36

Una canción de despedida

La manera de romper el hechizo

Un mundo donde suenan los despertadores

—Te lo prometo —dije. Pero mi voz tenía un timbre frío, como una grabación.

Dime que no me enfocarás a la cara.

—No te enfocaré a la cara. Te lo prometo.

—¿Me lo prometes de verdad? ¿No mientes?

—No miento. Cumpliré mi promesa.

—Entonces, prepara dos whiskies con hielo y tráelos. Pon mucho hielo.

Pese al ligero balbuceo, como de niña mimada, su voz era la de una mujer adulta, sensual. Puse la linterna sobre la mesa y, a su luz, preparé los dos whiskies tras hacer una pausa para recobrar el aliento. Rompí el precinto de la botella de Cutty Sark, cogí cubitos con las pinzas, los metí en los vasos, serví el whisky. Mi mente tenía que ir siguiendo, paso a paso, lo que hacían mis manos. Una gran sombra oscilaba en la pared al compás de cada movimiento.

Volví a la habitación del fondo con los dos vasos de whisky con hielo en la mano derecha, iluminando el suelo con la linterna que sostenía en la izquierda. La temperatura del aire me pareció algo más fría que antes. En la oscuridad, sin darme cuenta, había sudado, ahora el sudor parecía que empezaba a enfriarse lentamente. Recordé que me había desprendido del abrigo en el camino y lo había abandonado allí.

Apagué la linterna, me la guardé en el bolsillo de los pantalones tal como le había prometido. A tientas, deposité un vaso sobre la mesilla, junto a la cabecera. Con mi vaso entre las manos, me senté en un sillón un poco apartado de la cama. Estaba muy oscuro, pero recordaba la posición de los muebles.

Oí el frufrú de las sábanas. Ella se incorporó despacio en las tinieblas, alcanzó el vaso y se recostó a la cabecera de la cama. Agitó ligeramente el vaso haciendo tintinear el hielo y bebió un sorbo. En la oscuridad, los ruidos parecían los efectos sonoros de un drama radiofónico. Con el vaso entre las manos, me limité a oler el whisky sin beberlo.

—Hace tiempo que no nos veíamos, ¿verdad? —dije decidido a iniciar la conversación. Mi voz sonó algo más natural que antes.

—¿Tú crees? —replicó ella—. No acabo de entender eso de «hace tiempo» o «hace mucho tiempo».

—Si no me falla la memoria, no nos veíamos desde hace un año y cinco meses, para ser exactos.

—¿Ah, sí? —dijo la mujer con indiferencia—. Para ser exactos, no lo recuerdo.

Deposité el vaso en el suelo y crucé las piernas.

—Por cierto, antes, cuando he venido, tú no estabas aquí ¿verdad?

—Sí, estaba aquí, tumbada en la cama como ahora. Yo siempre estoy aquí.

—Pero yo he estado en la habitación 208, no me cabe duda. Ésta es la habitación 208, ¿no es así?

Ella agitó el hielo dentro del vaso. Soltó una risilla sofocada.

—De lo que no hay ninguna duda es de que te has equivocado. Estabas, sin duda alguna, en la habitación 208 equivocada. Y, sin duda alguna, ésta es la única explicación —dijo ella.

En su voz había algo inestable que me irritaba un poco. Quizás estuviese ebria. Me quité la gorra de lana y me la puse sobre las rodillas.

—El teléfono no funciona, ¿verdad? —dije.

—Sí, es verdad —dijo ella con languidez—. Lo han cortado ellos. ¡Con lo que me gustaba telefonear!

Ellos te han encerrado aquí, ¿verdad?

—Pues no lo sé: No estoy segura —y se rió en voz baja. Cuando reía, su voz parecía expandirse vibrando en el aire.

—He pensado mucho en ti desde la última vez que vine —dije volviéndome hacia el lugar donde se encontraba—. En quién demonios debías de ser, en qué estabas haciendo aquí.

—¡Hum! Parece interesante —dijo ella.

—He barajado muchas posibilidades, pero todavía no estoy seguro de nada. De momento, sólo tengo algunas ideas.

—¡Caramba! —exclamó ella con admiración—. Así que todavía no estás seguro de nada, pero ya tienes algunas ideas.

—Exacto —dije—. A decir verdad, me parece que eres Kumiko. Al principio no me di cuenta, pero cada vez estoy más convencido.

—¿Ah, sí? —preguntó ella con voz divertida tras una pequeña pausa—. ¿Soy Kumiko? ¿De veras?

