Capítulo XII

 

Ludwig y Leonor

 

Con tan agradable lectura que me distraía logré dormirme sin darme cuenta. Otro helado día amaneció y mientras desayunaba con Randolph llegó una nota para Loui. Tragué mi sorbo de chocolate, levanté una ceja y torcí la boca, sabía que podía ser de ella, la recibí y la puse sobre la mesa. Intentaba ignorarla pero no podía, ese papel me había puesto de mal humor;

—No permita que un simple papel le quite el apetito majestad —me dijo Randolph al notar mi molestia—. Sé lo que piensa y la entiendo.

—Esa mujer me irrespeta, quiere pasar sobre mí, quiere ignorar mi presencia y metérsele al rey… —inhale y exhalé lentamente tratando de mantener mi paciencia.

—Pero no se preocupe, ya conoció la posición de su amado, si no quiso estar con ella cuando tuvo la oportunidad no lo hará ahora, tranquila, confíe en él.

—Puedo confiar en él pero no en ella, tiene apariencia de una…

—Lo sé, yo mismo la vi y no es competencia para usted, ella es una más del montón y usted es toda una reina y no lo digo por el título sino por su personalidad. ¿Qué cree que desea a su lado un hombre de verdad?

—Gracias Randolph —sonreí—. Tiene razón, no puedo permitir que una mujer como ella me quite la paz, ya con una que se decía loca tengo suficiente.

Randolph frunció el ceño y bebió su café, también se asustaba aunque quisiera disimularlo;

—Randolph dígame, ¿Ya se supo algo de ella? Necesito saberlo.

—Desgraciadamente nada, no he parado de hacer llamadas y mantenerme en contacto con las autoridades en Europa pero no saben nada, parece que otra vez se la tragó la tierra.

—¡Dios! no puede ser. —Me levanté de la mesa y me dirigí a la ventana—. No podemos vivir así, ya un tiempo nos confiamos y cuando menos lo esperamos ellos aparecieron, Randolph tengo mucho miedo.

—Tranquila majestad. —Se levantó y me abrazó como un padre ignorando el protocolo—. Mantenga su tranquilidad, recuerde que debe de estar muy bien de salud en todos los sentidos y esta preocupación puede alterar su organismo y evitar un embarazo.

—Lo sé, lo sé, pero aunque intento distraerme no puedo. ¿Por qué todo lo malo debe juntarse? ¿Por qué cuando ya había logrado que Loui se adaptara al palacete sucedió este incidente? Eso no fue un accidente Randolph y esa mujer nos vigila, está esperando el momento para atacar. No sé que espera pero si tiene una mente criminal va vengarse de todos, Loui, los niños y yo corremos un grave peligro, también Regina y su familia, posiblemente hasta usted, Randolph esa mujer no va a dejar a nadie vivo y…

Comencé a temblar y a llorar en sus hombros, sentía pánico, tenía terror, un futuro incierto para la familia nos quitaba la paz, la maldad estaba al acecho y por alguna razón no sentía seguridad;

—Ya, ya tranquila —acariciaba mi cabello—. Estamos en una gran fortaleza y la guardia trabaja al doble, nadie extraño puede acercarse a los perímetros del castillo, para que esa mujer pueda entrar aquí y estar frente a frente con usted o con el rey deberá primero tirar piedra por piedra, ¿Se imagina el trabajo que tiene?

Randolph levantó mi cara y sonrió, quería darme tranquilidad;

—Créame, Juliana Linares tendrá que tirar al suelo piedra por piedra este lugar antes de llegar a los reyes, no le será fácil, sabe que le será imposible, si ella atenta, escúcheme bien, si ella atenta contra el rey, contra usted, contra los príncipes o contra cualquier otro miembro de la familia real, le espera la pena de muerte esta vez.

—Pero no podemos vivir encerrados, no podemos vivir así, tenemos una vida, deberes, agenda que cumplir, viajes que realizar, yo no tendré paz al salir y dejar a mis hijos, tengo miedo,  mucho miedo de no regresar.

