Capítulo XL

 

Una clara advertencia

 

Regina era la que me había atendido con las compresas en mi espalda lo cual le agradecí, pero esa primera noche en la que el príncipe dormía de nuevo en su habitación vigilado por Helen y otra sirvienta más, se me había pasado por alto que me pusiera también el ungüento, así que saliendo de la recámara en mi bata al salón de la habitación me dirigí a la puerta intentando buscar a una de las sirvientas para que la llamara, pero justo cuando iba a abrirla alguien la abrió primero, era el rey;

—¿Piensas salir? —preguntó mirándome de pies a cabeza.

—Hmm… sí.

—¿A la habitación del príncipe de nuevo? —entró al salón haciéndome retroceder.

—No —intenté esconder el frasco del ungüento llevando mis manos hacia atrás.

—¿Entonces? —levantó una ceja a la vez que cerraba la puerta.

—Quería ver si miraba a una de las sirvientas —contesté sin remedio.

—¿Para qué?

—Para que me hiciera el favor de llamar a Regina —evité poner los ojos en blanco.

—¿Y para qué necesitas a Regina? —insistió.

—Para que me hiciera el favor de ponerme el ungüento.

—No importa, yo te hago el favor de ponértelo —sonrió.

—¡¿Qué?! No.

Su sonrisa se borró, me miró fijamente levantando ambas cejas;

—Ludwig intenté llevar nuestra situación en paz estos días debido a la condición del príncipe pero tú y yo…

—Tú y yo, me gusta cómo suena —sonrió.

—Tú y yo aún tenemos problemas —seriamente me encaminé de nuevo a la recámara.

Exhaló y me siguió;

—¿Y por eso ignoraste mis flores el día de San Valentín? —preguntó cerrando la puerta de la recámara—. ¿Hasta cuándo seguiremos así?

—Hasta que las cosas cambien.

—¿Y cómo esperas que cambien? no pones nada de tu parte para solucionarlas.

—¡¿Qué?! —lo miré indignada— ¿De mi parte? Para comenzar déjame decirte que me detuve a revisar los listados de los libros y en ninguno aparece el “innombrable” eso te demuestra que no lo pedí.

—Lo sé, iba decírtelo la otra vez y no me dejaste, Randolph me mostró los listados, como también…

Achiné los ojos y solté el aire caliente que retenía;

—Me mostró la amenaza —terminó de decir, tragué, quería olvidar eso o mis nervios me iban a hacer colapsar.

—Sobre la amenaza hay que tomar serias medidas —le sugerí—. No se puede dejar pasar, no se puede ignorar, pero sobre el libro… lo voy a pedir —le solté provocándolo.

Me miró seriamente;

—Independientemente de tu odio —insistí—. Tolstói y Flaubert merecen un lugar en la biblioteca.

—Pero no en la mía.

—Pues será en la mía.

—No te atrevas.

—No vas a decirme qué leer y qué no.

Resopló y pasó una mano por su cabello mientras la otra estaba en su cintura, nos sosteníamos la mirada;

—Si no pediste ese libro, ¿cómo apareció entre los otros?

—No lo sé, seguramente algún error de la librería, lo mezclaron, se confundieron, se les pasó por alto, no sé.

Exhaló levantando el mentón;

—Intenté pedirte perdón —me miró fijamente de nuevo—. Reconocí que no tengo justificación y que soy el culpable de todo lo malo que nos ha sobrevenido, ¿Qué más quieres?

—Quiero que esa mujer se largue de una vez.

—Pronto lo hará, sé que lo hará —se metió al baño con la intención de dar por terminado el tema.

