Capítulo IV
El comienzo del amor
Otro día amaneció normalmente y daba gracias a Dios que al menos había olvidado nuestras preocupaciones y habíamos disfrutado de la fiesta y de algo más, era domingo y como ya nos habíamos dormido bien entrada la madrugada, despertamos después de las nueve. A la hora del desayuno en nuestra habitación nos dimos cuenta que Dylan y Randolph habían salido a montar pero que Jonathan se había quedado ya que Regina amaneció indispuesta por sus malestares de embarazo. Cuando terminamos y nos arreglamos nos dirigimos a verla, estaba todavía en cama y apenas había probado bocado, el pequeño marqués ya estaba jugando con sus primos por lo que al menos estaba descansando tranquilamente. Yo me ofrecí a quedarme con ella y hacerle compañía mientras Loui y Jonathan se iban a cabalgar para encontrarse con Randolph y Dylan y aprovechar ejercitarse un poco el domingo por la mañana, de todos modos los malestares de Regina eran normales y no había de qué preocuparse. Platicamos de lo sucedido el día anterior y de los problemas que habíamos olvidado pero que no se podían dejar pasar, ellos saldrían el siguiente día temprano para la región de Kronguel y hacer acto de presencia durante tres días para saber las necesidades que habían allí y comunicárselo en un informe al rey, era algo que su padre nunca hizo y ellos lo hacían cada vez que venían a Bórdovar, así que tenía que descansar mucho ese día para tener las fuerzas para el viaje al día siguiente. Después de hablar un rato me dijo que quería dormir un poco más antes del almuerzo por lo que la dejé descansar, luego me dirigí a ver a los niños quienes jugaban muy alegres después de haber comido su tan deseado pastel y al verlos con los restos de chocolate en sus boquitas, no puede evitar recordar nuestra fantasía con Loui lo que me hizo estremecer. Después de limpiarlos personalmente y de haber compartido un rato con ellos me dispuse a descansar también antes del almuerzo, cuando llegué a la habitación me acosté en el canapé para seguir leyendo un poco más del diario de la reina Leonor y dejar a un lado un momento la realidad.
***************
1,977 inició normalmente sin más novedades, un año nuevo lleno de responsabilidades y nuevas expectativas, en lo personal me empapé de todo lo mío ya que las visitas furtivas de Leopoldo y sus largas ausencias no me hacían mucho bien. A pesar de ser sólo amigos yo sufría imaginando otras cosas y eso me hacía mucho daño, no podía seguir así. Las insistentes búsquedas de Ezequiel y Andrés tanto adentro como afuera de la universidad me estaban colmando y entre ellos y mis sentimientos hacia Leopoldo por momentos me sentía enloquecer. Me había llenado de horas de clase entre la literatura, la pintura y la música, salía muy temprano por las mañanas y regresaba casi al anochecer, estando en mi casa sólo deseaba comer, dormir y atender a mis mascotas, pero también me desvelaba un poco estudiando. Dos veces a la semana Leopoldo me llamaba por las noches y al menos dos veces al mes no escribíamos correspondencia. Yo trataba de no ser tan obvia y evitar mostrarle un exagerado interés, pero cada vez que me llamaba o que recibía carta suya mi corazón saltaba como el mejor de los gimnastas, era una emoción tremenda que no podía disimular pero que a la vez me hacía daño. Siempre esperaba algo que no llegaba o que seguramente nunca llegaría, tenía que hacerme a la idea de que nunca llegaría a tener algo más que una amistad con Leopoldo, tenía que sacarlo de mi corazón y olvidarme de él, tenía que aprender a vivir sin él, no podía perder algo que ni siquiera era mío, no tenía sentido.