—Por los momentos las autoridades internacionales están haciendo todo lo posible por dar con su paradero, nuestras autoridades están alertas las veinticuatro horas al día, tanto el aeropuerto como el puerto y las salidas de las demás regiones están intervenidas, ninguna mujer con las características de ella podrá ingresar al reino porque tiene orden de captura.

Bajé mi cabeza intentaba ser optimista pero no podía;

—Lo más importante para el rey es usted y sus hijos y va a protegerlos a cualquier costo.

—Tengo miedo por él, temo que…

—Sh… ¿Recuerda lo que hizo el duque Rodolfo? Tocó lo más importante para su majestad, su ira la volcó hacia usted. ¿Cree que el rey está tranquilo sabiendo que puede perderla? Su temor está latente, sabe que usted es el blanco de Juliana es por eso el motivo de toda la extrema seguridad.

—Randolph yo…

—Su deber es estar tranquila y demostrarle que lo que él hace le da seguridad, sé que es mucho pedir pero, ¿Cree que puede hacerlo? ¿Al menos disimular?

—Lo intentaré.

—Bien, ahora le sugiero que vaya con los príncipes y disfrute la mañana con ellos, su majestad y sus excelencias regresarán por la tarde.

Asentí resignada, era lo menos que podía hacer, era lo único que quería, estar cada minuto al lado de mis hijos.

Cuando pasé al lado de la mesa volví la vista y miré la dichosa nota otra vez, me detuve un momento;

—¿Va a leerla? —me preguntó Randolph.

—No, no tengo derecho, guárdela usted y entréguesela a él cuando llegue, ya luego me dirá de qué se trata.

Salí del comedor.

El resto de la mañana la pasé con los niños, no tenía ánimos ni cabeza para darles sus clases así que aprendimos jugando que fue mejor, a media mañana tomaron una deliciosa merienda y después de dormir a mi pequeño Randolph que había madrugado desde las seis de la mañana, lo dejé en su cuna al cuidado de Helen y me retiré a mi habitación. Inhalaba y exhalaba, sentía que no podía tener paz, no tenía cabeza para pensar en nada, sentía que no podía divagarme con nada, así que antes de caer en un abismo que me aterraba saqué el diario de la reina y comencé a leer de nuevo acostada en mi canapé, necesitaba urgentemente distraerme;

*****

En los días siguientes respeté el silencio de Tita en no querer hablar sobre sus asuntos, tenía razón, una mujer debe de guardarse muchas cosas para sí misma y más cuando son demasiadas íntimas. Al menos me daba gusto verla un poco más animada, pero esas miradas sutiles entre ella y el duque la ruborizaban, su silencio decía mucho y yo evitaba sonreír intentando pasar desapercibida, ambos eran muy obvios y lo que sea que hayan tenido no se les pudo haber olvidado, aunque no lo quisieran reconocer, los sentimientos estaban a flor de piel todavía, pero ninguno de los dos daba su brazo a torcer, sin duda un par de testarudos aunque reconozco que era más terca ella que él. Entre sus asuntos reales Leopoldo tenía el tiempo para mí, me mostró todo el esplendor de su castillo y me llevó junto con la abuela a conocer su reino, paseo que el duque también aprovechó valiéndose de cualquier pretexto para ofrecerle su brazo a Tita aunque ella aceptara sólo por parecer cortés y aparentar. Esos días con Leo fueron de los más felices que tuve en ese momento, montábamos a caballo y paseábamos en los atardeceres, salir de paseo en carruajes como en las películas llenó de emoción a Tita, le parecía muy romántico y más en la compañía del duque. Mi relación con él no dejaba de ser un poco tensa, hablábamos pero sentía que había algún tipo de barrera entre él y yo, seguramente por mi carácter o por cómo nos habíamos conocido, así que una tarde dos días antes de regresar a Barcelona y después de tocar para él en el piano —ya que quería escucharme— me pidió que habláramos en privado en el despacho y ante el nerviosismo de Tita y la curiosidad de Leo acepté. Era necesario dejar las cosas claras entre él y yo.