Eso no me convencía, cada vez que se mencionaba terminábamos en las diferencias, a mí no me hacía gracia hablar de ella y seguramente a él tampoco pero lo que me molestaba era que él prefería dejar de lado ese tema como si no quisiera hablarlo, evitaba hacerlo como si no tuviera el valor de hablarlo, la verdad me exasperaba, mi paciencia se agotaba y sentía que ese asunto se estaba escapando de las manos. Al escuchar la regadera supe que se estaba bañando así que exhalando mi coraje intenté ponerme el ungüento yo sola, suavemente me froté como pude de un lado y de otro, lo que más quería era que los moretones desaparecieran completamente pero más quería que desaparecieran los de mi niño para verlo mejor. Cuando terminé me limpié mis manos calientes con una toallita de papel para quitarme los residuos del mentol que en parte, el olor me ayudó bastante con el resfriado y los dolores de cabeza. Me metí a la cama, apagué mi lámpara y me acosté boca abajo para esperar que la piel absorbiera el ungüento, ese calor y frío a la vez me relajaba y me ayudaba hasta para dormir, sentía tanto sueño que agradecía volver a dormir una noche completa después de todo lo que había ocurrido. Cerrando mis ojos exhalé placenteramente y sintiendo el bienestar en mi espalda me dispuse a caer en los brazos de Morfeo pero al momento, no supe la fracción de tiempo y escuché… ¿música? Sin abrir los ojos arrugué la frente, reconocí la melodía era preciosa pero… ¿quería él ponerse romántico? Lo que me estremecía eran las voces de los intérpretes, eran divinos, ¿pero qué pretendía él? Obvio no era difícil adivinarlo:

 

“…Una vez más tocar tu piel y hondo suspirar,
recuperemos lo que se ha perdido.

Regresa a mí,
quiéreme otra vez…”

 

Evité abrir la boca, así decía la canción y de pronto lo sentí a él, acarició mi espalda por encima de mi camisón pero la sensación me hizo brincar;

—¿Qué haces? —medio abrí los ojos frunciendo el ceño, él y su música me había interrumpido cuando ya estaba llegando a lo mejor.

—Lo siento, no te creí dormida, aunque es natural, ambos estamos agotados.

—Sí pues bien, apaga la música, métete a la cama y déjame dormir —me arropé con la sábana y el edredón sin siquiera mirarlo.

—¿No te gusta la música? —susurró.

—Si me gusta y mucho pero no es hora, tengo demasiado sueño.

—Constanza necesitamos relajarnos, ambos, los dos solos.

“¿Relajarnos?” —pensé molesta— “Eso es imposible.”

—Ahora es difícil, otro día —dije apenas, enterré más la cara en la almohada.

—Ningún otro día, así que para comenzar voy a frotarte como te lo dije.

—Ya lo hice yo.

—No me digas —insistió—. ¿A ver?

—¡Oye!

Quitó las sábanas y me levantó el camisón, mis piernas, trasero y espalda estaban dándole un buen panorama, inmediatamente me incorporé y traté de cubrirme;

—¿Qué haces? —le reclamé molesta—. Tengo frío, ya estaba calientita ¡y tú me desnudas! ¿Quieres que recaiga con el resfriado otra vez?

—Sólo quiero cerciorarme de que me dices la verdad —me acostó de nuevo boca abajo yéndose también conmigo y al sentir su cuerpo helado temblé, él estaba acostumbrado al clima, la que nunca iba a acostumbrarse era yo.

—¡Ludwig…!

—Sh… —musitó llevando su nariz a mi espalda, su cálido aliento me estremecía de nuevo, pero algunas gotas de agua que caían de su cabello me hacían querer brincar, su mano me acariciaba con suavidad—. Aún tienes pequeñas marcas de los moretones, espero que desaparezcan.

—Yo también, ¿Contento? —pregunté al saber que sentía el olor al mentol.

—Hmmm… más o menos —contestó dándome cortos besos que subían y bajaban.

—Ludwig por favor ya basta, apaga la música y déjame dormir —insistí al sentir su mano que acariciaba mi piel seguida por sus labios.

—¿No te gusta el calor que te brindo? —susurró.

Abrí la boca, ¿Él y su música intentaban seducirme? Había llegado al punto de no entender a los hombres, a decir verdad no lo entendía a él, después de tanto tiempo juntos sentía desconocerlo;

—Ludwig basta, no estoy de humor.

Se detuvo, seguramente su expresión se endureció como era costumbre ya que como estaba detrás de mí no lo vi, intenté cubrirme;

—No me contestaste si te gustaba o no mi calor —insistió masajeando suavemente mi espalda.

—Si me gusta no lo niego.

—¿Entonces?

—¿Entonces qué?

—¿Por qué no quieres que esté cerca de ti?

—Conoces las respuestas.