Ésta vez, mi cumpleaños se celebró en la propiedad de Hans en las afueras de Ámsterdam y sólo fue una pequeña reunión familiar. A regañadientes George y su familia nos acompañaron pero su orgullo no le permitió quedarse en la casa y prefirió instalarse en un hotel, también hicieron lo mismo el tío abuelo Juan y la tía abuela Lorna. Definitivamente había que darle tiempo a Hans para que pudiera redimirse frente a ellos, aunque para él lo más importante era yo y el momento que pudiera llamarlo “papá” la única persona ajena a la familia que me acompañó ese día fue Leopoldo, otro cumpleaños en su compañía fue el mejor regalo para mí. A mediados de ese año ya había aprendido a manejar y dar mis primeros pininos en el auto que Hans me había obsequiado hace un año, eso me hacía sentir con un poco de libertad. Me iba en él a la universidad los días que no me sentía tan cansada siempre y cuando Marcos nuestro chofer, me siguiera a distancia por orden de Tita. Pero comenzando ese semestre algo inesperado pasó; un día de la primera semana cuando me disponía a regresar a la casa, mientras buscaba las llaves de mi auto Ezequiel me abordó en el estacionamiento de la universidad;
—¡Leonor! —exclamó mientras se acercaba a mí.
—¿Qué pasa?
—Necesito decirte algo.
—Dime.
—Ya no soporto esta situación y necesito una respuesta tuya, ¿No ves que sin ti no vivo? A veces siento que ya no puedo respirar, verte pasear por los pasillos, por los jardines, por la cafetería y hasta dentro del mismo salón siento que me sofocas. Por favor, dime que me aceptas, prometo ser el hombre que deseas, prometo ser como los caballeros de tus libros, prometo ser tu príncipe o un perro faldero si eso es lo que quieres, pero por favor… di que quieres ser mi novia.
Lo que Ezequiel me había dicho no me lo esperaba y mi cerebro no sabía cómo digerir todo eso. Me sentía confundida.
—¿Creí que teníamos un trato? —dijo alguien más antes de que yo pudiera hablar, era Andrés mirando seriamente a Ezequiel con enojo.
—¿Por qué siempre tienes que ser tan inoportuno? —le preguntó Ezequiel también molesto y soltando lentamente el aire que había contenido al decirme su declaración.
—Porque siempre buscas lo que yo quiero —le contestó Andrés acercándose a nosotros—. Y ya me cansé, quiero que te quites de mi camino o no respondo.
—¿Y cómo pretendes obligarme? —le preguntó retándolo.
—¡Basta!¡es suficiente! —me metí en medio de los dos cuando vi que casi se iban a los golpes.
—Leonor, él y yo hicimos un trato —dijo Andrés muy molesto—. Pactamos no molestarte al expresar abiertamente nuestros sentimientos por ti, yo lo he cumplido y he tenido que morderme la lengua para no decirte todo lo que me quema el pecho con respecto a mis sentimientos por ti, pero veo que este ya no pudo y si quiere guerra, pues guerra tendrá.
—¿Así que soy como un trofeo? —les pregunté muy molesta— ¿Será que también apostaron a ver quién me conquista primero o a ver por quien me decido?
—Ni siquiera lo dudes —dijo con voz ronca un tercero que se metía en nuestra plática. Mi corazón se detuvo al escuchar esa voz. Los tres nos giramos para ver de quien se trataba.
¡Dios era Leopoldo! Mis ojos no podían estar más abiertos y por poco se me caen de las manos todos mis libros, estaba vestido impecable como siempre, con ese porte que me inquieta, regio, soberbio, altivo, orgulloso y… hermoso. Con una mirada fulminante hacia Ezequiel y hacia Andrés y a la vez con su mirada del más perfecto tono azul sobre mí, me parecía poder leer sus ojos, estaba furioso, sus brazos cruzados y su respiración lo delataban, me miraba muy serio, seguramente haciéndome saber que le desagradaba la compañía que tenía. Parecía un hombre celoso, extremadamente celoso.
—A vaya… —dijo Andrés con sarcasmo—. El sultán aparece como por arte de magia y en el momento más inoportuno.
—Así es —secundó Ezequiel—. El principito sabe cuando aparecer y eso en lo personal ya me tiene harto.
—Leopoldo… —dije idiotizada sin poder disimular mi felicidad—. Estás aquí… pero cómo… ¿No entiendo?
—Vengo directamente del aeropuerto —contestó acercándose lentamente a nosotros como un tigre que desea cazar a sus presas—. Y quise darte la sorpresa de venir a buscarte yo mismo, pero es una decepción verte en tan indeseable compañía.
