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El probador

El sucesor

Nutmeg desconocía la identidad de las mujeres que acudían a su atelier. Nadie se presentaba, tampoco Nutmeg preguntaba nada. El nombre que ellas daban era evidentemente falso. Pero en ellas se percibía ese aroma especial que siempre va acompañado de dinero y poder. Ellas procuraban no exhibirlo, pero a Nutmeg le bastaba mirar la ropa, su forma de vestirse, para adivinar cuál era su ambiente natural.

Nutmeg alquiló un local en un edificio de oficinas en Akasaka. La mayor parte de sus clientas era extraordinariamente celosa de su vida privada, razón por la cual Nutmeg eligió un edificio de fachada anodina situado en un lugar que llamara la atención lo menos posible. Tras pensárselo mucho, decidió convertir el local en un atelier de diseño de modas. Había trabajado tiempo atrás como diseñadora, y así aunque la visitara un determinado número de mujeres, no levantarían sospechas. Sus clientas eran, por suerte, mujeres de treinta a cincuenta años, mujeres que podían permitirse el capricho de ropas cara, hechas a medida. Decoró el atelier con piezas de tela, diseños de vestidos, revistas de moda, todo tipo de utensilios para la confección, mesas de taller y maniquíes. Para que pareciera un auténtico taller, realizó incluso algunos diseños. Y uno de los cuartos pequeños lo destinó a probador. Las clientas pasaban al probador y Nutmeg les hacía «probarse la ropa» en el sofá.

Quien elaboró la lista de clientas fue la esposa del propietario de unos grandes almacenes. Conocía a mucha gente, seleccionó con cuidado sólo a mujeres en quienes creía poder confiar, un número limitado. Tenía la convicción de que había que crear una especie de club compuesto por miembros muy selectos para evitar cualquier escándalo. De lo contrario, el asunto se difundiría enseguida. Las mujeres seleccionadas fueron conminadas a no decir una sola palabra sobre las «pruebas» a personas ajenas. Todas eran discretas, sabían que, caso de no cumplir la promesa, serían expulsadas para siempre del club.

Las mujeres conciertan previamente por teléfono la cita para la «prueba», llegan a la hora indicada. No hay posibilidad de que unas se encuentren con otras, la intimidad está perfectamente garantizada. Los honorarios se pagan en efectivo y en el acto. La tarifa, que ha decidido por su cuenta la esposa del propietario de los grandes almacenes, es una cantidad mucho más elevada de lo que Nutmeg pretendía. Pero las mujeres que se citaban con Nutmeg y se sometían a las «pruebas», volvían sin falta a llamarla. Todas sin excepción.

—No te preocupes por el dinero —le explicó a Nutmeg la esposa del propietario de los grandes almacenes—. Cuanto más elevada es la suma, más tranquilizadas se sienten.

Nutmeg acudía a la oficina tres veces por semana y hacía la «prueba» a una clienta por día. Ése era su límite. Cuando Cinnamon cumplió dieciséis años, empezó a ayudar a su madre. A Nutmeg le resultaba difícil despachar sola las ocupaciones menudas, pero tampoco podía emplear a alguien desconocido. Tras pensárselo mucho, le propuso a Cinnamon que la ayudara en su trabajo y a él no le importó hacerlo. Ni siquiera le preguntó de qué tipo de trabajo se trataba. A las diez de la mañana, Cinnamon iba a la oficina en taxi (el simple hecho de estar junto a personas extrañas en el metro, los autobuses…, le resultaba insoportable), limpiaba la oficina, la ordenaba, ponía flores en el jarrón, preparaba café, hacía las compras necesarias y llevaba al día el libro de contabilidad mientras escuchaba a bajo volumen la música clásica que emergía del casete.

Cinnamon se convirtió así en una persona imprescindible en la oficina. Viniesen o no clientas, se ponía el traje y la corbata, se sentaba siempre ante el escritorio de la sala de visitas. Nunca se quejó nadie de que no hablara. Nadie sentía incomodidad por ello, al contrario, preferían que no lo hiciera. Cinnamon se encargaba también de concertar las citas. Las clientas decían fecha y hora, él contestaba golpeando la mesa. Un solo golpe, «toc», significaba «no», dos golpes, «toc, toc», significaba «sí». A las mujeres les gustaba aquella simplicidad. Cinnamon era un joven de rasgos tan nobles, tan hermosos, que hubiese podido exponerse como estatua en algún museo de bellas artes. Y no perdía su encanto en cuanto abría la boca, como sucedía a veces con otros jóvenes. Las clientas le hablaban al llegar a la oficina y cuando se marchaban. Con una sonrisa, él las escuchaba asintiendo. Esta «conversación» las relajaba. Atenuaba la tensión que traían del mundo exterior, aligeraba la incomodidad que sentían tras concluir las «pruebas». Cinnamon detestaba el contacto con otras personas, pero, al parecer, relacionarse con las mujeres que visitaban la oficina no suponía un sufrimiento para él.