—Y yo voy a hacer todo lo que esté a mi alcance para compensarte, para hacer que me perdones y para que olvides —su mano subía y bajaba y ese ritmo me sacudía de otra manera.

La bendita corriente eléctrica que sólo él me provocaba me recorría todo el cuerpo y sin querer comencé a calentarme de otra manera, volvió a besar mi espalda a la vez que la masajeaba suavemente;

—Te vas a llenar de mentol, será mejor que no sigas —intenté detenerlo.

—“Devuélveme la pasión de tus brazos…” —susurró junto con la canción.

Lo dicho, estaba seduciéndome, quise girarme pero sin previo aviso me besó con fuerza, no lo esperaba, sentí que mi cuello se había doblado.

—Ludwig por favor… —le pedí mordiendo mis labios—. Quiero hechos no palabras.

—Por supuesto que lo verás, pero por los momentos siente esto.

Metió una pierna en medio de las mías haciendo que las abriera un poco, su erección se ensartó en mi trasero y su pecho chocó con mi espalda a la vez que el calor de su aliento inundó mi cuello, me paralizó al sentirlo;

—“Dime que sí…” —insistía con la canción.

—¿Pero qué…? —intenté girarme pero no pude decir más, la mano que masajeaba mi espalda bajó hasta mi trasero y un poco más abajo todavía.

No podía cerrar mi boca, ¡él estaba desnudo! Había salido desnudo del baño y así mismo se había metido a la cama;

—Dije que quería frotarte la espalda y no me lo permitiste, ahora voy a frotarte de otra manera —susurró en mi oído.

Estaba muda y mi cuerpo respondiendo con ansiedad a él, literalmente me estaba frotando su miembro en mi trasero a manera de torturarme y para ver que tan fuerte era, para colmo no hacía sólo eso, su bendita mano también buscaba jugar en mi sexo, sus dedos buscaban hundirse en mi intimidad y comprobar el poder que siempre tenía sobre mí. Como arma la canción se reprodujo otra vez.

Intenté mostrarme fuerte y detenerlo, intenté pensar en lo que habíamos pasado para molestarme y ponerle un alto, pero hizo que me odiara por ser tan débil, sus caricias, la canción, sus besos en mi cuello y el calor de su cuerpo que ya estaba tibio me dominaron y caí, cedí, él ganó, disfrutó su victoria sobre mí. Lentamente me giré para corresponder a sus besos, necesitaba sentir mi espalda en el colchón, con cuidado él se colocó encima de mí y sin perder más tiempo me desnudó completamente, abrí mis piernas y lo envolví, me penetró suavemente sabiendo mi convalecencia por lo que no dejó ir todo su peso a mi cuerpo, me dejé llevar por el delicioso ritmo de sus caderas, de nuevo volvimos a entregarnos, a ser uno, regresé a él, me hizo el amor como él lo quería, buscó y encontró lo que deseaba, a una mujer dispuesta a entregarle su placer, sabiendo con certeza que era sólo para él. Nos bebimos en nuestros besos, acaricié su pecho y espalda, me giró un momento llevándome con él para hacerme quedar encima, se acostó, lo estaba montando y sus manos recorrían mi cuerpo, la espalda me molestaba un poco pero me moví como quiso, me impulsé, llenarme de él era mi delirio y él disfrutaba mi ritmo, ver su cara complaciéndose en mí era una grata satisfacción, él era mío, me lo demostraba y yo lo sentía, la música nos hipnotizaba. Poco a poco fui menguando la intensidad de mis movimientos porque de nuevo un leve dolor se instaló en la parte baja de mi espalda —mi bendito e inoportuno coxis me dio punzadas de dolor— así que se sentó para encontrarse conmigo, me abrazó y me besó con fuerza, estaba muy excitado y sentirlo así me encendía más, me sujetó con un brazo y me giró de nuevo al colchón sin separar la posición, ahora su ritmo me enloquecía, entraba y salía, pleno, por entero, me daba todo, me obligaba a rogar por más, ¿cómo lo hacía? ¿Cómo tenía ese poder sobre mí? Él era así, deseo y pasión, amor y ternura, frío y ardiente a la vez, su encanto era imposible de resistir, yo debía de saberlo muy bien, era él y sólo él, único y perfecto, su suave embiste era delicioso y ese ritmo me complacía, mi cuerpo temblaba ante la sensación, el rey hacía de mí lo que quería, tenía el poder de borrar de mi mente en segundos todo lo que habíamos pasado para que al menos en ese momento, no pensara en nada más que no fuera la entrega que disfrutábamos, gemía, pedía más, mucho más, ese era su mayor deleite, comprobar su poder sobre mí, se regocijaba y así de esa manera, sin poder evitarlo y retrasarlo, enlazando nuestras manos, unidos, entregados y conectados tocamos el cielo juntos, nuestros cuerpos se tensaron, llegamos al clímax, gemimos, los latidos de nuestro corazón se mezclaron, juntos nos entregamos al placer del orgasmo.