—Este tipo ya me tiene harto —repitió Andrés haciendo un movimiento y queriendo abalanzarse hacia él.
—Lo mismo digo —dijo Ezequiel.
¡Dios! Detener a estos dos sería una proeza para mí, no quería que estos montoneros le cayeran a golpes a mi Leopoldo, rogaba por un milagro.
—¿Qué pasa aquí? —preguntó uno de los guardias del estacionamiento.
Andrés y Ezequiel se detuvieron al instante, nadie deseaba un escándalo y menos una buena reprimenda ahora que comenzaba un nuevo período de clases, no nos convenía.
—¿Algún problema mi lady? —me preguntó Marcos que llegaba en ese momento. Como siempre y a petición de Tita me seguía cuando venía a la universidad y me seguía también en mi viaje de regreso.
—No, nada —dije tratando de disimular tranquilidad—. No pasa nada, es sólo una plática entre amigos, los tres llevamos algunas clases juntos y estábamos intercambiando opiniones.
—Pues si ya terminaron te llevo a tu casa —dijo firmemente Leopoldo mientras me sostenía con fuerza del brazo—. Vamos.
—Pero ¿y mi auto…?
—Que tu chofer se encargue —contestó sin darle cuentas a nadie.
—¡Suéltala! —le advirtió Andrés colocándose a su paso y retándolo con la mirada.
—O aquí se arma una grande —le sentenció Ezequiel—. Suelta a la señorita que no es de tu propiedad.
—¡Señores por favor! —se metió Marcos entre ellos—. Recuerden la posición de todos, pertenecen a la más alta sociedad de la ciudad y creo que no les conviene un escándalo ni a ustedes ni a sus familias.
—Como veo que no se trata de estudios, llamaré al supervisor en turno para que se encargue de ustedes —dijo el guardia un poco molesto—. Seguramente a él si tendrán mucho que explicarle.
—No, no es necesario —dije conteniendo mis nervios lo más que pude—. El señor Leopoldo es amigo íntimo de mi familia y acaba de llegar de viaje, es por eso que vino a recogerme. Marcos por favor, encárguese de mi auto, chicos nos vemos mañana.
Los tres hombres estaban que echaban fuego por la boca como si fueran dragones, Marcos acató mi orden y el guardia al ver que no había problemas se retiró de la escena.
—Una última advertencia, esto apenas comienza y Leonor es libre y bastante grandecita para decidir su vida —le dijo Andrés a Leopoldo.
—Así que las cartas están sobre la mesa —secundó Ezequiel—. Además tú apareciste de la nada y nosotros conocemos a Leonor mucho antes que tú. Una cosa es nuestro pleito entre Andrés y yo pero otra cosa muy distinta es que tú te metas en nuestros terrenos.
—¿Acaso ya marcaron a la señorita? —Preguntó Leopoldo conteniendo su furia—. ¿Acaso ya es de ustedes para que estén tan seguros de su triunfo sobre ella?
—Al menos tú eres un extranjero y nosotros tenemos una ventaja que tú no tienes —le dijo Andrés con una sonrisa burlona.
—Así es —secundó Ezequiel con sarcasmo—. Nosotros la vemos todos los días y tú sólo dos o tres veces al año, creo que llevamos una gran ventaja que son puntos a nuestro favor. Piénsalo.
—¡Señores por favor! —insistió Marcos al ver que los tres se iban encima y para colmo llevándome a mí en medio.
Sin decir nada más, Leopoldo y su mirada amenazante pasaron por encima de ellos arrastrándome a mí, le tiré las llaves del auto a Marcos mientras Leopoldo me llevaba rápidamente hacia su deportivo. Realmente lo sentía furioso y no entendía por qué, el sujetarme fuertemente de esa manera tuvo consecuencias en mi piel delicada, era él el que me había dejado su marca. Me abrió la puerta de su auto y me metió sin delicadeza cerrando la puerta con tal fuerza, que daba la impresión de querer arrancarla del coraje y ese temperamento me asustó, el estruendo hizo eco en mis oídos. No éramos nada y su comportamiento me hacía daño.