—Tocas muy bien el piano, me gusta —dijo mientras caminábamos.

—Gracias.

—Leopoldo dice que estudias música.

—Así es, llevo unas cuantas clases, intento perfeccionarme en la técnica.

—¿A qué edad comenzaste?

—A los cinco.

—¿Te interesa llegar a Viena?

—No lo he considerado pero me gustaría, en catorce meses se darán unos conciertos por allá y aplico para la postulación, me esfuerzo para lograr una buena técnica, si soy favorecida entre los quince seleccionados, entonces podré ir.

—¿Te quedarías allá?

—No, sólo son unos días, se trata de unos conciertos benéficos, el dinero que se recaude tendrá un buen fin, vale que los que vayan serán reconocidos y podrán aplicar para quedarse allá.

—¿Y te gustaría quedarte?

—No lo niego, pero no podría, mi carrera es la historia del arte y debo de terminarla, además no puedo dejar sola a mi Tita, aunque sea por las noches estamos juntas y es un consuelo para ambas.

—¿La quieres mucho?

—La adoro, es el ser más importante para mí, es mi madre querida.

Suspiró con nostalgia y me invitó a pasar adelante cuando llegamos al despacho.

—Supongo que te extraña mi petición —dijo mientras me señalaba el sillón para sentarme.

—La verdad sí —contesté firmemente.

—Eres muy valiente para tu edad, he notado que no te dejas intimidar, no recuerdo haber conocido ese lado de Isabella.

—Seguramente porque no la conoció muy bien.

Me miró de nuevo fijamente sentándose frente a mí y levantando una ceja.

—Perdón —dije apenada—. Lo que quise decir es que… no tengo idea de por quién heredé mi carácter.

—Una mezcla supongo, ¿Te das cuenta que pudiste haber sido mi nieta?

—Creo que de haber sido así, mi carácter fuera peor.

El duque levantó el mentón y frunció el ceño, yo quería que me tragara la tierra en ese momento, estaba hablando sin pensar, en vez de arreglar las cosas las seguía empeorando, bajé la cabeza de nuevo.

—En ese caso ya debiste haber conocido el carácter de Leopoldo —continuó.

Asentí, recordé el episodio en la universidad.

—O al menos parte de su carácter —se corrigió.

Abrí mis ojos lo más que pude y tragué en seco, no quería conocer del todo su lado oscuro.

—No es mi intención atemorizarte, sólo quiero que nos conozcas, de verdad los hombres de la familia hemos tenido un carácter un tanto pesado, somos muy serios, a los Waldemberg nos gusta ser obedecidos a una sola voz.

“¿Por qué me decía todo eso? ¿Una advertencia?” —pensé frunciendo el ceño también y haciendo un puchero.

—Pero cuando amamos… —continuó—. Lo hacemos con intensidad y para una sola mujer. Entregamos el corazón a una sola y la amamos el resto de nuestra vida.

Levanté mi cara y lo miré desconcertada, su expresión se había suavizado.

—¿Qué tanto sabes de nosotros? Me refiero a… que sabes de Isabella y de mí —preguntó seriamente.

—Algo —contesté en un hilo de voz.

—¿Y qué es “algo”?

—Bueno… que usted y Tita se conocieron en su fiesta de quince en Madeira y que se enamoraron, que mantuvieron una relación a través de las cartas y que luego… usted interpretó otras cosas terminando la relación.

—¿Ah sí…?

Comencé a molestarme con sólo recordar el episodio y las lágrimas de la abuela.

—Sí.

Suspiró levantando la cabeza y exhalando suavemente.

—Fue la decisión más estúpida que pude haber tomado —dijo tristemente—. Lo reconozco, mi enojo me nubló la razón y me dominó, creer que se había burlado de mí me cegó, juré nunca más volver a amar a otra mujer como la amé a ella y lo cumplí. El saber que sería de otro hombre me llenó de rabia y de impotencia, muchas veces pensé en aparecer frente a ella y raptarla delante de sus padres. No me conformaba, tal vez de haber sido otra mi posición lo hubiera hecho sin importarme nada, pero no era sencillo, era el príncipe heredero e hijo único para colmo, no pude hacer lo que quise, mi deber era primero que mis deseos y me vi obligado a obedecer.