Nos dormimos exhaustos, el sueño y el descanso fue muy placentero.

 

Los siguientes días intentamos llevar nuestra situación personal en paz, él había prometido ser honesto y decirme todo en relación a esa mujer sin volver a ocultarme algo y al parecer, no había vuelto a acercarse a él, como el rey lo supuso ella estaba furiosa y resentida por su trato y eso no lo iba a dejar pasar con facilidad, odiaba que la conociera tanto o mejor dicho que recordara cómo era pero su “teoría” parecía ser correcta. Loui me llenó de arreglos florales, chocolates y una que otra joya —típico en los hombres cuando quieren arreglar las cosas— y más porque según él no habíamos podido celebrar San Valentín así que me acostumbré por tres días a sus regalos hasta que le puse un alto porque en el fondo eso no me saciaba y no podía permitir que eso se convirtiera en una especie de “vía de escape” y distraerme de lo que realmente me molestaba. Yo por mi parte hice lo que consideré una proeza en mí y fue algo que jamás me imaginé hacer; hice venir al castillo al señor Claymont para agradecerle —en parte— su ayuda el día de la tragedia con el príncipe cuando yo estaba mal por la caída con Belladona, reconocí que aunque es un hombre extraño y para colmo amante o lo que fuera de esa mujer, Jonathan en parte me hizo ver que sin la intervención de él que lo guió hasta mí no me hubiera podido encontrar, así que aunque para mí los verdaderos héroes eran mis perros y Dylan que me siguió al verme mal y me encontró gracias a Napoleón y a Josefina, me tragué mi orgullo y miedo y ofreciendo una pequeña velada con vinos y bocadillos en uno de los salones disfrutamos todos —incluyéndolo a él, a Yves— aunque poca gracia le hiciera al rey.

Esa tarde de fin de semana que disfrutábamos un momento íntimo familiar con los duques en una de las terrazas y después de haber visto Regina y yo a los niños que disfrutaban su tiempo libre en el salón de televisión —y sintiéndome mejor al ver que mi pequeño se recuperaba— decidimos tomar un poco de chocolate ella y yo mientras nuestros hombres se retiraron un poco de nosotras, seguramente para hablar asuntos “de ellos” que me ponían un poco nerviosa;

—Me alegra que el río vuelva a su cauce —dijo Regina saboreando el chocolate—. Por fin un poco de paz al menos en este asunto entre ustedes.

—Me siento un poco mejor en ese aspecto, aunque te mentiría si te dijera que me siento cien por ciento bien.

—Bueno pero al menos el rey ha buscado mimarte y compensarte todas las estupideces que te hizo.

—Y tuve que ponerle un alto a sus regalos —sonreí después de beber—. Se estaba excediendo afortunadamente lo hizo, dejaron de llegar.

—Nada es suficiente en él para ti.

—Debo reconocer que mi marido me es desconocido Regina —perdí la mirada en el paisaje un momento y suspiré—. Hay momentos que no lo reconozco, no sé cómo calificar a tu primo.

—Encantador, dominante, tonto, inmaduro, mitad bueno, mitad malo, mitad ardiente, mitad frío, con un carácter endemoniado cuando no se controla y como un manso cachorro al sólo verte, ¿Cómo lo aguantas eh? de verdad que no sé como lo entiendes.

Nos miramos y reímos;

—Sin duda lo conoces mejor que yo, gracias por el listado —le dije intentando reponerme.

—Y la lista sigue, ya me di cuenta que el rey es una caja de sorpresas aunque a veces más malas que buenas —frunció el ceño haciendo un puchero.