Por un instante me sentí desorientado. Tuve la sensación de estar cometiendo un grave error. Había venido al lugar equivocado y estaba diciendo algo equivocado a la persona equivocada. Todo era una pérdida de tiempo, un rodeo sin sentido. Pero, envuelto en las tinieblas, recobré el control de la situación. Agarré la gorra que tenía sobre las rodillas con ambas manos y la apreté con fuerza como si verificara su realidad.

—Sí, porque si fueras Kumiko, todos los cabos sueltos quedarían atados. Tú me telefoneaste muchas veces desde aquí. Pienso que, en aquel momento, posiblemente querías revelarme algún secreto. El secreto que guardaba Kumiko. ¿Acaso no intentabas contarme, a través de ella, desde aquí, lo que la Kumiko real no podía decirme por sí misma en el mundo real? Hablándome en una especie de clave secreta.

Ella enmudeció unos instantes. Inclinó el vaso y bebió un sorbo de whisky.

—Bueno —dijo después—, si eso es lo que piensas, quizá tengas razón. Quizás yo sea, en realidad, Kumiko. Todavía no estoy segura. Pero entonces…, si tuvieras razón, si yo fuera ella en realidad, podría hablar contigo usando la voz de Kumiko, es decir, a través de su voz, ¿no te parece? Es una conclusión posible, ¿no? Claro que esto lo complica todo un poco, ¿te importa?

—No me importa —repuse. Mi voz había vuelto a perder la calma y el sentido de la realidad.

La mujer carraspeó en la oscuridad.

—A ver si lo consigo —dijo. Y soltó de nuevo una risilla sofocada—. Es que no es nada fácil. ¿Tienes prisa? ¿Puedes quedarte un poco más?

—No lo sé. Tal vez —dije.

—Un momento. Perdón. ¡Ejem! Estoy lista en un segundo.

Esperé.

Así que has venido hasta aquí buscándome, ¿verdad? ¿Querías verme? —La voz de Kumiko resonó, muy seria, en la oscuridad.

La última vez que había oído su voz había sido aquella mañana de verano, al subirle la cremallera de la espalda. Kumiko se había puesto detrás de los lóbulos de las orejas unas gotas de la colonia que alguien le había regalado. Después había salido de casa para no volver. Aquella voz en las tinieblas, verdadera o imitada, me transportó en un instante hasta aquella mañana. Pude oler la colonia, me vino a la cabeza la blanca espalda de Kumiko. En las tinieblas, la memoria era densa y pesada. Quizá más densa y pesada que la realidad. Yo agarraba la gorra con fuerza.

—Para ser precisos, no es que haya venido a verte. He venido a rescatarte —dije.

Ella exhaló un leve suspiro en la oscuridad.

—¿Por qué deseas tanto rescatarme?

—Porque te amo —dije—. Y tú también me amas y me buscas. Lo sé.

—Estás muy seguro, ¿no? —replicó Kumiko, o la voz de Kumiko. No había en ella tono de burla. Pero tampoco era cálida.

En la habitación contigua se oía cómo el hielo se iba cuarteando en la cubitera.

—Pero aún tengo que resolver algunos enigmas para poder rescatarte.

—¿Y vas a reflexionar ahora con calma? —preguntó ella—. Creía que no tenías mucho tiempo.

Estaba en lo cierto. Tenía poco tiempo y demasiadas cosas en las que pensar.

Me sequé el sudor de la frente con el dorso de la mano. Me dije a mí mismo que tal vez aquélla fuera la última oportunidad. ¡Tenía que pensar!

—Quiero que me ayudes.

—Pues no sé, la verdad —dijo la voz de Kumiko—. Quizá no pueda hacerlo. Intentémoslo de todos modos.

—La primera pregunta es por qué tuviste que irte de casa. Por qué me abandonaste. Quiero saber la verdadera razón. Ya sé que en la carta que me enviaste decías que habías tenido una relación con otro hombre. La he leído una y mil veces. Eso quizá sea una explicación. Pero de ningún modo puedo creer que ése sea el verdadero motivo. No me llega al corazón. No digo que sea mentira, pero me parece que eso no es más que una metáfora.

¿Una metáfora? —preguntó sorprendida—. ¡No lo entiendo! ¿Qué metáfora puede haber en acostarse con otro hombre? ¿Por ejemplo?

