Capítulo XIX

 

Bajo el cielo de Venecia

 

Para el día cinco ya estábamos listos, el rey y con la colaboración de Dylan mucho antes de que yo lo conociera y viniera a Bórdovar había adquirido un jet de lujo para su uso exclusivo y privado el cual obviamente a falta de un aeropuerto digno no estaba en el reino sino que en Roma junto a Apolo, pero ahora oficialmente ya formaba parte de la familia compartiendo los viajes del monarca, permanecía en un hangar privado del aeropuerto y lo llamó Ícaro, era en él en donde todos como familia viajaríamos a Italia. Randolph se quedaba a cargo de las riendas del reino por las dos semanas que estaríamos afuera y ya una vez listos y después de despedirnos de él en el aeropuerto, todos juntos —con algunos guardaespaldas incluyendo a Gastón— volamos a Turín para lograr tener unos días de divagación.

Llegar a Italia fue algo renovador para mí, respirar otro aire me llenaba de placer, las camionetas de los duques nos esperaban en una pista privada del aeropuerto y después de hacer todos los trámites salimos rumbo al château ducal, los niños estaban emocionados con el cambio, los príncipes iban en mis piernas disfrutando del panorama de la ciudad por la ventana a la vez que los abrazaba, mientras que Leonor iba sentada en las piernas de su papá muy pegadita a su pecho también poniendo mucha atención a las cosas que él le mostraba, íbamos todos juntos como familia en una de las camionetas mientras que en la otra iban Gertrudis y Helen con parte del equipaje, a la vez que en la primera y en la última iba todo el séquito de guardaespaldas que nos brindaban seguridad. Pasamos unos días de tranquilidad como gente normal estando en Turín, Loui parecía ser otro, por momentos olvidaba quien era y me encantaba verlo en pijamas, descalzo, recostado en el sillón disfrutando de algún programa favorito, comiendo pizza y bebiendo sodas, parecía un niño que disfrutaba las vacaciones escolares y yo me deleitaba observándolo y consintiéndolo también. Salíamos como familia normal —aún siempre con guardaespaldas— a algún centro comercial o las preciosas calles de Turín, intentábamos pasar lo más desapercibidos posibles vistiendo jeans, camisetas, tenis, abrigos, gorros, bufandas y lentes oscuros, bebíamos delicioso café en vasos de cartón y comíamos donas a la vez que caminábamos mirando las tiendas, me agradaba sentirme una persona normal y pasear entre la gente como una más, como siempre lo fui y como extrañaba hacerlo. Como Jonathan lo dijo, dos días después de su compromiso de operación estuvo listo y nos fuimos todos a disfrutar unos días a Venecia.

Era invierno pero aún así la ciudad era preciosa, la plaza y la basílica de San Marcos, el gran canal, el palacio ducal, el puente de Rialto, todo me parecía bellísimo y romántico. Cuando llegamos al palacete me sorprendí, “Villa Regina” tenía una preciosa arquitectura clásica, sin duda un lugar muy romántico y muy propio al estilo de Jonathan, nos instalamos y decidimos pasar unos días olvidando nuestra posición y solamente disfrutar en familia unas cortas vacaciones. Esa noche decidimos inaugurar nuestra habitación y disfrutar oficialmente nuestra “pequeña luna de miel”

—¿Estás feliz amor mío? —me preguntó mi rey cuando estábamos en la cama ya listos para dormir, a la vez que besaba y acariciaba mis hombros mientras yo apagaba mi lámpara, escucharle siempre ese “amor mío” me derretía por completo y me hacía decirle sí a todo sin dudarlo, esa frase me dominaba y me sometía más a él.

—Mucho —contesté saboreándome, sintiendo el delicioso calor que se estacionaba en mi vientre y mi intimidad comenzaba a palpitar—. Siento como si fuera otra persona, este viaje ha sido maravilloso y más en tu compañía.

—Mmmm… —musitó bajando su mano izquierda y deslizándola por debajo del edredón, de las sábanas y de mi propia seda—. Eso me agrada mucho, he notado que has estado muy bien, al parecer el medicamento te ha ayudado.

Mordí mis labios al sentir su mano buscando rozar mi intimidad, inconscientemente abrí las piernas y busqué su boca, lo besé sujetando su cuello con mi mano, yo estaba de espaldas a él y el sentir su erección en mi trasero ya me hacía desearlo más. Lo besé con fuerza, busqué su lengua y su mano que rozaba mi monte Venus haciendo círculos con su pulgar estaba muy inquieta;

—Tócame —susurré—. Siente la prueba de lo que provocas.