—Leyendo el diario de mi suegra me doy cuenta que Ludwig se parece mucho a su padre y a su bisabuelo —sonreí—. Tiene mucho de ellos dos, sin duda estos Waldemberg parecen estar cortados con la misma tijera.

—¿En serio? Quien lo diría y con eso que Ludwig no es muy afectuoso en lo que respecta a su padre, si se da cuenta que tiene mucho de él poco le hará gracia.

—No sé como lo vaya a tomar —suspiré.

—Al menos yo agradezco que Jonathan sea diferente, aún en su carácter pasivo puedo decirte que… —sonrió y se ruborizó—. Es un hombre muy candente.

Evité estremecerme, lo que menos quería era comenzar a tener fantasías con él imaginando como era, recordé su confesión y por un momento me acaloré;

—Me alegra —bebí un poco, necesitaba disimular—. Me alegra mucho que como mujer te sientas dichosa en ese aspecto.

—Y en todos los demás, mi Jonathan es un sol, un tesoro.

—Pero cuando tú te enojas…

—Sí lo sé, este condenado carácter ya es de familia y te diré que los Von Hanslow son peores.

Sonreímos de nuevo;

—Sabes Constanza, aún no asimilo lo que hiciste al invitar al hombre ese al castillo, ¿Cómo es que se llama?

—Yves Claymont.

—Bueno, sé que Jonathan te alentó, entiendo que mi adorado es un hombre de paz pero la verdad ese tipo…

—Lo sé, no termina de dar confianza y tampoco al rey le hizo gracia.

—La verdad si me parece extraño, no sé, no puedo describir lo que me hace sentir.

—¿A ti también?

—Haciendo a un lado quien es porque eso no se puede omitir… no sé, siento como si… lo conociera de alguna parte.

—¿Lo había visto antes?

—No, no, lo recordaría, hay que reconocer que… —bebió un poco—. Que está guapo y tiene lo suyo, su expresión, sus ojos, sus labios…

—¿Regina…? —levanté una ceja.

—No, no, no me malinterpretes, obvio lo observé muy bien, es sólo que…

—Que pesar de lo guapo o atractivo no dejar de provocar una especie de rechazo, lo sé, siento como si no fuera sincero del todo, no sé hay algo en él que no me hace confiar.

—Pues él parece sentirse muy bien por lo que hiciste, así que dudo mucho que ahora te lo quites de encima, te sugiero mantener tu distancia pero a la vez mantenerlo cerca, siendo amiguito de…

La miré levantando una ceja;

—Bueno tú entiendes, mantén tu distancia para que él no sepa mucho de ti pero a la vez mantenlo cerca para que tú si sepas todo en relación a la zorra esa, te aseguro que el saber que lo invitaron al castillo y a ella no, debió haberla enfurecido y montado tremendo show al pobre.

—Él ya me lo había dicho, algo me había comentado hace un tiempo, él me… advirtió que cuidara a Ludwig de ella.

—La verdad no entiendo la relación abierta de esos dos, ¿Qué son? Me parecen muy extraños en su relación, parecieran que están medio juntos y sin ningún compromiso, ella puede hacer lo que quiera y él también. De verdad que son incomprensibles, él es un hombre y ella una mujer, es obvio que tienen relaciones sexuales y más viviendo juntos, Ludwig debería hacer algo, Bórdovar es un lugar lleno de tradiciones y buenas costumbres y esos dos, van a terminar corrompiendo el reino, son un mal ejemplo.

Me quedé pensando eso un momento, Regina tenía razón;

—Constanza… —cambió su semblante—. Hablando de otra cosa… ya tenemos más de un mes de estar en Bórdovar y aunque Jonathan está en constante comunicación con su labor y revisando por la red varias cosas… ahora me ha dicho que si en quince días las cosas siguen igual regresaremos a Turín.

—¿Qué?

—Así es.

—Pero había dicho un mes más.

—Entiéndelo, está aburrido y desesperado por incorporarse  a su trabajo.

Suspiré y sabía que no íbamos a poder hacer nada para detenerlo, él estaba en todo su derecho de decidir sobre el bienestar de su familia o lo que él creía era mejor;

—Te lo comento para que ya estés sabida —continuó.

