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El punto de vista de May Kasahara (1)
Hace tiempo que pensaba escribirte, señor pájaro-que-da-cuerda, pero la verdad es que, como no había manera de recordar tu verdadero nombre, lo iba dejando siempre para otro día. ¡Imagínate que en las señas hubiera puesto «Señor pájaro-que-da-cuerda N.o 2, Setagaya-Ku»! Por muy amable que hubiera sido el cartero, no creo que la hubiese llevado a tu casa, ¿no te parece? Si no me equivoco, cuando nos vimos por primera vez, me lo dijiste, pero lo olvidé completamente (porque Tooru Okada es un nombre del que uno se olvida con facilidad al cabo de tres o cuatro lluvias, ¿no crees?). Pero el otro día, por una tontería, lo recordé de repente. Como si, de golpe, una puerta se abriera con una ráfaga de viento. ¡Ya lo tengo! ¡El verdadero nombre del señor pájaro-que-da-cuerda es Tooru Okada!
Primero tendría que explicarte brevemente dónde estoy y qué hago aquí, pero no es tan sencillo. Lo que no quiere decir que me encuentro en una situación difícil. Quizá sea, más bien, simple y fácil de comprender. El camino que me ha conducido hasta aquí no ha sido nada complicado. Como si trazara una línea de un punto a otro con un lápiz y una regla. Simple, ¿verdad? Pero ¿sabes?… si intento explicártelo por orden, desde el principio, no sé por qué, señor pájaro-que-da-cuerda, lo cierto es que no me sale ni una palabra. Mi cabeza se queda en blanco como un conejo blanco un día de nevada. No sé cómo te lo diría, pero explicar algo simple a otra persona resulta a veces complicado. Por ejemplo, algo como «la trompa de un elefante es muy larga», según en qué momento, puede convertirse en una mentira, ¿no crees? Acabo de descubrirlo hace unos instantes tras desperdiciar unas cuantas hojas de papel intentando escribir esta carta. Tal como Colón descubrió América.
Así que, no es que quiera proponerte una adivinanza, pero el sitio donde yo me hallo es «un lugar» de «erase una vez un lugar…». El sitio desde donde te escribo es una habitación pequeña, con una mesa, una cama, una librería y un armario. Todos los muebles son pequeños, sencillos, sobrios. «Lo mínimo necesario» sería la expresión exacta. Sobre la mesa hay una lámpara fluorescente, una taza de té inglés y, para escribir esta carta, unas hojas de papel y un diccionario. A decir verdad, no consulto el diccionario a menos que me sea imprescindible. No me gustan demasiado los diccionarios. No me gustan ni su aspecto ni las definiciones que contienen. Cuando consulto alguno, siempre acabo haciendo una mueca y pensando: «¡Bah! ¡Esas cosas, qué más da que las sepa!». Y las personas que pensamos así, evidentemente, no podemos llevarnos bien con ellos, ¿no crees? Por ejemplo, «Sen’i: pasar de un estado a otro». ¡Y yo qué sé! Por eso, al mirar el diccionario que hay encima de mi mesa, me da la impresión de que miro un perro que se ha colado en mi jardín y está soltando una caca retorcida sobre el césped. Pero, la verdad, pensé que me daría vergüenza escribir mal algún carácter mientras redacto esta carta, así que, señor pájaro-que-da-cuerda, fui y lo compré.
También hay una docena de lápices con la punta bien afilada y colocados en perfecto orden. Lápices relucientes acabados de comprar en la papelería. No pretendo que te sientas agradecido, pero los he comprado para escribirte a ti, señor pájaro-que-da-cuerda. Los lápices nuevos recién afilados me producen una sensación muy agradable. Y luego hay un cenicero, cigarrillos y cerillas. No fumo tanto como antes, sólo fumo muy de vez en cuando para cambiar de estado de ánimo (justamente ahora estoy fumando un cigarrillo). Esto es todo lo que tengo encima de la mesa. Delante hay una ventana con cortinas. Las cortinas tienen un estampado de flores muy mono. Pero no creas. No las escogí pensando: «las cortinas las prefiero floreadas», sino que ya estaban aquí. Así que, dejando aparte las cortinas de flores, es una habitación de apariencia muy, muy sencilla. No es una habitación apropiada para una chica de mi edad. Parece, más bien, una habitación modelo de una prisión para pequeños delincuentes diseñada por alguien bienintencionado.