—Lo que quiero decir es que me parece un simple pretexto. Esa explicación no lleva a ninguna parte. Se queda en la superficie. Cuanto más leo la carta, más convencido estoy de ello. Debe de haber una razón auténtica, más profunda. Y probablemente esté por medio Noboru Wataya.

Sentí su mirada en la oscuridad. ¿Podía verme ella?

—¿Por medio, dices? Pero ¿de qué modo? —dijo la voz de Kumiko.

—A ver, últimamente he pasado por situaciones muy complicadas, han salido diferentes personajes a escena y unos acontecimientos muy extraños se han ido sucediendo uno tras otro. De modo que, si intento pensar ordenando las cosas desde el principio, me hago un lío. Pero si las miro con cierta distancia, el argumento está clarísimo. Y es que tú pasaste de mi mundo al mundo de Noboru Wataya. Este cambio es lo que importa. Y aunque fuera cierto que hubieses tenido relaciones sexuales con otro hombre, no sería más que algo secundario. Una cortina de humo. Esto es lo que quiero decir.

Ella inclinó poco a poco el vaso en la oscuridad. Me parecía, mirando fijamente hacia el lugar de donde me llegaban los sonidos, que era capaz de vislumbrar el movimiento de su cuerpo. Pero no era más que una ilusión.

—Las personas no siempre envían mensajes para comunicar verdades —dijo. Ya no era la voz de Kumiko. Pero tampoco era la de una niña mimada. Era la voz de una persona totalmente distinta. Que hablaba en un tono reposado e inteligente—. De la misma manera que las personas no siempre se encuentran con otras para mostrar su verdadera personalidad. ¿Comprendes lo que te estoy diciendo?

—Pero, de todos modos, Kumiko intentaba comunicarme algo. Verdadero o falso, ella intentaba decirme algo. Ésta es para mí la verdad.

Tenía la sensación de que, a mi alrededor, las tinieblas iban haciéndose cada vez más densas. El peso específico de la oscuridad aumentaba como una marea que subiese en silencio. Debo apresurarme. Ya no queda mucho tiempo. Si vuelve la luz, quizás ellos vengan a buscarme hasta aquí. Me atreví a plasmar en palabras las ideas que se habían ido formando poco a poco en mi mente.

—Esto no es más que una suposición mía, pero debe de haber una especie de tendencia hereditaria en la sangre de la familia Wataya. No sé de qué tendencia se trata. Pero es una tendencia. A ti te daba pánico. Por eso te aterraba tener hijos. Cuando te quedaste embarazada, fuiste presa del pánico pensando que esa tendencia podía manifestarse en tu hijo. Pero no fuiste capaz de confesarme el secreto. Todo empezó allí. —Ella devolvió el vaso poco a poco a la mesa sin decir nada. Proseguí—. Y tu hermana no murió de intoxicación alimentaria. Tuvo una muerte muy distinta. Y quien la empujó a la muerte fue Noboru Wataya, como tú muy bien sabes. Seguramente, tu hermana debió de decirte algo antes de morir. Debió de advertirte. Noboru Wataya debe de tener un poder especial. Sabe cómo localizar a las personas vulnerables a su poder, y se vale de él para sacar fuera algo que tienen en su interior. Lo utilizó de una manera particularmente violenta con Creta Kanoo. Ella, de alguna manera, ha podido recuperarse. Pero tu hermana vivía en la misma casa y no podía huir a ninguna parte. Tu hermana no pudo soportarlo y prefirió quitarse la vida. Y tus padres han ocultado siempre que ella se suicidara, ¿no es así? —No hubo respuesta. Ella permanecía muda en el fondo de la oscuridad como si ocultase su presencia. Proseguí—. A partir de cierto punto, no sé por qué razón, el poder destructivo de Noboru Wataya ha debido de ir aumentando a pasos agigantados. Y a través de la televisión y de diversos periódicos ha llegado a ser capaz de dirigir hacia toda la sociedad, magnificado, ese poder. Sirviéndose de ese poder intenta sacar fuera aquello que una multitud de personas anónimas esconde en las tinieblas de su inconsciente. Y trata de aprovecharse de ello para sus propios fines políticos. Es muy peligroso. Lo que él intenta sacar fuera está fatalmente impregnado de sangre y violencia. Y está unido de forma directa con las tinieblas más espesas de las profundidades de la historia. Porque es algo que acaba arruinando y destruyendo a muchísimas personas.

Ella suspiró en la oscuridad.

—¿Podrías prepararme otro whisky? —dijo con voz serena.