—Ya veremos cómo lo convencemos el rey y yo, al menos para que cumpla el mes que había dicho.

Regina se encogió de hombros en señal de resignación, seguimos bebiendo el chocolate mientras yo notaba que ellos hablaban seriamente. Exhalé;

—Intenta estar tranquila Constanza —dijo ella—. Recuerda que buscas un embarazo, ya no permitas que… vuelva a pasar la misma experiencia de hace unos días, sé que tu pesadilla comenzó desde la noche de la fiesta y que Ludwig puede llegar a ser insoportable pero… no tenemos otro remedio que ser sabias y más, tratándose de otra mujer en el camino.

Bebí mi chocolate muy pensativa, no sabía cómo interpretar las palabras de Regina, temí porque… sospechara algo y eso me asustó;

—Yo… —no sabía que decirle con respecto a eso, puse la taza en la mesa.

—Majestad acaba de llegar este paquete para usted —dijo una de las mucamas que interrumpía mi conversación con Regina.

—¿Quién lo envía? —pregunté a la vez que lo tomaba entre mis manos y lo colocaba en mis piernas.

—No lo dice.

—Será un regalo sorpresa de Ludwig para ti —dijo Regina al ver el delicado papel y lazo que lo envolvía.

—¿Será? —sonreí.

Muy emocionada comencé a abrir la caja que medía aproximadamente unos veinte centímetros, mordí mi labio y sonreía a la vez, si era un regalo de mi rey me había sorprendido ya que no lo esperaba, pero al abrir la caja me llevé una desagradable y espantosa sorpresa, que me hizo gritar y lanzarla al suelo. Me levanté de la silla asustada haciendo Regina lo mismo, ella dejó caer la taza de chocolate al suelo la que se quebró y a nuestros gritos, Loui y Jonathan se acercaron a nosotras para abrazarnos, yo me aferré al rey llorando, tenía deseos de vomitar y los nervios destrozados;

—¿Amor mío qué pasa? —preguntó asustado al ver que temblaba.

Yo no pude hablar;

—La caja… —contestó Regina muy nerviosa—. Constanza acaba de recibir esa caja y es horrible…

Jonathan se acercó a la misma y la movió;

—¿Qué clase de broma de mal gusto es esta? —Preguntó Loui muy molesto—. ¿Quién diablos envió eso? ¿Cómo llegó al castillo?

Yo no moví mi cara de su pecho, no quería volver a ver eso, estaba aterrada, el contenido de la caja era un pájaro decapitado y destripado, envuelto en seda blanca llena de sangre.

Mis nervios hacían estragos, era una clara advertencia, temía por el rey, por los niños, por Randolph, por los duques, por el destino de Bórdovar y por mí misma, era una pesadilla, buscaban provocarnos con ese tipo de amenazas y al menos yo ya no podía controlar mi estado emocional, sabían cómo atacar, sabían cómo hacer a un lado lo que les estorbaba, querían alterar mi condición de la manera que fuera y lo estaban logrando, ¿Por qué a mí? Porque yo era la debilidad del rey y de la misma manera buscaban debilitarlo a él, sentía que ya no podía continuar así, aunque no supiéramos nada de esa mujer yo sentía sus ojos como puñales sobre nosotros, aunque nosotros no supiéramos de ella estaba segura que ella sabía todo de nosotros y no tenía la mas mínima intención de perder el tiempo jugando, esas amenazas eran de ella y sentía que al precio que fuera iba a someternos, no iba a descansar hasta derramar toda la sangre que su odio demandaba.

El rey me llevó a la habitación porque quise desvanecerme, el miedo era demasiado para mí, Jonathan atendió a Regina la que también quiso vomitar pero se recuperó, como médico me atendió estando en la cama, mi presión había descendido, estaba helada y pálida pero consciente aunque tenía los ojos cerrados, el dolor de cabeza que me vino y las náuseas eran demasiado fuertes, sentía que casi no podía respirar, casi no sentía el oxígeno en mi cabeza, apenas y pude escuchar las murmuraciones de todos;

—No podemos estar así —dijo Jonathan sujetando mi muñeca—. Quieren atemorizarnos para luego cazarnos, ni siquiera estando aquí podemos estar confiados, no estamos seguros, nos acechan sin contemplaciones.