—Es por eso que yo detesto este mundo, no quiero ser noble.

—Eres noble.

—Pero no como ustedes, todavía soy dueña de mi vida y de mis actos, me gusta ser yo, me gusta valerme por mí misma, ser alguien normal, me gusta cuidar a mis mascotas, atender personalmente a mi abuela, ir a la universidad como cualquier chica, salir de compras, ir al cine, comer pizza un sábado por la noche junto con un tazón de palomitas con mucha mantequilla, beber sodas, saborear un mantecado de vainilla y ver una buena película en la televisión. Así soy y así quiero seguir siendo, no quiero cambiar.

Me miró fijamente por un momento y para mi sorpresa sonrió.

—A pesar de todos tus pasatiempos, que no digo que están mal sé que serás una digna compañera para Leopoldo, puede parecer duro, serio, amargado, pero tratándose de ti es otro, lo he visto, lo he notado, tu presencia le hace bien y eso me alegra mucho. Quiero que mi muchacho sea feliz, tan feliz como yo lo hubiese deseado ser.

Lo miré por un momento y sentí pena por él, bajó la cabeza y se notó su tristeza.

—Pero tanto como usted y la abuela lo superaron e hicieron sus vidas.

—¿Fue ella feliz?             

Me encogí de hombros.

—Porque yo no lo fui, me casé porque era mi deber y porque tenía que producir herederos pronto, pero no por amor o porque estuviera enamorado, hay algunas cosas que no puedo decírtelas porque eres una señorita y sería impropio, pero sólo puedo decirte que mi vida conyugal no fue un cuento de hadas, tener a mi primogénito fue una proeza, él es el padre de Leopoldo y aunque intenté ser un esposo dentro de lo que cabe el nombre sé que me engañaba, rápidamente mi relación con mi difunta esposa se fue enfriando más y más cada vez, me convertí en rey y ella en mi consorte e intentamos otro embarazo y nació una princesa que desgraciadamente murió poco después de cumplir los tres añitos, esa tragedia marcó nuestras vidas y pasó mucho tiempo para que ambos nos recuperáramos, luego después de otro intento llegó otro embarazo que para colmo no llegó a término, esas cosas poco a poco fueron minando todo y la relación se acabó definitivamente, ni mis padres ni el parlamento permitieron un divorcio por lo que optamos una separación definitiva. Tristemente cuando yo necesitaba una compañera ella no pudo ejercer sus funciones, Karl, el padre de Leopoldo tenía doce años cuando su madre nos dejó, una fuerte depresión la terminó de matar, en parte me sentí culpable por haberla condenado a un matrimonio sin amor y sé que esas cosas poco a poco fueron preparando el camino del desenlace.

Se quedó callado por un rato, no lloró pero no podía disimular su tristeza, suspiró.

—Si Isabella hubiese sido mi esposa, las cosas con toda la seguridad te digo que hubiesen sido muy diferentes, tenerla habría sido todo para mí, estaba ilusionado y enamorado, eso me hubiese convertido en el hombre más feliz de la tierra y vivir sólo para adorarla.

Nos quedamos en silencio por un momento sin saber qué más decir, reconozco que cuando Tita me dijo su historia odié a este hombre y preferí que ya no estuviera en esta tierra antes de volver a hacer sufrir a mi abuela, pero al escucharlo me di cuenta que él también sufrió, si hubiera actuado de otra manera como dice con seguridad se hubiera ahorrado y la vez ahorrado a mi Tita tanta pena, no cabe duda que el orgullo y los malos entendidos pueden acabar con una vida y condenarla a vivir vacía.

—No… no es a mí a quién tiene que darme explicaciones —le dije después de un momento—. En todo caso es a la abuela.