—Leopoldo no te entiendo —le dije sobándome el brazo.
—Ponte el cinturón —sentenció a lo que obedecí al ver su enojo que me tenía aterrada.
Arrancó rápidamente como si el parqueo se tratara de una pista de fórmula uno, la velocidad con la que íbamos me aterraba aún más, lo miraba y mientras se concentraba en la calle mirando hacia al frente yo seguía sobándome el brazo, tenía ganas de llorar. Si actuaba así siendo sólo amigos no quería imaginarme lo que sería siendo novios o peor aún, si algún día nos casábamos, la verdad esto ya no me gustaba nada. El cuento ya no me gustaba, sentía que mi príncipe se había convertido en un ogro y ya no sabía qué pensar.
Cuando se detuvo en un semáforo, sentí que me miró. Yo miraba hacia la ventana, con un nudo en la garganta y con mis ojos aguados por las lágrimas que estaba conteniendo, ya no tenía ganas de hablar, sólo quería llegar a mi casa y encerrarme en mi habitación a llorar un largo rato sin hablar ni darle explicaciones a nadie.
—Por favor perdóname —dijo al fin un poco más calmado—. No debí presentarme de esa manera como tampoco debí actuar así, lamento haberte lastimado, esto nunca me había pasado.
Seguí mirando hacia afuera ignorando sus palabras, no quería mirarlo a él, sabía que sus ojos iban a hacer que se me olvidara esto y no quería, no quería sucumbir a él, ahora era yo la que estaba muy molesta.
—Por favor di algo —insistió acercándose a mí e intentando acariciar mi brazo. Sabía lo que había hecho.
—¡No me toques! —le sentencié pegándome más a la puerta del auto y alejándome de él aferrándome con miedo a mi bolso y a mis libros.
—Leonor yo…
—Tu falta de delicadeza me ha sorprendido —le dije mostrándome fuerte evitando llorar.
—Por favor no… —exhaló desesperadamente, acariciándome el cabello. Lo vi de reojo, sabía que había exagerado su actitud—. Por favor, te pido que me perdones, pero es que el verte allí en medio de esos dos y observar la manera en la que te miran… siento que sus ojos han… tocado todo tu cuerpo y eso me molesta mucho.
—No tienes porqué —le dije sin mirarlo—. Ese no es tu problema, además no somos nada, sólo amigos.
Sólo espero que lo que le haya dicho le haya calado el cerebro, he estado esperando que me pida ser su novia y no lo hace, tal vez debería de aceptar a Ezequiel o a Andrés a ver si de verdad siente celos como los debería de sentir y deje de estar jugando.
Cuando la luz se puso verde avanzó de nuevo pero esta vez ya a velocidad normal, al parecer se sentía más calmado.
—Odio la manera en la que te miran, el tal Ezequiel no es tanto creo que sabe respetarte, pero no digo lo mismo del otro, a ese si lo tengo más atravesado, de verdad quería romperle la cara por creerse muy gallito.
—No es tu asunto además sé cuidarme —volví a decirle.
Se limitó a soltar el aire que contenía, aunque no quería reconocerlo, estaba molesto.
—No confíes en nadie y menos en los hombres —dijo seriamente—. La lujuria y el deseo en nosotros puede llegar a ser incontrolable.
—Estoy segura que hay sus diferencias —lo observé—. Quiero creer a pesar de esto que al menos tú, eres diferente.
—Pues creo que te he dejado claro que no soy diferente. —Se mostraba triste mirando mi brazo el cual me sujeté de nuevo—. Los hombres tenemos una naturaleza detestable y difícilmente la vamos a cambiar.
—Pues al menos yo quiero creer hay sus excepciones.
—Será mejor que creas que todos los hombres somos iguales —dijo secamente con voz ronca.
—No quiero —dije firmemente.
—Yo soy como todos —insistió.
—Tú no.
—¡Soy así y no puede ser de otra manera! —exclamó impaciente.
—Yo creo que eres diferente —dije dulcemente.
—No lo creas —clavó sus ojos en mí.
—¿Por qué no?
—Porque me veré obligado a cambiar por ti y ya me odio por eso.