—Jonathan… —dijo Regina asustada.

—Esto es demasiado —dijo Randolph—. Temo reconocerlo pero creo que su excelencia tiene razón.

—Sh… —los detuvo él—. No quiero hablar sobre esto delante de Constanza, temo por su salud emocional.

—¿Y qué decisión vas a tomar? —le preguntó Regina.

—Debo pensarlo —contestó—. Por lo pronto no podemos salir del principado.

—¿Qué quieres decir? —insistió ella.

—Que toda visita a los demás estados del reino se cancelan, incluso toda salida fuera de la isla no la voy a permitir.

—¿No puedes hablar en serio? —dijo la duquesa—. No creo que eso sea una solución, ¿Estaremos encerrados?

—Es mi deber como rey velar por la seguridad de todos Regina, entiéndelo.

Hubo un momento de silencio y luego él continuó:

—Me duele decir esto pero… así debe ser, con el dolor de mi corazón voy a prescindir de ella. Randolph, desde este momento la reina queda destituida de su cargo, no está apta para cumplir su deber —se sentó a mi lado y acariciando mi frente la besó—. Constanza no está en condiciones de asumir su papel de reina, se suspenden sus actividades, se prohíbe su salida del castillo, no saldrá ni siquiera a la ciudad —exhaló, sentí su cálido aliento en mi cabeza—. Su salud emocional es primordial para mí, la necesito bien, la necesito conmigo y con los niños, sólo a eso se va a reducir su deber, necesito proporcionarle a mi esposa la poca tranquilidad que pueda ser capaz de darle.

Pude ser consciente de todo eso y coincidía con Regina, estar encerrados no era una solución y hacerme a un lado —según él protegiéndome— tampoco me haría ningún bien.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

             

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Nieblas del pasado 2
cover.xhtml
titlepage.xhtml
part0000_split_091.html
part0000_split_092.html
part0000_split_093.html
part0000_split_090.html
part0000_split_004.html
part0000_split_005.html
part0000_split_006.html
part0000_split_086.html
part0000_split_085.html
part0000_split_084.html
part0000_split_083.html
part0000_split_082.html
part0000_split_012.html
part0000_split_013.html
part0000_split_014.html
part0000_split_078.html
part0000_split_077.html
part0000_split_076.html
part0000_split_075.html
part0000_split_074.html
part0000_split_020.html
part0000_split_021.html
part0000_split_022.html
part0000_split_070.html
part0000_split_069.html
part0000_split_068.html
part0000_split_067.html
part0000_split_066.html
part0000_split_028.html
part0000_split_029.html
part0000_split_030.html
part0000_split_062.html
part0000_split_061.html
part0000_split_060.html
part0000_split_059.html
part0000_split_058.html
part0000_split_036.html
part0000_split_037.html
part0000_split_055.html
part0000_split_054.html
part0000_split_053.html
part0000_split_052.html
titlepage0001.xhtml
part0000_split_091.html
part0000_split_092.html
part0000_split_093.html
part0000_split_090.html
part0000_split_004.html
part0000_split_005.html
part0000_split_006.html
part0000_split_086.html
part0000_split_085.html
part0000_split_084.html
part0000_split_083.html
part0000_split_082.html
part0000_split_012.html
part0000_split_013.html
part0000_split_014.html
part0000_split_078.html
part0000_split_077.html
part0000_split_076.html
part0000_split_075.html
part0000_split_074.html
part0000_split_020.html
part0000_split_021.html
part0000_split_022.html
part0000_split_070.html
part0000_split_069.html
part0000_split_068.html
part0000_split_067.html
part0000_split_066.html
part0000_split_028.html
part0000_split_029.html
part0000_split_030.html
part0000_split_062.html
part0000_split_061.html
part0000_split_060.html
part0000_split_059.html
part0000_split_058.html
part0000_split_036.html
part0000_split_037.html
part0000_split_055.html
part0000_split_054.html
part0000_split_053.html
part0000_split_052.html
part0000_split_042.html
part0000_split_043.html
part0000_split_044.html
part0000_split_045.html
part0000_split_046.html
part0000_split_047.html
part0000_split_048.html
part0000_split_049.html
part0000_split_050.html
part0000_split_051.html