Obedeciendo gustoso metió sus dedos haciendo a un lado el panty y yo, cerrando mis ojos y alzando la cabeza comenzaba a gemir;

—Mmmm… —se deleitó en su caricia—. Me encanta, tan dispuesta y tan deliciosa como siempre.

Besó mi cuello y yo me saboreaba, sus dedos entraban y salían y yo comenzaba una cuenta regresiva solamente a su toque;

—Loui, te quiero dentro de mí, quiero sentirte dentro de mí —supliqué.

Lo necesitaba, deseaba que me penetrara y me hiciera gozar de sus embistes, quería su placer y yo entregarle el mío, mi respiración se volvía más intensa, no sabía lo que me pasaba pero sentía mi deseo incrementar sin poder detenerlo. Me di la vuelta y lo abracé, lo besé con fuerza, lo atraje hacia mí haciendo que quedara encima y amenacé con asfixiarlo;

—Amor mío, tranquila —dijo encontrando el aliento—. Permíteme respirar.

—Lo siento —intenté respirar también.

—Tranquila —acarició mi cara—. Sé lo que te pasa, el medicamento que tomas para el cerebro sumado al té especial aumenta tu deseo sexual, es natural no te preocupes, a mí me encanta eso yo estoy más que dispuesto a complacerte.

Sonreí un poco apenada y agradecí la explicación, al menos tenía lógica ya que me sentía insaciable.

—Tú sabes que me encanta verte así —continuó mientras besaba mi cuello a la vez que descubría mis pechos.

Sus caricias me llevaban al éxtasis, su boca en mis sensibles pezones me hacía hervir, era una delicia, sentir su erección entre mis piernas me hacía delirar y ya no soportaba el preámbulo. Lo besé con fuerza a la vez que lo acostaba en la cama, me senté a horcajadas sobre él y me quité el camisón, sonrió gustoso a la vez que sus manos recorrían mi cuerpo;

—Me encanta verte apasionada amor mío. —Sus manos jugaban en mis pechos y la mía en su erección—. Así como me encanta verte con el vestido de tu piel, me deleito ver tu figura desnuda.

—Ya no quiero más preámbulos. —Lo masajeaba gustosa, su tamaño me hacía saborearme—. Te quiero dentro de mí, ahora.

Se sentó para encontrarse conmigo y devorarme a besos, me sujetó con fuerza y me acostó en la cama de nuevo, ágilmente me quitó el panty y comenzó a beber todo de mí, era delicioso, era incomparable, hacía que me retorciera de placer y amenazara con romper las sábanas, lo que hacía con su boca me volvía loca y tenía que morderme los labios para no gritar, sujetó con fuerza mis caderas aferrándose a ellas mientras yo arqueaba mi cuerpo y acariciaba su cabello, sentía que su lengua me llevaría a mi orgasmo pero ansiaba más, lo quería dentro de mí;

—Loui por favor… —intentaba respirar y retrasar el clímax—. Es delicioso pero quiero tus embistes, quiero que me llenes, te quiero dentro de mí, por favor…

Lentamente obedeció y dándome besos cortos subió por mi vientre, por mi estómago, por mis pechos, por mi cuello, hasta llegar a mi boca donde se posesionó de ella haciéndome sentir mi sabor en su boca, mientras nuestras lenguas danzaban su miembro rozó mi sexo y me penetró con fuerza, así lo quería, impulsándose placenteramente, llenándome toda, entrando y saliendo, haciéndome gozar y deleitándose él. Entre besos y caricias me llevó al cielo, tensé mi cuerpo debajo del suyo, llegué a un delicioso orgasmo que me estremeció por completo, me hizo pedir más y me sació, en un último impulso él también llegó al suyo, gimió mi nombre y se derrumbó sobre mi pecho, fue maravilloso, nos desconectamos de todo para unirnos, nuestros cuerpos hablaban un mismo idioma al entregarnos, deliciosa y placenteramente hicimos el amor bajo el cielo de Venecia.