Su respuesta me había dejado helada. En ese momento se abrió un poco más a mí y me dijo lo que sentía. Ahora era yo la que no sabía qué sentir ni qué pensar. Al notar que una camioneta negra nos seguía sospechosamente no pude evitar hablar;
—Leopoldo hace rato una camioneta negra nos sigue —le dije mirando el retrovisor.
—No hagas caso —contestó sin reparar a mirar.
—Pero cada vuelta que damos nos siguen y creo que lo hacen desde que salimos de la universidad —insistí.
—No te preocupes —repitió muy calmado.
Al ver la serenidad en él olvidé el asunto, aunque no dejaba de ver por el espejo la sospechosa camioneta que nos seguía preferí no seguir hablando. Llegamos a la casa y se apresuró a abrir la puerta del auto para que bajara. Ésta vez, gentilmente me ofreció su mano para ayudarme la que en silencio tomé, su pulgar acarició sutilmente el dorso de mi mano para luego llevarla a su boca y posar sus labios con calidez en ella. Yo no dije nada y evité con todas mis fuerzas estremecerme.
—No me siento bien como para saludar a tu abuela —dijo suavemente besando mi mano—. Necesito pensar y descansar un momento para poner en orden mis ideas, te llamo luego.
Y sin decir nada más entró a su auto de nuevo y salió disparado seguramente a su hotel de siempre. Afortunadamente Tita no se encontraba en casa y eso me sirvió para llegar libremente y sin dar explicaciones corrí hacia mi habitación a llorar como una niña a la que no le habían dado el juguete que quería. Para cuando Tita llegó ya me había bañado y descansado un poco, pero aún así seguía en mi cama acariciando a Florentina, ella llegó a verme al saber que estaba en la casa y al notar mi estado de ánimo no dudó en preguntar;
—Mi niña ¿Todo bien?
—Más o menos —le contesté suspirando.
—¿Pasó algo en la universidad?
—De todo —volví a decir mientras me sentaba acomodando mis almohadas en el respaldar de mi cama.
—A ver, cuéntame. —Tita se sentó a mi lado—. Veo que tienes tus ojos rojos, ¿Estuviste llorando?
Y sin poder disimular comencé mi relato.
—Vaya mi niña —dijo sorprendida—. Jamás pensé que serías algo así como la manzana de la discordia.
—Abuela…
—Y supongo que esas lágrimas fueron por… ¿Leopoldo?
Bajé la cabeza sin decir nada, yo sola me delataba.
—Mi niña… —continuó mientras besaba m frente—. Para comenzar será mejor que ni tu tío ni tu padre conozcan este episodio, ya sabes que no le van a perdonar a nadie que te haga llorar aunque se trate de él y en segundo lugar, déjame decirte que tus lágrimas fueron en vano.
—¿Cómo?
—Así es —contestó acariciando mi cabeza y abrazándome—. Es normal que hayas tomado las cosas de esa manera pero, ¿Quieres saber algo? Estoy más que segura que Leopoldo está enamorado de ti y también está confundido, él no sabe cómo expresar lo que siente.
—¿De verdad piensas eso? —pregunté más animada.
—Como que me llamo Isabella —contestó besando mi frente.
—Me cuesta creerlo Tita —le dije poniendo los pies en la tierra.
—Mi niña piénsalo, Leopoldo sólo actuó así por una manera y fue por amor, aunque no lo quiera reconocer. Siente algo por ti a su manera, ayúdalo a saber que es, seguramente él está más confundido que tú.