Aún no quiero hablarte del exterior. Lo haré más tarde. No es que intente darme importancia, pero todo tiene su momento, ¿no te parece? Por ahora, señor pájaro-que-da-cuerda, sólo puedo describirte el interior de la habitación. Por ahora.
Incluso después de dejar de verte, he pensado a menudo en la mancha de tu cara. En la mancha azul que te salió de repente en la mejilla derecha. Un día entraste como un tejón en el pozo de la casa abandonada de los Miyawaki sin que te viera nadie, ¿no?, y, poco después, cuando saliste de allí, ya tenías la mancha, ¿verdad? Pensándolo ahora me parece mentira, pero eso ocurrió realmente ante mis propios ojos. Y, desde que la vi por primera vez, siempre he creído que debía de ser una señal especial. Que quizá tuviera algún significado profundo que yo no puedo entender. Si no fuera así, no te habría salido la mancha tan de repente en el rostro.
Por eso, al final te di un beso en la mancha. Tenía curiosidad por saber qué sensación me daría y qué sabor tendría. No es que bese todas las semanas al primer hombre que encuentro. Lo que sentí en aquel momento, y lo que pasó… me gustaría contártelo algún día con calma (no estoy segura de poder hacerlo bien).
El pasado fin de semana fui a una peluquería del pueblo y, mientras me cortaban el pelo, que hacía tiempo que no me cortaba, descubrí en una revista semanal un artículo sobre la casa abandonada de los Miyawaki. Por supuesto, me sorprendió muchísimo. Yo nunca leo revistas de esas, pero en aquella ocasión estaba delante de mí y la hojeé por casualidad, sin intención de leerla. Es lógico que me sorprendiera, ¿no te parece? El artículo en sí era algo misterioso. Evidentemente, no había una sola palabra que hablara de ti, señor pájaro-que-da-cuerda. Pero, a decir verdad, de repente se me ocurrió que quizás estuvieras, de algún modo, implicado en el asunto. Me asaltó la duda. Justo en el mismo instante en que pensaba que tenía que escribirte, sopló una ráfaga de viento, se abrió la puerta con estrépito y, gracias al ruido, recordé tu verdadero nombre. ¡Sí! Se llama Tooru Okada.
Con el tiempo que estoy tardando en escribir, podría haberte visitado como solía hacer antes, saltando el muro de la parte trasera de tu casa, para hablar sentados a la mesa uno enfrente del otro, en aquella cocina lúgubre. Creo que sería la forma más rápida de aclararlo todo. Pero, por desgracia, diversas circunstancias me impiden hacerlo. Y, como resultado de todo ello, estoy ante la mesa, con el lápiz bien agarrado, escribiéndote esta carta.
Últimamente he pensado mucho en ti, señor pájaro-que-da-cuerda. Es verdad. Incluso he soñado varias veces contigo. También he soñado con el pozo. Ninguno de los sueños era importante. Tú no eras el protagonista, sólo representabas un «papel secundario». Así que no debía de tener un sentido profundo. Pero a mí me preocupaba mucho, muchísimo. Y, entonces, como si mi preocupación hubiera sido un presagio, apareció en aquella revista semanal el artículo sobre la casa deshabitada de los Miyawaki (ahora ya no lo está).
Es una simple suposición, pero Kumiko no debe de haber vuelto todavía a tu lado, ¿verdad? Y tú, señor pájaro-que-da-cuerda, no habrás empezado a hacer cosas extrañas para recuperar a Kumiko, ¿verdad? Simple intuición.
Adiós, señor pájaro-que-da-cuerda. Si me entran ganas, te escribiré otra vez.