Esos días fueron de los más felices para nosotros, disfrutamos nuestros días de luna de miel paseando y descansando como lo queríamos, Loui era maravilloso como un hombre normal, era un excelente esposo y padre de familia a la hora de compartir con nosotros, estar en otro país y en otro ambiente lo transformaba, ni él ni yo estábamos tensos, mis malestares habían disminuido considerablemente, ni siquiera tenía tiempo de pensar en ellos, me sentía una mujer dichosa y con eso de que mi deseo sexual había aumentado me sentía aún mejor, esperaba con ansias que nuestro bebé fuera concebido en Italia, estando en Venecia hacíamos el amor por la mañana y por la noche, todos los días así que esperábamos que el fruto de nuestro esfuerzo por fin alegrara nuestra existencia. Al tercer día mi rey cumplió un deseo mío —a pesar del clima— paseamos en una romántica góndola y al pasar bajo el puente de Rialto me besó intensamente estando en sus brazos, fue muy excitante, mi corazón latía a mil, me sentía una adolescente enamorada, suspiraba y suspiraba, él me parecía perfecto en todo. Después de haber paseado por los canales nos dedicamos a fotografiar todo y mientras Regina y yo tomábamos unas imágenes en la plaza de San Marcos, nuestros hombres fueron a buscar unos cafés y algún bocadillo dulce, era un día bastante helado por lo que dejamos a los niños con las nanas y solamente los adultos habíamos salido con los guardaespaldas que nos cuidaban a distancia y vestidos de civiles para no llamar la atención. Fue en ese momento de las fotos que Regina tomaba a la multitud cuando de repente se quedó rígida como una estatua, sin parpadear y sin reaccionar palideció y eso me asustó, la sujeté porque pensé que se desmayaría;

—¿Regina qué pasa? —le pregunté llevándola a una de las mesas cercanas en donde nos sentamos—. ¿Regina me escuchas?

—Constanza… —no quitaba su vista de la puerta de la basílica—. Creo que…

—¿Que qué? ¿Qué pasa? ¿Por qué estas así? Parece que viste al fantasma de Casanova.

—Eso hubiera sido mejor —reaccionó y parpadeó tres veces, me miró—. No estoy segura de lo que vi.

—¿Pues que viste?

—¿Se cansaron de la fotografía? —preguntó Loui que llegaba con Jonathan y ponía el café en la mesa.

—¿Os sentís mal cariño? —le preguntó Jonathan a Regina a la vez que se sentaba a su lado y sujetaba su mano.

—Jonathan abrázame por favor. —Regina comenzaba a temblar.

—¿Qué pasa? —preguntó Loui cambiando su semblante.

—No lo sé —contesté negando con la cabeza—. Estábamos muy bien tomando algunas imágenes y de repente Regina se puso así, la senté porque creí que se iba a desmayar, no me ha dicho que le pasa.

—Cariño ¿qué os pasa? —insistía Jonathan—. No podéis estar así.

—Vámonos, por favor vámonos —dijo muy nerviosa.

—Está bien regresemos a la villa. —Jonathan se levantó a la vez que le ayudaba a ella a hacer lo mismo.

—No, vámonos de Venecia —dijo firmemente.

—¡¿Qué?! —exclamamos los tres al mismo tiempo.

—Regina por Dios di de una buena vez que te pasa y deja de hablar a medias —le dijo Loui perdiendo la paciencia, Regina lo miró seriamente y tragó en seco.

—No estoy segura de lo que vi pero… creo que era Juliana.

Abrí mis ojos al máximo y ahora era Loui el que me había sostenido para no caerme, comencé a respirar aceleradamente y a sentir más frío del que ya tenía, temblaba de los nervios;

—¿Era ella? —el semblante de Loui también había cambiado.

—No sé lo que vi Ludwig, pero creo que era ella, era su cara no estoy desvariando.

Loui observó hacia todas direcciones y les hizo señales a los guardaespaldas los cuales sutilmente nos rodearon;

—¿Pasa algo majestad? —preguntó Gastón llegando apresurado.

—Nos han estado siguiendo, nos vigilan.

—¿Es ella por fin?

—Parece que sí.

Gastón hizo las señales para que los guardias se dispersaran por la plaza, la basílica y el palacio ducal para ver si encontraban algo fuera de lo normal.

—Vámonos a la villa —ordenó Loui—. Allá pensaremos con más calma.

Y sin decir nada más regresamos rápidamente.

Al llegar lo primero que hice fue buscar a los niños y al verlos me hinqué para abrazarlos, tenían una habitación de juegos en donde se recreaban y estaban muy felices jugando, Leonor corrió muy feliz al ver a su papá y Loui la levantó abrazándola y llenándola de besos, mi dulce Ludwig me abrazó también mientras sostenía a mi pequeño Randolph con el otro brazo, Regina abrazó al pequeño marqués y en silencio sólo al balbuceo de los niños nos quedamos un momento con ellos. Ordenamos a las nanas que empacaran todo rápidamente, sin pensarlo estábamos decididos a dejar Venecia lo más rápido posible.

