerme a pensar en los sentimientos del otro, menudo lío había hecho y ya no tenía idea de cómo arreglarlo.

 

 

 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

 

Nieblas del pasado 2
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