Al cumplir los dieciocho, Cinnamon se sacó el carnet de conducir. Nutmeg le buscó un profesor de autoescuela amable, le rogó que enseñara a conducir al hijo que no hablaba. Cinnamon ya había leído todos los libros especializados que tenía a su alcance. Sabía llevar un coche a la perfección. Le bastó aprender, conduciendo realmente un coche, unos cuantos trucos prácticos, trucos que era imposible aprender en los libros. Desde los primeros días se convirtió en un conductor experto. Tras obtener el permiso de conducir consultó una revista especializada en coches de segunda mano y se compró un Porsche Carrera. Dio como entrada todos sus ahorros, las pagas mensuales que su madre le daba. (Cinnamon no gastaba nada de dinero en la vida real). Consiguió el coche, dejó el motor como nuevo, se hizo enviar las piezas a través de un servicio de venta por correo y las cambió casi todas, también le cambió los neumáticos, lo dejó de tal forma que hubiese podido competir en pequeñas carreras. Pero Cinnamon usaba el coche sólo para ir y volver, siempre por la misma ruta, pasando siempre por las mismas calles embotelladas, de su casa, en el barrio de Hiroo, a la oficina en Akasaka. Al pasar a sus manos, el Porsche 911 de Cinnamon se convirtió en el único Porsche 911 del mundo que jamás superaría los sesenta kilómetros por hora.

Nutmeg realizó su trabajo durante más de siete años. Durante aquel periodo perdió tres clientas (una murió en un accidente, otra fue expulsada por una razón poco importante, la última se marchó «lejos» a causa del trabajo de su marido). A cambio, se asociaron cuatro nuevas. Eran mujeres atractivas, de mediana edad, que, igual que las otras, vestían ropa cara y usaban nombre falso. Durante los siete años no cambió la esencia del trabajo, ella realizaba las «pruebas» para sus clientas, Cinnamon seguía manteniendo limpias las habitaciones, llevaba la contabilidad y conducía el Porsche. No se produjeron progresos ni retrocesos, sólo iban envejeciendo, simplemente. Nutmeg tenía casi cincuenta años, Cinnamon, más de veinte. Cinnamon parecía disfrutar con el trabajo, Nutmeg, por el contrario, se vio poseída por sentimiento de impotencia. Durante muchos años había hecho «pruebas» sobre algo que sus clientas llevaban en su interior. Nunca llegó a comprender con exactitud qué era lo que estaba haciendo, pero se esforzaba al máximo en llevarlo a cabo. Nutmeg era, con todo, incapaz de curar aquel algo. Aquello no desaparecería jamás. Sólo ralentizaba por un instante su actividad gracias a sus poderes curativos. A los pocos días (habitualmente tres, a lo sumo diez), aquel algo se reactivaba, igual que antes, avanzaba, retrocedía, a largo plazo iba haciéndose de manera gradual más grande, más poderoso, como un cáncer. Nutmeg podía sentir en sus manos aquel crecimiento. «Hagas lo que hagas, todo será inútil. Por más que te esfuerces, acabaremos ganando», le anunciaban. Y era cierto. Nutmeg no tenía la menor posibilidad de vencer. Ella sólo retrasaba un poco el avance. Sólo podía ofrecer a sus clientas una tranquilidad pasajera.

«¿No será que no son sólo ellas, sino que todas las mujeres del mundo llevan ese algo consigo?», se preguntaba Nutmeg a menudo. «¿Por qué todas las mujeres que acuden son de mediana edad? ¿Llevo yo también, como ellas, ese algo en mi interior?».

Nutmeg no sentía especial interés en conocer la respuesta. Lo que ella sabía era que las circunstancias la recluían en el «probador». La gente la necesitaba y, mientras la necesitasen, Nutmeg no podría salir de aquella sala. A veces, el sentimiento de impotencia se hacía más profundo, violento, tenía la sensación de haberse convertido en una muda vacía. Sentía que iba consumiéndose muy rápido, diluyéndose en la oscuridad de la nada. Fue entonces cuando se sinceró con Cinnamon. Su hijo, silencioso, tranquilo, escuchó atentamente, asintiendo, lo que le iba contando su madre. No dijo nada, pero, con sólo hablarle a su hijo, Nutmeg se sintió extrañamente sosegada. Sintió que no estaba sola, que no era impotente. «Es extraño», pensaba Nutmeg. «Yo curo a la gente, Cinnamon me cura a mí. Pero ¿quién curará a Cinnamon? Absorbe todo el sufrimiento, la soledad, como un agujero negro». Sólo una vez, Nutmeg puso su mano sobre la frente de Cinnamon con la intención de averiguar algo. Como cuando llevaba a cabo las «pruebas de ropa» a sus clientas, pero la palma de su mano no pudo sentir nada.

Nutmeg empezó a pensar seriamente en abandonar el trabajo. «Apenas me quedan fuerzas. Si sigo así, dentro de poco este sentimiento de impotencia acabará consumiéndome». Pero las mujeres necesitaban con urgencia sus «pruebas». Nutmeg no podía abandonarlas por capricho.

Aquel año, en verano, Nutmeg halló a su sucesor. Lo supo en cuanto vio la mancha de nacimiento en la cara de un joven sentado ante un edificio de Shinjuku.