Después de intentar cenar y estando en el salón de televisión todos juntos, Loui le pidió a Regina ser más concreta, era el colmo que una simple suposición nos pusiera de cabeza;

—No estoy loca, no lo imaginé, ni siquiera estaba pensando en ella para que apareciera —decía Regina tratando de calmarse.

—¿Pero cómo pudiste verla entre tanta gente? —insistía Loui.

—Fue a través del lente de la cámara, hice un acercamiento para captar mejor la imagen y fue allí donde la vi.

—¿Tomaste la foto?

—No estoy segura, creo que sí.

—Cariño iré por la portátil y por la cámara —dijo Jonathan—. Es posible que mirando las imágenes tengamos alguna pista.

—Buena idea —dijo Loui exhalando—. Examinaremos esas fotografías una por una, Constanza sería bueno ver tus imágenes también, iré a la habitación por tu cámara, acompañaré a Jonathan y volveremos.

Besó mi sien y asentí sin decir nada, ya no sabía qué pensar;

—No estoy alucinando, sé que era ella —insistía Regina cuando nos quedamos solas observando a nuestros hijos jugando en su inocencia, ajenos a los problemas de los adultos.

—¿Sigue igual? —me atreví a preguntar.

—No estoy segura, pero su cara era la misma, tenía un gorro en la cabeza, lentes oscuros y una bufanda que cubría hasta su barbilla.

—Si es ella ha seguido nuestros pasos y si es ella observó tu malestar y seguramente dedujo que la habías visto, ya sabe que la viste, pudo haber huido o estar aún más cerca, Regina siento que los nervios me van a hacer colapsar.

—Constanza no sé cómo pero debemos calmarnos, eso no nos hace bien, yo debo hacerlo por mi bebé y tú por lograr tu embarazo, esta tensión puede costar nuestra salud.

Asentí de nuevo sin decir nada, mordí mis labios y rocé mi cuello con mi mano, comenzaba a ponerme más nerviosa, los té que tomábamos no nos hacían ningún efecto.

Al momento nuestros hombres regresaron y ambos se sentaron en la alfombra frente a la mesita de los muebles donde estábamos, sacaron todas las imágenes de las cámaras a la computadora y comenzamos a estudiarlas.

—Se necesita un trabajo muy minucioso —dijo Jonathan—. Es posible que tengamos que recurrir a las autoridades.

—Es posible, hay demasiada gente en estas fotografías —dijo Loui al observarlas con detenimiento.

—Enfóquense en las de la basílica y alrededores —dijo Regina—. Juliana tenía un gorro azul marino, lentes oscuros y bufanda negra.

—Será muy difícil —dijo Loui—. Casi todo el mundo anda así y los colores podrían repetirse y andar alguien más igual, eso no garantiza nada.

—Cariño será mejor que os sentéis a mi lado y me ayudéis a ver las imágenes —le dijo Jonathan a Regina.

—Amor mío ven tú también —me dijo Loui extendiéndome su mano—. Así saldremos más rápido de este asunto.

Ambas obedecimos a nuestros maridos y nos sentamos junto con ellos, decidimos observar minuciosamente cada fotografía hasta dar con alguna pista;

—Había mucha gente en la plaza —dijo Loui después de un momento—. Será muy difícil encontrar a alguien con sus descripciones.

—Enfoquémonos en los que tienen gorro azul marino —dijo Regina—. Tal vez encontremos algo.

Ver minuciosamente todas las fotos me estaba ocasionando dolor de cabeza, aunque las ampliaran;

—Constanza tú tomaste más imágenes de los canales y del palacio ducal —dijo Loui sin dejar de ver el monitor—. Son pocas las de la plaza y sólo tienes siete de la basílica.

Me encogí de hombros, hice un puchero y él besó mi frente, enterré mi cara en su hombro;

—En esta fotografía hay muchas cabezas con gorro —dijo Jonathan—. Y están alrededor de la puerta de la basílica.

—Allí la vi —dijo Regina—. Cuando acerqué el lente fue cuando la vi.

—Acercaré la imagen —sugirió Jonathan—. ¿Podéis ver algo más?

Regina musitó frunciendo el ceño para poder ver la imagen y concentrarse;

—¡Allí! —Loui y yo reaccionamos al escucharla y nos acercamos al monitor de Jonathan—. Casi no se distingue pero sé que es ella, es extraño que esté de perfil cuando la vi me miraba a mí.