Me levanté, fui hasta la mesilla de noche y cogí el vaso vacío. Podía hacer todos esos movimientos en la penumbra sin excesiva dificultad. Luego fui a la habitación donde estaba la puerta, encendí la linterna y preparé otro whisky con hielo.

—No es más que una suposición, ¿verdad?

—He ido reuniendo diferentes ideas que se me han ocurrido —contesté—. No puedo demostrarlo. No dispongo de ninguna base para demostrar que tengo razón.

—Pero a mí me gustaría saber cómo continúa. Si es que continúa.

Volví a la habitación del fondo y dejé el vaso en la mesilla. Apagué la linterna y me senté en el sillón. Me concentré y proseguí.

—Tú no sabías exactamente qué le había ocurrido a tu hermana. Ella te había advertido antes de morir, pero aún eras demasiado pequeña y no pudiste comprender bien qué significaba. Pero sí lo sabías de forma vaga. Que Noboru Wataya había mancillado y herido de alguna manera a tu hermana. Y también sabías que un oscuro secreto se escondía en tu sangre y que era algo de lo que ni tú misma, quizás, estabas a salvo. Por eso siempre te sentías sola, inquieta, en tu casa. Vivías en silencio, envuelta en una ansiedad indefinible, latente. Como aquellas medusas del acuario.

»Cuando terminaste la universidad y, tras aquella serie de problemas con tu familia, pudiste casarte conmigo, te alejaste de la casa Wataya. A mi lado llevaste una vida serena que te hizo ir olvidando, día tras día, tus negras inquietudes. Fuiste recuperándote poco a poco e incorporándote como una persona nueva a la sociedad. Durante un tiempo creíste que todo iba bien. Pero por desgracia el asunto no era tan simple. Un día te diste cuenta de que aquella fuerza oscura que creías haber dejado atrás te arrastraba sin tú saberlo. Debiste de sentirte, en aquel momento, muy confusa. No sabías qué hacer. Por esa razón decidiste hablar con Noboru Wataya para descubrir la verdad. Y fuiste a ver a Malta Kanoo en busca de ayuda. Yo fui el único a quien no fuiste capaz de confesárselo.

»Quizás empezó después del embarazo, ¿no es así? Tengo esa sensación. Aquél debió de ser el punto de ruptura, ¿verdad? Por eso el guitarrista me dio la primera señal de advertencia en Sapporo la noche que tú abortaste. Tal vez el embarazo estimuló y despertó algo que permanecía latente en tu interior. Y creo que Noboru Wataya estaba esperando con paciencia a que te ocurriera eso. Posiblemente él sólo pueda relacionarse sexualmente con las mujeres por esa vía. Por eso intentó arrancarte de mi lado cuando esa tendencia empezó a manifestarse en ti. Él te necesitaba a toda costa. Noboru Wataya buscaba en ti una sustituta de tu hermana mayor.

Cuando terminé de hablar, un silencio profundo cayó para llenar el vacío. Todo era fruto de mi imaginación. Algunas partes eran sólo ideas vagas que me habían ido viniendo a la cabeza hasta entonces, el resto se me había ocurrido mientras hablaba en la oscuridad. Tal vez la presencia de aquella mujer me había ayudado. Pero mis suposiciones seguían careciendo de fundamento.

—Una historia muy interesante —dijo aquella mujer. Su voz volvía a ser la de una niña mimada. Cada vez alteraba la voz más rápido—. Vaya, vaya. Y yo me fui de tu lado a escondidas ocultando mi cuerpo mancillado. Como en El puente de Waterloo, en la niebla, una canción de despedida… Robert Taylor y Vivien Leigh…

—Quiero que vengas conmigo —dije interrumpiéndola—. Te llevaré de vuelta al mundo que dejaste. A un mundo donde hay un gato con la punta del rabo doblada, un pequeño jardín, donde suena el despertador.

—¿Y cómo? —me preguntó ella—. ¿Cómo piensas sacarme de aquí?

—Como en un cuento de hadas. Basta con romper el hechizo.

—Ya entiendo —dijo la voz—. Pero, oye, tú crees que soy Kumiko. Quieres sacarme de aquí como si fuese Kumiko. Pero si no soy Kumiko, entonces, ¿qué pasará? A lo mejor estás intentando llevarte a casa a alguien completamente distinto. ¿Tus suposiciones son realmente fiables? ¿No será mejor que te lo pienses con calma?