—Lo he intentado y no me ha dado la oportunidad.

—¿Qué se siente?

—¿Qué?

—¿Qué se siente no querer ser escuchado?

Me miró por un momento seriamente, sabía a qué me refería.

—Duele.

—Qué bueno que lo reconoce, lo mismo sintió mi Tita cuando usted no quiso permitirle explicaciones, se cansó de enviarle cartas que usted no contestó, la aborreció, la desechó como cualquier cosa, la juzgó y la condenó. Creo que lo ha pagado.

Me miró muy sorprendido por mis palabras.

—Ella deseaba que usted apareciera y como un príncipe se la llevara a su reino. Quería que la rescatara del suplicio y la presión que sentía, ella quería que su caballero en armadura, su príncipe azul o lo fuera la rescatara de la torre y la llevara a su castillo, ella quería vivir su propio cuento pero no fue así, usted hizo exactamente lo contrario y lo rompió más el corazón.

El duque bajó la cabeza, ahora si notaba que sus lágrimas querían escapar.

—Lo siento —insistí—. No es mi intención hacerlo sentir mal como tampoco es mi deber haberle dicho todo esto, si Tita no quiere revivir nada respete su decisión, aún está dolida.

—La quiero —dijo en un suspiro. Me sorprendí.

—Entonces luche por ella, nada se lo impide, demuéstrele que aún es el hombre del que ella se enamoró, intenten rehacer sus vidas, ambos lo necesitan y se lo merecen.

El duque se levantó de su sillón y secó una lágrima que caía por su mejilla, levantó su mentón en señal de orgullo e inhaló suavemente. Se dirigió al escritorio, sacó una llave y luego se dirigió a una de las paredes y quitó un cuadro que había allí, descubrió una caja fuerte, abrió un candado y luego descifró la clave, la abrió y sacó un libro que parecía antiguo, lo sopló, con cuidado le quitó el polvo de la cubierta y volviendo a cerrar todo se acercó a mí de nuevo.

—Como sé que no eres una aventura de mi nieto voy a compartirte esto, es extraño el destino pero siento que tú eres la indicada para tenerlo, nadie mejor que tú, es una antigüedad muy valiosa y sé que cuando termines de leerlo lo devolverás al lugar donde pertenece.

Sus palabras me habían asustado.

—Fuimos muy pocos en la familia que compartimos y protegimos este libro —continuó—. Mi hijo Karl ha sido indiferente y para colmo Leopoldo también, pero sé que tú no serás igual, tú puedes ser mi heredera y proteger este escrito.

—Me asusta ¿De qué se trata?

—Nuestro origen.

Fruncí el ceño.

—A mi hijo y a mi nieto les parece un cuento pero no lo es, cuando lo leas con gusto voy a resolver todas tus dudas.

—Es extraño, siento como si de pronto usted fuera un mago y yo su aprendiz.

Sonrió en complicidad.

—Tómalo —insistió mientras me lo entregaba—. Sé que será una gran aventura para ti.

Tomé el libro entre mis manos y una sensación extraña me recorrió el cuerpo de repente, tenía solapas y un broche que lo cerraba, su portada dorada era extraña con el dibujo de un dragón en relieve, sus hojas era muy amarillentas y las letras escritas con tinta en su interior, eran difícilmente legibles, sin duda necesitaba urgentemente una transcripción;

—Lo dicho… —insistí—. Siento que de pronto usted es Merlín y me está iniciando en las artes oscuras, creo que mejor aquí dejamos esto, no creo que a Tita le haga gracia.

Sonrió de nuevo y besó mi frente, se mostró cariñoso.

—En serio, por favor —rogué—. Siento que voy a encontrar hechizos y calderos, escobas, sapos y murciélagos, yo no…

—Tranquila, primero lee y luego hablamos, sé que tienes una gran imaginación y vas disfrutar la lectura.

Y sin dejar que me siguiera defendiendo me encaminó a la puerta para con eso, dar por terminada nuestra plática.

*****

 

 

 

 

 

 

Nieblas del pasado 2
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