Las palabras de Tita me dejaron pensando, seguramente tenía razón pero de ser así ¿Por qué no me pedía abiertamente que fuera su novia? Seguramente no estaba lo suficientemente seguro de sus sentimientos como para querer una relación seria y formal, como sea no iba a bajar la guardia, las palabras de Tita me calmaron un poco pero yo seguía con mis dudas. Como a las 22:00 hrs me llamó como me lo dijo, ya estaba más calmado y su voz sonaba muy diferente a como estaba en la tarde, tenía el timbre de voz que me derretía, que me ponía a sus pies, que hacía decirle “sí” a todo, que me estremecía con un delicioso calor en todo el cuerpo, esa voz tan dulce y sensual que me hacía despertar todo lo que en mí permanecía tranquilo y reaccionaba sólo a él. No encontraba la manera de pedirme disculpas y como era viernes me había perdido salir con él como amigos el siguiente día, yo tenía clases de música y de idiomas pero por él hice una excepción, además no nos mirábamos con frecuencia y yo ansiaba salir con él, aunque fuera sólo como amigos. Ese sábado pasó a recogerme a media mañana y nos dispusimos a pasar el día como lo harían dos amigos normales, antes de bajarnos en el estacionamiento me pidió esperar un momento, sacó de la bolsa de su pantalón una bolsita de terciopelo y me mostró lo que contenía; era una hermosa pulsera confeccionada con piedras de colores, no brillantes, eran piedras extrañas y al notar él mi asombro y curiosidad me dijo el nombre de las piedras: un cuarzo cristalizado y otro café, un jade verde, un ágata de varios tonos, un ámbar café rojizo, un jaspe rojo, un lapislázuli de azul intenso, un ónix negro rojizo, un feldespasto de blanco transparente, un ópalo gris azulado y un topacio mezcla de amarillo, naranja y rojo. El juego de colores era precioso y yo no puede ocultar mi emoción, no sé mucho de piedras preciosas o semipreciosas y tuve que hacer una proeza al memorizar cada palabra que decía, la joyería no es mi fuerte pero la pulsera que Leopoldo me dio me parecía una joya exquisita y bellísima si venía de él, me dijo que había tenido estas piedras desde algún tiempo y mandó a elaborar la pulsera especialmente para mí, con sus palabras me emocioné aún más y no pude evitar abrazarlo y darle un beso en la mejilla una vez que la puso en mi puño. Le juré que nunca me la quitaría pero en realidad lo que quise decir y que no me atreví, era que a través de la pulsera él estaría más cerca de mí, no sólo en mi piel, sino aún más en mi corazón. Paseamos por las tiendas de los centros comerciales, a la hora del almuerzo me invitó a comer en uno de los restaurantes exclusivos del centro comercial y después compró entradas para el cine. A todo esto noté que unos hombres altos y musculosos, portando armas e identificaciones andaban a cierta distancia de nosotros, vestían de civiles pero aún así me parecían sospechosos, para mi sorpresa y para que estuviera tranquila Leopoldo los presentó como sus “guardaespaldas” lo cual me asombró aún más, eso me dio a entender que era un hombre importante pero no quiso indagar más y respeté su decisión aunque me mordiera los labios de la curiosidad, tuve que sacar mis propias conclusiones, Leopoldo era un hombre sumamente rico e importante. Para el domingo se fue de viaje de nuevo y pasó a despedirse, así era nuestra vida, sólo en ir y venir quien sabe por cuánto tiempo más, tenía la esperanza que nuestra salida hubiera sido propicia para algo o para que se atreviera a dar el siguiente paso pero no, seguíamos siendo tan amigos como antes y yo tuve que reponer las horas de clase que perdí. Y así pasó el tiempo, entre estudios, llamadas, cartas y furtivos viajes de Leopoldo para verme y de nuestra parte a Inglaterra ese año se fue rapidísimo y pronto llegó otra navidad que este año celebraríamos en Winchester. Sólo esperaba que el año nuevo que llegaba en lo personal y en lo sentimental fuera mejor para mí, porque de seguir igual iba a decidirme por darle una oportunidad a Ezequiel o a Andrés.
*****************
“¡La pulsera!” —pensé. Inmediatamente la busqué en mi alhajero y me la puse. Recordé el día que Loui me la dio y su romántica declaración aquel atardecer frente al mar, nunca había pensado lo valiosa que la pulsera era, al igual que la reina no soy conocedora de piedras pero el valor no era por ellas sino por el hecho de que el rey ya las tenía y mandó a hacer la pulsera expresamente para ella, sin duda un hermoso gesto de un hombre que estaba enamorado, tan enamorado como mi rey lo está también de mí.
Después de colocarme la pulsera, continué con la lectura.