Yo asía la linterna con fuerza dentro del bolsillo. La mujer no podía ser otra que Kumiko. Pero no podía demostrarlo. Definitivamente, era una simple hipótesis. Dentro del bolsillo, mi mano estaba bañada en sudor.

—Voy a llevarte a casa —repetí con voz seca—. He venido aquí para eso.

Se oyó un ligero frufrú. Parecía que había cambiado de postura en la cama.

—¿Puedes decirlo con seguridad? ¿Sin vacilar? —insistió.

—Estoy seguro. Voy a llevarte a casa.

—¿No tienes que pensártelo mejor?

—No necesito pensarlo más. Está decidido —repliqué.

Ella permaneció en silencio durante un buen rato como si quisiera comprobar algo. Luego respiró hondo, marcando una delimitación.

—Tengo un regalo para ti —dijo—. No es gran cosa, pero puede que te sea útil. Extiende la mano hacia mí, despacio, sin encender la luz. Hacia la mesa, despacio.

Me levanté de la silla, extendí el brazo derecho hacia la oscuridad como si tanteara la profundidad del vacío. Podía sentir las púas del aire clavándoseme en las puntas de los dedos. Y, al fin, mi mano lo tocó. Cuando supe qué era, el aire se condensó en el fondo de mi garganta y se endureció hasta parecer amianto. El regalo era el bate de béisbol.

Lo así por el mango y lo alcé a la altura de mis ojos. Era, sin duda, el bate que le había arrebatado al hombre con el estuche de guitarra. Comprobé la forma del mango, su peso. Estaba seguro. Era el bate. Pero mientras lo inspeccionaba a tientas descubrí que había algo adherido un poco más arriba de la marca. Parecía pelo humano. Lo cogí entre dos dedos. A juzgar por el tacto y el grosor, realmente era cabello humano. Había unos cuantos pelos adheridos a un coágulo de sangre. Alguien le había golpeado la cabeza a alguien —probablemente, a Noboru Wataya— con aquel bate. Exhalé a duras penas el aire que tenía atascado en la garganta.

—Es tu bate, ¿no?

—Creo que sí —dije conteniendo toda la emoción. En la negra oscuridad, mi voz empezaba a tener un tono algo distinto. Parecía que hubiera alguien oculto en la oscuridad hablando por mí. Carraspeé. Y, tras comprobar que quien hablaba era realmente yo, proseguí—. Pero, al parecer, alguien lo ha usado para golpear a una persona. —Ella permanecía en silencio. Bajé el bate y lo coloqué entre mis piernas—. Debes de saberlo muy bien. Alguien le ha golpeado la cabeza a Noboru Wataya con el bate. La noticia de la televisión era verdad. Noboru Wataya está en el hospital, en coma, muy grave. Quizá muera.

—No morirá —dijo la voz de Kumiko. Sin sentimiento alguno, como si anunciara un hecho histórico escrito en algún libro—. Pero es probable que no recobre el conocimiento. Tal vez yerre eternamente por la oscuridad. Pero nadie sabrá por qué oscuridad errará.

A tientas, cogí el vaso a mis pies. Vacié el contenido del vaso en mi boca y me lo tragué sin pensar. Aquel liquido sin sabor me atravesó la garganta, me fue bajando por el esófago. Sentí escalofríos sin motivo. Tuve la desagradable sensación de que algo se me iba aproximando despacio en la larga oscuridad y de que estaba muy cerca. Como si lo presintiera, mi corazón empezó a latir aceleradamente.

—No me queda mucho tiempo. Quiero que me lo digas si puedes. ¿Qué demonios es este lugar? —pregunté.

—Has venido varias veces aquí, además has encontrado el medio para llegar. Y sobrevives sin ser destruido. Debes de saber muy bien qué lugar es éste. Además esto ya no importa. Lo importante…

En ese instante se oyó cómo llamaban a la puerta. Golpes duros y secos, como si clavaran un clavo en la pared. Dos golpes. Luego, dos golpes más. Eran los mismos que la vez anterior. La mujer contuvo el aliento.

—¡Huye! —me exhortó la inconfundible voz de Kumiko—. Ahora todavía puedes atravesar la pared.

No sé si estoy pensando lo correcto. Pero estoy aquí, tengo que vencer a eso. Es mi guerra.

—Esta vez no huiré —le dije a Kumiko—. Voy a llevarte a casa.

Dejé el vaso en el suelo, me puse la gorra, agarré el bate que tenía entre las piernas y me dirigí lentamente hacia la puerta.