—Mira hacia su lado izquierdo, ¿Qué miraría con atención? —preguntó Loui.

—Creo que a ustedes —contesté—. O especialmente a ti.

Loui me miró fijamente al igual que Jonathan y Regina, intentamos asimilar todo;

—Aquí está también —el dedo de Regina que señalaba la imagen temblaba—. Ahora mira en la dirección contraria.

—No está sola —dijo Loui seriamente—. Nos observó y seguramente por señales se comunicaba con alguien más, si ves el número de la imagen la tomaste antes de que te dieras cuenta de su presencia.

—Siendo así tomé varias entonces.

—No estáis equivocados, aquí hay otra  —dijo Jonathan—. En esta imagen mira hacia abajo pero hay otra personas frente a ella y no se ve nada más.

—Seguramente mira su bolso o el suelo —dijo Regina.

—O un teléfono —dijo Loui—. Recibió o hizo alguna llamada, Jonathan debemos comunicarnos con las autoridades de inmediato, hay que entregarle estas imágenes a la policía que la busca.

—Llamaré de inmediato —se levantó para coger el teléfono.

—Loui tengo miedo —lo abracé—. Hemos estado a merced de esa mujer seguramente todos estos días.

—Nos ha vigilado no hay duda —besó lo alto de mi cabeza—. Seguramente bajó la cabeza después que Regina la mirara de frente y esta es la imagen que capturó, anteriormente mira a su izquierda y derecha, nos estaba vigilando, personalmente y con cómplices esa mujer ha estado muy cerca de nosotros.

—Pero si ella me vio… ¿Se habrá ido? —preguntó Regina.

—Es posible que haya huido de nuevo —le contestó Loui—. Pero si no estaba sola en la ciudad siguen vigilándonos, si ella te vio se dio cuenta de tu malestar y que seguramente la habías reconocido, obvio no se quedó para averiguarlo, pero aún así tiene ojos vigilándonos.

—El jefe la de policía vendrá enseguida —dijo Jonathan—. Traerá unos cuantos policías más que se quedarán de guardia alrededor de la villa, nos prohíbe salir.

—Y quién querrá salir —dijo  Regina—. Creo que deberíamos empacar todo y salir ahora mismo, yo no podré dormir.

—Llegaremos a Turín sólo de paso —dijo Loui firmemente—. Si nos siguió hasta Venecia es porque nos siguió desde Turín, te lo dije Regina, esa mujer tiene ojos en Italia, no sé qué querrá con ustedes pero también corren peligro, regresaremos todos a Bórdovar, en Europa no estamos seguros.

Regina se sentó en el sofá soltando el aire y Jonathan no dijo nada;

—Voy a llamar a Randolph —continuó el rey—. Él debe de saberlo y estar preparado.

Besó mi frente y se dirigió al teléfono, me senté en el sofá y exhalé resignada también;

—Creo que el andar con los guardaespaldas nos ha ayudado un poco —dije llevándome una mano a la cabeza.

—¿Os sentís mal? —me preguntó Jonathan.

—Con la tensión el dolor regresó, luego me tomaré las pastillas.

—Jonathan amor, ¿Qué haremos? —le preguntó Regina aferrándose a su brazo.

—No lo sé, pero no puedo dejar la clínica mucho tiempo.

—El rey tiene razón —les dije mirándolos fijamente—. Esa mujer nos siguió desde Turín y ustedes corren un gran peligro. Regina no sé qué querrá Juliana contigo, seguramente reprocharte muchas cosas pero la vida de Jonathan corre peligro, recuerda que fue el médico de tu padre y esa mujer le hará pagar a él también su muerte, no va a perdonar nada y puede darte donde más te duele así como el duque lo hizo con el rey, ella sabe cómo eres y si pierdes a Jonathan o al pequeño…

—No lo digas —se aferró a Jonathan con miedo y con los ojos llenos de lágrimas—. Querrá que me vuelva loca para vengarse de mí.

—Ya hablé con Randolph. —Loui regresaba con nosotros—. Tomará todas las medidas y nos esperará a más tardar pasado mañana.

En ese momento sonó el timbre de la villa y supimos que los policías llegaban, Jonathan y Loui sugirieron que nosotras fuéramos a las habitaciones para empacar todo mientras ellos se quedaban en la sala para atenderlos, así que obedecimos. Ni Regina ni yo teníamos ánimos de hablar y mucho menos de dormir, lo que restaba de la noche sería de las más largas de nuestra vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Nieblas del pasado 2
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